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Joseph Heath
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Economía para los que odian
el capitalismo
Traducción de Estrella Trincado
TAURUS
PENSAMIENTO
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Título original: Filthy Lucre. Economics for People Who Hate Capitalism
D. R. © Joseph Heath, 2009
D. R. © De la edición española:
Santillana Ediciones Generales, S. L., 2009
Torrelaguna, 60. 28043 Madrid
Teléfono 91 744 90 60
Telefax 91 744 92 24
www.taurus.santillana.es
D. R. © De esta edición:
Santillana Ediciones Generales, S.A. de C.V., 2009
Av. Universidad 767, Col. del Valle,
México, 03100, D.F.,
Teléfono 5420 7530
www.editorialtaurus.com.mx
D. R. © De la traducción: Estrella Trincado
Primera edición en México: noviembre de 2009.
ISBN: 978-607-11-0334-5
Impreso en México
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el
permiso previo, por escrito, de la editorial.
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Para Oscar
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Entre la juntura de las piedras se clava la estaca, igual que entre
la compra y venta se desliza el pecado.
Eclesiastés 27, 2
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Índice
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Primera parte
Falacias de derechas
1. El capitalismo es natural
Por qué el mercado en realidad depende del Gobierno . . 33
2. Los incentivos importan
... excepto cuando no importan . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
3. La evidente falacia del mundo sin fricciones
Por qué más competencia no es siempre lo mejor . . . . . . 79
4. Los impuestos son demasiado altos
El mito del Gobierno como consumidor . . . . . . . . . . . . . 95
5. Poco competitivo en todo
Por qué la competitividad internacional no es importante . . 113
6. Responsabilidad personal
Cómo el derecho malinterpreta el riesgo moral . . . . . . . 131
Segunda parte
Falacias de izquierdas
7. La falacia del precio justo
La tentación de retocar los precios, y por qué hay que
resistirse a ella . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Lucro sucio.indd 11
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8. La búsqueda «psicopática» del beneficio
Por qué hacer dinero no es tan malo, después de todo . . 189
9. El capitalismo está condenado
Por qué es poco probable que «el sistema» se derrumbe
(a pesar de que parezca lo contrario) . . . . . . . . . . . . . . . . 213
10. Igualdad salarial
Por qué tiene que haber trabajos que den asco, en todos
los sentidos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 239
11. Compartir la riqueza
Por qué el capitalismo produce tan pocos capitalistas . . . 265
12. Igualar por lo bajo
Cómo no promover la igualdad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 289
Epílogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 311
Agradecimientos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 321
Notas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 323
Índice analítico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 347
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Introducción
Estaba en el instituto cuando se estrenó la película Blade Runner.
Es difícil explicar a la gente ahora por qué la película ocasionó tanto
impacto en el público de ese momento, o cuán profundamente revolucionó el género de la ciencia ficción. Todavía recuerdo la sorpresa que sentí al ver la primera imagen panorámica de la futura
ciudad de «San Ángeles», en la que toda la fachada de un rascacielos
mostraba una enorme pantalla de video con un anuncio de una mujer japonesa que sonreía mientras tomaba pastillas. Enormes dirigibles cruzaban el cielo nocturno, con molestos reflectores y una retumbante banda sonora anunciando la emigración extraterrestre
(parecía que el objetivo no era tanto animar a la gente a que se fuera del planeta como espantarla).
¿Por qué resultaba esto tan impactante? Porque era la primera
vez que alguien sugería que podría haber anuncios en el futuro, o
peor aún, que podría haber más en el futuro que en el presente.
¿Holocausto nuclear? Seguro. Todo el mundo suponía que iba a
haber una apocalíptica guerra nuclear. ¿Pero anuncios? Eso es deprimente.
La ciencia ficción en ese momento estaba dominada por distopías del futuro: Galáctica, estrella de combate estaba ambientada poco
después de la casi aniquilación de la raza humana por robots renegados; Espacio 1999 sucedía después de que unas catastróficas explosiones desplazaran a la Luna de su órbita; El planeta de los simios no
era, desde luego, sino el planeta Tierra, varias generaciones después
de la aparentemente inevitable guerra nuclear. Pero no importa lo
deprimente que fuera la visión del futuro, se suponía en general
que, en el futuro, ya no estaríamos comprándonos y vendiéndonos
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cosas los unos a los otros. Se veía el capitalismo, con todos sus estridentes complementos, como un simple paso en el camino hacia un
nivel más alto de civilización.
En la vieja serie Star Trek había un claro rechazo del capitalismo
como un estado primitivo de la evolución social humana. Esto se
entendía normalmente por el lado cómico, como cuando los miembros de la Enterprise transmitían señales a la superficie de algún planeta más atrasado y se quedaban atónitos al oír que un comerciante
alienígena reclamaba algo llamado «dinero». Lo más cercano al capitalismo que vimos fue en la primera película de La guerra de las galaxias, cuando Obi-Wan Kenobi y Han Solo establecían un precio de
17,000 «créditos» por contratar el Halcón Milenario. Pero incluso entonces, en la famosa cantina de Mos Eisley, donde la escoria de la
galaxia se reunía para beber e intrigar, había varias omisiones importantes. No sólo no había ningún tipo de publicidad en el bar,
sino que tampoco parecía haber ninguna marca. Habíamos llegado
a creer que en el futuro las personas sólo beberían una sencilla y
tradicional cerveza, no Jedi Lite.
Estas omisiones eran muy características de la ciencia ficción de ese
tiempo. Hubo dos cosas que los escritores de ciencia ficción casi nunca
consiguieron anticipar, justo al final de la década de 19701. La primera
era el impacto que la tecnología de la información tendría en la vida
cotidiana. Generalmente se suponía que el desarrollo de la tecnología
mecánica sería la fuerza más poderosa para el cambio en la sociedad
humana: los robots, no las computadoras, serían los grandes protagonistas. La segunda principal suposición fue que el mercado se desvanecería. Nadie podía creerse que, en el siglo xxi, todavía estaríamos
viviendo en una anticuada economía capitalista. Existía la idea casi
universal de que el futuro sería una especie de socialismo postescasez, no un capitalismo de la información a gran escala.
Si a la gente le costaba pensar que estaríamos todavía viviendo en
una economía capitalista en el siglo xxi, imagínese lo difícil que le
resultaría creer que tendríamos todavía exactamente los mismos debates sobre los pros y los contras del mercado. Efectivamente, si uno
mira el estado de la cuestión en el momento de la muerte de Karl
Marx y lo compara con el del día de hoy, llegará fácilmente a la conclusión de que los debates no nos han llevado a ninguna parte. Las
personas pueden haberse resignado más frente al mercado que hace
cien años, pero no necesariamente se sienten más cómodas con él.
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Introducción
Por tanto, ¿qué podemos hacer ante esa inesperada persistencia del
capitalismo?
John Kenneth Galbraith observó una vez, con respecto al capitalismo norteamericano, que «en principio la economía no le gustaba
a nadie; en la práctica satisfacía a la mayoría»2. Detrás de esta observación se encuentra la típica descripción del crecimiento económico
y la reducida escasez material. A las personas no les gustaba el concepto de una economía de mercado, pero tenían que admitir que
era un buen medio de llevarse el pan a la boca. Sin embargo, la gente
nunca ha dejado de sentir inquietud y desconfianza. Un reciente estudio de psicólogos de la ética mostraba que una importante mayoría de los estadounidenses pensaba que es una actitud inmoral para
los negocios subir los precios en respuesta a la escasez (por ejemplo,
cobrar más por los paraguas cuando está lloviendo)3. Pero, dado que
la subida de precios en respuesta a la escasez es la principal ventaja
del sistema económico capitalista, esa intuición moral es una prueba
evidente de que los seguidores del libre mercado tienen un problema de relaciones públicas.
Efectivamente, todo el mundo tiene algunas intuiciones morales
que son implícitamente, si no explícitamente, anticapitalistas. Por
ello, siempre se ha ganado dinero intentando complacer el sentimiento anticapitalista popular (Hollywood hace esto de forma bastante implacable, principalmente idealizando «los buenos viejos
tiempos», cuando la vida era algo más que sólo dinero). Contra esta
marea de opinión popular, ¿quién está dispuesto a defender el libre
mercado? Probablemente la campaña más constante contra el anticapitalismo popular la hayan hecho los economistas. Según la opinión generalizada, en realidad las personas no se encuentran cómodas con los mercados porque no los entienden. La solución sería
más educación, o, más específicamente, más clases de economía.
(Bryan Caplan, un economista de la George Mason University, ha
sugerido recientemente que los votos de las personas que carecen
de una formación básica en economía deberían tener menos peso
en las elecciones)4. De ahí la sagrada reputación de la Introducción
a la Economía, el curso que inicia a los estudiantes «en el modelo»,
o el modo de ver las cosas que hace del capitalismo, no sólo un arreglo aceptable, sino el mejor de los mundos posibles.
Desde luego, no todo el mundo va a la universidad, y no todo el
mundo hace el curso de Introducción a la Economía. Para aquellos
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que no lo han hecho, hay estanterías llenas de libros de «economía
popular», como El economista en pijama, o El economista camuflado, o
La economía al desnudo. Piense en ellos como en el curso de Introducción a la Economía de los pobres. En cada caso, el objetivo es presentar «el modelo», ya sea como una parte o un todo, para aquellos
que no han accedido a la versión del libro de texto.
Este libro es diferente. No me interesa vender a nadie las virtudes
de la empresa privada. No quiero hacer una lectura fácil de las maravillas del libre comercio o de las maldades de la intervención del
Gobierno. Porque, en esencia, comparto el malestar que la mayoría
de la gente siente ante el sistema capitalista. Y me gustaría ver que
descubrimos algo mejor de lo que hay ahora.
Sin embargo, también pienso que la economía es importante,
tan importante para los críticos del capitalismo como para sus defensores. Además, creo que los críticos del capitalismo no han
aprendido bien las teorías económicas. Marx comprendió claramente la economía «ortodoxa» de su tiempo, pero, en parte debido
a su influencia, muy pocos izquierdistas o «radicales» teóricos pueden decir lo mismo. Quizá la gente esperara que todo este rollo del
capitalismo explotara pronto, de modo que no fuera necesario
aprender nada sobre las matrices de producción de Leontief o los
teoremas del hiperplano separador o cualquiera de los otros pertrechos que, en opinión de los economistas, son esenciales para la comprensión del precio de la leche.
Hay dos desafortunadas consecuencias de todo esto. Primero, la
mayoría de la gente de izquierdas es incapaz de reconocer los argumentos basura que todos los días recitan de memoria los conservadores para apoyar sus puntos de vista. Por ejemplo, un argumento
común contra las reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero es señalar que hacer eso reduce la tasa de crecimiento, y que
el crecimiento crea empleo; con lo que luchar contra el cambio climático causará desempleo. Esto es lo que se llama un argumento non
sequitur, en el que la premisa no consigue proporcionar ninguna razón para creer la conclusión. Sin embargo, los ecologistas responden
a este argumento no riéndose y señalando a la persona que lo hizo,
sino aduciendo algún otro conjunto de consideraciones. («Pero ¿qué
ocurre con los beneficios de evitar la inestabilidad climática?» o «¿Qué
ocurre con los trabajos que se crearán desarrollando una nueva tecnología verde?»). Como resultado, la «economía» acaba siendo como
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una chistera de donde la gente de derechas saca conejos para defender la política que quieren, incluso cuando esa política no se basa en
ningún conjunto coherente de principios económicos. (Lo mejor, y,
con diferencia, lo más habitual, es la sugerencia de que los impuestos no permiten «estimular» la economía. A veces me pregunto si los
economistas que favorecen esta falsa creencia —como una ficción
conveniente, sencillamente porque no les gustan los impuestos— han
tenido dificultades alguna vez para conciliar el sueño porque se
sentían culpables del atraso que están produciendo a la causa de la
ilustración de la gente en temas económicos).
El segundo problema que origina el estado imperante de analfabetismo económico en la izquierda es que lleva a la gente de buena voluntad a desperdiciar incontables horas promulgando o haciendo campaña a favor de planes y políticas que no tienen ninguna
oportunidad razonable de éxito o que, en realidad, es poco probable que ayuden a sus pretendidos beneficiarios. Considérese, por
ejemplo, La toma, un documental sobre trabajadores de cooperativas en Argentina producido por Naomi Klein y Avi Lewis. Aunque
el material resulta bastante conmovedor y alguna de las secuencias
es extraordinaria, los acontecimientos de la película se presentan
dentro de lo que sólo se puede describir como un vacío intelectual. Klein y Lewis ni siquiera se molestan en explicar rasgos básicos sobre cómo esas cooperativas se estructuran y financian, y mucho menos sobre cómo se supone que funciona una economía
organizada de esa manera. Pero presentan el movimiento como
una «nueva economía» y como una «alternativa al capitalismo global». Nada hace pensar, viendo la película, que existe una extensa
literatura económica sobre el asunto de las cooperativas —escrita
tanto por socialistas como por no socialistas— que se remonta a
hace más de un siglo y plantea serias dudas acerca de la posibilidad
de estructurar una economía sobre esas bases. En vez de recurrir a
Argentina, Klein y Lewis habrían sacado más provecho de una visita a su biblioteca local. Desgraciadamente, están tan enamorados
de su ethos activista —la toma de fábricas, las confrontaciones con
la policía, etcétera— que ni siquiera se preguntan si las personas
implicadas se enfrentan a molinos de viento.
El acto reflejo de la gente de izquierdas cuando se enfrenta a una
cuestión económica es cambiar de tema. Consideremos, por ejemplo, el argumento económico contra el reciclado de papel5. La gen-
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te dice que reciclar es una manera de «salvar árboles», pero, en la
práctica, tiene exactamente el efecto opuesto. ¿Por qué hay tantas
vacas en el mundo? Porque la gente come vacas. No sólo eso, sino
que el número de vacas en el mundo depende directamente del número de vacas comidas. Si la gente decidiera comer menos carne de
vaca, habría menos vacas. Pues lo mismo sucede con los árboles. No
se utiliza madera de «árbol centenario» para producir cartón y papel, los árboles que se cogen para fabricar nuestro papel son un cultivo industrial, como el trigo y el maíz. Así que una manera de incrementar el número de árboles plantados es que consumamos más
papel. Además, si arrojásemos el papel usado a un antiguo pozo de
mina, en vez de reciclarlo, estaríamos colaborando, en realidad, con
la captura de CO2: sacamos carbón de la atmósfera y lo enterramos
en el suelo. Esto es exactamente lo que tenemos que hacer para combatir el calentamiento global. De modo que reciclar papel es malo
para el planeta, en numerosos sentidos. Es lógico reciclar aluminio
(como sugiere el hecho de que es rentable). Pero ¿por qué reciclar
papel?
Es posible que haya una respuesta coherente a esta pregunta, pero
nunca la he visto. La mayoría de los ecologistas se centran en que el
reciclado reduce la deforestación a corto plazo, pero ignoran las consecuencias a largo plazo de disminuir los incentivos a la reforestación.
La gente suele cambiar de tema, censurando que las explotaciones
forestales promuevan el monocultivo, criticando las prácticas de talado de árboles o quejándose por el despilfarro de la sociedad de consumo. Claramente lo que falta es una sencilla pero convincente línea
de razonamiento que defienda las prácticas en contra de la objeción
«económica». De nuevo, eso no significa que no haya argumentos,
sólo que nunca los he oído. Lo que he visto es una multitud de maneras, cada vez más ingeniosas, de cambiar de tema.
$$$
«La economía sufre el acoso de más falacias que ningún otro
objeto de estudio del hombre». Ésta es la frase de apertura del clásico de Henry Hazlitt Economía en una lección, un libro que hoy día
es tan valioso como cuando fue publicado en 19466. El hecho de
que esto siga siendo verdad es, en cierto sentido, un triste reflejo
del estado del desarrollo intelectual de nuestra civilización. El li-
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Introducción
bro de Hazlitt consta de una discusión sobre veinte razonamientos
extraños que generalmente se utilizan en el debate político, todos
basados en falacias económicas. Lo que hace que su lectura sea
desalentadora es el hecho de que al moderno lector del siglo xxi
todavía le son familiares la mayoría de esos argumentos, dado que
las ideas centrales siguen disfrutando de una aceptación popular
prácticamente inalterada. (Sólo unas cuantas afirmaciones falaces,
fundamentalmente sobre los precios de los productos agrícolas,
han perdido su fuerza).
Todavía resulta fundamental el libro de Hazlitt para todo aquel
que esté interesado en conocer la historia de las subidas y las bajadas
en el mundo económico. Pero también tiene sus fallos. El problema
central es que Hazlitt es un defensor incondicional del libre mercado.
Tiende a considerar a cualquiera con algún recelo hacia las virtudes
del capitalismo desenfrenado como a alguien que se debe a intereses
siniestros o, sencillamente, como a un estúpido. Ni una vez en todo el
libro contempla la posibilidad de que alguien pudiera tener una legítima preocupación moral sobre cómo funciona el mercado.
El resultado es un fracaso a la hora de valorar la importancia de las
dudas razonables sobre el sistema capitalista que pueden tener los individuos. Por tanto, resulta poco probable que alguien con tales dudas
preste mucha atención a los argumentos de Hazlitt. Al rechazar las profundas convicciones morales sobre la justicia social que tiene la gente
argumentando un racionalizado interés personal o sencillamente estupidez, es poco probable que muchos se muestren receptivos al argumento, y mucho menos que éste genere una buena disposición a seguir
algunas líneas bastante abstrusas de razonamiento económico. Pero de
nuevo, ésta es la estrategia teórica que Hazlitt emplea.
La mayoría de los divulgadores de la economía han seguido esta
estrategia de Hazlitt. Los economistas constantemente lamentan el
hecho de que haya tanto desconocimiento económico. Pero los
principales intentos de comunicarse con la gente fuera de la profesión se han visto marcados por una indiferencia tan profunda hacia
el lector —y, en particular, hacia su sensibilidad moral— que han
fracasado ampliamente en sus propósitos. Al leer la mayoría de las
obras de economía «popular», es fácil quedarse con la impresión de
que te están timando vilmente.
Es una pena, porque el fracaso a la hora de tratar estas preocupaciones morales subyacentes es una de las razones fundamentales
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para el mantenimiento de tantas de las falacias que Hazlitt diagnostica. Las propuestas económicas que condena están, en su mayor
parte, motivadas por una preocupación por la imparcialidad, o la
justicia social. En vez de reconocer la legítima preocupación moral
subyacente mostrando, sin embargo, cómo el remedio propuesto
fracasará a la hora de conseguir los resultados deseados, Hazlitt acumula desdén sobre las preocupaciones y las propuestas. El resultado es
un completo fracaso de comunicación. La gente no acepta los argumentos porque encuentra las premisas —por no mencionar la línea
global del razonamiento— moralmente repulsivas. Y de ese modo
las falacias persisten.
Me aventuraría a decir que buena parte de las cosas que una persona piensa que sabe sobre cómo funciona la economía son incorrectas
(o están muy cerca de ser incorrectas). Estoy seguro de que esto es lo
que convierte a los economistas en gente suspicaz. Después de todo,
es imposible leer el periódico de la mañana sin toparse al menos con
tres o cuatro falacias económicas evidentes, incluso en las páginas de
negocios. Esto debe de volver locos a los economistas. Cuando ves a
un periodista, a un político o a un miembro de un grupo de presión
haciendo un «análisis costo-beneficio», por ejemplo, casi siempre es
equivocado. Normalmente, lo que hace la gente es sumar todos los
costos de alguna política que no les gusta, sin tener en cuenta los beneficios, y entonces la declara un gran mal social. Llamo a esto la falacia de «ten en cuenta los costos, ignora los beneficios».
Mi ejemplo favorito de esto es cuando la gente habla de los «costos» que el tabaco impone a la sociedad. Habitualmente el intrépido
cruzado contra el tabaco esgrimirá cosas como el valor del salario
perdido debido a bajas y absentismo, junto con el costo del sistema
de salud pública para tratar enfermedades relacionadas con el tabaquismo como el enfisema, el cáncer de pulmón, enfermedades del
corazón y distintas afecciones vasculares. Pero ignoran por completo un principio fundamental: todo el mundo tiene que morir de
algo. Esto tiene consecuencias inmediatas y obvias. Alguien que no
muere de algo en particular muere de otra cosa. Por tanto, todos
aquellos fumadores que no mueren de cáncer de pulmón, o que no
mueren de un ataque al corazón, están condenados a morir por otra
causa. Cualquiera que sea esa otra causa, es probable que sea más
costosa, dado que el cáncer de pulmón es normalmente intratable y
el ataque al corazón es una de las formas más baratas y rápidas de
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morir. Una reflexión rápida sugiere que los fumadores probablemente ahorran a la «sociedad» mucho dinero. Un análisis costo-beneficio serio ha mostrado lo mismo: en 1995 un analista estadounidense concluyó que el fumador medio generaba un beneficio neto
para la sociedad de 30 centavos por paquete, incluso sin tener en
cuenta los impuestos pagados7.
Los coroneles solían clasificar las muertes en términos de «causas
naturales». Por ejemplo, un famoso «registro de mortalidad» recopilado en Inglaterra en 1655 usaba exóticas categorías como hidropesía, «problemas pulmonares» y «mal del rey» para describir varias
causas de muerte, incluidas también categorías como «encontrado
muerto en la calle» y sencillamente «anciano»8.
Hoy día, sin embargo, las personas no mueren simplemente en la
calle o de viejas; mueren por algún tipo de razón médica. Como resultado, cuando eliminamos una causa de muerte (plaga, polio, tuberculosis, cólera) los ratios de otra causa suben. Pero la gente ignora este
hecho continuamente.
A los ecologistas, por ejemplo, les gusta señalar la rápida subida
de los ratios de cáncer por todo el mundo industrializado en el siglo xx como prueba de que va a producirse una catástrofe inminente. Pero este incremento en el cáncer ha coincidido con mejoras espectaculares en la esperanza de vida. ¿Cómo es esto posible? Porque
buena parte de ese incremento del cáncer se debe al incremento en
la esperanza de vida. Viva lo suficiente y se asegurará tener cáncer
por los errores de replicación acumulados en sus células. «Morir de
cáncer» es, en muchos casos, sólo una manera médica de describir
«morir de viejo». Ha crecido la tendencia general en las tasas de
cáncer porque ahora más gente lo padece a una edad en que es probable desarrollarlo, porque no están muriendo de otras cosas que
solían matar a porcentajes significativos de la población.
A veces me gustaría comenzar una campaña contra los cinturones de seguridad, con el argumento de que causan cáncer. Estoy seguro de que podría encontrar estadísticas para respaldar el argumento. El ratio de los accidentes en vehículos a motor en Canadá ha
caído aproximadamente a la mitad en los últimos 30 años, en gran
parte debido a las mejoras en la seguridad de los automóviles. Finalmente algunas de esas personas que no mueren en accidentes de
coche han de tener cáncer, así que es sólo cuestión de tiempo el que
se registre un ligero aumento en los ratios de cáncer (o de diabetes,
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o de enfermedades del corazón, o de cualquier otra dolencia). Luego puedo hacer la siguiente relación: ¿no es extraño que las nuevas
leyes de obligatoriedad del cinturón de seguridad dé la casualidad de
que coinciden con un incremento en los ratios de cáncer?
No estoy intentando meterme con los ecologistas. Hay ciertos tipos de cáncer que son el resultado de una exposición a los contaminantes ambientales. Mi tío, como la mayoría de granjeros en los
años sesenta, solía manejar enormes volúmenes de herbicida sin siquiera ponerse guantes, y mucho menos una máscara. Eso (junto a
los tres paquetes de cigarrillos que fumaba al día) sin duda contribuyó a su muerte por cáncer de pulmón. Pero intentar culpar de la
tendencia general de los ratios de cáncer a «la industria química» o
a algún otro infractor medioambiental es cometer un elemental
error de concepto. Desde luego, no hay nada particularmente «económico» en esta falacia. Es sólo que confusiones de este tipo son las
que pueden evitar fácilmente los economistas, a consecuencia de la
formación en su disciplina.
Cada capítulo de este libro se basa en una de estas confusiones y
en las falacias que puede producir. La primera mitad puede verse
como las «falacias económicas favoritas de la derecha», argumentos
habitualmente utilizados por los conservadores, no porque tengan
algún sentido, sino por lo de acuerdo que están con sus conclusiones. La segunda mitad se ocupa de las «falacias económicas favoritas
de la izquierda».
$$$
Uno de los más desafortunados malentendidos de la economía es
la idea de que todo es cuestión de dinero. En realidad, los economistas se han distinguido en el siglo pasado no tanto por lo que estudian
como por cómo lo estudian. Es la metodología que emplean, el modo
de modelar las interacciones sociales, lo que genera ideas útiles. Esta
metodología es aplicable a áreas de la vida social que no tienen nada
que ver con comprar y vender. El tráfico es un buen ejemplo, pues
conducir parece sacar en todos nosotros al maximizador de utilidad
racional. Una vez tuve una idea para un libro llamado Todo lo que en
realidad necesito saber lo aprendí en el tráfico. Sólo estoy exagerando un
poco. Lo que aprendí era que hay cuatro grandes ideas que uno necesita tener en mente cuando piensa en la «sociedad».
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Introducción
1. La gente no es estúpida. Es sorprendentemente fácil olvidar que
hay más vida inteligente en este planeta, en forma de otras personas.
Cuando uno pasa el día elaborando sus pequeños planes y estrategias,
necesita recordar que también el resto de las personas están planeando y trazando estrategias. Puede que no les sirvan de mucho, pero las
hacen, y para que sus planes y estrategias funcionen, usted debe tener
en cuenta los de los demás. Los economistas llaman a esto la dimensión estratégica de la acción social.
Considere, por ejemplo, cómo se comporta la gente cuando está en
un atasco. Usted está en su carril, a un palmo del de delante, sin ir a
ningún lado. De repente, los coches del carril derecho comienzan a
avanzar. El camión que ha estado viendo en su espejo le adelanta rápidamente. ¿Cuál es la reacción obvia? Cambiar de carril, por supuesto,
para ponerse en el que se está moviendo más rápido.
Ésta es una idea seductora, pero ignora lo crucial: usted no es la
única persona en la carretera que intenta llegar a casa. De hecho, casi
toda la gente de su carril, delante y detrás de usted, preferiría llegar a
casa más pronto que tarde. Y están sentados allí, igual que usted, viendo
cómo el tráfico en el otro carril se mueve rápidamente. Todo el mundo
tiene incentivos para cambiar de carril. Pero si la gente de delante de
usted se cambia, su propio carril se volverá más rápido. De modo que,
en realidad, usted tiene dos opciones. Puede cambiar de carril, o puede
no moverse y dejar que la gente de delante de usted se cambie. De cualquiera de los modos, probablemente conseguirá el mismo incremento
de velocidad. (En general, es de esperar que todos los carriles se muevan igual de rápido, por la misma razón que es de esperar que todas las
colas de los supermercados sean igual de largas).
La verdadera cuestión, por tanto, no es si quiere ponerse en el
carril más rápido, sino sencillamente cuántos cambios de carril quiere hacer. Dado que los cambios de carril son en sí mismos peligrosos,
la respuesta a la pregunta depende, en realidad, de lo reacio que usted sea a la idea de poder tener un accidente. No es sorprendente
que fuera un economista9 quien hiciera esta observación y ofreciera
el siguiente consejo: si conduce un viejo coche destartalado, debería
hacer el cambio; si conduce un Mercedes nuevo, sería mejor que no
se moviera y dejara a la gente de delante correr el riesgo de tener un
accidente.
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2. La importancia del equilibrio. Dado que los economistas prestan
mucha atención al aspecto estratégico de la interacción social, tienden
a estar menos interesados en simples patrones de comportamiento o
correlaciones estadísticas que otros científicos sociales. El concepto
central del análisis económico es el de equilibrio, entendido como un
resultado que no tiende al cambio. Dado que la gente ajusta su conducta en respuesta a los cambios en su entorno, usted no puede predecir lo
que van a hacer sólo viendo lo que hacen ahora. Tiene que calcular
cómo van a responder al cambio (y si esa respuesta va a causar más cambios, y así sucesivamente).
Ignorar estas respuestas es una de las mayores fuentes de fracaso de
las políticas públicas. Recuerdo esto cuando estoy sentado en mi coche
esperando a girar a la izquierda en un semáforo. Ya casi nunca lo cruzo
en ámbar, pero no siempre he actuado así. Cuando empecé a hacerme
mayor, los semáforos seguían un sencillo patrón. Cuando la luz en una
dirección cambiaba a rojo, la luz del semáforo en la otra dirección inmediatamente se ponía en verde. Por eso me di cuenta de que era muy
mala idea saltarse una luz roja, sencillamente porque era probable chocar con un coche que fuera en la otra dirección. En ese mundo, ámbar
significaba ámbar. Hoy día (o al menos en Toronto, donde vivo), el patrón es diferente. Cuando una luz se pone roja, la otra no se pone verde
enseguida. Por el contrario, las dos permanecen rojas aproximadamente dos segundos.
Puedo imaginar cómo se ideó este esquema. Algún burócrata santurrón en alguna parte del mundo, viendo el número de colisiones en las
intersecciones, pensó que sería una buena idea dejar un corto periodo
de reflexión, de modo que la gente pueda ajustarse al gran cambio que
está a punto de suceder. Por tanto, se decretó que ambas luces deberían
permanecer rojas durante unos pocos segundos, y así todo el mundo se
detendría. Pero, desde luego, la medida no tuvo tal efecto. Los motociclistas, al saber que tienen dos segundos adicionales después de que la
luz se ponga roja, simplemente tratan las luces ámbar como si fueran
verdes y a la recién cambiada luz roja como ámbar. En otras palabras, el
equilibrio cambió. El resultado ha sido una epidemia de gente que se
salta los semaforos en rojo (por no hablar de que es casi imposible girar
a la izquierda en ámbar).
Debido a este fracaso a la hora de anticipar el movimiento desde el
equilibrio, la medida no añadía ningún beneficio desde el punto de vista
de la seguridad en el tráfico, y probablemente empeoraba las cosas. Y
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todo esto porque algún burócrata en alguna parte se equivocó al pensar
que la gente iba a cambiar su comportamiento como resultado de la medida propuesta. Éste es un error verdaderamente común cometido por
los ingenieros sociales de todas las clases (la forma estrambótica de nombrar esto es hablar de pensamiento paramétrico, o tratar el entorno social
como si se fijara de manera exógena). Diga lo que le parezca sobre los
economistas —ámelos u ódielos—, pero probablemente son las personas
con menos probabilidades de cometer este tipo de error.
3. Todo depende de todo lo demás. Si escucha hablar a los economistas,
una de las cosas que les oirá decir mucho, en respuesta a sus preguntas, es
«Depende...». No es porque sean evasivos. Es porque las respuestas a
muchas preguntas en realidad dependen de las respuestas a muchas
otras preguntas. Y esto es porque, en el mundo real, muchas cosas en
realidad dependen de muchas otras cosas. Los economistas tienden a
fijarse más en esto que otros porque la economía de mercado representa un vasto sistema de interdependencia.
Como resultado, cuando algo sucede y queremos considerar sus
efectos, tenemos que asegurarnos de que estamos remontándonos suficientemente hacia atrás. Un error típico es mirar sólo los efectos inmediatos sin tener en cuenta qué efectos tendrán esos efectos. Consideremos, por ejemplo, el fenómeno del «tráfico inducido». Si preguntamos
a un planificador de tráfico si una red de carreteras urbanas tiene «capacidad suficiente», la respuesta será: «Depende...». Si se mantiene
constante el volumen de tráfico, eliminándose algunas carreteras, entonces el sistema habrá sufrido un descenso de capacidad. Pero el hecho de que eliminar carreteras realmente suponga una diferencia dependerá de si el volumen permanece constante.
Tras la destrucción del Embarcadero Freeway en San Francisco por
un terremoto en 1989, los residentes decidieron no reconstruirlo. Los
urbanistas revisaron las rutas alternativas para ver por dónde pasaría el
tráfico. Lo que descubrieron fue que la mayor parte desaparecía. En
contra de lo esperado inicialmente, no se registró ningún aumento en
la congestión en ninguna parte del área de la Bahía. (En Nueva York, el
Departamento de Transportes hizo una evaluación precisa después del
colapso de la West Side Highway en 1973 y descubrió que el 93 por ciento del tráfico desaparecía)10.
Lo que indican estas observaciones es el hecho de que el volumen
de tráfico en un momento dado es parte de un equilibrio, que depende
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de varios factores. La congestión es uno de ellos. Como las carreteras
(sin peaje) son gratuitas, las personas «pagan» con su tiempo por usarlas (igual que hace la gente cuando guarda cola por un artículo rebajado, como puede ser una entrada para un concierto). Como la cantidad
de tiempo que les llevará llegar a alguna parte se incrementa, las personas con mejores cosas que hacer dejan de coger el coche: se reprograman, agrupan viajes, toman el transporte público o encuentran otras
alternativas (a largo plazo, pueden elegir vivir más cerca del trabajo o
irse de compras o coger el transporte público). Por tanto, añadir más
capacidad a la red de carreteras «crea» tráfico. Una disminución de la
congestión anima a más gente a coger el coche, lleva a las personas a vivir más lejos de su trabajo y así sucesivamente, lo que, sencillamente,
devuelve el nivel de congestión a donde estaba antes.
Pero ¿qué ocurre si se inyecta mucho dinero para el transporte público? Eso tampoco es probable que alivie la congestión. Si más gente
comienza a utilizar el transporte público porque éste está subvencionado o se ha vuelto más cómodo, se liberará espacio en las carreteras, lo
que reducirá el «costo» de conducir. Si los viajes comienzan a durar menos tiempo, más gente cogerá el coche (o aquellos que lo hacen lo cogerán más a menudo). Mientras las carreteras sean gratuitas, no hay
manera de cuadrar ese círculo.
4. Algunas cosas tienen que cuadrar. Una vez, vi un simpático anuncio
de una empresa de ropa mostrando a unos manifestantes vestidos elegantemente que ondeaban pancartas exigiendo distintas mejoras para la sociedad, incluida la de «más semáforos en verde». Pensé que era una bonita representación del idealismo juvenil. Odio los semáforos en rojo tanto
como cualquiera, pero dado que el semáforo en verde de una persona es
el semáforo en rojo de otra, incrementar la suma total de semáforos en
verde no es sólo una imposibilidad práctica, es una imposibilidad conceptual. En cualquier caso, el mensaje resulta esperanzador.
Puede parecer poco respetuoso, pero hay que observar que todo
tipo de gente defiende el equivalente económico de más semáforos en
verde. Esto se debe a un fracaso a la hora de reconocer que algunas cosas tienen que cuadrar. El número total de semáforos en verde debe ser
el mismo que el número total de semáforos en rojo, porque el semáforo
en verde de una persona es precisamente el semáforo en rojo de otra.
Esto sucede con el intercambio económico. Cada vez que alguien vende algo, alguna otra persona debe comprar algo. ¿Por qué? Porque la
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única manera de vender algo es venderlo a alguien. Esto puede parecer
obvio, pero un porcentaje asombroso de comentarios populares de
todo tipo de asuntos económicos ignora esta equivalencia elemental.
Por ejemplo, aunque los individuos pueden gastar más dinero del
que ganan (y de ese modo endeudarse), la sociedad como un todo no
puede. Esto se debe a que los gastos de una persona son precisamente
los ingresos de otra. Por ello el PIB —Producto Interior Bruto— se puede calcular de dos modos diferentes: la primera sumando el valor de los
bienes y servicios producidos en la economía, la segunda sumando todos los ingresos que se han ganado. Esto es algo que olvidan los activistas del Día de No Comprar Nada. Reducir el consumo durante un día
no reduce el consumo total a menos que también se reduzcan los ingresos. Tendría que haber un «Día de No Ganar Nada» para que eso tuviera
algún impacto11. Intentar reducir el consumo tan sólo gastando menos
es una imposibilidad conceptual.
A menudo estas equivalencias pueden resultar delicadas. Cuando
las personas hablan de impuestos, por ejemplo, hay una tendencia a olvidar que —dejando aparte las herencias— las personas se gastan completamente sus ingresos. Un «impuesto al consumo» no es otra cosa
que un impuesto sobre la renta con una exención al ahorro. Incluso esa
exención no es en realidad una exención, sino sólo un pago diferido,
dado que —de nuevo, dejando aparte las herencias— las personas finalmente se gastan sus ahorros. Pero cuando el Gobierno conservador de
Canadá hace poco redujo el GST (el Impuesto sobre el Valor Añadido
de Canadá), algunos comentaristas, incluso aquellos que escriben en
periódicos más bien para intelectuales, observaron que esto sólo sería
útil para los consumidores que estuvieran pensando hacer una compra
importante, como un coche. El resto habría estado mejor con una rebaja en el impuesto sobre la renta.
Podrían haberse dado buenos argumentos para hacer una rebaja en
el impuesto sobre la renta, pero éste, ciertamente, no lo era. Gaste o no
gaste 10,000 dólares en un único gran artículo o 10 dólares en mil pequeños artículos, pagaré la misma cantidad en impuestos al consumo. Esto se
olvida fácilmente. Hace un par de años, pagué unos 8,000 dólares en impuestos por un coche nuevo. Miré la factura y pensé: «¡Vaya mierda!». En
realidad, no había razones para la alarma. De una manera u otra, los
8,000 dólares habrían ido a parar al Gobierno. Si yo no hubiera comprado el coche, habría comprado todo tipo de otras cosas, y todas esas otras
compras habrían sido gravadas con, exactamente, el mismo tipo. La res-
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puesta apropiada, me di cuenta, no era la agitación nerviosa, sino la tranquilidad tipo zen.
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Por si esto le hace a alguien sentirse mejor, debería mencionar
que no soy economista. Por ello me considero libre para hacer todo
tipo de generalizaciones absurdas sobre lo que piensan los «economistas». (Trabajo en un departamento de Filosofía, que a veces se
describe como «el departamento de la especulación libre de datos»,
lo que, bien pensado, los filósofos y los economistas neoclásicos tienen en común). Espero que esto se tome con el espíritu adecuado y
que se presupongan todas las reservas y matices relevantes: naturalmente, no todos los economistas piensan igual, no todos los economistas son apóstoles del mercado libre, los puntos de vista que critico se mantenían más activamente hace veinte años, siempre ha habido
vivos debates dentro de la profesión, etcétera.
Quizá también sea útil mencionar que, aparte de no ser economista, no tengo, en lo esencial, ninguna formación formal en el
asunto. Hice el habitual curso de Introducción a la Economía como
un no graduado, pero sólo fui a clase un par de veces. El profesor
me ponía nervioso. Una vez que me enteré de que los exámenes
iban a ser tipo test, generados por algún programa que acompañaba
el libro de texto, nunca volví. Ése fue el fin de mi formación oficial.
Desde entonces, he estado leyendo por mi cuenta. Tampoco he estudiado Matemáticas después del instituto. Aprendí cálculo, pero
no recuerdo cómo se hacía.
Menciono esto no para minar la confianza de nadie en los argumentos que vienen a continuación, sino tan sólo para mostrar que las
barreras a la formación económica no son tan grandes como a veces se
quiere dar a entender. No se equivoque, la economía puede ser muy
difícil. Sin embargo, las ideas centrales se pueden captar a través del
ejercicio de la inteligencia media. No es necesario aprender ningún
código secreto. Ni se necesita un diploma avanzado en el tema para
evitar los puntos flacos que se detallan en los capítulos siguientes.
Todos los argumentos que presento en este libro son muy básicos,
están basados en modelos simples e ilustran los errores que cualquier
persona formada debería ser capaz de evitar. Pero, desde luego, para
cada una de esas sencillas afirmaciones hay docenas de excepciones,
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matices y reservas, y todo tipo de modelos más exóticos que se comportan de forma algo diferente. El hecho de que no me detenga a explicar todas esas posibilidades debería entenderse en su contexto, y
tiene que ver con el tipo de libro que quería hacer. Cada vez que una
persona hace una deducción falaz, es posible inventar una cadena de
razonamientos algo más complicada o menos directa que «podría ser
lo que tenía en mente». Sin embargo, si parece un pato, nada como
un pato y grazna como un pato, probablemente sea un pato. Las personas cometen muchos errores en economía, y superar esos errores
es un paso esencial para cualquiera que espere hacer del mundo un
lugar mejor.
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Primera parte
Falacias de Derechas
En la que las falsas creencias y deducciones falaces de los apóstoles del libre
mercado (que incluyen, pero sin limitarse a ellos, los miembros de la conocida
«escuela de Chicago») se descubren, desacreditan y superan.
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Capítulo 1
El capitalismo es natural
Por qué el mercado en realidad depende del Gobierno
C
on frecuencia la gente se queja de la ausencia de «grandes ideas»
en el debate político contemporáneo. Hay algo de verdad en ello.
Los políticos del siglo xx a menudo se caracterizaban por mantener
desacuerdos en cuestiones fundamentales, con varias facciones queriendo revisar por completo la sociedad de forma dramática. En los
años veinte, por ejemplo, la eugenesia —la cría selectiva de poblaciones humanas— hacía furor en los círculos políticos. Winston
Churchill, un partidario entusiasta, pensó que era esencial contener
lo que llamó, con la franqueza típica de esa época, «el antinatural y
cada vez más rápido crecimiento de las clases insensatas y débiles de
espíritu»1.
Más tarde, desde luego, llegaron el fascismo y la «revolución del
mundo comunista», que plantearon lo que significaba, en retrospectiva, propuestas bastante inverosímiles. Consideremos a V. I. Lenin,
en 1918, prediciendo todavía con bastante seguridad la «desaparición
del Estado» bajo el comunismo. Deshacerse de la economía de mercado y reemplazarla por una planificación central no sería tan difícil,
pensó, es cuestión de «mirar, registrar y expedir recibos de pago»,
una tarea que estaba «al alcance de cualquiera que supiera leer y escribir y conociera las cuatro reglas básicas de la aritmética»2.
En los años cincuenta, parecía no haber problema en el mundo
que no se pudiera resolver a través de la «ciencia». Las mujeres en Estados Unidos dejaron de dar el pecho en masa, imaginándose que la
leche maternizada tenía que ser mejor; después de todo, ¡estaba hecha
por científicos! ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que resolvieran otros
problemas sociales, como los crímenes o la enfermedad? John F. Ken-
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nedy hablaba para muchos cuando predijo que la tecnocracia, no la
democracia, era el futuro. «La mayoría de los problemas a los que nos
enfrentamos», decía, «son problemas técnicos, son problemas administrativos» que serán mejor tratados por expertos.
Este consenso tecnocrático duró lo suficiente como para que Daniel Bell publicara su famoso e inoportuno libro, El fin de las ideologías,
en 1960. Apenas se había secado la tinta de sus páginas, las cosas comenzaron a salirse por completo de control, marcando el comienzo
de uno de los más intensos periodos ideológicos de la historia occidental. Surgió la contracultura de los sesenta, que prometía nada menos que una completa transformación de la civilización humana y
de la conciencia. Se presentaron el sexo, las drogas y el rock and roll no
sólo como divertidas distracciones de los serios asuntos cotidianos,
sino como fuerzas que transformarían de forma fundamental la familia, la economía, el Estado y el sistema geopolítico.
Mientras los del baby boom no cumplieron exactamente esas promesas, hay que admitir que hubo un intento de adiestramiento. Por
poner sólo un minúsculo ejemplo, a principios de los años setenta
había miles de comunas en Estados Unidos comprometidas con varias formas de cuidado colectivo de los niños, intentando hacer obsoleta la idea de la familia nuclear y sustituyéndola por la familia
comunal3. (Un amigo mío de la universidad perteneció, en su juventud, a una malograda asociación de este tipo. Acabó teniendo
una docena de «hijos» de ese periodo, alguno de los cuales ocasionalmente pasaba a visitarle. Sólo una era su hija biológica).
La cuestión es la siguiente: hubo un tiempo, no hace mucho, en
que cuando la gente hablaba de cambiar la sociedad, generalmente
tenía Grandes Planes. Esos planes eran grandes en el sentido de
que, si cualquiera de ellos hubiera funcionado, el mundo en que vivimos habría cambiado hasta casi ser irreconocible. Las cosas han
cambiado. Las personas pueden quejarse en voz alta, pero generalmente no tienen grandes ideas sobre cómo habría que hacer las cosas. O hablando con más exactitud: las grandes ideas restantes son
obviamente malas ideas (como el fundamentalismo islámico), de manera que nadie psicológicamente equilibrado se vería atraído por
ellas. Es clara la diferencia entre este sentimiento y un tiempo en
que las personas educadas, de clase media, en realidad pensaban que
debíamos destruir algunos pilares de la civilización occidental y reconstruir todo desde abajo.
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Hoy día, los desacuerdos que todavía existen tienden a ser sobre
cuestiones de detalle. La protesta política todavía se reviste de tintes
de radicalismo, pero cuando se rasca un poco la superficie y se pregunta a la gente lo que realmente quiere, normalmente se obtienen
propuestas bastante modestas. Los manifestantes antiglobalización
todavía pueden pedir la caída del capitalismo, pero por lo general
están dispuestos a conformarse con una cláusula adicional sobre
protección del medioambiente o con una enmienda al mecanismo
de arbitraje del próximo acuerdo de libre comercio. En Francia, los
activistas incluso han insistido en usar el término «altermundialización» para describir el movimiento, en vez de «antimundialización»,
para enfatizar el hecho de que no se oponen a la globalización, tan
sólo les gustaría ver que se hace de forma un poco diferente.
¿Dónde han ido todos los radicales? La película La corporación después de más de dos horas de vociferar sobre la búsqueda «psicopática» del dinero y del poder por parte de la empresa moderna, acaba
haciendo una petición a los trabajadores para que no tomen el control de los medios de producción o al Estado para que no nacionalice
los grandes negocios. En vez de eso, celebra el estallido de la «democracia de base» en la ciudad de Arcata, California (16,651 habitantes),
donde los ciudadanos se reúnen para —atención— limitar el número
de franquicias de los restaurantes de comida rápida que operan en la
ciudad a nueve. Recuerda a la vieja broma sobre una concentración
de socialistas fabianos en la que los manifestantes gritaban: «¿Qué
queremos? ¡Un cambio gradual! ¿Cuándo lo queremos? ¡A su debido
tiempo!».
En cierto sentido, ahora todos somos fabianos.
Esta realidad ha sido descrita de distintos modos. Francis Fukuyama se refirió a ella como el «fin de la historia». Jürgen Habermas,
con un humor ligeramente menos optimista, lo describió como «el
agotamiento de las energías utópicas». El elemento central es el hecho de que la democracia liberal ha emergido del siglo xx como la
única forma creíble de organización política, y algún tipo de capitalismo regulado como la única forma plausible de organización económica. Como resultado, todos los participantes formales del proceso
político —e incluso una considerable proporción de los excéntricos— se encuentran a sí mismos propugnando lo que, esencialmente,
son variaciones sobre el mismo anteproyecto básico para la sociedad.
Todo el mundo termina defendiendo —o, más bien, presuponiendo—
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alguna versión de capitalismo del Estado del bienestar. Desde luego,
el Estado del bienestar tiene todas las características que una mujer
busca habitualmente en un marido, no en un amante. Es seguro,
fiable, y un buen proveedor. Como resultado, tiende a generar una
serie de quejas bastante constante. Pero todo el mundo sabe que
hay una gran diferencia entre quejarse de un marido y abandonar,
de verdad, al marido. Basta decir que, ahora mismo, el divorcio no
parece inminente.
Los éxitos y fracasos del Estado del bienestar han sido un trago
amargo tanto para la izquierda como para la derecha, que han debido renunciar a un componente esencial de las ideologías que antaño las distanciaba. ¿Qué ruedas de molino han tenido que tragar?
Hablando en plata, la izquierda se ha visto forzada a abandonar el
comunismo, mientras que la derecha se ha visto forzada a abandonar el libertarismo. El comunismo, para simplificar, es la idea de
que, en la economía, el Estado debería hacerlo todo. El libertarismo
es la opinión de que el Estado no debería hacer nada. Ambas ideas
se encuentran ahora absolutamente desacreditadas. La caída del comunismo es, desde luego, mejor conocida, porque se vio muy bien
por televisión. Pero el hundimiento del libertarismo en el siglo xx
ha sido igual de evidente.
La idea de que la gente podía llevarse bien con mercados justos, y
sin Gobierno, resultó ser una versión de lo que los economistas llaman
la «falacia de composición». La suposición básica del libertarismo es
que si la gente comparte algún interés económico particular (como
tener un sistema estable de derechos de propiedad), se mantendrán
de forma natural como un grupo con el objeto de lograr ese interés.
Podría surgir un sistema económico capitalista gracias a lo que Friedrich Hayek llamó un «orden espontáneo»4. Esto resulta ser falso.
Simplemente, la suma de un conjunto de intereses individuales no es
lo mismo que el interés del grupo. A pesar de tener los mismos objetivos, con frecuencia la gente necesita la «mano visible» de la intervención del gobierno para conseguir que todo el mundo actúe de modo
que en realidad promueva los objetivos comunes. Esto es un resultado sorprendente, y uno de los grandes triunfos de la ciencia social del
siglo xx es haberlo aclarado, finalmente.
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La sensibilidad libertaria adquirió su más clara expresión legal
en 1905 en la decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos sobre Lochner contra Nueva York, en la que esta institución echó atrás la
ley de un estado que prohibía a los empleados de las panaderías trabajar más de 10 horas al día o 60 horas a la semana. Los trabajadores
de panaderías eran personas adultas, razonó la mayoría, «no pupilos del Estado»: deberían ser libres de hacer lo que quisieran. Una
ley que restringía las horas de trabajo de un empleado representaba
«una irrazonable, innecesaria y arbitraria interferencia en el derecho a la libertad del individuo, o entrometerse en los contratos laborales que a la persona le pueden parecer apropiados o necesarios
para su sostén y el de su familia»5. Después de todo, si la gente es libre para tener dos trabajos, ¿por qué no debería ser libre para trabajar 16 horas al día en un trabajo?
Algunas personas tienden a ver este tipo de razonamiento simplemente como una pantalla de humo que oculta insensibles intereses comerciales. Pero esto subestima de forma importante el atractivo intelectual del libertarismo. Independientemente de la ideología
política y de la conciencia social, ¿no es obvio que el juzgado de Lochner tenía su punto de razón? ¿Por qué no se debería consentir a
personas adultas que firmen cualesquiera contratos que piensan
que son de su interés? Lejos de ser una mera disculpa, el libertarismo es en realidad una sofisticada doctrina política, rigurosamente
desarrollada, basada en un conjunto de ideas muy simples e intuitivamente convincentes. También es un castillo de naipes, basado en
una absoluta falacia. Pero el defecto en los cimientos, al no ser tan
obvio, hace que muchas generaciones de personas muy inteligentes
lo hayan pasado por alto.
Para ver los atractivos del libertarismo, es importante tener en
mente dos imágenes muy poderosas que surgieron en el siglo xix.
La primera considera a la naturaleza como un sistema optimizador,
en que la selección natural darwiniana elimina de forma implacable
al enfermo y al incapaz. La segunda ve al capitalismo como un sistema optimizador, en que la disciplina del mercado echa fuera al perezoso, al irresponsable y al ineficaz. La confluencia de estas dos
ideas se resume perfectamente en la frase «la ley del más fuerte» de
Herbert Spencer, inicialmente usada para describir las relaciones
sociales en la economía de mercado, pero posteriormente extendida para describir la dinámica evolutiva en el mundo natural6.
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Efectivamente, Spencer no fue el único en ver las similitudes entre la «mano invisible» de Adam Smith y el mecanismo de selección
natural de Charles Darwin. Ambos representaban sistemas de «orden espontáneo», situaciones en las cuales un resultado que parecía
el producto de una planificación y diseño meticulosos se trataba en
realidad del efecto de un mecanismo «ciego». Si uno mira los picos
de los pájaros de especies diferentes, por ejemplo, parece como si
cada uno estuviera diseñado para una tarea particular: cascar semillas, coger peces, desgarrar carne, etcétera. Darwin fue el primero
en proponer un mecanismo que pudiera proporcionar ese resultado sin recurrir a ningún tipo de diseño consciente.
El mercado exhibe una estructura muy similar. Cuando se abandona a sus propios mecanismos, el movimiento de precios asegura que
el trabajo y los recursos emigrarán hacia donde mejor se puedan emplear. Si hay una escasez de carbón, estaño, trigo o lo que sea, habrá
una puja de precios hasta que únicamente la gente que vaya a hacer
un mejor uso de esos inputs será capaz de pagarlos. Un alienígena que
observara desde lo alto podría pensar que algún intelecto consciente
estaba racionando esos bienes, pero en realidad el resultado no es
sino la consecuencia de que cada individuo está persiguiendo su propio interés bajo las circunstancias apropiadas. Las latas (tin cans) ya no
se hacen de estaño (tin), y las monedas de cinco centavos (nickels) ya
no están hechas de níquel (nickel), no porque nadie se sentara y decidiera que esos metales serían de mejor uso para otras aplicaciones,
sino sencillamente porque se pujó por el precio de esos metales hasta
el punto en que resultó económico cambiar el modo en que se hacían
las latas y las monedas de cinco centavos.
La visión cristiana y medieval del mundo suponía que todo el orden en el universo era producto de algún propósito divino subyacente. Todo, desde las rocas, plantas y animales hasta los hombres,
tenía que entenderse en términos de la utilidad o del bien buscado,
dado que este bien representaba el lugar de cada una de esas criaturas en el orden providencial. Esforzarse por la utilidad se veía como
la «causa final» de todos los movimientos naturales y vitales. En el
caso del hombre, ese bien se buscaba conscientemente, tomando la
forma de «ley natural». La mayor manifestación de esa búsqueda
del bien era el Estado, que se veía como la agencia a través de la cual
los hombres buscaban dar expresión concreta a los dictados de esa
ley natural.
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El éxito principal de la Revolución científica fue su demostración
de que el «mantenimiento del orden» se podía explicar sin intención divina. La mecánica newtoniana permitió mostrar que el orden
celestial (la regularidad de las órbitas planetarias, su alineamiento
en un único plano) se podía explicar sin Dios. En el caso de las cosas
vivas, Darwin mostró cómo un mecanismo perfectamente «ciego»
como la selección natural podía alcanzar la adaptación y el «diseño». No había necesidad de suponer que las criaturas vivas buscaban
algún bien o perseguían algún propósito divino más elevado; una
estrecha dirección hacia la autoconservación era todo lo que se necesitaba para que se produjera la selección natural.
En el caso de la sociedad, Adam Smith mostró que un mecanismo perfectamente «ciego» era capaz de lograr el orden. No había
necesidad de una dirección consciente por parte del Estado, dado
que el mecanismo del mercado era capaz de producir por sí mismo
una asignación óptima. Además, no había necesidad de suponer
ninguna búsqueda del bien, o ningún elevado propósito divino, por
parte de los individuos. Visto desde esa óptica, «la ley natural» se
hace irrelevante; sólo se necesita una limitada búsqueda del propio
interés para alcanzar lo que Spencer describía como «un progreso
constante hacia un grado más elevado de capacidad, inteligencia y
autorregulación, una mejor coordinación de las acciones, una vida
más completa»7.
Por tanto, el libertarismo del siglo xx fue, en esencia, una aplicación a la sociedad de los principios de la revolución darwiniana.
Aristóteles pensaba que era necesario «el bien» para conseguir orden en la naturaleza o en la sociedad; pero luego resultó que no era
necesario para ninguna de ellas. Lo que los libertarios proponían,
en lugar del Estado y de la ley natural, era sencillamente un sistema
de derechos naturales, en particular del derecho a la vida, la libertad y la propiedad.
Desde ese elemental punto de partida, se desarrollaron dos tipos
de libertarismo. El primero considera que basta con el interés propio por sí solo para motivar a los individuos no sólo a hacer valer sus
propios derechos, sino para respetar los derechos de los demás8. No
es necesario ningún Gobierno en absoluto; puede surgir perfectamente en el llamado «estado natural» una economía de mercado. El
segundo defiende que es necesario un Estado para evitar que los individuos interfieran en los derechos de los demás, pero que éste es
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el único papel legítimo del Gobierno. Los libertarios de esta tendencia abogan por un Estado mínimo, o por lo que Robert Nozick
llamó un «vigilante nocturno», que no tiene ningún mandato para
llevar a cabo acción positiva alguna: simplemente está para asegurarse de que se respetan los derechos de los individuos.
A lo largo de los años, los libertarios intentaron diversas estrategias para mostrar que todo esto se puede lograr a través de una acción totalmente descentralizada y autointeresada. Por desgracia,
nunca tuvieron demasiado éxito.
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Para constatar la fatal debilidad del esquema libertario, uno puede comenzar mirando los problemas a través de la versión darwiniana de «la ley del más fuerte». A veces la competencia por la supervivencia tiene consecuencias sumamente adaptativas —ojos para ver,
miembros para correr, dientes para masticar—, pero a veces los resultados son muy poco adaptativos. Depende de cómo se estructura
exactamente la competencia, y de cómo se adquiere la «ventaja competitiva» de los ganadores.
En este sentido, el concepto de «adaptación» esconde una importante ambigüedad. A un cierto nivel de abstracción, el concepto
es simple. Decir que x es más «adaptado» que y es sencillamente decir que x es capaz de reproducirse mejor que y; no dice nada en absoluto de cómo lo consigue. Un aspecto de la adaptación biológica
es la capacidad del organismo para sobrevivir en su entorno y competir con otras especies por el control de diversos ecosistemas. Tendemos a ver esto como una adaptación «buena». En esta categoría,
meteríamos cosas como el sistema digestivo de los rumiantes, los largos cuellos de las jirafas, los huesos huecos de los pájaros, etcétera.
Otro importante aspecto de la adaptación, sin embargo, implica
la habilidad del organismo para competir con los miembros de su propia especie por los recursos y las oportunidades reproductivas. Esta
categoría contiene mucha adaptación «mala». Consideremos el hábito conocido como «el infanticidio del nuevo compañero», consistente en que un macho mata a todos los cachorros existentes de
su nueva pareja antes de aparearse con ella. Es sorprendentemente común entre las especies animales. Uno puede ver lo especialmente «adaptada» que es tal disposición conductual, dado que
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evita al macho pérdidas de tiempo y energía criando cachorros no
relacionados con él genéticamente, es decir, con aquellos que es
poco probable que compartan con él la misma disposición. Esto, sin
embargo, tendemos a verlo como una «mala» adaptación.
El mayor problema con la competencia de este tipo dentro de la
especie es que puede llevar fácilmente a una reducción global de
la adaptación al entorno. El clásico ejemplo, señalado por el propio
Darwin, es la cola del pavo real. Por alguna razón, la hembra del
pavo real tiene una marcada preferencia por los machos con plumas
en la cola más largas y más vistosas9. Al mismo tiempo, esas plumas de
la cola dificultan el vuelo y para poder generarse necesitan más desgaste (por ello, presumiblemente, las hembras del pavo real no las
tienen). Por tanto, es menos probable que un macho con plumas en
la cola más largas y majestuosas sobreviva en la edad adulta. Pero
dado que es más probable que se reproduzca si y cuando las tiene, el
rasgo puede, sin embargo, resultar ser un éxito evolutivo.
El problema es que una vez que ese rasgo se vuelve exitoso, también se hace universal en la población. Como resultado, un determinado macho con ese rasgo perderá la ventaja reproductiva diferencial (dado que todo el mundo tiene ahora plumas igual de largas en
la cola), aunque continúa cargando con el costo de esa ventaja (producir esas plumas en la cola). En otras palabras, se anulan las ganancias de los organismos individuales, mientras que la desventaja en la
especie persiste. El resultado neto es la inadaptación. Los individuos
con tales rasgos son capaces de sobrevivir sólo porque la estructura
del rasgo es tal que, cuando deja de funcionar, es capaz de hundir a
los otros miembros de la especie.
La cola del pavo real es un ejemplo biológico de lo que los economistas llaman una «carrera hacia el fondo». La figura 1.1 muestra
los resultados de dos pavos reales compitiendo el uno contra el otro
como una función de la longitud relativa de sus colas. Cada cuadrado de la matriz muestra el número de crías que sobreviven a la edad
adulta (Pavo real 1 primero, Pavo real 2 segundo). Las colas cortas
tienen varios beneficios para la supervivencia, lo que se traduce en
que cinco pollitos de cada camada llegarán a la edad adulta. Las colas largas disminuyen las oportunidades de supervivencia, de modo
que sólo se puede esperar que sobrevivan tres. Sin embargo, los pavos reales de cola larga tienen una ventaja: si dos pavos reales tienen
colas de la misma longitud, a las hembras les será indiferente a cuál
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elegir (y así, ambos pueden esperar ser padres de una camada); pero
si un pavo real tiene una cola más larga que la de los demás, puede
monopolizar la atención de la hembra, y por tanto esperar ser el padre de dos camadas (en tanto que al otro se le niega la oportunidad
de reproducirse).
Pavo real 2
Cola corta
Cola corta
Cola larga
(5.5)
(0.6)
(6.0)
(3.3)
Pavo real 1
Cola larga
Figura 1.1. La cola del pavo real
La situación en que ambos pavos reales tienen colas cortas es
inestable. Tan pronto como se produce una mutación que crea una
cola algo más larga, el individuo adquiere una gran ventaja reproductiva, y así el rasgo se extiende a toda la población. El rasgo, sin
embargo, es colectivamente autodestructivo. En unas cuantas generaciones, cuando todos los individuos lo han adquirido, el resultado
es peor para todos (en vez de una supervivencia media de cinco pollos por camada, ahora desciende a tres). Y si prospera una mutación diferente, haciendo aún más larga la cola, las mismas presiones
selectivas pueden continuar favoreciendo esa nueva mutación. Ese
ciclo puede continuar hasta que la especie se encuentre literalmente al borde de la extinción. (Basta con contemplar el destino de la
«megafauna», como el caso del alce irlandés, en que el más grande
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tenía grotescas cornamentas poco prácticas que abarcaban más de
tres metros).
La evolución no optimiza. De hecho, el mundo de las criaturas
vivas es el producto de una gigantesca carrera tras otra hacia el
fondo. Consideremos el caso de los árboles. ¿Qué sentido tiene
exactamente crecer hasta alcanzar una altura de 14 metros? Necesita de enormes recursos, ya que el agua y los nutrientes se deben
bombear desde el suelo hasta las puntas de las hojas más altas. La
respuesta, desde luego, es que los árboles están buscando la luz
del sol. Pero la luz del sol está mucho más cerca del suelo, mientras
que nada se interponga en su camino. Y ahí está el problema. Si todos
los demás árboles crecen hasta alcanzar una altura de un metro,
el árbol que crezca hasta el metro y medio adquirirá una ventaja
competitiva: más luz para él, menos para sus vecinos. Por ello, la
variante de metro y medio se impondrá poco a poco. Pero si todos
los árboles son de metro y medio, entonces el árbol que crezca
hasta los dos metros adquirirá una ventaja competitiva. Y así sucesivamente.
El punto importante es que esta competición no es productiva
desde el punto de vista de la adaptación general de los árboles. Al
final alcanzan los límites físicos, que marcan la imposibilidad de
llegar más alto sin volverse demasiado frágiles o sin que les resulte
demasiado difícil acceder a los nutrientes. Y además, desde el
punto de vista del acceso a la luz del sol, no acceden mejor de lo
que accedían cuando eran arbustos. Se puede contar una historia
similar sobre el desarrollo del movimiento, de la conciencia, o incluso de la inteligencia social. Si la selección natural fuera absoluta, la vida en la Tierra estaría constituida por una capa suave y
uniforme de bacterias. La diversidad desenfrenada que nos rodea
es claramente un producto del fracaso de la selección natural en
favor de lo «mejor» desde el punto de vista de la adaptación de las
especies.
Pero a pesar de todos estos ejemplos, aún es fácil cometer la falacia de la composición cuando pensamos en la evolución: suponer que, dado que un rasgo particular incrementa la adaptación
de cada individuo que lo posee, también mejorará la adaptación de
esos individuos considerados como grupo (es decir, como especie). De hecho, las adaptaciones que son «buenas para el individuo» no tienen por qué ser «buenas para la especie». No se puede
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esperar que los individuos hagan lo necesario para promover sus
propios intereses como grupo.
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Aunque Darwin prestó especial atención a estos ejemplos de sub­
optimización, varias generaciones de biólogos evolucionistas, sin
mencionar a comentaristas populares, se aferraban obstinadamente
a la idea de que la selección natural es optimizadora (que siempre
incrementa la adaptabilidad, o que siempre favorece mejoras en el
organismo en relación con su entorno). Esto requería obviar de forma coordinada el hecho de que buena parte de la competencia en
el mundo natural tiene un carácter colectivamente contraproducente. En particular, cuando se trata de la competencia dentro de
una especie, las formas de conducta que inicialmente maximizan el
éxito reproductivo individual pueden, cuando todos la adoptan, reducir el éxito reproductivo de cada individuo. Tendemos a buscar
factores externos, como la caída de asteroides, para explicar la extinción de especies. Deberíamos considerar también factores internos.
Lo que es verdad para los sistemas evolutivos también es verdad
para las relaciones sociales. La misma dinámica que guía a los sistemas evolutivos en la dirección de resultados colectivamente contraproducentes socava el éxito de muchos proyectos humanos. También en este caso tendemos a culpar a factores externos, ignorando
el hecho de que (la mayor parte de las veces) las personas son en sí
mismas, si no individualmente, al menos colectivamente, las causantes de sus propias desgracias.
Considere la cuestión del mercado. Pongamos por caso que coincidimos con el punto de vista de Smith de que una economía capitalista adecuadamente estructurada transforma la búsqueda individual
del interés propio en mejores resultados para todos los implicados.
Las transacciones son voluntarias, de modo que los intercambios ocurrirán sólo si cada una de las partes valora los bienes comprados más
que los vendidos. Esto deja a todo el mundo libre para perseguir sus
propios intereses. Mientras que todo el mundo siga las reglas del juego, nadie tiene que preocuparse por si los demás están haciendo un
buen negocio. El hecho de que la gente esté dispuesta a aceptar la
transacción sugiere que esto es así. ¿Pero de dónde vienen exacta-
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mente estas reglas? Para que el mercado funcione correctamente, la
gente debe estar dispuesta a abstenerse de todo tipo de conducta perjudicial: robar, no pagar, falsear sus bienes, coaccionar a otros, etcétera. Naturalmente, a todo el mundo le interesa que los demás acaten
estas reglas. Pero eso no significa que lo harán. Consideremos la figura 1.2, que muestra las opciones que contemplan dos tramperos que
deciden si sería mejor pasar la tarde colocando trampas o cazando
furtivamente en las tierras de su vecino. Si ambos deciden colocar tantas trampas como sea posible, doblarán sus capturas. Si, sin embargo,
uno decide pasar la tarde cazando furtivamente mientras el otro dedica todo su tiempo a colocar trampas, el que caza furtivamente triplicará sus capturas, dejando al otro sin nada. Ahora, al otro no le queda
más elección que empezar a cazar furtivamente también por la tarde,
y ambos saldrán mucho peor parados.
Trampero 2
Coloca trampas
Caza furtivamente
Coloca
trampas
(2.2)
(0.3)
(3.0)
(1.1)
Trampero 2
Caza
furtivamente
Figura 1.2. El estado natural
A este tipo de interacción se le suele llamar el dilema del prisionero,
por una táctica supuestamente utilizada por la policía para conseguir que los sospechosos testifiquen el uno contra el otro. Ofreciendo una exención por un cargo menor, se puede persuadir a cada
colaboracionista de que testifique contra el otro en relación a un
cargo mayor. Pero cuando ambos delatan al otro, el resultado es más
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tiempo entre rejas para ambos. Por ello los dos sospechosos se enfrentan a lo que se conoce como un problema de acción colectiva: aunque ambos estarían mejor si ninguno testificara, ninguno tiene incentivo para permanecer en silencio. Por tanto, el resultado final es
colectivamente contraproducente.
Algunas personas también se refieren a este tipo de situaciones
como «problemas del free rider» (oportunista). Cada uno de los tramperos espera beneficiarse de las acciones del otro, sin hacer ninguna
contribución por su parte. Cuando ambos hacen eso, ninguno contribuye. (Nótese que el «problema» del free rider no es la injusticia
que se produce cuando una persona es capaz de sacar ventaja con
éxito de los beneficios que otros producen; el problema es que no se
generan beneficios en absoluto, porque todo el mundo está demasiado ocupado intentando aprovecharse de los demás). Por tanto, la
competencia por la ventaja individual, lejos de generar lo que Spencer describía como una «mejor coordinación de acciones», en realidad genera un resultado peor para todos.
Para conseguir una economía de mercado que funcione debe haber tres sistemas básicos de cooperación. Como David Hume describió, debe haber «estabilidad en las posesiones», «transferencia libre»
y «cumplimiento de las promesas», también conocidos como propiedad, intercambio y contrato10. Pero el problema del free rider menoscaba a los tres. ¿Por qué cultivar uno mismo cuando uno puede robarle
los cultivos al vecino? ¿Por qué pagar por su compra cuando puede
no hacerlo una vez se la han entregado? ¿Por qué ejecutar servicios al
precio acordado cuando surge la oportunidad de pedir más?
Naturalmente, comprador y vendedor pueden prometerse el uno
al otro que se abstendrán de hacer eso. Pero mientras el interés propio sea el único motivo, estas promesas carecen de credibilidad. Tan
pronto como alguna persona tenga oportunidad de romper su promesa, el interés propio le llevará a hacerlo.
Los libertarios enseguida sugieren que, aunque las promesas no
sean creíbles, los individuos pueden, aun así, respetar la propiedad
de los demás, o acatar sus contratos, porque temen las represalias.
Este argumento, esencialmente, apela a las amenazas como un medio
de conseguir el respeto de los derechos individuales, ignorando el
hecho de que si sólo nos guiamos por el propio interés, también resulta imposible hacer amenazas creíbles, por exactamente la misma razón que resulta imposible hacer promesas creíbles11. Exigir retribucio-
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nes es un negocio costoso (o al menos arriesgado). Cuando digo a
alguien: «Hazlo o te pego un tiro», la implicación es que disparar a la
persona no es algo que en realidad quiera hacer (si quisiera hacerlo y
persiguiera mi propio interés, lo haría de todos modos, independientemente de si la persona accede a mi exigencia). Así que si la persona
a la que estoy amenazando dice: «Adelante, dispárame», es que ha
descubierto mi juego. Cuando la amenaza ha fallado, no tiene sentido dispararle. En cualquier caso, puede que yo quiera cumplir la amenaza para ganarme la reputación de ser alguien con quien no se puede jugar (también podría mantener mis promesas para ganarme la
reputación de ser una persona en la que se puede confiar). Pero este
mecanismo es demasiado débil para mantener un Estado de derecho.
Si la única razón por la que hago algo es para ganarme una reputación,
ello significa que dejaré de hacerlo en el momento en que los efectos
de esa reputación se esfumen. Como resultado, las reputaciones no
valdrán de mucho: todo el mundo tenderá a ignorarlas, sabiendo que
la conducta pasada no tiene ningún valor predictivo con respecto a la
conducta futura12.
Desde luego, así no es como funcionan las cosas en el mundo
real. En el mundo real, las personas hacen compromisos creíbles
—tanto promesas como amenazas— todo el tiempo. Lo que demuestra este razonamiento, sin embargo, es que en un hipotético
mundo en el que los individuos se vieran sólo motivados por el propio interés racional no se podrían poner los cimientos para una economía de mercado. Se requiere algún tipo de acción no interesada
para que el sistema de derechos fundamentales funcione. Los individuos necesitan ser capaces de comprometerse, de forma creíble, a
respetar los derechos de los demás. Apelar a la amenaza al castigo
como un modo de entender este compromiso es un argumento circular, dado que la habilidad para hacer amenazas creíbles presupone
alguna forma de compromiso.
En el momento en que eliminamos la posibilidad de hacer amenazas en el estado natural, el proyecto libertario «puro» quiebra. Desde
John Locke en el siglo xvii hasta Robert Nozick en el xx, los libertarios han defendido la aplicación individual como mecanismo básico
para la defensa de los derechos individuales. No han logrado darse
cuenta de que presuponer el castigo es tan bueno como presuponer
amor fraternal universal. Proponer ambos puede resolver muchos
problemas de ingeniería social, pero ninguno puede ser consecuen-
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cia sólo del interés propio. Como resultado, no hay ningún «orden
espontáneo» en la sociedad humana. La mano invisible del mercado
no puede resolver todo; también es necesaria algún tipo de guía consciente para que la mano invisible se empiece a mover.
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De modo que necesitamos tener un Estado, el mercado no puede hacerlo todo. En particular, el mercado no puede surgir espontáneamente; debe crearse, y el Estado debe hacer cumplir sus reglas
fundamentales13. La gente ha intentado cuadrar ese círculo de cientos de formas diferentes, pero no importa cómo se presenten los
números, el resultado siempre vuelve a ser el mismo: no se puede
conseguir una economía de mercado sólo a partir del interés propio.
Lo que se requiere —y lo que el interés propio no puede proporcionar— es una autoridad honesta que imponga las tres «leyes fundamentales» de Hume: proteger la propiedad privada, asegurar la voluntariedad de intercambio y hacer respetar los contratos. Esta autoridad debe
mantenerse neutral entre las partes rivales; sus servicios no pueden estar disponibles sólo para el mejor postor. Para que sus amenazas sean
creíbles, la autoridad debe estar motivada por algún compromiso con
los principios que aseguren el respeto a la ley.
Ésta fue la primera concesión fundamental que se les obligó a hacer a los libertarios, y observar que es fruto tan sólo de una aplicación
coherente de las herramientas económicas de análisis produce algo
de satisfacción. Como resultado, el libertarismo «puro» se encuentra
prácticamente extinguido como doctrina política. Los libertarios moderados, como Nozick, aceptan la necesidad de una autoridad para
aplicar las reglas. Creen que el gobierno debería adoptar la forma de
un Estado «mínimo» que hiciera lo necesario para crear las precondiciones institucionales para que exista el mercado, y nada más. (Se
pueden encontrar ecos de este Estado mínimo libertario en las modernas doctrinas conservadoras que consideran la justicia criminal, la
defensa nacional y el cumplimiento de los contratos como, más o menos, las únicas funciones deseables de Gobierno). Lamentablemente
para el libertarismo, una vez que se ha aceptado la necesidad de un
Estado mínimo, comienza una resbaladiza pendiente.
Dado que imponer castigos es costoso, una autoridad requerirá
recursos. Pero para asegurarlos no puede basarse en los contratos
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voluntarios o en las donaciones, sencillamente porque cualquier sistema como éste es vulnerable a los problemas del free rider. Incluso
aunque todo el mundo se beneficiase de que la policía protegiera su
propiedad privada o hiciera cumplir los contratos, a cada individuo
le gustaría que otro pagase por esos servicios. Al saber que su contribución personal es poco probable que aumente o disminuya el poder de la policía o del sistema judicial, la mayoría de la gente no pagará voluntariamente por esos servicios14. Así, el Estado no tiene
otra opción más que gravar con impuestos para asegurarse los recursos que necesita.
Los impuestos, como todos sabemos, son coactivos. Restringen la
libertad individual. Pero el libertario se ve forzado a admitir que los
impuestos —al menos a un cierto nivel— no son sólo necesarios,
sino deseables (para establecer los cimientos del libre mercado).
¿Cómo se justifica el que se haga caso omiso a la libertad individual
en ese caso? La coacción se justifica aquí porque es necesaria para
resolver un problema de acción colectiva. Por tanto, no es la libertad en general lo que se está limitando con esos impuestos, sólo la
libertad de ser un free rider, que realmente no es una forma deseable
de libertad en principio.
Debería señalarse que el nivel de impuestos requerido para instituir incluso los sistemas más limitados de derechos de propiedad y
del intercambio comercial no es insignificante. Cualquiera que haya
comprado alguna vez un trozo de tierra y haya tenido que sufrir el
lío del registro de los títulos sabe que, para determinar quién es propietario de qué, resulta esencial disponer de registros públicos meticulosos. Efectivamente, una de las razones de que «la posesión sea
nueve décimos de la ley» es que resulta prohibitivamente caro mantener registros definitivos de quién es en realidad propietario de qué.
En su libro The Cost of Rights: Why Liberty Depends on Taxes [El costo de
los derechos: por qué la libertad depende de los impuestos], Stephen
Holmes y Cass Sunstein estiman que en 1997 el gobierno federal de
Estados Unidos gastó 203 millones de dólares en gestionar los registros de la propiedad15. Eso fue sólo para llevar la cuenta de las cosas.
Proteger y hacer valer esos derechos cuesta al gobierno federal más
de 6,500 millones de dólares, y eso no incluye los costos asociados al
sistema de justicia federal (más de 5,000 millones de dólares), mucho menos «la protección de la policía y las correcciones criminales» en toda la nación (73,000 millones de dólares en 1992)16.
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Tenemos un término especial para esos tipos de servicios ofrecidos por el Gobierno y sufragados con impuestos. Se llaman programas sociales. (También se les llama bienes públicos, aunque se trata de
una manera poco precisa de hablar; posteriormente veremos más
sobre esto). Aquí podemos ver el problema fundamental de la visión
libertaria o conservadora de un Estado mínimo. No tiene una base
de principios: simplemente es una lista de programas sociales que
cuenta con el favor de las personas con ciertas preferencias y animosidades personales. Una vez que el libertario hace la concesión crucial —que es legítimo que el Estado establezca impuestos para proporcionar bienes y servicios que, a consecuencia de los problemas
de acción colectiva, no se proporcionarían de otra manera—, es difícil explicar por qué no debería también haber otros programas
sociales para resolver otros tipos de problemas de acción colectiva.
Los conservadores, se nos dice, apoyan los gastos del Gobierno
en «ley y orden», defensa nacional, quizá en autopistas, y a lo mejor en
alguna otra cosa. Pero ¿por qué sólo en esos programas? ¿Por qué
no en vivienda pública, educación pública, sanidad pública, plan
público de pensiones, seguro de desempleo, legislación ambiental,
y así sucesivamente? El argumento básico para todos esos programas
sociales es que la provisión del Estado es necesaria para resolver problemas de acción colectiva. En este sentido, no son diferentes del
sistema militar o de justicia criminal. Desde luego, los detalles de
todos estos argumentos son controvertidos. La cuestión es que el libertario se ve forzado ahora a considerar argumentos para cada uno
de esos programas sociales caso por caso. Ya no resulta creíble denunciar la «interferencia» del Gobierno en el mercado o en la libertad individual. El alcance de la acción del Estado y el nivel apropiado de tributación no pueden venir determinados por la filosofía
política; dependen de la respuesta que demos a preguntas empíricas que afectan a la incidencia y gravedad de los problemas de acción colectiva y a la eficacia del gobierno para resolverlos.
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Los libertarios modernos todavía podrían haber propuesto que
se constituyera un Estado mínimo si se hubieran limitado a las tres
leyes fundamentales de Hume. Por desgracia, las leyes de Hume demostraron ser manifiestamente inadecuadas como base para una
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robusta economía de mercado. Los derechos de propiedad y la ley
de contratos proporcionaron los fundamentos más rudimentarios
del capitalismo del siglo xix, pero el problema del capitalismo del
siglo xix es que eso no funcionaba muy bien. Desde luego no era la
bien engrasada máquina productora de riqueza que hoy nos resulta
familiar. Entre 1870 y 1900, por ejemplo, la economía estadounidense atravesó ocho ciclos económicos y pasó casi exactamente la
misma cantidad de tiempo en recesión que en crecimiento. Hubo
innumerables pánicos bancarios, cinco de ellos de especial envergadura durante ese periodo (y los depositarios perdieron su confianza
en el conjunto del sistema bancario, e intentaron sacar todos los depósitos de todos los bancos simultáneamente)17.
Como resultado, lo que los legisladores hicieron, a lo largo del
siglo xix y bien entrado el xx, fue una enorme cantidad de ajustes
finos del sistema capitalista. La creación del Sistema de la Reserva
Federal de Estados Unidos en 1914, por ejemplo, seguido de la constitución de la Corporación Federal de Seguros de Depósitos en 1933,
esencialmente eliminaron el anticuado pánico bancario. (Efectivamente, el concepto de depositarios «abalanzándose y poniendo en
riesgo» el banco se ha vuelto tan poco familiar que muchas personas
encuentran desconcertante la línea argumental de Mary Poppins o el
final de Qué bello es vivir). Pero el seguro de depósitos es un sencillo
ejemplo de un programa social del Gobierno. Cuando los bancos
aceptan depósitos, en realidad no los guardan bajo llave en una caja
fuerte: prestan el dinero a otras personas. Eso significa que si todos
los depositarios piden al mismo tiempo la devolución de su dinero,
no sólo se produce la quiebra del banco, sino que también es colectivamente contraproducente desde el punto de vista de los depositarios, dado que «retirar de la circulación» simultáneamente todos
esos préstamos hace que sea imposible recuperar todo su valor. Pero
más que disuadir a los depositarios, esta catástrofe inminente simplemente genera una carrera a tocar fondo. Da a cada persona un
incentivo para sacar su dinero primero. Eso crea una mentalidad impulsiva, en la que al menor tufillo de incertidumbre sobre la solvencia del banco todo el mundo corre a sacar sus fondos. En este ambiente, incluso un rumor infundado puede generar una inestabilidad
general en el sistema financiero.
Una de las maneras en que los bancos intentaron evitar esto fue
haciendo todo lo que estaba en su mano para parecer tan sólidos
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como el Peñón de Gibraltar. Por ello, pronto los edificios de los bancos tendieron a ser enormes edificios de piedra con pilares clásicos
y vestíbulos de mármol. El mensaje que estos edificios enviaban a los
depositarios potenciales era: «Estamos aquí para quedarnos». El seguro del Gobierno, sin embargo, eliminó la necesidad de este tipo
de grandiosidad, proporcionando a los depositantes la garantía de
que podrían recuperar sus fondos independientemente de lo que le
ocurriera al banco. Esta garantía eliminó el problema de acción colectiva subyacente en los pánicos bancarios y, como resultado, eliminó el problema de los pánicos bancarios entre los depositantes. Desde
luego, los primeros beneficiarios no eran los depositantes individuales (que casi nunca requerían una indemnización por la quiebra del
banco), sino más bien los bancos, que eran capaces de meterse en
negocios sin preocuparse demasiado de ese particular tipo de riesgo18. También les permitió ahorrar mucho dinero en arquitectura,
como atestigua el hecho de que los edificios de los bancos se volvieran mucho más pobres después de la II Guerra Mundial.
Esto es sólo un ejemplo. Si uno se fija en la lista de servicios proporcionados por el banco para asegurar el fluido funcionamiento
de la economía capitalista, o sólo para hacer la vida más fácil a los
inversores, la gama es bastante impresionante. Precisamente hasta
hace poco, por ejemplo, a la gente no le parecía tan obvio que lo que
ahora llamamos «delitos de guante blanco» debiera ser perseguido
criminalmente. Hasta el final del siglo xviii, si uno iba a la policía y
decía: «¡Ayuda! Mi contador me ha estafado», la respuesta era: «Es
una pena. Debería plantearse contratar a otro contador». La idea de
que los hombres de negocios pueden ir llorando al Gobierno cada
vez que alguien les tima es relativamente nueva. (El fraude, o la
«simple estafa privada», como se la llamó entonces, se criminalizó
por primera vez en Inglaterra en 1757)19. En Estados Unidos el Tribunal Supremo de la era Lochner se resistió duramente a criminalizar varios tipos de fraude hasta bien entrado el siglo xx. Desde su
punto de vista, las transacciones de mercado se gobernaban no sólo
por el principio de «comprador, ten cuidado», sino también por el
de «empleador, ten cuidado», «prestamista, ten cuidado», y «proveedor, ten cuidado». Si una persona no era suficientemente vigilante con sus propias transacciones comerciales, ése era su problema, no el de la sociedad. Se podía llegar a tratar como un litigio
civil, pero desde luego no era una cuestión que debiera afectar al
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Estado. Ciertamente, los hombres de negocios acudían llorando al
Gobierno cuando se les estafaba (igual que fueron llorando al Gobierno en 2008, cuando comenzó la crisis de las hipotecas subprime).
Como resultado, el Estado gasta enormes sumas sobre todo protegiendo la integridad de las transacciones comerciales. La criminalización de los delitos de guante blanco como el fraude, la malversación, el soborno y la falsificación, es básicamente un programa social,
en este caso planteado para reducir los costos de transacción asociados con la inversión privada. Pero esto es también un programa social increíblemente importante. Sin la seguridad que ofrece la
persecución pública de estos delitos, sería imposible organizar amplias inversiones, o incluso realizar lo que ahora vemos como transacciones comerciales elementales.
Al mismo tiempo, algunas formas antiguas del crimen de guante
blanco se han despenalizado. La gente que no pagaba sus deudas solía ir a la cárcel. Muchos hombres de negocios se encontraron con
este problema, de modo que presionaron para lograr un programa
que los ayudara a evitar esa situación. Ahora nos referimos a ello como
«protección por bancarrota». Básicamente es una forma de seguro
social, contratado por el acreedor. Se paga la protección para el deudor en forma de un tipo de interés ligeramente más alto para todo
aquel que pida un préstamo20. La responsabilidad limitada tiene la
misma estructura. Solía ocurrir que un inversor en una corporación
—no importa lo pequeña que fuera su participación en ella— podía
considerarse responsable de la totalidad de las deudas acumuladas
por la empresa. Esto hacía imposible a los inversores reducir su riesgo
a través de la diversificación. Por el contrario, comprar sólo una acción en una empresa exponía al inversor a la pérdida potencial de
toda su fortuna. En varias jurisdicciones las asambleas legislativas fueron poco a poco adoptando reglas de responsabilidad limitada a lo
largo del siglo xix, fundamentalmente garantizando a los accionistas
que no podrían perder más dinero del que hubieran invertido. La
prima de esta forma de seguro social se pagó, de nuevo, en forma de
un tipo de interés ligeramente más alto en los préstamos.
Es importante subrayar que la ley de bancarrota y la de responsabilidad limitada —que implican, ambas, descargar deudas— violan
categóricamente varios principios conservadores fundamentales.
Interfieren con los derechos de propiedad, minan las obligaciones
contractuales, merman la responsabilidad personal y dejan a la «so-
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ciedad» que pague la factura por la falta de previsión o la conducta
insensata de los individuos. Por tanto, ¿qué beneficios tienen estas
políticas? Ayudan a estabilizar el sistema capitalista, reduciendo la
volatilidad en la producción, y sirven como una fuerza mayor que
promueve la inversión y el crecimiento económico. También disfrutan de un apoyo casi unánime entre las clases empresariales. La protección de las empresas ante la bancarrota ha sido una característica
permanente de la economía estadounidense desde 1898, y ninguna
economía moderna ha triunfado nunca sin provisiones similares21.
Cuesta imaginar cómo, incluso algo tan simple como un fondo de
inversión, podría organizarse sin el principio de la responsabilidad
limitada22.
En general, lo que estos programas tienen en común es que todos son formas de seguro social que beneficia a la gente con dinero
para prestar. Todos consisten en excepciones creadas por el Gobierno y financiadas por el Gobierno del principio cautelar del prestamista. Podríamos verlos como programas sociales para capitalistas.
Naturalmente, rara vez se oyen quejas desde las clases empresariales
sobre este tipo de «interferencias» del Gobierno en el mercado. A lo
que normalmente se oponen los prestamistas e inversores no es al
seguro social, ni siquiera al principio de seguro social, sino simplemente a los tipos específicos de seguro social que protegen a los demás, especialmente a los trabajadores y consumidores. (O, hablando
con más precisión, a las formas de seguro social que benefician a la
gente en su calidad de trabajadores y consumidores, más que en su
calidad de inversores).
Como resultado, el compromiso hacia el capitalismo de «gobierno
limitado» y del laissez-faire se convierte no tanto en una defensa de los
principios de libertad individual como en una forma de privilegiar
arbitrariamente los intereses de aquellos con dinero para invertir (a
quienes podemos referirnos, por comodidad, como «los ricos»). La
solicitud de la derecha de «menos gobierno» se convierte, por tanto,
en una llamada a «mantener esos programas que benefician a los ricos y desechar todos los demás». Y esto simplemente no llega a ser
una filosofía política. En boca de los privilegiados, es sólo una extravagante manera de decir: «Más cosas gratis para mí, menos para ti».
El capitalismo no es un orden espontáneo. La falacia de composición, sin embargo, nos tienta a creer que es así. Dado que a todo el
mundo le interesa tener un sistema de derechos de propiedad, o
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El capitalismo es natural
que haya orden en el intercambio de bienes, ¿no tenderán precisamente de forma natural a organizar sus asuntos de esa forma? ¿Quién
necesita un Gobierno para intervenir? Sin embargo, resulta que sí necesitamos un Gobierno que intervenga, incluso para asegurar las condiciones más básicas para que funcione una economía de mercado.
Dos chicos intercambiando canicas en el patio del recreo pueden ser
un orden espontáneo, pero el sistema económico capitalista es una
construcción muy artificial, basada en un elaborado conjunto de programas sociales que se han ido refinando y cambiando levemente a lo
largo de los siglos.
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