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Umbral del la memoria_ Parte dos

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Umbral del la memoria_ Parte dos
Umbral de la Memoria
3. ELSIDIA GÓNGORA
Nací en Chipichí, Cauca, hace 53 años. Primero vivía en Aguaclara;
allá tenia mi casa, mi finca y todo era muy lindo hasta que entraron
los grupos armados; después fue una pesadilla y de allá me
desplazaron los “Paras” (paramilitares). Me fui para Buenaventura
y allá viví como seis años hasta que los paramilitares me mataron
a mi hijo
Nos desplazamos de Aguaclara cuando entraron los Paras y mataron
al vecino, al de la tienda, con un serrucho; además se llevaron cuatro
personas y dos dizque no aparecieron. En esa ocasión mi hijo no
estaba, andaba trabajando en otro lado; toda la semana permanecía
allá, por eso no lo mataron en esa ocasión. Todo el mundo vio
cuando mataron al señor de la tienda y aunque no me mataron a mí,
quedé toda traumatizada.
Por eso nos fuimos a Buenaventura y llegamos donde una hermana,
pero ella era muy pobre y pagaba arriendo; ahí estuvimos como tres
meses, pues mi hijo ahí mismo se puso a trabajar con un vecino
que también se había desplazado. Ahí fuimos pasando el tiempo y
estuvimos cinco meses así. Yo lavaba ropa y cuidaba niños.
Se me robaron las cosas que yo dejé en Aguaclara: me robaron loza,
vajilla, ollas, hasta una nevera; todo se lo robaron; cuando yo fui a
buscar lo mío a Aguaclara ya no había nada. Y allá en Buenaventura
mi hijo compró casa, yo le ayudé a comprarla.
Mi hijo tenia 33 años cuando lo mataron; él dejó cuatro hijos. Mi hijo
trabajaba: él era buzo, él era pintor, hacía muchas cosas, porque él
en Aguaclara trabajó en una empresa de manganeso y cuando nos
fuimos a Buenaventura pues no conseguía trabajo. Era muy hábil, él
trabajaba en lo que le saliera y cuando no tenía trabajo lo hacía en
la construcción.
A mi hijo lo sacaron de la casa como a las dos de la tarde, un grupo
que andaba por allí por ese sector; yo ni sabia qué era la guerrilla o
los paras. Sacaron a mi hijo delante de sus niñitos, se lo llevaron y
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lo mataron en otro lado. Yo creo que fue por vengarse, pues él los
denunció ante la fiscalía porque lo estropearon cuando andaba por
una finca, entonces lo amenazaron que cuando lo volvieran a ver lo
mataban.
A mi hijo lo mataron en julio, hace tres años. Ese día él se subió
a peluquearse arriba de la casa; allá lo cogieron; estaban armados
con revólver; le dijeron que nada de bulla, que no fuera a llamar
a la policía ni nada que dizque porque él andaba en malos pasos;
pero mi hijo no era ladrón, era un muchacho sano, a él le gustaba
trabajar!. Lo sacaron de la
casa, los niños viendo y no
lo mataron ahí, sino que lo
fueron llevando por la otra
calle y lo mataron; lo dejaron
desnudo en una quebrada, ahí
por el palacio de justicia de
Buenaventura; le quitaron los
papeles, estaba masacrado,
baleado por todos lados.
Entonces yo me vine para Cali
a los dos días; me desplacé
con mi nuera y los niños.
Llegamos donde una amiga,
al barrio Puerta del Sol;
en esa casa estábamos muy estrechos. Fuimos a declarar a la
Unidad de Atención y Orientación de desplazados, UAO, pero no
nos atendieron pronto; mientras tanto me puse a lavar ropa. Por fin
Acción Social me dio tres remesas y tres arriendos y con eso me
pasé a otra casa. He metido prórroga y derecho de petición pero no
me han contestado. Ahora tuve que meter una tutela; esa gente casi
me pega allá dizque porque había demandado al Estado; me decían
que por qué no había demandado a Acción Social pues era a ellos a
quienes yo tenía que haber demandado y no a la UAO. Allá me han
hecho llenar tres proyectos productivos y esta es la fecha en que no
me han dado el proyecto productivo; ahí hice los talleres, van tres
veces que me lo han hecho hacer y esta es la fecha que no me han
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Umbral de la Memoria
dado ni proyecto productivo ni nada. Yo coticé para vender sábanas
y esta es la fecha que no me han dado nada y me han hecho llenar
tres veces el proyecto para una casa; van tres formularios y es que
todas la veces salgo rechazada.
y en Pueblo Nuevo en la pesquera; trabajaba en la marea. Mis hijos
vendían madera de palo, vendían tarro; pero allá se formó la violencia
y me mataron dos hijos, uno de 22 años y el otro de 29 años. Yo
tuve nueve hijos y vivía en una casa con todos.
Yo tengo mi hija, es que yo me declaré como sola y mi nuera se
declaró sola ante UAO, aunque ella tiene sus hijos; pero yo le dije
que me diera los niños para yo registrarlos conmigo; pero ella me
dijo que no, porque le dañaba el subsidio de ella; entonces, como
ella no va a vivir toda la vida conmigo, yo me declaré sola y ellos
declararon por su cuenta. Mi hija no entró en la declaración; yo
apenas tuve dos hijos: a ella y al que me mataron. Sino que ella
en este momento, no está por aquí; mi hija esta lejos. Viajó por el
asunto de la economía que está tan duro; yo sé dónde está ella,
pero no me está mandando nada todavía; ella no tiene hijos, sólo
tiene 22 años; está aquí en Colombia, por allá por Pasto, pero ella
no está trabajando y no ha podido mandarme nada.
Mi casa era de madera, de machimbre; con el piso cepillado; las
paredes de tabla natural cepillada, forrada en machimbre y quemada
por dentro; tenia un juego de poltronas, dos televisores, un juego
de comedor y alcobas; vivía en el barrio Alfonso López.
Ahorita nos están echando de la casa por lo del arriendo; se me
dificulta hacerlo, porque estoy sola y no tengo trabajo; a uno ya
viejo no le dan trabajo, ya ni lavada se consigue, porque en las casas
ahora hay esas lavadoras que lavan todo.
Lo que más dificultad le da a uno es la vivienda, porque para pagar
arriendo, si uno no tiene un trabajo y no tiene cómo sostenerse,
es difícil. Mis nietos vienen cuando están en vacaciones; la mamá
los trae, pero ellos no están a mi cargo. Ella está trabajando y yo
le digo que cuando yo ya esté plantada, yo tengo que tener mis
nietos que yo no soy tan irresponsable de quitarle sus hijos a la
mamá, porque además, yo no tengo cómo sostenerlos, por eso es
que estoy apelando por la casa. Yo creo que de todas maneras, si
yo tengo mi casa, de pronto los puedo tener conmigo, ¡pues es lo
único que me dejó mi hijo!
4. CÉNIDE RODRÍGUEZ
Me llamo Cénide Rodríguez; tengo 65 años. Yo vivía en Buenaventura,
con mis hijos y mis nietos. Vendía pescado en la galería La Playita
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La situación se empezó a dañar desde 1995 en adelante, porque
en 1996 fue cuando me mataron a mis hijos; primero me mataron
uno y después al otro; se metieron un poco de hombres armados a
matar a la gente en los barrios...
Yo empecé a recibir amenazas; me decían que si no salía de allá,
me iban a matar los hijos y me iban a quitar todo, porque yo dizque
era rica y tenia de todo. Como no me salí, de verdad me mataron el
primer hijo y luego al otro en la casa; por la ventana le pegaron el
tiro; el niño que estaba con él, vio y oyó el tiro; el niño cuenta que él
se metió por debajo de las poltronas, cuando los bandidos entraron
a buscarlo. Aunque en la casa habían unos fusiles, mi hijo se quedó
ahí sentado; ellos entraron e hicieron disparos; se llevaron toda
la plata. Me enteré, cuando una niña me fue a llamar; yo estaba
maluca, había subido la marea porque había llovido y cuando llegué
allá, mi hijo estaba ahí sentado muerto.
A mi otro hijo lo mataron después; él tenia mujer y dos hijos
pequeños; un día salió a un supermercado que quedaba frente a
la casa, porque iban a hacer comitiva en la casa de él; la mujer se
había ido a traer al niño pequeño que estaba donde la mamá. Él se
quedó en el supermercado esperándola y cuando ya estaba cayendo
la noche, yo fui donde una vecina que estaba haciendo chance y me
recosté. Entonces pasó un carro arriado; se acercaron y empezó
una balacera, parecía como si descargaran una granada; nos
entramos a la casa de la vecina y todo el mundo cerró sus puertas;
al rato vino una persona corriendo a decirme que mataron a uno
en el supermercado y era mi hijo; ahí adentro estaba comprando
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Umbral de la Memoria
el mercado; ahí murió él; yo cogí a mi hijo; le hablé, pero ya estaba
muerto.
Supe que lo habían amenazado hacía ocho días, mientras yo estaba
recibiendo una llamada donde una vecina - porque todavía no me
habían puesto el teléfono- cuando se iban a meter a la casa unos
hombres. Esos hombres siempre me dejaban notas donde decían
que mis hijos eran dizque hijos de la rica y que si yo les daban plata,
ellos no me iban a matar ni a mí ni a mis familia. Pero yo me decía:
¡si yo no tengo plata!, lo que yo tengo es para sostenerme y mis
hijos también trabajaban. Yo no creía que nos iba a pasar algo malo,
porque yo no me metía con nadie, ni mis hijos; ellos vivían bien,
vestían bien, estuvieron estudiando y yo trabajaba fuertemente con
el papá que trabajaba pescando y yo vendiendo mis mariscos en
el mercado. Sin embargo, como a los ochos o quince días de esas
amenazas me mataron al segundo hijo.
Y ahí yo tuve que volarme; decían que me iban a echar una bomba;
paro yo decía ¿ por qué?, ¡si yo no me he metido con nadie!.
Cuando declaré en el 2005 me dieron tres remesas y tres meses
de arriendo; después me dieron una bobadita y luego me dieron
dos meses, porque con el apoyo de la red, solicité una prórroga y
la doctora de la UAO me autorizó los dos meses de arriendo; pero
no me han dado más ayuda; ahora me vinieron a encuestar en abril,
para dar unas ayudas, pero todavía no me dan nada.
Vivo con mis hijas; la mayor tiene el brazo enfermo, fue a hacer
un café una noche y se le quemó el brazo y se fracturó; entonces
ella ya no estudió más, porque cuando estábamos en Buenaventura
ella estudiaba y trabajaba; después del accidente, ella consiguió
otro trabajo donde va tres días a la semana; ella sabe hacer trenzas
sintéticas y a veces la ocupan y le pagan; yo vendo pescado en “la
Casona” del Distrito de Aguablanca los domingos; los viernes voy
a la pesquera, aliño los pescados y los dejo en el congelador que
compré por $1.500.000 que me dieron para un proyecto productivo;
los sábados ahumo el pescado y los domingos voy al mercado móvil
a venderlo.
Entonces empecé a sacar a los otros que quedaron y yo me quedé
con uno que es enfermo y las dos mujeres también. Pero tuvimos
que salir porque la gente nos aconsejaba que nos fuéramos ya que
me habían matado dos hijos; entonces salimos. Yo salí con el bolso,
como que iba para el centro y bajamos por una calle; nos fuimos
allá a otro barrio; nos metimos donde unos paisanos y ellos nos
pidieron un taxi, cogimos un taxi expreso y llegamos aquí a Cali.
Yo declaré en la Unidad de Atención y Orientación de desplazados,
UAO, en el 2005, pero cuando fui a eso ya tenía 10 meses de estar
aquí. Me vine con mi nieto y dos hijos, uno que es enfermo y otro
que es un “hijo criado” y los nietos y dos hijas mujeres; nosotros
llegamos al barrio Manuela Beltrán; nos habían buscado una casita;
allí estuvimos y fuimos conociendo Cali; llegamos a pasar trabajos;
entonces un señor me dijo que acá había unas reuniones en una
iglesia al lado del Puesto de Salud, que fuera a ver si me ayudaban,
entonces fui y me dieron la idea de que fuera a declarar a la UAO.
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Umbral de la Memoria
Mi vida ha cambiado bastante. Nosotros antes no aguantábamos
hambre; yo mantenía muy enferma de estrés, pero ahora sufro
además de la presión y de los nervios; me duele mucho la cabeza,
no puedo oír bulla, mantengo asustada, no puedo montar en bus,
me da mareo y a veces me da vómito en el bus; mi esposo ya se
murió porque le dio un infarto hace dos años. Estamos pasando
mucho trabajo, pero ahora estamos mejor que cuando llegamos;
ya tenemos muchas amistades, ya mis hijas conocen la calle; yo si
no, porque si no es con un nieto o con alguna de ellas, no llego a
ninguna parte, porque no conozco bien; pero si estamos un poquito
más amañadas aquí, pero viviendo mal.
Y usted también es
Hace como dos años mi mamá se enfermó, vivía en Anchicayá y
la llevaron enferma a Buenaventura y me llamaron para que fuera,
pues desde que me vine no la había visto, porque no podía viajar
porque me mareaba y porque me daba miedo ir para allá, ya que
me perseguían, me llamaban y me decían que tenia que dar $40
millones y que si no los daba, venían por la cabeza mía, o la de
alguno de mis hijos. Un día de esos yo estaba estresada; la señora
de la casa donde estábamos era buena gente y me decía, no coja el
teléfono primero; yo no sé qué hicieron para conseguir el numero
de un teléfono donde yo estaba en ese momento y yo contesté;
entonces me amenazaron otra vez; me puse como loca y yo les dije:
pues no vengan por la cabeza de ninguno de mis hijos, porque ya
me los mataron; si no se han conformado con eso, pues vengan por
la cabeza mía, dígame donde me paro y yo me paro ahí y ustedes
vienen y me cortan la cabeza a mi y se la llevan; entonces no volvieron
a llamar. Me ha ayudado mucho ir a la iglesia evangélica, voy, leo la
Biblia, oro por mí y por mis hijos; me he fortalecido un poco en el
Señor y creo que eso me dio la fuerza para hablarles como les hablé
la última vez.
S
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Desplazada?
Marianela
Entrevista realizada por:
María Mercedes Tello
Son las nueve de la mañana y
Popayán se ve como una ciudad triste bajo la lluvia. Por
ser capital del departamento
del Cauca le llegan personas
del suroccidente colombiano
desplazadas por la violencia
generada por los actores armados del conflicto. Popayán
es receptora de población
desplazada proveniente de los
departamentos del Huila, Nariño, Putumayo, Caquetá y del
mismo Cauca.
La familia de Marianela, la niña de nuestra historia, no viene de
ninguno de esos lugares; ellos son del norte del Valle. En 1998
tuvieron que salir de su pueblo, amenazados por las Autodefensas
Unidas de Colombia, AUC, y entraron a ser parte de los 29.448
hogares desplazados, reportados por Codhes, en el primer semestre
de ese año. Marianela ha vivido todos los años de su corta vida en
situación de desplazamiento, lo cual la lleva a pensar que toda persona
que esté lejos de su lugar de origen es como ella: una desplazada.
Inclinada sobre la cama, Marianela, la hija de Ida Yali, señala con su
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Umbral de la Memoria
índice a un hombre que está en la fotografía. Era su papá, quien “se
tuvo que ir para que no lo mataran los paramilitares”.
En 1988, su madre tenía 14 años y estaba embarazada. Lo sabe
porque Ida Yali le cuenta todas las noches, antes de dormir, las
historias de su tierra; si está de buen genio le habla de doña Atila,
la señora que vendía aretes y arreglos a las mujeres de la vereda;
pero si no ha podido conseguir la plata para el diario sustento “Me
cuenta cómo los hombres llegaron a su casa y la sacaron de allí;
pero no me gusta que me cuente eso, porque siempre se pone triste
y yo me quedo despierta toda la noche, viendo los ojos de ellos en
el techo”.
Marianela es una de las tres millones de personas desplazadas en
Colombia; tiene 9 años. Es una niña gordita y dicharachera, con un
porvenir sombrío y tal vez por eso se aferra a su fanatismo por un
equipo de fútbol con nombre de fortuna: el Millonarios, “Hay que
pensar en positivo como mi tía, fíjese que ella se soñó con una rifa
y se la ganó” comenta, mientras sacude un banderín azul de su
equipo.
Vive en un cuarto de inquilinato en el asentamiento Nueva Floralia, en
Popayán. Allí caben dos camas; en una duerme ella con su mamá y
en la otra la abuela con el abuelo, los padres de Ida Yali. Debajo de
la cama se alcanzan a ver unas cajas de cartón donde guardan su
liviano equipaje.
Aunque su mamá le dice que la felicidad se le quedó en el lugar donde
vivían, Marianela da la impresión de ser habitada por la alegría; su
abuela dice que es por su edad, que aún “no sabe lo que le espera”.
La madre, en cambio, opina que las carcajadas de Marianela son
nerviosas, producto de su embarazo traumático.
Nació el primero de enero de 1999, en Medellín y ella cree que fue
el regalo de navidad que le trajo “Papá Dios” a su mamá porque se
quedó sola. Su padre era un joven jornalero que tuvo que huir de
la vereda cuando empezaron a llegar los rumores de que estaban
buscando guerrilleros. “Mi mamá dice que él no era así, que fue mi
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tío el que se metió a venderles comida a unos señores que bajaban
de la montaña”. Marianela nunca conoció a su padre, dice que está
en el cielo.
Ha pasado todos los años de su corta vida en diversos lugares del
país. A menudo salen de una población a otra buscando un mejor
vivir para toda la familia. Su mamá canta canciones de carrilera
en los buses y su abuelo la acompaña con el tiple, único objeto
que pudo sacar de la casa el día que empezó su desplazamiento.
Marianela recibe las monedas que les dan. “No es limosna, es el
pago del trabajo que hacen mi mamita y mi abuelo”.
Le gustaría ser cuentera y presentarse en el Coliseo “¿Conoce el
Coliseo?; es grande, muy grande, yo lo conozco” asegura la niña.
La abuela le enseña los fines de semana a leer, escribir y sumar;
pero lo suyo es hablar, imaginar historias que luego narra como si
fueran películas: “Todos mis amiguitos creen que voy mucho a cine,
porque me las sé todas”.
Marianela sonríe con picardía mientras recoge del suelo una muñeca
Barbie a la que le ha metido trapitos en la barriga para que se vea
embarazada. Ese lujo se lo dio una señora que pasó en un carro, un
día de navidad, hace tres años. Con la muñeca recrea sus miedos y
fantasías: un día es una princesa de un cuento de hadas, otro día es
una desplazada que pide trabajo para alimentar al bebé que espera
y así…
Le encanta bailar como Shakira, meneando las caderas, pero a la
abuela no le gusta porque dice que así empiezan las niñas a perderse;
y es que para parecerse a Shakira debe ponerse la blusa cortita y
los “yines” descaderados, y en el inquilinato donde viven “Hay que
cuidar a las niñas de los morbosos que las asedian. Ya el abuelo
tuvo un problema con uno que intentó meter a la niña al cuarto,
mostrándole una chocolatina”, cuenta la señora.
Está reuniendo papelitos de bananas para hacerle una cartera a Ida
Yali y regalársela el día de la madre. La abuela se los ayuda a esconder
en un sobre que mete detrás del único cuadro que tienen: el de la
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Umbral de la Memoria
virgen de la Caridad del Cobre. Sólo en ese sitio está seguro de las
manos de Ida Yali, porque ella es cristiana y no cree en imágenes y
estatuas de santos.
Marianela busca cómo sacarle color a un lápiz con la punta
desgastada; es lo que queda de una cajita de colores que le regalaron
en uno de los tantos talleres para desplazados que hicieron en algún
pueblo donde vivieron. Busco en mi cartera y saco un sacapuntas,
se lo paso y ella en agradecimiento me da un beso haciéndome
sentir que hice la buena acción del día.
Es hora de partir. Antes de salir de la pieza, Marianela se para
enfrente y con su voz inocente me pregunta: ¿Y usted, también es
desplazada?
Nómadas
[email protected]
Elvira Puerto y su familia
Entrevista realizada por
José Rodrigo Valencia
L
Los Iglesias Puerto, vinieron
a dar a Cali el 3 de abril de
2008; son una familia de San
Pedro de Urabá, en el noreste
de Colombia; una región
azotada por la guerra entre
guerrilleros de las Fuerzas
Armadas de Colombia,
FARC, y los paramilitares.
Los encontré cuando ellos
observaban a un hombre de
unos 27 años, que estaba
en la Loma de la Cruz de
Cali y con aerosol en mano,
trazaba formas, curvas y
líneas, sobre un graffiti ya
viejo que dice así: “El terrorismo no lo ejerce el pueblo con marchas
y reclamos convulsos. En realidad éste se da desde las curules del
Estado”. El graffitero dibujó el rostro de un hombre con un turbante
que se parece a él, y luego firmó: Arte Callejero.
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Umbral de la Memoria
No se quedaron mucho tiempo allí en la Loma de la Cruz porque
debían terminar de recorrer la tarde y parte de la noche para irse
directo al hotel ubicado en el barrio San Nicolás. Seguí el camino
de los Iglesias y dejé al graffitero allí, dibujando con alunada
imaginación, dejando algo suyo para la mirada del otro en una pared
incógnita de esta ciudad.
Arnulfo Iglesias y Elvira Puente son los jefes de la familia. Arnulfo,
más conocido como “el pá” –por su mujer-, o “papito” –por Marina
su hija mayor- y Elvira es la “má” y tiene tres meses de gestación.
Ella es quien decide contar la historia.
Cuando me los encontré, asumí que eran una familia nómada,
cansada y extraña en esta ciudad. Cada uno cargaba un maletín, una
chaqueta y muchos pesares posibles en sus miradas. Sólo faltaría
la compañía de un perro que adelante se encontrarían para aliviarse
y olvidar.
Me asombró el estado absorto con el que miraban al graffitero entrar
en trance de creación. Al no saber cómo abordarlos se me ocurrió
una manera fácil o digamos inocente: hablarle directamente a los
pequeños.
Entonces les pregunté: ¿Les gusta?. Pidieron permiso al padre con
la mirada para contestar y asintieron con la cabeza y nada más. Me
animé y les repliqué Ven cómo lo hace de rápido? Todos tenían
dibujado en sus ojos la gracia con la que se mira volar una cometa.
-Mucho gusto señora, me presenté; mucho gusto señor, me
contestó. No sabía si callar o decirles que me gustaría escuchar
su historia. Querría saber cómo llegaron a la ciudad, los porqués
arrebatados, las condiciones afanosas y tantas cosas dejadas en su
tierra para que el olvido las marchite y el tiempo les empiece a dar
muerte; me arriesgué y les pedí que me contaran su historia.
Doña Elvira empezó a contar con voz pausada, como pudiera sólo
hacerlo una persona del campo, que ha respirado verde y ha sentido
tranquilidad por mucho tiempo. Aún así se le escuchaba cansada,
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siempre buscando el ánimo perdido en cada paso dado en esta
ciudad de clima enloquecido:
“Cuidábamos una finca en el pueblo desde hace diez años. El dueño
es un paisa de Medellín. Allá cultivábamos el banano y criábamos
unas cuantas gallinas; también teníamos una vaca que los
paramilitares, cuando eran buenos, nos habían regalado. Estamos
aquí hace una semana, más o menos ¿cierto pá?, ella le pregunta
a su esposo y él asiente sin mirarla, todavía viendo al graffitero.
Ellos son nuestros hijos. Josué es el más pequeño, aquel que está
cargando Arnulfo, tiene dos años”. Arnulfo permanecía atento a lo
que decía su mujer. Parecía que todo lo confundía: el graffitero, el
tráfico de automóviles, la gente que pasaba, los niños... ¡y su mujer
hablando con un desconocido!.
Llegaron directamente a la Unidad de Atención y Orientación de
desplazados (UAO) y allá los pusieron a esperar hasta el 27 de abril.
Dejaron sus documentos, en especial los de los niños. Entonces
Elvira le preguntó a la funcionaria: “Y mientras tanto nosotros ¿qué
hacemos?, ¿pa’onde nos vamos?”. Ella le respondió con un silencio
prolongado, como diciéndole: “no es mi problema”, mientras sus ojos
bailaban sin estacionarse en algún lado esperando que los Iglesias
Puerto levantaran sus corotos y se fueran. Ella es bizca, cuenta
Elvira burlona, acordándose de las últimas palabras pronunciadas
por la funcionaria: “Esas son las reglas”.
“Yo soy de Córdoba. Arnulfo si es de acá del Valle, de Zarzal ¿cierto
viejo?. Por eso nos vinimos pa’ca. Empacamos todo en cuanto
pudimos. La última amenaza fue dura. Querían enlistar a los niños:
A Marina de 12 años y a Isaac de diez, para llevárselos a la guerra
del monte; pues siempre los vieron muy trabajadores y buenos para
cumplir órdenes.
Y pa’cabar de rematar, acá nos cogió la policía una noche que no
tuvimos pa’l hotel. Estábamos dormidos. Bueno, yo los vi llegar en
la patrulla. Arnulfo habló con ellos, les explicó lo que pasaba y de
dónde veníamos; entonces ellos accedieron a no llevarse a los niños
a la policía de menores. Ahora tenemos obligadamente que buscar
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Umbral de la Memoria
el diario. Porque además, es lo mejor para los niños, así durmamos
apretados en una misma cama y nos toque despertarnos muy
temprano pa’ desocupar la pieza. No vinimos de tan lejos, huyendo,
para perderlos”
Decidieron continuar su relato. Aquí las historias se cuentan solas.
Aparecen cuándo y dónde menos se espera. Marina me preguntó
con entusiasmo: Que para qué pregunto tanto, que yo qué hago y por
qué... que a ella le iba bien en español, en matemáticas, geografía,
y en todas las materias. Elvira me cuenta que la niña era la mejor
del colegio. Isaac, también
entró en confianza y quiso
ver mi libreta y entender
mis anotaciones. Cuando le
pregunté por su parte de la
historia respondió tajante:
“No quiero acordarme de
eso”, y se escondió tras los
pantalones de su padre. El
tercer hijo, Jonás, estaba tan
prevenido como el Pá, tenía
cuatro años y al ver la fuente
del parque de la Loma de la
Cruz salió corriendo con una
botella de alguna gaseosa,
para recoger agua y lavarse
las manos y la cara. Elvira lo regañó porque el agua estaba muy
sucia, casi verde y además olía mal. A él no le importaba; camina
como su padre y no se le despegaba.
Elvira llevaba mucho peso encima y estaba muy pendiente de su
esposo porque él estaba padeciendo con un malestar en el oído
y dolor de cabeza; además a él quizá le molestaba que su esposa
estuviera conversando con un desconocido; por ello tal vez, de vez
en cuando el Pá mostraba inseguridad. Los ojos de la Má estában
amarillentos, quizá porque los nervios estaban alterados, producto
de un largo insomnio compartido en secreto con Arnulfo. Al igual
que sus hijos y que casi toda la población caleña, Elvira y Arnulfo
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parecían sufrir por la polución en la Cali de los calores eternos y las
lluvias inesperadas.
Cuadra y media más adelante de la Loma de la Cruz, Arnulfo decidió
sentarse al borde de unas escaleras; estaba cansado y por el cambio
de color de su cara y la forma en que cerró sus ojos, parecía sufrir
un mareo; se repuso rápidamente, descargó la maleta y despertó al
pequeño Josué, a quien llevaba cargado.
Viendo a su “Pa” descompuesto, Marina le dijo a su mamá: ya vengo,
voy a pedir agua. Se dirigió a una panadería y pronto regresó con una
botella de tres litros ya empezada, vasos desechables y dos panes
de queso que el paisa de la panadería le regaló. La seguía un perro;
un criollo color amarillo, que por más cara de limosnero que puso,
no fue atendido por el paisa; entonces el perro inteligentemente
optó por acercarse a Marina. A todos les cambió el semblante; los
niños sonrieron, mas no buscaron desesperados la repartición del
pan y el agua. Más bien se pusieron a jugar con el perro, al que
bautizaron Leoncio, en honor a uno de los soldados que les ayudó
allá en el pueblo. Marina se encargó de repartir y esperó a que
todos comieran -hasta el perro- para servirse los restos para ella. Y
empezó a hablar así:
Una vez me gané cien mil pesos en una tómbola del colegio. Le regalé
platica a mi mamá, a mi papá, a mi hermano y compré para mi unos
pollitos en la galería de allá de San Pedro… “les hizo una jaula y
se machucó horrible el dedo martillando”, interrumpió la “Má”. Me
quedé hasta la media noche trabajando en la jaula y al otro día no fui
a estudiar porque quería quedarme cuidando los cinco pollitos. No
quería dejarlos, refunfuñó Isaac, pero una noche de esas, cuando ya
estábamos dormidos, aparecieron los paramilitares a la madrugada,
como siempre, a que mi mamá les cocinara, que mi hermano y yo
les embetunáramos sus botas y a mi “Pa” le tocó limpiarles las
metralletas… “malditos culinchunclados, les importa un culo la vida
de los otros, malparidos…”, decía Isaac en voz baja, pero en lo
más alto de su ira. Entonces “Ma” le dijo que con groserías no; al
pequeño Isaac se le encharcaron sus ojos con lágrimas y lo mismo
pasa cada que recuerda aquello.
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Umbral de la Memoria
Doña Elvira continuó el relato así:
“No habíamos tenido buenas cosechas por esos días. No teníamos
nada que cocinarles. Esa vez le tocó a los pollitos de la niña. Con
esas armas fue otro cuento; querían poner a los niños a limpiarlas.
Entonces Arnulfo se opuso y se ofreció él a hacerlo, explicándoles
que él sabía de eso por que había estado en el ejército. A mí me
tocaba multiplicarme: lavaba los uniformes, los planchaba, les
cocinaba, trataba de calmar al niño que se despertaba y no paraba
de llorar. Ahí mismito el comandante se ponía a dar tiros al aire
gritando que calláramos a ese niñito que no lo dejaba pensar. Como
si a un bebé se le pudiera callar así no más. Sólo había dos paras
con los que hablábamos: Giovanny y Maicol, muy jóvenes, aunque
no tanto como otros. Varias veces nos advirtieron que mejor nos
fuéramos, porque nos podían quitar a los niños en serio. La última
amenaza fue la mañana que arrancamos. Llegaron a la casa. Los
niños ya se habían ido a la escuela y me dijeron: “Bueno! ¿Entonces
qué?, nosotros sabemos a qué horas salen los culicagados, a qué
horas vuelven, por dónde se van a la escuela y hasta a la profesora
la tenemos analizada. Así qué, o se quedan con su tierrita y nos
llevamos a sus hijos, o desocupan y se van”.
lloraban apretando los dientes. El susto fue corto, el viaje largo y
la tristeza inabarcable, sin sosiego. Pero estábamos todos juntos,
completos y juntos.
En la ciudad se encontraron con seres de piernas largas, trajes
multicolores y pinturas como de saltimbanquis en los rostros; con
un graffitero haciendo de las suyas con el aerosol; con un perro
al que llamaron Leoncio y conmigo, durante un breve rato de
dispersión melancólica, durante el cual recordaron los sucesos
buenos y malos de un pasado cercano que les cambió la vida por
completo. Cambiaron montañas y verdes praderas , por edificios
y calles grises... No es una transición fácil para quienes tenían la
tranquilidad de sobrevivir con lo que da la tierra y su trabajo.
En cualquier momento aparecían y nos tocaba atenderlos como
se pudiera. Eso era de casi todos los días. Pero esa vez ya fue
lo último. Recogimos lo que pudimos en maletines. Arrancamos
pa’l pueblo, pa’ la escuela. Allá hablé con la profesora sobre lo
que ocurría; ella sabía de las amenazas; hasta nos ayudó a tener
escondidos a Marina y a Isaac durante una semana en la casa de
su mamá; me dijo que entendía; que ojalá las cosas no tuvieran que
ser así y nos expidió rápidamente los documentos de los niños
correspondientes a los años cursados en la escuela. Arnulfo buscó
a don Rubén que nos ayudó a salir en un viaje que tenía al medio día.
Pasamos un susto tremendo cuando los “paras” le pidieron el peaje
y nosotros estábamos en medio de las cajas cargadas de banano.
Afortunadamente no revisaron la carga del camión; no sabemos
por qué; quizá por la gracia de Dios que es muy grande. Los niños
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97
Umbral de la Memoria
Cerrando
Ciclos
Sofía Castro
Entrevista realizada por:
Julieth Tamayo y Marta Quintero
El conflicto armado en
Colombia tiene múltiples
consecuencias en la vida de
las mujeres. Sofía, una mujer
joven de un pequeño pueblo
de Nariño, departamento
al sur de Colombia, nos
ofrece un relato sobre la
dimensión de los dolores
en su vida, en su cuerpo y
en su entorno social. Dar su
testimonio desde un después
y en un escenario para ella
“confiable” , le permite tener
una mirada más amplia,
crítica y esperanzadora sobre
su condición. Además su narración nos devela el papel fundamental
de las organizaciones de mujeres, que apoyan a las personas a
quienes el conflicto pone en situación de riesgo y vulnerabilidad.
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Llegó un día a la Casa Cultural Tejiendo Sororidades, tímida, al lado
de su madre, preguntando qué servicios había allí que le pudieran
servir. Inmediatamente se sumó a toda la programación de la Casa;
llegaba puntual y en silencio con una actitud de respeto y atenta a
todo.
Al final de cada actividad se acercaba para comentarnos cómo le
había parecido y en voz baja y a solas un día nos dijo “es que yo
ahora estoy muy afectada por los nervios y he olvidado casi todo
lo que he aprendido... pero yo era muy buena estudiante, sino que
la violencia me ha afectado mucho”. Ese deseo de ser escuchada,
acogida y reconocida fue el inicio de una relación que nos ha
permitido aprender, sorprendernos, descubrir y conocer de cerca
las relaciones que se dan en la cotidianeidad de un pueblo, en
las relaciones familiares y en la vida de una joven mujer, en el
contexto de la actual coyuntura nacional y regional de violencias
estructurales que marcaron la vida de la abuela, la madre y la hija.
Este diálogo sobre su vida lo fuimos tejiendo desde la conversación
afectuosa y su gusto y habilidad por la escritura. Sus palabras brotan
con una intensidad y rapidez que atrapan de manera sobrecogedora
a quien la escucha. He aquí su relato:
Soy Sofía Castro, tengo 25 años, mi tierra natal es El Tablón de
Gómez, municipio ubicado en el norte del departamento de Nariño.
Ante ustedes, abro en este momento mi círculo cerrado, como le
llamo a mi pasado; también desempolvo mis recuerdos ingratos,
aunque sé que “recordar es volver a vivir”; pero es necesario
recordar lo que nos hace daño y abrir esas puertas tan cerradas,
para reconciliarnos con nuestro pasado, que de una u otra manera
es parte de nuestro presente.
Me siento fortalecida porque al recordar algunas vivencias trágicas
de mi circulo; ya no me pesa, ya no siento dolor, ni angustia, ni
miedo, excepto un poco de nostalgia porque me hubiese gustado
ser la protagonista de una historia mágica y no de esta; pero ni
modo, ya no puedo cambiar mi pasado; pero sí puedo transformar
mi vida, partiendo de la convicción de que todo es un proceso y los
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Umbral de la Memoria
procesos son necesarios, puesto que nos ayudan a perfeccionarnos,
a crecer como seres humanos, a aprender de los errores, a ser cada
día mejores personas y sobre todo a acercarnos a nuestro creador,
es decir a nuestro Dios.
Giro un poco el círculo de vida y me encuentro con aquella época
de mi infancia, en la cual disfrutaba de la calidez y la tranquilidad
que caracterizan a mi pueblo. Todo era armónico allí, a pesar de
las condiciones desfavorables que tiene que enfrentar un pueblo
marginado y olvidado por el Estado y a pesar de todos los
contratiempos y los prejuicios sociales, yo vivía feliz junto a mi
familia.
Pasaron los años y el ambiente empezó a tornarse tenso y confuso;
a mi pueblo también le llegaron los grandes inventos, entre ellos: la
computadora, el teléfono celular, la música moderna, la moda y las
máquinas sofisticadas; pero también le llegó la guerra, la violencia,
el narcotráfico, el secuestro, el asesinato, la muerte...
¡Cuántos momentos de zozobra tuve que presenciar!: llantos,
gritos, lamentos y oraciones. Muchas veces me pregunté: ¿acaso
las historias de la abuela habían vuelto a recobrar vida propia?
La mayor parte de mi vida la pasé en mi pueblo, crecí bajo el cuidado
de mi abuela materna y de otros familiares, puesto que a temprana
edad tuve que afrontar, junto con mi hermano menor, la separación
y la ausencia de mis padres...
Desde muy chica soñaba con tener un hogar funcional, pero por
circunstancias de la vida hay cosas que no podemos tener, aunque
no sepamos el por qué. Muchas noches, cuando llegaba a mi cama
me hacia la misma pregunta: ¡Dios! ¿por qué mis padres no están
conmigo? ¡que sola y triste me sentía! Me faltaba su compañía,
dar y recibir afecto... ¡cómo duele sentirse sola de repente, con las
manos vacías sin encontrar el apoyo de quien tanto anhelas.
Mis padres tomaron la decisión de continuar con su vida independiente
de lo que pasase con sus hijos. No se por qué los adultos actúan
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drásticamente sin pensar que la opinión de los pequeños también
cuenta. En fin, ya mis padres sabían lo que hacían, pero su abandono
repercutiría en mi vida más adelante. Para no sufrir más, me hice a
la idea de que mis padres habían muerto, ¡cuando todos sabían que
están vivos!
A temprana edad conocí el resentimiento, la soledad, el abandono
y el desamor. A veces las personas que tanto amamos nos causan
heridas profundas en el alma que pueden tardar años en ser sanadas;
lo importante es no dejarse afectar más por los episodios vividos
dolorosamente!; ¡las cosas viejas pasaron! De una u otra forma
considero que lo vivido fue un reto, como tantos otros, que asumí
con mucha valentía y ahora solo queda superar lo que me hizo tanto
daño.
Siempre he querido saber por qué mi padre nunca asumió su
responsabilidad; por qué nunca se ocupo de mí y de mi hermano;
por qué se fue de nuestras vidas, sin darse la oportunidad de
conocerme, sin darse cuenta de lo mucho que le hubiese podido
aportar en su vida.
Él, tangiblemente siempre ha estado cerca de mí, inclusive me ha
visto crecer, puesto que vive en el mismo pueblo; ¡ha estado tan
cerca y a la vez tan lejos!... ¿cómo hizo para olvidarse de mi?. ¡ No
lo entiendo!
Por otro lado, mi madre tomó la decisión más fácil: irse, huir, alejarse,
buscando lo mejor para ella, en el sentido de que empezó una nueva
vida. Ella también se olvidó de mi! Qué había en su mente, en su
corazón, cómo hizo para olvidarse de sus hijos? ¿Por qué fue tan
fácil para mis padres continuar con sus vidas, como si no hubiese
pasado nada?
Me pregunto: ¿qué habría sido de mi, si no hubiese tenido a mi
abuela? ¡Tal vez no estaría contando esta historia! Mi abuela
se convirtió en mi paño de lágrimas, la que estuvo ahí en los
momentos difíciles: cuánto admiro a mi abuela quien a pesar de ser
una persona sin educación formal, sin oportunidades, asumió mi
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Umbral de la Memoria
crianza y la de mi hermano. Mi abuela trataba por todos los medios
de suplir nuestra necesidad de afecto, dando lo mejor de sí para
lograrlo. Ella me decía que mi mamá me quería muchísimo y que
por esa razón se alejó, que simplemente la quisiera mucho porque
algún día la entendería y la perdonaría. Hoy me doy cuenta que no
siempre es suficiente ser perdonado por otros, algunas veces hay
que perdonarse a sí mismo.
Mi padre ha tenido una vida muy cómoda; estudió, lo que le ha
permitido desempeñar cargos muy importantes en el ambiente
social de mi pueblo, (en la alcaldía) y ha tenido mucha influencia en
la política. Él ha sido reconocido como un profesional muy brillante,
aunque yo en lo personal no puedo opinar lo mismo.
Considerando que mi vida no ha sido fácil, siempre extrañé a mis
padres y aún no he podido superar el vacío y la soledad que ellos
desde mi infancia dejaron en mi corazón. Con respecto a mi salud,
he tenido que aprender a convivir con una discapacidad visual
denominada Nistagmus congénito, la cual ha marcado mi vida en
todo aspecto.
Esta deficiencia visual me afecta en mi estudio, en las relaciones
con los demás y conmigo misma. Siempre sentí que me faltaba
algo muy importante: ¡mi visión! En mis años escolares cuánto
necesitaba un tratamiento oftalmológico urgente: unos lentes para
ver y sentirme mejor.
Entonces, Dios fue mi luz y mi soporte; mis ganas de estudiar y mis
ansias de superarme fueron más fuertes que los continuos dolores
de cabeza que cada día se apoderaban de mí. Mis problemas de
salud cada vez se agudizaban; en ocasiones sentía ganas de desistir,
porque ya no soportaba los dolores de cabeza y de mis ojos;
además tenía diariamente que hacer oídos sordos a los comentarios
por parte de mis compañeros. A mí me tocaba esforzarme el
doble, para mantenerme en mi nivel académico; era la primera de
la clase en todo sentido; mis profesores me estimulaban y hacían
críticas constructivas, ellos valoraban mi esfuerzo y reconocían mis
capacidades y mis logros.
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Mi pueblo
Siempre he pensado que mi pueblo es un paraíso en miniatura;
tiene un bello río, un puente que es patrimonio nacional, tiene gran
vegetación y variada fauna. Hay mucha riqueza en mi pueblo, puesto
que tenemos un paisaje espectacular, así como en otros lugares de
nuestro país. No sé porqué los seres humanos no valoramos lo que
tenemos hasta que lo perdemos... no aprovechamos los recursos a
nuestro favor sino en contra o sencillamente hacemos mal uso de
ello y después cómo lo lamentamos.
La actividad económica de mi pueblo es muy limitada, porque
desaprovechamos la fertilidad de la tierra para producir alimentos
de buena calidad, con lo cual podríamos convertirnos en grandes
exportadores de café, plátano, maíz, banano, aguacate, caña y frutas,
entre otros.
Los jóvenes buscamos tal vez lo más fácil y rápido. Ciertas personas
viven de la política y se dedican a hacer política, en vez de aprender
a trabajar y ponerse a hacer producir la tierra, a crear industrias,
empresas, fuentes de trabajo para todos....
Mis antepasados han dedicado su vida a actividades agrícolas, lo cual
nos ha proporcionado el sustento diario. Las mujeres cultivan café
y tienen pequeños negocios de venta de empanadas, tiendas, hacen
los trabajos domésticos y son muy sometidas a sus maridos.
Siento que el trabajo de los agricultores en mi pueblo no era valorado
porque no generaba altos ingresos. Entonces, con el propósito de
tener mayor rentabilidad, algunos campesinos decidieron cambiar
de actividad, dedicándose a cultivar lo ilícito (la marihuana, la coca,
la amapola) olvidando el trabajo u oficio de toda una vida. ¡No sé en
que momento se dejaron contaminar por la ambición!
Después de disfrutar las comodidades, los lujos y el poder que da
el dinero, tuvieron que afrontar las consecuencias de sus malas
decisiones: el precio fue muy alto, puesto que se vieron despojados
de todas sus pertenencias (casa, carros, dinero) para no perder
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Umbral de la Memoria
su vida. Esta situación nos tocó a todos, grandes y chicos. ¡Y en
lo personal, a mi me impactó mucho porque sentí que estábamos
pagando justos por pecadores!
Los armados se aprovecharon de la situación de los pueblos y los
débiles, como en mi caso, huimos de ese poder. En mi pueblo hay
mujeres muy valientes, pues a pesar de todos los enfrentamientos,
ahí se han quedado; también puede ser que como no tienen otra
alternativa, pues les toca quedarse allí; no tienen oportunidades, ni
preparación y tienen mucha familia. Yo pude salir porque no tengo
hijos y me dije que tenía que salir del pueblo, para poder ayudar a
mi familia que se quedó allá.
Recuerdo que mi abuela nos reunía alrededor del fogón de la cocina
y nos contaba anécdotas de su vida; entre ellas, historias trágicas de
violencia, cuando se enfrentaban en dos bandos los liberales y los
conservadores en función de la política.
y venderlo era mi tía. Ella todas las mañanas esperaba el paquete de
periódicos que le enviaban desde la ciudad, en el bus que pasaba
para el corregimiento vecino (Las Mesas) y lo ojeaba. Cuando salían
noticias de ataques que habían sucedido en El Tablón, ella decía:
“hoy terminaré mi trabajo más rápido que de costumbre” puesto que
todo el periódico se agotaba rápidamente. Algunas personas dejaban
de comprar el mercado del diario, por adquirir este periódico.
¡Que tristeza!: me doy cuenta de que cuando salen noticias malas
las personas se reúnen para comentar sobre lo sucedido; pero
cuando salen buenas noticias, estas pasan desapercibidas, como si
no tuvieran importancia.
Algunos turistas ya no querían visitar a mi pueblo por la mala fama
que tenía en las noticias tanto departamentales como nacionales.
Recordar esto no es fácil... siento que no les puedo decir todo lo
que quiero...
Me doy cuenta que la violencia es un monstruo grande y devastador,
que ha estado oculto desde tiempos remotos y ahora sale de su
escondite para atacar, derribar, destruir, lo que con tanto esfuerzo
habían construido mis ancestros.
En ocasiones me sentía impotente, cuando en mi pueblo se activaban
los momentos de fricción armada, a los cuales nadie podía escapar,
sencillamente porque no estaban anunciados, eran sorpresivos,
llegaban y nos acechaban como el ladrón en la noche. A veces los
anunciaban y nos íbamos a otros pueblos; ellos decían: el día tal,
a tal hora va a ver enfrentamientos, el que quiera salvarse que se
vaya, si no aténgase a las consecuencias. Un día llegué del colegio,
me estaba cambiando, cuando se me acercó mi abuela y me dijo:
póngase los zapatos y nos vamos ya, hay que salvar la vida…
La violencia vende
El periódico DIARIO DEL SUR es uno de los medios de comunicación
escritos más eficientes, que llega a mi pueblo. Este periódico circula
de oficina en oficina. Tiempo atrás, la encargada de recibir, distribuir
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Umbral de la Memoria
Mi familia y yo sentíamos mucho temor ante esta situación de
conflicto, porque mi padre era Concejal, era una persona influyente
en la política; entonces la manera de afectarlos a ellos era a través
de amenazas a nosotras; a mi madre le llegaron amenazas para que
nos fuéramos del pueblo.
El día de mi grado
El día de mi graduación como “Bachiller Académico”, fue un 20 de
julio de 2002. Como es la tradición en mi pueblo, se realizó una
ceremonia religiosa donde todas las personas participan del evento,
también hay ciertos invitados que ocupan los puestos de honor.
Recuerdo que ese día, tan importante para mi, y el más esperado
durante los años de estudio, todo transcurría en calma, había cierta
armonía; mis compañeros se alistaban y también sus familiares.
Todo era un corre, corre... el salón de belleza estaba repleto; otras
personas estaban ocupadas organizando la decoración del templo
y armando la tarima para la orquesta que iba a amenizar la fiesta. Y
por supuesto yo también estaba ocupada organizando mi traje para
la ceremonia y arreglando mi peinado.
Todo salió a la perfección; el templo estaba muy concurrido, la
decoración sensacional, todos los invitados asistieron puntualmente
y por mi parte, recibí un reconocimiento muy especial por parte
de mis profesores y directivos del colegio. Recibí muchos abrazos,
felicitaciones, y buenos deseos; también mis familiares se sintieron
muy felices porque alcancé una de mis metas, sin desanimarme,
con mucha persistencia y gran dedicación; hubo un momento en el
cual me sentí impactada, puesto que me di cuenta de que todo es un
proceso y que al final del camino estaba el triunfo esperando.
Al salir del sagrado recinto, el ambiente se tornó un poco tenso,
puesto que ciertas personas andaban prevenidas; pensé que los
conflictos sociales de mi pueblo también querían sorprendernos de
una u otra forma.
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Cuando estábamos en la fiesta, hubo un cierto comentario
desagradable de que esa noche iban a reclutar muchos jóvenes para
las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y que iba
a haber un disturbio. Inmediatamente el agasajo se canceló, todos
nos dispersamos para nuestras casas, no pudimos disfrutar de la
fiesta. El evento, que había empezado con mucha alegría, terminó
con mucho pánico e indisposición.
La guerra en mi cuerpo
Ya abrumada, aburrida y desesperada por las circunstancias hostiles,
decidí emigrar de mi pueblo buscando un futuro incierto. ¡Cómo
duele dejarlo todo!: mi familia, mi casa, mis amigos, mis seres
queridos, mi pueblo, mi mundo. Una noche como cualquier otra,
tomé la decisión de alejarme de todos y de todas; me sentía dolida
por todo lo que había vivido en mi pueblo. Así que ya que todo había
pasado, saqué toda mi fortaleza para afrontar la despedida. Sentí
como si me lanzara al mar sin saber mi destino y me repetía: ¡para
atrás ni para coger impulso!
Los acontecimientos son misteriosos, en cada situación se nos
presentan dos opciones: quedarnos estancados o continuar,
crecer, madurar, ser cada día mejores; yo opté por la seguridad, sin
vacilar!.
Sin duda el momento más desgarrador de mi vida había llegado.
Con mis ojos llenos de lágrimas y la voz entrecortada, abracé y me
despedí de la persona que tanto amo en el mundo, mi abuela, me
sentía desfallecer, mi abuela me dio su bendición y salí... sin volver
la vista atrás. Ahora recuerdo esa situación y no sé de dónde saqué
la fuerza para asumir ese momento. Un nuevo ciclo de vida, romper
esquemas; había una fuerza renovadora en mí que me animaba a
lanzarme a lo incierto, desprendiéndome de lo cierto. Posteriormente
me encontré con mi madre aquí en Cali.
Afortunadamente en aquellos episodios de conflicto y de guerra
no perdí a ningún ser querido; pero qué ironía, me perdí a mí
misma... es decir de una u otra forma los traumáticos momentos de
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Umbral de la Memoria
violencia me habían tocado y en cierta forma se había quedado en
mi subconsciente. Muchas noches me levantaba llena de angustia y
pánico sintiendo ese sabor amargo que deja la violencia.
Aquí en Cali me siento segura, a pesar de todas las dificultades que
me ha tocado enfrentar – aquí estoy y por el momento, aquí me
quedo.
Hoy me doy cuenta que las secuelas que deja la guerra son muy
marcadas; en algunos casos son irreversibles y repercuten en
nuestra salud. A menudo me preguntaba ¿qué pasa conmigo? ¡No
entendía!. ¿Acaso me había quedado sepultada en mi pueblo?; pero
no, estaba viva, porque sentía mi respiración; medio entendía que
yo era una víctima, como tantas otras. No me hallaba a mí misma,
había perdido la capacidad de concentración, mi sistema nervioso
estaba descompuesto, tenía depresión, perdí la memoria; tanta era
la presión que tenía que mi mente se quedó en blanco. Miraba la
realidad de mi pueblo, pensando en personas conocidas que habían
sido abusadas, maltratadas y eso era como si me lo hubieran hecho
a mí: entré en crisis. Sufría insomnio, entre tantos otros males. La
situación económica también me afectó mucho. Había perdido el
control de mi vida, la capacidad de soñar, crear, amar, reír; sentía
que mi mundo se había derrumbado y mi corazón se había roto en
mil pedazos. Lo mejor de mí se había echado a perder. Los años
más difíciles fueron entre el 2000 y el 2004; fueron cuatro años,
pero para mí es como si hubieran sido 100 años, toda una vida,
desde mis 16 años, hasta los 20 años, especialmente.
Cuando llegué a esta ciudad me surgieron muchos interrogantes:
¿cómo iba a subsistir en esta ciudad tan grande, donde yo era una
extraña? Pero enseguida mi radical imaginario me recalcaba: ya
estás aquí y eso es lo que importa…
Antes de esta etapa, yo era una persona muy activa y colaboradora,
a pesar de mi discapacidad visual; yo era una persona muy brillante
en el colegio. Después del 2000 me opaqué. En los momentos de
conflictos y enfrentamientos armados en mi pueblo, yo aparentaba
ser muy fuerte, pero después que pasaban, yo me ponía depresiva,
me encerraba, cambié. Me atemorizaba perder mi familia o que
alguien quedara mutilado, incluyéndome a mí. Lo material no me
preocupaba. En esos años me sentí derrumbada, como que ya nada
me importaba, yo decía: de qué me sirve construir, tener sueños,
si en cualquier momento ellos llegan y lo destruyen todo. Siempre
me ha gustado escribir, pero yo decía, para qué escribir si alguien
va a llegar y me va a arrebatar mis cuadernos; alguien con un arma
me puede quitar la vida en cualquier momento, siempre estaba
pensando en las consecuencias.
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Trabajé por varios meses como empleada doméstica. Pasó el
tiempo -después de la tormenta llega la calma- me sentí más
tranquila y empecé a relacionarme más de cerca con mi barrio (El
Jordán ) caminando por sus alrededores, explorando, conociendo e
identificándome con mi nuevo ambiente: ¡fue extraordinario!
Mi llegada a la Casa Cultural Tejiendo Sororidades
Escuché hablar de la Casa Cultural Tejiendo Sororidades, gracias a
los comentarios de las vecinas, a la publicidad y a los programas
que realizaban con la comunidad. Asistí confiadamente y comencé a
integrarme en las diferentes actividades que allí organizaban.
Entonces sentí que había dado un paso decisivo en mi nueva vida:
integrarme con otras mujeres que como yo, también tenían algo que
contar. El equipo de trabajo de la Casa Cultural es muy entregado
a esa labor; hay unión, solidaridad, disposición y ayuda mutua.
La Casa Cultural es muy significativa en mi vida; la considero un
punto de apoyo en mi proceso de restauración, tanto personal como
psicológico; allí encontré lo que buscaba, un mundo diferente,
donde soy aceptada y escuchada; donde mi opinión también cuenta
y reconocen mis capacidades y cualidades; me siento útil, apoyada,
segura y sobre todo, ¡ya no estoy sola! Tengo una familia, una casa
donde recibo afecto, me estimulan a sacar y rescatar cosas buenas y
lindas que están ocultas en mí. Me animan a abrir ese cofre cerrado
donde tengo mis mejores tesoros para compartir con los demás,
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Umbral de la Memoria
por medio de la danza, la pintura, la escritura, la ayuda psicológica y
también la jurídica: ¡es fantástico porque otras personas reconocen
mis aptitudes! Fue entonces cuando empecé a salir de mi estado
pasivo, para volverme más activa, más abierta, más competente.
También participo de una fundación llamada FUNDISFAMI (fundación
para personas en situación de discapacidad y sus familiares). Es
como una familia, que busca el bienestar físico y espiritual de todas
las personas con discapacidad. Gracias a esta fundación he logrado
fortalecer mi autoestima. Espero seguir compartiendo todos mis
logros y estar presente cuando otras mujeres se decidan a entrar a
esta casa y contar su propia historia.
Sobreviviendo
a mi huida
María de los Angeles Henao
Entrevista realizada por:
Adalgiza Charria
M
María de los Ángeles, es
caleña y se define a sí misma
como una sobreviviente de
la mafia en una ciudad que
le permitió vivir bajo su
acechanza. Su cuerpo está
marcado y al espejo le pide
otro rostro que le devuelva
en memoria su vacío. Quizás
así pueda asumir su noche.
Como muchas otras veces
ahora estaba dando otra
vuelta de tuerca, otro giro
en sus propios talones para
seguir andando sobre los días
de sus cincuenta años. “A veces tengo la sensación que he vivido
mucho, como en un abrir y cerrar de ojos”, en esa saga que ella
hilvanaba desde el suicidio de su padre cuando apenas terminaba
sus siete años hasta ahora, cuando haciéndole caso al terapeuta,
escribía cuatro cartas de sanación.
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Umbral de la Memoria
“Me insistía en que debía hablar de los sentimientos, de lo que
sentía cuando me manoseaba, cuando hablaba bajito a mi oído con
su aliento de alcohol y babas. Me decía que en cada carta expresara
el color, el lugar del cuerpo dónde se acumulaba la rabia y la
vergüenza y la impotencia; pero mamá: ¿dónde estás?, despierta
de tu borrachera mamita, que todos duermen menos él; que ya
llega, que es miedo, es color, que es temblor en el cuerpo, que no
hay orilla para mi silencio”.
Ella, que no distingue con precisión las fechas de su biografía,
recuerda que sus senos apenas le brotaban y le dolían cuando ella
se los hundía con sus dedos de niña para que no le crecieran, para
que no se le notaran, para que nadie se fijara en ellos.
Su mamá, después de quedar viuda con “cuatro bocas que alimentar”
que ella encabezaba, se dedicó a la pesca de hombres adinerados
que le ayudaran a sostener a su prole, dado que no sabia hacer más.
Se había casado, con el mismo vestido de los quince, con un capitán
del ejército que llegó al pueblo en un jeep verde olivo; ella lo vio
como su única alternativa para montarse en ese corcel e irse lejos;
lejos de la historia de su familia. Solo contaba con su belleza menuda
de ojos almendra y una viveza innata que se iría desarrollando en
astucia práctica, en audacia extrema para el rebusque en bares, en
hoteles lujosos y en visitas a las familias “bien”, que la aceptaban
con cierta benevolencia al verla regresar viuda, con cuatro hijos y
rechazada en la casa materna por fracasada.
En una de esas borracheras que su madre había iniciado y que
cuarenta años después no terminan, se enroló con ese extranjero
al que ahora le escribía la carta y que le proporcionaría la segunda
herida despiadada. “En ese entonces yo creía que la muerte de mi
padre era lo más horrible que me podía pasar; que no habría dolor
más hondo, hasta que este tipo que se pasó a vivir a mi casa, que
nos hacía el mercado, nos pagaba las cuentas y se emborrachaba
todas las noches con mamá, empezó a violarme. Entonces presentí
que el dolor tiene tantos rostros, tantas texturas, que uno nunca
puede decir que este es el más grande”.
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Los recuerdos se vienen como en tropel, en cascada, los pechos
le crecieron sin remedio y ella empezó a ser grande; cuidaba a sus
hermanos mientras su madre se ocupaba del rebusque y empezó a
tener esas ganas de huir, esa necesidad de estar en otra parte, de
ser otra, de estar en vértigo.
Se casó con el primero que se lo propuso y se fue. Le dijo adiós a
sus hermanos y a su madre, que por ese entonces ya empezaba a
leer el cigarrillo; adiós las condecoraciones del capitán, adiós a la
familia que los repudió por fracasados, ¡adiós!.“Pero de lo que uno
no puede salir, es de esa sensación de inquietud, de zozobra, de
tribulación, de no tener reposo”.
Y empezó otra historia que ahora también el terapeuta le decía debía
sanar escribiendo la segunda carta. “Es que yo era una niña que
ni siquiera terminé el bachillerato y él era profesional, me llevaba
más de diez años. Y sí, fue él quien me indujo a la perica (cocaína)
y al basuco (marihuana). Mi propio atropello interno yo ya lo traía;
pero fue él quien insistía en el embale, en que lo acompañara, que
la nota era el acelere, la intensidad, la euforia. Al principio fue la luz
redoblada, las horas multiplicadas, la sensación de poder que se
abre en el pecho, porque todo se puede, porque uno se adelanta
a la realidad o al menos tiene la sensación que va a su ritmo, en el
pulso mismo de los momentos, en la cresta de la ola. Pero poco a
poco uno comienza a perder instantes, a cuartarse el brillo y lo peor,
empieza uno a no sentir el viento”.
De todo ese tiempo lo que más recuerda es la brisa. Cinco años,
tiempo suficiente para volverse una adicta, tener un hijo y constatar
que tenía las manos vacías. Tiempo de sordina, tiempo autista,
apenas para ir construyendo sus muletas que ahora la tenían delante
de este grupo de apoyo a drogadictos y que le exigían por lo menos
las cartas.
La conversa con otras mujeres le iba dando la perspectiva de su propia
reparación. Escribirle a su ex y entender que lo que más le dolía, era
que entre los dos siempre hubo una relación de subordinación, de
poder de él sobre ella, de inequidad e injusticia.
113
Umbral de la Memoria
Que ejercía violencia, cuando ella quedó embarazada y él no le volvió
a dirigir la palabra y la hacía sentir como la más fea y bruta de la
tierra; que cuando se fue por cinco meses sin decirle nada y ella se
quedó sola en esa casa de piso de madera, sin plata, sin amigas,
sin perspectiva para su propio llanto, era crueldad sicológica lo que
padecía.
Lo esperó todas las tardes en la escalera, para pedirle perdón; para
explicarle que no fue su culpa que sus caderas se crecieran y le
salieran esas manchas negras en la cara como sombra de mariposa.
Odiaba su propia voz, su rostro en el espejo, sus huellas en la arena
que el viento borraba; odiaba el chillar de la madera, los niños del
mundo, los mapas y los barcos que veía desde el segundo piso de
esa prisión sin barrotes que era ese tiempo de barriga en creciente.
“Fue importante para mí trabajar, ganarme tres pesos, saber que
podía tener alguna gobernabilidad sobre mi vida, huir de mamá que
así me recibiera con cierta resignación, ya avanzaba en su delirio
de tener poderes reales con el más allá y pactos mágicos con la
muerte”.
Sus cuatro hermanos que ya eran unos “jayanazos”, se habían criado
prácticamente en la calle; en la vida del barrio, que por ese entonces
todavía tenía Cali y que apoyaba con vocación sincera la maternidad
de cientos de mujeres solas, que no alcanzan a completar el cuido.
Se habían vuelto grandes, guapos y astutos. Ninguno terminó el
bachillerato, pero francamente encontraban penoso el salario del
video y la retahíla de bruja que les tocaba aguantar los sacaba de
quicio.
Supo apenas él volvió, que un abismo de silencio los separaba y que
todo cuanto pensó decirle en la espera, no valía la pena. “Quedé como
seca, hueca, sin preguntas, sin rabia, sin lágrimas. Ahora entiendo
que el dolor es una expresión de la vida, que hay momentos en que
el dolor es preferible al vacío”.
Su hijo nació y ella lo amamantó con afán, con culpa, con cumplimiento
pragmático. Fue agotando todos los rebusques posibles de esa isla
de oropel y cuando ya ninguno de los muchachos le invitaba a un
“soplo”, se dio cuenta que debía regresar del fracaso con su hijo y
con su historia sin brillo, sin explicaciones.
Cuenta que el viento la empujó hasta su propia voluntad; que recogió
su sombra y empezó uno de sus múltiples períodos de sobriedad.
Trabajó en un alquiler de películas, de nueve de la mañana a nueve
de la noche, mientras el niño jugaba con los fetiches que su madre
alumbraba para que se cumplieran los propósitos del amor y la
fortuna de una clientela, que poco a poco iba creciendo y que llenaba
la sala de esa casa con pretensiones en murano y gobelinos:
“Todos sabíamos que mamá era una estafadora; se escondía en el
fondo de la casa por días enteros y nos hacia decir que estaba en el
Chocó donde los brujos negros, de donde traía plumas y amuletos
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Umbral de la Memoria
que vendía a buen precio después de sus “viajes”. Sólo que ya
se estaba comiendo el cuento ella misma y empezó a invocar a la
muerte sin cliente a la vista. A todos les daba rabia, pero empecé a
notar que al mismo tiempo le comenzaron a creer”.
Desde la distancia no logra distinguir si esa fue la piedra de la
desgracia o un cúmulo de historias que se empezaron a entretejer
e impulsaron la rueda para que pasara lo que pasara. La consulta
de bruja fue cambiando poco a poco: la clientela de la mamá ya no
era conformada por las damas de la sociedad que querían hombres
amorosos, fieles y ricos a sus pies, sino “traquetos” duros y guapos;
muchachos arrojados, que probaban suerte en el “corone” de un
viaje de coca a “gringolandia” y que necesitaban esa dosis de suerte
y magia que se requiere para hacerse rico de la noche a la mañana:
“No era uno, ni dos, ni tres, eran muchas las historias aquí y allá,
en toda la ciudad; en el ambiente estaba la posibilidad del negocio,
del “corone”, de comprarse una camioneta doble cabina, de ser
alguien, de hacerse respetar. Mis hermanos, los cuatro, se metieron
en el negocio. Al fin y al cabo estaban protegidos, una especie de
inmunidad mágica les daba ventajas. Y así fue.
“Estamos hablando de mediados de los años ochenta: yo había
vuelto a caer en el basuco. Los días de vértigo volvieron, un amante,
una moto, el río Pance, la olla para conseguir vicio, el contacto con
la degradación humana, la angustia de no poder parar... En esos
momentos de embale hay también, no se equivoque, una luz especial
que cae sobre la vida: la enorme generosidad de los desposeídos, el
tiempo despojado de relojes, el sopor que aleja historias antiguas y
anestesia el alma.
“Un nuevo embarazo y la oferta laboral que me ofrecían mis
hermanos me impulsaron a la recuperación en aquella ocasión. El
pacto era sencillo: yo dejaba de consumir y ellos me pagaban por
manejar algunos asuntos administrativos del negocio: alquileres,
pagos, bancos, compras caseras, manejo de caja menor.
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“Los roles entre mis hermanos se habían repartido sin mayores
conflictos. Tal vez por su risa contagiosa y su rostro de “Cristo
Jiposo”, el mayor era el encargado de serenar la manada, de
recordar que eran un poco niños metidos a bandidos y que en el
fondo seguían siendo los huérfanos del capitán. El segundo, el
negro, era sin duda el jefe, el más audaz; los dos últimos obedecían
al segundo. Yo, como desde niña, era la madre, la que recordaba
que éramos un clan y que sólo nos teníamos a nosotros mismos.
“Es que yo desde los siete años fui la mamá de mis hermanos, la
que estaba pendiente de la comida, de bañarlos, de reunirnos en las
noches calientes bajo el almendro del barrio El Bosque, a inventar
que recordábamos cuando éramos felices y a mi papá no le había
dado por pegarse un tiro en la cabeza y que mi mamá no salía por las
noches a emborracharse con cualquiera que luego traía a casa”.
Se cogían de las manos para dormir y se juraron una lealtad que
tendría que resistir muchas pruebas futuras. Porque el negocio es
un asunto bravo y la plata abruma y encandelilla como sol en media
noche. Porque el juego es serio y hay que “tropeliar” y hacerse
respetar a las malas, con todas las formas de lucha:
“Sin embargo recuerdo esos primeros tiempos con la alegría
de la aventura: sobornar al ejercito, encontrar las claves de las
comunicaciones, tener el ingenio para encaletar la droga en los
‘containers’, la compra de los apartamentos, la bamba, la bisutería.
Y sobre todo, la sacada de clavo, ver las tías que nos habían dado la
espalda, las que le habían negado a mi mamá la más mínima ayuda,
las mezquinas tías de sociedad, verlas sonreír nerviosas, llenas de
hipócrita congratulación ante la plata a la vista y a derroche, con
toda su poder de genuflexión”.
Pero también esa época le había herido el alma, tanto que la tercera
carta era para uno de sus hermanos, el menor para ser exactos. No
es del todo cierto que quienes trafican son abstemios, al contrario
muchos caen enredados en su propio consumo. Ella no; se había
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Umbral de la Memoria
mantenido limpia durante todos esos años y vivía con sus dos hijos
y ese hermano en casa de su madre. Había vuelto a sonreírle al
amor y los chicos crecían bajo sus relatos memoriosos y fantásticos
de “esos días cuando éramos felices…”. La vida pasaba como si
no doliera, como si la rueca no estuviera tejiendo su veredicto de
sombras. Y en una tarde cualquiera, en una intrascendente discusión
sobre una toalla, en su propio cuarto, su hermano, el menorcito, le
pegó un tiro en una pierna. “Sí, él, el que casi amamanté, el niño
consentido”. En medio de un embale de perica y whisky y con un
arma en la mano le disparó.
La cosa no fue muy grave, la sangre, el hospital, la cicatriz… pero
a ella literalmente le destrozó el alma. Otra vez sus lealtades, sus
amores, su sangre…, otra vez a correr al sopor del basuco, otra vez
en el patín. Ahora le parece que esa carta es la más dolorosa.
Al violador lo iba pudiendo calibrar. Es más, ahora sabía que muchas
mujeres violadas pasan de ser de victimas a sobrevivientes y de
ahí a ser personas que luchan para que esta tragedia no les pase a
otras y comprometen sus días en esa causa por los derechos de las
mujeres:
“Si antes yo hubiera sabido que esta vergüenza que uno guarda
entre pecho y espalda por una violación, que este sentimiento de
culpa y desmerecimiento que uno arrastra como un fardo, que esta
rabia contenida, se podían tramitar en el servicio a otras, me hubiera
evitado mucho dolor. Yo no sabía que grupos de mujeres se reúnen
a hablar de esas cosas, del clan de la cicatriz, o algo parecido.”
A su ex marido lo está resolviendo en este preciso momento, cuando
decidió enfrentar su adicción; ¿pero a su hermano?. A él que ama
con toda la entrega de la niñez, que era su sangre, lo único cierto de
su vida, ¿lo podría perdonar? Sobre todo que no lo pudo hacer en
vida. Porque en esos años la muerte acudió a las invocaciones que
su madre hacía para los fetiches de su clientela; pero se ensañó con
su manada.
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“Primero fue Antonio, el mayor, lo mataron por nada, por
equivocación, por esas ligerezas que da el mismo negocio, la
paranoia de alguno, la bravuconada por una tontería. Su carcajada
se dejo de oír y ya no pudo detener la ira de los restantes. El negro
mandó a matar a todos los miembros de la familia del culpable; cada
vez que mataban a uno, celebraba con trago y comida y entre los
tres hacían los planes para el siguiente. La venganza cegó sus vidas
y desató sus sombras. La mesa de mi comedor se llenó de sangre y
ya ninguna inhibición matizaba el horror. Cada vez más plata, cada
vez la ley del más fuerte, cada vez menos compasión. A mi, el pecho
se me encogía, pero eso era imparable.
“Y estos muchachos buenos; los huérfanos del capitán, ya eran
piezas de un juego desatado por la fatalidad. Por razones que nunca
son claras, el Negro y Luis fueron secuestrados y aparecieron días
después amordazados y torturados en bolsas plásticas a orillas del
río Cauca. Los días entonces se volvieron un carrusel autómata:
reconocer las camisetas con señales de tortura, salir huyendo en
la bodega de un carro, no poder ir al entierro, irse del país, llorar el
mar...
“Pienso que hay destinos que vienen marcados por el dolor, ¿no
cree usted?. Porque la muerte tiene un cincel severo, contundente,
definitivo, y deja sus zanjas imborrables; porque lloré durante dos
años seguidos mi soledad de sangre; porque no había podido
perdonar a Luis; porque ya no podía contar la historia de aquella vez
cuando éramos felices.
“Toda la plata se evaporó: las esposas, las ex, los duros de turno, la
ley…A mí me tocó empezar de nuevo; pero es que uno ya conoce
cómo es la vuelta y en el extranjero uno puede hacer el negocio.
Afortunadamente tenía un compañero pilo, bueno para el rebusque.
Pero que nadie diga que esto es trabajo fácil, no. Uno en Holanda
con ese frío, metido en un apartamento esperando una llamada, una
señal, que recoja la plata, la mercancía, encalétela, que los vecinos
sospechan, que estamos dando mucho visaje, que ayer cogieron a
fulano, que la INTERPOL...
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Umbral de la Memoria
“Cuando pudimos regresar al país porque se había bajado el voltaje,
yo prometí que nunca más negociaría con droga, ¡pero que va! Mi
mamá estaba más alcoholizada que nunca -tres hijos muertos le
daban suficientes motivos- pero ahora su clientela se recomponía;
eran paramilitares, caballeros de ejércitos los que se disputaban
sus favores, con políticos de alcurnia de la capital. Y “El gob.”, mi
parcero, se dejo tentar de nuevo por la fácil del “corone”.
“Unas con otras, ahora vuelve la vida a ponerme de cara al abismo.
Al Goby lo agarraron en Ecuador y mi cama se convirtió en un mar
de soledad. Mi madre es una pobre mujer rica, que dilapida su
fortuna en quirófanos y llanto idiotizado. Mis días solfean en humo
de “bareta”. La brisa se ha ido perdiendo y ya casi no la oigo en el
pecho. Por eso estoy aquí escribiendo estas cartas. La cuarta es
para mí misma. Porque me he hecho tanto daño…no sé en qué
momento uno es víctima, en qué momento es el verdugo, cuándo
pasamos las orillas, desde dónde mi relato es cómplice, y el primer
perdón es a mí misma, lo sé”.
mayores de mis hijos están al otro lado, lograron que la mafia no se
los chupara. Andrés vive en Alemania y trabaja con una multinacional,
sólo ahora me doy cuenta que se refugió en el estudio para huir de
su realidad y eso lo salvó, es un ejecutivo brillante. A Julián le ha
tocado más duro, la bareta le ha dado una sensibilidad especial,
pero es un rebelde de verdad, desde el fondo de su corazón, y eso
también lo ha alejado del mundo de “lavaperros” que es el ambiente
mafioso. Pero al último, el de 17 años, le veo tono de patrón, ciertos
gestos que me encogen el alma. Si logro quitarle el arma que tiene
en el clóset podré terminar mi última carta”.
Ahora se pregunta si pudo haber detenido el horror en la mesa de
su comedor, si le faltó carácter, sensibilidad, inteligencia... Quiere
entender esa moral tan laxa que todos, incluida ella, han tenido con
el crimen, el delito y la plata fácil:
“Pero es que perdóneme usted, todos queremos plata fácil; para eso
es la bolsa de valores, ¿no? Para eso son los asesores que estudian
en universidades de Estados Unidos, para que se pillen movimientos
financieros y obtener plata fácil, ¿o dígame si estoy equivocada?. Ah
bueno, pero la lógica de guerra y muerte, el atropello, el derroche,
por el que usted me pregunta es otra cosa. Aunque a veces me
parece que para entender esto, todos nos deberíamos quitar las
máscaras. Mire no más a mi mamá, yo ya no sé ella quién es; tiene
tantos rostros que me confunde. Pero cada vez soy menos radical
con ella; tal vez haya sido su manera de sobrevivir; tal vez el miedo
de no tener ninguna seguridad y ningún respaldo, los que la hicieron
venerar el billete. No sé. Pero es que en diferentes proporciones,
todos aman el billete, ¿no?. Creo que ahora me debo salvar a mí
misma, voy entendiendo que ese es un egoísmo legítimo. Los dos
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Umbral de la Memoria
Florecimiento
Intelectual y
Vital
Margarita Lombana
Entrevista realizada por:
María de la Fuente Engi
El primer encuentro con
Margarita fue cuando coincidimos en una iniciativa del
“Peace Boat”, espacio creado
a bordo para dar un lugar de
encuentro a las mujeres de
diversos países y procesos
de construcción de la paz.
Terminado el alboroto del
embarque, de la rueda de
prensa y de la recepción antes
de zarpar, nos reunimos en
la sala del barco que nos
llevaría por una travesía de
varios días, desde el puerto venezolano de la Guaira hasta El Callao,
en Perú. En el silencio que se hizo en nuestra improvisada sala de
reuniones, pudimos por fin descubrir quiénes formábamos parte
del grupo. La sala que nos acogía, con sus máquinas tragaperras
amontonadas en un rincón y medio cubiertas por una sábana
blanca, como el recuerdo fantasmal de su antiguo rol de casino,
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le hacía eco a la metamorfosis de nuestro grupo de mujeres, en
el espacio psicológico que allí habíamos creado. Éramos mujeres,
en su mayoría colombianas, que desde sus posiciones políticas o
ideológicas, habían vivido y aún vivían el conflicto colombiano de
manera no solo diferente, sino también rival. A pesar de ello y desde
un posicionamiento emocional, cuando se dejó finalmente hablar
al corazón y al sentimiento, estas mujeres generaron un deseo
común.
A medida que el barco iba dejando atrás sus estelas, el grupo también
tenía su propio movimiento que de centrífugo pasó a centrípeto,
produciendo un paquete de propuestas que vendrían a alimentar
unas negociaciones, que, desgraciadamente, iban ya hacia un
fracaso. Pero el papel de Margarita en la dinámica de integración de
nuestro grupo fue vital. No solamente porque ella supo ofrecernos
su saber y vivencias, acumulados en espacios tan diversos como
la izquierda revolucionaria o el feminismo académico, sino porque
su propio camino de vida, también, fue uno de transmutación y
reencuentro.
Entonces, Margarita, sentada sólidamente en el butacón que parecía
engullir su menuda figura, se va creciendo a medida que absorbe lo
que se va diciendo hasta que, como si fuera a salirse de sí misma,
levanta la mano y con ella la voz, clara y sonora, que me hace salir
del sopor donde inevitablemente nos sumerge el mecedor vaivén
del barco. Y así, a lo largo de las horas y los días, regularmente,
sus intervenciones, construyendo sobre lo construido, consolida
lo existente y va siempre adelante con nuevas aspiraciones: como
buscando nuevos puertos mas allá de las tormentas y desde arriba del
mástil donde la han llevado sus aspiraciones, va lanzando cuerdas,
atando cabos, consolidando pasarelas entre todas nosotras.
Tiempo después, cuando ya supe con más detalles los avatares de
su vida, esta imagen de Margarita se creció en mi recuerdo. Y no
puedo evitar el imaginármela así en muchos de los momentos de
su vida: siempre buscando transmutar los espacios de trabajo y
de su vida, caminando en busca de su propia evolución. No ha
sido fácil, desde luego, ya que esto ha implicado, inexorablemente,
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Umbral de la Memoria
rompimientos y abandonos, aunque la satisfacción del reencuentro
con una misma es lo más bonito que uno puede esperar en la vida.
Y Margarita ha conocido varios de estos reencuentros.
Una hija de Pereira
A veces hay que excavar lejos en la vida de una persona para
desenterrar aquellos elementos que explican muchas de las
decisiones que se toman a lo largo de la existencia. Desde su niñez y
heredada de su familia, Margarita trae consigo una gran conciencia
social y la necesidad casi visceral de un compromiso político
como modo de estar en esta vida. Así, su familia, que se podría
definir como militante de base del partido liberal, estaba dedicada
al trabajo comunitario. Y puesto esto en el contexto socio-político
de una familia de Pereira allá por los años sesenta, se puede decir
que nos encontramos frente a una familia peculiar. Y es que Pereira
era “el” enclave liberal en el eje cafetero colombiano y por lo tanto,
era un entorno familiar resueltamente progresista y anticlerical,
que salía apenas, de un periodo de violencia política muy fuerte,
protagonizada, en su mayoría, por potentes grupos paramilitares de
derechas.
Empapada de toda esta historia tanto familiar, como nacional,
no es de extrañar que veamos una Margarita de trece años, que
después de haber asimilado toda esa convicción social, pero a la
vez aspirando a algo más, se separe del partido liberal y se asiente,
firmemente, en su rol de secretaria de la Federación de Estudiantes
del Departamento de Risaralda.
Hay que saber que las federaciones de estudiantes eran, en aquel
entonces, monopolio del partido comunista que, para mediados de
los años setenta, había ganado un terreno considerable en la escena
política colombiana. Es durante estos primeros años de activismo
cuando, a través del análisis y del debate político que desarrollan
las diferentes corrientes del comunismo, se van estructurando
los conceptos ideológicos de base: el daño causado por el
asistencialismo y la necesidad de una revolución para poner fin a
una injusticia social intolerable.... en fin todas las ideas vehiculadas
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por personajes míticos como el cura Camilo Torres, que marcó
e inspiró estos primeros años de su vida con sus propuestas en
favor de los derechos de las clases más desfavorecidas y de los
pobres en general. A medida que suenan las coplas de Víctor Jara,
“Lo mataron cuando iba a por su fusil, Camilo Torres muere para
vivir. Cuentan que tras la bala se oyó una voz. Era Dios que gritaba:
Revolución”, creo que en la historia personal de Margarita, el
concepto de revolución implica la presencia de un trabajo a la vez
político y militar.
Pero habría que esperar a los primeros años universitarios para que
se dieran los matices necesarios para que ella asumiera su opción
política. Llegamos a los años ochenta. El mundo seguía viviendo
en Guerra Fría. El Vietnam se acaba de reunificar como un país de
corte comunista. La URSS acaba de invadir Afganistán como otro
escenario periférico de la lucha entre los dos bloques mundiales.
El Medio Oriente vivía una guerra abierta que se oponía a Israel,
apoyado por los Estados Unidos. Así mismo, ganó la Revolución
Islámica que, en su primer día, fue una solución original e integradora
a un problema de oligarquía y de represión que representaba el Sha
de Persia.
125
Umbral de la Memoria
En América Latina también se empezaron a ver soluciones
locales a situaciones locales: en Nicaragua, las tropas Sandinistas
derrocaron la dictadura del dictador Somoza en 1979; al año
siguiente, el asesinato del Arzobispo Romero en El Salvador señaló
la responsabilidad de la Iglesia como agente de cambio social y
dio a la Teología de la Liberación una resonancia mundial; y con
el presidente Reagan de los Estados Unidos a partir de 1980, se
reforzó el apoyo incondicional a las dictaduras militares del cono
sur latinoamericano, al mismo tiempo que se puso en marcha la
guerra de los “contras” para desestabilizar el gobierno Sandinista.
En esta misma época aumentó la ayuda financiera a los militares
salvadoreños que luchaban contra las guerrillas del Frente Farabundo
Martí de Liberación Nacional (FMLN); con los “escuadrones de la
muerte” que los Estados Unidos financiaron, se dio una nueva
dimensión al conflicto salvadoreño. Esto formaba parte de la
estrategia estadounidense por mantener el control ideológico y
económico de esta área de influencia que considera suya y que es
todo el continente latinoamericano y que, por supuesto, toca de
lleno a Colombia.
De estudiante a guerrillera
Para Margarita, la entrada en la universidad supuso una apertura a
nuevas informaciones, nuevas reflexiones y a nuevos análisis sobre la
situación política mundial. Entrañó también su entrada en una opción
de activismo político-militar. Así, desde la base ideológica tan sólida
donde ya estaba asentada desde la secundaria, la pregunta esencial
que se planteó en este momento era: cómo poder responder mejor al
deseo tan fuerte de contribuir a solventar el inaceptable desequilibrio
social y económico del país y a poner fin al sistema de explotación
vigente en todos los niveles de la sociedad. Pareció ser que de todas
las posibilidades abiertas para ella, la que más respondía a esos
anhelos fue la del Ejército de Liberación Nacional (ELN).
A nivel ideológico el ELN aportaba esa nueva dimensión -ausente de
muchos de los otros grupos insurgentes- que adaptaba la revolución
socialista a la idiosincrasia latina, heredando de las experiencias de
otros países del continente -sobre todo de Cuba- o integrando una
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nueva religiosidad promulgada por la Teología de la Liberación.
En lo personal, el ELN implicó para Margarita un espacio donde
pudo poner en práctica su carácter polivalente. Al ser el ELN una
organización política y militar, todo tipo de actividades que apuntaran
hacia la construcción de la revolución eran practicadas. Desde los
mítines de divulgación ideológica, las obras de teatro callejero o las
grandes movilizaciones populares, hasta el manejo de explosivos y
acciones militares.
Hasta su menudez corporal, que en otras organizaciones hubiera
sido una desventaja, en el ELN se tornaba en una baza más para ella,
ya que paradójicamente, el arquetipo del revolucionario del ELN era
más bien, un modelo oriental, pequeño y colectivo. Ambas cosas la
definían bastante bien. Se le veía pues, siguiendo los pasos del cura
Camilo que decidió unirse a la guerrilla del ELN, también él, después
de hacer varios intentos de revolución no violenta para provocar los
necesarios cambios políticos en el país y ante los atentados y las
amenazas cada vez más brutales de parte de las fuerzas del orden
establecido. Camilo, el cura guerrillero, encontró la muerte durante
su primera intervención militar, no sin antes influenciar de manera
radical esta organización.
En el caso de Margarita, los primeros contactos con la organización
como simpatizante se saldaron con su primer arresto. Esta experiencia
fue capital para el resto de su vida. Fue como si su propia historia se
repitiera o más bien, como si a través de ella, se repitiera la misma
historia, aquella del último estudiante -de tantos asesinados- a cuyo
entierro simbólico acababa de asistir. Aquella también casi olvidada,
del maestro de su infancia que, por la fuerza, fue arrastrado del aula
por la policía y que frente a las miradas inocentes de sus alumnos, lo
único que dejaba ver en sus ojos, era el reflejo de la determinación,
el de la dignidad del que sabe que muere por algo. Nunca se supo
más de él. Afortunadamente Margarita fue liberada, pero ya en sus
ojos brillaba un poco la misma luz de su maestro.
Expulsada de la facultad de Medicina de la Universidad de Pereira
donde cursaba sus estudios, Margarita abandonó su hogar y su
familia y entró en la clandestinidad. Viviendo en apartamentos de
127
Umbral de la Memoria
la organización y dedicada de lleno a ella, Margarita se convirtió en
una de las fundadoras del núcleo urbano del ELN en el eje cafetero
y fue miembro de la dirección regional.
Durante más de diez años, Margarita dedicó su vida a la militancia
político-militar del ELN. Su participación fue activa, formándose
en diferentes aspectos y a distintos niveles, desde una dimensión
política de masas hasta una preparación puramente militar, a través
del manejo de armas y de explosivos. Desempeñó varios puestos
de mando en la organización regional tales como el de responsable
política, militar, de logística o de comunicación de masas.
En los años 85-86, el ELN junto con gran parte de los movimientos
guerrilleros de Colombia, FARC, M19, EPL, entró en un proceso de
negociación con el gobierno del presidente Belisario Betancur, a
través de la creación de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar.
Fue este, posiblemente, el momento que creó mayor expectativa
dentro de la insurgencia colombiana, ya que la Coordinadora reunía
a los principales grupos guerrilleros de Colombia reforzando su
peso en cualquier negociación futura con el gobierno. Además, la
Coordinadora llegó en un principio, a una postura común basándose
en el análisis que la violencia es la consecuencia de la desigualdad
social y de la represión oligárquica. Por lo tanto le exigió al gobierno
medidas para una democratización urgente del país. Sin embargo, y
a pesar de las esperanzas puestas en esta iniciativa de negociación,
el gobierno de Betancur puso fin a las negociaciones. Este fracaso se
dio en parte por un aumento de la represión, a través de detenciones,
asesinatos y torturas; y también por las divisiones internas que
terminaron por quebrar la Coordinadora. Cada grupo volvió, o bien
a aislarse en su accionar, o bien a intentar una negociación del cese
al fuego y de reinserción de manera bilateral con el gobierno.
Desgraciadamente, la década de los años noventa se inició no solo
con el fracaso del proceso de paz entre la Coordinadora guerrillera
y el gobierno de Betancur que se acaba de mencionar, sino también
con la derrota en las urnas del Sandinismo en Nicaragua y con
ella, la muerte de un modelo para muchos otros movimientos del
continente. Ese mismo año nació su hijo con su segunda pareja, un
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embarazo planificado y un hijo deseado, que desafortunadamente
vino a nacer en un momento de bastante desconcierto y de
frustración ante el fracaso de todos los intentos de negociación
por transformar en realidad el ideal revolucionario. Al tiempo que le
invade un terrible sentimiento de irresponsabilidad por su embarazo
y por el hijo que ya está en camino, empiezan a surgir los primeros
grandes malestares con la organización del ELN.
El quiebre
Es muy difícil decir en qué momento preciso se produjo la ruptura
entre el ELN y Margarita. Diremos que se dio a través de una toma
progresiva de conciencia, de asimilación de nuevas ideas y de
creación de nuevas realidades individuales. Cuando con el tiempo, la
realidad individual se vuelve incompatible con el entorno, entonces
el quiebre es ya inminente. Creo que el tiempo de Margarita en el ELN
estuvo marcado por altibajos, encantos y desencantos, encuentros
y desencuentros y de sabores agridulces que se aceleraron e
intensificaron en los últimos años.
Acaso, con el tiempo, la organización se fue convirtiendo en un
molde rígido y fundamentalista, donde cada vez había menos sitio
para las nuevas aspiraciones y los nuevos sueños y más espacio
para las incoherencias y las frustraciones. Lo que está claro es que
a Margarita este mundo se le fue haciendo tan pequeño que, para
poder ser bella y libre como una mariposa, tuvo que, con mucho
dolor, romper la seda que, a la vez, la protegía y la asfixiaba. La
coherencia con ella misma no le permitía cerrar los ojos ante las
incoherencias cada vez más graves de la organización.
“¿En nombre de la libertad, no estamos acaso privando a mucha
gente de ésta? ¿En nombre de la democracia, nuestras estructuras no
son acaso completamente verticales e intransigentes? ¿En nombre
del socialismo, no estamos acaso privatizando parte del territorio
donde la gente ya no puede pasar? ¿Y, finalmente, en nombre de una
sociedad feliz y buena para los niños, no estamos acaso reclutando
niños que pierden su inocencia, y a quienes no tenemos nada mejor
que ofrecer que un arma en la mano?”, reconocía Margarita.
129
Umbral de la Memoria
Con este tipo de cuestionamientos se manifestaba el malestar que
empezó a sentir Margarita y con ella, parte de la organización del
ELN porque lo que se decía no correspondía con lo que se hacía.
El primer quiebre fue con relación a la lucha armada. Y es que la
nueva Margarita que yo conozco, pacifista y reconciliadora, ya se
estaba gestando en esos momentos. A pesar de haber sido las
armas algo tan familiar para ella, poco a poco éstas se volvieron
las enemigas de la vida, que era en definitiva la causa primaria por
la cual se unió a la guerrilla. Ya no podía dejar de pensar en los
muchos compañeros que cayeron inútilmente en acciones militares
sin pies ni cabeza. Y después sucedió lo de aquel operativo en el
que ella misma participó y que implicó la muerte de varias personas,
esta vez no únicamente compañeros sino también civiles, personas
inocentes que ella conocía bien.
Esta toma de conciencia
sobre la utilidad (o inutilidad)
de la lucha armada como
medio para el cambio social,
también vino acompañada de
un cuestionamiento de tipo
ideológico que planteaba la
vigencia, ya en estos años
noventa, de la lucha de clases,
como tradicionalmente se
había abordado. Fue como
un “flash” darse cuenta que,
después de varias décadas de
lucha armada, el ELN seguía
hablando de una Colombia
que ya no existía, donde el
dinamismo social se había desplazado desde una sociedad rural
hasta otra que era mayoritariamente urbana. Los sectores más
dinámicos ya no eran ni la clase obrera ni el campesinado, sino que
había otro tipo de relaciones de poder que habían reemplazado a las
únicas relaciones de producción. La sociedad colombiana se había
vuelto muy diversa y conocía grandes movimientos sociales con
su lógica propia, tales como el movimiento ecologista, los sectores
130
comunitarios, los sectores indígenas, movimientos de jóvenes y,
por supuesto, el movimiento de mujeres. La toma de conciencia
sobre esta diversidad de movimientos y en particular sobre el
dinamismo del movimiento de mujeres, fue muy importante para
Margarita porque marcaba con más énfasis el desfase histórico y
social donde se situaba el ELN.
De este modo, un grupo de dirigentes del ELN, incluida Margarita,
todos con ideas afines y en sintonía con estos cambios que se
observaban en la sociedad decidieron plantearle al ELN un cambio
de estrategia. Este rechazó tal planteamiento y los expulsó de la
organización. Se creó así una corriente, llamada Corriente de
Renovación Socialista que, ante la imposibilidad de aportar cambios
al seno de la organización, empezó a dar prioridad a una salida
negociada del conflicto y Margarita fue nombrada vocera nacional
de la Corriente. Empieza de este modo un proceso de negociación
entre la Corriente y el gobierno.
Otros grupos como el M19 ya habían llevado a cabo un proceso
similar y la Corriente retomó varios de sus mecanismos de
negociación, creándose al principio del proceso, una zona de
distensión; o sea un territorio al que no ingresaban las fuerzas
militares donde se establecieron grandes campamentos protegidos
por el ejército que acogerían a aquellos guerrilleros que deseaban
entregar las armas. Fue en realidad en estos momentos y durante
la estancia de varios meses en el campamento, cuando terminó por
asentarse la convicción, no solo de que la vía política y pacífica era
la más eficaz, sino de que su lucha personal tendría que centrarse
no en la lucha de clases, sino en la injusticia de género. Se podría
decir que Margarita llegó a la conclusión que los movimientos de
izquierda revolucionaria tradicionales reducían los problemas de
injusticia social a una simple lucha de clases, ignorando y hasta
reforzando otro tipo de injusticia y de maltrato como aquel existente
entre el hombre y la mujer. Y esto no solo en la sociedad en general
sino también en el seno mismo del ELN y de la Corriente misma.
131
Umbral de la Memoria
La toma de conciencia feminista
Esta toma de conciencia sobre la desigualdad de género, primero
dentro del ELN y después en el propio seno de la Corriente, fue un
proceso gradual, que se aceleró durante su tiempo de vocería en
la Corriente, para culminar en un posicionamiento claro a favor de
la problemática de género. Es interesante ver cómo, después de
mucho caminar, Margarita llegó a ser esa mujer feminista en su
plenitud, que sabe poner en la balanza lo bueno y lo malo y se atreve
a cortar con lo que ya no le sirve.
Siempre latente y sutilmente presente, estaba ese elemento de su
infancia y de su mundo familiar, el de un modelo femenino ambiguo,
contra el que siempre se sintió en lucha y que inconscientemente
pudo haber sido una de las causas más profundas de su
compromiso político y social inicial. Su herencia paisa era la
herencia de una sociedad profundamente machista y patriarcal que
estigmatizó sistemáticamente a toda mujer que quiso ser libre, en
su pensamiento o en su quehacer. Aunque muchas mujeres de
esta región de Colombia osaron desafiar esta sentencia social, en
la familia de Margarita, abuelas, madres y hermanas, optaron por
refugiarse en la sumisión de lo doméstico. Posible origen de su
rebeldía, este elemento de su familia fue el que más adelante tornó
sus relaciones de pareja en relaciones de poder. También fue este
elemento el que, intuitivamente, diera un tono de feminismo a todo
el trabajo de Margarita en su militancia.
Ya desde los primeros años en el ELN, gracias a un trabajo de campo
con los sectores populares, Margarita estuvo siempre en contacto
con otras mujeres que trabajaban con los mismos sectores, pero
con una reivindicación centrada en el género y no en la clase social
como lo hacía el ELN. Gracias a esto, pudo crear muy pronto, lazos
con mujeres feministas e ir integrando estas ideas a nivel interno
en el ELN. Como hemos dicho, Margarita fue una de las fundadoras
del núcleo regional del ELN en el Eje Cafetero colombiano y este
núcleo llegó a estar mayoritariamente formado por mujeres.
Gracias a la complicidad que pudieron crear entre ellas y al apoyo
de otras mujeres del exterior, éstas centraron parte de su trabajo
132
en la temática de la mujer. Por un lado, desarrollaron acciones en
las comunidades donde estaba presente la organización, como por
ejemplo programas de educación popular para mujeres.
Pero, lo más sobresaliente en esos primeros años fue la puesta
en marcha de operativos dirigidos hacia las propias mujeres de
la organización; tanto para las militantes de base, como para las
compañeras de los militantes. El operativo que más éxito tuvo, fue
el llamado “operativo aborto” y que apuntaba a paliar las dificultades
que conocían las mujeres cuando tenían embarazos no deseados.
Además de brindar la posibilidad de abortar en condiciones menos
peligrosas y dolorosas (en un país donde el aborto estaba prohibido
y penalizado en cualquier circunstancia) también apuntaba a
involucrar a los compañeros y padres. Esto se hacía creando un
ambiente de tolerancia para que la decisión se tomara conjuntamente
en la pareja, evitando que la mujer fuera juzgada y culpabilizada.
Al ser el ELN una organización muy compartimentada, muchos de
estos operativos se hacían de manera clandestina dentro de la misma
organización clandestina, como era el ELN. Y esta es posiblemente
una de la razones por la cual el ELN se mantuvo impermeable a los
cambios sutiles que se daban en la sociedad en general, donde se
efectuaba el trabajo de base, siendo las relaciones de género uno
de los aspectos que con mas rapidez estaba mutando. Dentro del
ELN había una enorme resistencia al cambio de las mentalidades y
esto se veía muy claramente tanto en la vida cotidiana de los y las
combatientes de la organización, como en la propia estructura del
grupo. Por un lado, y aunque en las estructuras rurales la mayoría
de los roles eran rotativos y compartidos, en la vida cotidiana de
las parejas urbanas los roles tradicionales se mantenían de manera
muy clara, con las mujeres asumiendo todas las tareas domésticas.
Y después, empezó a verse en forma precisa, que en el ELN, también
existía el famoso techo de cristal del que hablaban las feministas. A
pesar de que las mujeres representaban un porcentaje importante en
la organización (25 a 30%) y que muchas consiguieron puestos de
dirección a nivel regional, ninguna pudo pasar a un nivel nacional, a
pesar de que muchas de ellas eran más brillantes y estaban mejor
preparadas que muchos de los dirigentes hombres.
133
Umbral de la Memoria
Cuando Margarita y sus compañeros decidieron separarse del
ELN y crearon la Corriente, las circunstancias tan particulares
de este proceso hicieron que la injusticia de género se hiciera,
paradójicamente, aun más obvia. En el campamento se volvieron a
dar situaciones dramáticas para las mujeres. Únicamente que ahora
no solo se daban a la vista de todos, sino que también resultaban
aun más inaceptables, si se puede, por tratarse la Corriente de un
movimiento de supuesta renovación.
recuperar a su bebé y fue entonces cuando se encontró con el
rechazo y la oposición de todo el mundo alrededor suyo. Unos
intentaban convencerla, otros hasta la amenazaban, pero contra
viento y marea, Maribel inició la batalla legal para obtener la tutela de
su hijo. A pesar de todos los obstáculos que se le pusieron adelante,
al final Maribel ganó el proceso; pero esto no fue así para muchas
otras mujeres que sacrificaron hijos e hijas para, en cierto modo,
después de la guerra encontrarse en el mismo punto de salida.
El maltrato físico y abuso sexual de las mujeres seguía no solo
impune, sino que era tácitamente aceptado. Llegaban mujeres
jóvenes al campamento y enseguida se volvían verdaderos sanitarios
de los hombres. Muchas tenían enfermedades venéreas y por eso
eran el objeto principal de burla. Y después estaba el caso de todas
las mujeres que quedaban embarazadas y cuyos hijos se entregaban
a familias de adopción. Muchas de estas mujeres tuvieron que
dejar sus niños con otras personas para poder seguir su labor en
la guerrilla. Pero, una vez reinsertadas, muchas de ellas no los
pudieron recuperar.
Margarita dice que “lo que las mujeres ganaron en la guerra,
lo perdieron en la paz”. Hubo muchos casos como el de la gran
comandante Berta que durante la guerra fue conocida y respetada
por sus hazañas y realizaciones, y que, una vez en la paz, se
encontró de ama de casa. Ama de casa, limpiando y planchando
para su compañero, otro comandante que siguió siendo en la paz
el comandante mediocre que fue durante la guerra, y para los cinco
hijos de ambos.
Para Margarita, el caso más emblemático fue el de Maribel. Margarita
y Maribel se conocieron en el campamento de la zona de distensión,
cuando esta última estaba buscando apoyo para poder recuperar a
su hijo. Maribel había nacido de una mamá que entregaba sus hijos
al frente, como una manera de contribuir a la lucha. Maribel era
joven, afrodescendiente y muy bonita. Entró al ELN cuando tenía
unos 14 años y pronto se hizo compañera del mando de su grupo,
un hombre de unos 35 años. Al tiempo, éste la embarazó y tuvieron
al niño. Siguiendo el consejo de su compañero, Maribel dejó al niño
con una familia ya que sería muy difícil mantener la relación de
pareja en el frente y educar al niño.
En el caso de Margarita, ella sí fue nombrada vocera nacional - la
única mujer de ocho personas – ante la mesa de negociaciones con
el gobierno. Esta posición era una de las más altas dentro de la
Corriente. Pero esto no fue en absoluto por reconocimiento de su
mérito. Ni siquiera fue por iniciativa espontánea de la Corriente, sino
que fue un cálculo político de la dirección para recuperar, de puertas
para afuera, credibilidad y simpatía.
Cuando al cabo de unos dos años Maribel y su compañero entraron
en el proceso de reinserción de la Corriente, Maribel quiso recuperar
a su hijo. Pero la sorpresa fue que su compañero, casado con otra
mujer con la cual no podía tener hijos, había prometido a su esposa
darle un hijo, y le dio el hijo de Maribel. Al salir esta historia a la
luz, Maribel sintiéndose víctima de engaño, quiso con más razón
134
Vocera nacional de la Corriente
Fue por eso que para Margarita, este tránsito por la vocería fue
“una de las experiencias más duras y más terribles que he tenido
que vivir”. En nuestra condición de seres humanos, la vida es a
veces como una travesía por el desierto, un viaje muy duro, que de
una manera u otra nos pone a prueba hasta el límite de nuestras
fuerzas. Pero cuando la luz se hace al final del camino, entonces
es como un renacer, es encontrarse con su ser verdadero, es el
plomo transmutado en oro. Cuanto más pienso en Margarita, más
estoy convencida de que algo así de importante vivió en ese tiempo
de la vocería y los meses que siguieron, los acuerdos de paz, un
135
Umbral de la Memoria
tiempo de traición, de abandono y sobre todo de mucha tristeza. Ella
también, lo que ganó en la guerra, lo perdió en la paz.
Lo peor fue que todo el daño vino de sus propios compañeros quienes
se mostraron crueles con la mayoría de las mujeres y en particular
con ella, ya que desde su posición de vocera, tenía la posibilidad
de llevar a la luz pública todo lo que allí se le estaba haciendo a las
mujeres y esto tocaba de lleno a toda la jerarquía, hasta los propios
dirigentes. Entonces trataron de aislarla de la prensa a través de una
desinformación constante. Crearon confusión e intrigas para poner
a las demás mujeres en contra de ella. Se oponían y boicoteaban
constantemente sus esfuerzos para reforzar el trabajo de las mujeres
a nivel interno y con las redes del exterior.
Los meses que duró este proceso fueron tan difíciles, que una vez
terminadas las negociaciones de reinserción, Margarita se distanció
para siempre del mundo que había conocido hasta entonces,
quedando al margen de todas las iniciativas que surgieron después
de los acuerdos; terminó sola.
Esta soledad fue tanto más grande cuanto que en paralelo con
el avance de las negociaciones, a nivel personal, ella se iba
distanciando de su pareja. Terminó separándose y dejando a su hijo,
para juntarse con otra persona que fue consolidando su aislamiento
y su encierro.
A la vez que su nueva relación también se degradaba y se empapaba
de maltrato, el sentimiento de ir cayendo en el olvido se hacía
mayor. Acaso fuera el dolor tan grande de verse fuera del espacio y
del tiempo, desvinculada de todo y de todos, lo que, al final le ayudó
a darse cuenta. Y es que en un momento dado, cuando mayor era
su tristeza, Margarita se dio cuenta que reconstruirse implicaba ver
lo que verdaderamente había sido y seguía siendo importante en
su vida. Reencontrarse con todos aquellos afectos que a lo largo
de su vida le habían hecho sentirse viva; aceptar, finalmente, que
este reencuentro implicaba integrar lo que antes había rechazado,
aceptar lo bueno y lo malo de cada cosa y por lo tanto declararse,
para adentro y para afuera, no-fundamentalista.
136
Reencuentros y transmutación
Así se inició un proceso de múltiples reencuentros, el primero de
todos, fue simbólicamente el reencuentro, por fin, con su propio
nombre. Después de haber sido alias Laura, Elena, María, Marta,
Isabel, etc, volvió a ser de nuevo Margarita. Lo cual simbólicamente
la ató de nuevo a su familia, a esos vínculos que ella había roto,
pero que en los peores momentos de su vida se dio cuenta que eran
irrompibles.
Pudo reencontrase con su padre. Aquel mismo que dejó hundido en
el silencio con el portazo que dio, cuando dejó la casa familiar de su
niñez y adolescencia y que ahora, cuando daba el segundo portazo
más importante de su vida - el que la separaba de la militancia se encontraba esperándola con los brazos abiertos: “¿Cómo no
integrarse con ese hombre, a la vez representante del machismo
más convencional y de la solidaridad más incondicional, que ahora
me reconocía y aceptaba con orgullo, aceptando las diferencias y
similitudes con su propia hija?”
Y qué decir del reencuentro con su madre: “Toda la vida quise ser lo
contrario de mi mamá, no ser doméstica, no ser sumisa; ser berraca
para pelear, ser muy masculina” reconoce Margarita. Y entonces se
dio cuenta de lo agotadora que había sido su propia lucha, siempre
abierta y de frente. Cuando ya se quedó sola, sin más frentes donde
luchar, ahí se dio cuenta que el suyo no había sido más que un
tipo de lucha de entre las muchas que existen. Y aprendió a ver
y reconocer aquellas luchas históricas que abuelas, madres y
hermanas sí habían hecho; luchas que ningún libro honraba, luchas
protagonizadas desde el anonimato que da la penumbra del hogar.
Se trata de todas esas resistencias que nacen de la desobediencia
que calladamente y con humor tejen las mujeres; son luchas en las
cuales las mujeres, desde su cotidianidad doméstica, construyen
colectivamente redes de solidaridad. Margarita se dio cuenta
del valor intrínseco de estas luchas subterráneas, que no por ser
menos visibles, eran menos eficaces; pero sobre todo, porque eran
esenciales para crear complicidades.
137
Umbral de la Memoria
Creo que fue en gran parte gracias al recuerdo de las complicidades
vividas junto a las mujeres, así como el anhelo de verse de nuevo
aceptada, lo que la hizo salir de su soledad y aislamiento e ir de
nuevo hacia el reencuentro con todas sus amigas; desde sus amigas
de toda la vida, hasta las últimas mujeres que había conocido durante
la Corriente.
Poco a poco, a través de múltiples reencuentros y de nuevos
encuentros, que como un espejo le proyectaban una imagen de
la nueva persona que se estaba construyendo, Margarita se hizo
una promesa: “volverse compinche y contadora de historias de
mujeres”. Claro, todavía no sabe cómo hacerlo ya que después de su
experiencia como vocera de la Corriente, quedó bastante debilitada
para todo trabajo político, pero ya no le cabía duda de que el camino
para ella iba en esa dirección.
Mientras tanto, su vida sentimental también se ve influenciada por
los cambios que se están operando en ella. Margarita se reconoce
como una mujer de pareja y los grandes periodos de su vida, casi
siempre los ha compartido con alguien; de ahí que se vea con más
claridad el paralelo entre lo que ella vive y el tipo de relaciones que
establece. Si volvemos a los primeros años de su vida amorosa,
Margarita casi inconscientemente, construyó relaciones marcadas
por la violencia. Ella rechazaba con mucha intensidad ciertos
modelos de pareja, pero los reproducía durante sus primeros años
en el ELN y el hecho de tener a disposición todo tipo de armamento
no ayudaba, sino que más bien reforzaba unas relaciones de poder
más rígidas e intransigentes.
A mediados de los ochenta, Margarita conoció a lo que será,
podemos decir, su pareja más importante y también el padre de
su hijo. Cuando se conocieron ella era dirigente regional y él era un
compañero de base recién llegado. Hubo mucha oposición dentro
de la organización a que formaran pareja ya que no se aceptaba que
una mujer dirigente se juntara con un militante de base, aunque lo
contrario fuese algo muy común. Contra viento y marea siguieron
138
juntos, y juntos también vivieron momentos muy importantes: el de la
creación de la Coordinadora Guerrillera, así como el de la entrada de
la Corriente en la negociación con el gobierno. Esta relación fue casi
un modelo para muchos, por ser tan fuerte y alegre en un contexto
tan difícil y con tantos cambios; además por estar consolidada con
el hijo que ambos deseaban y tuvieron. Por eso es que se entiende el
sentimiento de vergüenza que parece sentir Margarita cuando dice
que “durante la negociación dejé tirada a mi pareja. No me atrevía ni
a mirarle a los ojos. Yo me fui y él se quedó con el hijo”.
Según nos cuenta, esto es un mal que les pasa a muchos
comandantes: durante la guerra tienen una pareja y cuando dejan
la guerra, dejan la pareja. Y a ella también le pasó esto; se enamoró
de otro y cambió de pareja. Esta separación implicó también que
los amigos de ambos se separaran de ella para rodearle a él y sobre
todo implicó también que el hijo se quedara con su padre.
El sentimiento de soledad que esto le produjo, se añadió al
progresivo aislamiento que vivía al interior de la Corriente, en una
región diferente al eje cafetero, lejos de su familia y amistades más
entrañables. En estas condiciones no había una buena base para
construir una nueva relación de pareja. Muy al contrario, su nueva
pareja, que la conoció cuando ella era vocera y recorría el país de
punta a punta, terminó cercándola y recluyéndola aún más en su
soledad. Esto terminó de hundirla en una profunda depresión que
transitó durante unos años. Pero logró reconstruirse poco a poco,
gracias a todos los reencuentros de los que acabamos de hablar.
Finalmente, se pudo reconciliar con el padre de su hijo y con esto
vino la alegría de poder descubrir en él a un verdadero amigo y
hermano, con quien educar a un hijo maravilloso. Esto trajo una
nueva serenidad que ayudó a que naciera una nueva relación de
pareja con otro hombre; alguien muy diferente de los demás, alguien
sin conexión con el mundo de la política, alguien que le admiraba
por lo que era y lo que hacía y que fue un apoyo incondicional en la
búsqueda de si misma, alguien que entendió, en toda su profundidad,
la promesa que se había hecho y que vivió con ella su realización.
139
Umbral de la Memoria
Todo esto le fue ayudando a integrarse poco a poco a la vida civil
y en este contexto, Margarita decidió también retomar, después
de tantos años, los estudios universitarios. Esto fue también, en
cierto modo, un reencuentro: el reencuentro con su yo académico.
Ahora Margarita se define como activista y académica porque “sirvo
para lo académico, pero soy activista por naturaleza”. Construyendo
puentes entre estos dos mundos, Margarita no ha parado de
observar, analizar y escribir sobre mujeres. Es un momento, como
dice ella, de “florecimiento intelectual y vital”.
universitarios que la llenan de nuevos interrogantes. Así mismo,
ha podido profundizar en temas de género, desarrollar labores de
docencia universitaria, investigación, proyección o extensión a la
comunidad. Una de las primeras comunidades con las que trabajó
fue con las mujeres de La Olla de Cali, una de las más pobres y
más marginadas de Cali. Allí, las mujeres cada mañana tienen que
encontrar el sustento para el día, con el cual pagar el cuartucho
donde viven y el alimento para ellas y sus hijos, realizando cualquier
tipo de faenas: venta callejera o prostitución.
El florecimiento
En esta misma dimensión de trabajo con las mujeres, lanzó un
programa de radio que duró cuatro años y que se dedicaba a narrar
las historias ocultas de las mujeres, cómo van ellas construyendo el
país y la paz en el país.
Desde 1994 y una vez asentada en la ciudad de Cali, Margarita
participa activamente en varias redes y procesos organizativos
de mujeres, realizando investigación, escribiendo, preparando y
coordinando labores de formación política y de educación popular;
inventándose acciones colectivas, interviniendo en movilizaciones y
rituales en la esfera pública, produciendo audiovisuales con historias
de mujeres, siendo vocera ante los medios de múltiples campañas,
haciendo interlocución con las mujeres que ocupan cargos de
decisión política en la región, etc.
Desde estas múltiples aproximaciones al movimiento de mujeres,
ella ha ido acumulando saberes y experiencias que le han abierto
posibilidades laborales en organizaciones no gubernamentales y
como consultora en organizaciones internacionales, sobre todo de
las Naciones Unidas como la OIT y UNIFEM. Sin embargo, se ha
resistido a hacer parte del Estado y de los partidos. Su participación
política ha estado centrada en conformar, liderar y suscribir acciones
colectivas de resistencia al orden establecido desde los movimientos
sociales.
Durante un tiempo se vinculó al Centro de Estudios de Género de
la Universidad del Valle, el primer centro de este tipo que existió
en Colombia. Con los años ha podido consolidar una relación rica
y provechosa con las nuevas generaciones de mujeres y hombres
140
Con la fuerza y la legitimidad que le confiere el haber sido protagonista
directa de la guerra, Margarita dice: “Yo, lo que hago ahora en el
pacifismo, lo hago con una conciencia completa de lo que es la
guerra. Conozco los dolores de la guerra y por eso sé que ese no es el
camino.” Pero precisa sobre el feminismo, o los feminismos, como
le gusta especificar: “Ya que la conciencia feminista tiene muchos
niveles, muchos se limitan a una repartición del poder dentro del
sistema, ya sea poder político, económico o hasta moral”. Para
Margarita el feminismo tiene que ir mucho más allá, hasta enfrentar
todas los pilares que hacen tan dañino el patriarcado: ya sea por la
utilización de la fuerza para imponerse, o por sentirse superior a las
demás especies. En esto, Margarita se va acercando al mundo del
eco-feminismo, sintiendo la necesidad, en tanto feminista, de tener
que romper, también, con el antropocentrismo.
Margarita está sumergiéndose progresivamente en el feminismo
como espiritualidad; pero no esa espiritualidad que se da dentro
de las iglesias ni de sus jerarquías, sino aquella vivida como una
conexión íntima con el planeta, con la naturaleza, con el agua,
con el aire, con las especies y con cada una de las más diminutas
chispas de vida. Por eso que, hoy día, cualquiera que tuviera la
141
Umbral de la Memoria
oportunidad de conocer a Margarita, observaría en ella su indudable
fondo racional, con un discurso claro, una reflexión lógica y un
pensamiento estructurado, siempre con la palabra precisa; todo
ello herencia de años de militancia y de una formación intelectual
avanzada. Pero también observaría cómo pronto surge su alma y
cómo ésta va poetizando todo lo que dice y hace. Un alma que,
sin duda, reside entre los humanos, pero que se expande y abarca
a todos los demás seres vivos, reconociéndose y reconociendo a
los demás como parcelas de dios (o de las diosas), como le gusta
imaginar a Margarita.
El desplazamiento forzado
una experiencia
de abandono
Manuela
Y
Entrevista realizada por
Susana Becerra
Yo me crié en Cali, aunque
soy de origen campesino.
Cuando me casé con Jaime
nos fuimos a vivir al Putumayo, de donde fuimos
desplazados el 9 de noviembre del 2007. Somos una familia de cuatro personas, mi
marido y dos hijos. Una niña
de 12 años, hija de los dos
y un muchacho de 18 años
que es de otro papá. Nuestra historia es triste y muy
dura. Resulta que mi esposo
decidió volarse de la guerrilla
e intentar llevar una vida normal, pero desde entonces nunca lo han
dejado tranquilo. A él se lo robó la guerrilla cuando apenas era un
niño de 8 años, él es de la etnia indígena Kofán. Así que desde niño
conoció la guerra.
Cuando mi marido tenía 21 años, cansado de tanta muerte y guerra
decidió volarse. Prestó el servicio militar, luego se fue para Cali y
allí fue donde nos conocimos, nos enamoramos y nos casamos.
Entonces él me propuso que nos fuéramos a vivir al Putumayo,
142
143
Umbral de la Memoria
donde su familia tenía tierras y podríamos disponer de una finca. Y
arrancamos para allá. Pero yo nunca imaginé que la vida nos fuera a
cambiar tanto. La comunidad Kofán nos entregó un terreno grande
a orillas del río Guamuéz. En esta tierra abunda el agua y la comida:
hay árboles frutales, plataneras, palos de yuca. Teníamos animales,
gallinas, algunas vaquitas y unos cerdos. En ocasiones mi marido
se iba de pesca y lograba hasta ocho pescados grandes. Entonces
llamábamos a los vecinos y compartíamos con ellos. Teníamos
comida y tierra para dar y convidar.
Con el tiempo yo coloqué un negocio en el pueblo, vendía
electrodomésticos, ropa y minutos a celular. Vivíamos bien. Mi
esposo comenzó a cederles tierra a los colonos que iban llegando
a la región porque a él le gustaba ayudar a la gente y como había
tanta tierra, él le entregaba a cada familia su parcelita. Vivíamos
tranquilos, pero la dicha no duró mucho tiempo. La guerrilla ubicó
a mi marido y comenzaron a hacerle la vida imposible: le decían
que era un sapo, un infiltrado del ejército y que por eso lo iban a
matar. Por otro lado, los paramilitares y el ejército decían que mi
marido era un guerrillero; así que de parte y parte él tenía enemigos,
aunque lo único que él quería era llevar una vida tranquila lejos de
la guerra. Él no se metía en nada, pero los hostigamientos cada vez
iban creciendo más e involucraba a toda la familia.
La vida en el Putumayo es muy difícil; desde que comenzaron las
fumigaciones para acabar con las plantaciones de coca, hay mucho
desempleo y hambre; el narcotráfico apoyado por los grupos
armados impone su ley y crea un clima de terror y miedo en toda
la zona. Allí yo me sentía como en otro país. El Estado es muy
débil; aunque hay ejército, los que mandan son los grupos ilegales.
Cuando hay enfrentamientos no respetan a la población civil y los
muertos abundan por todas partes.
En el Putumayo se ven cosas que uno aquí en el interior ni se las
imagina. Allá la moneda que se mueve es la misma coca y los
dólares. Sé de un lugar en donde todo se compra y se vende con
coca. Un conocido que estuvo por allá, nos contó que hay pistas
para el aterrizaje de aviones. Los trabajadores tienen campamentos
144
con todas las comodidades y hay almacenes donde se consigue
de todo: electrodomésticos, trago de cualquier tipo, ropa y comida.
Dicen que los aviones salen a buscar provisiones y vuelven muy
cargados. Claro que también hay mucha violencia. Allí hay muertes
cada rato y nadie sabe nada de eso. A la gente que matan la tiran
al río. Y claro, yo por ejemplo cuando iba al río a lavar, veía cómo
flotaban esos cuerpos; uno reconocía que se trataba de cuerpos de
muchachitas y muchachos jóvenes, pero de eso no se habla. Las
familias ofrecían dinero para recuperar los cuerpos de sus seres
queridos, pero nadie daba razón de los desaparecidos.
Ahora cuando veo los noticieros en Bogotá, me doy cuenta, que una
cosa es lo que uno vive allá y otra muy diferente, la que cuentan en
los noticieros. Uno está totalmente indefenso y desprotegido; allí la
única ley que funciona es la del más fuerte, hay mucha violencia y
a diario se dan enfrentamientos; se meten a los pueblos, masacran
a la gente inocente y se llevan a los muchachos jóvenes. Eso me
tocó verlo muchas veces. Hoy en día todavía en mis sueños me
parece ver cuerpos descuartizados y siento ese olor a sangre que
me produce pesadillas.
En el Putumayo, como la presencia del Estado es muy débil, lo
que funciona es la ilegalidad. Tanto los guerrilleros como los
paramilitares se pasean por todas partes y no pasa nada. Unos y
otros imponen su ley. El Ejército nacional es muy agresivo, porque
para ellos todos los pobladores éramos subversivos, traficantes e
invasores y para los guerrilleros todos éramos informantes.
Mire, allí hay una guerra de la que no se habla pero que nos está
matando poco a poco y que yo no he podido entender. Si allí está
el Ejército, ¿por qué permite tantas masacres, tantas muertes de
inocentes, tantas personas desplazadas?; ¿por qué el Estado no
detiene estos hechos horrendos? Y lo que yo me doy cuenta es que
estas muertes solo llaman a más muertes, porque la gente tienen
sed de venganza y nadie quiere ceder; entonces unos se vuelven
paramilitares, otros guerrilleros y otros soldados. Todos intentan
minar su furia vengando a sus muertos, imponiendo sus ideas,
haciendo justicia por su propia mano.
Del ejército se cuentan muchas historias; ellos eran muy crueles y
siempre actuaban apoyados en los paramilitares; nosotros no les
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Umbral de la Memoria
podíamos tener confianza porque eran muy vengativos. Las mujeres
les teníamos terror a los soldados. Imagínese que río adentro,
donde nosotros teníamos nuestra finca, vivía una muchacha que
la conocíamos como “Lola ”, era madre de una niña adolescente y
había sido la mujer de un guerrillero que el ejército había asesinado.
Los soldados iban con frecuencia a su casa, la torturaban física
y psicológicamente para que entregara información, lugares y
nombres de los jefes y luego la violaban.
En esas violaciones, por datos que la misma Lola me contó,
participaban por lo menos 15 hombres, y esa mujer vivía muy mal,
porque también la tenían amenazada para que no se fuera a volar.
Una noche, ella llegó a nuestra casa, venía muy enferma; yo la recibí,
la limpié y curé y luego nos tocó sacarla en camilla en una lancha
por el río Guamuéz; las violaciones habían acabado con su vagina,
estaba destrozada; en el hospital de Putumayo no pudieron hacer
nada y Lola murió. Eso fue muy triste y yo me sentía impotente
porque ante una cosa tan grave, no había a quién denunciar, ni a
quién acudir y meterse uno a decir que habían sido soldados era
comprar la sepultura o la cárcel.
Para nosotros la situación en el Putumayo cada vez se fue poniendo
más dura. Nos perseguían; se llevaban los animalitos que tuviéramos
y la comida, nos mandaban panfletos amenazantes.
Mire esta cicatriz que tengo en la pierna derecha: me la hice una
vez que unos hombres armados intentaron llevarse una vaquita,
me pegaron con su rifle y de un empujón me mandaron al piso
y con una estaca me rajé la pierna. Ese día yo tuve mucho temor
que esos hombres, me hicieran más daño a mí y a mi niña, pero
afortunadamente se fueron y no hicieron nada más. Así que todos
los días vivíamos temerosos de que nos violaran o que mataran a
mi esposo a quien tenían amenazado y así la vida se fue volviendo
muy difícil.
Imagínese que un día, Jaime iba para el pueblo y los guerrilleros lo
detuvieron, lo amarraron de pies, manos y boca y lo tenían en el piso,
a punto de darle un tiro por la espalda; pero justo en ese momento
apareció un pastor que pidió que no lo mataran, que él conocía a
esa persona que iban a matar, que era casado y padre de familia, y
En el Putumayo, las mujeres nos convertimos en arma de guerra
de los grupos armados; allí no importa la edad, niñas, jóvenes y
viejas, todas estamos en peligro. Pero es algo de lo que no se habla,
aunque todos los días se den casos de violaciones. Yo vivía muy
temerosa porque tengo una niña y estaba dispuesta a cuidarla con
mi vida. Yo soy muy sensible a este tema de la violación sexual, pues
aunque no fui víctima en el conflicto del Putumayo, cuando yo era
niña y vivía en Cali, casi me violan. Resulta que unos amigos de mi
familia, que estaban en una fiesta en mi casa, me intentaron violar,
ellos me manosearon y me alcanzaron a quitar la ropa interior, yo
estaba muerta de miedo, de pronto alguien entró al cuarto y ellos
se vieron descubiertos y me dejaron ir, luego cuando yo le conté a
mi madre, ella no me creyó y me dijo que yo seguramente los había
tentado y por eso actuaron así, y eso lo tengo grabado, porque yo
solo tenía once años, y me dolió mucho que mi madre no me creyera
y esos tipos siguieran yendo a mi casa, claro que yo enseguida me
escondía y no me dejaba ver de ellos.
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el pastor se ofreció para que lo tomaran en su lugar y dejaran libre a
Jaime. Yo no sé qué pasó, pero lo cierto fue que mi esposo se salvó.
Nunca supimos quién era ese pastor, solo sabemos que salvó a mi
marido. Y eso fue para mí un milagro de Dios. Sólo así se explica
que no lo hayan matado. Y mi esposo se salvó de ser asesinado
en varias ocasiones, Dios lo protegió y le salvó la vida. Nosotros
nos resistíamos a abandonar nuestra casa, la tierra y el negocio
que teníamos, pero un día alguien nos dijo: “Vuélense esta misma
noche, porque a Jaime lo van a matar”. Entonces sin pensarlo dos
veces, salimos; pero para que los grupos armados no sospecharan
nada, huimos sin maletas y con las manos vacías; sólo llevábamos
lo de los pasajes. Los tres íbamos muertos de miedo; caminar por
la selva no es fácil y menos de noche; a mi esposo le tocó alzar a
nuestra hija y caminar con ella en la espalda; yo caminaba a tientas
pensando que si nos alcanzaban nos podían matar a todos; así que
caminamos toda la noche sin detenernos, hasta llegar a un punto
donde tomamos un carro que nos llevó al pueblo y allí tomamos
un bus para Mocoa. Por la carretera unos hombres armados se
subieron al bus y nos preguntaron que para dónde íbamos y yo les
dije que mi hija estaba enferma y la llevábamos a Mocoa para que
la viera el médico y como no llevábamos maleta, ellos no pusieron
ningún problema y nos dejaron continuar el viaje.
Cuando llegamos a Mocoa, a mí se me ocurrió decirle a mi marido
que nos fuéramos directamente a la brigada, contáramos lo que nos
estaba pasando y pidiéramos protección, pues tenía el presentimiento
que si seguíamos el camino desprotegidos, nos iban a matar. Y
así lo hicimos; nos fuimos a la brigada y allí nos entrevistaron por
largas horas a mi esposo y a mí. Yo hablé de grupos armados, que
nos tenían amenazados, pero nunca acusé a nadie. El militar que
nos atendió, dijo que nos iba a colocar en un programa especial
de protección de testigos y que nos enviaría a Bogotá. Que allí nos
cambiarían de identidades y nos entregarían nuevos documentos
por nuestra propia seguridad.
148
Cuando llegamos a Bogotá, nos alojaron en un hotel del centro.
Nos advirtieron que no podíamos salir de allí, ni hablar con nadie y
menos intentar comunicarnos con algún miembro de la familia. Y se
fueron; nos dejaron solos sin dinero, sin ropa, ni alimentos; mi hija
lloraba de hambre (estuvimos dos días sin pasar bocado). Nosotros
por la misma angustia no sentíamos hambre ni frío. Estábamos
como congelados. Yo había logrado guardar unos pocos pesos,
entonces a pesar del miedo, le dije a mi marido que saliéramos a
buscar algo de comer, pero él tenía mucho miedo y me prohibía que
saliera; sin embargo en contra de él yo salí, pues tenía que darle
algo de comer a mi hija. Al salir me di cuenta que estábamos en
plena zona de tolerancia; yo no veía ninguna tienda por allí, así que
caminé varias cuadras, hasta que encontré un lugar donde compré
una panela, azúcar, pan y losa desechable. De regreso tenía miedo
de perderme, pero llegué bien. Entonces del baño tomé agua, le
eché un pedazo de panela y la acompañamos con pan.
Así la pasamos, hasta que al tercer día de estar allí encerrados,
decidimos salir a caminar porque nos estábamos volviendo locos;
mi marido se despertaba gritando en la noche que no lo mataran;
yo estaba como congelada, porque tenía que darle fuerza y ánimo a
mi familia. La niña lloraba mucho, pues ella estaba acostumbrada al
campo y ese encierro la volvía loca. El día quinto de haber llegado,
nos visitaron de la Fiscalía y dijeron que ellos nos iban a proteger y
comenzaron a visitarnos todos los días para hacernos firmar un papel
que confirmara que seguíamos vivos. Pero no nos traían comida,
ni nos preguntaban qué nos hacía falta o cómo nos sentíamos. Esos
días fueron difíciles y la pasamos a ración de pan y agua.
Un día yo me llené de valor y fui a una estación de policía y coloqué
una denuncia. Dije que nos sentíamos muy inseguros y que nos
iban a matar; que alguien tenía que hacer algo por nosotros y allí
empezó nuestro peregrinar por muchas instituciones, de un lugar
nos enviaban para otro y nadie solucionaba nada: la personería, la
Fiscalía, el Ministerio de la Defensa, la Defensoría del Pueblo, la UAO,
149
Umbral de la Memoria
la SIPOL, Acción Social, la Oficina del Alto Comisionado de Paz, etc.
Cuando hablamos con el fiscal, él nos aconsejó el asilo político y
nos entregó un documento con el cual entrábamos oficialmente al
Programa de Protección de Testigos en Bogotá.
Nosotros estamos muy desmotivados con la atención que las
instituciones del Estado nos han brindado; lo único que les interesa
a ellos es que hablemos y demos nombres, pero no más. Ellos
insisten en cómo se llama “fulano” y “perano”, en dónde se pueden
ubicar; pero no les interesa lo que pase con nosotros, creo que para
ellos, si nos matan es mejor. Eso es muy triste pero así es.
Un día decidimos que íbamos a hacer algo por nosotros mismos
e íbamos dejar de depender de esas Instituciones que entre otras
cosas no cumplían con su palabra. Entonces decidimos irnos para
Ciudad Bolívar; allí con una señora logramos que nos dejara una
pieza, pero no teníamos muebles, ni ropa, ni nada, pero a medida
que fuimos hablando nos fueron ayudando. A mí no me da pena
hablar y la gente fue buena con nosotros. Conseguimos un colchón
y una cobija y ahí dormimos los tres. Y así empezamos.
En esos días, mi esposo quería como retroceder. Decía que él se
regresaba; que no le importaba que lo mataran porque aquí no
estaba haciendo nada; que su hija tenía hambre y llegó a pesar 25
kilos; entonces él se desesperaba, pero yo era la fuerte; la que daba
ánimos a todos, aunque eso no fuera lo que yo sintiera, porque a
escondidas yo lloraba mucho. Ellos me preguntaban qué pasa, pero
yo prefería callar para no preocuparlos, porque yo sé que no puedo
recaer, tengo que ser el sustento de mi hogar, por eso es que me
hace falta conseguir ayuda para mí, porque en ocasiones pierdo la
fe y me desespero mucho. Con decirle que hasta hemos pensado en
quitarnos la vida. A veces se me meten esas ideas en la cabeza y no
me las puedo sacar.
Imagínese que una vez llegaron a nuestro cuarto aquí en Ciudad
Bolívar unas personas del Hospital de Vista Hermosa; ellos
nos encontrarían tan mal que nos dijeron que debían llevarnos
inmediatamente a una cita médica con un psiquiatra. Eso fue
después de una crisis fuerte, cuando decidimos quitarnos la vida;
alcanzamos a comprar un veneno y ya estábamos listos cuando
llegaron estos doctores, ellos nos escucharon y les impactó nuestra
situación. Nos preguntaron que qué hacíamos en nuestro tiempo
libre y les respondimos que llorar y escondernos porque teníamos
mucho miedo. Nos preguntaron si sabíamos hacer manualidades y
les dijimos que sí pero que debíamos practicar porque seguramente
ya se nos había olvidado y ellos nos sugirieron que hiciéramos
pulseras, y artesanías que se pudieran vender y nos ayudaron con
150
151
Umbral de la Memoria
los primeros materiales. Mi esposo se acordó que en su infancia
sus abuelos le habían enseñado a hacer artesanías propias de su
etnia Kofán y comenzó a practicar, hasta que recordó las figuras
y los diseños de las pulseras y los dos con los materiales que nos
compraron los del hospital comenzamos a hacer manillas y collares.
Fue una terapia muy buena y en el mismo hospital nos compraron
las primeras pulseras que hicimos. Esos pesitos fueron de gran
ayuda para comprar alimentos.
Desde que llegamos a Bogotá nos hemos enfermado mucho. Ese
dolor permanente que nos acompaña nos afecta tanto, que de noche
nos despertábamos gritando y con pesadillas y claro nuestra niña
se ponía a llorar. El sistema nervioso se alteró y nos tuvieron que
medicar a todos. Ahora tomamos pastillas para dormir, pastillas
para la ansiedad y los nervios; así que pasamos dopados todo el
tiempo.
Jaime no se acomodaba en la ciudad, a estar sin trabajo y a no poder
mantener a su familia. Él siempre sostuvo con su trabajo el hogar
y no permitía que nos faltara nada. Yo estaba la mayor parte del
tiempo en la casa; me encantaba criar gallinas, los cerditos y otros
animales; atender bien a mi marido y a mis hijos y me iba bien
en los negocios. Nuestros vecinos nos conocían y nos respetaban.
Jaime, era como un líder en la zona y la gente lo quería mucho. Pero
cuando llegamos a Bogotá me tocó a mí mantener la familia y eso
fue muy duro para él. Porque él sabía trabajar la tierra, pescar, pero
nada más y en la ciudad no encontraba ningún trabajo; entonces
comenzó a sentirse inútil y atemorizado y se quería devolver.
Hace poco me dio peritonitis y me tuvieron que operar de
urgencias. Estando en urgencias me acordé de Dios y le decía: si
tú verdaderamente existes no me quites la vida, yo no puedo irme,
tengo una niña de 12 años y yo le decía yo no te prometo ni que
voy a ser la mejor creyente católica ni nada pero por favor Dios, tú
que también eres madre y que sufriste, por favor no me abandones.
Fue una noche muy larga, donde uno dice ¿Dios mío, dónde estás?
152
¿Con el desplazamiento todos nos abandonan, también tú nos vas
a abandonar?. Sinceramente yo me sentí tan sola y abandonada
que esa noche no hice sino pelear con Dios y estoy mal, porque yo
quisiera sentir esa devoción con la que algunas personas hablan
de Dios, con tanto amor, con confianza y fe y yo no puedo sentir
eso. Siento mucha rabia, porque nosotros teníamos una vida, una
finca, un negocio, unos vecinos, unos amigos y aquí a duras penas
sobrevivimos, sin dinero suficiente, sin salud y lo que es peor, sin
ninguna seguridad, en cualquier momento nos pueden matar.
Yo, como mujer me propuse buscar soluciones y comencé a salir
más de la pieza y a buscar personas o instituciones con quienes
hablar y contarles lo que nos estaba pasando. Fue así como un día
llegamos a Vidas Móviles. Yo era desconfiada, pero al entrar allí
me encontré con personas muy amables quienes me acogieron de
inmediato; entonces yo fui y llamé a Jaime, para que él también
hablara con las doctoras de allí y realmente desde ese momento
nuestra vida comenzó a cambiar. Allí nos orientaron, y nos motivaron
para participar en unos talleres y consejerías, que francamente
nos ayudaron mucho. Allí también nos motivaron para seguir con
las artesanías y yo me ofrecí como profesora; comencé con unos
talleres en los que participaban varias mujeres desplazadas, nos
hicimos amigas y eso fue muy importante para nosotros.
Yo me considero una mujer creyente, sólo que con todas estas
cosas que nos ha tocado vivir, no sé qué decir de mi experiencia
religiosa; porque hoy en día me la paso peleando con Dios, porque
no acepto que tengamos que pasar tanto dolor y sufrimiento, tan
solos y lejos de la tierra y de la familia. Yo he tenido la oportunidad
de conocer varias Iglesias. Me crié en una familia donde mi abuela
era Adventista y de pequeña mi madre nos llevaba al templo a las
celebraciones. Luego cuando nos fuimos a vivir al Putumayo unos
familiares de Jaime iban donde los Testigos de Jehová y otros a la
Iglesia Pentecostal. Donde los pentecostales oí hablar por primera
vez de William Braham y me llamó mucho la atención su historia.
Allí nos recalcaban que debíamos vivir como una familia donde el
153
Umbral de la Memoria
amor y la misericordia fueran nuestras bases. Y lo que más nos
gustó es que a todos nos trataban por igual y con respeto.
Yo siempre he pensado que aunque esté de pelea con Dios, uno
mira su historia y uno sabe que él existe; no sé cómo ni dónde, pero
sé que existe. Aquí en Bogotá hay de todo, eso es impresionante.
Nosotros hemos ido a la Iglesia Adventista, a Testigos de Jehová, a
los evangélicos y no nos gustó. Entonces fui y pedí una cita con el
párroco de la iglesia católica, pero él no tenía tiempo. Un día, entré
al templo de la parroquia llorando y no podía parar, yo tenía tanta
cosa represada y sentía tanto miedo que le decía a Dios llorando:
Señor, estamos abandonados de todo el mundo, por favor tú no nos
abandones. Pues mi hijo (adolescente) que por entonces ya había
llegado a vivir con nosotros, estaba amenazado y realmente casi
me lo matan. Unos tipos lo llevaron a un lugar, donde lo iban a matar
y nuevamente por obra de Dios, mi hijo se salvó milagrosamente,
porque llegó la policía al lugar y salvaron a mi muchacho, ese mismo
día lo tuvimos que sacar de la ciudad. Entonces yo tenía todo eso
represado y quería hacer algo, hablar con alguien, yo no sabía con
quién. Busqué varias veces al padre, allá me decían que esto y que
lo otro.
Por aquí la gente comenta que en las Iglesias evangélicas ayudan
mucho. Pero la verdad yo como desplazada no es esa la ayuda
que estoy buscando. Aquí ha venido gente de otras iglesias para
ofrecer mercados. También los de Pastoral Social nos dijeron que
nos inscribiéramos para darnos un mercadito y ropa usada. Pero
mire, eso no es lo que necesitamos, ni lo que yo estoy buscando;
yo no sé, nosotros hemos tenido que vivir muchas cosas antes
y después del desplazamiento y tenemos pesadillas, sufrimos,
lloramos inconsolables, pero quisiéramos como que alguien nos
hablara y nos sacara de esta angustia. Nos gustaría sentir una mano
amiga y cariñosa que nos oriente y nos comprenda. Yo tengo un
vacío grande y no sé cómo llenarlo. He buscado al Padre pero no he
logrado que me atienda.
Yo estoy como decepcionada con la Iglesia católica, así como
sé que un pastor ofreció su vida por la de mi marido, nunca he
154
visto ni escuchado a los padres y catequistas de esta localidad
defendiéndonos de tanto atropello o diciéndonos una palabra de
consuelo, o animándonos para que sigamos adelante. Yo no pido
que me den cosas, yo pido que me escuchen y nos orienten y nos
apoyen porque salir a flote de tantas dificultades es muy difícil. Por
aquí uno no solamente se siente solo sino también extranjero.
Mi familia y yo nos encontramos mejor, ha sido muy difícil
organizarnos en Bogotá. Pero yo logré que Jaime hiciera el curso
de guardia de seguridad y ahora le han salido algunos turnos para
hacer reemplazos. A mi hijo le estoy pagando el mismo curso para
que comience a trabajar; mi hija entró al colegio de Fe y Alegría y le
va bien, y yo trabajo con el Programa de Vidas Móviles, donde me
han dado la mano, han creído en mí y yo me siento útil y tengo la
oportunidad de ayudar y orientar a las familias desplazadas cuando
llegan por primera vez. Yo les digo qué papeles deben llevar, a dónde
deben ir, y les explico los derechos a los que podemos acceder y
la gente queda muy agradecida.
En el barrio ya me conocen, y envían las familias desplazadas a mi
casa. Algunos llegan a golpear en la madrugada. Yo los hago seguir
y si hay un pan o una agua de panela, yo se las doy; les organizo
de alguna manera para que duerman un ratico. Yo como sé lo que
se siente llegar como desplazado a un lugar extraño, los ayudo en
todo lo que pueda.
A mi marido y a mí siempre nos ha gustado trabajar por los
otros. Ahora que ya estamos saliendo adelante, hemos pensado
organizarnos con las familias desplazadas y trabajar por un proyecto
conjunto, pues en este país lo que no haga uno, nadie lo va a hacer
por uno... Actualmente acompaño un grupo de cerca de 30 o 40
mujeres desplazadas, quienes me han dicho que les enseñe todo
lo que yo sé de artesanías y nos estamos reuniendo. El grupo se
llama “tejedoras de historias”, pues para nosotras las manualidades
se han convertido en una terapia; mientras trabajamos vamos
conversando y nos desahogamos, a veces las experiencias que una
de nosotras cuenta, le sirven a la otra. Nosotras mismas tenemos
que encontrar salidas a esta situación.
155
Umbral de la Memoria
Mi sueño es que Dios nos ayude, para tener una casita y allí colocar un
taller para seguir trabajando con las mujeres “tejedoras de historia”,
yo conozco varios contactos y si me los rebusco, sé que podemos
hacer muchas cosas porque lo que no me gusta es que por ser
desplazados nos consideren limosneros y vivamos de limosnas.
Los Daños del
Olvido
Entrevista al padre
Javier Giraldo
La memoria histórica, yo
creo que es la memoria que
toma en serio la historia. Y la
historia no es algo estático,
ni algo que se puede fijar
en depósitos, por ejemplo
fotográfico, que toman
instantes y los deja fijos. La
memoria es dinámica como
la historia; por eso esta
memoria se va enriqueciendo
todos los días por la vivencia
de las mismas personas, de
las mismas víctimas, de las
mismas familias y yo diría,
sobre todo, por la comprensión cada vez más profunda que se va
teniendo de los crímenes. Cuando sucede un crimen, por ejemplo, la
persona está atrapada en una serie de condicionamientos, de miedo,
de terror e incertidumbre y no comprende muchas de las cosas que
están pasando. A medida que va pasando el tiempo, la persona
como que se va elevando sobre el momento histórico, va cogiendo
perspectiva y lo puede mirar desde más lejos, de una altura mayor,
para comprender muchísimas cosas que en el primer momento no
comprendía. Por eso no podemos comparar la memoria histórica
156
157
Umbral de la Memoria
con un deposito de fotografías fijas, estáticas; la memoria es algo
que va creciendo y también, yo creo que la memoria depende mucho
del sentimiento.
Hay una libro, que a mí me impresionó mucho, de Agnes Heller,
una socióloga húngara que ha enseñado en universidades
norteamericanas, pero que vivió toda aquella etapa del socialismo
y de los teóricos del socialismo europeo y que captó muchas cosas
profundas de ese tipo de análisis de la sociedad. Ella tiene un libro
sobre los sentimientos, muy profundo, en el cual afirma que la
memoria está muy ligada al sentimiento. Esto incluso lo pueden
comprobar más científicamente cuando hay algo que afecta los
sentimientos de una manera profunda; es la garantía para hacer
perdurar los recuerdos en la memoria; es algo que no se borra
porque el sentimiento fija más esa memoria.
De pronto aquí entroncamos con algo de la relación entre memoria
y género, porque me parece que la mujer es la que mejor maneja
el sentimiento y en ese sentido, guarda más la memoria porque
percibe las cosas no con una inteligencia fría, con un análisis frío e
intelectual, sino con el sentimiento. En ese sentido la memoria está
más fija, más ligada al sentimiento y perdura más.
Por ejemplo, yo recuerdo el caso de la masacre de los paramilitares
en el municipio de Trujillo (Valle), que me tocó acompañarlo muy
de cerca, allí toda la asociación de familiares de las víctimas se ha
fundamentado principalmente en las mujeres: las hijas, las esposas,
las viudas, son las que han mantenido la memoria de todo lo que
pasó y quienes la han enriquecido muchísimo. Yo recuerdo que
durante los primeros años era muy difícil que se hablara de eso, por
el miedo, por el terror; pero a medida que se ha podido desbloquear
esa palabra, la memoria se ha enriquecido muchísimo; por ejemplo
ahora cuando se conmemoraron los quince años de esa masacre y
en la medida que se ha desarrollado también el parque monumento,
se han recogido testimonios muy ricos, hermosos y muy artísticos,
que se han venido guardando allí con dibujos, sentimientos,
expresiones poéticas, es una memoria muy enriquecida por eso.
158
Entonces yo creo que la memoria histórica es muy diferente por
ejemplo, de las memorias oficiales que hoy día tenemos en América
Latina. Estamos llenos de comisiones gubernamentales que hacen
informes oficiales para guardar en las bibliotecas una memoria de
esos informes oficiales. Comparando, eso es una memoria politizada,
ajustada a una serie de intereses políticos de los gobiernos de turno,
que quieren ocultar muchos aspectos de la realidad de lo que pasó
y enfatizar otros y dar siempre una impresión de imparcialidad y
de simetría de violencias, que le quite la esencia a lo que realmente
pasó en esos hechos históricos.
La memoria histórica es como la historia, muy dinámica. Y lo que
más perdura de esa memoria es lo que ha estado más relacionado
con los sentimientos.
Yo hice alguna vez una reflexión sobre el cuerpo como lugar teológico,
porque creo que las historias, el mundo y las sociedades, funcionan
alrededor de las necesidades de los cuerpos; son como lo que no
es negociable; lo que lleva, en otra dimensión, a las posiciones, a
las ideologías y demás. Así como las necesidades de los cuerpos
son determinantes de la historia, incluso desde una visión religiosa
cristiana, la identidad cristiana se mide por la respuesta que se dé a
esas necesidades , como en aquel pasaje famoso del Evangelio sobre
el juicio final que está en varios evangelios y dice : tuve hambre y me
diste de comer, tuve sed y me diste de beber; eso es lo que define la
suerte definitiva de una vida: el haber atendido a esas necesidades
de los cuerpos y la política es como eso también; es jugársela
para darle una respuesta a esas necesidades de los cuerpos. La
represión está centrada en eso, en la capacidad de producir dolor
en el cuerpo; es como el chantaje central de todo modelo represivo;
es producir dolor para someter a una persona a una sociedad, a
un grupo social, a los intereses de otro grupo. Es el chantaje del
dolor; un dolor que está en el hambre, en la tortura y en la carencia
de otras necesidades; entonces yo creo que el cuerpo cumple una
función allí muy central, tanto en las posiciones políticas como en
los modelos represivos.
159
Umbral de la Memoria
Lo que pasa es que esta reflexión la he tomado de los filósofos de
Fráncfurt que sufrieron en Alemania los campos de concentración
y todo el genocidio nazi; ellos se salvaron porque se refugiaron en
otros países; pero después, el resto de su vida, toda la filosofía que
construyeron, la hicieron apoyándose en esa experiencia dolorosa
del genocidio en los campos de concentración y por eso ellos dicen
que ahí se derrumbó ese modelo de filosofía que se basa en ideas
muy abstractas, en utopías que nunca van a ser posibles. La utopía
de la libertad y de la justicia que lo va envolviendo a uno en el
optimismo del progreso, de un mundo que va avanzando, que va
logrando poco a poco la justicia, que va superando problemas con
un modelo de libertades, de la sociedad liberal; en fin todo eso para
ellos se derrumbó con la experiencia del Holocausto y uno de ellos
se preguntaba si después de Auschwitz, el campo de concentración,
era posible hacer filosofía y era posible hacer teología. Porque ya
no eran posible pensar en esas ideas abstractas; esas utopías se
160
derrumbaron y entonces ellos hicieron una reflexión sobre la justicia
que va precisamente a reconocer que la única posibilidad de creer
en la justicia, es combatiendo, negando las injusticias concretas con
las cuales nos encontramos; esa es la única posibilidad de hacer
filosofía; lo demás como se demostró, no tenia consistencia y de
ahí tomé esa idea y estoy muy convencido de eso.
Esa idea también la tuvo muy firme Camilo Torres, el llamado
sacerdote guerrillero, durante todo su movimiento, que fue muy
efímero: el Frente Unido. Y todo lo que hizo Camilo fue llevar a la
gente a enfrentarse con las situaciones concretas y con la injusticia
concreta; porque sólo combatiéndolas es posible construir algo de
justicia.
Finalmente quiero decir que yo creo que el olvido es dañino en
todas las dimensiones: es dañino para la persona, es dañino para la
sociedad y es dañino para la humanidad.
161
Umbral de la Memoria
“La tierra herida de espanto se averguenza de aquellos que no yacen en
paz, los guerreros. Amorosa, acoge el largo vagabundeo de tus hijas que
tejen y remiendan las telas rasgadas, los trajes rotos.”
Claudia Ivonne Giraldo
Epílogo
Por:
Miryan Zúñiga E., Editora
Los relatos logrados a través de las entrevistas incluidas en este texto,
no sólo se ubican en el umbral de la memoria histórica que habla
del desplazamiento forzado y el despojo en Colombia, sino también
en el umbral de la esperanza a partir del fortalecimiento interior de
las trece mujeres que nos cuentan su historia; del incremento de
su autoestima; del enriquecimiento de su tradición cultural; y de su
compromiso de trabajo colectivo con otras mujeres.
Durante las entrevistas ellas desataron palabras y hurgando
en sus recuerdos, lograron reconocerse en sus fortalezas y
potencialidades; compartieron conversaciones y proyectos con
otras; y nos entregaron desgarradoras historias de violencia y de
esperanzadores propósitos de reconstrucción de sus vidas y de su
entorno social.
Los relatos nos permitieron reconocer el sentido del desplazamiento
forzado como un fenómeno complejo que responde a condiciones
de desempleo de los jóvenes como lo interpreta Dioselina en
el caso de Buenaventura; a amenazas de los paramilitares para
quitarles la finca, como lo narran Edna y Nicolasa; a retaliaciones
porque alguien de su familia no se enlistó en las filas paramilitares,
como lo cuenta Alicia, o porque lo consideraban guerrillero como
lo recuerda Manuela; a la intención de castigar, porque su hijo
denunció amenazas de los paramilitares, como en el caso de Elsidia,
o porque la consideraban como una mujer rica como en el caso de
Cénide; a eliminar a quienes apoyan diferentes ideologías políticas
como pasó con el papá de Sofía o como en el caso de Manuela la
joven guerrillera.
162
También nos narran cómo el desplazamiento significa des-ubicación
cultural y local, que no desarraigo, porque todas están enraizadas
en sus tradiciones y patrones culturales. Así, Dioselina extraña
los sabores del Pacífico; Edna siente nostalgia por la solidaridad
de sus vecinos; Paulina acallaba su dolor cantando y recordando
los refranes de su tierra; a Alicia le cuesta pedir, porque en su
comunidad la solidaridad de los vecinos hacía inútil la limosna; y
Marianela aprendió a aceptar que cantar en los buses por dinero es
un trabajo tan digno como el del campo.
La llegada a la ciudad significa incertidumbre y silencio, acompañados
de la necesidad de tener casa y alimentación. Dioselina, Cénide,
Paulina, Nicolasa, Manuela y Elsidia, pasaron de ser pequeñas
empresarias con casa propia en su lugares de origen, a vivir hacinadas
con sus familias, en pequeñas habitaciones en barrios de invasión
y casas de inquilinato de la gran ciudad. Alicia, Elvira y Manuela
pasaron muchas hambres y por ello, adquirieron enfermedades;
Manuela inclusive pensó en suicidarse. Todas ellas se quejan de la
ineficiencia del Estado, especialmente de las Unidades de Atención
y Orientación a los desplazados, en el trámite de sus solicitudes:
Elsida por ejemplo ha solicitado apoyo para poner en marcha tres
proyectos productivos, pero no ha tenido respuesta.
La ayuda solidaria en la ciudad grande y desconocida, ha provenido
de tres fuentes: primero, de familiares como en los casos de
Dioselina y Edna; de amigos como en los casos de Nicolasa y Elsidia;
y de vecinos desconocidos pero solidarios como les pasó a Alicia,
Cénide y Elvira. Segundo, de Fundaciones como Paz y Bien, el Teatro
La Máscara, la Casa Cultural Tejiendo Sororidades, Fundisfami, Fe y
Alegría y algunas iglesias.
Según los relatos, el desplazamiento ha generado dos hechos
importantes: primero, el fortalecimiento del rol de las mujeres no
sólo como cuidadoras, sino también como proveedoras en sus
familias; Dioselina organiza el grupo gastronómico de Embajadoras
del Pacífico que genera ingresos con la venta de alimentos típicos;
Nicolasa vende pescado y lava ropas para sostener a su familia;
Edna prepara y vende helados; y Manuela elabora artesanías para
163
Umbral de la Memoria
vender y hace talleres para enseñarles a otras mujeres desplazadas.
Y segundo, el fortalecimiento de la acción colectiva de las mujeres:
ellas han conformado grupos en los cuales han compartido sus
historias y angustias, tratando de reconocerse y sanarse a través
de la interacción entre ellas; grupos que son también de acción
cívica y reivindicativa; y grupos de producción para la generación
de ingresos, como el colectivo de teatro, el grupo de artesanas, la
asociación de quienes buscan vivienda en los ejidos de la ciudad,
el comité de mujeres y el grupo de maestras de cocina; además
se han convertido en una especie de gestoras cívicas que ayudan a
otras familias desplazadas en el papeleo para lograr ayuda estatal
como lo hacen Dioselina, Manuela, Margarita y Sofía.
El sentido de la vida de estas mujeres en condición de desplazamiento
se expresa en su concepción sobre la familia, el trabajo, la relación
con Dios y su cultura.
La familia para ellas es extensa; incluye hijos, marido, nietos, tíos,
sobrinos, hijos de crianza y abuelos; la familia es apoyo y refugio.
Inclusive en los casos de María de los Ángeles, involucrada en el
narcotráfico y de Margarita ex-guerrillera, se observa cómo al final,
sus padres y hermanos tienen un sitio especial en sus vidas.
El trabajo conlleva dignidad porque como dice Alicia “siempre
me ha gustado trabajar y con el sudor de mi frente, compro hasta
donde me alcance... yo no he salido nunca a pedir; eso es muy
duro!”. Edna, Nicolasa, Elsida, Elvira y Manuela trabajaban en fincas
cultivando arroz, maíz, banano y criando gallinas, cerdos y vacas;
pero al llegar a la ciudad, han tenido que trabajar asando arepas para
vender en la calle, haciendo y vendiendo helados en los paseaderos
del barrio, lavando ropas, vendiendo pescado y haciendo artesanías.
Inclusive Sofía que proviene de una familia acomodada del campo
con papá concejal, no dudó en emplearse en el servicio doméstico
para sobrevivir.
La relación con Dios anima la existencia de muchas de estas
mujeres, quienes pueden reconocer con Dioselina que “estamos
164
viviendo gracias a la protección de Dios” o afirmar con Edna que
“sin Dios nada podemos. Por encima de él no hay nadie ni nada”
o decir con Cénide “leo la Biblia y oro por mí y por mis hijos; me
he fortalecido en el Señor”. Sólo Manuela reconoce “haber peleado
con Dios, porque no acepto que tengamos que pasar tanto dolor y
sufrimiento... ¡pero Él existe!”.
Precisamente la teoría sobre la resiliencia (que se refiere a aquella
condición que hace que personas que viven en situaciones de alto
riesgo, logren un desarrollo sano en un medio insano) identifica
como un factor protector, la espiritualidad y la relación con un ser
superior. Otros factores protectores se refieren al apoyo de la familia,
a la capacidad para aceptar los desafíos y a ciertas características del
temperamento de las personas. Factores estos que están presentes
en las entrevistadas y que indudablemente las han protegido en su
condición de desplazadas.
La cultura significa tanto para estas mujeres, que sería injusto
llamarlas desarraigadas, porque todas ellas se han trasladado a
la ciudad sin maletas ni corotos, pero acarreando sus canciones,
sus rezos, su saber sobre medicinas naturales, sus conocimientos
gastronómicos, sus formas de relación con los vecinos, su ética
y sus patrones de comportamiento. Así con su cultura, están
construyendo comunidades que podríamos decir, están en el umbral
de la esperanza.
Entonces, entre los umbrales de la memoria y de la esperanza,
las narraciones de las mujeres aquí consignadas, giran alrededor
de un eje cuyos polos están constituidos por el sentido social del
desplazamiento y el sentido personal de sus vidas, con lo cual se
está construyendo la memoria histórica de este período de la vida de
Colombia, cuando el país llega al bicentenario de su independencia
: Julio 1810 – Julio 2010.
Miryan Zúñiga E., editora
Cali, Julio 2010
165
BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA
Bermúdez, Norma Lucía y Gloria Cecilia Pérez. Travesía hacia el
Encuentro de Tres Mundos: Sistematización de la Escuela Política de
Mujeres Paz-íficas, una Experiencia de Educación Popular en Clave
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Gómez, Rocío y Julián González. Sobreviviendo al Naufragio: Épica
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Gómez, Rocío y Miryam Zúñiga. Mujeres Paz-íficas de Cali: la Paz
Escrita en Cuerpo de Mujer. Cali, Programa Editorial Universidad del
Valle, 2006.
166
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