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CAMINO PERDIDO No soy un exegeta del sindicalismo. Ni siquiera

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CAMINO PERDIDO No soy un exegeta del sindicalismo. Ni siquiera
CAMINO PERDIDO
Por Manuel Milián Mestre, lunes 20/09/2010
en “El Mundo”, Edición catalana.
No soy un exegeta del sindicalismo. Ni siquiera lo llego a entender en el
s.XXI, destruido el imperio soviético, fracasados los partidos comunistas y
ese obrerismo del s.XIX que filosofaba Carlos Marx y al que se sumó un
Lenin voluntarioso del que no ha sobrevivido otra cosa que su momia junto a
la muralla del Kremlin. Muchas veces me paseé por la Plaza Roja y nunca
tuve la tentación de visitar sus despojos. No creo en revoluciones
“materialistas”, ni me placen los espectáculos tragicómicos de
revolucionarios circenses al modo de Fidel Castro o Hugo Chávez. Ni el uno
ni el otro aportaron nada a la construcción social, al bienestar de su pueblo o
a la Historia, salvo esos histrionismos ridículos y grandilocuentes.
Se ha instalado ahora entre nosotros la torpeza sindical por antonomasia.
Protestan en dirección contraria: contra los creadores de empleo, contra los
que se juegan sus recursos, contra los que crean riqueza, esos empresariospymes despedazados implacablemente por Cajas y Bancos. Yo no advierto
en los ridículamente demagógicos videos del Chiquilicuatre sindical otra
gracia que la traslación mimética de su incultura primaria. Ya no es de
recibo en el s.XXI el trasunto de su falseada identidad sindical. Los
explotadores habitan en las grandes multinacionales, no aquí entre los muy
sacrificados empresarios (el 30% de los expedientes de crisis en España se
han producido en Catalunya; más de un millón de empresas y negocios han
perecido en España en estos años de crisis, por cierto “inexistente” para el
ridículo ZP). Los “despiadados acumuladores” hállenlos en la banca
internacional, y no aquí entre cuatro choricetes a la altura de ese Millet que
se pasea por Barcelona sin honra ni dignidad. Los responsables del paro
brutal sin precedentes no los infieran entre tenderos, talleres, bares,
pequeñas empresas, “micros”, sino en esas leyes absurdas del franquismo
que mantienen todavía los sindicatos de privilegio y de clase (ellos los
clasistas privilegiados: esos 54.000 delegados y más de 5.000 liberados que
computa CEOE) o en el incompetentísimo gobierno. Zapatero a tus zapatos.
Nunca señores que montan huelgas a escote, o andan como los asnos con
orejeras hacia el precipicio, deberían de haber llegado a tal poder. Ni
sindical, ni político.
A buena hora nos venden una huelga general contra los que son víctimas,
no causantes. Si el desastre de los casi 4,5 millones de parados tiene un
responsable, hurguen en los banqueros que gestaron la crisis, o en el
pésimo gobernante que no reconoció la realidad y con él nos estrellamos
todos. Pero, ¿acusar al empresario arruinado y mínimo de este país? Por
Dios, señores sindicalistas, váyanse a protestar a La Moncloa, pero no jodan
a los pobres ciudadanos, ni con tropelías del transporte público (para
embadurnar su fracaso), ni con “piquetes informativos”, que atizan como
antaño los “grises”. Se lo dije a un líder sindical la pasada semana en la
radio: “El problema es que no hay profesionales de verdad, gentes
competentes que conozcan la economía en los sindicatos como los vi en los
alemanes”. Sólo encontré profesionales de gran valía. ¿De cuantas huelgas
alemanas hablamos? ¡Ese es el problema! Ese poder exagerado que ZP
otorgó al fantasmón Cándido Méndez. El resultado, una huelga general sin
causa (habría que buscarla en los errores del gobierno), un mayor
desconcierto en la calle, ninguna buena consecuencia, y, eso sí, la pérdida
del 0,4 % del PIB en un día. ¿A dónde nos llevan estos sindicatos?
Barcelona, 17 de septiembre de 2010
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