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A ciertos personajes, sin duda extravagantes, les encantaría ser

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A ciertos personajes, sin duda extravagantes, les encantaría ser
A ciertos personajes, sin duda extravagantes, les encantaría ser protagonistas de una novela de
detectives. Yo soy uno de ellos. De niño me compré una lupa porque pensé que era la
herramienta de trabajo propia de un investigador, y durante semanas anduve buscando huellas y
vestigios de no sabía qué. Llegué a la conclusión de que todas las cosas eran la solución a un
problema, y que sólo me hacía falta descubrir cuál era el problema que solucionaban. No he
cambiado mucho.
A estas alturas de mi vida he pensado que ya no podía esperar más tiempo para realizar mi
secreta vocación y he decidido ser el Arthur Conan Doyle de mí mismo. El protagonista de estas
memorias es un detective cauteloso, un poco pedante, como Sherlock Holmes, que se toma muy
en serio las cosas serias pero se ríe de las demás —entre las que se cuenta él mismo—, que se
entiende bien con las mujeres, pero es monográfico en sus amores, y que piensa que el mundo de
las ideas es público, pero el de los sentimientos, privado. No pertenece al género de la novela
negra, porque es un género con un ramalazo cutre. Hay en él un componente infantil y le
encantaría fundar una empresa que unificara el National Geographic, Walt Disney Production y
Amnistía Internacional. Todo a la vez: ciencia, imaginación, adecentamiento del mundo y
empresas rentables. Es, pues, un megalómano estructural e irrecuperable. Tiene además la
peregrina idea de que los límites entre lo posible y lo imposible no están muy claros, y que no
conviene claudicar antes de tiempo, por si acaso. A veces le dan arrebatos poéticos y a veces
arrebatos racionales y, al final, ha llegado a la conclusión de que lo más adecuado es una especie
de racionalismo poético. Hay que ser poético para inventar, y racional para justificar o realizar lo
inventado.
La novela que contará todo esto podría titularse: El misterio de la casa inacabada. No puedo
quitarme de la cabeza la idea de que la realidad está sin definir del todo, que estamos intentando
convertirla en nuestra morada, sin acabar de acertar, y que la inteligencia humana ha introducido
en el Universo una energía inédita que hace brotar intencionadamente nuevas posibilidades.
Estas posibilidades pueden ser creadoras o destructivas, y por eso estamos siempre con el alma
en vilo. Crear está al alcance de todos, en mayor o menor medida; y destruir también, por
supuesto. Crear es, simplemente, hacer que algo valioso que no existía exista. Y el sentimiento
de plenitud, de euforia, de sorpresa que produce la acción creadora me hace pensar que es
nuestra gran misión, y que por eso cuando la cumplimos experimentamos una profunda alegría.
Vivimos, pues, en una casa inacabada. Intentamos hacer un mundo habitable, pero hay inquilinos
que construyen e inquilinos que destruyen. Y en ésas estamos. Soy un optimista de la
inteligencia aterrado por las capacidades destructivas de la estupidez, estupidez que tiene muchos
nombres: violencia, odio, egoísmo, narcisismo, crueldad. Se me olvidaba decirles que identifico
la creación con la bondad y la destrucción con la maldad. Ortega ya lo dijo: «No hay creación
perversa». En efecto, una creación perversa es lo que llamamos destrucción. Aquello que limita
nuestras posibilidades es malo y lo que las aumenta es bueno.
Lo que me interesa saber es si la construcción avanza o retrocede, y si podemos hacer algo para
que progrese. No quiero moverme en abstracciones, sino acercarme a la realidad, a la historia, a
la vida cotidiana, a las cocinas, los cuartos de estar y las alcobas, a las fábricas. El
posmodernismo convirtió todo en discurso y se perdió en una locuacidad irreal. La
ultramodernidad que defiendo es cuidadosa con los detalles. Pretende observar sobre el terreno lo
que estamos haciendo con la realidad y lo que podríamos hacer. El caso de mi novela, como ven,
es atípico, y también lo es el detective que la protagoniza.
La palabra «detective» es un anglicismo. Deriva de to detect y podría traducirse como «el
detector». Hay detectores de metales, detectores de radiación, detectores de humos, detectores de
mentiras y detectores a secas. A este último detectar —omnímodo y omnívoro— se dedican los
detectives. Se mueven por ello en un plano de realidad distinto al del resto de los mortales. Éstos
ven lo obvio, lo que les entra por los ojos; aquellos ven lo que está oculto para quien no sabe
mirar. El interés por las novelas de detectives demuestra que mucha gente disfruta con los
descubrimientos. Desentrañar misterios, enigmas, problemas, adivinanzas o acertijos es una
constante de la especie humana. Nos gusta saber lo que ocurre detrás de las bambalinas o más
allá de las apariencias. ¿Qué hay detrás de un acuerdo comercial? ¿Cómo se escribió una novela?
¿Por qué la quiebra de un Banco en Singapur fuerza a cerrar una fábrica de coches en Brasil?
¿Qué está pasando? ¿Quién manda en el mundo? ¿Hacia dónde va la sexualidad? Son problemas
complejos que afectan a nuestras vidas y que muchas veces resulta difícil resolver. Estamos
abrumados por informaciones que no podemos contrastar. Acabo de leer que el Pentágono
proyecta comprar periodistas para influir en la opinión pública mundial, y una sombra de
sospecha cubre el universo. En nuestra vida privada y en nuestra vida pública surge con
frecuencia una pregunta trascendental: ¿De quién podemos fiarnos?
Estas Memorias de un investigador privado cubren dos años de investigaciones. El año 2001 me
encontró con el ánimo relajado. Acababa de publicar La lucha por la dignidad, escrito en
colaboración con María de la Válgoma, y estaba muy satisfecho porque tenía la impresión de que
era mi mejor «medio libro». Una oferta de El Semanal del Grupo Correo me hizo pensar que
había llegado el momento de realizar mi proyecto secreto: abrir una agencia de detectives
culturales para resolver enigmas cotidianos. La agencia me va a permitir ocuparme del presente,
de las investigaciones coyunturales, determinadas por la actualidad mientras prosigo mis
investigaciones sistemáticas. El mar de la investigación es como el otro mar: tiene olas
superficiales y olas de fondo. Al comenzar el año 2001 mi ola de fondo era la más de fondo que
se puede concebir: quería escribir un libro sobre Dios.
Les dejo con la historia, es decir, con la novela.
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