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"El Herediano debe practicar la medicina que humaniza de veras, el
"El Herediano debe practicar la medicina que humaniza de veras, el altruismo que
ennoblece, la amistad que dignifica, la lealtad que enaltece"
Entrevista al Dr. Renato Alarcón Guzmán, (Miembro de la 3ª. Promoción (1965) “Alberto
Hurtado”, Facultad de Medicina, Universidad Peruana Cayetano Heredia. Actualmente,
Profesor de Psiquiatría, Mayo Clinic College of Medicine; Jefe de División, Inpatient
Psychiatry and Psychology; Medical Director, Mayo Psychiatry and Psychology Treatment
Center y Mood Disorders Unit; Consultor, Mayo Clinic, Rochester, Minnesota, Estados
Unidos.
¿Cómo se decidió a ser médico? ¿Cuáles fueron sus motivaciones más profundas en su
elección de la carrera?
Crecí en un ambiente en el que la medicina como carrera, como profesión y como filosofía
de vida era materia de reverencia y enorme respeto. Mis padres, ambos educadores,
hablaban siempre de la misión esencialmente humana y humanística del médico. No era
menos importante el hecho de que mi madre había solventado prácticamente la carrera de
tres primos hermanos mucho mayores que yo y, en su prédica más o menos cotidiana,
acariciaba la idea de que si sus sobrinos eran médicos, ella esperaba que alguno de sus hijos
también lo fuera. De mis experiencias con visitas a consultorios médicos por problemas de
salud en niñez y adolescencia, lo que más me maravillaba era aquello que percibía como
conjunción milagrosa de sabiduría (habilidad diagnóstica, elección de un tratamiento
preciso, curación rápida resultante de la toma de una pastilla o de la administración de una
inyección), seguridad, convicción y auténtica calidez humana. Si algunas imágenes de
nuestros primeros años tienen carácter mítico e incambiable, eso fue lo que situó a la
medicina en la esperable posición que tuvo para mí en todo momento.
Pero, se dieron además otras dos situaciones que hicieron mi decisión mucho más fluida y
coherente. Ellas tienen, además, una dimensión mas bien telúrica, se vinculan a Arequipa,
mi tierra. La primera fue más allá de la medicina, en cuanto que me orientó precoz pero
decisivamente hacia el campo de especialización que escogí más adelante: la psiquiatría.
Estando en Segundo Año de Media, mi padre me obsequió un ejemplar del libro Psicología
escrito por Honorio Delgado y Mariano Iberico; al hacerlo, mi padre me dijo quien era
Delgado: el psiquiatra más famoso del Perú, hombre sabio y generoso que, además, era
arequipeño. El mensaje quedó allí, grabado de manera imborrable, como estímulo intenso,
como promesa implícita. Lo que jamás imaginé por cierto fue que, diez años más tarde,
estrecharía las manos y dialogaría con ese sabio al que orgullosamente podía llamar mi
paisano.
La segunda experiencia ocurrió cuando ya era alumno de pre-médicas en la Universidad de
San Agustín y oficiaba también como “periodista” en el Diario El Pueblo de mi tierra. La
volcánica Arequipa es, como sabemos, parte de una zona sísmica claramente delineada. En
1958 y 1960 presencié dos terremotos de gran magnitud que generaron enorme sufrimiento
colectivo y emergencias médicas de todo tipo. Digo, “presencié” porque a Dios gracias
nada serio ocurrió en mi casa o en mi familia, pero en mi función periodística fui enviado a
varios hospitales a recoger información de primera mano sobre las consecuencias de los
sismos. Ví una vez más a médicos en acción, encarnación viviente de los “hombres de
blanco” que describe Mann en La montaña mágica, trabajando sacrificadamente para aliviar
algo de aquel sufrimiento. Las escenas que me tocó ver y vivir, sólo confirmaron mi
decisión de adentrarme aun más, de entender mejor tal vez, las esencias de aquellas
experiencias traumáticas en seres humanos víctimas de desastres totalmente impredecibles.
¿Cuáles son las vivencias más intensas de su vida universitaria? Ud. perteneció al
grupo de heredianos originalmente no sanmarquinos, ¿verdad?
Así es. Inicié mis estudios de premédicas en la Universidad de San Agustín, en abril de
1958. En febrero del mismo año se había inaugurado la flamante Facultad de Medicina, con
asistencia de dignatarios y grandes figuras académicas de Lima, entre ellos nada menos que
el Prof. Honorio Delgado, a quien El Pueblo me envió a entrevistar en su alojamiento del
Hotel de Turistas. Fue ese mi primer encuentro con el Maestro. Dos años después, en 1960,
era ya alumno de Primero de Medicina. Fue durante la segunda mitad de ese primer año
que comenzó la agitación estudiantil a nivel nacional, a raíz de la ley 13417 que, si bien
reconocía el principio reformista del cogobierno del tercio estudiantil en las universidades
del país, planteaba una excepción al mismo en las Facultades de Medicina. Me tocó vivir de
cerca algunos de los episodios y detalles de este periodo, primero, como Secretario General
del Centro Federado de Ciencias (durante mi segundo año de pre-médicas, 1959) y luego
como Secretario General del Centro Federado de Medicina, cargo al que fui elegido a poco
de iniciar mi segundo año en la Facultad, en abril de 1961. De aquella etapa me marcaron
hondamente, de un lado, el coraje principista del grupo de docentes sanfernandinos,
liderados por Alberto Hurtado y Honorio Delgado y apoyados por un puñado de estudiantes,
que argumentaban con dignidad su oposición al cogobierno del tercio y, de otro, la colisión
entre idealismo y manipulación política que caracterizaba al movimiento estudiantil
reformista de aquella época. No fue fácil para mí ya que, como dirigente, debía mantener la
línea impuesta por la Federación de Estudiantes del Perú y, en particular, la Federación
Universitaria de San Marcos a nivel nacional pero, al mismo tiempo, era testigo, y
compartía, las angustias y conflictos de muchos de mis compañeros cuyo objetivo
fundamental era el estudiar para ser buenos médicos y, desde esa posición, asumir de la
mejor manera posible el desafío de obligaciones y responsabilidades cívicas, sociales o
políticas. Lamentablemente, las presiones de la política partidaria y una definida agenda
extra-universitaria terminaron por llevar a una “huelga nacional indefinida” dirigida desde
Lima (y de la que, de alguna manera se libró la Facultad de Medicina de Arequipa). Esto
motivó la renuncia masiva de los docentes de San Fernando, la fundación de la Universidad
Peruana de Ciencias Médicas y Biológicas y de su Facultad de Medicina “Cayetano
Heredia” en setiembre de 1961 y –en lo personal— mi cierta desilusión con los requiebros
del liderazgo estudiantil, mi renuncia a la Secretaría General y la decisión de trasladarme a
Lima para iniciar mi Tercer Año de Medicina en la nueva Facultad.
De los 56 alumnos en mi flamante clase en Cayetano Heredia, 14 o 15 éramos “afuerinos”,
no originalmente sanfernandinos. Veníamos de universidades de Arequipa, Trujillo, España,
Venezuela y Argentina. Traíamos un bagaje distinto, una historia diferente; no obstante, las
expectativas, el entusiasmo, la clara convicción de propósitos y prioridades eran idénticas a
las del grupo “limeño”. Se dio así, de manera gradual, tal vez dolorosa en casos pero al
final, sólida y consciente, la generación de una mentalidad herediana inspirada por el
ejemplo originalísimo y heroico de maestros de calidad y nutrida por el diario contacto con
compañeros de clase imbuidos de los mismos deseos de aprender más, de estudiar con
ahínco, de ser buenos médicos para poder ser también buenos ciudadanos. Los viejos
hospitales Loayza y Dos de Mayo fueron ejes de un currículum de cursos y rotaciones que
nos llevaron por San Bartolomé, la Maternidad, Santo Toribio, Bravo Chico aprendiendo de
maestros de la talla de Hernán Torres, Hugo Lumbreras, Armando Silicani, Carlos Monge,
Benjamín Alhalel, Oscar Trelles, Carlos Petrozzi, Jorge Berríos, Teobaldo Pinzás, Carlos
Subauste, Amador Carcelén, Homero Silva, Víctor Baracco, Alejandro Higginson y
muchísimos más.
Mis cuatro años en Cayetano Heredia dejaron la estela incambiable de reafirmaciones
personales y de rutas a seguir. Parafraseando a Carlos Monge, nuestros maestros nos
mostraron el camino y nos dieron luego la libertad indispensable para recorrerlo. En mi
caso, una sólida formación clínica complementó con creces la excelente enseñanza de
ciencias básicas que recibí en la Facultad de mi tierra. Se consolidó también mi elección de
psiquiatría como especialidad –luego de pasantías incitantes por gastroenterología y
medicina tropical— al poder asistir los sábados por la mañana o en momentos libres a los
Pabellones 2, 18 y 20 del Hospital Víctor Larco Herrera y aprender de Grover Mori,
Mariano Querol, Javier Mariátegui, Alfredo y Víctor Saavedra. Ellos me dieron también la
oportunidad de hacer mis primeros pininos como instructor en semiología psiquiátrica e
iniciar un romance interminable con la educación y enseñanza médicas. Y otras cuatro
experiencias durante mi carrera herediana redondearon certera y cabalmente otras tantas
áreas de mi formación: al lado de Armando Filomeno, Genaro Herrera y otros, fui miembro
fundador de la Sociedad Estudiantil de Neurología y Psiquiatría; como Secretario de Prensa
y Propaganda de la primera directiva de la Asociación de Estudiantes de Medicina
Cayetano Heredia dirigí y edité el primer número de la Revista, con colaboraciones de
profesores y alumnos; como miembro de un grupo de estudiantes interesados en servicio a
la comunidad, participé en trabajos de fin de semana en el proyecto de la Ciudad de los
Niños del Padre Iluminato de la Riva Ligure; como “aprendiz” de psiquiatra, fui “residente”
(con guardias de noche y fines de semana) en la Clínica Santa Clara donde, por lo menos
una vez a la semana, pasaba visita acompañando nada menos que al Director de la Clínica,
el Profesor Honorio Delgado. He sido por cierto, sumamente afortunado. ¿Podía pedir o
esperar acaso algo mejor? ¡Claro que no!
Vino después su viaje a Estados Unidos y su formación de post-grado en ese país.
¿Qué nos podría Ud. decir al respecto?
En 1965, el Commonwealth Fund, una Fundación dedicada a promover proyectos y
programas de educación a todo nivel, encargó a la Escuela de Medicina de la Universidad
Johns Hopkins en Baltimore, escoger tres centros de educación médica en países “en vías
de desarrollo” con los cuales Hopkins establecería programas de intercambio docente. La
búsqueda culminó con la selección de la Universidad Americana en Beirut, Líbano, la
Universidad de Nigeria en Lagos y Cayetano Heredia del Perú. El convenio consistía en
que las escuelas escogidas seleccionaban anualmente dos miembros jóvenes de la plana
docente de diferentes Departamentos Académicos para estancias de un año en Baltimore.
Una vez más la suerte me favoreció. En 1967 (yo me había graduado en 1965-66 y laboraba
como coordinador del Departamento de Psiquiatría), le correspondía al Departamento de
Medicina Preventiva el escoger un docente; la Dra. Emilia Gardner de Nuñez me llamó un
día para comunicarme a nombre de su Departamento que, al no tener un candidato
disponible, Medicina Preventiva había decidido conceder su turno a Psiquiatría y solicitar
formalmente que fuera yo el escogido. El Consejo de Facultad, el Decanato (don Alberto),
el Rectorado (don Honorio) y el Consejo Universitario aceptaron el pedido. Y así, en agosto
de 1967, inicié lo que entonces llamé la “más grande aventura de mi vida”: estudios de
post-grado en EE.UU., al lado de quien dos meses atrás había hecho mi esposa, Chela Solís,
brillante graduada de la cuarta promoción herediana.
Es importante anotar otro detalle en la trayectoria de muchos graduados de Cayetano
Heredia que mi promoción inició casi como una tradición, un ritual, una suerte de paso
semi-obligatorio al final del internado: dar el examen del Educational Council for Foreign
Medical Graduates (ECFMG, hoy conocido como MLE, Medical Licensure Examination)
que, de ser aprobado, permitiría postular a programas de residencia en los Estados Unidos.
Casi la mitad de miembros de mi promoción dio el famoso examen y estoy seguro que
todos lo pasaron, aun cuando no todos decidieron a final de cuentas viajar al país del Norte.
Esto es relevante para lo que yo hice después de ocho meses como Fellow de Medicina
Psicosomática en Hopkins.
Pero no nos adelantemos. Nuestro arribo a Baltimore y nuestra experiencia en Hopkins
fueron enormemente auspiciosos. Uno de los nombres “sagrados” en la medicina mundial,
centro pionero de enseñanza, trabajo clínico e investigación de calidad y trascendencia,
auténtico púlpito de titanes de la medicina como Sir William Osler, Helen Taussig, Adolf
Mayer o McGehee Harvey, Hopkins es literal y simbólicamente una catedral: su edificio
central (el Dome) semeja la torre de una iglesia, y su trascendencia en el ámbito médico lo
hace un lugar de peregrinaje para profesionales médicos (y pacientes) de todas partes del
mundo en busca de sabiduría y ayuda.
Mi Fellowship en medicina psicosomática y “psiquiatría de enlace” fue decisivo en mi
reafirmación de la doble dimensión, humanística y medico-científica, de la psiquiatría
contemporánea. Recuerdo activas discusiones de casos clínicos y la oportunidad de pasar
largas horas en bibliotecas donde la tranquilidad y el silencio conferían solemnidad al
genuinamente placentero acto de leer para aprender cada vez más. Por otro lado, al haber
aprobado el examen del ECFMG, mi plan fue desde el comienzo postular a la residencia de
psiquiatría en Hopkins. Armado de gran audacia solicité citas con el Jefe del Departamento
de Psiquiatría, Dr. Joel Elkes, y con el Director del Programa de Residencia, Dr. Seymour
Perliny les plantee mi pedido. Ambos respondieron con simpatía pero dijeron que tendría
que someterme al proceso de entrevistas en serie y al examen de mi CV, al igual que las
varias decenas de otros postulantes a las 12 posiciones de residente de primer año con que
contaba el programa. Así lo hice. Y en Julio de 1968 empecé esta otra decisiva jornada.
La Residencia es una creación de la educación médica norteamericana que posee tanto la
precisión filosófica como el definido pragmatismo que ha colocado al país del Norte a la
vanguardia en muchos campos. Rotaciones bien organizadas y excelente supervisión
individual y de grupo exponen al profesional en entrenamiento a experiencias en diversos
ambientes clínicos, campos de sub-especialización, orientaciones doctrinarias o teóricas y
obligaciones prácticas. Tal como Elkes puntualizó en nuestra entrevista: “En Hopkins no
hay psiquiatras eclécticos pero sí se practica una psiquiatría ecléctica. Cada miembro de
nuestra plana docente posee una formación teórica definida que Ud. captará y aprenderá
para que, al final, le sea posible elaborar su propia síntesis”. Creo que esta frase resume con
claridad la esencia de mi entrenamiento en la “catedral” baltimoreana.
El explosivo crecimiento de múltiples aspectos de la psiquiatría a partir de los años 70, un
antecedente importantísimo del avance de las neurociencias desde finales del siglo XX,
estaba presente en todas y cada una de mis labores como residente en Hopkins. Las
perspectivas fenomenológica, neurobiológica, psicodinámica, conductual y socio-cultural
se combinaban en elegantes y apasionados debates en conversatorios clínicos, conferencias,
seminarios y talleres de trabajo. Tuve maestros y mentores de excelente calidad, varios de
los cuales me ayudaron a conducir mis investigaciones iniciales y publicar mis primeros
trabajos. Recuerdo en particular al Prof. Jerome D. Frank, pionero de la investigación
realmente científica en el campo de la psicoterapia; Lino Covi y Eberhard Uhlenhuth,
auspiciadores de otro Fellowship (Psicofarmacología Clínica) que hice durante el periodo
1970-71; Leonard Derogatis, psicólogo autor de la Escala SCL-40 una de las más utilizadas
en el campo de la psicometría clínica. Los Jefes de Residentes que tuve en mis tres
primeros años dejaron Hopkins para ocupar posiciones académicas en las Universidades de
McMaster (Canadá), Harvard y Vermont. Este énfasis académico probablemente hizo que
de mis ocho compañeros de residencia, dos llegaran a ser Jefes de Departamentos
académicos, otros dos fuimos Subjefes, y dos más Jefes de Servicio en prestigiosos centros
hospitalarios. Recuerdo todo esto con legítima satisfacción. El contacto diario con gente de
altísimo nivel y devota entrega a ciencia y servicio hizo de mis cinco años en Hopkins, una
experiencia decisiva en mi vida profesional. Y no puedo dejar de mencionar también que,
en uso de una flexibilidad ejemplar, mi programa en Hopkins me permitió, durante el
último año de mi permanencia en Baltimore, atender los cursos y obtener el grado de
Master en la Escuela de Salud Pública de la Universidad.
De vuelta al Perú, Ud. trabajó en la UPCH antes de retornar a los Estados Unidos.
¿Podría comentar y, de ser posible, comparar sus experiencias académicas en medios
diferentes?
Gracias a Carlos Vidal, un buen número de heredianos entrenados fuera, tuvimos cabida a
nuestro retorno, como “profesores adscritos” a diferentes servicios en el Hospital del Rímac.
En mi caso, contribuí desde 1972 al trabajo del consultorio externo de psiquiatría y, con la
ayuda de colegas como Eduardo Gonzalez Enders, a la sazón Director de programas de
post-grado, me fue posible establecer el programa de residencia de psiquiatría en nuestra
Universidad. Laborar hombro a hombro con mis antiguos maestros de la cátedra y al lado
de jóvenes promesas de nuestra psiquiatría, le dio un carácter especialísimo a este pasaje de
mi carrera. Por otro lado, don Homero Silva, líder admirable, me honró al hacerme primero
Director Asociado de la Facultad y luego Director de Asuntos Pedagógicos de la
Universidad. Como miembro del Consejo Universitario me fue posible alternar con
maestros y colegas valiosos tales como Eduardo Pretell, Roger Guerra-García y Roberto
Beltrán. Uno de los mayores logros al frente de aquella Dirección fue la re-estructuración y
modernización del examen de ingreso a nuestra universidad, debido en buena parte a un
comité que integraron Graciela Domínguez, destacadísima y admirada compañera de
promoción, José Alvarez y Carlos Bambarén. Finalmente, tuve el gran placer de iniciar los
primeros contactos con la Misión Japonesa encabezada por el Prof. Masaaki Kato para
echar las bases de lo que más tarde sería el Instituto Nacional de Salud Mental “Honorio
Delgado-Hideyo Noguchi”. En 1980, mi familia y yo retornamos a los Estados Unidos. Fue
una decisión de la que, como lo he dicho en varias ocasiones, ni me arrepiento ni me
enorgullezco. Simplemente, ocurrió.
Mi segunda fase de trabajo en Estados Unidos me ha llevado del Departamento de
Psiquiatría de la Universidad de Alabama en Birmingham, al de Emory University en
Atlanta y, desde el 2003, en la Escuela de Medicina de la Clínica Mayo. Son más de 25
años de labor académica y clínica, con toques a veces intensos de labor administrativa a la
cual, sin ser mi favorita ni, por cierto, una prioridad en mi vida profesional, he llegado a
profesar un renovado respeto. Mi experiencia profesional norteamericana me ha enseñado
el valor del trabajo organizado y de la labor de equipo, el mérito de una comunicación
amplia y objetiva, la posibilidad de un diálogo constructivo, el no perder de vista los
objetivos fundamentales de nuestra misión. Todo ello no me impide percibir diversos
grados de rigidez sistémica (que a veces se traduce en frialdad frente a los aspectos
netamente humanos de cualquier situación) y el en ocasiones no tan sutil juego de intereses
políticos o personales. He afirmado en varios foros que, merced a sus inmensos recursos, la
medicina norteamericana y su brazo académico pueden darse el lujo de seguir laborando a
pesar de fracasos a veces ruidosos y hasta lamentables.
En el Perú, al igual que en muchos de nuestros países latinoamericanos, la limitación de
recursos se traduce en cautela cuando no en informalidad o superficialidad obligada. Al
mismo tiempo, sin embargo, creo sinceramente que nuestras estructuras académicas pueden
beneficiarse de un natural énfasis creativo (determinado precisamente por esas
limitaciones), de una genuina capacidad de trabajo y de la vigencia clara de ideas y
principios que combinan humanismo auténtico, sensibilidad y flexibilidad. Sabemos lo que
significa adaptar ideas teóricamente impecables a realidades lacerantes; nos entregamos de
veras a un trabajo real de trinchera, lejos de especulaciones asépticas. Existen pues
diferencias entre concepciones y prácticas médicas en Estados Unidos y Latinoamérica,
diferencias que ocuparían volúmenes. Tal vez en algún momento me anime a escribir algo
sobre el tema.
Si pudiera darnos aquí algunas reflexiones iniciales sobre el tema, ¿cuáles serían sus
comentarios específicos en torno a Cayetano Heredia como entidad académica en el
Perú?
En los dos últimos años de mi carrera en Cayetano Heredia fui uno de los tres estudiantes
(con Eduardo Barriga y Víctor Puente Arnao) que formamos parte de un grupo de trabajo
liderado por Mariano Querol y Leopoldo Chiappo, encargado de preparar un documento
que describiera la historia, las experiencias y los principios que dieron forma a nuestra
Universidad. Fue una de las aventuras intelectuales más fascinantes y completas que he
vivido. Cada jueves por la noche en la casa de Mariano, entonces en la Av. Javier Prado,
doce o quince heredianos nos reuníamos para intercambiar ideas, discutir y debatir las
esencias del fenómeno que nos había tocado vivir. El resultado fue un librito titulado
“Principios Fundamentales de la Renovación Universitaria” que guardo con profundo
cariño y respeto porque me recuerda no sólo una experiencia extraordinaria, sino el
basamento histórico, filosófico y humano de un hecho hasta entonces inédito en el Perú y,
probablemente, en el mundo.
Llamamos a aquellas jornadas “Renovación Universitaria”, para tomar distancia de la
histórica “Reforma Universitaria” que desde 1919 con el “grito de Córdoba”, había
presidido jornadas memorables para generaciones de jóvenes universitarios a lo largo del
continente. La comprobación, sin embargo, fue que después de décadas la Reforma había
languidecido víctima de desvíos y claudicaciones, de retórica, demagogia y politización
descaradas. Era pues necesario, rescatar los valores primigenios de la Reforma e inyectarles
el vigor de reales ideas de avanzada en el campo de la educación médica y universitaria, en
la concepción de principios civilizados de interacción generacional y en la concreción
institucional de tales principios; en suma, una integración madura de doctrina y praxis. Eso
fue y es Cayetano Heredia en la escena de la educación superior en nuestra patria.
Tenemos una historia real con héroes reales. ¿Qué fueron si no esos cuatro centenares de
docentes que arriesgaron sus carreras en una decisión dictada únicamente por convicciones
prístinas? Tenemos ejemplos perdurables de liderazgo auténtico en las vidas legendarias de
Delgado o Hurtado, tuvimos drama intenso con la muerte de Alzamora, los encuentros en la
pileta de San Marcos, la firma por el Vice-Presidente Gallo Porras, del documento que dio
vida a la Universidad y su Facultad de Medicina. Como entidad académica, la UPCH trata
de institucionalizar coordinación, comunicación e integración puestas al servicio de la
excelencia. Cayetano Heredia hace política sí, pero no la política barata de pasillo o
contubernio; es una política educacional madura y coherente con principios inalienables.
Cayetano Heredia practica un liderazgo al que tiene derecho porque sigue siendo la mejor
Escuela de Medicina del país y porque ha expandido su campo de acción de manera
sistemática y consistente. Alguna vez describí a Cayetano Heredia como una universidad
poseedora y practicante de un elitismo intelectual y pedagógico substancialmente diferente
del elitismo vacío y frívolo del dinero o del apellido rimbombante; y opuse ese término al
de un populismo, entendido como resultado de prédica demagógica o de simplificaciones
mediocrizantes. Me ratifico en esos conceptos.
Y desde esa perspectiva, ¿qué consejos daría Ud. a los estudiantes heredianos de hoy?
El alumnado herediano es, obviamente, la mejor y más grande esperanza de un futuro que
todos queremos brillante. Dicho esto, dar consejos puede ser peligroso o poco útil pero de
todos modos asumo el riesgo. En primer lugar, la necesidad de estudiar a conciencia pero
también de balancear ese estudio con el genuino goce de lo mucho que ofrece la vida, la
familia, el arte, la cultura, y aun la vigencia y el uso del “ocio saludable”, del que alguna
vez oí hablar a mi maestro Javier Mariátegui. No perder nunca la “capacidad de asombro”,
frase favorita de mi gran amigo José Arana, un herediano prematuramente desaparecido, la
curiosidad que genera una búsqueda incansable de más conocimiento así como la
convicción de que nunca sabremos demasiado y de que el goce puede estar más en la
travesía que en el destino de esa travesía. No olvidar sus orígenes ni las razones superiores
que los impulsaron primariamente a escoger medicina o cualquiera de las “profesiones de
ayuda” a seres humanos sufrientes y necesitados. Practicar el altruismo que ennoblece, la
lealtad que enaltece, la amistad que dignifica. Ver mucho más allá que los intereses
personales o del momento, practicando una auténtica vocación de servicio. Y venerar a sus
auténticos maestros, esos padres vicariantes que se empeñan siempre en mostrarnos el
camino.
Es precisamente con un breve comentario en torno al rol de los maestros, con que quisiera
concluir este diálogo. Es claro que su responsabilidad es enorme. Y es claro también que
nadie duda de su entrega sincera a la labor de todos los días. El mantenerse cerca de sus
estudiantes sin adoptar posturas torremarfilistas o arrogantes, es crucial. Lo es también el
mantener una esencial honestidad profesional que hará de la búsqueda de la verdad, la
apasionante jornada de la que he hablado antes. Esa búsqueda es también una constante
brega en pos de la excelencia. La mediocridad corroe y pareciera sobrevivir más que otros
elementos en todos los niveles de la vida académica. Su esencial naturaleza la hace a veces
poderosa y malévola, la impele a ahuyentar a los mejores para preservar sus exiguos logros.
Por lo tanto, es deber esencial de maestros y alumnos heredianos el deshacerse de ella si
existiera o el impedir su vigencia si intentara irrumpir en nuestros claustros.
Dr. Alarcón, muchas gracias por concedernos esta entrevista.
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