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Diego Tatián Recuerdo de haber leído unas páginas de Levi

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Diego Tatián Recuerdo de haber leído unas páginas de Levi
Diego Tatián
Recuerdo de haber leído unas páginas de Levi Strauss, que contaba algo que a
mí siempre me impresionó. Cuenta un trabajo de campo de hace muchos años,
en la década del 30, en una comunidad arcaica de Brasil, y contaba que un
grupo de personas tenía un hueso que le atravesaba la nariz. Entonces Levi
Satruss preguntó por qué usaban el hueso en la nariz: y la respuesta fue
porque era obvio, porque la vida era inimaginable sin un hueso en la nariz.
Entonces Levi Strauss se puso a hacer una genealogía de esa comunidad, y
resumidamente, llegó a un momento en donde la gente no usaba el hueso en
la nariz. Empezaron a usar hueso una vez cuando un jefe, que era narigón y
además susceptible, creía que las personas que se tocaban la nariz le hacían
burla. Entonces prohibió con la muerte a las personas que se tocaran la nariz.
La gente, para no cometer el error de tocarse involuntariamente la nariz, se
puso un hueso. Después el rey se murió y la gente se quedó con el hueso; pero
ya se pintaban el hueso, lo ponían más largo, más chico, y con el tiempo eso se
naturalizó y luego la vida pasó a ser inconcebible sin un hueso en la nariz.
Lo interesante del relato de Levi Satruss es que todos nosotros somos, de
alguna manera, esas personas. Todas las culturas, todas las sociedades tienen
un hueso en la nariz, por decirlo metafóricamente. Qué son si no nuestras
relaciones de parentesco, nuestro sistema de justicia, el mercado, todas esas
cosas sin las cuales nos resulta muy difícil pensarnos, aunque en el origen no
son naturales, no son necesarias, no son obvias. Y por eso el hecho de que un
conjunto de personas no considere necesarias las cosas, sino que todo sea
pasible de ser pensado, interrogado, conmovido, y el límite de lo que sea
posible ser pensado sea siempre corrido un poquito más allá, me parece que es
muy importante, porque cuando eso se pierde, se deja libre el territorio para
formas de dominación y para formas de dominación que no se perciben como
tales, que son naturalizadas. Por eso el pensamiento sobre lo que hacemos y lo
que somos tiene una dimensión política indudable.
Con esto quiero decir que me parece muy bien pensar las cosas, con
prudencia, sin nigún tipo de taxatividad... Y esta escena que hoy estamos
viviendo a mí de verdad me resulta emocionante, porque hay un trayecto
biográfico de todos nosotros que sin duda incide en la manera en que nos
representamos las cosas.
Yo soy ex alumno del Belgrano. Estuve acá en un momento que no era un
momento cualquiera en la Argentina; yo fui compañero de Daniel [Palombini]:
nosotros entramos en marzo del 76 y egresamos en diciembre del 83. (…) Me
acuerdo de las Malvinas, en el año 82 (…) y recuerdo que en ese año a Coelho
le hicimos un centro de estudiantes. Y una de las cosas que discutimos en ese
momento fue precisamente el ingreso. Finalmente quisimos hacer una
votación, en el año 83, y él nos decía que bueno, pero que los chicos de primer
año no votan. Y nosotros que sí, que votan, y él nos dijo “votan pero el año que
viene, cuando ustedes se vayan”. Me acuerdo que ya estábamos
envalentonados, porque era el clima de época, y nos íbamos al frente a discutir
sobre estas cosas, y el problema del ingreso era fundamental.
Y desde entonces me quedó. Años más tarde, yo hice mi carrera universitaria,
también fui docente acá, y participé en la política universitaria como consiliario
en el Consejo Superior por el claustro docente de la facultad de Filosofía y
Humanidades. Y me acuerdo que por esos años, 2004 o 2005, asumió la
Dirección de la Escuela el contador Garrido. Y él iba siempre al Consejo
Superior, y una vez lo crucé y le dije “José, vos sabés que tengo un berretín de
cuando era estudiante: por qué no hacemos sorteo en el Belgrano?”. Garrido
no me dijo nada en ese momento, pero tiempo después me llamó y me dijo “el
miércoles en el Consejo Asesor se va a discutir el tema del ingreso. Por qué no
te venís?”. Y yo fui: año 2006 debe haber sido. Y claro, había viejos profesores
míos, viejos celadores mío... y yo dije lo que me parecía, no? Pero como una
impresión, como una manera de conversar sobre algo que podía ser
conversado: que me parecía que este colegio que está dotado de una
excelencia en lo edilicio, en lo pedagógico, en lo académico, pudiera estar al
servicio de una población estudiantil de otras características. Eso era un poco
el núcleo de lo que dije, y obtuve un desacuerdo unánime, salvo Paco que me
acuerdo que dijo otra cosa. Y una cosa que siempre recuerdo, que dijo un viejo
profesor mío que ya no está más, que dijo: “pero si la vida es una lucha donde
llegan los más aptos”. Y con ese criterio, claro, por qué en la escuela no
debería pasar lo mismo.
Entonces yo me quedé pensando en esa especie de darwinismo social
elemental que había formulado este profesor, y para esta ocasión se me
ocurrió que mi contribución podía girar alrededor de un concepto que además
vi que está dando vueltas en el debate sobre el ingreso.
Pensaba que hay un concepto que está en el corazón de lo que se está
discutiendo y sobre el que me gustaría reflexionar, y que es el concepto de
mérito. O mejor, vamos a decirlo así: el concepto de igualdad.
Porque no es obvio que la igualdad sea, ¿no? Hay un litigio, una disputa en
torno a la noción de igualdad. Si nosotros nos ponemos a discutir qué
entendemos por igualdad, seguramente vamos a decir cosas muy distintas.
Pero para juntar este concepto con otros yo diría lo siguiente: el capitalismo,
especialmente el capitalismo tardío -aunque también el capitalismo clásico- , a
través de su teoría liberal más refinada, justifica las desigualdades sociales a
partir de lo que se llama la teoría social del rendimiento, lo que en el habla
española se conoce como meritocracia. Y esa meritocracia es entendida como
igualdad de oportunidades estrictamente formal. Esta es la base del
pensamiento neoconservador, sin plantearlo en términos peyorativos: yo
mismo soy conservador en muchos aspectos de la vida.
Para pensar la igualdad, dentro de la historia de la filosofía hay un nombre
central que es el de Rousseau, el ideólogo de la Revolución Francesa. De ahí
viene la palabra jacobino, por Rousseau que se llamaba Jacques, Jacobo. Pero
Rousseau, curiosamente no era jacobino; él se murió un poquito antes de la
Revolución Francesa. Rousseau en una obra que se llama Ensayos sobre la
desigualdad dice que hay dos tipos de desigualdad: un tipo de desigualdades
que son naturales, y otros tipo de desigualdades que son sociales. Las
desigualdades naturales tiene que ver con la heterogeneidad: las personas
somos heterogéneas. Algunos somos altos, otros bajos, unos negros, otros
blancos, algunos mujeres, otros varones, otros no se reconocen ni como
mujeres ni como hombres, otros quieren construir su género; somos todos
diferentes.
Ahora lo que Rousseau decía es que la distribución desigual de bienes
económicos, sociales, simbólicos, educativos, culturales, no es natural. La
distribución desigual de bienes se produce y se reproduce por instituciones
sociales, cuyo establecimiento no es obvio. Instituciones que podemos
imaginarlas, que podemos pensarlas, y que entonces podemos pensarlas de
otro modo.
Entonces a mí me parece que hay una pregunta que es muy importante para
esta escuela, y en general para este país y para la vida, y es cómo imaginar
instituciones que no sean máquinas de reproducir desigualdades evitables,
desigualdades que no son naturales sino que tienen un origen social.
Los pensadores de raíz conservadora tienden a pensar que las desigualdades
tienen siempre un origen natural, mientras que la teoría de corte socialista
entiende que las desigualdades tienen unas razones que son sociales. La teoría
meritocrática trata de sentar criterios racionales, porque es una teoría que
justifica las desigualdades. Yo voy a tratar de hacerle honor a esta corriente
meritocrática, voy a tratar de no banalizarla, para decir después por qué no me
gusta.
Según esta teoría son legítimas todas las desigualdades que expresen talentos
diferentes. Y en cambio, son desfigurados estos talentos por privilegios que son
racionalmente insostenibles, y que están enquistados en estructuras como la
división de clases. Y así, según esta perspectiva, es tanto más justa en la
medida en que las diferencias sociales representan mejor las diferencias que
son naturales y las motivaciones de rendimiento.
Así, a diferencia de las sociedades estratificadas -estratificadas
sustantivamente, como el feudalismo, cuyos criterios de desigualdad tienen
que ver con conceptos como el de sangre, como el de linaje y demás-, para
esta teoría las elites pueden se racionalmente producidas. No justificarse por
razones de herencia, por ejemplo, o por la imposición de relaciones de fuerza.
Así, la teoría meritocrática en su mejor versión propone combinar igualdad de
oportunidades con autodesarrollo. Tiene que ver con lo que algunos llaman la
invención del individuo: el derrumbe de órdenes de rango, a favor de una
estructura social en la que la carrera -escolar, universitaria-, el examen
profesional y otros mecanismos formales para medir el rendimiento pueden
convertirse en los únicos determinantes del estatus.
De este modo, en la teoría meritocrática la igualdad debe ser garantizada
mediante la igualdad de oportunidades, y el autodesarrollo de cada uno debe
ser compatible con el desarrollo de los otros, no debe obstruir el desarrollo de
otros sino que debe ser armonizado. En la teoría política hay una perspectiva
que se conoce como la fábula de las abejas, que está en la base del
capitalismo, y que dice que cada uno persiguiendo su propio interés, en
realidad inconscientemente está produciendo un incremento en la riqueza
colectiva. Ahí está la metáfora de la copa que rebalsa, de la mano invisible que
acomoda todo eso de manera tal que esa pasión egoísta redunda en un
beneficio público.
Los defensores de la teoría meritocrática suelen apelar a una metáfora que es
la metáfora de la pista de carreras, del hipódromo. Si a los corredores se les
garantiza igualdad de condiciones, si parten de la misma línea de largada, si
salen todos al mismo tiempo, si no se hace trampa al momento del inicio, y
llegan a la meta en tiempos distintos, bueno, eso se debe a que hay
diferencias de velocidad, de fuerza, de talento, de esfuerzo, de preparación, de
mérito.
La idea es que si se ofrecen garantías en la línea de largada, las diferencias
que se producen a lo largo de la carrera tienen que ver con méritos
individuales de quienes compiten, y entonces es justo que quienes llegan
primero a la meta obtegan la medalla de oro, quien llega segundo la de plata y
quien llega tercero la de bronce.
Según esta metáfora de la vida como una carrera, el Estado deberá garantizar
las condiciones de partida, es decir, la igualdad de oportuniades. Esto de la
igualdad de oportunidades es una cosa que está en el centro del ideario liberal.
Las desigualdades que se producen naturalmente por diferencas de esfuerzo,
de talento o de inteligencia, siempre que sean garantizdas las condiciones de
partida -la igualdad de oportunidades-, están racionalmente justificadas. Hasta
aquí la reconstrucción muy somera del argumento meritocrático, como yo lo
entiendo y espero no haberlo manipulado ni malversado.
Ahora, a mí me parece que en la materialidad del mundo social las cosas son
bien distintas. Por empezar, nunca estamos en la misma línea de largada;
nunca vamos a estar, por una infinidad de variables. La pura enunciación
formal de igualdad de oportunidades no la garantiza.
Yo creo que aquí vale una pequeña variación del léxico en relación a lo que
veníamos hablando: creo que no se trata de igualdad de oportunidades, sino
de igualdad a secas. Son dos cosas distintas, porque la igualdad de
oportunidades puede atentar contra la igualdad. En un discurso que suele
autoconcebirse como progresista se usa mucho la idea de igualdad de
oportunidades, pero me parece que tenemos que corregirnos y hablar sólo de
igualdad.
La vida humana en sociedad tal como la conocemos está continuamente
sometida a exámenes de todo tipo, evaluaciones, calificaciones, determinados
por la lógica meritocrática de castigos y premios, incentivos, etc. Esto pasa en
la relación padre-hijo, maestro-alumno, la mayoría de las relaciones en nuestra
vida está muy tomada por esta lógica. Yo tengo hijos, y cuando los tuve dije
“yo nunca voy a amenazar con un castigo o sobornar con un premio”; y la
verdad es que no pude, no lo pude sostener...
Pero sí creo que es interesante intentarlo. Y yo me pregunto si hay
instituciones que no pueden pensarse de otro modo; venía pensando si no será
ya hora de suprimir la institución del abanderado, o la medalla de oro en la
Universidad, etc. Cuando yo venía al colegio, el que merecía llevar la bandera
-como premio por ser superior a los otros, porque tenía un rendimiento que
aventajaba a sus compañeros- no importaba si era un delator, si era egoísta...
el tipo estudiaba y subía por esa escalerita con la bandera. Entonces me
pregunto: ¿no es posible establecer un vínculo en común que no sea el de la
competencia, el de la carrera? Digo que las relaciones sociales en una escuela,
en la sociedad en general, estén reguladas por otras relaciones que no sean las
de competencia, bajo la lógica de que la vida es una carrera de todos contra
todos en la que todos participamos tratando de aventajar a los demás.
Lo que interesa aquí es el propio concepto de igualdad, que no se agota en un
conjunto de condiciones ni de oportunidades. Sería este un proyecto que no
supone una igualdad de oportunidades -que además nunca se verifica en los
hechos-, sino que parte de las diferencias, que las hay siempre, para producir
institucionalmente igualdad. Ir de la diferencia a la igualdad, porque la
igualdad no se produce espontáneamente; el capitalismo no produce igualdad,
debe haber instituciones que lúcidamente se propongan no ser máquinas
reproductoras de desigualdad.
Dicho sea de paso, no hay que hacerle caso siempre a la etimologías porque no
siempre aportan, pero la palabra mérito comparte raíz con mercado, con
mercancía, con mercenario, y también con meretriz. No sé qué quiere decir esa
raíz “mer”, pero no parece tener una etimología positiva. Por supuesto que en
la historia de los conceptos hay algunos que han trastocado sus etimologías
negativas en sentidos positivos...
Lo que interesa aquí es construir un concepto más complejo de igualdad, que
se vincule además con otro concepto de libertad no ceñida a una superioridad
sobre el otro ni mucho menos con una indiferencia respecto de los otros. Se
suele decir que “mi libertad termina donde empieza la libertad de los otros”; a
mí me gusta invertir esa idea y plantear que mi libertad comienza donde
comienza la libertad de los otros. Ahí tenemos una idea común, social de la
libertad; la libertad nunca es de uno solo, sino libertad con otros.
La reflexión sobre una institución pública nos lleva a conceptos que toda
generación debe recrear y reinventar, me parece a mí, que son libertad,
igualdad, también fraternidad, e incluso felicidad, emancipación, y otras
palabras que nunca terminarán de estabilizarse pero que al mismo tiempo es
imposible desprenderse de ellas. Yo creo que cualquier sociedad que se
desentienda de esas palabras, está al borde del apartheid. El apartheid
significa separación, discriminación; nosotros estamos siempre al borde de un
apartheid que es educativo, que es arquitectónico, que es urbano, que es civil,
que es social, que es sexual, que es racial. El apartheid es siempre una
amenaza colectiva. Y a mí me parece que las instituciones públicas, la vida
pública, la política entendida en su mejor manera, debe generar un
contramovimiento respecto de esta posibilidad del apartheid, para decirlo
metafóricamente. Un movimiento contrario sería un movimiento hacia la
integración, hacia la inclusión, hacia el conocimiento mutuo. Un movimiento
contrario sería un movimiento hacia la mezcla; la mejor sociedad es una
sociedad mestiza, una sociedad que desconfíe de todas las purezas
-educativas, sexuales, raciales, nacionales-, que vea en la mezcla una
oportunidad para construir la vida de la mejor manera. Y que ve que esa
tendencia hacia la pureza desata pasiones que nunca se sabe hacia dónde
pueden llevar: pasiones de menosprecio, de desprecio del distinto.
En esto hay una vigilancia del pensamiento que es muy importante. Hay un
sintagma que me parece interesante que es el de la banalidad del mal: el mal
aparece muchas veces sin revelarse como tal, como la cosa más natural del
mundo. Hay cosas que aparecen de ese modo y yo creo que hace falta una
vigilancia, una praxis del pensamiento al respecto.
Esto no quiere decir que las sociedad sean jardines de infantes: las sociedades
son guerras de intereses, contiendas de pasiones. Pero precisamente por eso
es que es necesario pensar cómo hacer en el conflicto instituciones que
produzcan órdenes de libertad y produzcan igualdad.
Para volver a nuestra pregunta. Esta pequeña deconstrucción que yo hago
sobre el concepto de mérito, no quiere decir que dé lo mismo todo, que
cualquier cosa sea igual a cualquier cosa, porque en un nivel no se puede vivir
sin la ficción del mérito, por decirlo de algún modo. Pero la propuesta es volver
lúcida esa ficción, volverla consciente de que es una ficción; como decía
Aristóteles en alguna parte de la Ética, “no hay ningún mérito en tener mérito”.
Uno no es inteligente por ser inteligente, ni es un estúpido por ser estúpido, y
así sucesivamente podríamos hacerlo... Bueno, pero esto es una reflexión que
es conjetural, pero al margen de esto, esto nos saca de la omnipotencia de
personas que creen que son inteligentes, que son meritorias, más que los
otros, y también de la impotencia. La pregunta es cómo volver a pensar, volver
a conmover las estabilidades a partir de una conversación como la que
estamos teniendo. Yo creo que ese es el desafío, y la pregunta acerca de qué
es lo que esta Escuela puede ser es una pregunta muy interesante y en la que
podemos intervenir todos los que estamos involucrados, a partir de asumir la
capacidad de imaginar muchas otras cosas.
Muchas gracias.
Preguntas, opiniones del público
1-Público: Yo quisiera retomar el tema de la inclusividad. Creo que esta
discusión sobre mérito, sorteo e inclusividad se solucionaría, podríamos ser
totalmente inclusivos si hubiera espacio para todos. Si esta Escuela fuera más
grande podríamos garantizar la demanda de todos y no estar discutiendo cómo
se reparte la pequeña torta; podríamos estar discutiendo cómo hacer crecer
esta Escuela incluyendo a todos. ¿Cuántos años hace que a esta Escuela no se
le agrega un aula? ¿Y si esto no es sólo un problema pedagógico sino un
problema político, por qué no formamos alumnos que vayan al Congreso y
generen un presupuesto para educación que permita tener las plazas
necesarias?
Y con respecto al sorteo y al mérito: entiendo que ustedes son panelistas, creo
que por mérito; entonces digo yo: ¿por qué no sorteamos a los panelistas, y
acá venía a hablar cualquiera?
2- Público: Acá veo tres panelistas defendiendo una sola idea, pero creí que
venía a un debate. Quiero saber por qué no hay otras posiciones en el panel.
Yo acabo de escuchar tres exposiciones, y lo que saco en limpio es que
ninguno está de acuerdo con el actual sistema de ingreso. Yo en particular, he
estado viendo las opiniones de la comunidad de la Escuela y puedo decir que la
gran mayoría está de acuerdo con el sistema actual, y una minoría no, y es la
que está dando su opinión. En un sistema democrático se supone que
deberíamos respetar a las mayorías.
Prof. Reyes: Se lo voy a contestar. Hemos creído que una de las mejores
maneras, o al menos una de las menos dañosas para presentar ideas y
argumentos, era ir haciendo este tipo de paneles. El panel siguiente, el
segundo panel, hay gente invitada que defiende la otra idea. A lo largo de los
tres paneles van a exponerse todas las posiciones.
3- Público: la pregunta es para Diego Tatián, acerca de qué parámetros tuvo
en cuenta la Facultad de Filosofía para su ingreso como docente. Si lo eligieron
por alguna otra característica diferente que su formación académica y
profesional. Y ya que nos ilustraste sobre el origen de la palabra mérito, por
qué no nos contás sobre el origen de la palabra sorteo.
Diego Tatián: puedo decir algo sobre la primera intervención también? Quiero
decir que yo estoy completamente de acuerdo; incluso me imagino un
Belgrano para todos los chicos en edad de escolarizarse en Córdoba. Imagino
una educación pública de calidad, irrestricta. En eso estamos de acuerdo todos,
o muchos; la diferencia está en que vos decís “no tiene ningún sentido discutir
el ingreso al Belgrano en tanto y en cuanto no haya un Belgrano para todo el
mundo”. Y a mí me parece que la discusión de una Escuela que fuera inclusiva,
asumiendo el cupo de 256 vacantes, debería suponer un esfuerzo acerca de
cómo ser lo menos discriminatoria posible. Si nosotros hacemos una escuela
con una población mestiza -dicho metafóricamente, con una población
heterogénea, con chicos que provengan de escuelas urbano marginales junto
con chicos de padres profesionales-, efectivamente eso va a ser de la Escuela
una escuela irrestricta. Incorpor una lógica que existe en la Universidad, la
lógica del ingreso irrestricto, que existe en la UNC salvo en Medicina, que nos
costó una lucha terrible en el Consejo Superior y que la perdimos.
Ahora yo creo que una discusión no invalida la otra. Transformemos el
Belgrano para que sea lo más inclusivo posible, dentro de la restricción de las
256 vacantes, y poner la reflexión al servicio de la transformación de las
desigualdades, puede ser una estación, puede ser el tránsito para multiplicar
esas experiencias, y no para retardarlas. Eso es lo que yo diría en cuanto a esa
cuestión; como dilema, me parece falso. Sí me parece sustancial el hecho de
que hay que expandir la educación pública.
En cuanto a lo otro, yo accedí a mis cargos siempre por concurso, y tengo
concursos vigentes. A mí me parece que el derecho a la educación no es
analogable con la manera de acceder a los cargos docentes que tienen las
personas que el sistema prevee para satisfacer el derecho a la educación que
tienen las personas que se educan.
Efectivamente se toman trayectorias, que son biográficas -yo efectivamente
me preparé para determinada cosa; por ejemplo yo no podría dar clases de
ciencias económicas, o de tecnología-; son dos situaciones que no son
analogables. Y tienen la forma de una falacia, que se vio también en nuestro
país cuando se discutió la ley de matrimonio igualitario. Es una falacia por
analogía: en el Congreso, la mujer de Gelblung dijo que con ese criterio por qué
no casarse con animales, con insectos, etc. Es decir, para desmontar un
avance real respecto del avance en la igualdad de estas personas, se operó
llevando al extremo para decir que cada uno se podía casar con cualquier cosa.
No, no me parece que sea un argumento válido por ese lado. Y por otro lado,
me parece que efectivamente hay que saber que el centro de la educación
pública no son los docentes -por supuesto que hay un derecho al trabajo y
demás- pero el centro son las personas que van a la escuela a educarse. Y
desde ese punto de vista es que tenemos la obligación de brindarles educación
de calidad.
Tampoco creo que los concursos garanticen nada, pero creo que es una cosa
menos peor que otros sistemas, que son sistemas por dedocracia, etc. Pero no
creo que sean para nada situaciones analogables.
3- Público: Me refería a tu reflexión sobre el mérito, y esta idea acerca de cómo
se accede a un cargo de profesor universitario que supone una valoración de
ese tipo. La Universidad valora para sus docentes y para sus alumnos el
mérito...
Diego Tatián: sí, yo creo que sí. Cuando yo digo ficción del mérito no me refiero
a nada peyorativo. No podemos vivir sin esa lógica del mérito, así como no
podemos vivir sin la ficción de la libertad. La vida presenta todo el tiempo
situaciones meritocráticas. En ese contexto me parece que es importante
pensar qué significa el mérito para un chico de 11 años; qué significa el
rendimiento, el mérito a los 11 años, y pensar que quizás hay otras lógicas que
pueden ser más respetuosas de los niños, que no sean someterlos a una
preparación de un año y la posterior frustración en caso de no lograrlo, con
toda la familia alrededor... Creo que no sólo puede ser un daño, sino que
además impide pensar otras formas más interesantes de constituir una
población de niños para que ingresen a la Escuela.
Liliana Abrate: yo quería agregar algo respecto de la idea de ampliar el cupo de
ingresantes; yo tampoco creo que esa sea la solución a los problemas que hoy
tenemos. Muchas veces cuando yo era docente de la Escuela conversábamos
con mis compañeros docentes, y sigo hablando ahora con otros docentes, se
me dice del otro lado: “bueno, claro, es fácil hacer una escuela de calidad con
un piso, con una selección como la que se hace en el Belgrano”. Frente a eso,
cómo podemos sostener el horizonte de una escuela de calidad para todos que
pueda multiplicarse en otro espacio? porque entonces tenemos que crear
escuelas preuniversitarias en toda la provincia, en todo el territorio...
4- Público: Estamos bajando las exigencias, les estamos diciendo a los chicos
que da lo mismo esforzarse que no esforzarse, el sistema educativo se está
cayendo a pedazos y estamos perdiendo también esta escuela. La Escuela
debe volver a exigir, debe poder devolverle a la sociedad lo que la sociedad le
está dando... ustedes viven hablando, se viven llenando la boca de pluralidad
pero se escucha una sola campana.
5- Público: yo, como la mayoría, lamento la ausencia de la otra escuela
preuniversitaria de la UNC, el Montserrat, que creo que podrían haber sido los
panelistas más adecuados, porque son de una escuela preunversitaria. POrque
además una de las panelistas puso en duda la efectividad del cursillo de
ingreso que se dicta en el Monse, se preguntó qué sentido tienen dos horas,
cinco meses; lamento que no hubiera nadie para contestar eso... Espero que se
curse la invitación y que haya otras voces, para que sea un diálogo y no un
monólogo. Creo que de las cosas que irritan a una mayoría es la insistencia con
la palabra mérito, meritocracia, y creo que esa sensación de irritación es
porque nosotros también nos damos cuenta de que mérito y sobre todo
meritocracia tienen una connotación negativa. Entonces nos produce rechazo
que se considere que el ingreso a esta escuela es meritocrático, porque como
dijo Diego, al parecer en la raíz de la palabra mérito estaría el otorgamiento de
status en función de carreras profesionales. La invitación a este debate según
esto también es meritocrática, porque al lado de cada nombre se pone “doctor
en tal cosa”, investigador, etc. Entonces no podemos hacer de cuenta que
ciertas cosas no existen; y luego es cierto, la escuela reproduce las
desigualdades, pero como dijo la señora también la reproduce con los
docentes.
Por otra parte, yo creo que la escuela no va a poder limar la desigualdad ni va
a poder igualar. Sí con respecto a la Escuela que tenemos y lo que hay que
pensar, los que somos docentes acá adentro sabemos que la Escuela no ha
sabido dar respuesta al problema de repitencia, o sea de permanencia en la
escuela. Entonces pregunto: ¿vamos a poder dar una solución -no voy a decir
de excelencia para que no piensen mal-, pero medianamente aceptable al
ingreso, si no podemos dar una respuesta a la permanencia? No.
7- Público: Quería hacer hincapié en las palabras del licenciado que retomó a
Aristóteles, la idea de que no hay mérito en tener mérito. Esto lo decía
Aristóteles, que tenía esclavos para poder pensar... Creo que la visión del
licenciado es para tener en cuenta, la concepción sobre la libertad, pero es una
macro visión. Sería lo ideal tener todas las libertades que han planteado, en
tanto y en cuanto la sociedad fuese libre. Pero no podemos plantear solamente
libertad desde el Belgrano hacia arriba, si nuestros hijos no van a tener
libertades cuando salgan del Belgrano. Por eso nosotros hablamos de igualar
en condiciones, no igualar en general; igualar en condiciones porque es el
ámbito que nos atañe. Para igualar en general tendríamos que articular los
programas de educación con la provincia, que como ya señaló un señor se está
cayendo a pedazos. Entonces lo que irrita es que no se pueda debatir, que no
haya panelistas que puedan defender esta otra propuesta, es porque estamos
viendo que se está haciendo lo mismo que con la 8113, donde se hicieron
espacios donde todo el mundo participó, pero el gobierno dijo que no
importaba cuánta gente había participado y metieron la 8113 con todo el
aparato represivo del Estado...
5- Público: además porque la última palabra no la tenemos nosotros, la tiene
el rectorado...
Exactamente. Yo creo que le estamos dando con esto un mensaje a la juventud
que... con ese criterio, nuestros alumnos deberían pasar de año por sorteo, por
sorteo también, como dijo el licenciado, debería ser el abanderado... Si no les
enseñamos nosotros...
Marieta Lorenzatti: vos planteabas acerca de que como docentes sabemos
acerca del problema de la repitencia. Justamente cuando yo hablaba de la
articulación entre ingreso y permanencia, cuando estamos en un trabajo
sostenido como el que hemos iniciado, tiene que ver con esto, con pensar
cómo analizar lo que está sucediendo en 4° y 5° año para poder pensar otros
modos, otras prácticas educativas que permitan superar esto que están
planteando.
En relación a lo que planteaba el papá, sobre cómo se va a discutir este tema.
Quiero dejar muy en claro que acá hay dos proyectos que se están debatiendo,
que comparten varias cosas, y en general fíjense cómo se instaló en la prensa:
se habla de orden de mérito o sorteo, y en realidad ninguno de los dos
proyectos plantea el sorteo. Da cuenta de cómo se va reorganizando el
discurso; un proyecto incluye sorteo sobre los aprobados, pero la prensa no
dice sorteo sobre los aprobados, la prensa saca una encuesta que pregunta
“está a favor del mérito o del sorteo?”. Pero a lo que iba es a esta respuesta
tuya de que después lo decide el Rectorado: quiero dejar muy en claro que es
el Honorable Consejo Superior, y el Consejo Superior no es el Rectorado, no es
la Rectora la que decide; es el Consejo Superior que está integrado por
diferentes claustros y todas las unidades académicas.
8- Público: Una de las panelistas expresó esta estadistica respecto de que los
hijos de los profesionales tienen mayor chance de ingresar a la Escuela; y le dio
a esa situación un significado negativo, como si esa chance fuera inmerecida.
Yo creo que justamente los hijos de universitarios tienen más chances porque
han valorado y han accedido a la movilidad social. Me pareció que tenía una
connotación negativa esa idea de que los que tienen más chances las tienen
porque sí, cuando son justamente las escuelas preuniversitarias las que
producen profesionales.
Y otra cosa que planteo, retomo la pregunta para Diego de si podés hacer
alguna reflexión sobre el sorteo, así como lo hiciste para el mérito, como para
tener un punto de comparación porque creo que son las dos alternativas.
Liliana Abrate: yo quiero aclarar que en ningún momento quise desvalorizar la
educación como vía de movilidad social, porque yo también soy producto de
esa creencia y de ese esfuerzo de mi familia, en la que no había ningún
profesional ni mis padres habían terminado el secundario, pero creyeron
mucho en la educación y permitieron que yo pudiera tener estudios
universitarios. Para mí y para mi familia la educación fue una vía de ascenso.
Lo que yo planteé es que esa vía, desde la década del 70 entró en crisis; que
ya no se puede garantizar -y de hecho los jóvenes lo expresan con mucha más
claridad que nosotros que seguimos todavía creyendo que eso es posible-, el
ascenso. Y traía las palabras de Silvia Blechman cuando ella recordando su
escolaridad decía “estábamos ahí porque estábamos completamente seguros
de que nos garantizaban una vida mejor y que íbamos a poder construir un
mundo mejor”. Eso ya no es así, de hecho no es así; los jóvenes están trayendo
a diario la experiencia de que la escuela ya no les puede garantizar el ascenso
social. No lo digo peyorativamente: ojalá pudiéramos volver a aquellos
tiempos, pero esos tiempos ya no son.
Y si me permiten quiero agregar una opinión que espero no los irrite, pero
quiero agregar una opinión respecto de la excelencia de las escuelas públicas
argentinas: no creo que sólo el Belgrano sea una escuela de excelencia; creo
que hay muchas otras escuelas en Córdoba y en otras provincias que también
tienen experiencias de excelencia. Entonces me parece que cuando se dice
que si vamos a copiar a las escuelas públicas de Córdoba vamos para abajo,
cuidado: hay escuelas públicas en Córdoba que también son excelentes. No
tienen ocho años de escolaridad, tienen apenas seis; no tienen ocho horas
diario de clase, tienen apenas seis, pero sin embargo sus resultados también
son excelentes.
Diego Tatián: muchas gracias por la pregunta, es un tema fundamental. Hay un
grupo de palabras que son sorteo, azar, fortuna, suerte, que es un tema clásico
de la filosofía. Por ejemplo Maquiavelo, decía que el infortunio, si no tomamos
ciertos recaudos respecto de cosas que no dominamos en la vida, cierta
prudencia, somos pasibles de un infortunio, de la mala suerte.
Entre los griegos la fortuna era una divinidad, y una divinidad que tenía
impacto en todos los órdenes de la vida, y especialmente en la democracia.
Platón, en La República, sostiene que el método de la democracia por
antonomasia es el sorteo. El método de la democracia es lo que imponen los
pobres libres; para los griegos la democracia no era el gobierno de la mayoría,
sino que es el poder del demos, el demos son los pobres, los pobres libres -los
jornaleros, los artesanos, aquellos que están excluidos de ciudadanía en
regiones aristocráticas-. Entonces el sorteo es la posibilidad de la participación
política para todos aquellos que no tienen riqueza, que no tienen linaje, que no
tienen cultura, que no tienen educación, que no hablan bien, etc.
Eso entre los griegos, por supuesto; yo no estoy diciendo que la democracia
sea sorteo ni mucho menos. No creo que por ejemplo el parlamento argentino,
cuando debate leyes tenga que decidirlas por sorteo. Porque hay situaciones
deliberativas que son muy importantes, como lo estamos haciendo acá, que
intercambiamos ideas honestamente. Yo acá no los quiero convencer de nada,
yo estoy tratando de ser claro con las cosas que pienso y que estoy abierto a
que estén equivocadas. Ahora, lo que trato de decir es que la deliberación está
muy bien, y que no deliberan angelitos, siempre hay relaciones de fuerza,
intereses, alguien que se impone: eso es la política. Pero la política no es sólo
imposición de fuerza; yo soy un realista político, pero la pregunta es cómo
dotar al conflicto de una conversación. Porque si el conflicto está despojado de
una conversación como la que estamos teniendo, es la guerra. Entonces creo
en el conflicto, pero también creo que estas situaciones como la que estamos
viviendo son fundamentales.
Yo me refería al sorteo en un situación específica que es dramática, que es el
ingreso a una escuela a la que muchos quieren acceder, y que no puede dar
satisfacción a toda esa demanda. Entonces yo me pregunto cuál es la manera
menos restrictiva, la manera que menos discrimina, la manera menos desigual.
En este caso particular es que a mí me parecía que el sorteo era la forma
menos peor hasya tanto tengamos un sistema en el que todos puedan acceder
a un Belgrano, para lo cual obviamente tenemos que seguir trabajando.
Yo no dije tampoco que los abanderados tienen que portar la bandera por
sorteo, dije una cosa mucho peor: dije que no tiene que haber abanderados.
Esa es mi opinión. Porque me parece que tenemos que intentar construir una
relación entre los seres humanos que no sea de competencia, que no sea de
aventajar, que no sea ser superior a otros. Y en ese sentido, esa sociedad que
a mí me gustaría que pudiéramos construir en cada lugar en donde nos toca
desempeñarnos, tiene una formulación muy canónica por parte de un filósofo
muy conocido que se llama Carlos Marx, y en uno de sus últimos libros titulado
Crítica al Programa de Gottha dijo “De cada uno según su capacidad, y a cada
uno según su necesidad”. Eso es una relación precisamente no de
competencia, no meritocrática, en la cual la sociedad no está prefigurada por
la lógica del mercado. El mérito es lo que está en la base de la ideología del
mercado. A nosotros nos puede gustar o no, pero el mérito nace con el
individuo y es el núcleo de la justificación racional del capitalismo.
Yo creo que no podemos vivir sin la lógica del mérito, pero lo que podemos
hacer es esforzarnos para que en algunas partes, empezar a construir las
relaciones humanas de otro modo.
9- Púbico: una aclaración acerca de la organización de los paneles.
Organizamos tres paneles en los que hay diferentes perspectivas y diferentes
aportes, y los acordamos con las regentes que son autoras de uno de los dos
proyectos de reforma del ingreso. En este primero se expresan algunas
miradas de especialistas sobre el tema educativo, y en los próximos hay otros
enfoques que van a permitir una contraposición más marcada de opiniones. Sin
embargo, como habrán visto, a pesar de todo el esfuerzo organizativo aun no
tenemos completo el segundo panel porque del listado de nombres propuestos
para sostener una posición favorable al examen aun no hemos logrado ninguna
confirmación para participar en estos paneles. Todos los propuestos, más otros
que contactamos nosotros, han rechazado la invitación. Así que seguimos
buscando, pero evidentemente no es tan sencillo sentarse ahí delante a
expresar opiniones en este tema tan delicado y que genera tantas pasiones.
Por otra parte, entendimos que el debate y la reflexión sobre el ingreso de
ninguna manera puede restringirse a dos posiciones supuestamente
antagónicas, como “examen vs sorteo”. Lo que estamos viendo es que hay una
cantidad inmensa de elementos que deben incluirse en el análisis, que hay
todo tipo de matices, historias, voluntades y deseos que deben ser
considerados. Aquí en este panel, de hecho, no hubo tres posiciones iguales
sino abordajes muy diferentes y aportes muy enriquecedores.
Por último, tengo que decir que yo sí presencié debate; acá no faltó el debate,
porque todos pudimos expresarnos y plantear nuestras diferencias con los
panelistas, expresar nuestros argumentos y confrontar con lo que se expuso.
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