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Se necesita muchacha
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nº 181 / 2007
Se necesita
muchacha
(Segunda parte)
Para que cambie la situación de
las trabajadoras del hogar los
empleadores deben asumir que se
trata de una relación laboral y no de
un servicio especial. El problema es
la intimidad que se crea a partir de la
convivencia que, a veces, cobra visos
insospechados.
Presentamos la segunda parte de este
reportaje sobre empleadas del hogar,
ganador del premio Avina.
Rocío Silva Santisteban
Escritora
Fotografías: Giancarlo Tejeda
Con la colaboración de Daniela de Orellana y León Portocarrero
Criada, doncella, camarera, muchacha, chacha, chica, doméstica, servidora, fámula, maritornes, mucama, asistenta, fregona,
moza, dependiente, aya, mandadera, cocinera, ayudante.
>>> “A veces los empleadores hacen
cosas como pedir plata prestada a
la trabajadora. Conocemos el caso
de una trabajadora que laboraba
para una anciana, y la señora ya
no tenía dinero. Entonces ella
seguía trabajando en esa casa
gratis y además en otras casas para
solventar los gastos de su patrona.
Lo hacía porque había establecido
una relación de afecto con la
empleadora, pero esas relaciones
son dependientes por un solo lado.
El problema es complejo”, nos
dice Blanca Figueroa, una de las
personas que defiende los derechos
de las trabajadoras del hogar desde
1974 y hoy asesora La Casa de
Panchita.
Pero si es como de la familia…
Este es el ejemplo más claro de la relación de dependencia que surge entre la trabajadora del hogar y la
El proyecto que dio origen a este
trabajo fue el ganador de las Becas
AVINA de Investigación Periodística. La Fundación AVINA no
es responsable por los conceptos,
opiniones y otros aspectos de su
contenido.
Reportaje
empleadora cuando no se toma en cuenta que se trata
de una relación laboral. Y es también una de las excusas
para no retribuir adecuadamente o para evitar pagar
un sueldo mensual, pues se alega que se trata de una
“relación cuasi familiar” en tanto se desarrolla dentro
del hogar. Pero a pesar de la cercanía, de esa intimidad
muchas veces de ida pero no de vuelta, de las confesiones que la empleadora pueda realizar, incluso si están
salpicadas de lágrimas o de dolores de cabeza, la relación
entre ambas no es familiar sino laboral. Eso debe quedar
siempre meridianamente claro.
Si la crueldad con la que se trata a muchos adolescentes
y niños que se ganan la vida como sirvientes se sustenta
en una compasión mal entendida y la caridad cristiana
es el camuflaje perfecto, en el caso de otras mujeres,
tanto o más curtidas que la empleadora, la relación se
disfraza de una extraña dependencia emocional. “La
trabajadora del hogar siempre anda cruzando los dedos
para que los empleadores no se peleen porque después
se la descargan con ella. Además está el dilema de ver y
escuchar todo. Incluso los celos… la empleadora quiere
que le cuente todo lo que le escucha hablar al señor por
teléfono y viceversa. ‘¿La señora con quién sale?, ¿quién
la llama?’, y la otra, igual. Entonces la trabajadora no
sabe si decir o callar”, sostiene Sofía Mauricio, ex trabaja-
dora del hogar y ahora directora de La Casa de Panchita,
pero puntualiza que “no eres parte de la familia, nunca
lo vas a ser, porque tú has sido contratada para cumplir
una función. Esa chica tiene su familia, no acá pero sí
en su pueblo. Que en términos de confianza haya una
mejor relación, perfecto, pero porque yo me llevo bien
en una empresa no soy parte de la familia del jefe”.
No obstante que “son de la familia”, muchas veces se
les designan otros espacios para que coman e incluso
cubiertos marcados y separados, como si se tratara de
una persona con una enfermedad. Hay un sentido común racista, soterrado en el tejido social peruano, que
adscribe a los seres humanos vistos como “inferiores”
una cierta condición de impureza contaminante. “Es
como automático: tiene su plato, su cubierto, su taza,
su baño. Es decir, el empleador la separa. No obstante,
tiene todo el día a los niños cargados, juega con ellos.
¿Cómo es posible, si es un ser tan impuro y sucio, que
críe a los hijos?”, refuerza la idea Wilfredo Ardito, de la
Mesa contra la Discriminación de Aprodeh.
Esta doble moral se puso en juego desde que, durante
el siglo XVII y hasta bien entrado el XIX, se requerían a
las “amas de leche” o nodrizas que en su mayoría eran
indígenas o mulatas. Un aviso publicado en El Comercio
el 16 de julio de 1854 dice: “NECESITA un ama de leche
que sea sana y sin vicios con preferencia si es morena, en
la calle de las Mantas n.º 32, en los altos darán razón”.
Las amas de leche, que al parecer se pusieron de moda
por la influencia alemana de los colonos de Pozuzo,
daban de lactar a los hijos de los patrones pero solo
los tocaban a través de tules: la piel era contaminante
pero la leche no. Absurdas sofisticaciones de nuestro
racismo criollo.
Mi cuarto no tiene puerta
“¿Ver la televisión? No, no, la señora tiene, pero no
creo que me daría la señora. Solo para sus hijos y para
ella nomás en su sala y no me puedo sentar ahí”, me
contesta Teodora Huamán Flores, de 19 años, estudiante de quinto de media en la escuela nocturna, y
trabajadora del hogar en el Cusco, cuando le pregunto
sobre las facilidades de descanso durante su jornada
laboral. Ella, a diferencia de quienes nos ofrecieron
sus testimonios publicados en la primera parte de este
reportaje, no ha sufrido violencia física ni sexual, pero
la discriminación, el maltrato psicológico y, lo que es
peor aun, el acoso moral, han sido permanentes durante
toda su vida. “Mi cuarto es chiquito nomás, mi cama
nomás entra y yo también y un poquito espacio y con
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la puerta abierta nomás. No tengo llave de la puerta,
no se puede cerrar, porque están metidos las cosas de
la señora”, termina confesando.
La precariedad del espacio disponible para dormir,
incluso sin ninguna intimidad, es el lugar común de
los dormitorios de las empleadas. A veces se les acondicionan los bajos de una escalera sin ventanas ni otro
ducto de aire que la puerta, o en la misma cocina se
habilita una cama de campamento o un simple colchón
en el suelo. La arquitecta Roxana Correa recuerda que
un propietario muy orgulloso del diseño de su casa a
todo lujo le enseñó una hornacina de tres niveles en un
pequeño habitáculo cerca de la cocina. Ella pensó en un
tipo novedoso de alacena o despensa, pero el propietario
le explicó que se trataba de la máxima economía de
espacio para el uso de tres empleadas domésticas.
No debe sorprender a nadie que las habitaciones de la
llamada “zona de servicio” siempre sean más pequeñas,
que los baños no tengan lavamanos sino solo ducha e
inodoro (los arquitectos imaginan que las empleadas
se lavan las manos cuando restriegan las ollas). Estas
medidas y otros detalles forman parte del Reglamento
Provincial de Construcciones de los distintos municipios y, a pesar de que se exige un mínimo de 3 m de
largo y 2 m de ancho para una habitación de servicio,
muchas veces en estos pequeños espacios deben vivir
dos o más trabajadoras, incluso con sus hijos pequeños,
durmiendo una sobre otra, en camarotes. El dormitorio
de servicio de mi propia casa, felizmente deshabitado,
contiene dentro la caja de luz del departamento. ¿También estará reglamentado un peligro así?
La historia de los espacios de servicio, según el arquitecto Juan Günther, se remonta a la Colonia y a la
zona llamada “el común”, donde vivían los esclavos, los
sirvientes, los caballos y hasta los perros, al fondo de
la casa y frente a la huerta. Este sistema funcionó tal
cual hasta el siglo XIX, cuando, debido a la influencia
del diseño francés, se pasó a crear el espacio doméstico
en la buhardilla, que durante el siglo XX se convirtió
en cuartos pequeños en la azotea de las casas. Siempre
junto a los perros y las palomas.
En un informe sobre disposiciones arquitectónicas del
espacio de servicio en las casas, Manuel Rodríguez Lastra
sostiene que lo óptimo es que la trabajadora y los empleadores compartan todas las áreas. Pero la “diferencia”
con la empleada está tan insertada en la mentalidad del
peruano que el hotel Ocucaje brindó el año pasado una
tarifa especial para amas por Año Nuevo: “Pero las amas
no participaban de las actividades recreativas del hotel;
tenían su propio comedor y sus propios baños aparte, e
Aportes que debe realizar el empleador
EsSalud 9%
Sistema Nacional de Pensiones 13%
Remuneración mínima vital (histórico)
Periodo de vigencia
Base legal
Monto
Del 1.9.97 al 9.3.00
DU 74-1997
S/. 345,00
Del 10.3.00 al 14.9.03
DU 12-2000
S/. 410,00
Del 15.9.03 al 31.12.05
DU 22-2003
S/. 460,00
Del 1.1.06 a la fecha
DS 16-2005-TR
S/. 500,00
Aportes mínimos-Formulario 1076
Periodo tributario
EsSalud
ONP
Setiembre del 2003
S/. 39,00
S/. 57,00
De octubre del 2003 a diciembre del 2005
S/. 41,00
S/. 60,00
Desde enero del 2006
S/. 45,00
S/. 65,00
Fuente: Sunat.
Reportaje
La Casa de Panchita
Sofía Mauricio y Blanca Figueroa son las
propulsoras de La casa de Panchita, ONG que
apoya a las trabajadoras del hogar con cursos
de capacitación y de recreación para sus hijos,
con información sobre sus derechos, pero que
es, sobre todo, un espacio para que lleguen, se
sientan cómodas, compartan conversaciones,
libros y revistas y un poco de ocio creador.
Desde el año pasado, debido a la necesidad
de ambas partes, también se ha convertido en
una agencia de empleo. En el 2006 recibieron
novecientas solicitudes de empleadores.
La Casa empezó en 1998, cuando el personaje del folleto, ‘Panchita’, se convirtió en el
icono de las trabajadoras. “Esta fue una historia que se validó, se utilizó con experiencia de
años y les encantó. Ellas empezaron a preguntar y a decir que ‘Panchita’ debe tener una casa”, nos comenta Blanca.
La Casa de Panchita comenzó en la calle Francisco de Cela, como una habitación de apenas 30 metros cuadrados.
“Después de tres años la habitación fue pequeñísima para la cantidad de gente. Nos mudamos a Canevaro, pero
tres años después no se podía ni caminar. Entonces nos mudamos a esta casa en República de Chile. Al principio las
chicas se sentían tímidas, porque es preciosa, ¿no?”
La casa es grande y sus patios permiten incluso que las hijas de las trabajadoras jueguen, aunque para las actividades
que dirigen los más de veinte voluntarios, que son alumnos de distintas universidades, llevan a los niños a parques
públicos. También hay una biblioteca y un comedor, y los días domingo burbujea de actividad.
Por supuesto, prestan asesoría laboral ante las diversas instancias del Ministerio de Trabajo y, de ser necesario, apoyo
jurídico y psicológico en caso de abusos de toda índole. Están empeñadas además en difundir los derechos de las
trabajadoras, y por ese motivo han repartido 70 mil ejemplares de la Ley de Trabajadoras del Hogar en Ate, Ventanilla,
los conos de Lima e incluso en Pucallpa. Zonas donde, según Sofía Mauricio, la discriminación es mucho más fuerte,
“porque no se toma conciencia de la situación de esa trabajadora. Yo puedo venir de Cajamarca trayéndome una
paisana mía, que se quedará en mi casa pero siempre manteniendo la diferencia. Es la mirada de ‘yo soy mejor que
tú’, aunque haya sido trabajadora del hogar anteriormente. Por las promotoras sabemos que muchas patronas, ex
trabajadoras del hogar, les dicen a las chicas: ‘yo también he pasado por eso y, es más, a mí no me pagaban y tú
siquiera vas al colegio. A mí no me daban descanso los domingos, si quiera tú sales. A mí me pegaban, yo no te estoy
pegando’. La discriminación, fuerte entre todos lo peruanos, es aun más fuerte entre paisanos”.
iban a dormir en la sección de esclavos de la hacienda, se
conozcan o no se conozcan”, recuerda Wilfredo Ardito.
Por unos cuantos dólares menos.
Relaciones de servidumbre
En 1973 Alberto Rutte García publicó el primer
trabajo pormenorizado sobre las empleadas del hogar titulado, a tono con las telenovelas de la época,
Simplemente explotada. Tras 34 años de escrito el
diagnóstico es casi el mismo: las leyes mantienen el
término “ocho horas de descanso” dejando libre la
posibilidad de 16 horas de jornada laboral; se regula
un descanso semanal de 24 horas; la CTS de ahora,
igual que la de antes, es 15 días por año de servicio, y
las vacaciones son de 15 días al año. “¡¡Cuando el resto
del mundo, del Perú, tiene un mes de vacaciones!!
Además, no establece un sueldo mínimo, entonces
la trabajadora está desprotegida” —nos dice Cristina
Goutet, la autora de Se necesita muchacha, el libro
prologado por Elena Poniatowska.
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La trabajadora y la congresista
El domingo 22 de abril, un reportaje realizado por la periodista
de Cuarto Poder Maribel Toledo, denunció ante la opinión de
todo el país, que la congresista Elsa Canchaya, original de Junin,
donde había ejercido como notario público —esto es, fedataria
de la verdad para uso institucional— había contratado como
asesora de su despacho en el Congreso de la República y por
la suma de 4.697 soles (1.470 dólares) a la ama de sus hijos,
Jacqueline Simón Vicente.
Obviamente, se trata de un contrato simulado y además anulable, en tanto que para ser asesor se requiere el bachillerato
universitario por lo menos. En esta ocasión el autoritarismo de la
congresista Canchaya, sumado a su viveza criolla y a su torpeza
política, han puesto sobre el tapete una vez más las equívocas
relaciones entre empleada y empleadora. Al parecer la congresista
será desaforada: el procurador del Congreso la ha denunciado
por falsedad genérica, delito contra la administración de justicia y
estafa. A Jacqueline Simón se la ha acusado de estafa en agravio
del Estado, y puede terminar en el presidio.
Un taxista comentó al leer la noticia en los periódicos: “Qué
sinvergüenza esa congresista, y encima perjudicó a la muchacha”. La sabiduría popular da cuenta de la situación con gran
claridad: nos encontramos frente a un escenario ejemplar que
muestra casi en blanco y negro las prácticas en perjuicio de las
trabajadoras del hogar que ejercen empleadores inescrupulosos, en este caso para usarla en sus propios entuertos. Es cierto
que Jacqueline Simón tiene 25 años y sabe lo que hace; sobre
todo, lo que firma. Sin embargo, en una relación tan desigual,
la parte débil siempre llevará las de perder.
En efecto, los cambios en la legislación, pocos,
insisten en construir una relación laboral
moderna: el término patrón o patrona ha sido
descartado por el de empleador y se ha incluido
a las trabajadoras del hogar dentro del Seguro
Social. Pero en tanto no haya sueldo mínimo y
las trabajadoras sigan ganando incluso 150 nuevos soles, la posibilidad de que entre empleador
y empleado se coticen los 117 soles que exige
EsSalud es muy remota (véase recuadro).
Y es que, a pesar de las exigencias para mejorar
nuestro sistema laboral, las relaciones de las
empleadas del hogar siguen siendo de pongaje. Por eso los términos de trato personal
muchas veces son de “choleo” y no se acepta
la autonomía de la trabajadora como sujeto.
Como sostiene Alberto Rutte, se espera que la
empleada sea una persona sumisa, obediente,
que responda acríticamente al comportamiento
autoritario de los patrones y que se reconozca
a sí misma como un ser inferior condenado a
servir siempre y sin posibilidades de desarrollo
o expectativas de logro.
Pero para bien de la sociedad peruana, las cosas han cambiado: “Y me salí por eso, porque
le dije: ¡Usted no me va a gritar a mí!. Ella se
molestó, bastante. Se puso histérica. Me dijo:
‘No te vas, te quedas porque lo digo yo’. Agarré
mis cosas y me fui… no me pagó mi último
sueldo. Y no le he reclamado: que se quede
con su plata”, me dice Magdalena Prieto Cruz,
de 29 años, digna pero, desgraciadamente,
desempleada a la fecha.
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