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Anne Mather – Pecado de seducción

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Anne Mather – Pecado de seducción
Pecado de seducción
¿Debería seducir a su propia esposa?
Jake McCabe se había separado de su esposa Isobel convencido de no ser el
padre de la niña que ella había dado a luz. Isobel había criado sola a la pequeña
Emily con orgullo y sin dejar de insistir en que la niña era de Jake.
Ahora Jake había vuelto una vez más a aparecer en la vida de Isobel... y había
comprobado que seguía vivo el mismo deseo irrefrenable que había habido entre ellos
cuando se casaron. Su relación estaba poblada de mentiras y arrepentimientos, así
que no iba a cambiar nada que Jake añadiera un pecado más a la lista: seducir a su
mujer fuera como fuera.
Capítulo 1
EL piso estaba en una de las zonas más caras de la ciudad. No era un ático
moderno. Isobel había elegido la última planta de una casa victoriana reformada que
carecía de ciertos elementos modernos, pero que andaba sobrada en estilo y elegancia.
A Jake no le sorprendió que hubiera elegido un edificio antiguo. Isobel era de
una familia de mucho dinero que era rica hacía muchas generaciones y prefería las
habitaciones frías de una casa sin calefacción central que un piso caldeado pero
moderno.
Tampoco le había costado demasiado. Jake lo sabía perfectamente.
«Como para no saberlo», pensó con ironía.
Se lo había comprado él cuando se habían separado y seguía pagando la hipoteca
desde entonces.
Jake aparcó el coche a un par de manzanas y anduvo hasta Eaton Crescent.
Estaba lloviendo, como todos los meses de mayo. Se limpió las gotas de los hombros y
pensó que otra cazadora a la basura.
¿Desde cuándo tiraba la ropa como si no costara? ¿No podría haberse llevado un
paraguas? Tenía uno en el maletero del coche, pero nunca lo había utilizado.
En el portero automático, se leían los nombres de todos los inquilinos, pero no se
podía hablar con ellos. Al comprar la casa, Jake había expresado sus dudas a ese
respecto, pero a Isobel no le había importado.
-No finjas ahora que te vas a preocupar por nosotras -le había espetado con
frialdad de regreso a la inmobiliaria.
Jake apartó aquellos desagradables recuerdos de su cabeza y llamó al timbre.
Isobel sabía que iba a ir, así que no tardó en abrirle.
A pesar de estar en penumbra, el vestíbulo olía a flores secas y a cera de
muebles. La impresión que daba inmediatamente era de calidez.
Subió las escaleras de dos en dos hasta la segunda planta. Al llegar, se dio
cuenta de que le faltaba un poco el aire y se recordó que hacía tiempo que no iba al
gimnasio. Estar todo el día ante el ordenador era más cómodo que cortar árboles o
algo por el estilo, pero era mucho menos sano.
La puerta no estaba abierta, así que llamó con los nudillos y esperó impaciente a
que Isobel la abriera, pero no lo hizo ella sino Emily.
La niña lo miró con ira y rencor.
-¿Qué quieres? -le espetó.
La pregunta lo pilló por sorpresa, pues creía que su madre le habría dicho que iba
a ir. Obviamente, no había sido así y le iba a tocar a él explicarle a la niña de diez años
que Isobel lo estaba esperando.
-No está -contestó Emily con evidente satisfacción-. Vuelve en otro momento.
Jake se quedó estupefacto.
-No lo dirás en serio -dijo recordando lo mucho que le había costado concertar
aquella cita.
Por no hablar de haber tenido que aparcar a dos manzanas y haberse mojado.
-Sí, lo digo en serio -contestó la niña-. Ya le diré que has venido... -añadió
cerrando la puerta.
-¡Espera! -exclamó Jake, metiendo el pie. Tras un pequeño forcejeo, Emily no
tuvo más remedio que volver a abrir.
-A mi madre no le va a gustar nada esto, ¿sabes? -le soltó apartándose de la cara
un mechón de pelo castaño oscuro-. Tú no eres quién para decirme lo que tengo que
hacer.
-Sí lo soy y, de hecho, lo hago -contestó Jake-. ¿Por qué no dejas de
comportarte como una cría y le dices a tu madre que estoy aquí?
-Porque ya te he dicho que no está -contestó Emily con voz temblorosa-. ¿Quién
te crees que eres para aparecer aquí y asustarme?
Jake se arrepintió de su comportamiento pues, a pesar de la altura y la
insolencia de aquella niña, seguía siendo eso, una niña.
-Soy el marido de tu madre -le contestó-. ¿Por qué no está si sabía que iba a
venir?
-Está en casa de la abuela -contestó tras dudar-. No sé cuánto va a tardar.
-¿Ha ido a ver a tu abuela? -exclamó Jake sin poder ocultar su desagrado.
Sabía que nunca le había gustado a lady Hannah, nunca había aceptado que sin su
ayuda habría perdido aquella casa desvencijada que ella llamaba «palacio».
-¿No se habrá ido a Yorkshire?
-No, han quedado en la casa de aquí -contestó Emily.
-Menos mal -dijo Jake aliviado-. ¿Para qué han quedado?
Emily se encogió de hombros y Jake se dio cuenta de lo mucho que se parecía a
su madre. Todavía tenía los rasgos de una niña, pero ya se veía que iba a ser tan guapa
como Isobel. Tenía el pelo un poco más claro, pero tenía los mismos ojos azules.
-La abuela dijo que quería hablar con ella -contestó por fin-. Está enferma
-añadió a modo de explicación.
Jake maldijo sin darse cuenta y Emily enarcó las cejas a forma de reproche.
-¿Y no sabes cuándo va a volver?
-Dijo que no tardaría a Emily a regañadientes.
-Un momento. ¿No estarás sola?
-No soy una niña pequeña.
-Ya, pero a los diez años hay que saber que no se debe abrir la puerta a un
desconocido.
-Para que lo sepas, tengo casi once -lo corrigió Emily-. Claro que cómo lo ibas a
saber si solo eres mi padre.
-No soy tu...
Jake se interrumpió. Se negaba a ponerse a discutir con la hija de Isobel el tema
de su paternidad. ¿Por qué demonios le habría dicho su madre que era su padre? Jake
había intentado ganarse a la niña, pero Isobel con sus mentiras lo había hecho
imposible.
-Sabía que eras tú -le explicó Emily secamente-. Te he visto por la ventana
-añadió fijándose en su cazadora-. Estás mojado.
-Como que está lloviendo -contestó Jake con sorna.
-Pasa -dijo la niña. Jake dudó.
-¿Te ha dicho tu madre que iba a venir?
¿Por eso se había ido Isobel a la otra punta de Londres en plena hora punta?
¿Para dejarlo solo con Emily?
-Puede -contestó la niña con indiferencia avanzando por el pasillo-. ¿Entras o no?
Jake miró la hora. Eran ya las cinco. Le había prometido a Marcie que la
recogería en la peluquería a las seis. No iba a llegar.
Oyó la puerta del portal y miró esperanzado, pero no era Isobel, así que
finalmente entró. Se quitó la cazadora y la siguió hasta la cocina.
Una vez allí, Emily puso agua a hervir.
-Espero que te guste el café -dijo tan fría como su madre-. Es soluble porque
mamá dice que no nos podemos permitir comprar de verdad.
Jake apretó los dientes. ¿Por qué le decía eso a la niña? Él le había dado mucho
dinero aquellos años. ¿Qué había hecho con él?
No era un tema para hablar con Emily, así que se limitó a observarla mientras le
servía el café soluble en una taza. Era obvio que estaba acostumbrada a hacerlo.
-¿Con leche y azúcar? -le preguntó desde el frigorífico.
-Yo no he dicho que quisiera nada -contestó Jake, exasperado-. No me parece
bien que estés andando con agua hirviendo.
-¡Por favor, no finjas que te importo! -le espetó-. Para que lo sepas, llevo años
haciendo té y café.
Jake apretó los dientes.
-Si tú lo dices.
-Yo lo digo -contestó Emily apoyándose en la encimera-. ¿Y qué quieres?
-Como que te lo voy a decir a ti -contestó Jake-. ¿A qué hora se ha ido tu
madre? Emily se encogió de hombros.
-Hace un rato.
-¿Cuánto?
-No lo sé... Una hora quizás.
-¿Una hora?
Horror. Se tardaba una hora en llegar a casa de lady Hannah, a nada que
estuviera media hora con su madre y otra hora para volver, el total eran dos horas y
media. Debía olvidarse de ir a recoger a Marcie a la peluquería, pero sí llegarían a
tiempo de cenar con los Alien.
-¿Cómo quieres el café? -volvió a preguntarle Emily.
-Con leche y azúcar está bien -contestó Jake decidiendo que no merecía la pena
seguir quejándose cuando el café ya estaba hecho-. ¿Tú no vas a tomar nada?
-No tomo café -contestó Emily saliendo de la cocina-. Vamos mejor al salón.
Jake enarcó las cejas, pero agarró la cazadora y la taza y la siguió. La niña tenía
razón. En el salón se estaba más cómodo y, al fin y al cabo, le quedaba un buen rato
hasta que volviera Isobel.
El salón era la estancia más grande de la casa. Isobel lo había amueblado a juego
con los altos techos y los suelos de madera antigua. No había muebles modernos, sino
butacas de caoba y sofás tapizados en terciopelo burdeos. También había varias
mesas antiguas y una alacena con la vajilla de porcelana que su madre les había
regalado cuando se habían casado.
Junto la chimenea estilo Adam había una librería repleta de libros. Jake se fijó
en la inmensa, alfombra que cubría el suelo. Estaba desgastada. ¿Sería antigua?
Supuso que sí, pues con el dineral que le pasaba a Isobel todos los meses y su sueldo
no tendría por qué ir apurada económicamente.
Sin embargo, se dio cuenta de que el suelo no estaba bien encerado y de que
había polvo en algunas baldas. ¿No podría Isobel hacerse cargo de todo?
Decidido a no sentirse responsable de ella de ninguna manera, dejó la cazadora
en el respaldo de una silla, se sentó en un sofá y dejó la taza de café en el suelo.
Inmediatamente, Emily le acercó una mesita y fue a agarrar la taza.
-Ya lo hago yo -dijo Jake impaciente-. ¿Por qué no te vas a hacer los deberes o lo
que suelas hacer por las tardes?
-Ya lo haré luego -contestó Emily sentándose enfrente-. Tengo mucho tiempo.
«Pues yo no», pensó Jake exasperado mirándola.
Desde luego, era igual que su madre. Incluso se sentaba con la espalda tan recta
como ella. Todavía llevaba puesto el uniforme y estaba retorciéndose la manga de la
chaqueta.
¿Estaba nerviosa? ¿Por él? Maldición. ¿Qué mentiras le habría contado Isobel?
-¿Y qué le pasa a tu abuela? -preguntó sintiendo algo de pena.
-No se encuentra bien -contestó la niña-. Ya te lo he dicho.
-Sí, pero ¿qué le pasa?
-Creo que... es algo de corazón -contestó recelosa-. El año pasado la operaron.
-¿Ah, sí?
Isobel no le había dicho nada. Claro que por qué lo iba a hacer. Apenas se veían.
-No te cae bien la abuela, ¿verdad?
-¿Cómo dices? -dijo Jake sorprendido.
-Digo que no te cae bien la abuela -repitió Emily-. Me lo ha dicho ella.
-¿Te lo dicho ella? -repitió Jake enfadado-. Pues si lo dice ella, será así.
-¿Por qué no te caía bien? Jake suspiró.
-Porque yo nunca le caí bien a ella -contestó preguntándose qué hacía
defendiéndose-. Supongo que eso no te lo habrá dicho.
-No -admitió la niña-. ¿Por eso ya no vives con nosotras?
-¡No! -contestó Jake con rencor-. ¿Por qué no te vas a ver la tele o algo? Tengo
que llamar por teléfono.
-¿A quién?
-A mucha gente -contestó Jake sacándose el móvil del bolsillo-. ¿Te importa?
-A mí, no -contestó Emily-. ¿A quién vas a llamar? -insistió.
«¿A mí novia?», se preguntó Jake.
-A una amiga -contestó-. No la conoces.
-¿Muy amiga?
Jake tuvo que morderse la lengua. Aquella niña era muy insistente.
-¿Importa eso acaso?
Sintió un gran alivio cuando vio que Emily se levantaba y se iba hacia la puerta.
-Voy a ver qué hay de cenar -dijo a regañadientes-. Cuando mamá vuelva, va a ser
tarde.
Jake abrió la boca para negarse, pero la volvió a cerrar porque Ja niña ya había
desaparecido. Para tener solo diez años, era increíblemente madura.
-No me digas que vas a llegar tarde -dijo Marcie enfadada-. De verdad, Jake, me
habías dicho que no ibas a tardar.
Jake suspiró.
-Ya, pero Isobel no está.
-¿No está? ¿Y cuál es el problema? Pues ya quedarás con ella otro día -dijo
Marcie con el murmullo de los secadores de fondo.
-No me puedo ir porque... está Emily -le explicó sabiendo que no iba a ser fácil
que lo entendiera.
-¿La niña?
-Sí, la hija de Isobel -contestó Jake descontento con el tono de desprecio de su
novia-. Sí, está sola.
-¿Y?
-Y me tengo que quedar hasta que vuelva su madre -contestó Jake con
decisión—. Cuando termines, pide un taxi y nos vemos en casa.
-¡No! -exclamó Marcie furiosa-. Jake, ¿sabes lo difícil que es conseguir un taxi a
estas horas?
-Sí... Lo siento, pero no puedo hacer nada.
-Sí, puedes hacer una cosa. Podrías dejar a la hija bastarda de tu ex ahí y venir a
recogerme como habías prometido.
-¡No la llames eso! -dijo Jake sin poder contenerse-. Ella no tiene la culpa de que
Isobel se haya ido a ver a su madre.
-Ni yo tampoco -apuntó Marcie-. Venga, Jake, pero si lo habrá hecho adrede. Tu
ex sabía perfectamente lo que ibas a hacer cuando vieras que la niña estaba sola.
-No ha tenido opción, por lo visto -dijo Jake, preguntándose qué hacía
defendiendo a su ex mujer-. La abuela está enferma del corazón.
Marcie se dio por vencida.
-Muy bien, pediré un taxi. ¿Me recoges en casa a qué hora? ¿En una hora y
media?
-Más o menos -contestó Jake, rezando para que Isobel volviera antes de las seis
y media.
-No se te ha olvidado que habíamos quedado para salir esta noche, ¿verdad?
-No, no, claro que no, pero no me agobies, ¿de acuerdo?
-Perdona, pero es que la cena de hoy me hace mucha ilusión y, además, no me he
pasado todo el día en el salón de belleza para que... bueno, para que Isobel me lo
estropee.
-No te preocupes -le prometió Jake-. Te tengo que dejar. Nos vemos luego
-añadió colgando antes de que a Marcie le diera tiempo de seguir discutiendo.
Por el rabillo del ojo, había visto a Emily espiándolo detrás de la puerta y no
quería proporcionarle ningún cotilleo jugoso que luego la niña pudiera contarle a su
madre.
-¿Has terminado? -le preguntó entrando en el salón.
Jake asintió y dio un trago al café. Sorprendentemente, estaba bueno. Debía de
ser verdad que la niña estaba acostumbrada a prepararlo.
-¿Quieres más? -le ofreció Emily.
-De momento, no, gracias -contestó Jake.
La observó mientras recogía la taza y la llevaba a la cocina y maldijo a Isobel por
haberle llenado la cabeza de pájaros. Si no lo hubiera hecho, tal vez se habrían llevado
bien. Ahora, la niña lo odiaba.
«¿Y qué? Al fin y al cabo, no es mi hija», pensó.
Emily volvió y se sentó de nuevo enfrente.
-¿Y qué haces en tu tiempo libre? ¿Tienes ordenador? -le preguntó Jake
rompiendo el silencio.
-Por supuesto, todo el mundo tiene ordenador -contestó Emily.
-¿Y tienes juegos? A mí me encantan.
-¿Te gustan los juegos de ordenador? -se burló
Jake se sintió indignado. Obviamente, Isobel le había contado lo que le había
interesado.
-Los invento -contestó-. Entre otras cosas. ¿No te lo había dicho tu madre?
-No -contestó Emily interesada a su pesar-. ¿Qué juegos has inventado?
-A ver... ¿Sabes cuál es Moonraider? También Spirals y Black Knights.
Emily lo miró con la boca abierta.
-¿Has inventado Black Knights? No me lo creo.
Jake se encogió de hombros.
-¿Has jugado?
-Sí, sí -contestó Emily-. Mamá me compró un Dreambox las Navidades pasadas.
-Muy bien hecho.
-¿Por qué? ¿También lo has inventado tú?
-Es mío -contestó Jake orgulloso de ver en los ojos de la pequeña un brillo
especial que decía: «eres mi héroe».
-¿Te importaría... eh... jugar conmigo al Black Knights? Así hacemos algo
mientras vuelve mamá.
Jake dudó. Sospechaba que a Isobel no le iba a hacer ninguna gracia.
-¿Por qué no? -contestó levantándose-. ¿Dónde está el ordenador? ¿En tu
habitación?
Algún tiempo después, su móvil comenzó a sonar. Sorprendido, vio que eran casi
las siete. Se le había pasado el tiempo volando jugando al ordenador con Emily, que por
cierto era muy buena.
Estaba encantado de jugar con alguien que le quería ganar de verdad. Excepto su
mano derecha en McCabe Tectonics, todos los empleados estaban más interesados en
ganarse su aprobación que en ganarle jugando.
Se disculpó y volvió al salón para contestar la llamada. Tal y como esperaba, era
Marcie y estaba enfadada.
-¿Dónde estás? ¿No habías dicho que me venías a recoger a las siete?
-A las siete y media -la corrigió Jake dándose cuenta de que no iba a llegar
tampoco a aquella hora.
-Muy bien. ¿Vienes ya para acá?
Jake tomó aire y, en ese momento, oyó una llave en la puerta. Tenía que ser
Isobel. Qué momento tan inoportuno para volver.
Lo iba a pillar justamente intentando aplacar los ánimos de su novia.
Capítulo 2
E
MILY escogió también aquel momento para aparecer en el salón. Debía de haber
oído a su madre y había ido a recibirla.
-Papá y yo hemos estado jugando al ordenador -exclamó la niña sin que a Jake le
diera tiempo de tapar el auricular.
-¿Papá? -le espetó Marcie-. ¿Qué pasa, Jake? Me habías dicho que no eras el
padre de esa mocosa.
-Y no lo soy -contestó. Isobel ya estaba en el salón y lo miraba con Maldad.
-Hola -lo saludó con educación—. Muchas gracias por quedarte con Emily. Jake se
mordió la lengua.
-¿Está Isobel? -preguntó Marcie-. Jake...
-Te tengo que dejar -la interrumpió dándose cuenta de que se estaba metiendo
en un buen lío-. Vete en taxi al hotel. Nos vemos allí.
-Jake...
-Hazlo -le gritó arrepintiéndose al instante. Marcie había colgado sin despedirse.
-Perdona si te he fastidiado alguna cena -se disculpó Isobel-. Me he dado toda la
prisa que he podido, pero mi madre no se encuentra bien.
-Lo siento.
Isobel frunció el ceño ante su respuesta.
-Sí, bueno, no es problema tuyo -dijo sabiendo que lo había dicho por educación-.
Espero que te hayas portado bien -añadió mirando a su hija.
-No soy una niña pequeña, mamá -protestó Emily-. Papá y yo hemos estado
jugando al ordenador. ¿Sabías que es el dueño de Dreambox?
-Sí -contestó Isobel-. Es muy listo -añadió quitándose el abrigo y la bufanda-.
¿Me preparas un té, Em? Nosotros tenemos que hablar.
-No me apetece...
-¡Em!
-Sí, ya voy.
Una vez a solas, Jake se fijó en lo delgada que estaba. Se le notaban los huesos
de los hombros bajo la blusa color crema.
Aun así, estaba guapísima con el pelo negro recogido en un moño bajo. Tenía la
piel tan blanca, que parecía una virgen, pero Jake sabía que no lo era.
-¿Me estás ocultando algo? -le preguntó recordando los comentarios de Emily.
Isobel colgó el abrigo.
-No sé de qué me hablas -contestó sin mirarlo a los ojos-. Siento mucho haberte
hecho esperar, pero mi madre me llamó y...
-Y no podías defraudarla -concluyó Jake-. Dime algo que no sepa.
-No lo entiendes -dijo Isobel-. Está muy mal desde que... bueno, desde hace unos
meses.
-¿Desde que la operaron? Me lo ha dicho Emily.
-Entiendo... Supongo que sabrás que poner un bypass a una persona de su edad no
es fácil... ..
-Sí, ¿por qué no te sientas? Pareces cansada.
-Gracias.
Lo cierto era que Isobel estaba cansada, más bien agotada, desde hacía meses.
Desde que se había enterado de que su marido estaba saliendo con Marcie Duncan.
Jake había tenido muchas relaciones en aquellos meses e Isobel había sufrido
por todas y cada una de ellas, pero aquello era diferente.
Llevaba mucho tiempo con ella y, para colmo, Marcie iba diciendo por ahí que se
iban a casar.
¡Pero si Jake seguía casado con ella!
Tomó aire, entró en el salón y se sentó en el sofá. Cuando Jake se sentó
enfrente, forzó una sonrisa educada.
Pero no era fácil.
«Nada fácil», pensó enfadada.
No era fácil tener sentado enfrente al hombre por el que un día había estado
dispuesta a dar la vida y le molestaba sobremanera que él fuera capaz de comportarse
como si nunca hubieran sido más que unos desconocidos.
Jake parecía muy relajado y aquello la molestaba:
Iba vestido de manera informal, cosa que siempre había molestado a su madre,
con una
camiseta de algodón negra que marcaba sus hombros y sus abdominales,
pantalones de sport y botas. ;
«No es guapo», se dijo aun sabiendo que su piel oscura, pelo rubio y ojos verdes,
herencia de sus ancestros irlandeses, poseían un gran atractivo.
-¿Has tenido que esperar mucho? -le preguntó.
-¿Tú qué crees? Habíamos quedado a las cinco, ¿no? Isobel suspiró.
-Esto parece una reunión de trabajo -apuntó ella secándose el sudor de las
palmas de las manos en la falda.
-Supongo que sabrás a lo que he venido -dijo Jake a modo de respuesta.
-No -mintió Isobel decidida a no ponérselo fácil-. ¿No será porque finalmente
estás dispuesto a reconocer que tienes una hija?
-¡No! -contestó Jake-. Ya hablamos de eso hace tiempo y no pienso dejar que me
vuelvas con lo mismo. He venido porque ya va siendo hora de que pongamos fin a...
-Mamá, ¿qué hacemos de cena?
Isobel no sabía si su hija los había interrumpido adrede o por casualidad, pero lo
cierto era que había conseguido sacar a Jake de quicio.
-¿El té ya está? -le preguntó oyendo maldecir a su marido-. Ya decidiremos lo
que cenamos luego.
-¿Papá se va a quedar a-cenar?
-Lo dudo -sonrió Isobel-. Prepara el té, cariño. Cuando lo hayas hecho, llena la
bañera.
-¿Tengo que hacerlo?
-Haz lo que te dice tu madre -intervino Jake.
-No me digas lo que tengo que hacer, mujeriego -le espetó la niña furiosa.
Isobel se quedó tan de piedra como Jake.
-¿Cómo te atreves a llamarme algo así? -contestó Jake encolerizado-. Te lo
habrá dicho tu abuela, claro.
-No, lo. he oído en el colegio -contestó Emily-. Eso es lo que dicen las mayores de
ti, que tienes muchas novias y que no te preocupas en absoluto de mamá ni de mí.
Isobel no sabía qué hacer.
-Le debes una disculpa a tu padre -dijo por fin.
-Me importa muy poco lo que la gente diga de mí -apuntó Jake.
Por su tono, Isobel se dio cuenta de que no era del todo cierto.
-Tu madre sabe que jamás permitiría que mi comportamiento os hiciera daño.
-Pues nos lo hace -sollozó Emily-. ¿Por qué no podemos ser una familia normal?
¿Por qué no vives con nosotras como los demás padres?
-Emily...
Isobel quería parar aquello como fuera, pero Jake se le adelantó.
-Porque no soy tu padre -le espetó. Isobel vio cómo la niña palidecía y las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
-Claro que lo eres -protestó-. Mamá me ha dicho que eres mi padre y mamá no
miente.
-Yo, tampoco -dijo Jake levantándose-. Por Dios, Emily...
-No quiero oírte -dijo Emily tapándose los oídos-. Soy tu hija y lo sabes.
Isobel se levantó y abrazó a su hija.
-Mamá, díselo. Dile que es mi padre. Tiene que creerte. Sobre todo, hoy.
-¿Por qué sobre todo hoy?
-Porque cuando estábamos jugando al ordenador has dicho que era igual que tú,
que jugaba para ganar -contestó la niña llorando.
Cuarenta minutos después, Isobel volvió al salón y se encontró a Jake
paseándose arriba y abajo como un león enjaulado.
A juzgar por su cara, había estado luchando contra sus propios demonios.
-¿Cómo está? -preguntó al verla entrar.
-¿Tú qué crees?... La he metido en la cama porque estaba agotada. Me sorprende
que- no te hayas ido.
-¿Cómo me iba a ir?
-Ah, claro, no habíamos terminado nuestra conversación, ¿verdad?
-No me he quedado por eso -protestó Jake.
-¿Ah, no? -dijo Isobel cansada-. No me puedo creer que sean las ocho y media
-añadió mirando el reloj.
-Y no te has tomado ni la taza de té -remarcó Jake-. ¿Quieres que prepare algo
para los dos?
-Ya voy yo -contestó Isobel, decidida a no dejar que Jake se creyera en el deber
de cuidar de ella-. Supongo que querrás beber algo. Solo hay jerez.
-¿No hay cerveza?
-No me gusta la cerveza -contestó Isobel-y, además, no podemos permi...
Jake la miró con recelo, pero no dijo nada.
-¿Y un refresco? ¿No hay algo por ahí de Emily?
-Coca-Cola light.
Jake la siguió a la cocina mientras Isobel pensaba en lo guapo que estaba y en lo
injusto que era que aquel hombre siguiera teniendo aquel efecto en ella.
Era peligroso pensar en ello, así que le sirvió el refresco y se quedó mirando
cómo se lo bebía directamente de la lata.
Se fijó en que estaba más moreno que de costumbre y recordó que había leído en
alguna revista que la ex modelo Marcie Duncan había sido vista de vacaciones en las
Seychelles con su novio, el millonario Jake McCabe.
No lo habría visto si no hubiera sido porque su madre se lo había guardado. A
veces, se preguntaba si lo hacía por su bien o para dejar claro que había tenido razón
oponiéndose desde el principio a su relación.
-Gracias.
Jake había terminado la lata y la estaba tirando a la basura.
-¿Quieres otra? -le preguntó Isobel intentando concentrarse en la conversación.
-No, gracias -contestó Jake observando mientras ella se servía un té con leche-.
Creo que debería pedirte perdón.
Isobel intentó que no se le notara la sorpresa que aquellas palabras habían
producido en ella.
-Si lo dices de verdad... -contestó yendo al salón y sentándose.
-Lo digo de verdad, pero maldita sea, Belle, creí que lo sabía -dijo Jake
sentándose a su lado.
-¿Que sabía qué? -preguntó Isobel sabiendo muy bien a qué se refería su marido.
-Que no soy su padre -contestó Jake irritado.
-Sí lo eres -repitió Isobel por enésima vez en su vida-. Lo que pasa es que no
quieres creerlo.
-Exacto -contestó enfadado-. Por Dios,Isobel, ¿cuánto tiempo más vas a seguir
con esa... esa invención?
Isobel dejó la taza sobre la mesa.
-Todo el que sea necesario -contestó sorprendida de su propio autocontrol-.
¿Para qué querías verme?
Jake la miró fijamente.
-¿Te parece justo para Emily darle falsas esperanzas? -le preguntó a su vez.
Isobel suspiró.
-¿Lo dices porque te niegas a reconocer que eres su padre?
-¡No lo soy!
-Sí lo eres.
-¿Cómo puedes decir eso si estabas liada con Piers Mallory?
-No estaba liada con él -protestó Isobel con voz temblorosa.
-Pero si te acostaste con él.
-Solo estaba en la cama con él y no voluntariamente.
-Ya claro. ¿Me estás diciendo que te iba a violar?
-Estaba borracha y no me acuerdo de nada. Jake maldijo y se levantó para
pasearse por el salón.
-Era amigo mío -dijo entre dientes.
-Ya lo sé. Ese es el problema, ¿verdad? No te podías creer que tu amigo hubiera
hecho algo tan despreciable. Por eso, decidiste que Emily era hija suya y no tuya.
-No quiero hablar de ello.
-No me extraña.
-¡Por Dios, Belle, por una vez di la verdad! -exclamó Jake poniéndose frente a
ella-. Llevábamos casados tres años y no te habías quedado embarazada. ¿Pretendes
que me crea que, de repente, te quedaste?
-Pero si tomábamos precauciones para no tener hijos -le recordó Isobel.
-Pero a veces hay accidentes, ¿no me dijiste eso?
-Por supuesto. ¿Cuál es tu conclusión? ¿Me estás diciendo que Piers era tan
macho que una noche le bastó para dejarme embarazada?
-¿Quién me dice que solo fue una noche? Solo tengo tu palabra.
Isobel se levantó enfadada. Claro que tenía solo su palabra. Piers no iba a admitir
jamás lo que había hecho.
-En cualquier caso, tu embarazo no hizo sino añadir sal a la herida -dijo Jake con
amargura-. ¿Cómo pudiste hacerlo, Belle? ¿Cómo pudiste liarte con mi mejor amigo?
Piers y yo éramos amigos desde la universidad.
Isobel clavó las uñas en el respaldo de una silla y luchó para controlarse.
-Piers jamás fue tu amigo, Jake -le aclaró-. Estaba celoso de lo nuestro y habría
hecho lo que fuera para separarnos.
-Eso no es cierto y lo sabes -protestó Jake-.No sé por qué te empeñas en
repetir siempre las mismas mentiras.
-No son mentiras y lo repito porque supongo que tengo la esperanza de que algún
día te des cuenta de que te digo la verdad, de que te plantees por lo menos que Emily
podría ser tu hija.
-No lo es. No se parece nada a mí.
-No se parece a Piers tampoco -contestó Isobel desesperada-. Por Dios, Jake,
¿te he mentido alguna vez?
-Sí, cuando me dijiste que no te habías acostado con él. Estuviste a punto de
convencerme.
-Porque es verdad.
-¿Te atreves a negarme que estabais en la cama cuando os encontré?
-No, pero era él el que estaba intentando acostarse conmigo.
-¿Por qué te empeñas en seguir diciendo que nunca te acostaste con él?
-Porque no creo, no lo recuerdo... En todo caso, tenía miedo.
-¿De mí?
-De lo que pasaría si creyeras que te había sido infiel -contestó con tristeza-.
Sabía cómo ibas a reaccionar.
-Y no te equivocaste -le aseguró Jake-. Incluso me dijiste que él no te gustaba.
-Porque no me gustaba.
Isobel sabía que estaba librando una batalla perdida. Así llevaban once años y no
había nada que hacer.
-Es tarde -dijo él de repente-. Pareces agotada, así que será mejor que me vaya.
-Pero no hemos hablado.
-No, pero ya volveré otro día -contestó Jake-. Cuando tenga más tiempo y tú no
estés tan cansada.
-Se me había olvidado lo halagador que puedes ser.
-Tú no necesitas mis halagos -dijo Jake poniéndose la cazadora—. Eres guapa y
lo sabes. Siempre lo has sabido, como yo sabía que no tardarías en buscarte a alguien
que te alegrara la vida una vez casada.
Capítulo 3
A
LAS ocho de la mañana del día siguiente, Jake estaba en su despacho. En
realidad, podría haber llegado mucho antes, pues no había pegado ojo en toda la noche.
Se la había pasado viendo la enorme televisión que Marcie había insistido en que tenía
que instalar en su habitación.
Intentó no recordar la pelea que habían tenido cuando Marcie había vuelto de
cenar con los Alien... sola.
«Eso me pasa por dejar que mi ex mujer me arruine los planes», se dijo.
Frank Alien y su mujer eran muy amigos suyos y Marcie estaba muy interesada
en que hablara con él, que era dueño de un canal de televisión, para que la convirtiera
en presentadora.
Ya había hecho sus pinitos, pero quería hacer algo serio, tener un programa
diario y borrar de una vez por todas su imagen frivola.
Jake le había aconsejado que hiciera algún curso primero, pero Marcie le había
contestado que había sido la modelo más famosa de la década y que tenía que ser por
algo.
Se había tomado la ausencia de Jake del restaurante como una falta de
confianza en ella. Le había mandado un enorme ramo de rosas rojas, pero seguía
furiosa.
Encontrarlo esperándola en su casa al volver, no la había tranquilizado. Marcie le
había tirado las flores a la cara y le había dicho que se preocupaba más por su ex
mujer y su bastarda que por ella.
Viendo que era imposible hacerla entrar en razón, Jake había recogido las flores
y se había ido. Había tirado el ramo en una papelera y no se había molestado en
preguntarse si estaba enfadado con ella o consigo mismo.
Mientras miraba la pantalla del ordenador, deseó que la noche anterior no
hubiera tenido lugar jamás. No solo por la pelea con Marcie. No era la primera vez ni la
última que discutían. De hecho, las discusiones eran una constante en su relación.
No, no solo había sido por eso, sino porque había visto que la hija de Isobel tenía
un carácter y una personalidad. Hasta entonces, no había hablado demasiado con ella.
Al principio, lo había tratado mal, pero tras jugar al Black Knights se había
mostrado casi simpática con él. Incluso se había reído.
Por eso se había sentido tan mal con lo que había pasado luego. Maldición. No
había querido hacerle daño. ¿Qué culpa tenía él de que Isobel no le hubiera contado la
verdad a la niña? Aun así, se sentía culpable.
Por eso no había ido al restaurante. Después de ver a Emily así, no se sentía con
fuerzas para estar con nadie. Ni siquiera con Marcie.
Estaba tan absorto en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que alguien
había entrado en su despacho. Al sentir una mano en el hombro, se giró con violencia.
Shane Harper, su mano derecha, sonrió burlón.
-Eh, la puerta estaba abierta, no quería asustarte. Has llegado muy pronto. ¿No
podías dormir o qué?
-Más o menos -contestó Jake-. Perdona la reacción, pero es que estaba en las
nubes.
-¿Quieres un café?
-Sí -contestó Jake levantándose y siguiendo a su amigo hasta su despacho.
Ya con el café en la mano, recordó el soluble que Emily le había preparado el día
anterior y se enfadó con Isobel por haberle dicho a la niña que no podían comprar café
de verdad.
No era cierto. No podía ser cierto. Él le pasaba una buena pensión. ¿Qué estaba
haciendo Isobel con el dinero?
-Hola, hola, aquí la Tierra -bromeó Shane-. ¿Estabas otra vez en las nubes?
-Perdona -murmuró Jake-. Es que no he dormido bien. ¿Qué me estabas
diciendo?
-Te estaba preguntando si te lo pasaste bien ayer en L'Aiguille -contestó
Shane-. Es obvio que no has dormido, pero no sé si eso es bueno o malo.
-Malo -gruñó Jake dejando la taza sobre la mesa-. No fui a cenar y Marcie se
enfadó.
-No me lo puedo creer. ¿Qué te pasó? ¿No habías quedado con los Alien?
-Sí, pero fue Marcie sola -contestó Jake.
-No te entiendo.
-Ella tampoco -suspiró jake-. Es una larga historia.
-¿No habías quedado en ir a ver a Isobel ayer? Ya entiendo. A Marcie no le hizo
gracia y os peleasteis.
-Algo así.
-Pero... -se interrumpió al ver la cara de Jake-. ¿Qué tal está Isobel? ¿Y su hija?
¿Cómo se llama? ¿Emma?
-Emily -contestó Jake-. Están bien, gracias.
Shane cambió de tema al comprender que a Jake no le apetecía hablar de
aquello.
-Ya tengo los bocetos para el Merlin's Mountain -dijo mostrándole unas hojas.
Jake sintió un tremendo alivio. Hablar de trabajo era mucho mejor que hablar de
Isobel. Nunca le había resultado fácil hacerlo y, después de lo de la noche anterior,
menos aún.
A media mañana, sonó el móvil y vio el número de Marcie en la pantalla. Estaba en
una
reunión, así que si no quería no tenía por qué contestar, pero se disculpó y se
acercó al ventanal para hablar.
-Jake -dijo Marcie mucho más amable que la noche anterior.
-Marcy -contestó él.
-Qué formal, cariño -dijo Marcie, dulce como la miel-. Me podrías haber llamado,
¿no? Después de lo de anoche, apenas he dormido.
Jake estuvo a punto de decirle que él tampoco, pero no quería darle aquella
satisfacción.
-He estado muy ocupado.
Marcie se quedó callada unos segundos.
-Espero que no estés esperando que te pida perdón. No fue culpa mía lo que pasó
ayer. Lo que hiciste no tiene nombre. Me dejaste plantada.
Jake suspiró exasperado. No estaba de humor para aguantar una escenita de su
novia.
-Sabías que quería que hablaras con Frank para que me diera un programa
-sollozó-. Yo no pude hablar de ello porque apenas los conozco. Al fin y al cabo, son tus
amigos, no los míos —añadió. Al ver que Jake no decía nada, continuó-: Y ella es una
esnob. Cuando le conté en lo que había trabajado estos cinco años, me miró como si
fuera una prostituta. ¡La muy...! De verdad, la gente como ella me pone enferma. ¿No
saben en qué siglo vivimos? No sé cómo no le metí la cara en la mousse de salmón.
Jake sonrió al imaginarse la escena. Virginia Alien era una lady y se imaginaba su
horror al enterarse de que Marcie era modelo. Para ella, las modelos debían de ser
como las cortesanas de otros tiempos.
-Eso me habría gustado verlo -dijo divertido haciendo reír a Marcie.
-¿Comemos juntos? Tenía una botella de champán en el frigorífico para ayer,
pero podemos inventarnos algo para bebérnosla hoy. Es Louis Roederer, tu preferido.
¿Qué me dices?
Era tentador, pero Jake tuvo que rechazar la invitación.
-No puedo. Tengo una comida de negocios y esta tarde me tengo que ir a
Bruselas para una reunión con los distribuidores europeos. No creo que llegue antes de
medianoche.
-¿Quieres que vaya contigo? Tengo el día libre.
-No me parece bueña idea -contestó Jake-. ¿Crees que podría trabajar contigo
cerca? No, Marcie, creo que será mejor que guardes la botella para otro día.
-Eso será si no encuentro a otro con el que bebérmela.
Jake suspiró cansado.
-Haz lo que quieras.
-¿Así que no nos vamos a ver hasta el sábado?
-Eso parece.
-Muy bien -dijo Marcie colgando.
Jake se giró y volvió a la reunión.
-Perdón. Un asunto sin importancia -dijo al sentarse.
Isobel estuvo tentada de decirle a su hija que no fuera al colegio aquella mañana.
La niña no había dormido bien y, por lo tanto, ella tampoco.
Sin embargo, tenía muchas casas que visitar y muchos clientes que atender. No
podía pedir otro día libre. Su jefe ya le había dado unos cuantos para cuidar a su
madre.
Además, tenía la sensación de que Emily estaría más distraída en el colegio.
Quería que su hija olvidara cuanto antes el desagradable episodio de la noche
anterior.
Solo era una niña. Jake no debería haber pagado su frustración con ella.
Pero, ¿qué esperaba? Sabía que, tarde o temprano, alguien le diría a Emily que
Jake no era su padre. Su madre, sin ir más lejos, había amenazado varias veces con
hacerlo, pero Isobel le había rogado que no lo hiciera hasta que la niña tuviera edad
suficiente para entender lo ocurrido.
Y así habían vivido bastante bien hasta que lady Hannah había enfermado.
Entonces, los ingresos de Isobel se habían visto bastante mermados por los gastos de
su hospitalización y de sus medicamentos.
El médico le había advertido que su madre no podía esperar la lista de espera de
los hospitales públicos, así que todo se había llevado a cabo en uno privado.
Isobel había tenido que vender su coche y las pocas joyas que tenía, además de
cortar los gastos al mínimo para poder pagar el crédito que había pedido hipotecando
la casa.
Sabía que podría habérselo pedido a Jake, pero no había querido precipitar una
escena como la que había tenido lugar la noche anterior.
Hacía años que no se veían. Solo hablaban por teléfono de vez en cuando, así que
Isobel había creído que iba a tener tiempo de que su hija creciera para explicarle por
qué su padre no vivía con ellas.
Claro que eso había sido antes de que Mar-cie Duncan apareciera. Era joven,
guapa y quería un marido.
Su marido.
-¿Es verdad que no soy su hija? -preguntó Emily de repente.
-No -contestó mirando a la niña-. Eres su hija -le aseguró-. Ya te lo dije anoche,
eres su hija. Da igual lo que diga... papá. Eres su hija, nuestra hija y te quiero mucho.
-Pues él, no -se lamentó la niña-. ¿Por qué no nos cree?
-Porque... no me perdona una cosa que hice antes de que tú nacieras -confesó
Isobel.
-¿Qué hiciste?
-Eso ahora no importa -contestó dejando la taza del desayuno en el fregadero-.
Cómete los cereales-. Nos vamos en diez minutos. Voy a llamar al hospital.
-¿Cuánto tiempo va a estar la abuela ingresada? -preguntó Emily ignorando el
desayuno.
-No lo sé -contestó Isobel con un nudo en la garganta.
Aunque no siempre se habían llevado bien, era la única familia que tenía además
de Emily. Si le pasara algo, no podría soportarlo.
-¿Se va a morir?
-¡Claro que no! -exclamó intentando ocultar el pánico que le daba solo pensarlo-.
Si quieres, vamos esta tarde a verla. Ahora, come1 te los cereales.
No estaba lloviendo, así que fueron andando hasta el Lady Stafford School. Tras
dejar a Emily en el colegio, Isobel se fue a trabajar algo preocupada porque la niña
estaba muy triste, pero no había más remedio que seguir adelante.
Capítulo 4
J
AKE estaba cerrando el maletín cuando su secretaria entró en el despacho. -Pete
acaba de llamar para decir que sube una mujer a verte -sonrió.
Jake deseó haberse ido hacía media hora porque sabía que se trataba de Marcie.
-Y supongo que Pete le habrá dicho que estoy aquí -protestó.
-¿Por qué le iba a decir lo contrario? -preguntó Lucy Givens-. No te puedes negar
a verla, ¿no?
-Supongo que no -suspiró Jake.
-¡Buena suerte! -exclamó Lucy con la confianza que le daba llevar quince años
trabajando para él.
Lucy salió del despacho y Jake la siguió justo a tiempo de ver a la pequeña figura
que estaba en aquellos momentos saliendo del ascensor.
-¡Pero si es Emily! -exclamó-. ¿Lo sabías?
-Pete dijo que era tu hija, sí -contestó Lucy-. Vaya, vaya, pero si no es más que
una cría.
-¿Qué esperabas? ¡No soy tan viejo! Lucy lo miró detenidamente.
-Claro que no -concedió-. Te tenías muy callado que tenías una hija, ¿eh?
Jake apretó los dientes. No podía decirle que no lo era porque la niña estaba muy
cerca. Ya le aclararía a Lucy la situación en otro momento.
-Hola -saludó Emily nerviosa.
Jake se preguntó cómo habría llegado allí, cómo habría sabido dónde trabajaba.
Estaba seguro de que, después de lo que había ocurrido la noche anterior, Isobel no se
lo había dicho.
-Hola -contestó-. ¿Quieres pasar a mi despacho -añadió viendo que mucha gente
los estaba mirando.
-Eh... sí, gracias -contestó la niña. Lucy sonrió a la pequeña y Jake se vio obligado
a presentarlas.
-Lucy Givens, mi secretaria. Lucy, te presento a Emily...
-McCabe -dijo la niña muy digna-. ¿Qué tal? Encantada.
-Igualmente -contestó Lucy.
-Dile a Howard que no voy a necesitar el helicóptero hasta dentro de, por lo
menos, media hora -dijo Jake haciendo pasar a Emily a su despacho.
-Muy bien -contestó Lucy sonriendo de nuevo a la pequeña.
Jake cerró la puerta y vio que Emily estaba mirando a su alrededor. Iba vestida
de uniforme y había dejado la mochila en el suelo.
Sintió ira, pues sabía que toda la oficina debía de estar ya cotilleando sobre la
llegada de Emily, pero al ver que la niña estaba al borde de las lágrimas, se tranquilizó.
-No te importa que... haya venido, ¿verdad?
Jake comprendió que le debía de haber costado mucho hacerlo.
-¿Lo sabe tu madre?
-No -suspiró Emily.
-¿Y no estará preocupada? -preguntó Jake con el ceño fruncido.
-Todavía, no -contestó Emily mirando por la-ventana-. Estamos muy altos, ¿eh?
-Veinte pisos -contestó Jake-, pero ya lo sabes porque has subido en el ascensor.
-Sí... Mamá no me echará de menos hasta que no vuelva de trabajar.
-¿Y eso a qué hora es?
-A las cinco -contestó Emily encogiéndose de hombros-. Bueno, a veces llega más
tarde.
-¿A qué hora?
-A las cinco y media o las seis, pero solo cuando algún cliente tarda mucho en ver
una casa.
Jake se dio cuenta de que se estaba enfadando de nuevo, pero no con Emily, sino
con Isobel por dejar a la niña sola. ¿Por qué no contrataba a una niñera un par de
horas todas las tardes?
Una vecina serviría, alguien que se cerciorara de que la niña no hiciera tonterías.
¡Como haber ido hasta allí!
-Muy bien, ¿por qué no te sientas y me dices para qué has venido? -le dijo
decidiendo que iba a tener que hablar con Isobel.
Emily dudó.
-Creo que lo sabes -contestó sin sentarse-. He venido para hablarte de mamá.
-Continúa -dijo Jake con los ojos muy abiertos-. ¿Qué le pasa a tu madre? Emily
se mordió el labio.
-Ya sé por qué no seguís juntos -dijo muy rápido.
-¿Ah, sí? -dijo Jake enarcando una ceja. Emily asintió.
-Sí, me ha dicho que hizo algo... Supongo que sería algo terrible porque también
me dijo que no la has perdonado -dijo-. Pero sé que lo siente, lo sé de verdad. Mamá es
incapaz de hacer daño a nadie. Pregúntaselo a la abuela.
-¿Y para eso has venido hasta aquí?
-Sí... Quería pedirte que la perdonaras. Por mí. Quiero que volvamos a ser una
familia normal.
«¡ Dios mío!», pensó Jake.
¿Tendría Isobel algo que ver en todo aquello? ¿Cómo, si no, había encontrado
Emily su oficina? Su colegio estaba en el otro extremo de la ciudad.
-Mira, no... quiero decir... ¿cómo has averiguado dónde trabajo?
-Mirando en la guía del colegio -contestó Emily sonriente-. McCabe Tectonics,
¿no? No fue difícil.
-¿Y cómo has venido? ¿En taxi?
-¿En taxi? -dijo Emily con los ojos muy abiertos-. No, claro que no. No tengo
dinero para eso. He venido en autobús.
-¿En autobús?
A pesar de que no era su hija, Jake sintió un escalofrío. ¿Aquella niña se había
escapado del colegio para montarse en un autobús y cruzar la ciudad sin decirle a
nadie adonde iba?
-No pasa nada -lo tranquilizó Emily-. Voy del colegio a casa en autobús todos los
días.
-Ya, pero, ¿eso cuántas paradas son? ¿Tres? -le espetó Jake-. Maldita sea,
Emily, no puedes cruzar la ciudad sin decirle a nadie adonde vas. ¿Y si te hubiera
pasado algo? ¿Y si te hubieran secuestrado?
-¿Por ser tu hija?
Jake se quedó mirando a la niña. Frustrado, avanzó hacia la puerta y se dirigió a
Lucy, que se apresuró a colgar el teléfono.
-Cancela el viaje a Bruselas -le ordenó.
-Sí, Jake-contestó Lucy.
-Dile a Pete que necesito el coche para dentro de un cuarto de hora y tráenos
café y zumo de naranja.
Lucy se puso en pie.
-Muy bien.
-Por cierto, como me entere de que has estado hablando de esto con todo el
mundo, ya te puedes ir buscando otro trabajo -añadió.
Isobel vio un Porsche negro aparcado frente a su casa.
Estaba tan cansada y angustiada, que no se habría fijado en él si no hubiera sido
porque le resultaba conocido. Era como el de Jake.
¡Pero si tenía la misma matrícula!
Inmediatamente, sintió pánico.
Corrió hacia la puerta buscando las llaves en el bolso, pero cuando llegó le
abrieron directamente. Era obvio que la estaban esperando.
Se olvidó de lo que el médico de su madre le había dicho a la hora de comer.
¿Qué demonios hacía Jake en su casa? ¿Qué le habría dicho a Emily? ¿Habría decidido
contarle los detalles de su separación para que a la niña le quedara claro que no quería
nada ni con ella ni con su madre?
Emily le abrió la puerta. No parecía triste ni disgustada. Más bien, culpable.
-Papá está aquí -anunció-. Me ha traído a casa.
-¿De verdad?
Isobel sintió una gran confusión. Avanzó por el pasillo desabrochándose el abrigo
con dedos temblorosos.
-¿Por qué no le dices a tu madre desde dónde te he traído? -apuntó Jake
apoyándose en la puerta del salón y mirando a su mujer con ojos enigmáticos.
-¿Desde dónde? -dijo Isobel dejando el abrigo sobre el respaldo de una butaca.
-Desde su despacho -contestó Emily encantada.
Isobel la miró con incredulidad.
-¿Has ido a su despacho? -le preguntó dándose cuenta de que las cosas iban peor
de lo que había creído-. Oh, Em...
-No es para tanto -murmuró su hija-. ¿Por qué no iba a poder ir a su despacho?
Otras niñas lo hacen.
-No me importa lo que hagan las demás -dijo Isobel preguntándose qué habría
pensado Jake-. Em, ¿no te das cuenta de que ya tengo bastantes problemas?
-¿Qué problemas? -intervino Jake.
Isobel lo miró y le pareció que estaba tan guapo como siempre, así que metió las
llaves en el bolso para ganar tiempo.
-Bueno, ya sabes -contestó-. Esto y aquello.
-A la abuela la han vuelto a ingresar -dijo Emily.
-¿Ah, sí? -dijo Jake mirando a Isobel-. No me lo habías dicho.
-¿Cuándo te lo iba a decir? -le espetó ella avanzando por el pasillo.
-Por eso llegaste tan tarde anoche, ¿verdad? -apuntó Jake siguiéndola.
-No es asunto tuyo -contestó Isobel entrando en la cocina y poniendo la tetera al
fuego-. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
-No mucho -contestó Jake-. ¿Por qué no te vas a hacer los deberes, Emily?
Tengo que hablar con tu madre.
-Pero...
-En privado -añadió-. Me parece que ya has tentado demasiado a la suerte por
hoy, ¿no?
Emily se mordió el labio.
-¿Me avisas cuando te vayas para despedirme?
-Si quieres -suspiró Jake.
-De acuerdo -sonrió levantando la mano. Isobel asistió atónita a la escena. Su
marido y su hija chocando palmas.
-Lo siento -dijo cuando la niña se hubo ido-. No había pensado en que Em podía...
quiero decir, que no tenía derecho a presentarse en tu despacho. Espero que no te
haya causado problemas.
-Claro -dijo Jake con sarcasmo-. ¡Cómo que no están todos preguntándose dónde
he tenido metida a mi hija todos estos años!
-¿Les has dicho que era tu hija? -preguntó Isobel anonadada.
-No, no ha hecho falta -le aclaró-. ¿Qué tal está tu madre? ¿Sigue hablando de
mí? Creí que se conformaría con vemos separados, pero veo que no es así. Y, por
cierto, dile que deje de beber.
-¿Cómo sabes eso? -dijo Isobel sorprendida-. ¿La has visto últimamente?
-Siempre que necesita que le arreglen algo en esa vieja mansión en la que vive me
llama.
-No me ha dicho nunca nada.
-¿Por qué lo iba a hacer? A ella le encanta que estemos separados. Le debe de
dar miedo que te perdone por haberte acostado con Mallory. Le parece bien que le dé
dinero, pero no que vuelva con su hija.
-No me lo creo -dijo Isobel agarrando la tetera con manos temblorosas-.
Maldición -añadió al quemarse con el agua hirviendo-. Nunca haría algo así sin
decírmelo. Es demasiado orgullosa -concluyó con lágrimas en los ojos.
-El orgullo no te sirve de nada cuando tu casa se cae a trozos. Además, tu madre
está convencida de que, mientras siga casado contigo, tengo el deber igual que tú de
ocuparme de Mattingley -contestó Jake cruzando la cocina y agarrando la tetera de
sus manos.
A continuación, la dejó sobre la encimera y le metió la muñeca quemada bajo el
grifo del agua fría.
-No te preocupes, Belle, puedo pagarlo. Estoy dispuesto a ello con tal de que tu
madre no me dé la lata.
Isobel se estremeció. Hacía mucho tiempo que Jake no la tocaba y, de repente,
se sintió asaltada por su característico olor. La escena se le hizo tan familiar, que
deseó poder girarse y apoyar la cara en su pecho.
Recordaba a la perfección la sensación. Tan a la perfección, que sintió que los
pezones se le endurecían.
Aquello era una locura, pero seguía deseándolo, seguía queriendo que la abrazara,
que la apoyara, que la animara, que la consolara,..
Se dijo que era, precisamente, eso. Después del día que había tenido, después.de
lo que él médico le había dicho sobre su madre, lo único que buscaba era consuelo y
cariño. Se sentía muy sola y necesitaba apoyarse en alguien.
Cometió el error de mirar a Jake, quien viendo algo en sus ojos, que la debían de
haber traicionado, se apartó asustado.
-Déjala bajo el agua unos segundos más -le dijo echándose atrás.
Isobel se maldijo a sí misma por haberle dejado ver lo necesitada y vulnerable
que se sentía.
-Gracias -contestó cerrando el grifo y secándose la mano.
-¿Estás bien?
-No es la primera vez que me quemo -contestó Isobel sacando dos tazas-. ¿Te
apetece un té?
Jake dudó e Isobel supuso que estaba pensando en la hora que era.
-Sí -contestó por fin-. ¿Y cómo está tu madre? Al final, no me lo has dicho.
-La verdad es que... se está muriendo -contestó Isobel sacando los sobres de té
de la caja-. No recuerdo si lo tomabas con leche o no...
Jake maldijo y la zarandeó por los hombros.
-¿Qué has dicho?
Isobel no podía mirarlo a los ojos.
-Ya me has oído -contestó en un hilo de voz.
-¿Y por qué no me lo has dicho, Belle? Creí que la operación había salido bien.
-Todos lo creíamos -contestó Isobel intentando soltarse-. Jake, el agua ya está
hirviendo -le dijo para que la dejara ir.
Jake la miró, pero Isobel no le devolvió la mirada. No quería su compasión.
-Jake -insistió.
-Sí, sí-dijo él.
Isobel se dio cuenta de que enterarse de que su madre iba a morir había
resultado igual de sorprendente para Jake que para ella.
Sus ojos se encontraron durante una milésima de segundo e Isobel vio en ellos
algo mucho más profundo que la compasión, algo que hizo que se le acelerara el
corazón.
Jake se apartó y fue hacia la puerta, así que Isobel supuso que se quería ir, pero
él se giró y la volvió a mirar.
-¿Cuál es el pronóstico? ¿Desde cuándo lo sabes?
-Me lo han dicho hoy -contestó Isobel sirviendo el agua en las tazas-. Su estado
se ha deteriorado gravemente. Podía pasar. El médico cree que la enfermedad se ha
extendido a las arterias. Tiene insuficiencia cardiovascular.
-¿Pero eso no pasa cuando te da un infarto?
-Por lo visto, no necesariamente. Puedes estar así días e incluso meses.
-¿Y ella lo sabe?
-Creo que sí.
-¿Cómo que lo crees? ¿No has hablado con ella?
-Nadie le ha dicho que se está muriendo -contestó Isobel irritada-. ¿Qué te
crees que somos? ¿Desalmados? De todas formas, ya conoces a mi madre, no es
tonta... sabe que algo va mal y por eso ha empezado a...
Se interrumpió dudando si debía confiar en él.
-¿A qué? -preguntó Jake.
-A pedir cosas.
-¿Qué cosas?
-Bueno, nada importante -contestó Isobel-. ¿Nos vamos al salón?
-¿Qué cosas? -insistió Jake.
-¿Y a ti qué te importa? -le espetó Isobel-. Nuestros problemas no tienen nada
que ver contigo. ¡Tú mismo me lo has dicho no sé cuántas veces!
-¡Isobel!
-Está bien... -suspiró-. Quiere volver a Yorkshire.
-¡Estás de broma! -exclamó Jake sorprendido-. Pero si no ha vuelto allí desde
que... desde que...
-Desde que tú y yo nos separamos -dijo Isobel-. Ya lo sé, pero siempre ha
considerado Mattingley su verdadero hogar. Incluso insistió en que Emily naciera allí.
-Sí, pero supongo que la casa estará hecha un desastre. No puede irse a vivir allí
en su estado.
-¿Y se lo vas a decir tú?
-Está loca.
-No, solo está mayor -dijo Isobel con ternura-. Tiene miedo y debe de creer que,
tal vez, en Mattingley recupere la salud. Sea como sea, debo llevarla. Es lo mínimo que
puedo hacer.
-¿Te vas a llevar a una mujer enferma a una casa llena de goteras? -preguntó
Jake pasándose los dedos por el pelo-. Reacciona, Belle. ¿Tienes idea del trabajo que
ello entraña? Para empezar, una limpieza general.
-Los Edwards siguen viviendo allí -contestó Isobel-. Seguro que la tienen bien.
-Los Edwards ya eran mayores cuando nos casamos -objetó Jake-. Deben de
andar por los ochenta.
-Setenta -lo corrigió Isobel detestándolo por decir en voz alta sus propios
miedos-. Ya nos las arreglaremos.
Jake la miró anonado.
-¿Y qué vas a hacer con esta casa? ¿Y con tu trabajo? ¿Y el colegio de Emily?
-Como si a ti te importara -contestó Isobel con sarcasmo.
Jake apretó los puños e Isobel se dio cuenta de que había ido demasiado lejos.
-Muy bien -dijo enfadado-. Haz lo que quieras y, por favor, no dejes que Emily se
vuelva a acercar a mi despacho, ¿de acuerdo?
Capítulo 5
L
UCY había preparado su viaje a Bruselas para el martes. Quería entrevistarse
con el distribuidor en el continente y con el ministro del ramo.
Menos mal que todavía era lunes porque no podría hacerlo después del fin de
semana que había tenido y después de haberse vaciado media botella de whisky en el
estómago antes de irse a la cama la noche anterior.
Por fortuna, su secretaria todavía no había llegado. Así, no lo vería llegar sin
afeitar y con la misma camiseta del día anterior.
Se sentó en su butaca y deseó haberse servido un café antes de hacerlo. Una
buena inyección de cafeína le habría hecho bien. Tal vez habría hecho que su cerebro
reaccionara aunque, sinceramente, lo dudaba.
¿Cómo iba a decirle a Isobel que quería el divorcio con todo lo que tenía ya
encima? No podía hacerle aquello, no quería hacerle daño.
A pesar de que ella no había sido buena con él, Jake no quería romperle el
corazón. Y presentía que eso era exactamente lo que pasaría si le hablaba de
divorciarse.
Por eso, se había pasado buena parte del fin de semana peleándose con Marcie y
con su conciencia.
Su novia se había puesto furiosa cuando le había contado que Ernily había ido a
su despacho. A pesar de que le había dicho que Isobel tenía que enfrentarse a la
muerte de su madre, lo que más había molestado a Marcie había sido que la niña
hubiera tenido el valor de haber hecho algo así.
No creía ni por asomo que Isobel no hubiera tenido nada que ver en ello. Estaba
convencida de que lo tenía todo planeado para hacer creer a Jake que la pequeña era
suya y para avergonzarla a ella.
Por supuesto, Jake le había asegurado una y mil veces que no era así, pero
Marcie seguía insistiendo. El hecho de que Emily se hubiera anunciado como su hija le
parecía imperdonable.
Y lo era, pero sabía que Isobel no tenía la culpa. Por la cara que había puesto al
verlo el viernes en su casa, Jake sabía que era la última persona a la que quería ver.
Intentó no pensar en ello.
Le molestaba verla siempre tan cansada y más le molestaba que lo mirara como si
él tuviera la culpa de la vida que llevaba.
Volviendo a Marcie, la discusión del sábado
por la mañana seguía sin resolverse. Su novia se había mostrado intransigente
ante la situación de Isobel y había dejado muy claro que le importaba muy poco que
ella y su madre se fueran a vivir a Yorkshire o donde quisieran.
A Jake no le daba igual porque sabía que la casa necesitaba una buena limpieza y
se temía que Isobel iba a ser la encargada de hacerla.
«No es mi problema», se dijo enfadado consigo mismo.
Eso era exactamente lo que le había dicho Marcie y tenía razón. Además, su
novia había insistido en que le parecía muy sospechoso que lady Hannah tuviera una
grave dolencia de corazón justo en aquellos momentos.
-No seas así, Marcie, el año pasado la operaron a corazón abierto -le había
explicado Jake.
-¿Y tú cómo lo sabes?
-Me lo dijo Emily.
-¡Emily! Vaya, ahora va a resultar que la bastarda sabe más que nadie.
Oír a Marcie hablar así de la niña había hecho que Jake la defendiera con más
pasión que inteligencia y, a partir de ese punto, la discusión se había hecho
insoportable.
Jake se había pasado el resto del fin de semana arrepintiéndose del incidente,
pero no lo suficiente como para llamarla por teléfono y pedirle perdón.
Era lunes por la mañana y tenía que hacer algo. Isobel le daba pena, pero estaba
enamorado de Marcie. Era con ella con quien se iba a casar en cuanto tuviera el
divorcio...
En ese momento llamaron a la puerta y Jake rezó para que no fuera Lucy. Por
suerte, era Shane Harper con dos tazas de café.
-Gracias -dijo Jake aceptando una de ellas.
-Tienes un aspecto lamentable -dijo su amigo sentándose en el sofá.
-Gracias.
-Supongo que enterarte de que tienes una hija no es fácil, ¿verdad?
-Prefiero no hablar de ese asunto -contestó Jake.
-¿Por qué no? Lucy me ha dicho que es tu hija. ¿Qué hay de malo en ello?
-Es hija de... Isobel -contestó al cabo de un rato-. Quería ver dónde trabajaba.
-Ya... No sabía que Isobel se hubiera vuelto a casar -observó Shane.
-No se ha vuelto a casar.
-¿Entonces?
-Tuvo a Emily después de que nos separáramos -contestó Jake dando un trago al
café-. ¡Esto está ardiendo! -se quejó tras quemarse.
Shane lo estaba mirando con incredulidad.
-No es hija mía -le aseguró.
-¿Y quién es el padre?
-No lo sé. ,
Su amigo frunció el ceño.
-Venga, Jake, ¿cómo no lo vas a saber? Isobel no iba por ahí acostándose con
cualquiera.
-¿Cómo lo sabes? Shane se sonrojó.
-Desde luego, no por haberlo intentado
-contestó-. Lucy me dijo que la niña tenía diez u once años. ¿Cuánto hace que
Isobel y tú os separasteis? Jake suspiró.
-No quiero seguir hablando de esto.
-¿Por qué no? -insistió Shane-. ¿No será que tienes miedo de haber cometido un
error?
-No.
-Te lo digo porque ya sabes que esto es fácil de saber. Te podrías hacer una
prueba de ADN y ya está...
-No quiero seguir hablando de esto -repitió Jake-. Vamos a dejarlo, ¿de
acuerdo?
No tenía ninguna intención de contarle a Shane que Isobel había tenido un
amante.
-¿Y qué tal está la encantadora señora Mc-Cabe? -preguntó su amigo.
-Próxima a convertirse en ex señora McCabe
-contestó Jake con acritud-. Está bien... creo.
-¿Crees?
-Sí, creo... Tiene muchas preocupaciones ahora mismo.
-¿Cómo cuáles?
Shane sabía que estaba tensando la situación, pero su larga amistad con Jake se
lo permitía.
-Su madre está muy enferma y quiere volver a lo que ella llama su casa familiar
para morir.
-Entiendo -dijo Shane-. Es lady, ¿verdad?
-No a todos nos lo parece, pero sí, tiene el título. Isobel nació y creció en
Mattingley, que es la casa familiar que está en Yorkshire.
-¡Guau! -<lijo Shane impresionado.
-No creas -lo corrigió Jake-. La casa está que se cae. El padre de Isobel murió
cuando ella tenía dieciséis años y las deudas eran tales que acabaron con buena parte
de su fortuna. Cuando nos casamos, les costaba llegar a fin de mes y poco después mi
suegra cerró la casa y se vino al piso que tiene en Bayswater. Desde entonces, la casa
de campo está peor aún.
-¿Y ahí es donde quiere ir a pasar sus últimos días?
-Sí... y Belle quiere irse con ella.
-¿Estás de broma? ¿Y la vas a dejar?
-No puedo impedírselo.
Jake sabía que así era, pero aun así le preocupaba que se fueran a un lugar tan
húmedo y frío. Vivir en Mattingley en aquellas condiciones no iba a ser un placer sino
una odisea.
-Tú sabrás -dijo su amigo-. Además, supongo que a Marcie no le haría mucha
gracia que te preocuparas demasiado por Isobel.
-Marcie no tiene nada que decir -explotó Jake aunque sabía que no era así.
Lo que más le molestaba no era la reacción
de su novia sino la suya propia. Cada vez que pensaba en Isobel sentía un calor
especial.
Después de lo que le había hecho, ¿cómo podía ser?
Isobel llegó el miércoles a casa sintiendo como si llevara el peso del planeta
entero a las espaldas.
A su madre le daban el alta en dos días y creía que Isobel ya estaba haciendo
preparativos para mudarse a Yorkshire para el fin de semana.
Imposible.
Para empezar, todavía no había hablado con la tutora de Emily y sabía que a la
mujer no le iba a hacer ninguna gracia que se llevara a la niña por un período de tiempo
incierto.
Por no hablar de su jefe. El señor Latimer le había concedido un mes, pero le
había advertido que después no se hacía responsable pues todo dependería de si su
sustituía era mejor que ella.
Había hablado con la señora Edwards, quien se había mostrado encantada de que
su señora volviera a casa, pero le había advertido que la primavera había sido muy
lluviosa y que debían llevar ropa de cama.
-Voy a airear ahora mismo los colchones -le había dicho la mujer-, pero no sé
cómo van a estar las sábanas y las mantas después de tanto tiempo.
-No pasa nada, señora Edwards -le había dicho Isobel-. Le agradecería que
encendieran las chimeneas y la caldera.
La vieja ama de llaves había prometido hacerlo, pero, tal y como Jake había
apuntado, los Edwards estaban mayores y no podían con una casa así.
Mattingley necesitaba una buena reforma y una nueva decoración, pero era
imposible siquiera pensar en ello. Isobel sabía que, cuando su madre muriera, iba a
tener que vender la casa.
Se estaba haciendo un sandwich para cenar cuando llamaron por teléfono.
-¿Sí? -contestó pensando que sería su amiga Sarah.
-Hola, soy yo -dijo Jake.
Isobel sintió una punzada de aprensión.
-¿Jake?
-Sí -gruñó él-. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal está tu madre?
-Bien -contestó preguntándose por qué fingía preocuparse por ellas-. Le dan el
alta el viernes.
-¿Ah, sí? ¿Y entonces? ¿Os vais a Yorkshire este fin de semana?
-Tal vez -contestó Isobel-. Todo depende de que me dé tiempo de dejarlo todo
organizado.
-¿A qué te refieres?
-¿Y a ti qué te importa? -exclamó.
Tras un largo silencio, Jake volvió a la carga.
-¿Y cómo vais a ir hasta allí? No tienes coche.
-Ya lo alquilaré -contestó Isobel haciendo una mueca al pensar en el gasto-. ¿Me
has llamado para hablar del coche?
Jake sabía perfectamente que lo había vendido el año anterior, pero no sabía que
había sido para pagar la operación de su madre.
-No -contestó Jake irritado-. Bueno, sí. Había pensado que, tal vez, el Range
Rover te vendría bien para llevar el equipaje.
-Oh -dijo Isobel confusa-. No sé...
-Piénsatelo -le aconsejó Jake-. Mattingley no está cerca y no creo que a tu
madre le vaya bien tener que ir en autobús.
Isobel tampoco lo creía.
-Piénsatelo -repitió Jake-. Si decides llevártelo, llámame a este número. ¿Tienes
para apuntar?
Isobel tomó papel y lápiz y apuntó el número de su móvil. Se preguntó si no le
daba el fijo para evitar una confrontación con Marcie. No sabía si su novia vivía con él,
pero obviamente debían de pasar mucho tiempo en su casa.
-Gracias -dijo.
-De nada -contestó Jake colgando y dejándola más confundida que nunca.
Irónicamente, su madre no puso ninguna objeción.
-Por supuesto que debes aceptar el coche-dijo cuando Isobel le planteó el asunto
a la mañana siguiente-. Si lo necesitara, no te lo habría ofrecido. A él un coche menos
que un coche más le da igual. Además, esos coches son grandes y así cabrán todas mis
cosas.
«Y las nuestras», pensó Isobel con tristeza.
Su madre siempre había sido un tanto egoísta y desde que se había puesto
enferma había pasado a depender cada vez más de su hija.
Así que Isobel llamó a Jake y le dijo que aceptaba el coche. Él le dijo que se lo
haría llegar a casa el sábado por la mañana, pero estaba en una reunión y su
conversación fue corta e insatisfactoria. Por lo menos, para ella.
Le hubiera gustado preguntarle por el seguro, pero pensó que ya se lo
preguntaría a la persona que se lo llevara.
A Emily la idea de pasar el verano en Mattingley le hizo muchísima ilusión. No
conocía la casa e Isobel suponía que se iba a llevar una decepción, pero así al menos no
pensaría en su padre.
A lady Hannah le dieron el alta el viernes por la tarde y las tres pasaron la noche
en su piso de Londres,
A la mañana siguiente, Isobel dio de desayunar a su madre y se apresuró a
pasarse por su casa para esperar el coche.
Solo le dio tiempo de tomarse un café y se dijo que por eso se mareó al llegar al
número veintitrés de su calle y ver a Jake apoyado en el Range Rover verde. Lo último
que había esperado era que fuera él en persona a darle el
coche.
Recordó que no se había maquillado y que se había puesto la misma ropa que el
día anterior. Eran unos pantalones azules y una blusa de seda color crema. Demasiado
formal teniendo en cuenta que él llevaba vaqueros y camiseta de algodón.
Los vaqueros le quedaban de maravilla y blanqueaban en ciertas zonas en las que
no se tenía por qué haber fijado. Claro que, ¿cuándo lo había mirado sin recordar el
maravilloso cuerpo que había bajo aquella ropa?
-Hola -la saludó Jake-. Estaba empezando a preguntarme si habrías cambiado de
opinión.
-No... -contestó Isobel-. Es que hemos dormido en casa de mi madre para hacer
su equipaje. Se me había olvidado la cantidad de cosas que se lleva mi madre cada vez
que se desplaza.
-¿Te ha dado tiempo a terminar?
-Casi -contestó Isobel-. ¿Quiere pasar?
-Gracias.
Subieron las escaleras e Isobel abrió la puerta de casa. El pasillo parecía una
pista de obstáculos. Había bolsas con mantas, toallas, libros, el ordenador de Emily, de
todo.
-Veo que tienes previsto irte ya -apuntó Jake.
-Más o menos -contestó Isobel-. El médico me dijo que, si mi madre insiste en
trasladarse al campo, es mejor hacerlo cuanto antes.
-Me alegro de haber venido preparado entonces -dijo Jake metiéndose las manos
en los bolsillos.
-¿Preparado para qué? -preguntó Isobel con la boca abierta.
-Para llevaros a Yorkshire -contestó Jake-. Había pensado que te vendría bien
que te echara una mano allí al llegar.
-No habías dicho nada de acompañarnos
-protestó Isobel.
-No -admitió Jake-. Supongo que porque sabía lo que me ibas a decir.
-Pero creía que...
-La oferta del coche sigue en pie -se apresuró a asegurarle Jake-. No me voy a
quedar. Solo una noche tal vez, pero me puedo ir a un hotel. Luego, me volveré a
Londres en avión.
Isobel sacudió la cabeza.
-¿Por qué haces esto?
-¿A qué te refieres?
-A por qué estás siendo tan... bueno -murmuró mirándolo con recelo.
-Siempre fui bueno -contestó Jake-. Venga, tú encárgate de revisar si has
olvidado algo mientras yo cargo el coche.
Capítulo 6
E
RAN las seis pasadas cuando llegaron al pueblo de West Woodcroft. Aunque era
un lugar apartado, tenía un poco de turismo en verano porque era uno de los pueblos
más bonitos de la zona.
En verano, todas las casas rebosaban de flores y el riachuelo que cruzaba la
población junto a la iglesia del siglo XII canturreaba jovial colina abajo.
Mattingley estaba a las afueras, en una ladera y ya no era ni por asomo lo que
había sido. Además de haber ido perdiendo tierras, el edificio estaba en muy mal
estado.
Jake había creído que la madre de Isobel se iba a poner como una furia cuando lo
viera aparecer para acompañarlas, pero no había sido así. De hecho, había estado
asombrosamente amable el tiempo que no había ido durmiendo, que había sido la mayor
parte del recorrido.
Emily, que iba sentada junto a su abuela, no había podido hablar mucho por miedo
a despertarla y, así, Jake tuvo tiempo de organizar sus pensamientos.
Pero no llegó a ninguna conclusión de por qué había decidido acompañarlas.
Marcie, con quien había conseguido una débil tregua, no podía entender por qué
estropeaba su relación yéndose con su mujer.
Jake le había explicado que su suegra se estaba muriendo, pero eso no había
aplacado su ira. Solo al decirle que, así, tendría tiempo de hablar con Isobel del
divorcio se había mostrado más comprensiva.
Isobel, sentada a su lado, se había mantenido en silencio la mayor parte del
tiempo. Jake había creído que aprovecharía la oportunidad para preguntarle por el
futuro, pero no lo había hecho.
Una de dos: o escondía la cabeza o, realmente, le importaba poco. Aquello lo
irritaba aunque debía admitir que, cuando miraba a su mujer, irritación no era
precisamente lo que solía sentir.
Llevaba el pelo recogido en un moño apretado, lo cual hacía que resaltaran más
sus preciosas facciones. Se había puesto un jersey color burdeos y unos pantalones
color crema que , envolvían su elegante cuerpo de forma deliciosa.
Estaba pálida, pero parecía decidida y Jake sintió un absurdo sentimiento de
responsabilidad hacia ella.
«No es asunto mío», se dijo intentando convencerse de que había ido solo porque
le interesaba.
Pero lo cierto era que su presencia lo perturbaba y que los remordimientos no le
dejaban concentrarse en otra cosa.
Mientras comían unos sandwiches en un bar de carretera, había sentido aquella
conexión que había entre ellos y que no quería sentir.
Verla tan apagada le había hecho desear zarandearla e incluso besarla para
insuflar un poco de energía a su cuerpo.
Una tontería, evidentemente.
Jake estaba empezando a pensar que acompañarla a Mattingley podía no haber
sido lo más inteligente por su parte. Aquella casa le iba a traer recuerdos, así que
decidió que lo mejor era hacer lo que tuviera que hacer e irse cuanto antes.
Llegaron a la valla de piedra de la casa y entraron por las verjas oxidadas.
-¿Ya hemos llegado? -dijo Emily emocionada asomando la cabeza entre los
asientos-. ¡Qué horror de sitio! -exclamó decepcionada.
-No es un horror -la reprendió su madre mirando a Jake como buscando su
apoyo-. Lo único que le pasa es que necesita algunos arreglos.
-Ya... -se quejó Emily-. Me habías dicho que era un sitio muy bonito.
-Lo era cuando tu madre era pequeña -intervino lady Hannah- y puede volver a
serlo.
-Con un montón de dinero -masculló Jake dándose cuenta de que Isobel lo había
oído.
-No necesitamos tu dinero -murmuró antes de girarse para preguntarle a su
madre cómo se encontraba.
El coche avanzó entre los álamos y los robles que, como el resto del lugar,
estaban desatendidos.
-¿Es toda la casa así? -preguntó Emily fijándose en las terrazas cubiertas
musgo.
. Isobel no supo qué contestar, así que lo hizo Jake.
-Esperemos que no -dijo intentando sonreír-, pero te aseguro que el sitio es
precioso y tú, Em, eres la única heredera.
-Si mamá y tú no tenéis otro hijo -contestó la niña dejando a Jake con la boca
abierta.
De pronto, se dio cuenta de lo poco que le había costado llamarla Em, como solía
hacer Isobel. Le había salido con naturalidad, pero decidió que no debía mostrarse
demasiado familiar con ella.
El problema era que le caía bien, le gustaba aquella niña de carácter fuerte. ¿Por
qué no le iba gustar? Al fin y al cabo, era hija de Piers Mallory.
-No creo que eso suceda nunca -intervino su suegra dejándole claro que, aunque
le gustaba su dinero, su persona era otra cosa-. Dame el bolso, que estamos llegando a
la puerta.
Para alivio de todos, la casa no estaba tan mal como sus alrededores. De hecho,
con los últimos rayos de la tarde, estaba preciosa.
Nada más parar el coche, se abrió la inmensa puerta de roble y una mujer más
frágil que lady Hannah salió a recibirlos. Jake se preguntó cómo Isobel creía que la
señora Edwards iba a poder cuidar de ellos.
-Tú encárgate de tu madre. Del equipaje ya me ocupo yo -le dijo a Isobel al verla
dudar.
-Yo te ayudo -dijo Emily.
Jake no tuvo corazón para decirle que no porque sabía que su estancia allí no iba
a ser tan divertida como la niña había creído.
-Gracias -dijo Isobel ayudando a su madre a salir del coche.
Tras saludar al ama de llaves, las tres mujeres entraron en la casa.
-¿Qué quieres que haga? -preguntó Emily siguiéndolo al maletero.
-Eso depende de la fuerza que tengas -contestó.
-Mucha -contestó la niña muy digna.
Lo cierto fue que le fue de gran ayuda para apilar el equipaje en el vestíbulo de
entrada. Además, solo se paraba para hacer comentarios positivos, intentando buscar
el lado bueno de todo aquello. Eso hizo que, a su pesar, Jake sintiera una gran
admiración por ella.
-¿Mamá y tú vivisteis aquí alguna vez? -preguntó Emily tomando aliento.
-Veníamos de vez en cuando -contestó Jake sintiendo una repentina nostalgia-,
pero vivíamos en Londres.
-¿Y, entonces, por qué nací yo aquí? ¿Fue después de que os separarais? Jake
suspiró.
-Supongo que tu madre ya te habrá puesto al corriente de todo eso -contestó
tomando una caja que contenía una vajilla de porcelana-. Encárgate de los candelabros.
-¿Para qué ha traído la abuela candelabros? -preguntó Emily extrañada.
-No los rompas. Podrían ser de ayuda si se va la luz. Además, según dice, son de
plata.
-¿No te lo crees?
-Yo me creo todo lo que me dicen -contestó Jake secamente-. No te tropieces,
ya sé que pesan.
-No demasiado... ¿Por qué no nací en Londres? -insistió cuando Jake creía que ya
se había olvidado del tema-. Mamá dice que no tiene importancia, pero yo lo quiero
saber.
Jake dejó la pesada caja en el suelo del vestíbulo.
-Porque, entonces, tu madre vivía con tu abuela -contestó sinceramente-. Gracias
a Dios que no queda nada más -añadió notando que le dolía la espalda.
-La abuela dice que no se debe mencionar el nombre de Dios en vano. Jake
suspiró con fastidio.
-¿Por eso te cae mal? ¿Porque es estirada y remilgada?
Jake no puso reprimir una sonrisa.
-Que no te oiga -dijo.
-¿Es por eso? -insistió Emily.
-No.
-¿Y por qué no le caes tú bien a ella?... A mí sí me caes bien -dijo enrojeciendo.
-Vaya, gracias -contestó Jake sintiendo un inesperado placer-. Eso deberías
preguntárselo a tu abuela.
-Pero tú lo sabes, ¿verdad? ¿Es por mí? Jake cerró los ojos ante la angustia de
la niña.
-No, no tiene nada que ver contigo -contestó por fin-. Sólo conmigo.
-¿Y por qué es?
-Maldita sea, Em, ¿no podríamos hablar de otra cosa? -dijo cerrando el maletero
y viendo que la niña bajaba la cabeza entristecida-. Muy bien, es porque no cree que
fuera suficiente para tu madre -confesó-. Yo crecí en un orfanato y en varias casas de
acogida y, si no hubiera ido a la universidad, jamás habría conocido a tu madre.
-¿Cómo os conocisteis?
-Ya basta, Emily.
La aparición de Isobel lo salvó de aquella conversación. Jake se dio cuenta de que
tenía las mejillas sonrosadas e imaginó que había oído la última parte.
«¿Y qué?», se preguntó Jake.
¿Por qué no iba a poder saber la verdad Emily? Lady Hannah ya había impuesto
su criterio durante demasiado tiempo.
-Eh... ¿habéis terminado? -preguntó Isobel.
Jake asintió.
-Sí, pero me parece que se te ha olvidado la bañera en Londres -bromeó.
Emily se rio e Isobel no pudo evitar una sonrisa.
-Bueno, ahora solo queda deshacer las maletas -dijo cerrando la puerta tras
Jake y su hija.
-¿Y tu madre?
-Tomando una taza de té en la terraza cubierta. Es el lugar más cálido de la casa.
La señora Edwards ha encendido la caldera, pero las habitaciones de arriba están
heladas.
Jake frunció el ceño y observó lo que le rodeaba.
El vestíbulo era enorme y había dos escaleras de mármol que subían a la primera
planta. En las paredes, por desgracia, se veían las marcas de los cuadros que habían
sido vendidos con el paso del tiempo.
Era una casa impresionante, pero nada acogedora y, al mirarla a los ojos,
comprendió que Isobel estaba pensando lo mismo.
-¿Y dónde va a dormir tu madre?
-En su habitación, por supuesto. Le he traído su manta eléctrica y sus almohadas.
-¿Quieres que suba todo esto?
-No hace falta -contestó Isobel-. Ya lo hago yo.
-Te he dicho que te iba a ayudar y eso es lo que pienso hacer -protestó Jake sin
saber por qué las palabras de Isobel lo habían molestado-. Em, ve a hacer compañía a
tu abuela mientras tu madre y yo hacemos las camas.
-Pero...
-Hazlo -ordenó Jake.
Emily se encogió de hombros y se alejó.
-Impresionante -observó Isobel-. ¿Con qué te la has ganado esta vez?
-¿Esta vez?
-Sí, me ha dicho que le habías prometido regalarle los últimos juegos que has
inventado.
-Es cierto -contestó Jake tomando unas cuantas bolsas y siguiéndola escaleras
arriba-. Es muy buena.
-¿Y te sorprende? -se burló Isobel. Jake se encogió de hombros. No era el momento de recordarle que no era hija suya.
-¿Crees que debería encender la chimenea? -le preguntó Isobel al llegar a la
impresionante aunque antigua habitación de su madre.
-No -contestó Jake-. ¿Hace cuánto que no se encienden? Podría haber nidos de
pájaros o vete tú a saber qué.
-No lo había pensado...
-Si quieres, mañana podemos llamar a un deshollinador para que las mire
—propuso Jake dejando la carga que transportaba-. Seguro que hay uno en el pueblo.
-O en Guisborough -contestó Isobel refiriéndose a la ciudad más cercana.
-Seguro. ¿Hacemos la cama?
-¿Me vas a ayudar? -preguntó Isobel sorprendida.
-¿Por qué no? No sería la primera vez. Isobel se sonrojó.
-No pierdas el tiempo -se quejó Jake-. Da igual lo que tu madre piense de mí.
Seguro que agradece poderse ir a dormir pronto.
-Ya estás otra vez siendo bueno -objetó Isobel-. ¿Por qué?
-Tal vez porque me das pena -contestó Jake adrede para que dejara de mirarlo
como lo estaba haciendo-. ¿Hacemos la cama o qué?
-Sí -contestó Isobel apretando las mandíbulas-. Tú siempre tan sincero, ¿eh? -le
espetó sacando las sábanas de la maleta.
-Ojalá pudiera yo decir lo mismo de ti -contestó Jake sin saber qué le llevaba a
ser tan grosero-. Olvídalo, Belle. Vamos a hacer lo que hemos venido a hacer -añadió al
verla palidecer.
Mientras hacían la cama, Jake no pudo evitar recordar otras veces que habían
hecho la cama juntos y cómo la habían deshecho a continuación.
Cuando se casaron, no tenían mucho dinero, pero se tenían el uno al otro y
cualquier excusa era buena para hacer el amor.
De repente, se dio cuenta de que Isobel le estaba hablando y no se estaba
enterando de nada. La vio acercarse, apartarlo y meter las
sábanas.
Se maldijo a sí mismo por haberse distraído. Y se volvió a distraer, y mucho,
cuando la vio agacharse. No pudo evitar fijarse en la curva de sus caderas y sintió una
punzada en la ingle.
Dios, la seguía deseando. Al darse cuenta de ello, se enfadó consigo mismo y,
cuando Isobel lo miró, creyó que estaba irritado por lo de las sábanas.
-Lo podías haber hecho tú, ¿eh? ¿Qué pasa? ¿El trabajo manual es demasiado
para el gran experto en informática?
-¡Vaya lengua! -se mofó Jake-. Ten cuidado, Belle, cada día me recuerdas más a
tu madre.
Isobel lo miró asombrada ante tanta crueldad. Jake no había podido evitarlo. No
podía estar con ella sin recordar lo que habían tenido y lo que habían perdido y aquello
lo ponía enfermo.
-Has cambiado, Jake -dijo en un hilo de voz-. ¿Te has vuelto así por la señorita
Duncan o por todas las demás con las que te has acostado estos años? ¿Cuántas
habrán sido? ¿Veinte? ¿Treinta? No, yo creo que muchas más. Desde luego,
suficientes para compensar mi supuesto error.
-Nada podría compensar eso -dijo Jake enfadado tras maldecir-. ¿Por qué
quieres saberlo? -añadió yendo hacia ella y atrapándola contra la pared-. Ten cuidado,
podría pensar que estás celosa. Isobel tragó saliva.
-Puede que lo esté -confesó con pena-. Mira qué bien, ya tienes algo de lo que
reírte con Marcie la próxima vez que estéis en la cama.
Jake sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Había creído
que Isobel lo iba a negar, pero su sinceridad lo había sorprendido.
-Estás loca -dijo con voz ronca.
-¿Sí? Bueno, supongo que lo sabrás por experiencia.
Jake apretó los puños y se dio cuenta de que Isobel respiraba con dificultad.
Deseó acariciar su piel, aquella piel tan suave y...
-Esto es de locos -dijo sin moverse.
No podía hacerlo. Además, la erección que se había appderado de él convertía
cualquier tipo de movimiento en una tortura. Lo único que quería era que Isobel lo
tocara.
-¿Qué quieres que haga, Jake? -susurró Isobel como si le hubiera leído el
pensamiento.
¿No se daba cuenta de lo peligroso que aquello era?
¡Sobre todo para él!
Aun así, Jake le acarició el labio inferior y notó cómo se estremecía. No se alejó,
dejó que la tocara, que la acariciara y que la provocara.
El control de Jake se fue a hacer gárgaras y la besó con pasión.
No sabía qué había esperado, pero desde luego no que Isobel le contestara con el
mismo sentimiento. Cuando sus lenguas se encontraron fue como si jamás se hubieran
separado.
Se besaron con naturalidad hasta que Jake se dio cuenta de que estaban tan
pegados, sus cuerpos tan apretados el uno contra el otro, que era imposible que Isobel
no estuviera notando su potente erección.
Aun así, si no hubiera sido porque oyó a Emily llamando a su madre, no habría
parado. Sabía que la niña estaba subiendo las escaleras y que iba a aparecer en la
habitación de un momento a otro, así que se fue hacia la ventana.
-¡Mamá!
-Estoy aquí -sonrió Isobel.
Jake se enfureció al ver que se había repuesto mucho más rápidamente que él.
Claro que, recapacitó, tenía mucha más experiencia que él en aquel tipo de situaciones.
¿Cuántas veces habría estado a punto de pillarla con Piers? Por supuesto, jamás
se había creído aquello de que había sido solo una vez.
Piers solía ir mucho por Mattingley porque sus padres tenían una casa por allí.
Seguramente, la seguirían teniendo. No lo sabía, pues no tenía contacto con él.
Entonces, Isobel solía acompañar a su madre allí en su visita anual. Mientras él
se dejaba el pellejo trabajando en Londres, Isobel estaba cuidando de su madre y de
alguien más.
Se giró y fue hacia la puerta. Necesitaba aire fresco para olvidar aquella locura.
Decidió dar un paseo para ver si su excitación desaparecía.
-¡Papá!
-No me llames así -le espetó.
-¿Dónde vas? -dijo la niña apenada.
-Fuera -contestó mirando a Isobel con rabia-. ¡Solo!
Capítulo 7
I
SOBEL se despertó a la mañana siguiente como si se acabara de meter en la
cama. Había dormido mal y el sonido de la lluvia en los cristales no hacía sino
acrecentar su ánimo deprimido.
La conversación que había mantenido con su hija al ir a arroparla tampoco había
ayudado. Emily no había olvidado la pregunta que había quedado en el aire antes de que
Isobel los interrumpiera e insistió en saber cómo se habían conocido sus padres.
-Aquí -recordó Isobel pensando qué inocente había sido entonces-. Tu padre
había venido a pasar el fin de semana con unos amigos que tenía aquí y nos invitaron a
cenar a la abuela y a mí... Así nos conocimos...
-Y os enamorasteis -dijo Emily con los ojos como platos a pesar de que era tarde.
-Mmm -contestó Isobel-. Ahora, a dormir, cariño. Mañana, tenemos muchas
cosas que hacer.
Tras aquello, a Isobel no le habían quedado muchas ganas de irse a dormir. Los
recuerdos se lo impedían. ¿Por qué se empeñaba su hija en querer hablar del pasado?
Para colmo, su madre había descubierto una cucaracha en el baño y había
montado una es-cenita. Hasta que Jake no volvió y no le aseguró que llamaría a una
empresa de desinfección a la mañana siguiente no había querido irse a la cama.
«¿Y eso qué quiere decir?», se preguntó Isobel levantándose.
¿Iba Jake a quedarse más tiempo? Y, sobre todo, ¿dónde habría dormido?
Ella había hecho tres camas, pero le había dejado a la señora Edwards la tarea
de ofrecérsela. Después de lo que había pasado entre ellos, no se fiaba de sí misma.
Claro que daba igual porque estaba muy claro que Jake había cometido un error
que no pensaba repetir.
Daba igual que hubiera sentido su erección. Al fin y al cabo, era un hombre y era
la respuesta normal ante una mujer. Cualquier mujer lo hubiera puesto igual.
Se acercó a la ventana y, tal y como esperaba, vio un mundo gris. Había niebla y
llovía. No era la mejor manera de empezar su estancia en Mattingley, pero debía hacer
un esfuerzo aunque solo fuera por el bien de su madre.
No había agua caliente, así que se limitó a lavarse la cara, las manos y los
dientes. Se puso unos pantalones caqui y una camisa de color crema y fue a ver a su
madre.
Lady Hannah seguía durmiendo, lo que era una bendición. Fue a ver a Emily y se
encontró su cama vacía.
Apenas eran las siete. ¿Dónde habría ido? Isobel supuso que a inspeccionar la
casa y los alrededores.
Mientras bajaba las escaleras, oyó el ruido de la caldera y rezó para que la
calefacción funcionara bien y no hubiera ninguna cañería
rota.
Abrió la puerta de la cocina y se quedó de piedra al ver a Jake sin camisa
lavándose la cara en el fregadero.
Tragó saliva. Hacía mucho tiempo que no veía a su marido con el torso
descubierto. Para colmo, llevaba los vaqueros desabrochados y no pudo evitar fijarse
en la cinturilla de los calzoncillos.
Sintió que se le secaba la boca y deseó poder darse la vuelta e irse, pero Jake la
había visto. Sus ojos verdes se posaron en ella.
-No me mires así -se burló-. No es la primera vez que me ves medio desnudo. No
creo que sea una gran novedad para una mujer
como tú.
Isobel decidió que no iba a dejar que la provocara.
-No es-ninguna novedad -contestó cerrando la puerta-. ¿Y la señora Edwards?
-Durmiendo -contestó Jake poniéndose la camisa.
-¿Y entonces quién ha conectado la calefacción?
-La calefacción lleva puesta toda la noche, pero había que purgar los radiadores
y eso es lo que acabo de hacer.
-Gracias.
-De nada. ¿Sabes cómo funciona esa cocina? Me gustaría hacerme un café.
Isobel estaba impresionada aunque no quería admitirlo. Nunca hubiera creído que
Jake fuera a hacerse cargo de la casa como lo estaba haciendo.
-Tiene que haber una cafetera eléctrica por algún sitio -contesto buscándola-.
¿Has visto a Em? -añadió al encontrarla.
-Sí -contestó Jake frunciendo el ceño-. Me parece que no has sido tú la que le
has dicho que bajara por un vaso de agua a las seis de la mañana, ¿verdad?
-¿Por qué iba a hacerlo? Podía haber bebido en el baño de arriba.
-Ya.
-¿Dónde está? No está en su habitación.
-Creo que está abriendo las cortinas del comedor y del salón -contestó Jake
encontrando el café-. Le dije que se fuera mientras me lavaba.
-Lo siento, sé que Em puede resultar... Sé que está obsesionada contigo, pero
nunca se me ocurrió que pudiera ir a tu habitación.
-¿A qué habitación? Si he dormido aquí.
-¿Por qué? Te había preparado una cama.
-¿De verdad? Me sorprendes. Creí que me estabas invitando a la tuya cuando me
saltaste encima en la habitación de tu madre.
Isobel no se molestó en abofetearlo. Se limitó a mirarlo con desprecio y a abrir
un armario para sacar dos tazas.
-¿Azúcar? -le preguntó. Jake suspiró.
-Maldita sea, Belle. Te lo buscaste.
Isobel se preguntaba cómo tenía la sangre fría de decir que había sido ella la que
había propiciado lo del día anterior cuando había sido él.
-Te he preguntado si quieres azúcar.
-No -contestó Jake aceptando la taza y cambiando de tema-. Hace un frío
espantoso en esta casa. ¿Estás segura de que quieres quedarte aquí?
-Es lo que quiere mi madre -contestó Isobel-. ¿Cuándo te vas?
-Cuando tú quieras. ¿Quieres que me vaya ahora mismo?
-Supongo que es lo que tú quieres hacer -dijo Isobel-. Me sorprende que te
hayas quedado a dormir, sobre todo por el miedo que te daba meterte en la cama.
Jake apretó las mandíbulas.
-Belle, ¿cómo iba a saber que me habías hecho la cama? No me lo dijiste.
-¿Y de quién fue la culpa?
Jake se quedó mirándola fijamente.
-Mía -admitió-, pero no solo. Tú también tuviste tu parte. ¿Por qué me dejaste...?
No sé, parece que sigues teniendo cierta influencia sobre mí cuando te interesa.
-¿Me estás pidiendo perdón? -preguntó Isobel con los ojos entornados.
-No.
-Ya me parecía a mí...
-Vete al infierno, Isobel. Podría irme ahora mismo y dejarte en la estacada.
Además, tu madre necesita mucho más de lo que tú le puedes dar -concluyó tomándose
el café.
Al final del día, Jake estaba bastante satisfecho de lo que había hecho.
El señor Edwards le indicó una empresa de chimeneas en el pueblo y se acercó a
hablar con ellos para que las revisaran todas.
Además,, había conseguido que la empresa de desinfección se acercara aquel
mismo día y no había encontrado ninguna plaga de insectos ni de roedores. La
cucaracha que lady Hannah había encontrado debía de ser una turista, así que no había
riesgo de que se la comieran viva mientras dormía.
Isobel se había dedicado a limpiar con ayuda de la señora Edwards el saloncito
de verano para que su madre tuviera algún; sitio desde donde dar las órdenes.
Jake la había ayudado a deshacer las bolsas y maletas que seguían en el vestíbulo
y de una de las cuales había tomado prestado un edredón para no morir de frío
mientras dormía en el sofá del salón.
No había pensado que Isobel fuera a preocuparse de cómo pasara la noche. Tras
el episodio del que habían sido protagonistas, él se había enfadado consigo mismo y
con ella y había supuesto que a Isobel le habría pasado lo mismo.
Había olvidado que su mujer era de otra clase social y que, por muy molesta que
estuviera, las normas de educación eran lo primero.
Lo que más le preocupaba era qué iba a pasar cuando volviera a Londres. No podía
permitir que Isobel tuviera que hacer todo ella, no cuando contratar a una empresa de
decoración no era gasto para él.
Cuando la vio salir al jardín por unos lirios, la siguió para hablar con ella. Al ver
que se acercaba, Isobel lo miró con recelo.
Maldición. ¿Qué se creía que le iba a hacer? Había estado ayudando todo lo que
había podido, ¿no? ¿No se había dado cuenta?
Jake se dio cuenta de que no podía proponerle su idea de repente, así que se
agachó, recogió una flor solitaria y se la dio en señal de paz. Isobel la aceptó y sonrió.
-Ha dejado de llover -comentó.
-Sí, la señora Edwards dice que mañana va a hacer bueno.
-Y ella es la experta, ¿eh?
-No -contestó Isobel a la defensiva-. ¿Has venido a decirme que te vas? Jake
volvió a sentir rencor.
-No -contestó igual de cortante-. Quería hablar contigo a solas. No es fácil,
¿sabes? Si no es tu madre es Emily....
Isobel lo miró con escepticismo y Jake supo que estaba recordando lo que había
pasado el día anterior. El problema era que él también lo estaba recordando y no le
parecía tan mal. Al contrario, se moría por acariciar sus rizos y... sus pechos.
¿Por eso había mantenido las distancias durante todos aquellos años, porque
sabía que no era inmune a la sensualidad natural de Isobel?
«Solo es sexo», se dijo enfadado.
Y eso lo podía tener con Marcie. Se dijo que, precisamente porque no lo había
tenido en unos días, era por lo que estaba pensando en ello. Sí, por eso era por lo que
se sentía incómodamente atraído por su mujer.
Isobel lo miró con las cejas enarcadas.
-Me voy mañana por la mañana -dijo improvisando.
Isobel apretó las mandíbulas.
-Me lo podías haber dicho dentro -dijo cambiándose el ramo de flores de brazo-.
Me sorprende que nos hayas concedido un fin de semana entero.
Jake sabía que lo decía porque se había puesto a la defensiva, pero eso no
impidió que
se enfadara.
-Creí que me ibas a dar las gracias por haberte ayudado -dijo con amargura-. No
creo que tú sola hubieras conseguido que la empresa de desinfección hubiera venido en
domingo.
-Bueno, no sabes la influencia que el nombre de mi madre tiene todavía por aquí
-contestó Isobel cortante-. Aun así, te estoy agradecida. Me has ayudado mucho.
-Vaya, gracias -se burló Jake-. Tu agradecimiento me sobrepasa.
Isobel lo miró dejándole muy claro lo que opinaba de su sarcasmo.
-¡Espera! -dijo Jake agarrándola cuando pasó ante él en dirección a la cocina.
-¡Quítame las manos de encima! -le ordenó.
Pero Jake no lo hizo.
-¿Por qué? ¿No te gusta que te toque?
-No tienes derecho a hablarme así.
-¿Ah, no? -dijo apartándole el pelo de la cara-. ¿No me dijiste anoche que
estabas celosa?
-Fue un error -contestó Isobel.
-Efectivamente -dijo Jake furioso-, pero mío no tuyo.
-¿Es todo lo que me tienes que decir? –dijo Isobel mirándolo con increíble
aplomo-. Me gustaría ir a poner las flores en agua.
Jake sintió que los pantalones le apretaban en la ingle y supo que, si a Isobel se
le ocurría mirar hacia abajo, se iba a dar cuenta.
Tragó saliva e intentó ignorar el olor a limón de su champú, pero no podía olvidar
que Isobel no era indiferente a él. Se lo había demostrado la noche anterior, pero
aquello era una locura.
Entonces, ¿por qué se empeñaba en seguir? Isobel había sido su mujer y lo había
traicionado. ¿Qué podía haber de nuevo en seducir a su esposa?
No lo sabía, pero sabía que, si no la soltaba, iba a volver a besarla ya que estaba
perdiendo el control por instantes.
-Quiero que un tipo que conozco en Leeds venga a ver la casa -dijo viéndola ir
hacia la cocina-. Consúltalo con tu madre antes de decirme que no -añadió al ver que
eso era exactamente lo que le iba a decir.
Capítulo 8
A
MEDIADOS de la semana siguiente hasta Emily había admitido que Mattingley
no estaba tan mal.
Como había sospechado Isobel, su madre había aceptado la ayuda de Jake sin
miramientos. Así, se encontró todavía más en deuda con su marido, que pronto sería ex
marido.
«Tal vez eso sea exactamente lo que quiere», pensaba por las noches a solas en
la cama.
¿Qué quería de ella? ¿Pensaba que si conseguía que le debiera una gran cantidad
de dinero no podría negarse a concederle el divorcio en los términos que él quisiera?
Estaba convencida de que, a pesar de que Jake no había tenido ocasión de hablar
del asunto, el asunto del divorcio era lo que más le importaba.
Durante el día estaba tan ocupada que no tenía tiempo de preocuparse por nada.
A pesar de que se había salido con la suya, su madre no se portaba bien. Había obreros
por la casa, pero ella se negaba a quedarse en la cama.
Se había empeñado en ver qué le estaban haciendo a su casa e Isobel tenía que ir
detrás por si se tropezaba con los cables o se ahogaba con el polvo.
Los primeros días hicieron la vida en la terraza cubierta. El sol se había apiadado
de ellas y había comenzado a brillar y las vistas desde allí eran preciosas.
Los trabajos de reforma en el comedor y el salón iban muy bien y, una vez que
hubieran pintado y entelado de nuevo las paredes, recobrarían parte de su antiguo
esplendor.
El jardín era otro asunto. De momento, no podía ocuparse de él. Ya tenía
bastante con el interior.
Emily se había involucrado en el proyecto de reforma porque su habitación iba a
ser también redecorada y no paraba de nürar y remirar catálogos de todo tipo.
Jake, por supuesto, se había ido el lunes por la mañana. e Isobel no sabía si tenía
intención de volver.
Antes de irse, había dado órdenes precisas a los albañiles y aquella misma tarde
habían aparecido por allí los decoradores de una empresa de un amigo suyo de la
universidad.
«Lo que puede hacer el dinero», se había maravillado Isobel.
El martes por la mañana, ya habían decidido el plan de trabajo y había una
cuadrilla de seis hombres trabajando a destajo. Lady Hannah había aconsejado a su
hija que los dejara hacer.
El salón estuvo terminado para el fin de semana y en el comedor habían avanzado
mucho. En cuanto lo pintaran, iban a acuchillar el suelo de madera y a mandar la
preciosa sillería estilo reina Ana a un restaurador de Leeds.
Isobel no se podía creer todo lo que se estaba haciendo. ¿Por qué se estaba
tomando Jake tantas molestias? Quizás solo quería ver a su madre feliz renovando la
casa en la que había vivido buena parte de su vida y en la que había elegido morir.
Lady Hannah había experimentado una notable mejoría desde su llegada a
Mattingley y ver su casa cada día más bonita no hacía sino devolverle la alegría
perdida.
El viernes amaneció soleado y despejado e Isobel le propuso al señor Edwards
que la ayudara a adecentar el jardín trasero, que era el que se veía desde la terraza
cubierta donde solía estar su madre. Emily se unió a ellos.
-Estáis ocupados, ¿eh? -los sorprendió una voz masculina a media mañana.
Al principio, Isobel creyó que era Jake, pero pronto se dio cuenta de que era una
voz mucho más arrogante y estirada, típica de alguien de colegio privado.
Se levantó manchada de barro y con el pelo suelto y se quedó mirando al hombre
sonriente con las manos metidas en los bolsillos que la había saludado.
-¿Qué haces aquí, Piers? -le dijo sin sonreír. Emily lo estaba oyendo todo.
-Eh, ¿es así cómo recibes a un viejo amigo? -contestó él-. Me han dicho que
habías vuelto y he venido a ofrecerte mi ayuda si la necesitas.
-No la necesito -contestó Isobel-. Sabes salir solo, ¿verdad?
-¿Quieres que vaya a ver si la abuela quiere hablar con este señor? -aventuró
Emily sin darse cuenta de que a su madre no le hacía ninguna gracia verlo.
-No -contestó mirando a su hija con mirada asesina-. ¿Has terminado ya con los
bulbos, Em?
-Tú debes de ser la hija de Isobel -dijo Piers tendiéndole la mano-. ¿Emma?
-Emily -contestó la niña estrechándosela y haciendo que a su madre le entraran
ganas de gritar de desesperación.
-Emily -repitió Piers-. No sabes cuánto me alegro de conocerte. Soy un amigo de
toda la vida de tu madre. Me llamo Piers Mallory. Mi familia vive justo en la finca de al
lado.
-¿Ah, sí?
-Sí, tenemos un coto de caza de pájaros.
-¿Qué es eso? -preguntó Emily interesada.
-Un sitio donde matan a los pájaros -le explicó Isobel-. No te gustaría. Los
matan por deporte.
-Sabes que no es así, Isobel -protestó Piers molesto-. Es porque es necesario.
-¿Como la caza del zorro? -apuntó Emily. Isobel sonrió encantada. Piers había
metido la pata.
-Porque si es igual me parece un asco -continuó la niña-. Me da igual que los
zorros sean una amenaza, tienen el mismo derecho a vivir que cualquiera.
-Eso demuestra que has vivido toda la vida en una ciudad -apuntó Piers-.
Pregúntale a tu abuela. Ya verás como ella te dice que tengo razón. Además, no hay
nada como salir a montar a caballo una mañana de invierno. Supongo que montarás, ¿no,
Emily? Tu abuela era una gran amazona.
-¿Mi abuela montaba a caballo? -preguntó Emily embelesada.
-Eso da igual ahora -intervino Isobel-. ¿Has terminado de hacer lo que te he
dicho? Bueno, adiós, Piers -añadió-. Como verás, no tenemos tiempo para charlar.
Piers la miró de mal humor, pero se fue. Una vez a solas de nuevo, Isobel se dio
cuenta de que ya no le apetecía seguir en el jardín. Estaba temblando de ka y
frustración. ¿Cómo se atrevía Piers a presentarse en su casa como si tal cosa? ¡Le
habría encantado hacer con él lo mismo que él solía hacer con aquellos pobres
pajarillos!
Se quitó los guantes, se excusó con el señor Edwards y se metió en casa.
Emily, encantada de tener una excusa para dejar el trabajo, fue tras ella.
-¿Adonde vas? ¿A decirle a la abuela que ha venido una visita?
-No -contestó Isobel-. No pienso decirle a tu abuela que Piers Mallory ha venido.
Ese hombre no es bienvenido en esta casa.
-¿Por qué? -preguntó la niña sorprendida.
-Porque no se puede confiar en el -suspiró Isobel-. Necesito un descanso, eso es
todo.
No sabía si su hija la había creído, pero tampoco le importaba. Jamás había
creído que Piers intentara retomar su amistad. Al acceder a cumplir los deseos de su
madre y volver a Mattingley, ni siquiera se había planteado que Piers seguía viviendo
allí.
Cuando entraron en la cocina, lady Hannah estaba bajando y se fijó en el barro
que cubría los pantalones y la camisa de su hija.
-¿Qué has estado haciendo? -exclamó-. Estás horrible, Isobel. Espero que no te
haya visto nadie así.
Emily abrió la boca y la cerró al ver la cara de su madre.
-He estado ayudando al señor Edwards en el jardín -contestó Isobel-. ¿Cómo
estás? ¿Necesitas algo?
-No hasta que te hayas quitado esa ropa sucia -contestó su madre-. Emily, ve a
decirle a la señora Edwards que me sirva el café. Ven a verme luego a la terraza.
Quiero que me cuentes cómo te lo estás pasando en Mattingley.
-Sí, abuela -contestó Emily obedientemente.
-Ha pasado algo, ¿verdad? -dijo lady Han-nah con su acostumbrada precisión-.
Cuéntamelo. Me voy a enterar de todas formas...
-Te lo contará Em, claro -dijo Isobel enfadada-. Está bien. Piers ha estado aquí
hace un cuarto de hora. ¡Debe de creerse que puede aparecer aquí cuando le dé la gana
y que lo vamos a tratar como a un amigo!
-¿Piers Mallory?
-¿Conoces a algún otro Piers?
-No. ¿Qué quería? Isobel suspiró.
-Nada en especial. Se ha comportado como si me fuera a alegrar de verlo.
-¿Y no ha sido así?
Isobel miró fijamente a su madre.
-¿Tú qué crees?
-Yo creo que podrías haberte casado con él. Viene de buena cuna.
-¿De buena cuna? Las dos sabemos que es un mentiroso.
-Sí, pero tenía dinero -insistió su madre-. Mattingley necesitaba dinero, no amor.
-Nunca estaremos de acuerdo en eso -contestó Isobel-. ¿Te llevo a la terraza?
-Puedo ir sola -contestó la anciana. Isobel la acompañó de todas formas y la
acomodó en la mecedora.
-Emily no tardará en venir. Me voy a cambiar.
-No necesito que me cuiden como a una niña pequeña -protestó lady Hannah-. Sé
que crees que no me importaba tu felicidad, pero no era sí. Si hubiera sabido que Jake
iba a...
-¿Iba a qué?
-A hacerse tan rico, no me habría comportado como lo hice.
-¿Te refieres a que no te habrías opuesto a nuestra boda? -preguntó Isobel.
Al oír los pasos de Emily en el pasillo, dejaron la conversación.
-Ve a arreglarte -dijo su madre tan estirada como de costumbre-. Tu aspecto es
una vergüenza para tu clase social.
Capítulo 9
J
AKE tardó un buen rato en salir de Londres, pero en cuanto dejó la autopista y
se adentró en carreteras más pequeñas el tráfico bajó de intensidad.
Miró el reloj. Las ocho de la tarde. Se preguntó si Isobel y su familia habrían
cenado ya y supuso que sí. Pensó en parar a tomar algo en el pub de West Woodcroft,
pero prefirió llegar cuanto antes a Mattingley.
Al cruzar las verjas de hierro, se dio cuenta de lo cansado que estaba y se
preguntó por qué se había empeñado en conducir hasta allí nada más salir del trabajo
con la semana tan atareada que había tenido.
Menos mal que Marcie no había estado en Londres a su vuelta. Estaba en Jamaica
para una sesión fotográfica que iba a durar nueve días. Le había dejado un frío
mensaje en el contestador explicándoselo.
Lo había llamado a lo largo de la semana varias veces, pero Jake también estaba
enfadado. Le había prometido no volver a trabajar como modelo, pero debido a su
catastrófica incursión en el mundo televisivo debía de habérselo pensado mejor. Al fin
y al cabo, era dinero fácil.
A Jake los esfuerzos de Marcie por molestarlo le parecían infantiles; lo cierto
era que prefería tenerla lejos. Tal vez, cuando volviera, sus sentimientos hubieran
cambiado.
Y eso era precisamente lo que lo había tenido toda la semana alterado. Hasta el
punto de que lo había pagado con sus empleados e incluso con Shane.
-¿Qué te pasa? -le había preguntado su amigo.
-Nada -había contestado Jake cortante-. Solo que estoy rodeado de ineptos que
no saben hacer las cosas bien -añadió.
-¿Eso crees? ¿No será que estás de mal humor porque tu novia se ha ido por ahí
a enseñarle los pechos a otros?
-Sí no fuera porque eres tú...
-Ya lo sé, me habrías partido la cara, pero sabes que te estoy diciendo la verdad.
No sé cómo puedes estar tan enfadado por ella...
-No es por eso -había contestado Jake.
Shane lo había mirado con los ojos muy abiertos.
-¿Ah, no? Entonces, ¿por qué es? No me puedo creer que no puedas acostarte
con otra si te diera la gana.
Jake suspiró.
-¿Te crees que entre Marcie y yo solo hay sexo? ¿Crees que le ha pedido que se
case conmigo porque es muy buena en la cama?
-Bueno, no es precisamente una lumbreras, ¿no? -había sonreído Shane-. No lo
sé, no es asunto mío. En todo caso, creo que no se parece en nada a Isobel, lo que es un
plus.
-¿Ah, sí?
-¿No? -dijo Shane mirando fijamente a su amigo-. Por Dios, Jake, no me digas
que sigues enamorado de tu mujer.
-Mi ex mujer en breve -lo corrigió Jake-. No -gruñó-. Solo estoy preocupado por
ella, perdida en medio de la nada con una niña pequeña y una anciana. Deberías ver la
casa, Shane, es un horror.
-¿De verdad?
-Sí. Si no hubiera sido por mí, no sé qué habrían hecho.
-Espero que no estés buscando que Isobel te deje meterte en su cama como
recompensa-sonrió su amigo.
-Por favor, Shane. Solo estoy preocupado por ella.
-Ya -dijo Shane cruzándose de brazos-. ¿Y por qué no has hecho nada?
-Claro que he hecho algo. Llamé a un amigo de Leeds que tiene una empresa de
reformas y ya están arreglando un par de habitaciones.
-Parece que lo tienes todo bajo control
-apuntó Shane-. ¿Isobel ha aceptado tu ayuda?
-No ha tenido más remedio porque así lo ha querido su madre. De lo contrario, ya
sabes lo que me habría dicho.
-Aja. ¿Es eso lo que te molesta?
-No -contestó Jake indignado-. Está bien, sí, me molesta -admitió al ver la cara
de incredulidad de su amigo-. No le debo nada, Shane, absolutamente nada. Ojalá me
dejara en paz.
-Ya.
-Deja de decir «ya». Estoy intentando hacerlo lo mejor que puedo y no ha tenido
el detalle ni de llamarme para contarme qué tal va todo.
-No creo que supiera que tenía que pasarte el informe semanal -murmuró Shane.
-No he querido decir eso y lo sabes.
-De acuerdo, de acuerdo. ¿Por qué no vas para allá y lo ves con tus propios ojos?
Marcie no está. No se va a enterar nunca de dónde has ido. Tómate un descanso.
-¿Tú harías eso?
-Mira, yo lo único que te digo es que debes averiguar por qué quieres seguir
cuidando de una mujer que dices que te engañó y que, según tú, tuvo una hija con otro.
A Jake le pareció un buen consejo.
Así que allí estaba, con la impresión de que a ninguna de las tres féminas que
habitaban aquel lugar le iba a hacer gracia verlo.
Sobre todo, a Isobel. Sabía que su mujer lo iba a ver como un intento por
humillarla. Despues de lo que había hecho y dicho, tenía razón para despreciarlo.
Mientras bajaba la bolsa de viaje del coche, se dio cuenta de que estaba
nervioso por volver a verla y que no había vuelto a pensar en Mar-cie desde que había
salido de Londres.
Debía de estar loco.
Decidió dejar la bolsa en el coche. No estaba seguro de que Isobel le fuera a dar
alojamiento. Su frágil tregua había estallado por los aires el fin de semana anterior y
no estaba muy seguro de si quería o podía arreglarlo.
Lo cierto era que ya iba siendo hora de que se olvidara de Isobel.
Estaba estirando la espalda cuando se abrió la puerta y salió Ernily corriendo.
-Hola -saludó sin añadir «papá». Jake se preguntó si lo había hecho adrede. En
cualquier caso, se lo agradecía.
-¿Qué haces aquí? -añadió Emily no haciendo el amago de abrazarlo como otras
veces.
«Qué buena pregunta», pensó Jake.
-Eh... he venido a ver a tu madre -contestó-. Y a tu abuela, por supuesto. ¿Qué
tal está?
-Está bien -contestó Emily andando junto a él hacia la casa-. ¿Mamá sabe que
ibas a venir?
-No -contestó nervioso por volver a verla-. ¿Dónde está? -añadió al ver que el
Range Rover no estaba.
-Ha salido -contestó Emily-. Perdona por el olor -añadió al entrar en el
vestíbulo-. Es la pintura. La abuela dice que es un mal necesario.
-Bien dicho -murmuró Jake intentando controlarse.
¿Qué era aquello de que Isobel no estaba en casa? ¿Y dónde estaba? ¿A quién
conocía por allí para estar fuera un viernes por la noche?
¡A Piers Mallory!
Jake sintió como una patada en el estómago.
Era una locura, pero solo pensar en él le producía náuseas. A pesar de que se
había dicho muchas veces que Piers no había tenido la culpa de lo ocurrido, no había
podido perdonarlo.
El muy bastardo se había acostado con la esposa de su mejor amigo, había dejado
que una mujer provocativa destrozara su amistad.
Jake sintió una punzada de celos. No era la primera vez. ¿Por qué lo habría hecho
Isobel?
Recordó con dolor lo sucedido. Isobel estaba con su madre en Mattingley y lady
Hannah lo llamó para que las fuera a recoger.
Lo esperaban el sábado por la mañana, pero él se presentó el viernes por la noche
y se encontró a Isobel en la cama con Piers, demasiada borracha o indiferente para
avergonzarse de lo que había sucedido.
Echó a Piers de la casa, pero el daño ya estaba hecho. Isobel había llorado y
clamado por su inocencia, pero Jake no había podido creerla. Aun así, se había
planteado perdonarla porque la quería demasiado.
Estaban intentando un acercamiento cuando le había dicho que estaba
embarazada.
¡Embarazada!
Le habían entrado ganas de vomitar. Hacía semanas que no se acostaban e Isobel
tomaba la pildora. La única explicación era que el bebé fuese de Piers.
Saber que el hijo de otro crecía en su interior había sido demasiado. Jake no
había podido soportarlo y se había ido de casa.
Había sido una temporada horrible. Jake había intentado ahogar las penas en
alcohol y encontrar consuelo en las camas de otras mujeres.
No había funcionado. Solo el trabajo lo había salvado.
Cuando se había casado con Isobel le había advertido que su empresa no daba
todavía beneficios y que iban a tener que invertir todo lo que pudieran ahorrar en ella.
A Isobel no le había importado. Se había casado con él en contra de los deseos de su
madre y había trabajado como la que más para conseguir llevar una buena vida que les
permitiera poder tener una familia, como ambos querían.
Ironías de la vida, la McCabe Tectonics había empezado a dar beneficios pocas
semanas después de la noticia de que estaba embarazada.
Si hubieran seguido juntos, habrían tenido hijos.
Como Emily, que lo miraba en esos momentos con curiosidad. Jake se preguntó
cómo habrían sido. Tal vez, como él, altos y delgados...
No era momento de ponerse a fantasear con su paternidad. Se dijo que solo lo
hacía porque la niña le caía bien y le daba pena.
Además, su madre podía estar retomando su relación con su padre en aquellos
mismos instantes. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, Isobel y él llevaban más de diez años
separados.
-Mamá ha ido al supermercado -dijo Emily-. Quería haber ido antes, pero la
abuela dijo que quería cenar.
-¿Al supermercado? No sabía que hubiera supermercado en el pueblo -contestó
Jake secándose el sudor de las pahuas en los pantalones.
-No lo hay. Ha ido al de Pickering, que está abierto hasta tarde.
-¿Se ha ido hasta Pickering? ¿No hay otro más cerca?
-Sí, pero a ella le gusta ese -contestó la niña-. ¿Has cenado? Hay quiche de queso
y tomate.
Jake siguió a Emily a la cocina y quedó gratamente sorprendido al ver que el
lugar estaba mucho más alegre que hacía una semana.
-No sé, Emily... -dijo al ver que la niña le estaba poniendo la mesa-. ¿No sería
mejor que me fuera a cenar al pub y volviera cuando tu madre esté en casa?
-No, de verdad, no pasa nada -le aseguró la niña para que no se fuera.
Jake se sintió halagado y preocupado a la vez. No había pensado en que
presentándose allí podía darle falsas esperanzas.
-Mamá no va a tardar en volver -se apresuró a decirle-. Además, ¿no quieres ver
lo que han hecho los obreros? Incluso la abuela dice que lo están haciendo muy bien.
-¿Ah, sí? ¿Y a ti qué te parece? ¿Eres feliz aquí?
Ernily se encogió de hombros.
-Sí -contestó sin mucho entusiasmo-. No hay mucho que hacer, pero mamá dice
que será más divertido cuando empiece a hacer buen tiempo... ¿Sabes que tenemos
piscina y pista de tenis? -preguntó emocionada.
Jake lo sabía, pero suponía que estarían ambas destrozadas. Aun así, le dejó
tener su momento de gloria.
-Increíble.
-Siéntate -le indicó Emily.
-No sé si a tu madre le va a hacer mucha gracia que me coma la quiche...
-No te preocupes. Seguro que se alegra de verte. No hemos tenido visita en toda
la semana. Bueno, sí, vino el señor Mallory, pero no cuenta.
Jake sintió que el estómago se le encogía.
-¿Piers Mallory?
-Sí, dijo que era amigo de mamá, pero ella no... -se interrumpió y corrió a la
ventana.
Jake sintió ganas de rogarle que terminara la frase.
-¡Mamá ya ha llegado! -exclamó encantada-. Ya verás que sorpresa se lleva
cuando te vea.
«No lo dudes», pensó Jake molesto porque Piers Mallory hubiera intentado
meter sus aristocráticas narices en la vida de Isobel.
-¿La ayudamos con las bolsas? -dijo Emily.
-Muy bien -contestó Jake siguiéndola fuera.
-¡Mamá, mira quién ha venido! -exclamó entusiasmada-. Papá se va a quedar el fin
de semana.
Capítulo 10
I
SOBEL se dijo que debería haber estado preparada para algo así, pero al ver a
Jake de nuevo notó que le flaqueaban las fuerzas.
-¿Ah, sí? -dijo abriendo el maletero del Range Rover y comenzando a descargar
la compra-. No recuerdo haberlo invitado.
-Así es -dijo Jake enfadado-, pero parece ser que por aquí la gente se presenta
sin esperar a que se la invite.
-¿Cómo dices? -dijo Isobel cuando lo tuvo cerca.
-Olvídalo -contestó Jake agarrando unas cuantas bolsas y yendo hacia la casa.
-¿Cuánto tiempo lleva aquí? -le preguntó Isobel a su hija cuando Jake hubo
desaparecido en el interior.
-No mucho -contestó Emily-. ¿No te alegras de verlo?
A Isobel no le dio tiempo de contestar porque Jake había vuelto a salir.
-Volveré mañana -dijo abrochándose la cazadora-, cuando estés de mejor humor.
-¡Espera! -dijo Isobel sin saber por qué-. ¿Has... cenado?
-Yo le iba a preparar algo -intervino Emily-. De hecho, ya le había preparado la
mesa y le había dicho que se podía tomar la quiche, pero él me ha dicho que no sabía si
a ti te iba a hacer gracia.
«Muy bien dicho», pensó Isobel.
¿Por qué no las habría dejado en paz desde un principio? Una cosa era prestarles
el coche y otra estar tan presente, de repente, en sus vidas.
Claro que, si no hubiera sido por él, ¿cómo habría llevado su madre instalarse en
Mattingley?
-Seguro que hay algo un poco más apetitoso que quiche fría -dijo entrando en la
casa.
Jake la siguió e Isobel supuso que era por la insistencia de Emily. Al llegar a la
cocina, se quedó perpleja de ver que su hija ya lo tenía todo dispuesto.
-No ha sido idea mía -le aseguró Jake.
-Te creo -contestó Isobel-. Hay carne si prefieres -intentó sonreír.
Jake entendió su esfuerzo por hacer las paces y asintió.
-La quiche está bien -contestó no queriendo hacer de menos a la niña-. ¿No
prefieres que cene en el pub? Voy a dormir allí y...
-¿Has reservado habitación?
-Todavía, no -admitió Jake.
-¿Por qué no se queda papá a dormir aquí? -intervino Emily.
Isobel dio un respingo.
-Porque, a lo mejor, a él no le apetece -contestó mirando a Jake-. A lo mejor, ha
venido con su... amiga, la señorita Duncan.
-Marcie no está -dijo Jake-. Emily, lo que tu madre está intentando decir es que
prefiere que no me quede.
-Yo no he dicho eso -contestó Isobel indignada-, pero me pica la curiosidad. ¿Por
qué has elegido pasar otro fin de semana aquí en lugar de... haciendo lo que hagas los
fines de semana?
Iba a decir «en la cama de tu novia», pero se había mordido la lengua a tiempo
por el bien de Emily.
-Marcie está en Jamaica -contestó Jake leyendo entre líneas.
-Qué bien -murmuró Isobel.
-¿Dónde está Jamaica? -preguntó Emily acabando con la tensión existente entre
los adultos.
-En las Indias Occidentales -contestó Jake quitándose la cazadora-. ¿Sabes
dónde está eso?
-No tiene tanta experiencia como tú -intervino Isobel secamente.
-Claro que lo sé -contestó la niña presintiendo que sus padres se iban a poner a
discutir de nuevo e intentando evitarlo-. Las Indias Occidentales están en el Caribe.
-Muy bien -dio Jake.
-¿Has estado allí alguna vez? -preguntó Emily.
-Sí, y tu madre también.
-¿Ah, sí, mamá?
Isobel detestó a Jake por sacar el tema. Habían pasado su luna de miel en
Jamaica. Había sido un viaje que les había costado una fortuna, habían invertido en él
hasta el último centavo que tenían entonces, pero había sido maravilloso.
-Una vez -admitió-. Supongo que tu padre habrá estado muchas más y en lugares
mejores que el Pine Key.
-Te acuerdas -dijo Jake. Isobel se sonrojó.
-Será porque no tengo miles de viajes en la cabeza para confundirme -contestó
de forma arisca-. Desde el nacimiento de Emily, en esta casa no hubo dinero para
viajar.
Entonces fue Jake quien se sonrojó.
-No sé por qué -dijo con dureza-. Cuando nos separamos, me dio la impresión de
que te quedabas en una buena posición -añadió a pesar de que la niña estaba delante.
Isobel reprimió las ganas de llorar. Aquello no era cierto. Era verdad que le había
comprado la casa de Londres y que le pasaba una mensualidad generosa, pero el colegio
de Emily y la enfermedad de su madre se lo comían todo y de eso Jake no sabía nada.
Metió la comida en el frigorífico y oyó que Jake se levantaba de la silla en la que
se había sentado poco antes. Sabía perfectamente lo que iba a ocurrir.
Jake se iba. A pesar de que Emily estaba llorando, su padre había decidido irse.
-Me voy -anunció.
-Muy bien -asintió Isobel.
«Es mejor así», se dijo.
¿Por qué no volvía a Londres? Cada vez que aparecía en sus vidas no llevaba más
que dolor y desilusión.
Le pareció que se sacaba algo del bolsillo y lo dejaba sobre la mesa, pero Emily
estaba llorando a pleno pulmón e Isobel solo podía pensar en cómo iba a hacer para
consolar a su hija.
Emily salió corriendo tras él e Isobel se fijó en que lo que había sobre la mesa
era un fajo de billetes.
Indignada, Isobel se los guardó con la intención de devolvérselos en cuanto
volviera a verlo.
Jake estaba mirando por la ventana de su habitación en el Black Bull cuando
amaneció. La calle estaba desierta. Ni siquiera el lechero estaba haciendo la ronda.
No era que le importara demasiado la actividad de aquel pueblo del que quería
irse cuanto antes, la verdad. No estaría allí de no ser por Emily. En un arranque de
locura, le había prometido a la niña no regresar a Londres la noche anterior, pero tan
pronto como pudiera pagar la habitación, se iría.
Estaba muy claro que Isobel no lo quería allí. Debía de tener nuevos amigos o...
viejos. Jake sintió una punzada de celos ante aquella posibilidad.
Entonces, ¿por qué no se decidía a decirle de una vez por todas que quería el
divorcio? Eso era lo que él quería y lo que Marcie esperaba.
El problema era que lo que había ocurrido recientemente hacía que viera a
Marcie de otra manera. Aunque seguía decidido a recuperar su libertad, no estaba tan
seguro de. querer casarse con una mujer que había mostrado tan poca comprensión
hacia una niña inocente.
Porque Emily era inocente, completamente inocente, y Jake no quería que
sufriera.
«Pero va a ser imposible», pensó.
Desde luego, Isobel lo había hecho muy bien. Lo conocía y sabía que no le
costaría conseguir que se encariñara con la niña. Emily estaba convencida de que era
su padre y, por mucho que él lo negara, lo iba a seguir creyendo.
A no ser que, como le había aconsejado Shane, se hiciera las pruebas de ADN.
Era muy fácil. Solo se necesitaba una muestra de saliva. Emily se daría cuenta de que
era él quien decía la verdad y no su madre.
Jake se estremeció. Estaba en calzoncillos y hacía fresco, así que decidió irse a
duchar. Cuando se disponía a alejarse de la ventana, vio a lo lejos un Range Rover que
se acercaba por la calle principal a bastante velocidad.
Se paró ante la posada bruscamente y de él bajó Isobel.
Jake se apresuró a ponerse una camisa, pero no le dio tiempo. Llamaron a la
puerta y decidió abrir tal y como estaba.
-Oh -dijo Isobel sonrojándose-. Estás despierto.
-¿No querías que lo estuviera? -contestó Jake viendo que llevaba en la mano el
dinero que le había dejado la noche anterior sobre la mesa.
Isobel suspiró y le dio los billetes.
-Da igual -contestó-. Toma.
Jake no hizo amago de aceptar el dinero.
-Por favor -insistió Isobel.
-Es para ti -le dijo.
-Ya lo sé, pero nunca he sido una avariciosa y no pienso empezar a serlo ahora.
Sé que estás ayudando a mi madre, pero no quiero nada más. La mensualidad que le
pasas a Emily es suficiente.
-La mensualidad es para ti, no para Emily -contestó Jake enfadado-. Y lo sabes.
-Lo que tú digas -dijo Isobel-. En todo caso, no quiero esto.
Jake apretó las mandíbulas.
-Pasa para que hablemos -dijo Jake sintiendo frío de nuevo.
-No -dijo Isobel-. No hay nada de lo que hablar. Simplemente, toma el dinero.
Jake se fijó en que parecía tan cansada como él. ¿Tampoco habría dormido?
Desde luego, llevaba la misma ropa que el día anterior.
¿Habría sido por su culpa?
Jake alargó la mano haciéndole creer que iba a aceptar el dinero, pero lo que
hizo fue agarrarla de la muñeca y meterla en su habitación.
La había tomado por sorpresa y el brusco movimiento la hizo perder el equilibrio,
así que Jake tuvo que agarrarla para que no se cayeran los dos al suelo.
¡Qué error! ¡Qué gran error! Jake miró aquellos maravillosos ojos azules y sintió
que se excitaba. Sin poder evitarlo, la apretó contra sí.
-Por favor, no... -dijo Isobel.
Pero Jake ni la oyó. Los instintos más primitivos se habían apoderado de él. Se
moría por sentir su lengua, así que le acarició el cuello y le separó los labios con el
pulgar.
Isobel intentó resistirse, pero Jake no entendía de sentido común en aquellos
momentos. Llevaba el pelo suelto sobre los hombros y se lo acarició con fruición.
-Lo deseas tanto como yo -le dijo con voz ronca-. Por eso has venido. Porque
sabías lo que iba a pasar.
-Estás loco...
-¿De verdad? -dijo apretándola más para que sintiera su erección-. ¿No será que
he dado en el blanco?
-Solo he venido a devolverte el dinero -insistió Isobel poniéndole las manos
sobre el pe^ cho.
Su intención había sido apartarlo, pero inexplicablemente se le cayeron los
billetes al suelo.
-Olvídate del dinero -susurró Jake mordisqueándole el cuello.
Isobel le apretó los pezones y Jake perdió el control por completo.
La deseaba tanto, que estaba mareado. Le separó las piernas y buscó su lengua.
Isobel lo besó con pasión haciéndolo suspirar de placer.
Isobel sintió que el corazón le latía aceleradamente. Cuando Jake le levantó el
jersey, descubrió que estaba sudando tanto como él y que, con las prisas, se había
olvidado de ponerse sujetador.
Jake le acarició los pechos mientras pensaba que aquello era solo sexo. Seguro
que Isobel, dada su experiencia, lo entendía. Solo quería acostarse con ella.
Sin embargo, le quitó el jersey y la acarició con ternura. Jugueteó con sus
pezones y disfrutó al verla arquearse de-placer.
Cuando la volvió a besar, la respuesta de Isobel fue tan ardiente como había
querido. Se había entregado por completo y había perdido la vergüenza.
Jake se dio cuenta de que no iba a aguantar mucho más. Quería estar dentro de
ella, sentir su humedad. Quería conducirla al orgasmo, alcanzarlo juntos...
Sin dejar de besarla, la condujo a la cama encantado de que Isobel no opusiera
ningún tipo de resistencia.
La sentó y se dedicó a formar una estela de saliva sobre sus pechos. Cuando llegó
a los pezones, la oyó gemir, lo que fue un potente afrodisiaco. Le desabrochó los
pantalones y deslizó la mano bajo la cinturilla de las braguitas.
Estaba húmeda. De hecho, las braguitas estaban empapadas. Jake la acarició
hasta que encontró el punto que más le gustaba y, entonces, sintió que la necesidad de
Isobel era igual a la suya.
Se apartó y le quitó los pantalones y la ropa interior. Se apresuró a liberarse de
los calzoncillos y se tumbó sobre ella.
Isobel abrió las piernas y le acarició la erección. Jake jadeó de placer.
-No puedo más -confesó introduciéndose en su cuerpo y llenándola como llevaba
deseando hacer desde que la había vuelto a ver.
Fue casi como hacer el amor con una virgen. Hasta el punto de que, cuando se
metió por completo en su cuerpo, Isobel gritó de dolor.
-¿Te he hecho daño? -preguntó Jake .preocupado.
-No, no -le aseguró Isobel tragando saliva.
Satisfecho, Jake comenzó a moverse de nuevo.
El placer era tan intenso que, a pesar de querer que durara mucho, Jake no pudo
evitar alcanzar el orgasmo demasiado pronto.
Se dio cuenta entonces de que desde el principio había querido colmarla con su
semilla. Si era un pecado, estaba dispuesto a aceptar el castigo como un hombre, pero
tendría aquello como recuerdo.
Cuando iba a alcanzar el climax, notó que el interior de Isobel se tensaba. Notó
sus uñas en los hombros y sus piernas en la cintura.
«Vamos a ir juntos hasta el final», pensó.
Estremeciéndose de placer, levantó la cara de sus pechos y pensó que no podía
arrepentirse de lo sucedido.
«Es mía», se dijo triunfal.
Era la única mujer a la que había amado de verdad.
Isobel tenía los ojos cerrados y Jake rezó para que los abriera. Quería decirle lo
que le había pasado, que se acababa de dar cuenta de que la quería, pero Isobel
parecía dormida y no quería despertarla.
«¿Y Emily?», se preguntó observando a Isobel.
¿Podía ser él su padre? ¿De verdad lo quería saber? ¿No sería más fácil aceptar
que era hija de Isobel y que ya solo por eso la quería?
Capítulo 11
I
SOBEL se fue de la posada mientras Jake se duchaba. Había conseguido que
creyera que estaba dormida, pero en cuanto había notado que se levantada había
huido.
No había sido difícil fingir que estaba agotada porque realmente lo estaba. Nada
le habría gustado más que hacerse un ovillo a su lado, pero no podía ser.
Aunque había sido la experiencia sexual más maravillosa de su vida, sabía que
para Jake no había sido más que la sustituía de Marcie Duncan.
Aquello le dolía y mucho.
Al bajar, se encontró con Tom Cooper, el dueño del pub, que la saludó como si tal
cosa a pesar de que Isobel sospechaba que estaba especulando ya lo que habría pasado
en la habitación de su inesperado huésped.
«Como si no estuviera claro», pensó.
Se montó en el coche, metió marcha atrás y salió de allí a toda velocidad. Una
vez en carretera, miró la hora. Solo las ocho de la mañana y se sentía como si hubiera
estado trabajando todo el día.
Rezó para que Emily y su madre siguieran dormidas porque no tenía ganas de dar
explicaciones a nadie.
Para su alivio, solo la señora Edwards estaban despierta. La mujer estaba
metiendo un bizcocho en el horno y la miró extrañada.
-¡Cuánto has madrugado! -le dijo-. ¿Has ido a la tienda? Los sábados, no abre
hasta las nueve. «Salvada por la tienda», pensó Isobel.
-Debería haberlo recordado -contestó-. ¿Emily está despierta?
-No la he visto -contestó el ama de llaves.
Se preguntó cómo se iba a tomar su hija que, después de lo que había pasado,
Jake se fuera corriendo a Londres.
Decidió darse una ducha antes de enfrentarse a su hija, pero no le dio tiempo.
Cuando estaba desnudándose para entrar en el baño, apareció en su habitación.
-Mamá, ¿tú crees que papá vendrá a vernos antes de irse a Londres? -le
preguntó con voz trémula todavía ataviada con su pijama de Winnie the Pooh.
-No lo sé... -suspiró Isobel sospechando que la contestación acertada era «no»-.
¿Dijo algo de venir?
-No -contestó Emily-, pero no creo que se hubiera quedado a dormir en el pueblo
si no quisiera vernos, ¿no?
-Puede -contestó Isobel preguntándose cuáles eran las intenciones de Jake al
volver aquel fin de semana.
-Claro -sonrió Emily aliviada.
-¿Por qué no te vas a vestir mientras yo me ducho?
-Muy bien -contestó Emily mirando extrañada las mejillas sonrojadas de su
madre.
Isobel se duchó y se cambió de ropa. Para cuando salió de su habitación, su
madre se había levantado y estaba dando voces.
-¿Por qué no me has dicho que Jake estuvo aquí anoche? -le preguntó cuando
Isobel le llevó la bandeja del desayuno-. Me habría gustado verlo.
Isobel se dio cuenta de que.Emily había vuelto a contarle todo a su abuela.
-No se quedó mucho tiempo -contestó.
-¿Te parece una buena excusa? ¿Y qué quería? -preguntó lady Hannah tomándose
el zumo de naranja.
-Creo que vino para asegurarse de que... todo va bien -contestó todo lo
sinceramente que pudo-. ¿Quieres algo más?
-No -contestó su madre-. ¿Me puedes explicar por qué te has maquillado tanto?
¿No será para impresionar a tu marido?
¡Cómo si le hiciera falta! Isobel tragó saliva y se miró en el espejo con expresión
inocente.
-Uy, pues es verdad, me he pasado un poco, ¿no?
-Un poco -contestó su madre secamente-. ¿Fue idea tuya que tu marido se fuera
a pasar la noche al Black Bull? No quiero ni imaginarme lo que habrá pensado Tom
Cooper de ello.
«Pues verás cuando te enteres de que he ido a verlo esta mañana», pensó Isobel.
-No, no fue idea mía -contestó-. Fue suya. ¿Para qué quieres verlo?
-Eso es asunto mío -contestó la anciana-. Si vuelve por aquí, dile que suba a
verme.
-¿Quiere decir eso que no te vas a levantar? -preguntó Isobel preocupada.
-No -contestó lady Hannah impaciente.
-¿Te encuentras bien?
-Todo lo bien que alguien en mi situación puede estar -suspiró su madre-. Deja de
preocuparte, Isobel. No me voy a morir todavía.
A pesar de que estaba convencida de que no iba a volver a Jake en un tiempo,
Isobel se pasó toda la mañana nerviosa.
No la ayudó que Emily se pusiera histérica cada vez que oía un coche o que los
obreros hubieran elegido aquel día para acuchillar el salón.
A media mañana, la cabeza le estallaba.
Cuando ya creía que las cosas no podían ir peor, apareció Piers Mallory con un
enprme ramo de flores.
Isobel estaba bajando las escaleras y se sorprendió de verlo de nuevo en su casa
después de lo que le había dicho el día anterior.
-¿Qué demonios haces aquí? -le espetó-. Fuera ahora mismo. Piers no se movió.
-Buenos días, Isobel. ¿Qué tal está tu madre?
-No finjas que te interesas por ella -exclamó Isobel con dureza-. Quiero que te
vayas -añadió agarrándolo del brazo y llevándolo hacia la puerta por miedo a que su
madre los oyera.
Nada. Piers se había clavado en el suelo y no parecía tener intención de moverse.
Para colmo, le estaba mirando el escote.
-Voy a pedir ayuda -dijo pensando en los obreros.
-Oh, Issie -rio Piers haciéndola estremecer-. ¿Qué te estoy haciendo?
¿Atacarte con flores?
Isobel apretó los puños.
-No tienes derecho a venir a mi casa. No eres bien recibido.
-No he venido a verte a ti -contestó Piers-, sino a lady Hannah. ¿Dónde está?
-No es asunto tuyo -contestó Isobel-. ¿Te importa irte?
-No hasta que no le haya dado esto a tu madre -contestó Piers mirando las
flores-. ¿No te parece bien que le haga un regalo?
-Ya se las daré yo -contestó Isobel tomándolas de sus brazos-. ¿Te importa irte
ahora? Piers no se movió.
-No estás siendo muy educada, Issie -apuntó mirándola de forma insolente-.
Además, me parece que, si no recuerdo mal, has engordado. Ten cuidado.
Isobel sintió deseos de gritar. ¿Qué tenía que hacer para que se fuera? ¿No
tenía vergüenza?
En ese momento, Isobel oyó a Emily bajar corriendo las escaleras.
-¿Es papá? -preguntó la niña, que había oído las ruedas de un coche-. Ah, es
usted
-añadió al ver a Piers.
-Sí, soy yo -sonrió él-. Hola, Emily.
-Hola -contestó la niña-. Creí que era papá
-repitió dirigiéndose a su madre.
-¿Tu padre está aquí? -preguntó Piers enarcando una ceja sorprendido-. Esto
huele a reconciliación.
-No huele a nada -contestó Isobel con frialdad-. Jake está a punto de llegar, así
que creo que será mejor que te vayas.
-De eso nada -contestó Piers-. Si McCabe estuviera por aquí, me habría
enterado. Emily frunció el ceño.
-¿Ha venido a ver a mi padre? -preguntó inocentemente.
-No, a ver a tu abuela -contestó Piers aprovechando la oportunidad-. ¿Está
levantada?
-Piers... -le advirtió Isobel.
-No, hoy se va a quedar en la cama -contestó Emily-. ¿Quiere subir a verla?
-¡Emily!
-Me parece una buena idea -dijo Piers-. ¿Me acompañas?
Emily miró a su madre sin saber qué hacer.
-¿Tú también vienes, mamá? -dijo fijándose en las flores-. Qué bonitas -añadió-.
¿Las ha traído usted?
-Sí -contestó Piers sonriendo-. Seguro que tu madre quiere ponerlas en agua
cuanto antes.
-¿Mamá?
Isobel negó con la cabeza y se alejó furiosa mientras su hija, confundida,
conducía al visitante hasta su abuela.
Cuando Jake llegó a Mattingley, vio un coche que no conocía aparcado ante la
casa y supuso que sería el médico, que habría ido a ver a lady Hannah.
Lo cierto era que a él le parecía que la anciana habría estado mejor en Londres,
pero entendía que quisiera estar allí.
La verdad era que aquel lugar era precioso. Por eso, precisamente, se estaba
planteando vivir allí e ir al despacho a la ciudad solo cuando fuera estrictamente
necesario. Al fin y al cabo, podía hacer casi todo el trabajo desde casa con su
ordenador portátil.
La puerta principal estaba abierta y vio que había obreros por todas partes. La
casa estaba cada vez mejor. De hecho, cada vez parecía más un hogar...
Acababa de entrar cuando apareció Isobel. Se quedaron mirando a los ojos y
Jake se preguntó si, como él, estaba recordando su encuentro de aquella mañana.
Se dio cuenta de que, con solo verla, se había vuelto a excitar. ¿Habría alguna
manera de sacarla de casa y llevarla a algún lugar donde pudieran estar solos?
-¿Has olvidado algo? -le espetó Isobel-. Si has venido a devolverme el dinero...
-No, no -la tranquilizó Jake y dio unos pasos hacia ella.
Al hacerlo, Isobel dio dos pasos atrás.
-Tenemos que hablar -suspiró Jake.
-No -dijo Isobel-. Creo que no tenemos nada que decirnos. ¿Quieres el divorcio?
Bien. Dile a tu abogado que se ponga en contacto con el mío. No veo por qué
tendríamos que volver a vernos en persona.
Jake la miró sorprendido.
-No lo entiendes...
-Claro que sí -lo interrumpió Isobel-. Lo de esta mañana ha sido para
demostrarme que tú has ganado y yo he perdido.
-No...
-Lo que tú digas. En cualquier caso, no debió ocurrir jamás y no habría ocurrido
si no hubiera confiado en ti como un tonta. Creí que te había quedado claro que no
quería tu dinero, pero no esperaba que te lo cobraras en carne. Has tenido tu premio,
pero te lo he dado gratis. Solo espero que no lo pagues ni con Emily ni con mi madre.
Jake la miró con incredulidad.
-¿De verdad crees eso? ¿Crees que me he querido vengar de ti?
-¿No ha sido así, acaso?
-Claro que no, maldita sea.
-¿Pero admites que no debería haber sucedido jamás?
-¿Por qué no?
-¿Por qué no? Lo sabes perfectamente. ¿Te importan tan poco los sentimientos
de la señorita Marcie como los míos?
-Marcie no tiene nada que ver en esto -contestó Jake molesto.
-¿ Ah, no? Creí que te ibas a casar con ella.
«Pues no es así», pensó Jake, pero no le dio tiempo a decirlo porque en ese
momento oyó que la puerta de la habitación de lady Hannah se cerraba y alguien
comenzaba a bajar las escaleras.
Supuso que era el médico y lo maldijo por su inoportunidad. Por los gritos de la
madre de Isobel pensó que a la anciana le había hecho la misma gracia verlo que a él.
Para colmo, Emily bajaba las escaleras llorando.
-Mamá, mamá -gritó.
Al verlo, abrió los ojos como platos y, para su sorpresa, se abrazó a él.
-Eh, eh, pequeña, ¿qué pasa? ¿Qué ha dicho el doctor? -le preguntó consolándola
con un cariño que le salía de lo más profundo de sí mismo.
-¿El doctor? ¿Qué doctor? -contestó Emily.
-Supongo que te referirás a mí -dijo una voz masculina.
Jake levantó la mirada y vio al hombre que había creído que jamás volvería a ver.
-Hola, McCabe, hace mucho tiempo que no nos veíamos-dijo Piers Mallory.
-Hola, Mallory, veo que sigues haciendo llorar a las mujeres -contestó Jake
irritado.
-Yo no diría tanto -dijo Piers muy tranquilo mirando a Isobel y de nuevo a
Jake-.Parece que a tu mujer no le hace gracia vernos a ninguno de los dos.
Jake pensó que se equivocaba por completo, pero no dijo nada. Él había creído
que su encuentro con Isobel había sido mucho más que físico, pero empezaba a tener
sus dudas.
Era la segunda vez que Piers estaba en |- aquella casa en los últimos días. Lo que
Isobel le había dicho tomaba otro cariz ante aquella revelación.
-Me parece que deberíais iros. Los dos-dijo ella.
-¡Belle! -protestó Jake.
-¿No os dais cuenta de que hay una mujer enferma en esta casa? No sé qué le
habrás dicho, pero obviamente la has enfurecido. Vete-dijo dirigiéndose a Piers.
-Oh, Issie... -dijo él llamándola así porque sabía que a Jake siempre le había
molestado-. No lo dices en serio.
-Claro que lo digo en serio -insistió Isobel-. Ya te dije ayer que no eres bien
recibido en esta casa -añadió señalándole la puerta-. ¿Voy a tener que llamar a un
obrero para que te eche?
-Sabes que jamás lo harías -se burló Piers-. Tu madre jamás te perdonaría que la
avergonzaras de esa manera.
-Ya lo hago yo -dijo Jake sin pensárselo dos veces-. Será un placer.
-El único placer que vas a sacar de esta relación, ¿eh, McCabe? -se mofó
girándose hacia Isobel-. En cuanto a lo que le he contado a tu madre, será mejor que
se lo preguntes a ella, pero no creo que te lo vaya a decir. Nunca te lo ha dicho.
-¿Qué quieres decir?
Isobel estaba confundida y Jake dio un paso al frente.
-Belle, ¿no te das cuenta de lo que está haciendo? Está intentando separarte de
tu madre, como hizo con nosotros. Antes, no lo podía creer, pero ahora...
-Aquello fue mucho más divertido -lo desafió Piers-. ¿Te he contado alguna vez
lo bien que se lo pasó Isobel? Estaba como loca por meterse en la cama conmigo.
-¡Eso no es cierto!
Una voz mucho más aristocrática que la de Piers impidió que Jake le diera un
puñetazo. Se giró y vio a lady Hannah agarrada con fuerza a la barandilla de la
escalera.
-No le toques, Jake -imploró-. No le des razón para hacer más daño a esta
familia del que ya ha hecho.
-¿Mamá? -dijo Isobel corriendo escaleras arriba para sujetar a su madre-.
Mamá, no deberías haberte levantado.
-Las gallinas vuelven al gallinero, ¿eh, lady Hannah?
Jake ya no pudo más y lo agarró de la pechera de la camisa.
-Ya hemos oído bastante -le dijo atemorizándolo-. Vete ahora mismo.
-Espera -dijo la madre de Isobel-. Escucha lo que te tengo que decir, Jake. Piers
nunca sedujo a tu mujer. Todo fue idea mía.
-¿Qué?
-¿Qué has dicho, mamá? Habría sido difícil decir quién se había quedado más
anonadado.
-Ahora sí que me voy -dijo Piers soltándose de Jake y poniéndose bien la camisa.
-Al oír el coche de Jake, le dije a Piers que se metiera en la cama de Isobel
-recordó lady Hannah.
-¿Cómo? -dijo la aludida mirando a su madre como si fuera una desconocida.
Jake no daba crédito a lo que estaba oyendo.
¿Lady Hannah había hecho algo así? ¿Sin el consentimiento de Isobel?
-Así fue -insistió la anciana-. Admito que no quería que Isobel se casara contigo.
Nunca me pareciste lo suficientemente bueno para ella y ella ni miraba a Piers, que
llevaba años enamorado de ella.
-¡Mamá!
Lady Hannah sacudió la cabeza.
-Ahora comprendo que lo que hice no estuvo bien, pero entonces me pareció una
buena idea.
-Oh, mamá -dijo Isobel con la voz rota.
-No finjas que no sabías lo que estaba pasando -intervino Piers-. Estabas
encantada.
-No... -sollozó Isobel.
Aquella vez fue demasiado. Jake soltó el puño, que fue a estrellarse
directamente en la nariz de Mallory haciéndola sangrar.
Emily se puso a llorar.
Hasta aquel momento, Jake se había olvidado de que la niña estaba delante. La
tomó en brazos y la consoló.
-No pasa nada, cariño -la tranquilizó mientras Piers intentaba controlar la
hemorragia con un pañuelo.
Pero Isobel no había terminado.
-Me... emborrachaste -recordó-. ¡Dios mío, me emborrachaste! Querías que Piers
me sedujera. Lo tenías todo planeado.
-Sí, así es -admitió su madre-. ¿Podrás perdonarme?
-No te paraste a pensar siquiera que podría estar embarazada -sollozó Isobel-.
No tuviste en cuenta mis sentimientos. Solo te importaba la casa.
-Ya no -dijo lady Hannah desesperada-. Por favor, créeme.
Isobel se apartó de su madre y corrió escaleras abajo mientras Jake se daba
cuenta de lo que sus últimas palabras significaban. Emily era hija suya. Llevaba años
negando su paternidad y la niña había crecido sin padre.
-Belle -dijo alargando el brazo para detenerla.
-No me toques -gritó Isobel pasando a su lado-. No me toquéis ninguno. Sois
todos iguales.
-¡Belle! -repitió Jake desesperado-. No lo sabía. No sabía qué pensar.
-No me creíste -dijo Isobel mirándolo con frialdad-. ¿Te crees que esto cambia
las cosas? ¿Crees que te voy a perdonar ahora que sabes que nunca hice nada? Crece,
Jake. No necesito tu absolución. No necesito nada de ti.
Y sin una palabra más, salió por la puerta y Jake se dio cuenta, al oír el motor,
que se había dejado las llaves puestas en el Porsche.
Capítulo 12
P
APÁ, la abuela dice que hay una mosca dando vueltas por la habitación que la está
volviendo loca -dijo Emily-. ¿Te importaría venir?
Jake suspiró. Debería estar ya acostumbrado a los caprichos de su suegra, pero
no era así. Además, sabía que, para cuando llegara, la mosca habría desaparecido por
arte de magia.
Aun así, se levantó y sonrió a su hija.
La niña estaba mucho mejor, pero los primeros días desde que Isobel había
desaparecido habían sido horribles.
Hacía tres semanas que no tenían noticias suyas y eso para Jake solo podía
significar que lo estaba pasando muy mal.
Él se había instalado en Mattingley, desde donde trabajaba, para dedicarse en
cuerpo y alma a su hija. Y pensaba quedarse allí hasta que Isobel volviera... si es que
volvía.
-La señora Edwards me ha dicho que hay sopa de verduras para cenar -anunció
Emily-. A la abuela le gusta mucho.
-Muy bien -dijo Jake sin apetito-. ¿A ti te gusta?
-Bueno... A mí lo que me gustaría es que mamá volviera -confesó. «Como a todos»,
pensó Jake.
-Volverá pronto -dijo fingiendo alegría-. Solo necesita un poco de tiempo para sí
misma. Ella sabía que yo me iba a quedar cuidando de ti y de la abuela.
-¿De verdad? -preguntó Emily no muy convencida.
Jake sabía que, en su sano juicio, Isobel jamás habría abandonado a su hija, pero
cuanda se fue de Mattingley estaba muy alterada. Precisamente, por eso había llamado
a la policía para denunciar su desaparición.
Por desgracia, la investigación no había arrojado resultados todavía.
La idea de que le hubiera pasado algo lo atormentaba. El coche que se había
llevado era muy veloz, y no podía dejar de imaginarse que se había salido de la
carretera o que se había estrellado contra un árbol.
Sabía que la policía estaba buscando en todos los barrancos, pero siempre
existía la horrible posibilidad de que el coche hubiera ido a parar al mar.
-¿Estás enfadado porque te he interrumpido? -preguntó Emily confundiendo la
causa de su silencio.
-¿Cómo iba a estar enfadado contigo? -dijo Jake abrazándola-. Somos amigos,
¿no?
-¿Y de verdad no te importa tener que haberte quedado aquí conmigo?
-Claro que no -le aseguró Jake-. Así, tendremos tiempo de conocernos bien.
-De verdad crees que soy tu hija, ¿no? -preguntó Emily satisfecha.
-No tengo la más mínima duda -contestó Jake.
-Pero antes sí...
-Sí, reconozco que me equivoqué. Creí a otra persona.
-¿Al señor Mallory? -preguntó Emily. Desde luego, la niña era aguda.
-Ahora ya no importa.
¿Se imaginaría Isobel la angustia que le producía darse cuenta de su error? Lo
que estaba claro era que todavía confiaba algo en él pues, de lo contrario, no habría
dejado a su hija allí.
¿Habría creído acaso que se la llevaría con él a Londres? Al fin y al cabo, debía
de seguir creyendo que se iba a casar con Marcie.
Cuando entró en la habitación de lady Han-nah, la anciana estaba en la cama
incorporada sobre unas cuantas almohadas. Estaba más débil que de costumbre y,
aunque le había hecho mucho daño, Jake se dio cuenta de que no la odiaba.
Se había equivocado y estaba pagando por ello.
-Jake, siento molestarte, pero hay una mosca que lleva una hora dando vueltas
-se lamentó.
-Eso me han dicho -dijo Jake mirando a Emily-. ¿Dónde está?
-¿No está junto a la ventana? -preguntó la anciana.
-No -suspiró Jake-. Debe de haber salido cuando Emily ha ido a buscarme.
-Claro... Ya que estás aquí, ¿quieres tomarte una taza de té conmigo?
Jake dudó y vio que lady Hannah tenía ya una bandeja con dos servicios junto a la
cama.
-Bueno...
-Sé que estás ocupado, que trabajar aquí no tiene que ser lo más cómodo para ti
y que, además, tienes que cuidar de nosotras, pero me gustaría hablar contigo.
Era la frase más larga que había dicho desde la desaparición de su hija y, al
terminar, le faltaba el aire.
-Muy bien -contestó Jake sentándose a su lado-. ¿Sirvo yo?
-Por favor -contestó lady Hannah-. Me temo que no hay zumo de naranja, Emily.
¿Por qué no bajas a la cocina a que la señora Edwards te dé uno? -añadió mirando a su
nieta.
-No quiero zumo de naranja -contestó Emily-. No tengo sed.
-Tu abuela quiere hablar conmigo a solas -le explicó su padre-. ¿Por qué no vas a
ver qué juego te acabo de instalar en el portátil? Es un nuevo proyecto que se llama
Predators. Me gustaría que me dieras tu opinión.
-¿De verdad? ¿Puedo jugar en tu ordenador?
-Mientras no te metas en los archivos secretos...
-Gracias -exclamó la niña saliendo de la habitación.
-Gracias -dijo también lady Hannah intentando sonreír.
-No lo he hecho por ti -contestó Jake sin servir el té-. ¿Qué quieres?
-Qué directo -dijo lady Hannah amargamente-. ¿Y te preguntas por qué no quería
que Isobel se casara contigo?
-Nunca me lo he preguntado. Sé muy bien que pensabas que no tenía clase
suficiente para tu hija. Bien, puede que fuera cierto, pero no me puedo creer que
creyeras que Isobel iba a ser más feliz con ese cínico que una vez fue mi amigo.
-No... -admitió lady Hannah-. Me equivoqué en eso y en muchas cosas más que
quiero enmendar.
-¿Ah, sí? ¿Y qué se te ha ocurrido? Lady Hannah dudó.
-Voy a cambiar mi testamento -dijo mojándose los labios-. Te voy a dejar
Mattingley a ti.
-¡No! -dijo Jake levantándose-. ¡Estás loca!
-Claro que no. Esta casa es una pesada carga para Isobel. Está hipotecada y los
gastos de mi entierro y funeral ya van a ser suficientes para mi hija. Tú puedes. Ella,
no. Quiero que la casa siga en la familia. Si se la dejo a Isobel, no tendrá más remedio
que venderla y Emily jamás podrá disfrutar de ella.
-Eso será «i Isobel aparece -dijo Jake con crueldad.
-¿Por qué dices eso? ¿Qué han averiguado?
-Nada -contestó Jake paseándose por la habitación-. ¿No tienes vergüenza?
-No creo que seas tú el más indicado para hablarme a mí de vergüenza -contestó
la anciana recobrando su antiguo mal carácter-. Has estado más de diez años
ignorando a tu hija.
-Sí, pero, ¿por culpa de quién?
-Mía no -contestó su suegra-. Eso lo has hecho tú sólito.
-No te entiendo. Bien que te gustaba aceptar mi dinero, pero no querías que
volviera con tu hija. Muchas veces me he preguntado por qué.
-No eres ni la mitad de listo de lo que creía -se burló la anciana-. Piénsalo bien.
¿Crees que yo quería que te enteraras de que Emily era hija tuya?
Jake la miró confuso. ¿Qué estaba diciendo aquella mujer? De repente, lo
entendió.
-No querías que te descubriéramos -musitó-. Dejaste que creyera que Isobel me
había engañado para no tener que enfrentarte a las consecuencias de lo que habías
hecho con Piers.
-En esencia, sí, bien resumido -comentó lady Hannah apenada.
-Supongo que creías que, sin mí cerca, Isobel miraría a Piers con otros ojos. Qué
decepción te debiste llevar, ¿eh?
-No sabía que estaba embarazada -contestó la mujer.
-Y Piers sabía perfectamente que la niña no podía ser suya. Dios mío, cuántas
veces me he preguntado por qué no quería ver a su hija y por qué Isobel se empeñaba
en no volverlo a ver a él.
-No estabas lo suficientemente interesado como para hacer algo al respecto
-apuntó su suegra con crueldad-. Aquí todos tenemos nuestra parte de culpa -le
recordó.
«Es cierto», se admitió Jake a sí mismo.
Pero él no había instigado la situación. Había sido lady Hannah y ahora pretendía
enmendar sus errores dejándole Mattingley a él.
-No quiero la casa -declaró-. Mattingley es de los Lacey, no de los McCabe.
-Pero podrías hacer mucho por ella -gritó la anciana desesperada-. Tienes dinero.
Podrías restaurarla y devolverle el esplendor de antaño. A la-señorita Duncan le podría
gustar venir aquí los fines de semana...
-No me voy a casar con Marcie Duncan -dijo Jake.
Lo había decidido la mañana en la que Isobel había ido a verlo a la posada.
-Se lo dije cuando volvió de Jamaica. Está consultando con su abogado la
posibilidad de denunciarme por incumplimiento de acuerdo o aceptar la indemnización
que le he ofrecido. Ya le he dicho que, dado que sigo casado con Isobel, le va a
resultar un poco difícil demostrar lo del incumplimiento, pero ella verá.
-Eres un canalla -dijo lady Hannah con admiración.
Jake se encogió de hombros y fue hacia la puerta.
-Nada de cambiar el testamento, ¿eh? -le dijo.
-No creo que haga falta... Jake miró a su suegra con recelo.
-¿Qué tramas?
-Nada, simplemente supongo que, si dices que no te vas a casar con la señorita
Duncan, será porque sigues enamorado de mi hija. ¿Quién sabe? Podríais volver...
-Yo no apostaría por ello -se lamentó Jake.
-Te sigue queriendo -le aseguró lady Hannah-. Nunca pude hacer que te olvidara.
-Tómate el té -dijo Jake saliendo de la habitación.
Capítulo 13
I
SOBEL llegó al pueblo al amanecer. Había conducido toda la noche para evitar
que la policía reconociera el coche porque estaba segura de que Jake habría
denunciado su desaparición.
Su única preocupación era que Emily estuviera bien, que su padre no le hubiera
contado cosas extrañas para explicar su ausencia.
La había abandonado, era cierto, pero solo Dorque necesitaba alejarse de Piers,
de Jake y le su madre y su hija estaba en medio de todo.
Además, Jake necesitaba tiempo con la niña jara conocerla y presentársela a su
futura mujer.
Isobel creía que Jake se habría llevado a Emily con él a Londres. Ya hacía tres
semanas que se había ido y creía que él no podía pasar tanto tiempo fuera de la
empresa.
Había llamado al colegio de su hija y le habían dicho que no había vuelto, pero
tampoco le había extrañado demasiado por ello. Había supuesto que Jake estaba
recuperando los años perdidos.
Cada vez que pensaba en su madre, sentía remordimientos, pero prefería no
pensar en ella demasiado a menudo. No quería que le diera pena, ni siquiera por estar
enferma.
La había traicionado como madre y como persona. Le había destrozado la vida.
Mattingley significaba más para ella que su propia hija. Isobel no podía quitarse
aquello de la cabeza y el perdón se le antojaba como algo muy lejano.
Al llegar a la verja de entrada, miró el reloj. Eran apenas las seis. Tomó aire para
tranquilizarse y apoyó la cabeza en el volante.
Tras unos segundos, pisó el acelerador y se asombró de ver que había césped a
los lados del camino y que las flores estaban cuidadas. Había azaleas por todas partes,
entre los árboles.
Jake debía de haber contratado a una empresa de jardinería. Cuántas molestias
para arreglar una casa que ella iba a vender en cuanto...
No quería pensar en la muerte de su madre. A pesar de todo lo que le había
hecho, sabía que la iba a echar de menos. Sobre todo ahora que Emily iba a pasar
tiempo con su padre.
Al llegar, paró el coche y se quedó unos segundos admirando los maceteros de
geranios y pensamientos que había a ambos lados de la puerta.
La casa estaba realmente bonita. Lady Hannah debía de estar encantada.
No tenía equipaje, solo la bolsa que Sarán le labia prestado. Su amiga y su marido
habían demostradb ser buenos amigos. Se había presentado en su casa llorando y ellos
no habían preguntado nada. Le habían dado cobijo, un garaje para esconder el coche y
tiempo para tranquilizarse.
Debía llamarlos nada más desayunar.
Cerró la puerta del coche sin hacer ruido y se guardó las llaves en el bolsillo. Dio
la vuelta con la esperanza de que la puerta de la cocina no estuviera cerrada. Estaba
abierta.
La abrió y se encontró con Jake apoyado en a encimera perdido en sus
pensamientos. Al verla, la miró como si estuviera alucinando.
-¿Belle? ¿Eres tú de verdad? -preguntó angustiado.
-Soy yo de verdad -contestó Isobel en voz baja-. ¿Qué haces aquí? -añadió
apoyándose en la puerta.
Jake miró la cafetera.
Isobel intentó reprimir la alegría que le haría dado verlo. ¿Y si Marcie también
estaba allí? Era posible. Al fin y al cabo, era sábado.
-Huele bien -dijo-. ¿Me puedes servir una taza?
-¿Es todo lo que tienes que decir? -dijo Jake-. ¿Dónde demonios has estado?
-No creo que sea asunto tuyo -contestó Isobel echando los hombros hacia atrás.
-¿Cómo que no? ¿Sabes lo preocupados que estábamos? -contestó él pasándose
los dedos por el pelo.
-No hacía falta...
-¿Cómo que no hacía falta? -dijo Jake dando un par de pasos hacia ella-. Maldita
sea, Belle. ¿Dónde has estado? Casi me vuelvo loco.
Isobel no sabía qué decir. ¿Estaba de verdad preocupado?
-Necesito tiempo para pensar -contestó decidiendo que Jake merecía una
explicación-. ¿Dónde está Emily? Quiero decirle que he vuelto.
-Luego -dijo Jake cerrándole el paso-. Quiero saber dónde has estado. Desde
luego, no en los alrededores porque la policía ha peinado la zona varias veces.
-¿La policía? No hacía falta exagerar tanto.
-Eso es lo que tú te crees. Cuando te fuiste estabas histérica y, para colmo, te
llevaste el Porsche.
-Ah, así que es eso, ¿eh? -dijo Isobel amargamente-. Estabas preocupado por el
coche, claro. Pues no te preocupes, está perfectamente. Ha estado en el garaje de una
amiga en Kensington durante las tres semanas.
-El coche me importa muy poco -le aseguró Jake iracundo-. Estaba preocupado
por ti. Estaba empezando a temerme lo peor.
Isobel se sintió un poco culpable.
-Ya te he dicho que no hacía falta -se defendió-. Sabía que Emily lo iba a pasar
mal, pero necesitaba estar sola. He estado en casa de Sarah, una amiga. Sabía que tú
te encargarías de Emily -añadió-. ¿Está arriba?
-¿Dónde iba a estar? -explotó Jake-. Como yo, no tuvo más remedio que quedarse
y enfrentarse a la situación. No se pudo permitir el lujo de irse a otro sitio.
-¿No te la has llevado a Londres? -dijo Isobel sorprendida.
-¿A Londres? ¿Por qué me la iba a llevar a Londres?
-Bueno, eh, yo creía que te habrías ido poco después que yo.
-No.
-¿Cómo que no?
-Que no, que no me he movido de aquí-contestó Jake apretando las mandíbulas-.
Espero que no te importe. Fui a la posada a recoger mis cosas y me instalé aquí.
-No entiendo...
-Ya lo veo.
-O sea que... llevas aquí.
-Tres semanas.
-¿No has vuelto a Londres?
-No.
Isobel tragó saliva.
-Entonces... entonces... ¿la señorita Duncan también está aquí?
-Claro -dijo Jake indignado-. ¿Me crees capaz de algo así? ¿Crees que traería a
otra mujer a casa de mi esposa? Te crees que soy así, ¿verdad?
-Ya no sé qué creer -admitió Isobel-. Para estar enamorado de una mujer,
demuestras un interés inapropiado por otra...
-¿Y la otra eres tú? -sugirió Jake.
Isobel estaba completamente confundida. ¿Qué estaba pasando? ¿Se había
quedado Jake por el bien de Emily?
-Llevo conduciendo toda la noche -dijo cansada-. ¿Me podrías servir una taza de
café antes de seguir hablando? Te he juzgado mal y me alegro de que te hayas
quedado cuidando a Emily -admitió-. Y de mi madre... ¿Qué tal está? Supongo que es mi
deber preguntar.
Jake tomó una taza y la llenó de café.
-Toma -le dijo-. Se ve que lo necesitas. Estás pálida.
-Gracias.
Isobel tomó la taza entre las manos, pero estaba ardiendo e instintivamente la
soltó. Al hacerlo, el café salió volando y manchó todo lo que tenía a su alrededor,
incluido Jake, que se apresuró a acercarse a ella comprendiendo que estaba nerviosa.
-Tranquila -le dijo abrazándola-. Estás en casa, estás con gente que te quiere.
-¿De verdad?
-¿Tú qué crees? Belle, no te puedes imaginar cómo me alegro de verte. Estaba
empezando a temer que no volvieras.
-¿Y te importaba? -murmuró.
-Claro que sí -le aseguró Jake acariciándole el pelo-. Nos has tenido a todos muy
preocupados. Tu madre se ha portado horriblemente, pero te quiere. No te quepa la
menor duda.
-A su manera -dijo Isobel apartándose de el-. Voy a ir a ver a Emily -anunció.
No quería que Jake creyera que la escena de la posada se iba a repetir. Debía
aceptar que se iba a sentir siempre atraído por ella, pero que se iba a casar con otra.
Ironías de la vida, Jake no quiso soltarla.
-Jake... -dijo Isobel viendo que tenía posados los ojos en sus labios-. No es una
buena idea.
-Pues es la única que tengo -murmuró Jake tomándole la cara entre las manos-.
Por el bien e Emily, por Dios, ten piedad. No podemos dejar que el egoísmo de tu
madre nos destroce las vidas.
Isobel se estremeció. Estaba sintiendo la erección de Jake entre las piernas.
Estaba claro que quería hacer el amor y ella, también. Allí mismo, sobre la encimera,
en el suelo si hiciera falta.
-Jake... -suplicó.
Pero él no la escuchó. La besó y, a pesar de que había pasado tres semanas
intentando olvidar sus labios, Isobel se encontró besándolo también y pasándole los
brazos alrededor del cuello.
Aquello era el paraíso y el infierno juntos.
El paraíso porque era lo que más le apetecía del mundo, pero el infierno porque
sabía que no debía hacerlo. No podía ser la amante de su propio marido. No podía dejar
que la utilizara cuando le diera la gana.
Sintió su mano sobre un pecho, luego se deslizó bajo la camiseta y le desabrochó
el sujetador. Su cuerpo no le obedecía.
-Me vuelves loco -murmuró Jake apretándose contra ella.
-Jake, no puedo -gimió antes de que su cuerpo la traicionara por completo.
-Pero si es lo que quieres -dijo angustiado-. Es lo que los dos queremos.
-Sí, pero no quiero ser la sustituía de Marcie. Supongo que, como no la has visto
en varias semanas, estás...
-¿Excitado? -preguntó divertido.
-Sí -contestó Isobel.
-No quiero el divorcio -dijo Jake mirándola a los ojos.
-No entiendo...
-Marcie y yo ya no estamos juntos -le explicó Jake-. La mañana que me encontré
a Mallory aquí, había venido a decírtelo.
-¿Y Emily?
-¿Qué pasa con Emily?
-Entonces, te negabas a creer que era hija tuya...
-Sí -admitió Jake-, pero ya había decidido que era tuya y que, por tanto, la
quería.
Isobel lo miró estupefacta.
-¿Lo dices en serio? -preguntó con voz trémula.
Jake la besó en la mejilla.
-La pregunta es, ¿quieres que lo diga en serio? Sé que me he portado muy mal,
pero espero que me quieras lo suficiente como para perdonarme.
-Te perdono -dijo Isobel emocionada-. Y te quiero, pero eso ya lo sabes. Sabes
que siempre te he querido, que nunca quise que nos separáramos.
-Lo sé, pero yo me comporté como un cretino.
-No, como un ser humano -dijo Isobel-. Si yo hubiera estado en tu pellejo,
probablemente habría pensado lo mismo que tú -admitió sinceramente.
Jake la besó e Isobel lo abrazó con fuerza.
Durante su viaje de regreso había imaginado muchas cosas, pero ni por asomo se
había atrevido a soñar con algo así.
Capítulo 14
J
AKE siguió besándola. El deseo mutuo era tan fuerte, que ambos se rindieron a
los sentidos, pero no fue algo salvaje como en la posada sino un encuentro más
pausado.
Aquella vez, no había vergüenzas ni arrepentimientos.
Isobel nunca había dejado de querer a Jake y estaba empezando a darse cuenta
de que, quizás, él a ella tampoco.
Sentía el rápido latir de su corazón. Le metió las manos por la camiseta y le
acarició la espalda haciéndolo estremecer.
-Te deseo -dijo Jake mordiéndole el cuello-. Creo que nunca he dejado de
desearte.
-Yo también te deseo -confesó Isobel besándole la barbilla-. Mucho.
Jake la tomó de las nalgas y la apretó contra su cuerpo. Sus bocas volvieron a
encontrarse y durante unos minutos se concentraron única y exclusivamente el uno en
el otro, sin importarles que la señora Edwards pudiera aparecer en cualquier momento
para hacer el desayuno.
Isobel cerró los ojos y sintió las manos de Jake desabrochándole los vaqueros.
-¿Sabes cuánto te quiero? -sonrió.
Isobel abrió los ojos, lo miró encantada y, justo en ese momento, vio por el
rabillo del ojo qúe la puerta de la cocina se estaba abriendo.
-¿Con quién hablas, papá? -dijo Emily entrando en pijama.
Al ver a su madre, corrió hacia ella.
-¡Mamá, mamá! ¡Has vuelto! -gritó mientras Isobel la abrazaba.
-Hola, cariño -le dijo.
-¿Dónde has estado? -le reprochó-. Te hemos echado mucho de menos, ¿verdad,
papá?
-¿Eh? Sí, claro -contestó Jake resignado-. No te puedes imaginar cuánto.
-Me hago una idea -bromeó Isobel mirándole la bragueta.
Jake fue hacia ella y le pasó el brazo por los hombros. Luego, miró a Emily e hizo
lo mismo con ella.
-Mis dos amores -murmuró satisfecho-.¿Queréis que nos vayamos a desayunar
fuera? Me parece que estaría bien para celebrarlo,¿no, Em? Mamá ha vuelto y, a partir
de ahora, vamos a ser una familia.
-¿De verdad? ¿Es verdad, mamá? ¿Papá se va a quedar a vivir con nosotras? -dijo
la niña emocionada.
-Eso parece -contestó Isobel mirando a íake-. ¿Estás contenta?
-Por supuesto. ¡Estoy encantada! -contestó Emily extasiada-. Oh, mamá, ¿por qué
has estado fuera tanto tiempo?
-Porque necesitaba tiempo para perdonarme
-contestó Jake cargándose la culpa-. Todo esto no tenía nada que ver contigo,
Em. Era algo entre tu madre y yo.
-¿Y ahora todo está bien?
-Sí, todo está bien -contestó Jake abrazando a Isobel-. Ya lo entenderás cuando
seas mayor. A veces, los hombres somos unos completos idiotas.
-¿Cómo el señor Mallory?
-Exacto, como el señor Mallory -contestó Jake-, pero ese ya no va a volver por
aquí, ¿verdad, Em?
-¿Qué le dijo a mi madre? -preguntó Isobel preocupada.
-No le gustó cómo lo trataste y la amenazó con contarte todo. Tu madre no podía
permitirlo.
-¿Por eso me lo contó ella? -preguntó Isobel con amargura.
-No la juzgues con demasiada dureza, Belle
-dijo Jake-. Es mayor y está enferma. Se ha pasado la vida aferrada a un montón
de ladrillos. Aunque sabe que nos ha destrozado la vida durante años por algo que, en
el fondo, no merecía la pena, jamás lo admitirá. Isobel suspiró.
-Supongo que tengo que subir a saludarla.
-Le va a hacer ilusión verte -le aseguró Jake.
-¿Te crees que le importo?
-Sí, le importas, pero no le digas que te lo he dicho yo.
-¿Dónde has estado, mamá? -preguntó Emily sintiendo que los mayores la
dejaban de lado.
-Ya te lo contará durante el desayuno -contestó Jake-. ¿Por qué no vas a
cambiarte? No creo que en McDonalds estén equipados para hacer fiestas de pijama.
-¡McDonalds! ¡Yupi! -exclamó Emily encantada saliendo de la cocina.
-No he terminado contigo -dijo Jake al quedarse de nuevo a solas con su mujer-.
Cuando volvamos de desayunar, ya me encargaré de celebrar tu regreso a mi manera.
-Promesas, promesas -bromeó Isobel saliendo de la cocina también.
Su madre estaba despierta.
Emily debía de haber descorrido las cortinas y, a la luz de los primeros rayos de
sol, Isobel vio que su madre estaba mucho peor que cuando se había ido.
-Isobel -murmuró-. Oh, Isobel. Emily me ha dicho que habías vuelto, pero no me
lo podía creer -añadió tendiéndole una mano temblorosa-. Ven, cariño, por favor.
Siento mucho que te fueras.
Isobel se acercó a la cama de su madre intentando saber qué sentía
exactamente por ella. Ira, rencor y decepción.
-¿Cómo te encuentras? -le preguntó sin tomarle la mano.
-¿A ti qué te parece? -preguntó la anciana con algo de arrogancia-. Todo lo bien
que cabe esperar teniendo en cuenta que mi propia hija me abandonó cuando más la
necesitaba.
Isobel sacudió la cabeza.
-Nunca cambiarás, ¿eh, mamá? Te crees que el mundo gira a tu alrededor.
Lady Hannah la miró con su viejo porte aristocrático, pero se derrumbó.
-¿Así me ves tú? Sé que me porté mal, pero lo hice por tu bien.
-¿Por mi bien? Sabías que no quería a Piers Mallory sino a Jake, pero no podías
soportar la idea de que hubiera tomado una decisión por mí misma.
-Eso no es cierto.
-Sí lo es -dijo Isobel dándose cuenta de que se estaba enfadando y decidiendo
que debía controlarse-. Mamá, por una vez en tu vida, reconoce lo que has hecho.
Querías controlar mi vida.
-Quería que te casaras con alguien que tuviera el dinero suficiente para... cuidar
de ti.
-Querrás decir, para cuidar de Mattingley -dijo Isobel con acritud-. Pues sí que
te salió bien.
-Sí...
-Cuando te dije que estaba embarazada, no tuviste el valor de contarme la
verdad, no admitiste que habías conspirado con Piers para engañar a Jake. Preferiste
hacer todo lo posible para que siguiéramos separados. Así, jamás me enteraría de lo
mala madre que eres.
-Si tú lo dices -suspiró lady Hannah.
-¿No es cierto acaso?
-Sí, muy bien, muy bien. Lo hice mal, pero también pagué por ello.
-¿Ah, sí?
-¿Por qué crees que la finca ha ido menguando en estos años?
-¿No me dijiste que fue para pagar los derechos de sucesión del abuelo y de mi
padre?
-Sí, también por eso, pero... Piers se ha llevado buena parte. No creerás que ha
mantenido la boca cerrada a cambio de nada.
Isobel la miró horrorizada.
-¿Te ha estado chantajeando?
-No, no ha sido chantaje. Los Mallory siempre quisieron nuestras tierras, así que
les he vendido varias parcelas a muy bajo precio.
Isobel miró a su madre con pena y se acercó a ella.
-¿Por eso le pedías dinero a Jake? ¿No tenías para mantener la casa?
-Más o menos -contestó lady Hannah mirándola con angustia-. ¿Podrás
perdonarme algún día?
Isobel apretó los labios.
-Me parece que no voy a tener más remedio. Estoy empezando a entender lo que
te ha hecho Piers todos estos años.
-Lo quiere todo y, al final, veo que se va a salir con la suya cuando yo falte. He
intentado cambiar el testamento para dejarle la casa a Jake, pero no ha querido.
-¿Es que no lo entiendes? Isobel miró hacia la puerta y vio a su marido.
-No quería que nada más pudiera interponerse entre nosotros. Esta casa puede
ser tuya, Belle, si quieres -le aseguró-. No te preocupes por eso. Yo pagaré la hipoteca
y todo lo que haga falta.
-Oh, Jake...
-Deja que lo haga -imploró su madre agarrándole la mano-. Por ti y por Emily. No
dejes que Piers se salga con la suya.
-Mamá...
-Ya veremos -dijo Jake acercándose a su mujer-. Si Belle lo quiere así, así será.
¿Por qué no dejas que sea ella quien decida?
Nevaba.
Isobel estaba mirando por la ventana de su habitación. Los copos cubrían los
árboles de Mattingley y se preguntó si iban a ser unas Navidades blancas.
-Te vas a enfriar -dijo Jake tras ella.
Isobel sonrió al sentir sus brazos en la cintura, que cada vez estaba más
desdibujada pues estaba embarazada de seis meses. Pensaban que tenía que haber
sido en el encuentro en la posada.
-Me estaba preguntando si serán Navidades blancas o no -dijo apoyándose
contra su desnudez-. Además, tu hijo no quiere dormir. Lleva una hora dándome
patadas como un loco.
-Sí, ya lo noto -dijo Jake besándola en el cuello-. ¿Puedo hacer algo?
-Abrazarme -contestó Isobel echando la cabeza hacia atrás y apoyándola en su
hombro-. Qué paz. Como si estuviéramos solos. Qué bien que Shane haya accedido a
llevar la empresa.
-Pues no estamos solos, ya sabes. Por cierto, el otro día Emily me dijo que quería
invitar a Lucy Daniels para presentarle a los amigos de su nuevo colegio. En cuanto a tu
madre, parece haber mejorado desde que puso la casa a tu nombre.
-Es cierto -dijo Isobel encantada de haberse reconciliado con su madre-. ¿Crees
que los médicos se pudieron equivocar con el diagnóstico?
-Oeo que tu madre ha encontrado algo por lo que vivir -contestó Jake con
ternura-. Yo, desde luego, lo he encontrado.
-Oh, Jake... -dijo Isobel girándose-. Te quiero mucho.
-Yo, también. Vamos a la cama.
-Sí, pero primero quiero darte las gracias
-dijo Isobel tomándole la cara entre las manos-. Has hecho tanto por nosotras.
-Belle...
-De verdad -insistió ella besándolo-. Has pagado la hipoteca y las deudas de
Mattingley y has hecho de esta casa de nuevo un hogar.
-Lo he hecho porque es lo que me pedía el corazón.
-Lo sé, pero no tenías por qué haber trasladado tu oficina aquí ni tratar a mi
madre con tanto cariño como la tratas.
-Eso es porque es la mejor jugando a Predators -bromeó Jake.
-Es uno de ellos -sonrió Isobel-. ¿No habías dicho que la mejor era Emily?
-Tengo que tener a todas contentas, ¿no?
-sonrió Jake mirándole la boca-. ¿Nos volvemos a la cama?
-Hablando de Predators, empiezo a sospechar de dónde te sacaste el nombre...
Anne Mather - Pecado de seducción (Harlequín by Mariquiña)
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