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AMOR DE HOMBRE, DIOS ENAMORADO Xabier Pikasa

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AMOR DE HOMBRE, DIOS ENAMORADO Xabier Pikasa
AMOR DE HOMBRE, DIOS ENAMORADO
Xabier Pikasa
Comentarios desde la lectura de la conclusión
Una vez concluido su Comentario de las 40 estrofas o canciones del Cántico de Amor B de San Juan
de la Cruz, el autor ofrece una conclusión dividida en tres partes: principio, camino y culminación.
1 Principio: amor, salud humana.
«La aportación básica de SJC ha sido el descubrimiento y análisis del amor como ser y salud del
hombre, superando el nivel de los imperativos morales, los discursos racionales y las técnicas
científicas.»
Esos niveles tienen su valor y su fecundidad en su propio plano, mas no son capaces de hacerle ser
pleno, no son capaces de darle la salud plena, esa que sólo le puede dar el amor cumplido de Dios.
SJC ha descubierto y expresado algunos rasgos importantes de una metafísica del Amor, de un
Amor entendido como Ser que desborda el simple logos cósmico y la razón social. El hombre es
más que razón y pensamiento, más que ciencia y voluntad. El hombre es un Ser-Amor cuya vida se
despliega en un proceso de surgimiento personal y encuentro enamorado.
SJC ha experimentado la salud del ser humano como amor y ha cantado su experiencia en un
poema lírico de tipo dramático.
SJC ha encontrado en su vida una Vida que no puede encerrarse bajo ningún concepto y por eso,
paradójicamente, tiene que contarla y cantarla.
De acuerdo con la interpretación de nuestro autor, el ser humano es un ente de tres mundos, dos
de los cuales son exaltados e incluso absolutizados por el paradigma moderno: el mundo físicobiológico, el sistema social y el mundo del amor.
«El hombre es un viviente del cosmos, sometido por tanto a sus leyes (primer mundo); es también
un productor de cultura, de tal forma que habita al interior del espacio de sus propias creaciones
(segundo mundo). Pero, en sentido más hondo, se define por su tercer mundo, como
trascendencia de amor.»
Las religiones más antiguas parecen situarse en el nivel del primer mundo (de la naturaleza);
Las filosofías ilustradas en el segundo (de la cultura racional);
El cristianismo y otras experiencias de amor de las religiones y sabidurías de la historia en el
tercero (de la trascendencia de amor).
«Sólo existe una medicina que cura porque ella misma es la curación: el amor más intenso.»
«En medio de una cristiandad que parecía enfrentarse por disputas menores de poder y
organización social (eclesial), SJC quiso anunciar la llegada del amor más antiguo (presentado ya
por el Cantar y por Jesús), que sigue siendo el más nuevo.»
«El lugar donde el hombre se realiza en plenitud no es la fábrica, ni el mercado de bienes de
consumo, no es tampoco un ejército que vence a los posibles enemigos, ni un sistema perfecto de
comunicaciones exteriores que nos permite conocer al instante lo que sucede en todo el mundo.
El hombre sólo llega a su verdad en el “lecho florido” (CB 24), esto es, en la “bodega del amado”
(CB 26), naciendo allí a la gracia enamorada.»
«Los creyentes no son simples ciudadanos siervos de un estado, ni súbditos de un dueño, sino
amigos y amantes, seres llamados al placer de la vida que se expresa como entrega a favor de los
demás, en esperanza y experiencia de resurrección.»
«El proyecto de amor de SJC no puede formularse con métodos cartesianos, ni alcanzarse con
ejercicios espirituales de tipo programado, porque sólo surge y se despliega en gratuidad.»
«El proyecto de amor de SJC expresa el sentido de la vida humana, por encima de toda ley
filosófica y religiosa (por encima de todo pastoreo).»
(Nuestro autor muestra las bondades de los sistemas racionales, en especial el de la acción
comunicativa de Habermas, pero, al mismo tiempo muestra su riesgo de convertirse en una
imposición más del Occidente, como el modelo comunista o el neoliberal… Asimismo, llama la
atención en relación con el riesgo de intentar sistematizar y absolutizar ese que ha denominado
tercer mundo. Es verdad que contiene la verdad suprema, pero no la única…)
«La gracia del amor debe introducirse de manera inspiradora en el orden del sistema,
estableciendo así unas formas de relación entre el segundo mundo y el tercero, pero sin
convertirse ella misma jamás en sistema, sin perder su autonomía creadora; sólo así puede seguir
siendo alternativa que no destruye, sino que asume, eleva y transforma la realidad anterior,
impidiendo que el sistema sea puro sistema y la biología pura biología.»
Para SJC el amor entre un hombre y una mujer, como historia de búsqueda, encuentro y
culminación dramática, constituye el símbolo básico del Ser, no como algo separado, sino como
una condensación del proceso cósmico, resumen y compendio de la historia humana en la que
viene a revelarse el mismo Dios.»
Los griegos buscaron el ser en la physis, Descartes en el pensamiento, Kant en el imperativo,
Nietzsche en la voluntad de poder: SJC supone que Ser es amor… de manera que el Ser absoluto o
divino se manifiesta y realiza de un modo privilegiado en el proceso de revelación y búsqueda, de
encuentro y pacificación de dos enamorados que recorren de manera apasionada, en libertad, el
despliegue de su ser en lo divino, apareciendo así como señal [como sacramento] de Dios cuando
se aman.
Esta señal, este signo, este sacramento, desde el punto de vista teológico es una revelación
espiritual (pneumatológica), pues aquí el signo de Dios no es un hombre individual (como se suele
decir de Jesús), sino el encuentro de dos personas, amante y amado (tal como se suele afirmar del
Espíritu Santo en cuanto amor mutuo)…
[En esa línea no puedo sino volver a plantearme el asunto de la relación de amor, de la unión entre
un ser humano varón y Dios. ¿Con qué persona de la Santísima Trinidad se da esa relación de
amor? Creo ―en el sentido débil del término más que en el fuerte― que con la Tercera Persona,
que con el Espíritu Santo, a diferencia de la relación de amor en un ser humano mujer, en donde la
relación de amor parece darse, obviamente, con el Hijo, con la Segunda Persona, encarnada en el
varón Jesús de Nazaret…]
«Este es un amor que se expresa en todos los planos de la unión de pareja, desde la atracción
física hasta la amistad personal, desde el erotismo más intenso hasta la ternura de tipo más
inmaterial, de manera que podemos y debemos vincularlo con el mismo proceso cósmico (primer
mundo) y con las experiencias culturales (segundo mundo).»
«En la gratuidad de la experiencia enamorada, tal como se realiza en un tiempo y espacio
limitados, entre dos seres bien frágiles, cuya fragancia de amor parece marchitarse en unos días
(unos breves años), se expresa todo el misterio de la realidad, se manifiesta el mismo ser divino.
«Este amor vale por sí mismo, vinculando a los amantes del Cantar, que se encuentran y gozan
porque ese es el destino que Dios, el Ser originario, les ha trazado, pero no para quedarse fuera,
sino para ser divino en ellos.»
Cualquier pareja, en principio y por principio y sin pedir permiso social, civil o eclesiástico, son
sacramento de Dios desde su entraña más honda, en su proceso de revelación, en su camino de
encuentro, al amarse. Ellos, en su dualidad, son el mismo Ser de Dios hecho proceso concreto de
creatividad gratuita al entregarse uno al otro y descubrirse en el encuentro.
Ese mismo Dios a quien los cristianos descubrimos por Jesús, viene a revelarse en plenitud allí
donde, en cualquier lugar que fuere, un hombre y una mujer (dos hombres) se aman y entregan
en gratuidad y comunicación gozosa.
[Pikasa expresa de manera muy clara el aspecto descendente y ascendente del amor humano
como encarnación del amor divino y como transformación en amor divino, mas no desarrolla con
la misma claridad y dramaticidad, el asunto de la relación amorosa teándrica, es decir, del amor de
una mujer con lo masculino de Dios, sin mediación de varón y del amor de un varón con lo
femenino de Dios, sin mediación de mujer.
Es evidente que la interpretación de Pikasa se distancia y hasta cierto punto se opone a lo que
denomina experiencia interior e intimista, que parece más propia de ermitaños divinos o eremitas
que de hombres casados.
Creo que esa interpretación, que nace de la experiencia del propio SJC constituye su
interpretación más plena, la cual por supuesto es más propia de monjes y monjas que de personas
casadas, lo que no la hace ser la única interpretación posible porque las interpretaciones han de
basarse en la propia experiencia y la experiencia de muchos y muchas es la de la vida matrimonial
en donde la trascendencia del amor es la que se torna problemática, con el otro caso, la dimensión
humana, el ámbito cotidiano… ¿Cómo puede amarme como humano todo un Dios? ¿Cómo amar a
Dios ya no en tierra ajena, sino desde esta carne mortal, como a una amada o un amado de carne
y hueso, que es carne de mi carne y hueso de mis huesos?]
Considero plenamente válida la ampliación que el autor hace de este amor a otros amores y la
crítica que hace a la propuesta de jerarquización de tipos de amor y de estilos de vida que, a final
de cuentas se han de medir por su calidad y no por su tipo… Sin embargo, pareciera tener trabado
en su propio ser los asuntos de la vida religiosa, del sacerdocio, del apartamiento del mundo físico
biológico y del mundo cultural de la economía y la política….
Definitivamente, creo que si bien cualquier amor es sacramento del amor divino, el amor que
ahora se denomina de pareja, es el que mejor lo expresa y que si bien es conveniente hacer una
interpretación del Cántico para quienes se aman como parejas y engendran hijos, no puede dejar
de reconocerse que el amor exclusivo de Dios hacia varones, mujeres y todos los demás y de estos
hacia Dios se expresa con mayor claridad en quienes no tienen su Eva o su Adán…
De acuerdo también en el comentario del autor, de acuerdo con el cual, el cristianismo apenas ha
puesto de relieve la función engendradora como algo que proviene de Dios y que por eso los
grandes enamorados místicos de la historia cristiana han tendido a ser célibes, viviendo su
experiencia a solas o dentro de una comunidad de tipo religioso de solteros, sublimando el
encuentro sexual y la maternidad/paternidad por negación, más que por elevación interna, por
rechazo más que por transfiguración. Sin embargo, de nueva cuenta, creo vislumbrar aquí una
buena carga no ya de una subjetividad inevitable, sino de implicaciones de tipo muy personal. Por
mi parte, reconociendo las propias, reconozco que viví el celibato durante un largo periodo más
como negación que como elevación interna, más como rechazo que como transfiguración. Sin
embargo, puedo decir que mi experiencia ha sido bastante semejante a la de San Juan de la Cruz y
que esa interpretación que el autor denomina intimista y espiritualista, propia de monjes y monjas
es la que mejor ilustra lo que he vivido; que este tipo de amor, sin pareja humana ya y sin hijos, no
sólo es válida, sino el sacramento más transparente del amor de Dios hacia los hombres y de los
hombres hacia Dios y que no puedo dejar de contarla y cantarla, nunca como la única, pero sí
como la que Dios me ha invitado a experimentar, a vivir y, quizá, como la mejor, como la más
plena y definitiva desde el ahora y aquí…
«SJC era, sin duda, cristiano y muy católico, pero la mayor parte de su pensamiento y experiencia
podría aceptarla en su profundidad un contemplativo judío y un musulmán (lo mismo que muchos
hindúes y budistas). El Amado de su alma puede ser, y es sin duda, en un nivel, Jesús, Hijo de Dios
para los cristianos. Pero, con ligeras variantes, ese mismo Amado puede identificarse con el
misterio divino de las religiones orientales y, aún más, de las monoteístas o abrahámicas.»
«Quien recorra el camino de amor sabrá que es eterno, pues el mismo autor le introduce en las
subidas “cavernas de la Piedra”, en el lugar donde se escucha el canto de la “dulce filomena”.»
En la tercera y última sección de su conclusión, Pikasa busca mostrar que la metafísica del amor de
SJC propone una concepción que trasciende las propuestas del pensamiento moderno expresado
de manera particular en Descartes, Kant, Hegel, Nietzsche, Heidegger.
En algún momento de esa sección, nuestro autor describe tres antropologías: la platónica, la
kantiana y la de SJC.
El hombre de SJC no es un pensante cartesiano que busca ideas claras y distintas, ni un sujeto
kantiano que quiere organizar su vida según la ley, sometiéndose con otros al mismo imperativo,
sino un ser de amor que debe realizar la travesía del encuentro enamorado, descubriéndose a sí
mismo como amado y como amante.
Para Hegel, por su parte, ser es combatir, ser amo o ser esclavo, vencer o morir…
En contra de Hegel (y de sus versiones marxista y liberal) SJC propone un modelo de amor
enamorado, suponiendo que el principio de la historia y de la vida no es una batalla, sino un
camino de amor enamorado.
Este descubrimiento del amor es originario; no se puede probar con razones, ni demostrar con
ciencia, pero se canta y se vive con la propia existencia.
Interesante, en particular los lugares o motivos en que nuestro autor considera que es posible
conectar a Nietzsche con SJC, yendo más allá de la oposición extrema que parece haber entre
ambos desde un punto de vista superficial e inicial.
Curiosamente, mientras para Descartes el hombre parece sometido al pensamiento, para Kant es
un esclavo de la ley y para Hegel alguien que tiene que luchar para ser reconocido, tanto para
Nietzsche como para SJC el hombre vale por sí mismo y está lleno del deseo de la vida, dispuesto a
recorrer muchos caminos. Sólo que, SJC a diferencia de Nietzsche, la voluntad humana es voluntad
de amor, no voluntad de poder.
Asimismo, Nietzsche y SJC coinciden en querer situarse más allá del bien y del mal, más allá de la
ley, del legalismo moral. Sin embargo, Nietzsche corre el riesgo de romper la ley para dejarnos en
manos de la violencia vitalista, expresada por Dionisio, que diviniza la espontaneidad vital. SJC, en
cambio, nos conduce, más allá de la ley, no a la violencia, sino al don y libertad gozosa del amor
enamorado, que le hace ser hombre al interior del amor divino.
Ambos, prosigue Pikasa, son hombres de experiencia y dicen solamente aquello que han vivido, de
manera que actúan ante todo como testigos.
«Podemos afirmar ―concluye Pikasa― que SJC y Nietzsche han sido dos espíritus cercanos y
gemelos (siendo opuestos), pues han destacado el valor de la libertad y la exigencia de superar un
tipo de juicio y de resentimiento.
Compartiendo en ello el punto de vista de G. Moral, Pikasa sostiene que SJC ofrece la mejor
respuesta cristiana a las preguntas y riesgos de Nietzsche.
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