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Un día volveré a mi selva

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Un día volveré a mi selva
MIÉRCOLES, 26 ABRIL 2006
XAVIER CERVERA
“Un día volveré
a mi selva”
Tengo 33 años. Nací en Nepal, y viví en la jungla virgen de Papúa
Occidental de los 5 a los 17 años. La paleolítica tribu de los fayu fue
mi familia. Adaptarme a la vida europea fue muy doloroso, casi me
destruyó... Aquí me casé, me divorcié y tengo cuatro hijos. Creo en
Dios. Recelo de los políticos. Añoro la tranquilidad de la selva
SE CRIÓ EN LA JUNGLA VIRGEN DE PAPÚA
SABINE KUEGLER
“ASAHÄGO”
A
–Hummm...
–Los niños también jugábamos a hacer fuego con una caña, una piedra y hierba seca, ¡y
asábamos insectos y los comíamos! Por probar... Una vez probé a masticar alas de murciélago, para hacer mi particular chicle...
–¿Qué peligros acechaban a un niño en
aquella selva?
–Los jabalíes, los cocodrilos, las arañas,
las serpientes venenosas... Sobre todo, las serpientes: ¡allí tienes que mirar siempre antes
de poner un pie o una mano sobre un tronco
o una piedra, por si acaso!
–Buf, qué miedo...
–No, yo allí nunca tuve miedo. Es un hábito. Aprendí a distinguir ruidos de la selva,
matices ínfimos... Desarrollé la intuición.
–¿Le ha servido algo de eso aquí?
–He visto que si tomo decisiones siguiendo la lógica racional acierto menos que si obedezco a mis intuiciones...
–¿Quién la educaba en la selva?
–Mi madre, con unos cuadernos norteamericanos. También vino durante un tiempo
una profesora. La llevé en canoa adonde estaban los cocodrilos.... ¡y se asustó mucho!
Bah, no tenía motivo: si no te encaras a un
cocodrilo y lo asustas, no te hace nada.
–Bueno, bueno...
–También vi peleas sangrientas entre hombres de distintas tribus, pero eso era parte de
la normalidad de la vida, no me asustaba...
–Las tribus de Papúa, ¿son violentas?
–Parece que en un pasado remoto no lo
fueron tanto, pero olvidaron el modo diplomático de resolver sus conflictos, y sólo sabían ya hacerlo mediante la guerra.
–Vaya... ¿Y hoy siguen así?
–Han mejorado: mi padre les perdonó muchos robos y ofensas, y eso les enseñó otra
forma de conducta, poco a poco. Hoy mi padre es uno de los cinco jefes de tribu de esa
zona, y son bastante más pacíficos.
–¿Es cierto que hay tribus caníbales?
En su mirada azul, límpida, veo
aún a la pequeña salvaje, veo la
fuerza primigenia de su remota
jungla, de la que bebió para al
fin sobrevivir en esta selva
nuestra. Sabine jamás había
sentido miedo en la más remota
selva del planeta, la de Papúa
Occidental (Irian Jaya), en la
isla de Nueva Guinea..., y sólo
lo sintió al llegar a Europa:
aquí padeció incomprensiones,
burlas, desdenes, gritos, ataques
de pánico, fracasos, un intento
de suicidio... Se sobrepuso y lo
relata todo en ‘La niña de la
selva’ (Styria), insólita historia
real de quien se crió en la edad
de piedra y en 1989 saltó a la
modernidad. Ha vivido en
Japón, Alemania, Estados
Unidos..., y hoy me dice que se
siente papuana. Y me despide
con un “¡Asahägo!”, palabra
fayu que compendia los mejores
deseos... ¡Asahägo, Sabine!
–Sí. Todavía se da el canibalismo, o por
venganza (si te comes a tu enemigo, su alma
no va al cielo) o por magia negra ritual.
–¿Ha conocido usted a los caníbales?
–No, pero los fayu sí, y ellos me contaron
que la parte más sabrosa de un hombre son
las manos, y que la menos buena es el pene.
–No pensaba probar...
–Ja, ja... Mire, el mayor peligro allí fue la
malaria y un virus raro que, a los once años,
me tuvo al borde de la muerte. Pero lo vencí.
–¿Qué era lo mejor en la selva?
–Para mí, los crepúsculos. Me ponían casi
en trance... ¡Ah, y Ohri, mi hermano fayu!
–¿Quién era Ohri?
–Un niño que sufría una deformidad de
las piernas y se arrastraba para abrazar a mi
madre: lo adoptamos, sobrevivió a varias dolencias y jamás se quejaba, siempre alegre.
–¿Por qué dejó usted la selva?
–Una tuberculosis mató a Ohri, y yo sentí
que algo se me había roto allí... Un tío mío,
rico, se había ofrecido para pagarme estudios en Suiza y “civilizarme”..., y me vine.
–¿Y qué tal?
–Tenía 17 años, y el choque de mentalidades casi me destruye. La vida en la selva es
físicamente dura, pero psíquicamente fácil,
¡al revés de aquí!: la gente se asombraba de
mis ignorancias, se burlaba de mí... Sufrí.
–¿Qué tipo de cosas no sabía, por ejemplo?
–¡Yo no entendía que en el supermercado
me obligasen a pagar un precio fijo y regateaba, como en la selva! Y otra cosa: en mi mentalidad, quien no era amigo, era enemigo...
–¿Qué fue lo que más le afectó?
–En la selva sólo gritamos en caso de peligro grave. Tanto grito, aquí, me llevó a brotes de pánico. Eso contribuyó a mi divorcio,
y una crisis psíquica me llevó casi al suicidio.
–¿No pensó en volver a la jungla?
–Tuve hijos: no lo hago por ellos. Pero
añoro mi selva..., y sé que un día volveré.
VÍCTOR-M. AMELA
44721
qué huele la jungla?
–A árbol, a madera, a dulce, a
humedad, a hojas que se pudren...
–¿Cómo es la selva de Papúa?
–Árboles gigantescos forman un techo que
los rayos del sol no atraviesan. Abajo, hay espacio despejado entre los árboles, por donde
yo caminaba descalza. Es uno de los lugares
más aislados e inexplorados del planeta...
–¿Y cómo llegó usted hasta allí?
–Mis padres eran lingüistas y misioneros.
Primero estuvieron en Nepal, donde yo nací.
Pero en 1978 se descubrió en las selvas de
Nueva Guinea una tribu desconocida y...
–¿Qué tribu?
–Los fayu. ¡Vivían allí desde hacía 10.000
años o más, e igual que en el paleolítico! ¡Y
hablaban una lengua jamás estudiada! Para
estudiar y preservar esa lengua, mis padres
se fueron allí, conmigo y mis dos hermanos.
–¿Qué recuerda de su llegada a la selva?
–Con unos niños fayu me metí en la selva... y me perdí: hubiese muerto aquel día de
no ser por un perrito que me guió a casa.
–¿Qué vida llevaba usted allí?
–Jugaba con crías de mono peludo, loros,
ratones, canguros arborícolas, trepaba a los
árboles, me balanceaba en lianas, nadaba en
el río, disparaba con arco y flechas...
–¿Tenía buena puntería?
–Sí: atravesaba arañas, pequeños animalitos... Para los niños fayu, aprender a usar las
flechas era su garantía de poder sobrevivir
de adultos, porque serían capaces de cazar.
–¿De qué viven los fayu?
–De comerse todo bicho comestible –jabalíes, avestruces, serpientes, cocodrilos, pájaros...– y del sago, harina obtenida del corazón de una palmera, que amasan y cuecen.
–¿Qué comida predilecta tenía allí?
–La carne de jabalí selvático, asada y comida al estilo Obélix. ¡Jamás en Europa he probado una carne tan sabrosa, tan deliciosa!
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