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Un país lleno de leyendas

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Un país lleno de leyendas
© 2010, Graciela Eldredge
© De esta edición:
2010, Grupo Santillana S. A.
Av. Eloy Alfaro N33-347 y Av. 6 de Diciembre
Teléfono: 244 6656
Quito, Ecuador
Av. Miguel H. Alcívar y José Alavedra Tama, manzana 201,
no 14, Kennedy Norte
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Alfaguara es un sello editorial de Grupo Santillana.
Éstas son sus sedes:
Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador,
El Salvador, España, Estados Unidos, Guatemala, México, Panamá,
Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay
y Venezuela.
Primera edición en Alfaguara Ecuador: Julio 2010
Ilustraciones: Guido Chaves
Corrección de estilo: María de los Ángeles Boada
Diagramación: Roque Proaño
ISBN: 978-9978-29-704-9
Impreso en Ecuador por Imprenta Mariscal
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en
todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de
información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico,
electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso
escrito previo de la editorial.
Un país lleno de leyendas
Graciela Eldredge
Ilustraciones:
Guido Chaves
No importa quién las contó,
pero en lo más remoto de las montañas, la selva y el mar
encontré estas hermosas leyendas que ahora dedico
a todos los niños y niñas para que las conozcan,
disfruten y guarden en su corazón.
Índice
El cuscungo o búho (Azuay)...............................11
El uñaguille (Bolívar)..........................................17
La laguna de Culebrillas (Cañar)........................21
Las minas de plata de Chulte (Carchi)................25
La laguna de Colaycocha (Chimborazo).............31
El tren fantasma (Cotopaxi)................................37
La madre de las minas (El Oro)..........................41
El rey Trueno (Esmeraldas).................................47
Las islas de fuego (Galápagos)...........................51
La leyenda del cerro Santa Ana (Guayas)...........57
La ventana del Imbabura (Imbabura)..................63
La piedra de Saraguro (Loja)..............................67
La dama encantada del cerro Cacharí (Los Ríos).71
Una piedra maravillosa (Manabí)........................77
La cueva de los Tayos (Morona Santiago)..........83
Leyenda del origen del pueblo wao (Napo)........89
El cuscungo o búho
El guacamayo rojo (Orellana).............................95
Azuay
Karlka y Narlka (Pastaza)...................................99
La fundación indígena de Quito (Pichincha)....103
Posorja (Santa Elena)........................................107
El achiote (Santo Domingo de los Tsáchilas)....113
Coancoan (Sucumbíos).....................................119
La mama Tungurahua
y el taita Cotopaxi (Tungurahua)......................125
Nunkui (Zamora Chinchipe).............................129
En las afueras de Cuenca, en
uno de los pueblos perdidos en el
campo, vivía un viejo curandero.
Era muy famoso por sus habilidades para sanar a los enfermos que a
él acudían.
—Taita Tiburcio es bueno. Taita
Tiburcio cura a los enfermos —le decía doña Isabel a su amiga Jacinta—.
Lleve al Jurucho adonde él para que
lo sane.
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El Jurucho era el pequeño hijo de
Jacinta, que tenía un insoportable dolor
de estómago. Esto era lógico, pues en la
tarde se había comido los porotos guardados de hace tres días que su mamá
tenía en la cocina, unas cuantas tortillas
de maíz, medio balde de leche fría y,
por añadidura, un jarro de jugo de taxo.
Esa noche, ya daba cuenta a Dios.
Angustiada, Jacinta lo llevó
adonde taita Tiburcio en compañía
de Isabel.
El curandero examinó al Jurucho
y al ver su barriga hinchada y dura
como piedra, se quedó pensativo.
—Estos dolores son tan fuertes
que pueden ocasionar la muerte si
no se conoce la cura —dijo—. Voy
a consultar con el cuscungo, él es mi
consejero y me dirá qué debo hacer
con el Jurucho.
Entonces, taita Tiburcio se dirigió hacia un lugar donde había
árboles de nogal, eucalipto y capulí. Allí se posaban los cuscungos o
búhos, seguros adivinos. Si al preguntarle el cuscungo respondía con
tres graznidos: «Cru clu cu cu, cru
clu cu cu, cru clu cu cu», significaba
que el enfermo moriría sin remedio.
El anciano alzó la vista hacia lo alto
de la arboleda y preguntó:
—Taita cuscunguito, dime, ¿el
guambra Jurucho morirá con los dolores de barriga que tiene?
Nada. No hubo ninguna respuesta. Volvió a preguntar más alto:
—Taita cuscunguito, dime, ¿el
guambra Jurucho morirá con los dolores de barriga que tiene?
De pronto, entre los árboles se
escuchó la respuesta del cuscungo:
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«Cru clu cu cu…», sin repetir tres veces el graznido, que es el símbolo de la
muerte. Como dice la copla popular:
El búho grazna
y el indio muere.
Parece chanza
pero sucede.
Taita Tiburcio se puso muy contento al oír la respuesta del cuscungo
y corrió a la casa, donde lo esperaban Jacinta, Isabel y el Jurucho, que
seguía quejándose del dolor.
—Hagamos pronto los remedios
—dijo—. Taita cuscungo asegura que
el guambra va a sanar.
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Enseguida, la mamá del enfermo
le aplicó un mantel con ceniza caliente sobre la parte dolorida; le dieron a beber el agua de ciertas hierbas
medicinales que el curandero conocía; le frotaron manteca caliente de
chucurillo o zorro de gallinero y santo remedio. Los dolores calmaron y
el Jurucho volvió a la vida.
El anuncio del cuscungo y las
buenas artes de taita Tiburcio lo habían salvado.
El uñaguille
Bolívar
Caía la noche en la antigua ciudad de Guaranda. Los habitantes se
dirigían presurosos a sus casas.
Como todas las tardes, don Carlos, junto con otros campesinos, regresaba a su hogar. El trabajo había
sido muy duro, pero la esperanza de
ver las plantas crecidas le daba fuerza para seguir adelante.
El chaquiñán que debía cruzar
para llegar a su casa comenzaba a
llenarse de sombras y sonidos. Don
Carlos apresuró el paso. Se santiguó y rezó una oración para que no
le pasara nada. Cuando llegó a su
casa, ya seguro, se sintió tranquilo
y contento.
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Junto a su esposa y sus hijos, se
sirvió colada de maíz, preparada con
los granos de la última cosecha, y un
jarro de café caliente con pan recién
horneado. Después de conversar sobre las novedades del día, todos se
retiraron a descansar.
A la mañana siguiente, muy temprano, don Carlos salió a la chacra.
Se había servido un jarro de leche
caliente y pan con queso. Llevaba en
un atado el cucayo para el día: tostado, chochos, un par de humitas preparadas por su mujer y una botella
con agua.
Cuando llegó el fin de semana,
junto con sus amigos se tomó algunas
copas para celebrar la labor cumplida.
Envalentonado por el licor, don
Carlos regresó a casa sin preocupaciones. Hasta fue entonando una canción.
De pronto, al cruzar por el chaquiñán, un sonido extraño llamó su
atención. Parecía el llanto de un recién nacido.
«¿Quién puede haber dejado a
un niño botado en la quebrada?», se
preguntó. Guiado por el lloriqueo
del niño, bajó por el barranco, y al
pie de un árbol de ramas retorcidas
alcanzó a divisar un pequeño bulto.
Mientras más se acercaba, el llanto
se hacía más fuerte. Tomó al pequeño entre sus brazos y le dijo:
—Pobrecito, ¿quién te abandonó en semejante frío?
El niño calló y le sonrió. Pero a
don Carlos le pareció muy extraño.
De pronto, el recién nacido comenzó a hablar:
—Papito, papito, yo ca, dentesh
tengo… —Y sacó a relucir grandes
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