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¿Cómo enseñar arte y diseño sin hacer estupideces?

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¿Cómo enseñar arte y diseño sin hacer estupideces?
Mauricio Conejo Hernández, MA, MSc
Profesor de diseño de la Escuela Internacional de Diseño
Universidad del Turabo, Gurabo, Puerto Rico
¿Cómo enseñar arte y diseño sin hacer estupideces?
Desde hace más de dos décadas el interés en la neurociencia ha sido
exponencial. Sin embargo, el área de mayor interés en la última década ha sido en la
neuroeducación. Al hacer la pregunta ¿Cómo se aprende?, es inevitable encontrarse
con una pregunta aún más apremiante si queremos contestar la primera: ¿Con qué se
aprende? Aunque la contestación sea simple, es decir que se puede contestar con
dos palabras (el cerebro), responder a tal pregunta conlleva acercarnos de forma
ineludible a la neurociencia. Cualquier actividad humana que necesite un cerebro para
realizarse (y todas lo necesitan) le compete a la neurociencia examinar. Si el cerebro
es el que aprende, es indiscutible que para saber cómo los seres humanos
aprendemos debemos entender el órgano con el que se aprende.
Aunque estamos muy lejos de dilucidar de manera clara, concisa y detallada el
funcionamiento del cerebro, hoy sabemos mucho más de este maravilloso órgano que
en toda la historia de la humanidad. Aún más impresionante es que este conocimiento
aumenta en la medida en que se hacen nuevos descubrimientos sobre la
neuroanatomía y neurofisiología del cerebro y esto a su vez genera nuevas maneras
de hacer las cosas, incluyendo nuevas formas de enseñanza y aprendizaje. Debido al
impacto que la neurociencia genera en áreas del quehacer humano, no es de
extrañarse que como parte del proceso de difusión científica se generen neuromitos,
es decir mitos que no han sido comprobados por la ciencia pero que se dan como
verdades y que se apoyan en conceptos que se han generado dentro de la
neurociencia (De Vos, 2014). Como consecuencia se difunden conceptos que
difícilmente se traducen en lo que el mito expone como ciencia cierta o que jamás
llenan las expectativas poco realistas del mito. Parte de nuestra labor es sin lugar a
duda separar la paja del trigo, es decir enfocar el lente crítico de la ciencia y
esclarecer conceptos e ideas y por supuesto generar nuevos paradigmas.
La educación ha sido sin lugar a duda el área más ávida de conocimiento
neurocientífico. Esto se evidencia no solo por el interés en el tema por parte de los
docentes, padres y estudiantes sino también por la madurez con la que la profesión
del magisterio se ha lanzado a asir las investigaciones de la neurociencia para
aplicarlas de forma directa en su propio laboratorio: El salón de clases. Del
acercamiento entre la neurociencia, la psicología y la educación se ha gestado la
neuroeducación que ya se ha afianzado dentro de la academia de muchas
universidades prestigiosas de la misma forma como la psicología cada vez más se
transforma en neurociencia cognitiva y menos en psicoanálisis. Así las cosas se
desprende que la neuroeducación sea el campo idóneo para aplicar los más
importantes descubrimientos del cerebro, en particular aquellos que explican aspectos
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de la memoria, aprendizaje, lenguaje, toma de decisiones y la creatividad. La
naturaleza interdisciplinaria de la neurociencia hace que conocimientos sobre
lenguaje, bilingüismo, ciencia, matemática, arte, entre otros, nos permita avanzar de
forma acelerada a entender cómo mejor aprender estos conocimientos y cómo
impartirlos (Battro, 2008).
Como parte de los más arriesgados aportes de la neuroeducación a las
metodologías de la enseñanza se enfatiza el valor y la función del juego como una de
las fuerzas evolutivas que nos han llevado a desarrollar el cerebro tal y como es hoy
en día. Desde la perspectiva neuroevolutiva, los espacios que mejor inducen el
aprendizaje se asemejan más a un parque que a un aula. El salón mismo es ya de por
sí un elemento que se deberá modificar para impactar la efectividad de la enseñanza.
Este punto se ha abordado por años en los estudios de arte y no es de extrañar que
sean las metodologías del diseño y el arte las que más se asemejan al modelo
propuesto por la neurociencia. El trabajo en grupo para la solución de problemas y el
valor de las destrezas individuales para generar proyectos que funcionan dentro del
marco educativo tienen también su validez puesto que el cerebro es diferente en cada
uno de nosotros y se ha formado en respuesta a dos factores: El genético y el
ambiental. El arte y el diseño no solo son el producto de un cerebro diferente sino
también de un espacio diferente en el que predomina el “hacer”, más que el “saber
cómo se hace”. En el arte el pensamiento divergente tiene un papel protagonista que
resalta una de los atributos más importantes de un cerebro en evolución: La
curiosidad.
Por otro lado, para la consolidación de conocimientos o la retención eficaz de
datos no basta con repetirlos, es necesario la exposición multisensorial al
conocimiento y el abordaje desde múltiples perspectivas. El cerebro busca siempre
algo diferente, está alerta al cambio, se estimula con la novedad. La neurociencia no
solo ha comprobado que nos habituamos fácilmente cuando no hay un nuevo
estímulo sino que además perdemos interés cuando no conectamos desde lo afectivo.
De ahí la importancia de que el educador pase de impartir conocimientos a motivar al
estudiante hacia el conocimiento. El arte y el diseño son disciplinas que de manera
intuitiva se han alineado con los planteamientos de la neurociencia, es por eso que
estas disciplinas se caracterizan por la innovación.
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