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25 años. La confirmación del entusiasmo

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25 años. La confirmación del entusiasmo
25 años. La confirmación del entusiasmo
Henar Riegas González
l tiempo traiciona o certifica y la memoria
me indica que ya son 14 años desde que
concluyó mi etapa en La Palomera.
E
Hoy, o quizá siempre y yo era ajena, la educación se
ha convertido en uno de los grandes debates del
momento. Y no es para menos. Los expertos analizan el fracaso, las deficiencias y como no, los aciertos.
Los padres se angustian por los hábitos que sus hijos
adquieren en el colegio, los alumnos ahí están, expectantes, y los profesores se balancean permanentemente entre la ilusión y la desesperación; aunque supongo
que eso va implícito en la vocación del docente.
Yo, que no soy ni experta ni madre, puedo hablar de lo
que recibí. Ese es mi análisis. Siempre entendí, quizá tuve
la suerte de escucharlo también en casa, que la educación
no es sólo la suma de conocimientos, ni tampoco es sólo
el colegio el responsable de la misma. Lo entendí bien después; lo entiendo mejor ahora, con el poso que se ha instalado, con el análisis que propicia la madurez que se va ubicando irremediable y afortunadamente.
Fui feliz el día que aprendí a leer, el momento en el que
tuve independencia para disfrutar de mis cuentos; cuando
aprendí a escribir, a sumar, cuando supe lo increíble y fascinante que era el cuerpo humano; cuando descubrí quienes eran esos romanos que vivieron en este lugar en el
que nací y vivo... pero eso no es suficiente si no se adereza de otros matices, quizá más discretos, más imperceptibles pero tremendamente ricos, constructivos y decisivos,
en definitiva. Cada día lo tengo más claro.
Con el paso de los años tengo la sensación de que el
mundo anda escaso de sensibilidad. Y puede que ahí radique parte de la clave y puede que eso sea lo que ha caracterizado a este centro, que apostó desde sus inicios por
construir personas inquietas, pensantes, comprometidas,
sensibles y delicadas en el transcurso de un tiempo
determinante en la persona: en esos años que cimentan,
que dan forma.
Voy asumiendo, como espectadora, que aprender a leer
no confiere amor por la lectura; que conocer la fauna y
flora no implica respeto por la naturaleza; que descubrir
las características del gótico no repercute por inercia
en embriagarse contemplando la Catedral... es así, nos
guste o no: En esta época en la que todo el mundo
tiene un máster y habla un montón de idiomas uno
tiene la impresión de que se ha ganado mucho, por
supuesto, pero que se está difuminando lo esencial.
Deporte, excursiones, teatro, fiestas, el coro... actividades
complementarias que hacían de ese imprescindible e irrenunciable periplo una exquisita aventura. Y yo lo aproveché
a conciencia.
Cantar en el coro, desde los seis años, me impulsó a estudiar
música y descubrir y apreciar el valor de la disciplina y el esfuerzo. No se me ha olvidado. Hacer teatro me proporcionó vencer
la vergüenza, domesticar mi verborrea, deleitarme con el ritmo
y la calidad de las palabras; practicar gimnasia rítmica me convenció que la elasticidad no era lo mío y que nunca me colgaría una medalla. Y es que ser consciente de las limitaciones es
tremendamente útil y muy sano. Visitamos lugares increíbles.
Conocí, por ejemplo, cómo se hacían las galletas que comemos
o cómo se trabajaba en un torno para hacer botijos.
Siempre me he enorgullecido de que mis maestros nos
conocían y bien. Se reían y se imponían. Escuchaban, compartían y se implicaban. Siempre tuve la sensación de que
se lo pasaban en grande, que disfrutaban como nadie con
lo que hacían. Y yo, que soy caprichosa, quería lo mismo
para mí; ese fue mi propósito. Aquí, lo confieso, intuí mi
vocación. Me enseñaron, en mi caso, que las historias que
contara las contara bien; que fuese una artesana del lenguaje, al fin y al cabo es mi herramienta de trabajo.
Serrat hablaba y habla, en una de sus canciones, de las pequeñas cosas. Yo, sin ser él y sin su poesía, soy defensora a ultranza
de las mismas. Ellas son las que cincelan, porque mientras todos
proyectamos hacer algo grande que nos catapulte a la fama y al
éxito inmediato vamos relegando los pequeños detalles. Y La
Palomera, sin miedo a ser etiquetada, como así ha sido durante
tiempo, se erigió en paladín de las mismas. Y que quieren que les
diga, cuando uno es fiel a sus principios, siempre gana y todos
seguís ganando: padres, docentes y alumnos. Así que mi enhorabuena por estos 25 años. Por la fidelidad, por el esfuerzo, por
el convencimiento profundo de saber que estáis haciendo algo
terriblemente importante, aunque el escepticismo invada en
ocasiones el juego... es inevitable. Y como también soy egoísta,
gracias por la parte que me toca. Eso sobre todo.
Henar Riegas González
Periodista y ex-alumna del centro
Nosotros siempre estuvimos estigmatizados. Éramos diferentes. Y lo éramos porque éramos
comunidad, porque todo el mundo contaba,
porque lo importante era formar personas; lo importante era enseñar a pensar; lo importante no era sólo, que lo
era y mucho, adquirir conocimientos sino deleitarse en el ejercicio de aprender.
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