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LA MANIOBRA DE HEIMLICH
DAVID YESTE
Comentar un poemario siempre es arriesgado, y más con el poeta delante, porque ya
se sabe que, al leer poesía, echamos mano de nuestras experiencias para interpretar
las palabras y rellenar los huecos que tantas veces quedan implícitos en los poemas.
Así pues, intentaré dar mi opinión sobre el último libro de David Yeste con prudencia
para no condicionar a quienes todavía no lo hayan leído.
Lo primero que sorprende del libro es el título, claro, La maniobra de Heimlich,
aunque en cuanto uno empieza a leer se da cuenta de que es una declaración de
intenciones: el libro tiene toques bruscos e impactantes igual que esta maniobra de
salvamento, y también como la propia maniobra (tal como el autor describe al
principio del libro), requiere de dos personas para que surta efecto.
La dualidad y el diálogo están muy presentes en el libro. Con frecuencia la voz
poética habla con el lector o con ese otro “tú” que es la persona (real o ficticia) en la
que piensa al escribir, como en el titulado “¡Que no!” o en “Mi huida”, un poema
estupendo en el que se nos pregunta: “Dime: / ¿Cómo se abandona? / ¿Cómo se
camina? / “¿Cómo se respira en el naufragio?”. Ahí tenemos de nuevo la respiración y
el ahogo que rondan todo el poemario.
Esa dualidad se ve también en algunas imágenes recurrentes del libro. En
primer lugar está el espejo, que duplica por definición, y con el que el poeta dialoga, o
que le sirve para volver al pasado cuando se convierte en un retrovisor, que a su vez
da título a un poema. También se desdobla la imagen gracias al negativo y a la silueta
pintada en tiza, como los muertos en las películas, dice el poeta. Y por supuesto, en los
guiños privados que solo entenderá el círculo de amigos del poeta, o tal vez solo él y la
persona para la que se escribieron estos poemas, como la anécdota de los nudos con
los sobres de azúcar o las referencias a “una palabra”, “esa palabra”, que quedan como
un enigma para el lector.
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Junto a algunos símbolos usuales, como la lluvia que mimetiza al poeta, la
muerte que se acerca a la puerta o la bebida como consuelo, tenemos otros bastante
más originales para recordar el dolor punzante que transmiten algunos poemas.
Aparecen tijeras afiladas, cuchillos, balas e incluso alfileteros que aguijonean. Y es
interesante la referencia al alfiletero, porque –junto con el cuerpo y la ciudad-- la
costura es uno de los campos semánticos recurrentes del libro. Leemos: “con la aguja
de tu mirada me cosí un vestido de futuro”, o “sin descoser mi sombra de tus talones”,
frases que ilustran las metáforas con un punto vanguardista que utiliza David Yeste.
Esa especie de “apuñalamiento repetido”, que por cierto, me recuerda al
principio de la novela de Andreu Martín que comentamos hace un mes, se acentúa
en aliteraciones como “filo afilado, fileteado el filo”. También las enumeraciones
que aparecen en muchos poemas añaden opresión y densidad: “dígitos anotados,
papel, pedazos, / mariposas de ceniza de primer plato, / naranja, piel, pulpa y zumo
agrio”. Junto a las enumeraciones encontramos muchos paralelismos y estructuras
repetidas, que dan a algunos poemas una tonadilla de canción, como en el poema “A
un clavo ardiendo”: “Si me aferro a una nube, si me ato a una brisa, / si dibujo tu risa,
si sostengo que pude…”.
Ahora que comento la melodía que parece acompañar a algunos poemas,
en ocasiones el ritmo de los versos de La maniobra de Heimlich me ha recordado
al fabuloso letrista Joaquín Sabina, tanto en las canciones como en los sonetos que
escribe este cantautor, tan urbanos como los poemas de Yeste. No sé si es un eco
voluntario o un intertexto inevitable de una generación, pero al leer que “saben
mejor [los besos] que no se dan” no he podido evitar pensar en los versos “Sabes
que hasta los huesos / solo calan los besos que no has dado” de Sabina; o al leer en
voz alta “Cuando te digan jamás, y no se haga de día, / cuando las luces perdidas no
acaricien más tu piel”, he imaginado a Sabina recitando poemas en el escenario, algo
que fácilmente podría acabar haciendo David Yeste en un concierto. Y es que la música
puebla muchos de estos poemas, como la guitarra que acompaña al poeta y le brinda
consuelo.
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A menudo, la voz poética de David Yeste juega con realidades imposibles como
la de atarse a una brisa o aferrarse a una nube, mencionadas hace un momento, y
las combina con frases hechas en las que modifica una parte para crear una imagen
nueva. Así, leemos en otro de los poemas más intensos del libro: “El año más rápido de
mi vida, / se fue con un reír y llorar de ojos”. ¿Resumen del año de la ruptura, tal vez?
Siempre existe la tentación de buscar la historia más allá del poema…
Volviendo al estilo del libro, la afición por jugar con las palabras no se queda
solo en el sentido, sino que manipula también la forma. Uno de los poemas se titula,
por ejemplo, “(sentí) (miento/e)”, otro “propósito (des)” y otro un impronunciable
“Ocitsórca (sehcon saneub)”, que aunque parezca un mantra, en realidad, si se lee
de derecha a izquierda, significa “(Buenas noches) Acróstico”. No desvelaré cuál es
el acróstico que nos dedica el poeta para que lo encuentren los lectores. La vena de
lingüista lo delata a veces, como en el poema “Inlunación”, que empieza con cuatro
supuestas definiciones del término, que en algún caso parecen la imagen especular
de la “insolación”, como ese “malestar o enfermedad producidos por una exposición
excesiva a los rayos lunares”. De nuevo, la dualidad.
Otra de las cosas que sorprende de este poemario es la precisión casi
quirúrgica en los referentes y las medidas. Sabemos que son “las tres y once” cuando
la voz poética se va a casa, o “las once y cuarenta y ocho” cuando no quiere dormir.
Sabemos que flota a 42 ºC y que cree que el número “Setecientos treinta y uno” es
primo. El poema que lleva ese título me ha encantado por la aparente paradoja con la
que empieza: “Hoy pensé que setecientos treinta y uno era número primo / Y resultó
divisible entre diecisiete y entre cuarenta y tres”. ¿Cuántas veces estamos convencidos
de algo y la realidad nos dice lo contrario? Sin embargo, cuando entramos en la lógica
del poema y vemos cómo descompone esa cifra nos encontramos con “dos grandes
bloques de / trescientos sesenta y cinco. Más uno”. Ese uno aislado, la soledad de
quien escribe, es la que confirma para la voz poética que al final sí es primo, pues es
“Divisible solo por sí mismo. Y por uno”.
Y ese uno me lleva a lo último que me gustaría comentar de este poemario. Tal
vez debido a la abundancia de cifras y datos científicos que aparecen en el libro (desde
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la maniobra de Heimlich del título hasta el perro de Pavlov, el gato de Schrödinger
y la pirámide de Maslow), también he acabado descomponiéndolo en un conjunto
binario lógico. Si tuviera que resumir qué me ha evocado el libro, diría que el O y el 1,
el círculo y la línea recta. La forma redonda del 0 aparece en muchos de los elementos
del libro: la recurrente luna; la “esfera” con la que carga Sísifo en el poema “Cobarde”,
cuya inicial (la C) también evoca esa forma redonda y erosionada; el abrazo vacío
que aparece en varios poemas… Pero frente a ese círculo y a ese vacío tenemos al 1,
la línea, representados en los brazos que se extienden antes de dar el abrazo, en los
alfileres, en la línea de luz que ve por debajo de la puerta, en el lápiz con el que traza
“tu línea de sombra”…
Por suerte, también nos ofrece un atisbo del número 2 en el poema “Vente”, a
mi juicio el más optimista de los que se recogen en La maniobra de Heimlich, y en la
confesión del breve poema “Hoy sé”: “Hoy sé, / por fin, / por qué escribo. / Escribo
para olvidarme de mí. / O para que tú no lo hagas.”
Muchas gracias a David Yeste por estos poemas-abrazo.
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