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Concéntrate en lo que no puede mentir: la evidencia. Gil Grissom

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Concéntrate en lo que no puede mentir: la evidencia. Gil Grissom
Concéntrate en lo que no puede mentir: la evidencia.
Gil Grissom
Soy, lo confieso, uno de los más de cinco millones de telespectadores que siguen cada semana, a
través de Tele 5 y de AXN (Digital +), la emisión de CSI (Investigación de la escena del crimen)
y su clon, o como lo llaman los estadounidenses, su spin off, CSI-Miami.
A mí me cautivó, desde la primera emisión -la noche del lunes 15 de julio de 2002-, la
personalidad enigmática, contenida, segura, estable e inteligente de Gil Grissom, el jefe del turno
de noche de los investigadores de la escena del crimen de la Policía de Las Vegas, Nevada,
Estados Unidos. El capítulo se llamaba Piloto y el guión lo había escrito Anthony E. Zuiker, el
inventor de la serie, un hombre con escasa experiencia en el negocio de la televisión.
La apariencia de Zuiker recuerda la de los genios de la informática: vestimenta informal, cara
redonda, poco pelo color castaño oscuro, barba, perilla y unas gafas ligeramente ahumadas y sin
montura. Su historia personal es la del sueño americano hecho realidad. Zuiker tenía 30 años y
trabajaba como conductor de un tranvía del hotel Mirage de Las Vegas, ciudad en la que había
nacido. Una tarde llegó a casa y se encontró con su esposa Jennifer viendo una serie de reportajes
en el Discovery Channel llamada The New Detectives (Los nuevos detectives). En ella se
contaba cómo resolvían los científicos forenses los crímenes en la realidad. 'Éste es un campo
todavía por explorar en la ficción', le dijo. Zuiker coincidió con ella.
Pocos días después se puso en contacto con el jefe de Policía de Las Vegas y le pidió permiso
para pasar unos días, que fueron cinco semanas, con los CSI, los policías científicos o
criminalistas. Quería tomarles el pulso y ver si podía obtener material para una serie. Allí
conoció a Daniel Holstein y a Yolanda McCleary, el Gil Grissom y la Catherine Willows de
verdad. También al doctor Gary Telgenhoff -en quien está basado el médico forense David
Robbins-, el mentor de Zuiker en esta odisea personal.
Al término del 'internado', a principios de octubre de 1999, el guionista ya tenía una idea muy
clara de cómo iba a ser la serie y a quién vendérsela. Contaba con un buen contacto en Jerry
Bruckheimer Productions, la productora de Bruckheimer, uno de los grandes productores
ejecutivos de Estados Unidos: American Gigoló, Superdetective en Hollywood, Top Gun.
Conocían los dos primeros trabajos de Zuiker, el guión de la película Wanna-be, para Warner
Bros, y The Harlem Globetrotters Story, que todavía no había conseguido colocar.
La propuesta de Zuiker los cautivó y se pusieron a trabajar sobre un formato definitivo de la
serie. La ABC, una de las grandes cadenas de televisión de EE UU, la desestimó al considerar
que no aportaba nada y que no resultaba interesante para su programación. La CBS, por el
contrario, apostó por ella. En mayo de 2000 dieron su visto bueno y el 6 de octubre de ese mismo
año emitieron el primer capítulo que nosotros vimos casi dos años después.
Pero no todo fue tan fácil. En el primer programa, que tenían que ver los ejecutivos de la cadena
de televisión, la gente de Bruckheimer se pasó con el gore y la carnaza. Tuvieron que reeditarlo,
eliminando la mayoría de las escenas de sangre innecesarias y reduciendo al máximo las que
tenían que utilizar. De esa forma encontraron el 'equilibrio CSI'. 'Descubrimos que la gente
rechaza las escenas fuertes sin sentido, pero que las aceptan si hay una explicación científica que
las respalde', cuenta Zuiker.
El éxito fue casi instantáneo. En 2002 Zuiker consiguió un Emmy, el premio más importante que
se puede dar a un producto televisivo en Estados Unidos. Así de fácil. Sin saberlo, había
encontrado una veta inexplorada que estaba llamada a renovar el género policíaco introduciendo
el método científico como elemento central en la investigación criminal.
La prueba del ADN, el microscopio de comparación, el cromatógrafo de gases, la torunda, el
luminol, la luz forense, los vapores del cianocrilato, las huellas latentes, los guantes de látex de
cirujano y otros tantos elementos de que se sirve la ciencia criminalista en su quehacer diario
sustituyen a las pistolas y los revólveres en la búsqueda de la verdad y la detención del culpable.
De esta forma, inevitablemente, la serie se ha convertido en el mejor vehículo de divulgación del
trabajo de la Policía Científica.
Llegados a este punto, es necesario hacer una aclaración vital: los policías científicos o
criminalistas son personas que se sirven de la ciencia forense para resolver un delito, en
contraposición con los criminólogos, que estudian la naturaleza del crimen y de los criminales.
Sin embargo, la serie no es real. Lo descubrí personalmente en octubre de 2002, cuando José
Miguel Guitián, uno de los más brillantes creativos de televisión de España, me ofreció presentar
y «guionizar» una serie de veinte miniespacios de tres minutos de duración cada uno sobre CSI y
la Policía Científica española. La producción y su diseño estaban a cargo de su compañía de
entonces, Incognita TV.
Los miniespacios tenían que acompañar, a partir de enero de 2002, a la emisión de los capítulos
de CSI que se emitían en el canal AXN. Era una idea muy seductora. Y se convirtió en
irresistible cuando supe que quien la apoyaba, desde la dirección de Programación y Producción
de Programas de AXN, era Carlos Herrán, uno de los mejores profesionales de la televisión con
los que he trabajado.
Si cualquiera de los dos me hubiera propuesto ir con él al Infierno a hacer una entrevista al
mismísimo diablo mi respuesta habría sido: '¿Cuándo nos vamos?'
Investigación CSI, que fue como titulamos la serie, vio la luz a mediados de 2003, bellamente
realizada por Miguel Lamiquiz. Mezclábamos en dosis muy medidas las escenas más
impactantes de las investigaciones de Grissom y su equipo con declaraciones de los policías
científicos españoles, que contaban cómo hacían su trabajo. Por lo que me decía la gente que
veía CSI y que veía mis intervenciones desde la sede de la Comisaría General de Policía
Científica, explicando cómo se aplicaba la ciencia en la lucha contra el crimen, supe que había
sido un éxito y que aquello interesaba de verdad al público tanto como me estaba apasionando a
mí.
Mi relación con la mencionada comisaría se fortaleció cuando más adelante comencé a colaborar
en el programa Sin noticias de, que se emitió durante el primer semestre de 2003 en Antena 3
Televisión, y en el que me ocupé de elaborar los reportajes sobre Policía Científica, además de
ser copresentador.
A lo largo de ese tiempo no sólo acumulé información sino también valiosas relaciones
profesionales. Pero quería saber más. Quería ir más allá. Deseaba contar los casos reales de la
Policía Científica y de los investigadores de campo; la una no se puede entender sin los otros.
Son las dos caras de una misma moneda.
Porque la realidad, tanto en Estados Unidos, España, o en cualquier otro país del mundo, es que
los CSI, los investigadores de la escena del crimen, tal como son descritos en la serie de
televisión, no existen. Ni siquiera se denominan así, sino 'analistas'. Lo ha resumido muy bien el
doctor Gary Telgenhoff:
'Los CSA (analistas de la escena del crimen) tienen poco en común con los CSI de la serie. La
serie ha puesto a los CSA/CSI en el centro de la acción haciéndolos responsables de los casos, lo
cual es totalmente irreal. En la vida real, el detective de homicidios tiene la dirección del caso.
Los CSA son recolectores de evidencias. Están dirigidos por los detectives de homicidios e
incluso por mí mismo, el médico forense. No interrogan a sospechosos. No analizan el caso. No
hacen la autopsia. Están allí para recoger las balas y otros vestigios bajo mi dirección, para
empaquetarlas y catalogarlas. Eso es lo que hacen. No miran a través de microscopios. No
comparan muestras de pelos, muestras de pintura, balas o cualquier otra cosa. No analizan los
insectos que se encuentran sobre el cadáver. Ni reconstruyen una cara.
'En el mundo de verdad, hay muchas, muchas personas con su propia experiencia haciendo todas
esas cosas. El experto en balística es el único que compara las balas y relaciona las armas con las
escenas de los crímenes. El experto en trazas es el único que compara ropa, pelo, pintura o
vestigios de metal. El toxicólogo es el único que analiza drogas. El laboratorio de ADN es la
única entidad que trata con restos de ADN y tarda meses en responder. No hay ninguna máquina
que te dé la repuesta en diez minutos, como en la serie. Los antropólogos forenses son los únicos
que hacen la data de la muerte y calculan la edad y la raza de los esqueletos. Los odontólogos
son los únicos que comparan las fichas dentales. Cada especialidad tiene sus propios
especialistas. Nadie sabe de todo. Grissom es increíble. Lo hace todo. E incluso conoce el
lenguaje de los sordos. Un CSA de verdad es una persona que trabaja muy duro. Él o ella es un
''gruñido'' sobre el terreno. Se llaman a sí mismos ''los perros de la carretera''. Básicamente son
sofisticados “recaderos''.'
La mayor parte de los criminalistas estadounidenses no son policías -en España, sí- sino técnicos
o facultativos con derecho a llevar pistola, si lo desean, pagada por ellos mismos y sin más poder
para detener a alguien que el que pueda tener un ciudadano cualquiera.
Zuiker conocía esto, pero sabía que, a efectos dramáticos y de narración, la vuelta de tuerca,
alterando las funciones de los policías científicos, valía la pena no sólo a efectos de audiencia
sino también de educación de la ciudadanía. Tras ver CSI cualquier persona que tenga que
ejercer como integrante de un jurado popular posee una idea bastante aproximada de cómo
funciona la ciencia forense.
'También ha dado a la audiencia una ''falsa sensación de pericia''. Es un arma de doble filo',
explica el doctor Tengelhoff. 'Si la nueva información adquirida es precisa, entonces es un plus.
Si es falsa tengo que gastar tiempo destruyendo el mito. Por ejemplo, en todos los shows de
televisión (no sólo CSI) aluden ''al momento de la muerte''como si fuera ciencia de verdad. Y no
lo es. Es un cálculo educado basado en muchos factores relacionados con la escena del crimen y
con la descomposición corporal. Las estimaciones son siempre como de 6 a 12 horas; de 12 a 24;
de 24 a 36; días, semanas, etc. Eso es lo mejor que puede hacer la ciencia de verdad. Muchos
programas hablan que el momento de la muerte fue a las 14.16 horas y por tanto el acusado
''pudo no haberlo hecho''. Eso no es posible'.
Este libro, por consiguiente, no podía ser sobre los CSI españoles, porque era imposible, pero sí
sobre cómo se está aplicando en España esa misma ciencia forense que se utiliza en Estados
Unidos y en el resto de los países del mundo, y cómo ha contribuido y está contribuyendo a
resolver casos todos los días.
Así se lo expliqué al comisario Carlos Corrales, el máximo responsable de la Comisaría General
de Policía Científica de Madrid, y al coronel José Antonio García Sanchez-Molero, su
homónimo en el Servicio de Criminalística de la Guardia Civil, cuando les propuse que
colaboraran conmigo en la elaboración de este libro. La respuesta fue positiva e inmediata.
Pusieron a mi disposición todo lo que podía necesitar y mucho más. Pude hablar con agentes que
nunca antes habían abierto la boca ante un periodista y me contaron en primera persona su
versión de los hechos y cómo la ciencia forense había desempeñado un papel determinante en la
captura del criminal.
En ocasiones no ha sido la Policía o la Guardia Civil la fuente de mi información sino la
Administración de Justicia. Me siento un privilegiado por ello, aunque no toda la travesía ha sido
tranquila y apacible. También en esta odisea personal he tenido, como Ulises, mi particular
estrecho de Escila y Caribdis. Fueron «sirenas» que sugerían que no incluyera el nombre de la
víctima -porque para ella resultaría muy doloroso recordar-, del culpable -porque eso sería darle
puntos a favor ante sus compañeros en la cárcel-, o de los agentes del orden -porque era mejor
pasar inadvertidos-. Es cierto que no me sugirieron que tratara de camuflar la ciudad en que
ocurrió o la fecha en que aconteció el hecho, pero estoy seguro de que lo tenían en mente y que
no lo hicieron por prudencia.
Es lo que algunas veces, en tono jocoso, he llamado «periodismo de anonimato» porque si no se
puede responder a las preguntas básicas que se aplican a todo en mi oficio -¿quién?, ¿qué?,
¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? y ¿por qué?-, ¿de qué sirve informar?
Por ello he huido, en la medida de lo posible, del uso de iniciales que tanto se ven en las
publicaciones periódicas. Ruego que me perdonen si en cuatro capítulos he tenido que ceder 'Polvo al polvo', 'Lo mató por inercia', 'Una historia de Shakespeare' y 'La caja negra'-. Era de esa
forma o de ninguna.
No entiendo como profesional este desbarajuste que tenemos y que no hace más que confundir a
la ciudadanía. No existe ningún problema en dar el nombre del detenido siempre y cuando se
explique su supuesta o presunta implicación con el delito concreto. Me han explicado que eso se
hace para preservar su presunción de inocencia, pero no esconde más que comodidad y deseo de
evitar problemas.
¿Por qué se cita por su nombre completo a Alfredo Galán, el supuesto asesino de la baraja, a
Anthony Alexander King, el presunto asesino de Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof, y a
Petrus Arcan, el hombre que mató a Arturo Castillo, y a muchos otros no? ¿Por qué se da
siempre el nombre de los etarras y no se hace lo mismo con otros delincuentes igual de
sangrientos? ¿O por qué se muestra la foto del detenido y luego se da, al pie de la imagen, el
nombre de pila y los dos apellidos en iniciales? Pero es que eso también sucede después de la
condena. Iniciales y más iniciales. La tentación del oscurantismo y del secretismo está más
presente que nunca. Y ése es un cáncer para la democracia y la libertad de información. En parte
es culpa nuestra, de los periodistas.
Frente a los derechos individuales están los derechos generales de la sociedad, el derecho a saber
y conocer que tiene la ciudadanía, 'el pueblo', de donde emanan todos los poderes del Estado,
porque eso supone generar opinión, debate y confianza en el sistema de Gobierno. La ausencia
de polémica supondría un grave síntoma de enfermedad social y de control.
En los países de nuestro entorno esto lo tienen muy claro. El propio Servicio de Ciencia Forense
británico -el equivalente a la Policía Científica o Servicio de Criminalística- se sirve de las fotos,
los nombres completos y las historias de los condenados para promocionar su imagen de eficacia
ante la sociedad.
José Luis Requero, magistrado de la Audiencia Nacional y vocal del Consejo General del Poder
Judicial, dijo en una ocasión que la pena tiene tres funciones: el castigo, retirar al condenado de
la sociedad para impedir que siga agrediéndola y un aviso para navegantes, que debe llegar a
todos como un mensaje de disuasión. Lo dice también el Código Penal.
Creo, sinceramente, que es la comodidad lo que ha inspirado estos usos y costumbres, aunque
también existe algo de desconfianza hacia la clase periodística en su conjunto. Aunque si nos
liamos a rascar bajo la superficie, la desconfianza se extiende hacia los cuerpos y Fuerzas de
Seguridad del Estado, los jueces, los fiscales, el Gobierno, los empresarios, los trabajadores y el
propio Real Madrid. Es un virus latente y suicida que habita dentro de nosotros y que aflora en
ocasiones. Representa a la esencia de 'la mano negra' o la 'teoría de la conspiración', que tanto
predicamento suele tener.
Una sociedad que ha sido capaz de reinventarse a sí misma de una forma que muchos países
contemplan con envidia, tras salir de la caverna de una dictadura que parecía interminable, es
una sociedad viva, pujante, dispuesta a encarar el futuro con decisión y a sentarse en primera
preferente en cuantos trenes lleven con dirección al progreso y la modernidad.
Y en eso, los medios de comunicación tienen un papel fundamental. Son el sistema nervioso del
país, en palabras de Juan Luis Cebrián. Crean estados de opinión, informan y conforman las
ideas y creencias de la ciudadanía. Por eso la transparencia es el mejor antídoto contra la
tentación del 'lado oscuro'.
En este libro, amigo lector, tienes una puesta al día de cómo se aplica la ciencia forense a la
investigación criminal. Desde finales de los ochenta hasta nuestros días ha sido protagonista de
un avance espectacular. Los nuevos descubrimientos científicos y técnicos aplicados a este
campo lo han revolucionado. Por ejemplo, España no dispuso hasta 1999 de un sistema
informático de identificación de balas y vainas, el IBIS -el mismo que utiliza el FBI y la mayor
parte del resto de los países del mundo-. El SAID (Servicio Automático de Identificación
Dactilar), lo que en Estados Unidos es conocido como el AFIS 21 -el que sale en la serie CSI-, se
instaló en enero de 2000, si bien es cierto que desde 1986 operaba el ACOS-4, su antecesor.
De todo ello, la gran revolución está representada por la irrupción de las pruebas de ADN,
capaces de identificar a una persona con una seguridad del cien por cien. Gracias a esa prueba se
pudo probar que el mayor violador en serie de la historia de España, Arlindo Carvalho, conocido
como el 'violador de Pirámides', no sólo había forzado a dieciséis mujeres más allá de cualquier
duda -la realidad es que pasaron de las cuarenta-, sino que gracias al cotejo del ADN se permitió
descartar a seis sospechosos, entre ellos un policía.
La paradoja es que en España no tenemos todavía ninguna ley que permita extraer una muestra
genética de un sospechoso para compararla con la encontrada en la escena del crimen. Carvalho
lo entregó voluntariamente. A King se lo tomaron de un calzoncillo y de un cepillo de dientes. Es
el derecho del delincuente a la impunidad.
Los policías científicos o criminalistas españoles tampoco interrogan. El capitán Luciano Pérez,
del Departamento de Balística y Trazas Instrumentales del Servicio de Criminalística de la
Guardia Civil, me dijo cuando le conocí que una máxima que llevan a rajatabla es alejarse lo más
posible de conocer detalles personales. 'Porque cuanto menos implicado me siento más objetivo
voy a ser', declaró. Un pensamiento que suscribe por completo el comisario de «la Científica',
José Miguel Otero.
Eso no quiere decir que siempre sea así. En ocasiones, sobre todo en capitales de provincia, los
policías científicos comparten codo con codo las investigaciones de sus compañeros y se sienten
tan implicados como ellos. Así lo podrás comprobar en capítulos como 'Un ''ninja'' en Granada»,
'La pista invisible' o 'Lo que cuentan los muertos'. En otras, es todo lo contrario, como 'Venganza
por una ofensa' o 'En defensa de la democracia'.
Éste no es un manual de criminalística, ni lo he pretendido -en el mercado hay varios
suficientemente buenos para los que estén interesados en conocer todos los detalles técnicos-; es
un libro que explica cómo se investigan hoy los delitos aplicando los últimos avances de la
ciencia.
El doctor José Antonio García Andrade, psiquiatra y médico forense, siempre dice que la
investigación de los crímenes comienza 'escuchando' lo que dice el muerto y que hay cinco
causas de muerte: natural, accidental, suicidio, asesinato e indeterminada. «Si se hace bien la
autopsia y si la Policía Científica cubre bien la escena del crimen las posibilidades de capturar al
culpable son muy altas', explica. 'Las primeras horas después del crimen son fundamentales'.
Los forenses, precisamente, tienen un papel central en la investigación. Gracias a su experiencia
se puede saber si alguien murió antes de ser descuartizado o después, como se narra en el
capítulo 'Lo mató por inercia', o si un mordisco al seno de una asesinada fue dado antes o
después de su muerte, como en 'El misterio del mordisco'.
Después de que la ciencia haya irrumpido de forma arrolladora en la investigación criminal ya
nada será como antes. Cada caso tiene una vertiente científica, ya sea más o menos importante.
La principal prueba de cargo contra Alfredo Galán es una bala no percutida; la de Anthony
Alexander King es su ADN, pero puede ser la grabación de la cámara de circuito cerrado de un
gran almacén, la huella latente en una bolsa de basura negra o los bichos que se están comiendo
el cadáver de un hombre al que han matado a patadas seis meses antes.
La sensación que, seguro, tendrás cuando termines de leer este libro es que, hagas lo que hagas,
hay muchas posibilidades de que te cojan porque en la Policía Científica tienen medios,
experiencia y conocimientos. Y es cierto. No te equivocas.
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