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He venido aquõÂ para detenerme en silencio ante este

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He venido aquõÂ para detenerme en silencio ante este
Benedicto XVI en el Museo del Holocausto Yad Vashem
``He venido aquõÂ para detenerme en
silencio ante este monumento''
``Yo he de darles en mi casa y en mis muros un monumento
y un nombre... les dare un nombre que no sera borrado, que
nunca sera cancelado'' (Isaõ as 56, 5).
Este pasaje, tomado del Libro del profeta IsaõÂ as, presenta
dos frases sencillas que expresan de manera solemne el
significado profundo de este lugar venerado: yad, ``memorial'';
shem, ``nombre''.
He venido aquõÂ para detenerme en silencio ante este
monumento, erigido para honrar la memoria de los millones de
judõÂ os asesinados en la horrenda tragedia de la ShoaÂ.
Perdieron la vida, pero no perderaÂn nunca sus nombres:
estaÂn indeleblemente grabados en los corazones de sus seres
queridos, de sus companÄeros de prisioÂn, y de quienes estaÂn
decididos a no permitir nunca que un horror asõÂ pueda volver a
deshonrar a la humanidad. Sus nombres, en particular y sobre
todo, estaÂn grabados para siempre en la memoria de Dios
Omnipotente.
Uno puede despojar al vecino de sus posesiones, de las
oportunidades o de la libertad..., se puede tejer una insidiosa
red de mentiras para convencer a los demaÂs de que ciertos
grupos no merecen respeto. Y, sin embargo, por maÂs que se
esfuerce, nunca se puede quitar el nombre de otro ser
humano.
La Sagrada Escritura nos ensenÄa la importancia del nombre
cuando se le confõÂ a a una persona una misioÂn uÂnica o un don
especial. Dios llamo a Abram ``Abraham``, pues debõ a
convertirse en ``el padre de muchos pueblos'' (GeÂnesis 17,
5). Jacob fue llamado ``Israel'', pues habõÂ a ``sido fuerte contra
Dios y contra los hombres'' y habõÂ a vencido (Cf. GeÂnesis
32,29).
Los nombres custodiados en este venerado monumento
tendraÂn para siempre un lugar sagrado entre los innumerables
descendientes de Abraham. Como le sucedio a eÂl, tambieÂn su
fe fue probada. Al igual que le sucedio a Jacob, tambieÂn ellos
quedaron sumergidos en la lucha entre el bien y el mal,
mientras luchaban por discernir los designios del Omnipotente. ¡Que los nombres de estas võÂ ctimas no perezcan nunca!
¡Que sus sufrimientos nunca sean negados, disminuidos u
olvidados! ¡Y que toda persona de buena voluntad vigile para
desarraigar del corazoÂn del hombre todo lo que sea capaz de
llevar a tragedias semejantes!
La Iglesia catoÂlica, comprometida en las ensenÄanzas de
JesuÂs y decidida a imitar el amor por toda persona, siente
profunda compasioÂn por las võÂ ctimas aquõÂ recordadas. Del
mismo modo, esta junto a quienes sufren persecuciones a
causa de la raza, el color, la condicioÂn de vida, o la religioÂn.
Sus sufrimientos son los suyos y suya es su esperanza de
justicia.
Como obispo de Roma y sucesor del apoÂstol Pedro
confirmoÂ, como mis sucesores, el compromiso de la Iglesia
de rezar y actuar
sin descanso
para asegurar
que el odio no
reine nunca maÂs
en el corazoÂn de
los hombres. El
Dios de Abraham, de Isaac y
de Jacob es el
Dios de la paz
(Cf. Salmo 85,
9).
Las Escrituras
ensenÄan que tenemos el deber de recordar al mundo que este Dios esta vivo,
aunque en ocasiones nos resulte difõÂ cil comprender sus
caminos misteriosos e inescrutables. EÂl se revelo a sõ mismo
y sigue actuando en la historia humana. SoÂlo EÂl gobierna al
mundo con equidad y juzga con justicia a todo pueblo (Cf.
Salmo 9, 9).
Al detener la mirada en los rostros reflejados en el espejo
del estanque que yace en silencio en este memorial, no
podemos dejar de recordar que cada uno de ellos tiene un
nombre. SoÂlo puedo imaginar la alegre expectativa de sus
padres, mientras esperaban con ansia el nacimiento de sus
ninÄos. ¿Que nombre daremos a este hijo? ¿Que sera de eÂl o
de ella? ¿QuieÂn hubiera podido imaginar que serõÂ an condenados a un destino tan deplorable?
Mientras estamos aquõÂ , en silencio, su grito sigue haciendo
eco en nuestros corazones. Es un grito que se eleva contra
todo acto de injusticia y de violencia. Es una condena perenne
de todo derramamiento de sangre inocente. Es el grito de
Abel, que se eleva desde la tierra hacia el Omnipotente. Al
profesar nuestra inquebrantable confianza en Dios, damos
voz a ese grito con las palabras del Libro de las Lamentaciones, tan lleno de significado tanto para judõÂ os como para
cristianos.
``El amor del SenÄor no se ha acabado, ni se ha agotado su
ternura;cada manÄana se renuevan: ¡grande es tu lealtad!'¡Mi
porcioÂn es el SenÄor, dice mi alma, por eso en eÂl espero!'.
Bueno es el SenÄor con el que en eÂl espera, con el alma que
le busca.
Bueno es esperar en silencio la salvacioÂn del SenÄor (3, 2226).
Queridos amigos, estoy profundamente agradecido tanto a
Dios como a vosotros por la oportunidad que se me ha dado
de recogerme aquõÂ , en silencio: un silencio para recordar, un
silencio para esperar.''
(Fuente: www.zenit.org)
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