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Document 2857181
Ciencia Ergo Sum
ISSN: 1405-0269
[email protected]
Universidad Autónoma del Estado de México
México
Málishev Krasnova, Mijaíl
Georg Simmel, Vladimir Jankélévitch: fenomenología de la aventura
Ciencia Ergo Sum, vol. 9, núm. 3, noviembre, 2002
Universidad Autónoma del Estado de México
Toluca, México
Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=10490313
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Número completo
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Página de la revista en redalyc.org
Sistema de Información Científica
Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal
Proyecto académico sin fines de lucro, desarrollado bajo la iniciativa de acceso abierto
Georg Simmel, Vladimir Jankélévitch:
fenomenología de la aventura
Mijaíl Málishev*
Recepción: julio 19 de 2002
Aceptación: agosto 23 de 2002
* Facultad de Humanidades, Universidad
Autonóma del Estado de México.
Teléfono: (722) 213 14 07.
Introducción
1. Aventura: un riesgo buscado
A la investigación del fenómeno
‘aventura’, como una forma específica
de la conducta y de la vivencia del ser
humano en algunas etapas de su vida,
se han dedicado pocos trabajos, con
exclusión, quizá, de dos excelentes ensayos. Uno pertenece a la pluma del
destacado filósofo alemán Georg Simmel
(1858-1918) quien publicó en 1911 su
trabajo sobre la aventura, y otro ensayo
de título análogo fue escrito por el no
menos conocido pensador francés Vladimir Jankélévitch (1903-1985) quien
editó en 1963 su libro titulado La aventura, el aburrimiento, lo serio. El objetivo
del presente artículo consiste en exponer el sentido de la aventura, perfilar
las esferas de su expresión y describir
las formas de sus vivencias a partir del
análisis de los dos ensayos mencionados. Para evitar repeticiones, decidí unir
la exposición de las ideas de ambos pensadores, destacando lo más esencial en
el tratamiento de este tema por cada
uno de ellos.
Desde el punto de vista de Simmel, la
aventura es una parte inalienable de la
vida que acontece en contextos específicos. Cuando la vida fluye pausadamente, los acontecimientos que forman parte
de su corriente pasan suavemente, de
tal manera que uno se termina y otro
empieza: después del trabajo, nos espera el descanso, luego llega la hora de
cenar, más tarde miramos el televisor o
salimos a caminar para acostarnos a un
tiempo habitual. La vivencia de la aventura trastorna el encadenamiento fluido
y acostumbrado de los acontecimientos;
cuando en nuestra vida irrumpe una
alteridad o una extrañeza que margina
nuestro centro existencial y lo saca de la
corriente habitual, es cuando estamos en
la aventura. Al romper con la continuidad de la corriente habitual, la vivencia
de la aventura se percibe como algo independiente del antes y del después.
Cuando más aventurera es una aventura, cuando más se aparta de los puntos
centrales de nuestra persona y de la tra-
C I E N C I A ergo sum, Vol. 9-3, noviembre 2002-febrero 2003
yectoria de la vida cotidiana es cuando
más pensamos que no la estamos viviendo, y pareciera que algún otro individuo
distinto a nosotros lo estaba vivenciando.
Ya que la aventura representa una ‘incursión’ de los acontecimientos extraños
al conjunto de nuestra vida cotidiana,
tenemos inclinación de percibirla como
un ‘oasis’ o una ‘isla’ cuyo tamaño y configuración se determinan por las fuerzas de nuestras vivencias afectivas. Este
carácter insular de la aventura lo hace
semejante con el arte.
Pues constituye, ciertamente, la
esencia de la obra del arte el hecho
de que extraiga un fragmento de
las series interminables y continuas
de la evidencia o de la vivencia, que
lo separe de toda interrelación con
lo que viene antes y lo que viene
después, y le dé una forma autosuficiente, como determinada y sustentada por un centro interior (Simmel, 1988: 13).
Como dos ‘islas’, el arte y la aventura se
contraponen al ‘continente’ de la vida
como un decurso ininterrumpido que
313
entrelaza cada elemento con su contiguo. A pesar de su carácter insular y
de toda su accidentalidad, la aventura tiene gran sentido para su portador, quien
se percibe como un conquistador ante
el horizonte de la vida preñada de muchas oportunidades que él es capaz de
aprovechar.
Si Simmel, en su análisis de la aventura, no hace la distinción entre el profesional de la aventura y el aficionado,
Jankélévitch considera que esta diferencia es fundamental para la descripción
fenomenológica de este tipo de la conducta y vivencia. Según el filósofo francés, para el aventuroso la aventura representa un estilo de vida, mientras que para
el aventurero, es un medio para el lucro; es un pretexto para ganar dinero y
nada más. Para el aventurero la aventura no es un fin en sí, tampoco es un
medio para obtener una experiencia exótica; simplemente es un ‘trabajo’ arriesgado dirigido a la extracción de ganancia. Si el aventurero dispusiera de un
medio más efectivo y más sencillo para
ganar dinero, con mucha gana rechazaría cualquier riesgo vinculado con su
aventura. Si para el aventurero la aventura es un especie de ‘negocio’ sucio que
se balancea al margen de las reglas entre lo permitido y lo prohibido –algo parecido ocurre con la especulación en el
‘mercado negro’–, para el aventuroso, la
aventura es un desafío euforizante vivido frente al riesgo, es la capacidad de
enfrentar el peligro en un contexto en
que se presentan diferentes oportunidades y donde el resultado es impredecible.
Tanto para Simmel como para Jankélévitch un rasgo distintivo de la aventura es su apertura al futuro, marcada por
los sellos del enigma y la indeterminación. El porvenir es un tiempo ambiguo
y azaroso, porque es a la vez cierto e incierto. No hay duda de que el futuro llegará y de que el día de la fiesta advendrá. Sin embargo, ¿será este día soleado
o brumoso, alegre o triste? ¿Puede suce314
Para el aventuroso la
aventura representa un
estilo de vida, mientras
que para el aventurero, es
un medio para el lucro;
es un pretexto para ganar
dinero y nada más.
der que cuando el día de la fiesta llegue,
no habrá quien podrá encontrarlo? Por
eso el futuro es un área de lo que puede
ser y, a pesar de la indeterminación,
muestra el horizonte apasionante de la
esperanza. El porvenir es un enigma de
esfinge; es nuestra temporalidad destinal
que se ve coronada por la muerte. Pero
las modalidades del porvenir cercano nos
ofrecen una gama de posibilidades cuya
realización depende, en cierto grado, de
nuestra voluntad, energía y destrezas.
Como escribe Simmel, “el aventurero
se fía en alguna medida de su propia
fuerza, pero sobre todo se fía de su suerte y, en realidad, de una combinación
extraordinariamente indiferenciada de
ambos” (ibid.: 18). Aunque reconoce que
el futuro es en parte impredecible, esto
no lo detiene, sino estimula a experimentar vivencias inusitadas, a entrar en un
espacio donde el tiempo es intenso, lleno de momentos inesperados, cuando
un minuto es más valioso y más envidiable que muchos años de beatitud tediosa. La evocación en la memoria de
estos instantes lo excitan y, al mismo
tiempo, lo hacen suspirar por la intensidad y plenitud del tiempo ido.
Todo lo desconocido, marcado por el
sello del peligro y del riesgo, constituyen
para cualquier ser humano un objeto de
doble sentimiento: lo prohibido y lo atractivo. Como si se tratara de un tabú en
que coexistiera en pugna una atracción
sacrílega al lado de una prohibición saM ALISHEV , M.
grada, así la aventura representa una
mezcla del miedo y del deseo donde el
miedo aguijonea a la atracción, mientras
que la simple positividad sin negatividad
degenera en una repetición monótona y
aburrida.
El hombre, apasionado por la apasionante inseguridad de la aventura, por la apasionante incertidumbre del porvenir, se encuentra en
la situación pasional de esos amantes frenéticos que no pueden vivir
ni juntos ni separados: juntos se
pelean, no se soportan; separados
suspiran uno por otro de nuevo en
su confusa simbiosis (Jankélévitch,
1989: 14).
Tentado por el riesgo, el aventuroso
está lleno del deseo de superar la inseguridad amenazante y comprobar su
suerte. Siendo la conducta contradictoria, la aventura engendra sentimientos
ambiguos en el mundo interno de su buscador: por una parte, se presenta como
algo inseguro, capaz de causar pérdidas
y dolores, pero por otra, está la posibilidad de vivenciarla como una forma de
tentar la suerte, como un esfuerzo dirigido a descifrar el enigma del futuro,
como una sensación de aproximarse a
lejanías desconocidas o como algo en el
que se puede saborear el placer de lo
que antes no nos atrevíamos a soñar.
En opinión de Jankélévitch, la aventura es un estilo de vida inscrito en el espacio entre lo serio y el juego; pues el juego
serio es un juego con lo serio, mientras
que un ‘juego puro’, encerrado en sí que
no tienta al jugador a algo serio es una
ocupación aburrida, a veces más fastidiosa que la seriedad más ‘seria’. Si de la
aventura excluyera el elemento lúdico o
retirara el elemento serio, entonces cesaría de ser aventura: en el primer caso se
reduciría a un divertimiento puro y en el
segundo, se convertiría en tragedia. “El
hombre aventuroso es a la vez exterior
al drama, como el actor, e interior a ese
drama, como el agente incluido en el mis-
G EORG S IMMEL , V LADIMIR J ANKÉLEVITCH :
FENOMENOLOGÍA D E ...
terio de su propio destino” (ibid.: 16). Se
encuentra dentro y fuera de la aventura,
el que está sumergido ‘dentro’, de los pies
a la cabeza arriesga su vida, está inmerso
en pleno drama; el que está fuera todavía no corre la aventura y se parece a un
espectador que sólo sueña con los acontecimientos exóticos, pero todavía no se
atreve a experimentarlos en realidad. Frecuentemente, al principio, la aventura
depende de la decisión libre de su buscador, pero en la medida en que se desenvuelve en el tiempo y en el espacio pudiera salir de su control. Al inicio, el buscador se encuentra fuera de la aventura,
pero toma la decisión y empieza, por
ejemplo, a escalar el Himalaya: ahora él
entró se ‘adentró’ a la aventura, es decir,
conscientemente se lanzó y asumió el desafío con el cual le podría acechar la
muerte, y esto es algo muy serio. Nadie
está obligado a correr el peligro, ni a escalar el Himalaya.
Está obligado a pagar los impuestos, a hacer el servicio militar y
ejercer un oficio, ya que todas esas
cosas son ‘serias’; pero no escalar
el Everest. Es decir, el principio
de la aventura es un decreto autocrático de nuestra libertad y, en
esa medida, como todo acto arbitrario y gratuito, de naturaleza un
poco estética. Pero, de pronto, el
hombre descomprometido se compromete a fondo. El aficionado,
que ha abandonado voluntariamente a su familia y desatendido
sus ocupaciones, se ve sorprendido por una tormenta de nieve en
las pendientes del Everest. Sin
duda, entonces se arrepiente de haber ido, pero es demasiado tarde
para lamentarse y volver atrás; a
partir de ese momento se juega el
todo por el todo y lucha por su
pellejo (ibid.: 17-18).
Desde este momento la aventura cesa
de ser aventura y pudiera convertirse
en tragedia.
Cuando una actividad estuvo preñada de riesgos y tuvo un buen final, se
convierte en un recuerdo placentero o,
lo que es mejor, en un tema para ser
narrado entre parientes o amigos. Desde aquel entonces, la aventura adquiere
cierta semejanza con una obra de arte.
Según Jankélévitch, “las aventuras de los
demás o las mías, en tanto que me he
convertido en otro o en una tercera persona ante mí mismo, tiene por definición un carácter estético” (ibid.: 24).
Como el arte es una ‘isla’, creada por la
imaginación y rodeada por el océano de
la realidad, así la aventura es un fragmento de la vida en cierta forma aislado en el espacio y delimitado en el tiempo del ‘continente’ del trabajo y de la
existencia habitual. A veces la anticipación propia de los viajeros, turistas o
reporteros, que ‘saborean’ de antemano
convertir sus andanzas exóticas en temas de futura narración, reportaje o
entrevista, les inspira a transformarlas
en realidad. Para que la aventura adquiriera un carácter estético, a su buscador
le es necesario tomar distancia (en el
tiempo y en el espacio) de los acontecimientos de su aventura: superar la tempestad de nieve en las pendientes del
Himalaya, regresar a su hogar, para que
en el círculo acogedor de sus amigos y
familiares pueda relatar sus aventuras
de alpinista.
Ante lo que podría amenazar su seguridad, el ‘homo ludens’ adopta la
actitud de un testigo a ratos asustado, a ratos divertido, unas veces maravillado y otras deliciosamente espantado. Y el corazón le late más
fuerte y más deprisa cuando lee la
Odisea, la narración historiada de
C I E N C I A ergo sum, Vol. 9-3, noviembre 2002-febrero 2003
Herodoto o los relatos de Julio
Verne (ibid.: 24).
Muchas formas de literatura artística
y cinematográfica, como la novela, películas de acción, westerns y hasta la poesía épica pertenecen al género en cuya
base está la aventura. La acción riesgosa,
convertida en obra de arte, deja de ser
una aventura; es una narración acabada, una novela cuyo desenlace está previsto. Sin embargo, una obra cuyo final
se pierde en una bruma de azares indeterminados contiene las huellas de la
aventura. Al sentir un escalofrío encantador de espanto ligero, con el corazón
palpitante, nos sumergimos en las peripecias de las hazañas que cometen nuestros personajes preferidos. Pero, al identificarnos con ellos, no olvidamos la distancia que nos separa de los acontecimientos peligrosos que presumiblemente
‘corren’ ellos y no nosotros, y esto nos
excita y nos otorga un placer estético
2. Aventura y muerte
A veces, como suele suceder en las comedias alegres, en las aventuras nos inmiscuimos involuntariamente y, a pesar
de todas las peripecias, culminamos con
un final feliz. Pero más frecuentemente
la aventura empieza como un paseo divertido o como un juego, cuyo desarrollo nos lleva y no sabemos cómo,
cuándo, dónde y de qué manera se terminará. “Empieza frívola, continúa seria y termina trágica” (ibid.: 18). Como
aprendiz de brujo, el aventuroso parece
conocer una fórmula que desata fuerzas mágicas, pero ignora las palabras
para frenarlas, lo cual puede provocar
consecuencias serias e imprevisibles. Al
“El hombre aventuroso es a la vez exterior al drama, como
el actor, e interior a ese drama, como el agente incluido
en el misterio de su propio destino”.
315
bién puede ser percibida como aventura. No es necesario ser
está provisto del saber de su fin irremediable
un aventuroso, sino
y, a la vez, desprovisto de los suficientes
sólo concientizar los
recursos anímicos para contraponerse a esta
peligros que nos asechan para sentir el paverdad implacable.
rentesco entre cualquier existencia y la
fin y al cabo, la muerte amenaza a cual- aventura. Por supuesto, nadie tiene duda
quier juego de la fortuna, a cualquier que algún día va a morir, pero desconoludus instalado en la aventura. Por for- ce la fecha, lo cual nos permite vivir sin
tuito y seguro que nos parezca, la aven- esa preocupación. Si supiéramos de antura podría ser llamada así cuando con- temano la hora de nuestro fin, quizá no
tiene una dosis de posible muerte, una soportaríamos todas las peripecias de
dosis pequeña, casi homeopática o ape- nuestra existencia dramática. Además, la
nas perceptible. Precisamente esta remo- vida como un conjunto de las posibilita posibilidad le otorga ese sabor sazo- dades ignotas a veces nos saca de las
nado, le convierte en una ocupación pi- garras de las desdichas, al parecer inevicante. La muerte es la mayor amenaza tables, pero, a la vez nos somete al riesentre todos los posibles peligros. El hom- go y nos sumerge en la vorágine del subre corre la aventura porque, según su frimiento y de la muerte.
En su diálogo Gorgias, Platón nos
naturaleza, es mortal y susceptible de mil
peligros potenciales que le amenazan cuenta que Zeus privó al ser humano
durante toda su vida. Precisamente la de la inmortalidad, como una forma de
vulnerabilidad de la existencia humana castigo pero luego se arrepintió y deciy la capacidad del aventuroso para su- dió suavizar el peso de su destino oculperarla constituye su premisa. Es ver- tándole la fecha de su muerte. Por una
dad que cuando aumentamos desmesu- parte, ¡qué miserable compensación!,
radamente la intensidad de nuestras vi- pero por otra, la bruma de indetermivencias afectivas, podría haber conse- nación que oculta la llegada del final
cuencias deplorables, puesto que la es- hasta a los ancianos más vetustos les da
cala del dolor o de la alegría tiene sus esperanza para construir sus planes, o
límites, y además el hombre es demasia- simplemente vivir y vivenciar con aledo endeble para aguantar el exceso de gría cada nuevo día.
A diferencia de otros seres vivos, el
sus propios sentimientos. Y sin embargo, a pesar de su fragilidad esencial y hombre está provisto del saber de su
necesidad de observar la medida, el ser fin irremediable y, a la vez, desprovisto
humano avanza peligrosamente hacia el de los suficientes recursos anímicos para
borde, pretende alcanzar en todo los contraponerse a esta verdad implacable.
extremos hasta en un sentido espacial. Nuestra conciencia nos dice: sí, la muerÉl se sumerge en las profundidades del te vendrá y quién sabe... quizá no está
océano, escala las cumbres de monta- lejos, ya que vivimos bajo el signo de la
ñas más altas, conquista el polo norte y incertidumbre, bajo el signo indescifrael polo sur, explora las cavernas más ble del enigma dramático que nos ocullaberínticas y las selvas más espesas. Y ta el destino: la fecha de llegada de nuesclaro está que la más aventurosa de toda tra muerte. ¿Cuándo llegará? Si no tula aventura es la desventura de la muer- viéramos una enfermedad letal, no pute. En este sentido, la vida como tal tam- diéramos responder a esta pregunta, así
A diferencia de otros seres vivos, el hombre
316
M ALISHEV , M.
como tampoco podemos decir ¿dónde?,
¿cómo? y ¿a causa de qué?
Para cada uno de nosotros, la propia muerte siempre está por venir,
igual que el propio nacimiento
siempre es algo ya hecho. Y así
como la muerte está en futuro
mientras vivamos, el nacimiento
pertenecerá al pasado durante toda
la vida [...]. La vida sólo está cerrada a parte ante y por el principio; a
parte post la futurición la mantiene
abierta. Por consiguiente, la vida
está entreabierta. Y también por eso
es una aventura (ibid.: 22).
La muerte llegará, en eso no hay ni
debe haber ninguna duda, pero el aplazamiento indefinido de su llegada nos
regala un sentimiento de esperanza. La tensión que experimentamos, ¿no alcanza su
pique en el umbral entre el horror ante el
no ser y el riesgo paradójico que nos permite mirar el abismo de la muerte?
Para el buscador de las aventuras, la
misma muerte se percibe como un condimento sazonador de la vida. En eso
consiste el parentesco entre la aventura
y el romanticismo inherente a la juventud. Según Simmel,
el ánimo romántico se interesa por
la vida en su inmediatez, esto es,
también en la individualidad de las
formas que reviste en cada caso,
en su aquí y su ahora; siente toda
la fuerza de la corriente de la vida,
sobre todo en la circunstancia puntual de la vivencia desgajada del
curso normal de las cosas, a la que
no obstante une un nervio con el
corazón de la vida. Todo este salirse-de-sí de la vida, este distanciamiento y oposición de los elementos penetrados por ella, sólo puede
nutrirse del exceso y la arrogancia
de la vida tal como se da en la aventura, en el romanticismo y en la juventud (Simmel, 1988: 22).
Ciertamente, los jóvenes son, por lo
general, reticentes ante lo serio, ya que
G EORG S IMMEL , V LADIMIR J ANKÉLEVITCH :
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aspiran a las delicias de lo indeterminado y de lo desconocido. Para ellos, detrás de cualquier pared rocosa cuya pendiente no pueden superar se esconden
paraísos insospechados y maravillosos.
Para los jóvenes el existir es ansiar y esperar. La intensidad de las vivencias de
los reveses de la fortuna y la agudeza de
sensaciones, les hacen más propensos a
correr la aventura, mientras que para la
vejez, con su recogimiento y su sobria
ponderación, ésta es algo ajena. Para los
viejos no es la aventura lo que conduce
al centro de la vida, sino lo serio. El anciano-buscador de aventuras es un personaje torpe o incluso ridículo como don
Quijote. Si como forma de vida la aventura no es apta para los ancianos, la juventud, en cambio, al fijar el centro de
su interés en la periferia de la vida habitual, en lo marginal y en lo excéntrico,
se ve empujada hacia una zona de ‘irrealidad veraz’, hacia ilusiones que le pueden parecer más atractivas que la gran
vida seria. Se abren así ventanas de sentido improbables e imprevistos, mundos
y enclaves insulares respecto a la realidad y al tiempo cronológico, que aluden
a otra existencia más digna de ser vivida
que la seriedad de la vida cotidiana.
3. Aventura amorosa
Aunque la aventura como una forma
de existencia pueda ser realizada en un
gran abanico de nuestra vida, no obstante, existe un contenido que preferentemente se reviste con el ropaje de la
aventura, a saber: las andanzas eróticas.
Cuando decimos que este hombre ha
tenido muchas aventuras en su vida,
sobreentendemos que se trata de aventuras amorosas. En opinión de Simmel,
la relación amorosa contiene en sí
la clara conjunción de los dos elementos que reúne también la forma de aventura: la fuerza conquistadora y la aceptación imposible de
imponer, el logro debido a las fa-
cultades propias y la dependencia
de la suerte, que permite que un
elemento imprevisible y exterior nos
agracie (Simmel, 1988: 19).
Así como en la aventura, la intriga amorosa, sobre todo en sus inicios, es un idilio sereno, una ‘isla lírica’ rodeada por el
mar de la vida cotidiana donde prevalece el prosaísmo de lo serio. Aunque el
amorío fuera breve, puede darnos una
sensación de una luz pasajera y fugaz,
arrojada en un ámbito clausurado. En este
sentido, la aventura amorosa lleva un sello de algo excéntrico y extraordinario y
se experimenta como un acontecimiento
que está fuera de los límites del tiempo y
del espacio habitual. Ya que entre la intriga erótica y el amor
auténtico no hay una
pared infranqueable,
la aventura amorosa
que empieza como
un ligero flirteo puede poner en movimiento las pasiones
ocultas capaces de
desbordar una vida
ordenada y cambiar
radicalmente la existencia de su portador.
Como en una aventura mortal, en la aventura amorosa hay un punto irreversible,
después del cual es demasiado tarde para
regresar a la vida serena y despreocupada del pasado; a partir de un momento
determinado se juega el todo por el todo
y es entonces cuando el acontecimiento
excéntrico puede convertirse en ‘céntrico’, es decir, el amorío puede pasar a ser
amor, y si no hay reciprocidad, un amor
desdichado y hasta trágico.
Quizá, opina Jankélévitch, la aventura
amorosa aún no constituye el destino de
su buscador, pero, siendo resultado de la
concurrencia de diversas circunstancias,
compone el ingrediente de lo que en francés se llama destinée. Si el destino es una
fatalidad cerrada y rígida que es muy difícil de cambiar, la destinée es una activi-
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dad libre que le otorga al hombre la posibilidad de modificar su propia suerte. La
destinée le da al aventuroso la sensación
de que su vida erótica representa una
especie de juego en donde todo es nuevo, sorprendente y, al mismo tiempo, desconocido, misterioso... El pensador francés nos muestra que la aventura amorosa, como una destinée, puede entrar en la
contradicción con la vocación seria del
hombre que constituye su destino. Hacer contrabando de armas en Abisinia y
luego morir miserablemente en un hospital en Marsella no era signo del destino de un poeta, pero así se terminó la
vida de Arthur Rimbaud. La vocación
del poeta, en que se expresa su destino
creativo, consiste en publicar sus versos, estar afligido por los fracasos o
vivenciar los instantes de alegría, es
decir, a pesar de todos los reveses de
la fortuna, ser fiel a su vena poética.
Al contrario, una actividad extraña y
disparatada, preñada de riesgo para la
vida, consistente en la venta de armas
a los reyes de Arabia, no formaba parte inalienable del destino de un poeta,
pero justamente esta aventura llevó a
la tumba a Rimbaud. Si la ocupación
de contrabando no era destino de un
poeta, sin embargo, fue su destinée. No
forma parte del destino de un pintor establecerse en la isla Tahití, casarse con
una mujer nativa y acabar muriendo en
una choza miserable en la costa del Pacífico. El destino de un pintor es pintar sus
lienzos, frecuentar las galerías, vender o
no sus cuadros. Lo que no constituía parte
del destino de Gauguin, sin duda formaba parte de su destinée. La aventura amorosa le da a su portador la sensación de
libertad para construir su vida como una
especie de juego donde todo es nuevo,
pero impredecible.
Sabemos cómo empieza la intriga,
pero apenas sabemos cómo se desarrolla y aún menos cómo acabará
[...]. Sólo Dios sabe hasta dónde puede llegar una aventura que empieza
317
como un madrigal” (Jankélévitch,
1989: 32).
Desde luego, el amor verdadero es una
vivencia mucho más seria que provoca
cambios más profundos y radicales que
los amoríos, por divertidos y extravagantes que parezcan. Tanto al amor como a
la aventura erótica le es propia la sensación de novedad y de entusiasmo, pero a
diferencia de la última, el amor, por su
esencia, es un asunto muy serio.
Según Jankélévitch, existe cierta diferencia en el estilo de la aventura erótica
experimentada por hombres o por mujeres. En el hombre los amoríos no implican consecuencias fisiológicas, vinculadas
con la maternidad, como tampoco pueden implicar serias secuelas morales,
como en el caso de la mujer. Para la mujer
la aventura amorosa no es sólo una empresa arriesgada, sino incumbe al ser femenino en su totalidad. “El niño que es
el futuro del amor, sella el compromiso
total de la existencia femenina con la
empresa amorosa” (ibid.: 33). Más que
de ninguno otro, al flirteo femenino se le
aplica el lema: “empieza frívola, continúa seria y acaba trágica”. En el ser masculino la aventura erótica tiende más a la
configuración insular. “El hombre que no
ha tenido en su vida más que una sola
aventura es aquel cuya amante se ha convertido en su mujer; la isla feliz se ha
unido a uno de los continentes más serios” (ibid.: 33). Para que la aventura tuviera un carácter verdaderamente aventurero tiene que ser plural; un ejemplo
clásico, en este aspecto, son las aventuras
de Don Juan y Casanova, conquistadores de los corazones femeninos.
El plural poligámico de las aventuras amorosas impide el arraigamiento trágico del amor en el centro de la existencia, se opone a la
totalización destinal de los amoríos;
mantiene, en suma, el carácter frívolo de cada aventura (ibid.: 34).
Según el filósofo francés, otra distinción entre la ‘aventura viril’ y la ‘aventu318
La aventura, por algún tiempo
iguala los superiores con
los inferiores, da a una pastora
la esperanza de casarse
tura anima la realidad con una ebullición
de pasiones y tentaciones, otorga a las
empresas serias un carácter picaresco e
introduce en una existencia ordenada un
desbarajuste encantador.
Conclusiones
con un príncipe, y a un
pobre funcionario
conquistar el corazón de
una aristócrata orgullosa.
ra hembra’ consiste en que cada género
tiene actitudes diferentes con relación al
futuro. Si la mujer suele esperar la aventura, el hombre suele correr a la aventura. El modo de experimentar el futuro,
que en mayor grado le es propio a la
mujer, Jankélévitch lo llama la inminencia;
en éste lo dominante es la curiosidad o la
angustia que implican una expectativa
apasionada. Al contrario, la urgencia es
preponderantemente una cualidad masculina, la cual presupone una acción tendiente a acelerar el futuro y afrontar el
peligro. “La urgencia [...] se opone a la
inminencia como el frenesí del deseo se
opone al vértigo del anhelo” (ibid.: 35).
Cuando la aventura se termina con la
boda, la sensación de tener un abanico
de amplias posibilidades se atasca en ‘arenas movedizas’ del matrimonio, que pone
fin a la aventura: un arroyo de vida frívola desembocó en un río de la vida seria. La aventura, en general, y la aventura amorosa, en particular, nos hace pensar que las jerarquías y las barreras sociales, aunque existan, no son insuperables;
la aventura, por algún tiempo iguala los
superiores con los inferiores, da a una
pastora la esperanza de casarse con un
príncipe, y a un pobre funcionario conquistar el corazón de una aristócrata orgullosa. Las aventuras hacen emerger
múltiples posibilidades que han estado
ocultas en una beatitud tediosa en la vida
de su buscador para probar sus fuerzas
y agarrar el instante de felicidad. La avenM ALISHEV , M.
Si hubiera alguien que nunca en su vida
ha corrido la aventura, puede ser testigo
de las ‘aventuras apasionadas y dramáticas’ que le ofrece la industria de los espectáculos: teatro, cine y televisión. A decir
verdad, estas aventuras, siendo fruto de
fantasías refinadas, reproducidas por las
‘maravillas’ de la técnica contemporánea
de la organización de las representaciones, en realidad no tiene mucha diferencia de skiagrafía propia de los prisioneros
de la caverna de Platón, quienes en la
penumbra de su cautiverio observan el
juego de sombras, pensando que son
acontecimientos reales. Quizás las aventuras que corremos en la vida no son tan
pintorescas y refinadas como las fantasías televisivas, pero, en cambio, representan acontecimientos reales que nos suceden y no son juego de sombras pintadas que sólo imitan la vida real.
La aventura y la vida seria son dos tipos de acontecimientos que se experimentan en las vivencias de los seres humanos. La vida misma aparece como aventura cuando el hombre se reconcilia con la
sucesión de los días y las noches, cuando
da gracias a la luz nueva de la aurora, se
alegra del advenimiento de algo diferente y es entonces cuando podría encontrar la aventura en su vida habitual.
Bibliografía
Simmel, G. (1988). Sobre la aventura. Península,
Barcelona.
Jankélévitch, V. (1989). La aventura, el aburrimiento, lo
serio. Taurus, Madrid.
G EORG S IMMEL , V LADIMIR J ANKÉLEVITCH :
FENOMENOLOGÍA D E ...
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