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Muero y Vuelvo - WordPress.com
RAFAEL GUERRERO
e
MUERO Y VUELVO
Círculo rojo – Novela
www.editorialcirculorojo.com
Primera edición: abril 2013
© Derechos de edición reservados.
Editorial Círculo Rojo.
www.editorialcirculorojo.com
[email protected]
Colección Novela
© Rafael Guerrero
© Del Prólogo Paco Camarasa
Edición: Editorial Círculo Rojo.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Fotografía de cubierta: © Iván Casuso Vázquez
Cubiertas y diseño de portada: © Luis Muñoz García.
Impresión: PUBLIDISA.
ISBN: 978-84-9030-802-8
DEPÓSITO LEGAL: AL 128-2013
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser
reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna y por ningún medio,
ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en internet o de
fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor. Diríjase a CEDRO (Centro
Español de Derechos Reprográficos -www.cedro.org-) si necesita fotocopiar
o escanear algún fragmento de esta obra. Todos los derechos reservados. Editorial Círculo Rojo no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del
autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene
en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor
haga valoraciones personales y subjetivas.
IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA
A mis padres, nunca preguntaron dónde me encontraba
Pero notaba el sufrimiento en sus palabras.
Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el
mundo se debe a que los ignorantes están completamente
seguros y los inteligentes llenos de dudas
Bertrand Arthur W Russell
¿Qué es la vida? Un campo minado
¿Y el fingimiento? La condición necesaria para nuestra
ascensión
¿Y qué es el amor? El más bello de los engaños
“El arte de no decir la verdad”
Adam Soboczynski
PRÓLOGO
Lo adictos al género negrocriminal sabemos cuándo se puso la primera piedra para este magnífico edificio que muchos autores, lectores, libreros y editores, han ido construyendo. Edificio al que Muero
y Vuelvo, la última novela de Rafael Guerrero se incorpora.
Los crímenes de la calle Morgue, publicados en Abril de 1841
fue el inicio de una larga amistad. Edgar Allan Poe no sabía la que
estaba liando cuando comenzó a utilizar la deducción para conocer
aquello que aparentemente no está claro, está más bien oscuro.
Y no sólo nos aportaba una nueva forma de narrar, una nueva
forma de enfrentarse a lo desconocido, sino que nos regalaba a Auguste Dupin, el primer detective de la historia.
Porque durante mucho tiempo la novela que nos gusta fue denominada novela detectivesca porque detectives eran sus protagonistas. La policía ya existía, ya se habían creado a principios del siglo
XIX la Sûretè en Francia y Scotland Yard en Londres, pero los detectives eran intelectualmente superiores. Más preparados, más exactos a la hora de aplicar la ciencia de la deducción.
¿Cómo superar al genial Sherlock Holmes?
¿Qué policía puede mínimamente comparar su burdo razonamiento a las pesquisas del personaje literario más famoso y citado
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MUERO Y VUELVO
de la historia de la literatura?. San Sherlock Holmes le llama Rafael
Guerrero, en esta novela.
Holmes, Poirot, Lord Peter Wimsey, Miss Marple, Roger Sheringham, y tantos otros detectives ocuparon los ratos de ocio y entretenimiento de generaciones de lectores. Detectives aficionados,
agudos y brillantes, protagonizando la época dorada de la novela
enigma inglesa.
Si cruzamos el Atlántico, y dejamos los “cottage” y los salones
de té, para salir a la calle, para pisar el fango, y entrar en los tugurios
donde se bebe clandestinidad y se respira corrupción policial y judicial, seguiremos necesitando a un detective como guía, como compañero.
La ley seca, la organización empresarial de la producción industrial, pero también de la corrupción y el crimen. Frente a las instituciones dominadas y controladas por los poderosos, el detective
privado se convierte en el único aliado posible de las víctimas, en el
instrumento necesario, aunque a veces no suficiente, para conocer
la verdad. Ya que la ley está en manos de los de siempre, al menos
que un detective nos ayude a hacer justicia.
Detectives. Algunos sin nombre, sólo sabemos que es el agente
de la Continental, otros que se quedarán con nosotros, en nuestra
memoria de los buenos momentos de lectura, en la nostalgia del descubrimiento que frente a los que proponían la simple resolución del
enigma, había otros que nos decían que siempre el culpable, el verdadero culpable, no es el que dispara, sino el que ordena disparar.
En España, durante la larga noche del franquismo, no podía
haber policías protagonizando novelas donde se buscara la verdad
y la justicia. No hubieran sido creíbles ni verosímiles. Frente a una
policía, la franquista que, frente al método deductivo o inductivo,
sólo practicaba el método hostiativo o torturativo, sólo cabía el detective como protagonista, para podernos identificar los lectores.
De hecho el único policía creíble que vio la luz en la época franquista fue Plinio, el Policía Local de Tomelloso, creado por Francisco
García Pavón.
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RAFAEL GUERRERO
Hubo que esperas a Pepe Carvalho para iniciar una potente saga
de novelas que nos explicaran no sólo el crimen sino que denunciara
a los auténticos criminales. Pepe Carvalho, un detective. Uno de los
nuestros.
Tanto en España, como en otros lugares de la geografía, las cosas
afortunadamente han cambiado. La policía, con algunas lamentables
excepciones, ya no es lo que era. En la realidad, y por lo tanto también en la ficción.
A esa ficción, poco a poco, han ido incorporándose matices, puntos de vista diferentes, nuevas formas de narrar la persecución de
un delito, de un crimen. Porque en las novelas negrocriminales siempre hablamos de delitos, de crímenes y de investigaciones.
Pero sabemos poco de cómo investigan los otros investigadores,
no los agentes públicos, sino los detectives privados. Una profesión
poco conocida en su realidad cotidiana.
Desde la época en que Eugenio Vélez-Troya decidió crear la primera agencia de detectives, no de Botsuana, sino de España, se ha
escrito poco sobre el trabajo de los detectives. Ellos, los que han
ejercido y ejercen la profesión, han escrito poco.
Afortunadamente, para los lectores de novela negra, o para los
simples lectores curiosos e inquietos, libros como Muero y Vuelvo,
la segunda novela de Rafael Guerrero, contribuyen a llenar esas carencias. Porque Muero y Vuelvo está protagonizado por un detective
que es a la vez autor y personaje. Lo que le obliga a narrar en primera
persona que es siempre un ejercicio arriesgado en lo literario.
El autor sabe cómo terminará todo pero su personaje no lo
puede saber. Y nosotros sus lectores iremos averiguando a su ritmo,
al mismo tiempo que él. Por eso Muero y vuelvo se constituye en
una novela insólita y poco habitual en el panorama de la novela negra
española.
Los lectores de género somos algo especiales. Queremos que nos
cuenten historias, diferentes pero no mucho, a las que ya hemos
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MUERO Y VUELVO
leído. En Muero y vuelvo encontramos viajes, música, Hoteles, pero
también un retrato poco habitual de Madrid, tragos, sexo, empresarias, ex policías, una mirada próxima de la Barcelona actual, mucho
de trabajo cotidiano, y como corresponde a una novela negrocriminal un final sorprendente donde apenas unas horas marcan “lo que
pudo haber sido y no fue” que diría Antonio Machín.
No sabemos lo que pudo haber sido, pero sí sabemos lo que
Muero y vuelvo es. No pretendan que les va a cambiar la existencia,
que les va a obligar a hacer un sondeo introspectivo en sus humores
y amores, que les va a producir desazones e insomnios (En todo
caso por las ganas de “leer un poco más” antes de apagar la luz).
Muero y vuelvo es una buena historia protagonizada por un detective, escrita por un detective, que sabe de lo que escribe. Una novela
que le proporcionará a usted un agradable y entretenido rato de lectura. Lo que no es poco para los tiempos oscuros y sombríos que
nos invaden.
Si ha llegado hasta aquí, siga mi consejo: Busque una buena copa,
una buena música, un buen lugar y póngase a disfrutar, es decir a
leer.
Paco Camarasa
Librero.
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CAPÍTULO 1
SABOR
A LEJÍA
I
r a la cárcel sobrecoge y acojona, mucho, en cualquier circunstancia, sean treinta minutos o treinta años y un día los que pases
en ella. A pesar del espíritu rehabilitador que sustenta sus cimientos
morales y de la pensión completa que ofrece a sus inquilinos, incluso
la muerte promete mejores perspectivas de futuro. Y su sabor –sí,
su sabor, no el olor-, esa mezcla de lejía desinfectante y tabaco y pobreza, quizá sea la pena más jodida de soportar una vez dentro.
No es habitual tener una entrevista con un cliente en la cárcel de
Soto del Real, ni en ninguna otra, mi labor como detective privado
se centra en los que todavía están fuera y no tanto en los que ya han
sido enchironados gracias a lo que alguien como yo pudiera descubrir, o mejor dicho, a lo que ellos pretendían ocultar.
En este caso concreto, dicho cliente cumplía una condena en
firme de quince años por homicidio, a quién mató no es relevante,
y fue su abogado, uno de nuestros mejores clientes, el que nos recomendó. De ahí que no fuera conveniente negarse a colaborar y
perder dos pájaros sin pegar un solo tiro, siempre y cuando, claro
está, la investigación solicitada fuese legítima y legal (no siempre
estos dos términos van de la mano, y de un presidario homicida te
puedes esperar cualquier cosa; de cualquiera se puede esperar lo
peor). Ésta, en principio, lo era.
Es más, salvando la parafernalia de la puesta en escena original,
el inminente cara a cara en una sala de comunicación penitenciaria,
se trataba de un encargo bastante rutinario, de esos que sólo acep15
MUERO Y VUELVO
tamos cuando no hay más remedio, cuando nobleza obliga: el encarcelado quería saber si su mujer se la pegaba con el que fuera su socio
antes de acabar en la trena. La obsesión por controlar todo de algunos no entiende de celdas.
El letrado, e intermediario, se había encargado de los trámites administrativos para que yo pudiera entrevistarme un martes a las
nueve de la mañana con un hombre de unos cincuenta y siete años,
calvo, gordo, de profundas ojeras y “toscos modales” (me advirtió). El
estereotipo de empresario chusco que ha hecho fortuna tan rápido
como ha perdido sus principios éticos, si alguna vez los tuvo. Aunque también podría ser una bellísima persona.
Una vez identificado y atravesadas las barreras de seguridad,
siempre acompañado por un diligente y silencioso funcionario, me
introducen en una habitación desangelada excepto por la tenue luz
que filtra una ventana protegida con barrotes para que nadie, incluido yo, pueda escapar. Tampoco ese sabor tan especial marca de
la casa. El individuo me espera sentado, con su portentosa barriga
ejerciendo presión sobre la mesa que nos separa y frotándose las
manos con una crema inexistente como si de verdad le preocupara
mantener la suavidad de éstas durante los próximos quince años.
Me siento frente a él y me dispongo a escuchar. Es lo que hago
normalmente, las primeras palabras con las que se rompe el hielo
suelen ser definitorias: las entrelíneas dicen mucho más que las líneas. Tampoco pierdo de vista su lenguaje corporal, su fláccida impostura recorrida por sudores fríos. Todo cuenta para hacerse una
idea de a quién te mides y de si te pagarán lo convenido. El dinero
no parecía un problema cuando el abogado me habló de este asunto.
El cabreo existencial del cliente, sí.
- Ya no me fío de nadie ahí fuera, ni siquiera de usted- me suelta
a quemarropa, sin que medie presentación. - Pero sé que si me la
juega le podré encontrar cada día al entrar en su oficina- sentencia
con el ánimo de tatuarme en el cerebro su modus operandi. Lo dicho,
un bravucón que se revuelve y araña como gato panza arriba.
- Yo también podré encontrarle aquí todos los días los próximos
quince años- marco mi territorio con toda la educación que me es
posible rescatar después de oír su innecesaria amenaza.
Y surte efecto. El hombre se relaja y hasta esboza una leve mueca,
algo parecido a una sonrisa cómplice que me coloca a su altura, la
de un tipo duro como él, uno de los suyos. Pero fuera del trullo.
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RAFAEL GUERRERO
- Quiero que siga a mi esposa. Creo que me la está pegando con
mi ex socio, un capullo de campeonato del que deberá cuidarse, tiene
mucho dinero y ningún escrúpulo. Se maneja como nadie en los peores tugurios de este mundo. Sé bien de lo que hablo.
- Si trabajó con él, apuesto a que sí.
- No se pase de listo, señor Guerrero. En los negocios, los contactos en el infierno valen oro. Pero la mujer de uno es sagrada. No
se toca, y menos si su marido está en la puta cárcel y para cuando
salga de ella será un vejestorio que ni con sobredosis de viagra….
Asiento con la cabeza dando por hecho que me hago cargo pero
también para cortar ese hilo de la conversación, su vida sexual dentro de cinco lustros me interesa bien poco. Casi tan poco como la
de su cercado presente.
- Mi abogado ya le habrá dado los detalles y la documentación
que necesita: fotos, direcciones, teléfonos... investigue y tráigame
pruebas. Quiero pillarlos, divorciarme sin pagarle un euro a esa golfa
y darle una lección. Por ese orden.
- ¿No preferiría que no hubiera nada entre ellos?
- No me joda, detective. Deme lo que quiero y lo que necesito. Y
yo le pagaré lo que me pida.
Me callo una obviedad. Le daré lo que haya, ni más ni menos. Y
me pagará igualmente, tanto si le pesan los cuernos como si no.
- No se preocupe, documentaremos y plasmaremos en un informe todo lo que veamos.
- No me preocupo, me ocupo- dice volviendo al tópico papel de
hombre rudo hecho a sí mismo que lava, o quema, los trapos sucios
esté donde esté. Pobre tipo. No es mi trabajo juzgar a nadie, y menos
a uno que ya lo ha sido por los tribunales, sin embargo, su actitud
me produce un sentimiento que oscila entre la risa y la lástima, toda
la lástima que se puede sentir por un homicida convicto.
Me levanto de la silla y le ofrezco mi mano para sellar el acuerdo
comercial y a modo de despedida. Antes de empezar ya tengo la certeza de que su mujer, efectivamente, le es infiel. La aprieta con fuerza
y desgana al mismo tiempo. Está suave. Nunca lo reconocerá, pero
entrevistarse conmigo esta mañana le ha arreglado el día, porque a
partir de este momento, sólo le queda impregnarse de ese sabor carcelario hasta que venga otra visita y le traiga algo de aire fresco. Aire
de afuera.
Desando el camino hacia la salida acompañado de nuevo por un
funcionario aunque distinto al primero que me recibió. Firmo en el
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MUERO Y VUELVO
registro y echo cuentas de los minutos que he pasado aquí dentro:
veinte. Más que suficientes. Mi ropa apesta.
Recuerdo ahora este pasaje carcelario en un presente continuo,
de forma vívida y reciente, aunque en realidad ocurrió hace ya unas
semanas y desde entonces se han sucedido bastantes acontecimientos, la mayoría inesperados, que no se comprenderían sin este caso
y sin lo mucho que me dejé en él. Recién llegado de Brasil, y mientras
apuntalo este relato, me doy cuenta de que la resolución de aquella
investigación marcó la forma de afrontar la siguiente, y de alguna
manera, la forma de afrontarme a mí mismo. Ahí es nada.
Al salir de la cárcel de Soto del Real, volví a mi oficina en la zona
norte de Madrid con la ventanilla bajada completamente para que
el perfume presidiario se disipase lo antes posible. La autovía de Colmenar M-609 apenas estaba transitada en dirección a la ciudad y el
aire serrano de la zona consiguió atenuar esa fragancia maldita. En
apenas veinte minutos, los mismos que había estado encerrado, llegué hasta mi despacho y organicé una reunión con los colaboradores
que participarían en este indeseado encargo.
La documentación aportada por el cliente y su abogado era más
que suficiente para poner en marcha el dispositivo necesario, y por
otro lado, éste lo teníamos más que interiorizado de otros casos similares anteriores, las infidelidades, o sus hábitos, son prácticamente
iguales independientemente de quienes las perpetren. Repartí los
turnos procurando conciliar los horarios con las obligaciones de los
compañeros con hijos, perros y gatos, señalamos las ubicaciones
clave a vigilar, creamos las coberturas falsas imprescindibles para
guardarnos las espaldas, revisamos los equipos audiovisuales y nos
pusimos en marcha. Preveía que pronto obtendríamos resultados y
que el presidiario se alegraría de haber sido doblemente traicionado.
Sin embargo, durante el exhaustivo seguimiento por Madrid y alrededores no encontramos indicios determinantes de una relación
sentimental o sexual entre la esposa y el ex socio del cliente. Bien
por precaución, por sentido común o por puro azar, todo lo que
vimos, grabamos y fotografiamos no servía para dar fe de una infidelidad manifiesta: ni besos, ni abrazos, ni noches de hotel o escapadas a un piso franco, un picadero.
Él la acompañaba algunas veces en su coche hasta la cárcel, esperaba en un bar a que ella tuviera sus vis a vis con el marido y luego
se iban a comer a una marisquería de lujo, pero se cuidaban muy
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RAFAEL GUERRERO
mucho de mostrar su cariño en público, y salvo que sus casas se comunicaran por túneles subterráneos secretos, aquello se asemejaba
más a una buena amistad o incluso a una muestra fraternal de apoyo
para con la esposa del socio encarcelado.
Trasladé esta información al abogado de mi cliente y le expuse
sin reservas que continuar con esta investigación le supondría un
gasto considerable sin que hubiera garantías de éxito, al menos del
tipo de éxito que se aguardaba desde la cárcel. “O acepta que no hay
nada entre ellos o se deja su fortuna en pagarme los honorarios”, le expliqué
al intermediario.
El abogado quedó en consultar con nuestro mutuo cliente, y en
esas estábamos, a la espera de liquidar o no el caso, cuando descubrimos que la mujer había sacado un billete de avión a Túnez para
ese mismo fin de semana. Al pagarlo, inocentemente, con la tarjeta
de crédito de la cuenta común matrimonial, pudimos tener acceso a
los movimientos de la misma. Y puesto que no había hecho una reserva de alojamiento supuse que de eso se encargaría su acompañante o su anfitrión. Es posible que éste no fuera la misma persona
que el ex socio de marras, o que la mujer sólo viajara para profundizar en la cultura árabe o visitar las ruinas romanas de Dougga en
la antigua Cartago. Fuera como fuere, se abría una nueva vía que podría darnos los resultados esperados, u otros.
Conociendo el número de vuelo y la hora de llegada de la investigada a su destino, la idea era adelantarme y esperarla en el mismo
aeropuerto para someterla a una discreta vigilancia con el apoyo de
algún colaborador local. Solicité la aprobación del sobrecoste que
esto suponía y el abogado me la dio por su propia cuenta y riesgo,
“siempre y cuando sólo se desplace usted”, fue su condición presupuestaria,
a sabiendas de que nuestro cliente se estaba impacientando y de que
más valía un gasto extra que dejar pasar una oportunidad como esta
de dar la razón a quien pagaba por tenerla.
Tomé un vuelo directo de Alitalia y aterricé en el aeropuerto internacional de Túnez-Cartago apenas cinco horas antes de que lo
hiciera la esposa, con el tiempo justo para diseñar un plan urgente
de seguimiento (es decir, alquilar un coche y poco más) y sin haber
cerrado el soporte logístico local sencillamente porque nadie en ese
país estaba disponible.
Con los tunecinos todavía inmersos en la llamada ‘revolución de
los jazmines’ o ‘intifada de Sidi Bouzid’ iniciada el 17 de diciembre
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MUERO Y VUELVO
de 2010 - que provocó la huída del poder de Ben Alí, un dictador
que había sometido y expoliado a su pueblo sin miramientos durante
23 años-, y en el posterior periodo de transición hacia una democracia de corte occidental, era imposible encontrar allí a un detective
libre.
Las agencias de información, contra-información y de seguridad
locales, y sobre todo las extranjeras (digan lo que digan, los que mandan en este mundo no van a dejar que los mandados hagan las cambios sin como mínimo vigilarlos y tutelarlos en secreto) tenían
copados al personal autóctono. Me tocaba pues hacerlo todo solo.
No voy a recrearme en los detalles del rastreo y sí en los resultados del mismo: efectivamente, la esposa y el ex socio de mi cliente
estaban liados. Y muy liados. Conseguí las pruebas necesarias en un
complejo turístico de la costa este, en el AlKantara Thalassa Djerba
Hotel, exactamente el mismo lugar en que sus guardaespaldas, de la
policía secreta tunecina, por cierto, en flagrante pluriempleo, me descubrieron. Sí, me descubrieron, situación poco frecuente pero que
a todo Detective le ocurre y algo lógico y predecible cuando trabajas
solo y en precario, o sea, yo contra mis circunstancias y contra un
capo con contactos en el infierno. No hubo culpa o error, sino fatalidad.
Me amenazaron con meterme en prisión quince años –qué casualidad- por espionaje, con decenas de espías de verdad campando
a sus anchas por el país, y delito de lesa patria si no abandonaba éste
en 24 horas y les entregaba todo el material gráfico obtenido tras
horas y horas de espera sin apenas haber dormido ni comido.
Ante esas sugerentes condiciones y por razones de discreción
evité avisar a la Embajada y no tuve más remedio que ser obediente.
Afortunadamente me había dado tiempo a enviar por correo electrónico las grabaciones hechas con cámara oculta. Misión abortada
y mi pellejo cerca de estarlo también. Pero algo se había salvado, el
cliente, podría ver las imágenes de la traición por las que me estaba
jugando la vida.
En la aduana del aeropuerto tunecino me registraron de arriba
abajo, alertados como estaban por sus compañeros de la secreta. Se
quedaron con las cámaras de fotografía y vídeo, el visado o peaje
para dejarme salir, ya vacías de contenido puesto que tanto las cintas
como las tarjetas de memoria estaban en poder del ex socio, que
desde su habitación de un hotel cinco estrellas se trajinaba a la esposa del manos suaves. Preciosa historia de amor.
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