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DONDE MUEREN LOS PAJAROS

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DONDE MUEREN LOS PAJAROS
“DONDE MUEREN LOS PÁJAROS”
POLO GODOY ROJO
(SELECCIÓN DE CUENTOS Y RELATOS)
- AÑO 1994 –
INDICE
BELZOR RÍOS ................................................................................. 1
DESPUÉS DEL MALÓN ................................................................... 7
EL GALLERO .................................................................................. 11
AMOR DE MONTONERO ............................................................... 18
JUSTO GÓMEZ, BAQUEANO........................................................ 25
MEMORIAS DEL GUITARRERO.................................................... 32
LA TRAMOYA ................................................................................. 37
LA MUERTE LLEGA POR LA ESPALDA...................................... 40
NOMBRAR LA TIERRA.................................................................. 45
ANGELES........................................................................................ 49
LA RUBIA ........................................................................................ 54
WOLFRAM ...................................................................................... 63
HOMBRE ENTRETENIDO .............................................................. 67
AMORES Y NO MATUASTOS ....................................................... 70
DONDE MUEREN LOS PAJAROS ................................................ 76
SOLITA ............................................................................................ 83
SENDERO ABAJO.......................................................................... 88
BELZOR RÍOS
Las débiles brasas de lo que fuese crepitante fogón, iluminaban el interior del
alejado toldo. Belzor Ríos, tendido sobre su poncho pampa, las miraba
apagarse mientras la luna, en cuarto menguante, se acercaba al poniente. Un
airecillo helado silbaba por las hendiduras de cuero y en su volar errante
cargaba en sus alas el apagado rumor del festín indígena que crecía
tumultuosamente en la toldería lejana.
El hombre, con intervalos cada vez más cortos, daba chupadas al grueso
cigarro; a la luz de las brasas se distinguía su rostro de rasgos finos y
regulares, como tallado en la dureza del quebracho.
Durante los diez años que llevaba en la toldería, jamás se había sentido tan
nervioso. Tres veces se había levantado para cerciorarse de que los caballos
estaban donde él los dejara. Otras tantas veces había observado la
descansada marcha de la luna y, con oído atento, esperaba decreciera el
rumor del tamborileo ininterrumpido, de los gritos desaforados y del canto, que
más parecía ya un rugido sordo, amenazante.
En los últimos días Belzor Ríos se encontraba desconocido; él, el hombre sin
entrañas, el gaucho malo que no se achicaba a nadie en el entrevero que se
ofreciera, este hombre de alta talla y firme musculatura, que se había ganado el
respeto de los indios por la bravura y seguro conocimiento que tenía de la dura
vida del desierto y para quien el corazón no existía, lo había sentido renacer de
pronto a la sola presencia de una niña cautiva.
Alrededor de doce años tendría ella, cuando tras un malón, Belzor la divisó
amarrada a un grueso horcón en el interior de un toldo; y fue esa noche cuando
el hombre toro, el hombre que no se había doblado jamás ni al planazo más
bien pegado, sintió aflojársele las piernas y sus labios repitieron en silencio
una palabra que pensaba haber olvidado ya para siempre: - ¡M’hija!
Desde aquel momento tuvo especial cuidado en disimular sus sentimientos.
No, no podía haberse equivocado. En todo era igual aquella niña a su hija.
Además los salvajes habían andado maloqueando justamente por la zona de
Renca cuando apareció en el toldo. Tenía que ser ella; no podía equivocarse.
Por eso todo el pasado al que ya creía haber arrancado para siempre de su
vida regresaba de instante en instante, con su carga de ternuras, dudas y
sinsabores.
Hasta que una noche, arrastrado por su ansiedad, en un descuido del centinela
se coló por debajo de los cueros del toldo. Entró gateando, buscándole
sediento el rostro con los ojos.
- No si’asuste; soy cristiano. – Apenas alcanzó a decir en susurrada voz,
cuando el grito de pavor de la niña lo ahuyentó de inmediato. Y quedó a
esperar y desesperarse. La duda, esa gran duda que lo asaltaba, no le daba ni
un momento de paz. Porque si la cautiva era su hija, tenía que salvarla cuanto
antes, tal vez escaparse juntos de ese lugar.
A la quinta noche, aprovechando de nuevo un final borrascoso de festín en la
que todos caían liquidados por el alcohol, pudo llegar hasta ella sin que nadie
advirtiera su presencia. Tal vez más resignada a entregar su destino a la más
débil esperanza, la niña le permitió aproximarse sin gritar.
Belzor contempló anhelante a la luz de la luna, como un enamorado, el rostro
de la niña, que se encogió temblando como un animalito cautivo. – No tenga
miedo; soy cristiano amigo... quiero salvarla. – Solamente un sollozo hondo,
como arrancando de un pecho que se parte, le respondió.
- No llore... atienda. Yo la voy a sacar di’aquí – continuó diciendo en voz baja –
Eso sí, tenemos qu’esperar el momento, ¿sabe? – Caía la luna frondosa de luz
y el río del silencio, en los instantes en que cesaba el largo ulular, pasaba
arrastrando sollozos.
Belzor no se cansaba de mirarla, en tanto esperaba una señal amistosa de ella,
algo que le indicara que creía en él y en el ofrecimiento que le hacía. Pero la
niña continuaba muda, con la mirada baja, tiritando, envuelta en las hilachas de
su vestido.
Estaba visto que desconfiaba de él; de él que estaba dispuesto a todo para
ofrecerle la libertad.
Cuando para cerciorarse de que nadie se acercaba, dio unos pasos largos
hacia la rústica puerta, inesperadamente la voz enronquecida de ella lo
contuvo.
- ¡Don...! – Belzor giró rápidamente.
- ¡Diga, m’hija!
- ¿Es cierto lo que me dijo? – se quedó mirándola sin responderle.
- Eso de que me sacaría – siguió diciendo en tanto fijaba en él sus grandes
ojos suplicantes.
- ¿M’está por creer lo que le dije?
- Sí... – Belzor dio unos pasos respirando aliviado.
- ¡Así me gusta! Ya veo que podemos ser güenos amigos. – Levemente asintió
con la cabeza la niña, sin sacarle los ojos de encima. Y las frases volvieron a
quedar como encajadas en el silencio. Podía oírse latir el corazón de la cautiva.
- Entonces... ¿me sacará di’aquí? – preguntó ansiosa con débil voz levantando
ligeramente la cabeza y dejando ver los ojos llenos de lágrimas.
- ¡Cómo que me llamo Belzor Ríos! - dijo con firmeza.
- ¡Belzor Ríos! – Al repetir ella en nombre en voz baja, patentizaba asombro.
Luego, demudado el rostro, pareció encogerse como una hoja que se
achicharra y sus labios pronunciaron unas palabras apenas susurradas, como
si le quemaran la boca. El odio brillaba en sus ojos.
- ¡Qué le pasa! Mire, ahura que somos amigos, quiero que me diga si usté
nu’es del lau de Renca – preguntó acercándosele.
Como mordida por una víbora y ahogando el grito, respondió airada, dando
vuelta la cara: - ¡No soy de Renca! ¡No! – agregó con rabia y resentimiento y
sollozó de nuevo.
- Güeno... – expresó el hombre desorientado – Había creído... Jué por saber
nomás... ¡Le juro que ni un cabello le voy a tocar! – Y de inmediato, ansioso por
arrancarse de una vez la preocupación que lo mortificaba, añadió: - Eso sí...
pa’esa noche que venga a sacarla, me gustaría saber cómo se llama usté. –
Pareció poner el alma en las palabras.
Tras una ligera vacilación, le respondió segura, mirándolo a los ojos,
desafiante: - Carmen... Carmen Olmos.
- Carmen Olmos... – repitió incrédulo, desanimado. Quedaba en claro que esa
niña no era su hija como había llegado a imaginar. Y luego, sin agregar
palabra, se alejó como atontado.
Esa noche se desveló dando vueltas y vueltas a sus ideas. Y al amanecer la
decisión estaba tomada; por el recuerdo que le había traído esa criatura, por
ese relámpago de felicidad que había hecho estremecer sus dormidas fibras de
hombre, se propuso ayudarla a escapar, aunque se jugara la vida en ello.
A la semana creyó llegado el momento de cumplir con su palabra. Y cercana ya
la medianoche, saltó en su pangaré enseñándole el camino al zaino que
montaba la niña. Sin embargo, no habían avanzado mucho, cuando su oído le
anunció a lo lejos la presencia de una partida indígena. Todos sus planes se
venían abajo y hasta su misma cabeza peligraba en caso de ser descubiertos.
Sin embargo, conocedor de las sendas más escondidas y de los secretos
refugios que ofrecía la zona, optó por dejarla oculta en el más seguro escondite
a la espera de mejor oportunidad. Habían alcanzado a llegar a la “Laguna del
Toro” a dos leguas de la toldería y ahí quedó ella en un chocil disimulado en el
tupido espartillal. No había otra salvación. Luego de entregarle los chifles y la
ración de comida que llevaba y hacerle todas las recomendaciones para que
nada intentara hasta que él estuviera de regreso, se alejó rápidamente. Porque
estaba seguro que al descubrir la fuga de la niña, los indígenas la rastrearían
con saña.
Al llegar de vuelta encontró la toldería convertida en un panal al que han
amenazado. No la dejarían escapar así como así a la cautiva, cuya huída
habían descubierto ya. Y disimulando sus sentimientos, tomó partido al lado de
ellos, explicó cómo pudo haber escapado y hasta sugirió la mejor manera para
salir en su persecución. Justamente consiguió comandar la patrulla volante que
rastrearía la zona de la laguna y más de una vez tuvo que contener la fiereza
de los indios que porfiaban por prender fuego a sus enmarañadas riberas.
- No si’apuren – les decía – Ya la encontraremos o solita volverá di’hambre.
Eternos, se le hicieron los días hasta que se calmaron un poco y, a escondidas,
pudo escapar de nuevo a la laguna. Esa noche, a la luz de un débil fuego, se
complació en hacer revivir sus sufrimientos deteniéndose largamente en la
contemplación de los hermosos rasgos del rostro de la niña que tanto le hacía
recordar a su hija. Pero, por más que le hablaba, por más que intentaba ganar
su confianza, solamente conseguía que ella le mostrara un rechazo cada vez
más franco.
- ¿Todavía no cree, m’hija, que voy a darle la libertá en cuantito pueda? – Ella
lo miraba en silencio y luego, un sollozo era toda la respuesta.
Hasta que en una de esas noches en las que, lejos, lejos, le era posible llegar
para llevarle alimentos, Belzor sintió que afloraba afiebradamente todo su
pasado, su vida entera de tanto mirarla en silencio, de tanto parecerle que
sentía cerca la que tan lejos había quedado y no pudo callar más.
- Mire, niña, solamente pa’qui’usté deje di’andar dudando ‘e mí, porque eso me
lastima, le voy a hablar como hace mucho nu’hablo, ¿m’entiende? Porque no
quiero que recele más ‘e mi persona. Yo l’i hi dicho que voy a sacarla di’aquí
sin tocarle un cabello y no porque sea cristiana, como usté ‘tará pensando,
qu’esas son cosas qu’a mí ya no m’importan, sino porque l’hallo igualita a
m’hija, a la qui’hace añares que no veo.
Mientras el hombre liaba otro chala, a ella le pareció ver que se le empañaban
las pupilas, siempre de mirar quemante.
- Tan parecida a m’hija, que pa’esa fecha debe tener su misma edá... y así de
morenita, con su misma carita redonda, con sus ojitos güenos, así, así como
usté, ¿no le digo? – La emoción le hizo temblar las palabras. Calló luego por un
momento. Se enderezó enseguida, avizoró el horizonte y tras avivar el fuego
que moría, se sentó de nuevo en el tupido pellón.
- ¿Tiene mucho sueño?
Como ella no respondiera, continuó diciendo: Mientras no se quede dormida, le
voy a contar todo lo que me pasó en aquella tierra de cristianos. La niña, con
los codos fijos en las rodillas y el rostro moreno apoyado en las palmas, se
convirtió en un interrogante. Pausadamente empezó a hablar.
- M’enamoré en Renca di’una ‘e las Avendaño, qu’era ‘e las familias pudientes
del lugar. Yo, pa’ qué mentir, era un don nadie; lo poco que tenía lo ganaba
tropiando. Alguna vez me gustaba jugar algunos patacones al monte y echar
mis güenos tragos también, que pa’eso era hombre, pero nada más. Ella,
qu’era más donosa qui’una flor, s’enamoró de mí y si’allanó, vaya a saber por
qué, a compartir mi ranchito, pobremente alhajado, pero en el que no l’iba a
faltar ni amor ni qué comer. Ahí, a orillas del río Conlara, vivíamos felices y pa’
mejor, Dios nos regaló una niña preciosa. Qué más podía pedir yo. ¡Pero qué
poco sabe el hombre del corazón de la mujer! Ella, ya le digo, m’hija, parecía
feliz en mi rancho, aunque yo no me daba cuenta que no había podiu olvidar
del todo su cuna ‘e rica. Es cierto que no le podía dar en el gusto en muchas
cosas, como le llevo dicho, porqu’eran un lujo, pero regalona como era ‘e sus
padres, allá había d’ir con sus “invenciones” y todo lo conseguía. Yu’iba poco a
su casa, porque nu’era bien recibiu y así, porque yo tenía que salir y pa’no
quedarse sola o porque ‘taba enferma o por cualquier otra cosa que inventaba,
siempre hallaba razón pa’ nu’estar donde debía... en nuestro rancho; todo tenía
que ser en su casa, aunque me doliera, nada le decía... a más, ¡qué malo
podía haber en eso! Pero, sabe usté, m’hija, ¿cómo me pagaba ella esa
confianza que le daba? Con el engaño. ¡La muy pícara m’engañaba con un
canalla! Era un mocito muy rico que se dejaba ver por Renca de cuando en
cuando y que iba a hacer bailar el espuelín en casa de ella. Y l’empezó a llenar
el ojo. Un güen día ella no volvió al rancho. Con vergüenza y todo salí a
preguntar por ella, pero nadie me sabía dar noticias... me desesperé
buscándola... Era como si se la hubiese tragau la tierra. ¡Desgraciau!
Solamente yo no sabía lo que pasaba, solamente yo que ni una sola vez había
querido pensar, cuando mi’apuraba la duda, aquello que... Al poco tiempo, en
un boliche, un borracho me pegó con la verdá el guascazo más duro que se le
puede pegar a un hombre. Y quedé a andar a ciegas, como si ya no tuviera a
nadie en el mundo ‘e blancos, ¿comprende? Y un güen día, corrido por las
habladurías, mortificau a más no poder, ¡como un perro amoscau me gané pa’
las tolderías! – Calló por un momento. El silencio más profundo reinaba en
aquellas soledades de la pampa.
- Llegué aquí pa’ olvidarme ‘e todo... pero no jué fácil – continuó diciendo en
tanto chupaba con nerviosidad su cigarro. – Aunque había viviu hecho a todo
rigor, semejante golpe m’hizo doblar no más las guampas. Y yo sufría más que
nada por m’hijita, que me quería mucho y me seguía ande juera. ¡Angelito!
¡Qui’habrá siu d’ella! ¡Hijita ‘e madre tan sin cabeza y de padre tan desgraciau!
– Se lamentó con amargura.
La niña cautiva que lo miraba sin pestañar desde que empezara la historia,
sollozó de nuevo, como si acabara de despertar.
- Pero hinché nomás el lomo y aguanté aquí lo que viniera. No pedí favores a
nadie en la toldería, no me anduve con lamentos ni me li’achiqué a nadie
tampoco, y así, poco a poco, me gané la confianza de cacique más bravo qu’hi
conociu. Y por eso, ya lu’ha visto, mi mundo es éste. ¡Lo demás... qué! Si a
veces me parece que ande antes tuve el corazón, ahura solamente tengo una
piedra.
Por muchos días con sus noches, aquellas palabras quedaron sonando en el
chocil de la laguna. Hasta que llegó la noche, esa que Belzor había esperado
con tanta impaciencia.
Velando todavía, escuchaba cómo la algazara india se apagaba poco a poco
en esa noche de serenidades, cerca de la toldería principal. El alcohol
empezaba a hacer en sus habitantes el efecto que esperaba.
Se levantó ansiosamente y fue adonde estaban los dos caballos ensillados,
que relincharon al conocerlo. Belzor Ríos dio unos pasos más hacia la toldería.
Un aire frío le quemó las orejas; la luna continuaba bogando muy abajo y de
cuando en cuando gruesos nubarrones negros la cubrían nublando los
arenales plateados. Se detuvo a escuchar de nuevo. Las cajas apenas si
sonaban ya. A la luz de la fogata que todavía se enderezaba en débiles llamas,
contempló los cuerpos caídos y otros que se bamboleaban ululando, a punto
de hacerlo ya.
Comprendió que era el momento esperado. Montó en su pangaré y llevando el
zaino de tiro, se largó a todo galope sobre los médanos. No tenía tiempo que
perder. Todavía, lejos, lo alcanzó el son descolorido en el que un indio volcaba
un amargo sentimiento. Llegó al chocil de la laguna sacudido por una emoción
desconocida. Él, que no había tenido miedo jamás, lo sentía como nunca en
aquel momento.
Una vez adentro, rápidamente levantó a la niña en sus membrudos brazos y la
sentó en el apero del zaino.
- ¡Vamos! – dijo y emprendieron la marcha a largo galope. La carrera tenía que
ganársela al alba, para que ella pudiera escapar. Aguzando el odio, Belzor,
sintiendo la niña el corazón lleno de miedo e incertidumbre, anduvieron más de
cuatro horas, apenas si dando un corto respiro a los caballos. A la hora de
amanecer, la “Laguna del Chañar” los esperaba. Al llegar pensaron que Dios
no los había abandonado. Ya las primeras claridades destacaban el lomo
suave de los médanos que se sucedían interminablemente. Algún algarrobo o
chañar raquítico quebraba aquella armoniosa línea que inquietaba con
violencia el corazón del gaucho más pintado.
Por primera vez lo sentía así también Belzor. Y no quiso pensarlo más. Su
misión estaba cumplida. Como el devoto que se aproxima a tomar gracias de
una virgen, se acercó a la niña y reteniendo en su mano la frágil de ella, se la
besó con emoción.
- Belzor Ríos ha cumpliu su palabra. Ya usté es libre, m’hija. ¡Siga su camino
qu’está a salvo y que Dios me l’ayude! – La niña no pudo contener sus
lágrimas.
- No llore; con eso aumentará la tristeza que me deja. Eso sí... le voy a rogar
que si un día llega a pasar por Renca, pregunte por m’hija; y si da con ella,
digalé, digalé a mi Elenita, que yo, su padre, espero que me haya perdonau... y
que si es así, me ponga en sus oraciones alguna vez, que yo... que yo nunca
l’habré di’olvidar.
- Ella lu’habrá perdonau ya... vamos a Renca... – se mordió los labios
demudada la niña. Y agregó casi ahogada por la agitación: - Don Belzor...
vamos, ¿quiere?
- No puedo, m’hija... no puedo, comprenda. Yo no soy ya más qu’un pobre
salvaje... ¡y solamente en las tolderías puedo tener cabida! – Y tras envolverla
en una última mirada de ternura, como si se arrancara del pecho un puñal
envenenado, dio con violencia media vuelta, montó de nuevo y clavándole las
espuelas a su pangaré, emprendió el regreso a todo galope.
- ¡Don Belzor! – gritó ella rompiendo todas las ataduras a recuerdos que la
atormentaban. Ese hombre no podía haber mentido. Todo lo que oyó hablar de
él en su casa tenían que haber sido calumnias. No lo dudaba ya. El
remordimiento por haberlo tratado con desprecio le inquietaba cada vez más la
conciencia. Y un viejo cariño al que creía definitivamente muerto, despertó en
su corazón.
- ¡Tata! – gritó con todas sus fuerzas queriendo alcanzarlo con el grito, allá en
el punto mismo donde él parecía volar sobre los médanos.
- ¡Tatita! – volvió a sollozar; pero a su grito parecían destrozarlo las tempranas
tolvaneras que enredaba el aire sobre las arenas guadalosas.
Y cuando el jinete estaba a punto de perderse, cuando no era más que un leve
punto a lo lejos, mesándose los cabellos, Elena Ríos puso de nuevo su caballo
rumbo a la toldería y al tranco emprendió el regreso.
DESPUÉS DEL MALÓN
Cuando el alba subió por las colinas y recuestos, el padre Sixto la esperaba
hacía horas ya. La alta y delgada figura se movió en la luz y ganó la calle
despareja y áspera de pedregullo. El aire fresco de la madrugada le infló los
pulmones y jugueteó mansamente con su barba rojiza y con la sotana raída y
deslustrada.
Tenía enrojecidos los ojos por muchas noches de insomnio y en el rostro
anguloso y demacrado, la tajante señal de una honda preocupación; las manos
finas y nerviosas ciñeron el blanco cordel a la cintura y los ojos pequeños y de
vivo mirar escudriñaron anhelantes todos los senderos que dibujaba ya la luz
difusa del amanecer.
Mientras el lucero cobraba altura en la inmensidad de la bóveda celeste que
caía más allá de las sierras, el padre Sixto, escuchando las palabras de San
Mateo: “Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consolación”, y
desbordando el corazón de aflicciones, continuó esperando en medio del
silencio más profundo.
Hacía varios meses que una segunda invasión de los ranqueles había arrasado
con cuanto existía en la aldea de Renca. Milagrosamente los pobladores
habían logrado escapar, apenas si con lo puesto, hacia las colinas cercanas,
en desesperada fuga por tierras fragosas y quebradas.
Todo quedó a la merced de los invasores que, ávidos, cargaron con el botín
deseado y remataron su fiesta de pillaje destrozando y quemando cuanto no
les era posible llevar.
El padre Sixto, apenas si cargando con el espino del Milagroso Señor de
Renca, había conseguido huir también hacia los altos roquedales en medio de
la dispersión general.
Parte de la noche y mitad del día siguiente estuvo aislado en el monte, alerta el
oído, esperando que el tropel de los cascos le anunciara la retirada del cruel
invasor, que en los últimos tiempos, seguro de que los debilitados fortines no
les ofrecían mayor resistencia, no se contentaba con excursiones relámpagos,
sino que, cuando les parecía bien, acampaban durante un día o dos como en
propio dominio.
Por fin, cuando desde su hontanar comprobó que el invasor se alejaba, a paso
calmo, temblándole las manos de desasosiego, solo, regresó deseoso de
comprobar qué había sido de la capillita que él viera perderse entre gruesas
nubes de humo al alejarse.
Como una lluvia mansa el llanto le llenó el corazón frente al cuadro que tuvo
ante sus ojos. De la capilla apenas si el altar y las fuertes murallas de adobe y
parte del campanario quedaban en pie. Lo demás, imágenes y ornamentos
habían sido destruidos. El mismo aspecto desolado y tétrico ofrecía el caserío,
como si las furias de reciente terremoto lo hubieran sacudido en forma
despiadada.
En aquel momento evocó el esfuerzo realizado por todos para levantar poco a
poco aquella aldea pequeña, pero que se alzaba a la vera del Conlara con
tanta pujanza y que hasta entonces pareciera haber estado protegida por el
Señor del Espino al que los pobladores veneraban.
Pero por dos veces consecutivas el río había sido transpuesto y los pobladores
diseminados a los cuatro rumbos, lacerados en su fe, menguados en sus
esperanzas y lanceados por la furia rebelde que les había llevado a descargar
sobre ellos todo el odio acumulado por las traiciones y atropellos de los
cristianos.
¿Qué hacer? El padre Sixto bebió en silencio sus lágrimas y naufragó en tal
desolación, sin esperanzas de auxilio, sin posibilidades de conseguir
manutención, amenazado por el retorno de alguna partida de indios, que aún
en contra de todos sus deseos, emprendió una marcha desazonada. Bajó por
la barranca gredosa del río, bebió largamente del agua cristalina, llenó
cuidadosamente los chifles, contempló por última vez a lo lejos las ruinas de la
capilla y, subiendo por la barranca opuesta, dejó atrás el río que culebreaba
entre verdes esplendorosos.
A eso de medianoche, en tanto se reponía de su incesante andar, oyó a lo lejos
algo que le pareció un gemido que a veces se prolongaba en atiplado llanto,
cediendo su turno luego a un fúnebre aullido que resbalaba lastimeramente
sobre el aire en sombras.
- Aquel que llora es un hijo del Señor – se dijo y olvidado de su fatiga avanzó
guiado tan sólo por su oído, entre agudos piquillines y churquis agresivos que
se prendían de su sotana con saña. Cuando le pareció estar cerca, aumentó
sus preocupaciones; avanzó cuidadosamente, inquieto el corazón, estremecida
el alma por aquel lamento desconsolado. Al llegar a un desplayado, el cuadro
que vio a la pálida luz de las estrellas lo consternó más todavía: un niño de diez
u once años, tendido boca abajo, sollozaba sin consuelo.
El padre Sixto se le acercó suavemente.
- ¿Quién eres hijo mío? – le preguntó en tanto le buscaba el rostro intentando
reconocerlo. El niño no hizo movimiento alguno. Por un momento quedó
mirándolo absorto.
- ¡Querido! ¡Di qué tienes! – volvió a hablar el padre Sixto, en tanto
inclinándose le acariciaba la cabeza.
Tornó el niño a mirarlo y exclamó como si no creyera lo que estaba viendo:
- ¡Padre Sixto!
-¡Pedrito! – Le ayudó a levantarse, le dio parte de su torta, le alcanzó el chifle y
después, sentado, escuchó la historia del muchacho que era la de casi todos
los pobladores de la aldea destruida.
- ...Y así quedé solo. De nadie supe. Me gané p’al campo buscando ‘e
salvarme... hi pasau mucho miedo y hambre, padre. – Y luego preguntó entre
un entrecortado sollozo: - ¿Usté no vio a la mama o al tata, padre?
- No, hijo, no los vi – respondió. – Pero es seguro que estarán bien. Además,
consuélate, porque ya no estás solo. El Señor nos acompaña, ¿ves? – Y con
gesto pausado puso antes los ojos del niño, el pequeño santo clavado en el
espino, alumbrado levemente por un pedacito de luna.
- ¡El santito nuestro! – dijo el niño besándolo.
- ¿Quieres irte conmigo?
- ¿Adónde, padre?
- A donde sea; lejos de la desolación que dejamos atrás, lejos de todo lo que
nos recuerde que un día fuimos felices y que ya no podremos serlo
nuevamente.
Una mano llena de gratitud recibió por toda respuesta. Y una pregunta que era
un ruego: - ¿Y me dejará llevar también al Clavelito? – El padre Sixto no
comprendía.
- ¿Qué no lu’ha visto, padre? – añadió al tiempo que señalaba hacia un perrito
lanudo que dormitaba con el hocico pegado a la tierra, no lejos del amo.
Muchos días anduvo todavía el padre merodeando la aldea, sin decidirse
totalmente a llegar, bajó quebraditas, se perdió en las abras procurando hablar
con sus conocidos que habían buscado seguro refugio en las serranías,
conformes con la vecindad de algún providencial ojo de agua.
- Hijos, ¿no vuelven a Renca? – les preguntaba al encontrarse con algunos de
ellos.
Y las voces rudas que respondían desalentadas: - No, padre; ¡pa’ qué!
- Yo retorno allá a llevar al Señor a su morada. ¿Por qué no me acompañan?
Y las mujeres y los niños, hambrientos y semidesnudos, que le respondían
como pidiéndole perdón: - Iríamos... pero es segurito que los indios volverán...
y les tenemos mucho miedo, padre.
Él no se daba por vencido y apelaba en apoyo de su iniciativa a las palabras de
San Mateo: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá”. ¿Por
qué desesperáis? – preguntaba clamante, ansioso por convencerlos,
hundiendo la luz de sus ojillos en los que no querían entenderle.
- ¿Cómo se animan a dejarlo solo al Señor? – Y aunque sus palabras
conmovían vivamente a los oyentes, no cedían sin embargo. Estaban
acobardados.
- Volverán los indios, padre. Están muy bravos y quién sabe si otra vez
alcanzaremos a salvarnos. ¿Qué vamos a hacer en defensa si no contamos
con armas ni güena caballada? Nos tienen sobraus... Si el gobierno nos
mandara un güen piquete...
- Pediremos y nos mandará.
- No, no... – finalizaban diciendo con los brazos caídos.
- Está bien. Me iré solo y una semana los esperaré allá teniendo en guardia al
Milagroso Señor para que vuelvan a poblar en su vecindad. Si para entonces
no lo rodean con la fe que dicen poner en Él, tomaré otro camino, le buscaré
trono en otros corazones más agradecidos donde crean de verdad en la pureza
de su amor y lo busquen sin cansarse con los ojos para fortalecer su humana
debilidad.
Y cruzaba de aquí para allá la alta figura del padre Sixto, venciendo con su
entusiasmo el agobiamientro de años que tendía a encorvarlo más y más,
aleteando la sotana a todo viento, ágil el pie en la gastada usuta, que parecía
llevarlo como sobre alas de milagro sobre roquedos y plantas espinosas. Su
palabra dulce, pero terminante, llegaba y sacudía a todos los corazones.
- Una semana esperaré allá y vuestro deber es regresar. No lo olvidéis,
hermanos.
Ahora, apenas si contando con la compañía de su pequeño sacristán,
comprendía que estaba a punto de vencerse el plazo de una espera que se
había hecho larga y desesperanzada. El último día había llegado. En vano en
las mañanas anteriores había batido las campanas que volaban dando sones
sobre el desamparado caserío. No le había afligido la soledad en la que miraba
transcurrir los días ni la posibilidad de tener que marcharse después a donde le
destinaran; su preocupación era más profunda y dolorosa. ¿No era suya la
culpa de que sus feligreses hubieran perdido totalmente la fe por aquella
debilidad que lo llevara a huir después del malón?
Largas noches había pasado sufriendo amargamente por aquello, pidiendo a
Dios fuerzas para no desesperar; y aquella tremenda soledad, aquellas ruinas
perdidas en el más pavoroso silencio, lo conturbaban.
Pero ya el día definitivo había llegado, lo había esperado de pie, impaciente y
combatiendo permanentemente con la vieja duda que le ensombrecía los ojos y
lo hacía ir de un lado para otro, como sin sentido.
Finalmente, incontenible, había trepado por la semidestruida escalera a lo que
quedaba del campanario a otear el horizonte con desesperación.
- ¿No vienen, padre? – la voz del niño lo sacó de sus cavilaciones.
- ¿A quién esperas? – respondió ocultando su desazón y sin poder acallar su
mal humor.
- A la gente, padre. Ahora se cumple el plazo que les dimos, pues – agregó
muy resuelto el niño.
Y de nuevo se quedaron mirando a lo lejos, ansiosos y en silencio. La mañana
empezaba a dibujar nítidamente las colinas verdegueantes, los suaves
aledaños, la hondonada del río, los senderos abiertos y semiborrados entre los
ásperos pedregales.
Y fue de pronto, como bajando de los carrizales más altos, que unos puntos
empezaron a tomar forma y movimiento.
El padre Sixto se llevó las dos manos al pecho. Luego, extendiendo la diestra,
tras un suspiro, dijo: - ¿Ves? ¿Ves aquello? – su voz era ronca y temblorosa.
- ¡Sí, sí, padre! ¡Vienen! – y se abrazaban y reían, trepados arriba y el perro
saltaba y aullaba compartiendo la alegría de todos.
Y de inmediato, agitaron con fuerzas las campanas y el metal de su voz se
extendió en cantos y en himnos por sobre las ruinas, llenó el cielo, invadió los
senderos y salió al encuentro de las familias que regresaban, cansadas y aún
temblorosas, pero anhelantes de ver a su rancho y al santito querido, decididos
a pagar con sacrificios y “mandas” aquella ahora de cruel descreimiento que
habían tenido.
El sol bailoteó en los picachos y se perfumó con todas las hierbas de la
hondonada para salir a festejar la llegada de los que retornaban.
Y allá, en lo alto, desde aquel pedazo de torre que ya se venía abajo, el padre
Sixto dejaba caer mansamente consoladoras lágrimas, en tanto el niño,
señalando las forman que se percibían claramente ya, gritaba: - Padre, ¿no ve?
Aquel del sombrerito cario es tata y más atracito viene mama con las chicas
montadas en la cebrunita. ¿No es un milagro, padre?
Sobre la orfandad y la ruina, por obra de la fe, amanecía de nuevo la
esperanza en la aldea de Renca.
EL GALLERO
Vio luz en la ventana de “El Trompezón” y se aproximó. Tenía hambre y
empezaba a sentir frío. Tres caballos desensillados, dando el anca al sur,
aguardaban tiritando. Como la puerta estaba cerrada, temeroso de que
pudieran echarlo si llamaba, se acurrucó sobre el umbral y ahí se quedó
esperando.
- ¿Me tiene el gallo un ratito, m’hijo? – un hombrecito flaco que salió de entre la
sombra le depositó en los brazos un gallo con las plumas mojadas.
- Póngase al reparito pa’ que no se moje – le indicó con voz tiple y quejosa –
Ya salgo, ¿sabe? – y tras empujar la puerta, dando unas zancadas al caminar
como si saltara, entró al boliche. Dios seguía espolvoreando fragancias desde
la fina llovizna.
Como la puerta quedara un poco entreabierta, con el gallo que estaba
adormecido en sus brazos, se entretuvo en mirar hacia el interior. El mechero
humoso borroneaba las figuras, dejaba caer un tenue vislumbre sobre la
estantería desmantelada.
Empezó a sentir sueño y el frío se le fue ganando por los huesos. Halló
agradable el calorcito que tenía el gallo y se acurrucó apretándolo más contra
su cuerpo. Empezaba a tupirse más y más la llovizna que azotaba desde el sur,
cuando apareció de nuevo el hombre con su gorra chiquita, haciendo sonar las
bombachas al caminar.
- Gracias, m’hijo. ¿Lo molestó mucho? – preguntó el hombre recibiéndole el
animal.
- No, no. Se estuvo quietito nomás – respondió entregándoselo con cuidado, en
tanto se quedaba con el olor a pollo mojado en las manos y en la camisita vieja.
- ¡Viene fiero del sur! ¿Ande iba usté, m’hijo? – preguntó echando a andar.
- Yo no tengo ande ir – contestó el niño, trotando a la par del hombre.
- ¡No diga! – exclamó extrañado buscándole el rostro en la oscuridad.
- ¿Qui’uisté nu’es de doña Cruz? ¿Que nu’es el Nachito?
- Sí, era, hace mucho que nu’estoy más con ella. Me pegaba, por eso...
- ¡Caray! – Dejó la exclamación en lo más profundo de la noche, en tanto se
rascaba la cabeza como buscando una idea que le permitiera arreglar el
asunto. Solamente se oía el golpear apresurado de los pasos y el grito lejano
de algún tero por la costa del río.
- ¿Y no quiere venir conmigo? – preguntó después de un rato. – Puede pasar la
noche en mi rancho. A más, falta mi’anda haciendo un chico. Como no le
respondiera, se detuvo y se propuso convencerlo.
- En mi rancho habrá un lugarcito pa’ usté. Y no le faltará un cuerito pa’ tender.
¿Ah? ¿Qué le parece? – Como el niño siguiera sin decidirse, lo tomó
resueltamente de la mano y continuaron caminando con rumbo al río,
encogidos los dos, recibiendo en la cara la llovizna helada y con la noche
espesa tapándole la espalda. La sombra de un perro venía siguiéndolos.
Continuaron chapoteando barro entre remolinos de agua y hojas amarillas que
desprendía de los árboles el viento sur. Un fuerte olor a chilca les llegó desde
el río. De pronto dieron con la sombra del ranchito.
- ¡Entre compañero! – Nacho le obedeció tiritando; recibió el gallo que le
entregaba, en tanto él se ocupaba de prender el mechero. Luego, de un
envoltorio de papel sacó un pan y un pedacito de queso, hizo partes y le dio
una al niño. En seguida se ocupó de hacer fuego como pudo, con ramitas
secas que sacó del techo, puso un tarrito con agua, acomodó el gallo en una
rústica jaula y le tendió un cuero y una caronita vieja para que se acostara.
- Ésta será tu cama, m’hijo – Nacho que todavía temblaba de frío, se acostó de
inmediato. El hombre, en tanto, seguía alimentando el fuego con más ramitas,
sacó una botella con vino y empezó a beber.
Desde su cama, a la luz de alguna llamita que esporádicamente alzaba su
pureza, le veía al hombre el rostro flaco, negro, huesoso, la boca fruncida y
unos mechones de pelo duro que se le desparramaban por la frente, en tanto
manejaba con gran habilidad el mate, la botella con vino y el cigarro, hablando
consigo mismo sin parar.
- Un chico mi’hacía falta, claro que sí. Usté Nachito, me viene como anillo al
dedo. Yo li’haré un lugarcito y nada li’hay faltar, m’hijo. Soy pobre pero tengo
un corazón de madre. Eso sí, usté me cuidará el gallo. Yo solito no puedo
hacer todo, ¿comprende? Y a este gallo hay que cuidarlo mucho porque vale
oro, ¿sabe? El día que gane una riña grande, ya verá cómo nos paramos pa’
todo el viaje.
Se fueron apagando las brasitas y entonces pareció arder más el fuego en la
cabeza del hombre. Nacho, entre sueños, le escuchó contar historias de gallos
muertos, de mujeres cautivas, de miserias infinitas. No supo hasta qué hora
gorgoteó el vino en la garganta del hombre ni hasta cuándo avivó el fuego
golpeando tronquitos, en tanto el viento helado se metía silbando por las
hendijas del rancho.
Bien temprano lo despertó al otro día. Bebieron juntos un tarro de mate cocido
y luego el hombre se dispuso a salir.
- Ahura que tengo quién me cuide la casa, voy a buscar un güen trabajo – dijo
sonriendo y ladeando la boca descarnada. Nacho, mirando la desolación del
rancho y del lugar de la barranca donde estaba enclavado, empezó a
pucherear.
- ¡Qué le pasa! ¿No quiere quedarse solo? Vamos, entonces – y de inmediato,
metiendo el gallo bajo el brazo, empezó a recorrer el sendero cavado por la
corriente la noche anterior, seguido por el niño y el perro. Cuando llegaron a la
plaza el niño empezó a quedarse.
- ¿Qué le pasa, m’hijo?
- Es que áhi ’ta l’agüela y me va a pegar – dijo Nacho señalando a una anciana
que descansaba afirmada a un árbol.
- ¡Güeno, no llore, carasta! Quédese por aquí. Voy a hablar con don Ciriaco por
lo que le dije y cuando salga le voy a decir a ella que me lo dé a usté. No llore.
Tengamé el gallo – le pidió entregándoselo.
Se quedó escondido detrás de un algarrobito, desde donde espió todos los
movimientos de su protector y de su abuela, que esperaba, vaya a saber qué
cosas, con su vieja falda llena de remiendos, a la puerta de una casa de
familia.
No tardó en salir el gallero dando saltitos al caminar y haciendo sonar sus
amplias bombachas. Vio enseguida que conversaba con su abuela y hablaba
haciendo señas a la vez, sin poder acertar con las cosas que le estaría
diciendo.
- Ya tuito ‘ta arreglau – le dijo al llegar al lugar donde él estaba. No tenga
miedo. Su agüela mi’ha dicho que lo tenga con tal que lo cuide. Yo l’expliqué
bien cómo se lo voy a cuidar. Y don Ciriaco mi’ha dau un güen trabajo en un
desmonte, ¿sabe? – Y siguieron caminando hacia el rancho. Arriba, el sol
brillaba como un espejo reluciente y, en lo más hondo del cielo, como
pequeñas anclas que apenas se deslizaban, planeaban unos caranchos.
Siguieron avanzando, saltando pozos y barrancas abiertas por las crecientes
de la noche.
- Ahura podré ganarme unos pesos – comentó el gallero -. Y usté me lo cuidará
al gallo. Porque con este gallo, m’hijo, vamos a ganar plata en arrobas – siguió
diciendo ya en el rancho en tanto hacía fuego y acomodaba la ollita para el
puchero -. Yo quiero ser rico, Nachito, pero no pa’ vestirme ‘e señor, sino pa’
otra cosa. Algún día le voy a contar. Y con el Bronce segurito que ganaré la
plata que necesito, ¡cómo qui’hay Dios! ¡Toquelé las patas! ¡Mire que púas
tiene! ¿Y los ojos? Hay sangre pura, m’hijo, ¿se da cuenta? Muchas veces me
lo han queriu comprar los señores poniéndome una pila de billetes por delante,
pero no, no lo vendo, no señores. – Luego de una pausa, añadió: - Y usté
m’hijito, va a ser un gran gallero. Yo le voy a enseñar a prepararlo – y el
entusiasmo le animaba la cara flaca.
Y así empezaron los días de gallero para Nacho al lado de ese hombre flaco
con cara de castigado y del perro de orejitas paradas y cola larga y peluda.
Cuando el gallero regresaba en la noche del trabajo, lo primero que buscaba
era su gallo. Luego se lavaba y preparaba la comida, un asadito a veces, a
otras un pedacito de pan con queso o chicharrones con pan.
Lo soltaba al gallo para verlo caminar con paso elástico, airoso el largo cuello y
luego le preparaba la comida como si fuese para un hijo. Le hablaba en voz
baja y cuando lo asentaba de nuevo en el suelo, lo hacía con tanto cuidado
como si fuese un cristal lo que depositaba, al tiempo que le besaba la cresta
roja.
- Así tiene que ser, ¿sabe? – Nacho lo miraba y miraba indiferente, sin decir
palabra. Como pensaba que nunca se ocuparía de ese oficio, llegaba a la
conclusión de que no había nacido para gallero. Y en las noches, mientras la
vela parpadeaba, ya tendido en su jerguita, le oía conversar sin cuidarse si él
dormía o no.
- ¿Sabe, m’hijo, cómo me llamo? Porque yo tengo un nombre también, no vaya
a creer que no. No soy el gallero, como me dicen. Me llamo Mártiro Dolores...
¡Pucha! – Pareció dolerle el nombre. Levantó del suelo el porrón de ginebra y
se mandó un trago largísimo.
- Yo no conocí a mi mama, ¿sabe? Me la robaron los indios y nunca más la
volvimos a ver. Tata murió di’abatimiento al poco tiempo y a mis hermanos los
desparramaron a todos; los dieron, ¿sabe? Pero yo siempre sueño que l’ando
buscando y llega un día que por fin la encuentro. No sé si será cierto, pero
cuentan que ya sacaron a todos los cautivos ‘e las tolderías. Ella no volvió;
pero tengo esperanzas ‘e que esté viva. Y pa’ eso quiero ganar plata, ¿sabe?
Pa’irme un día al sur y andar por donde dicen que la tuvieron cautiva. Esta
plata que junto es pa’jugarla en una sola apuesta al Bronce. Al mismo diablo l’hi
de jugar si se me aparece. Porque con mi gallo no le tengo miedo a nadie – y
otro taco de ginebra la afirmaba en su fe.
Lentamente resbalaba el sebo de la vela y Nacho caía y caía en el sueño
profundo de los ángeles y lo acompañaban en él gallos, muchos gallos, gallos
cacareando, púas de gallos como puñales, ojos de gallos pidiendo misericordia,
remolinos de plumas de todos colores y en medio de todos ellos, inclinado,
echando su Bronce, Mártiro Dolores gritando con voz lastimera: - ¡Todo lo que
tengo lo juego a las patas de mi Bronce, señores!
Algunos días, con el gallo bajo el brazo, Nacho iba a llevarle agua o tabaco con
hinojo y se quedaba largo rato acompañándolo en el desmonte. Parecía
mentira que siendo tan flaco pudiera tener tanta fuerza y aguante, porque le
daba y le daba sin parar al hacha y al pico, barriendo con churquis y troncos a
todo viento.
- Con esto si’aumenta mi plata, Nachito, y cualquier día llegará al pueblo un
hombre con mucha plata y entonces me jugaré entero a mi gallo – y se
quedaba mirando a lo lejos, con la cabeza echada un poco para atrás, como si
estuviese rogando a todos los santos que eso sucediese cuanto antes.
Llegó el invierno y el vientecillo sur que corría por el valle le cortaba las carnes
como nunca. Tiritando en la resolana comía el maíz tostado que le dejaba ya
preparado Mártiro Dolores para que acompañara el tarrito de mate cocido. Allí
se quedaba al solcito oyendo tiritar el río entre las piedras. Luego salía a
corretear con el Zorro por las arenas y se revolcaban como dos niños, sin
cansarse. Cuando Nacho no daba más, regresaba al rancho y le daba de
comer al gallo, tal como le había indicado Mártiro Dolores.
En las noches, el gallero dejaba el bracerito cerca de la puerta con las brasas
bien encendidas y así se acostaba calentito en su cama de caronillas y encima
se echaba el jergoncito viejo. En tanto el hombre le seguía hablando y
hablando siempre del mismo tema. Un ronquido de Nacho lo volvía a la
realidad y entonces cambiaba el destinatario de su charla y conversaba
largamente con el gallo; en otra, como si fuese a responderle, se dirigía a la
botella vacía, en cuyo pico temblaba la luz de la vela.
Pocos recordaban un invierno tan frío como aquél. Pero para Nacho eso no era
nada. La gente andaba alegre y el pueblo, por consiguiente, también lo estaba.
Es que todos se preparaban para la gran fiesta de la patria. “Ningún argentino
debe faltar a nuestras fiestas”, ha dicho el intendente y todos parecen
obedecerle por los entusiastas preparativos que realizan.
Mártiro Dolores, en cambio, solamente piensa en su gallo. Anda como
afiebrado preparándolo. Pareciera tener la absoluta seguridad de que está
llegando para él el gran día que ha vivido esperando, ese día en que su gallo le
permitirá llenar los bolsillos de plata, como siempre sueña y sueña. Ya de
noche, medio a escondidas, saca una chuspa y cuenta una y otra vez la plata
que tiene y la guarda de nuevo, cuidadosamente escondida. Con mayor
prolijidad todavía le prepara el alimento para el Bronce, le afina las plumas, se
las engrasa, lo arroja desde lo alto para que caiga y endurezca las patas y se
queda largo rato mirándolo como si fuese un ídolo. Y luego, junto a la botella de
grapa, parece desvariar: - Se da cuenta lo que irá a ser cuando la encuentre y
le diga, ¿no me conoce mama? Yo soy su hijo, el Mártiro Dolores. Claro...
yu’era chiquito, entonces, mama. – Y la ternura le iluminaba las palabras.
El día ocho de julio, al anochecer, llega con la noticia: - ¡Mañana será, Nachito!
- dice agitado, un brillo raro tiene en la mirada, como si una chispa de locura
cruzara por ellos y una sofocación pareciera desfigurarle el rostro.
-¡Lu’hi visto con mis ojos! El chino viene con plata. Y viene a ganar. ¡Justito es
el que viviu esperando! – Y camina de un lado para el otro, se tironea las
patillas y mira hacia todos los rincones como si estuviese aguardando que de
repente se levantara algo malo oculto en el mismo rancho.
- Llegó despuecito ‘e las doce – continúa diciendo – en un macho negro,
grandote, con montura chapiada en plata y con plata en cabezadas y riendas
con virolas qu’es un lujo. A la legua se conoce qu’es riquísimo el hombre –
ponderó -. Más alto que yo, retinto, con un chambergo aludo, unas botas
negras hasta las rodillas, relucientes, cara seca, puro hueso y una barbita ‘e
chivato. ¡Y lo vi a su gallo también! ‘Taba atau a una estaca. Parece ‘e fierro,
no le miento, Nachito. ¡Pero nu’áhi ser pa’ tanto! Mi Bronce lo tendrá que poder.
¡Fácil! La jugada ya ‘ta hecha... – Se le secaba la boca, le ardían los ojos y
cada vez respiraba con mayor dificultad como si se estuviese ahogando.
- ¿Y es muy grande el otro gallo? – preguntó impresionado Nacho sin poder
ocultar su miedo.
- ¿No le digo que sí? Pero es igual... Mi Bronce no se le achica a nadie
habiendo plata en juego. Será mañana a la tarde... – le oye decir como si
estuviese soñando -. Y apostaré hasta las últimas chirolas.
- ¿Y si pierde? – Tiene mucho miedo Nacho. Él avienta los brazos como para
hacer volar lejos tal idea.
- ¡La boca se li’haga a un lau, carajo! – Y ya en sueños, en lo más profundo, le
oyen repetir una y cien veces, como si rezara: - ¡Mañana...! ¡Mañana...!
Y cuando pinta el alba el día nueve, los pasos secos, nerviosos del hombre,
anuncian que el momento ha llegado. Nacho se ha puesto la camisita vieja,
bien lavada y el gallero unas bombachas nuevas, amarillas, amplias, que lo
hacen más flaco todavía y luce, a demás, flamantes alpargatas bordadas.
Al despuntar el sol, entre el brillo de los aleros, las descargas de cohetes y el
hondear de banderitas en el frente de las casas, contando con gran
concurrencia, la fiesta empieza en la plaza.
Cuando finaliza, entre el entusiasmo de la gente, que da repetidos vivas a la
patria, Nacho se da cuenta de que se ha separado del gallero, pero no importa.
Allí, en un boliche, están cantando Abundio y Felisardo y se acerca. ¡Cómo
cantan esos hombres! No se cansaría jamás de escucharlos. Siguen los juegos
para todo el mundo y las risas y gritos de triunfo llenan de claridades el día.
Más tarde empiezan las carreras de sortijas y el baile popular en medio de la
plaza.
Cuando se da cuenta, el sol se ha corrido al poniente. Entonces dispone salir
en busca del gallero. Divisa desde lejos la bandera colorada que anuncia el
reñidero y no duda de que allí habrá de encontrarlo. Y como tiene que ser, ahí
está, afirmado a una pared, rígido, sin una sonrisa, como tajeado el rostro por
una sombra filosa. Al verlo llegar, sin decir palabra, le entrega el gallo y pasa
por la puerta dando zancadas, envueltos en sus bombachas amarillas. Al
quedar solo con el animal, Nacho lo mira y se lo apega a la cara, con cariño.
- Tenés que ganar, Bronce, ¿sabís?
No tarda en regresar Mártiro Dolores; lo encuentra más flaco todavía.
- ‘Ta chicaniando este viejo ‘e porra. Seguro qu’el gallo d’él es nochero, por eso
‘ta mañosiando pa’ empezar la pelea. Pero que m’importa. Lo mismo li’haré
saber qu’esto nu’es chacra di’azafrán – dice pasándole suavemente la mano
por el cuello estirado del animal.
- Vamos – lo invita de pronto. Entran. Hay mucha gente rodeando la cancha y
otros llegan haciendo comentarios.
- ¿Ganará el gallo del Mártiro Dolores?
- ¿Y con qué... pican las avispas? – Crece el bullicio. El patio va quedando
totalmente en sombras. Algunos gallos ya han peleado. Cantan desde las
jaulas como anunciando el día.
- ¡Treinta pesos al Bronce! – gritó uno lanzando el desafío.
- ¡Pago! – responde el dueño del Negro mostrando un puñado de flamantes
billetes y relucientes chirolas en las manos.
- ¡Cincuenta al Bronce!
- ¡A mi juego mi’han llamau! Pago y pago nomás – dice el viejo alborozado
copando todas las paradas -. Y vayan cayendo, nomás, señores, que tengo pa’
darles en el gusto a todos esta tarde – grita arrogante el forastero, ardiéndole la
cara huesosa y temblándole la barba renegrida de chivato.
El juez golpea las manos y se presentan los rivales. Mártiro Dolores parece no
poder respirar y los mechones de sus pelos duros le molestan más que nunca
al caérseles sobre la cara.
- ¡Igual en peso y a reventar!
- ¡Di’acuerdo! – asienten los dos hombres.
- Convenido también que si al toque de oración la lucha es pata, seguirán hasta
reventar con las luces.
- Di’acuerdo – vuelven a asentir los contendores a la vez.
- A los presentes les queda prohibido hacer apuestas en voz alta una vez
empezada la riña ni tirar dinero por encima de los gallos – manda el juez con
firmeza.
Más se aprieta la concurrencia y un vaho cálido de tabaco y sudor sube espeso
desde la rueda. Nunca se ha visto tanta plata junta ni tanto entusiasmo
alrededor de un reñidero en Villa Dolores.
- ¡Cien más al Bronce!
- ¡Pago! – Y el forastero sigue y sigue copando todas las paradas y sus ojos
redondos y saltones, cubiertos por el ala ancha de su sombrero negro, miran
burlones a unos y a otros.
- ¡Aquí los gallos! – ordena enérgico el juez y les observa el plumaje y las púas
a los animales. De inmediato los hombres depositan frente a frente a los gallos.
- Si no dan pico habrá careo – aclara el juez finalmente. Pero ya el Bronce,
avanzando decididamente, al primer tiro violento le baja limpia la cresta al
Negro. Pero éste reacciona y chorreando sangre se le aproxima, bravos los
ojos, firmes las patas, como picoteando el aire. De pronto lanza el feroz puazo
y le saca plumas apenas, cuando el Bronce, como una luz, tira de revoleo un
golpe que le da de refilón en la fuerte pechuga del rival.
Mártiro Dolores, arrodillado a la orilla del ruedo, mudo, pareciera querer ayudar
a su gallo haciendo fuerza con las manos y con los pies.
Más billetes y chirolas salen de las chuspas y tiradores de los villadolorenses y
por señas y en voz baja se entienden con el forastero que continúa copando
todas las paradas. Apenas mueven la cabeza los concurrentes, apretados,
todos inclinados sobre el tambor, atrapados por el ritmo endiablado que tiene la
pelea. Es riña dura, pareja, sin respiro para uno y otro. El Negro, con dos
puñaladas terribles, ha debilitado al Bronce, pero éste no afloja ni un tranco y
con la cabeza chiquita, con movimientos de víbora en el cuello, fintea eligiendo
el sitio donde asestar el próximo golpe.
Se escucha apenas la respiración de los hombres sobre el roce nervioso,
endurecido, del paso de los animales que levantan en su trajinar sin pausa un
leve polvillo parduzco.
De pronto, fulminante, el Bronce salta y de un puazo le cierra un ojo al Negro.
Ve más sangre, le tiemblan las patas y le vibra el cuello como una cuerda a
punto de estallar. Y otra vez va a la carga, pero el Negro, medroso, se le gana
bajo el ala. Mártiro Dolores presiente que sus sueños están a punto de hacerse
realidad. No puede perder nunca su gallo esta pelea. Ya lo tiene a su
disposición a su rival... ¡Sí, sí, ya lo tiene! De un momento a otro habrá de
liquidarlo. Desarmado, desorientado, el Negro camina apresuradamente como
si se dispusiera a escapar. El Bronce, encarnizado, lo busca de nuevo con
fiereza, lo alcanza, parece medir cuidadosamente el golpe, al que descarga de
pronto con la velocidad del rayo y todos ven cómo salta el ojo del Negro y se
convierte en un montoncito de tierra y sangre.
- ¡Está ciego! ¡Está ciego! – exclama la concurrencia. El otro ojo hace rato que
lo tiene cerrado.
- ¡Sigue la pelea! ¡Es a reventar! – recuerda enérgico el juez.
-¡Está ciego! – se escucha el murmullo dolorido. Pero no... tal vez no
totalmente ciego, porque ese golpe que tiene la ferocidad de una puñalada de
mortal, no ha sido lanzado al aire sino a su rival, que se ha salvado raspando
de ser degollado. Más aún se conmueve la mosquetería.
El Bronce pierde más y más sangre. Nadie se mueve del ruedo. Nadie respira.
Exhaustos, pero bravos hasta la muerte, los combatientes luchan por vivir. El
corazón de los hombres, que más se apretujan, está golpeando como un
tambor. Y es un remolino aquello y una furia de acecidos y de golpes y en un
inesperado borbollón de espuelas y de plumas, el Bronce da con el pico en
tierra. Lo villadolorenses quedan helados. Solamente el forastero mira aquello
con la misma sonrisa fría que no lo ha abandonado desde que empezó la
pelea.
- ¡De cabeza el Bronce! – ordena el juez. Las sombras de la tarde borronean
las figuras. Suenan tristes las campanitas de la capilla dando el toque de
oración. De inmediato, dos faroles grandes inundan de luz el redondel.
Mártiro Dolores, temblando, toma a su gallo por el lomo con las dos manos y lo
asienta proporcionándole la cabeza al rival. A tientas, el Negro saca otro
violento tiro y yerra. El Bronce respira apurado, mira a uno y otro lado como
enloquecido, chorreando sangre de la cabeza a las patas, igual que su
contrincante, que se mueve a tientas. Y dispara también un golpe que
pareciera ser el último, el de “difuntiar” pero no lo acierta.
El Negro, en el mismo momento en el que el Bronce cae tras su fallido ataque,
lanza otro puazo terrible, una puñalada mortal que da en el blanco
inesperadamente. Aleteando, entre estertores, desparramado su plumaje que
brilla como cobre derramado en medio del ruedo de luz que dibujan los faroles.
Y un ronquido horrible, que hace estremecer a los presentes, manda de
espaldas a Mártiro Dolores en el mismo momento en que se acerca a levantar
su gallo.
- ¡El Negro, señores! – proclama con voz inalterable el juez.
- ¡El Negro! – Y el forastero alarga el brazo y empieza a recoger más y más
chirolas y billetes entre los apostadores del Bronce, que miran sin comprender
cómo Mártiro Dolores sigue allí, tendido, como buscando las estrellas.
- Ese hombre está muerto, caballeros, como su gallo. – grita el forastero con su
cavernario vozarrón, enaltando la cabeza, paseando por sobre todos su mirada
altanera y la sonrisa burlona, en tanto sigue llenando el ancho tirador con el
dinero que continúa recibiendo con indiferencia, como si no le interesara
mayormente.
Uno de los presentes trae un espejo y se lo aproxima a la boca del caído, en
tanto otros le cepillan las manos.
- ¡Está muerto! – sentencia apesadumbrado.
- ¡Está muerto el Mártiro Dolores! ¡Ha muerto el Mártiro Dolores...! - se corre la
voz enseguida. Cuando alguien, tras el revuelo, pregunta por el forastero, ya no
está. Por ninguna parte se lo encuentra. Se ha hecho humo con su gallo en su
macho negro, que va cargado, según dice el último que lo vio, con dos pesadas
alforjas llenas de plata.
- ¡Pa’mí que jué mandinga! – dice un viejo persignándose, mientras sigue
buscando en las sombras, con los ojos achicados, el bulto del hombre aquel
que no ha dejado ni rastros.
Entre el bullicio, Nacho queda como perdido. Cuando se resuelve a salir, la
noche lo aprieta con sus sombras y no halla qué hacer. Por la plaza a oscuras
no se ve ni un alma. Solamente uno que otro jinete cruza al galope por las
calles. Desde un cerrado callejón le llega el insulto de unos borrachos. Tiembla
de miedo y de frío. Todo lo hace sufrir esa noche. La soledad lo espanta como
nunca.
Cuando su miedo es más grande, cuando no puede contener sus ganas de
llorar, escucha un suave tropel y al darse vuelta se encuentra con el Zorro, que
le expresa su alegría dando saltos y pegando cortos aullidos.
Cruzan la plaza y cuando se da cuenta, el perro puntea adelante con rumbo al
rancho. Lo alcanza y lo aprieta con toda la fuerza de sus brazos.
- ¡No, Zorro, allá no! – Y llora con desesperación. Pero el perro insiste y él
vuelve a clamar con terror, colgándosele del cuello: - ¡No, Zorro! ¡No, vení! – e
intenta hacerlo volver.
La noche los cubre de sombras y los deja revolcándose bajo unas pálidas,
temblorosas estrellas.
AMOR DE MONTONERO
Un viento frío que bajaba de las cumbres, silbaba por los tabaquillos. Leves
copos caían cadenciosamente, se arremolinaban y como pelusillas, pasaban
flotando al bajo profundo, que se ahumaba con una nubazón pegadiza, negra,
agorera.
El jinete, encogido bajo el grueso poncho, con las manos ateriadas, dejaba
avanzar a voluntad su caballo, que lo hacía muy lentamente. Ni un rastro
alcanzaba a percibir, ni una senda entre la cerrazón y ya la noche se le venía
encima.
El deseo de ver a su madre cuanto antes, lo había tentado a cortar camino por
una serranía abrupta, totalmente desconocida para él. Por referencias, a media
tarde debía dar, en una bajada, con un rancho de piedra en el lugar llamado
“La Tinajita”, pero hasta esa hora, no lo había localizado. Dudando, se detuvo y
parándose en los estribos, oteó detenidamente el panorama. Lejos le pareció
distinguir un hilo de humo que se encumbraba y un manchón verdinegro como
trepando el altozano.
- Por áhi... por áhi puede ser... – Y ya más conforme, extrajo de sus alforjas el
chifle y tras echar un grueso trago de aguardiente, animó nuevamente a su
caballo. No había andado mucho bajando el pelado pedregal, cuando percibió
un apagado campanilleo de cencerro.
- ¡Ah, ah! – dijo como para oírse y ya con la esperanza de un tibio refugio
brillándole en los ojos, se dejó llevar por el caballo entre la nieve y la oscuridad
que se tupían más y más.
Un ojo de luz le ubicó el rancho contra el cerro y le aventó toda duda la perrada
que se le vino encima como para achurarlo.
Defendiéndose como pudo, sujetó su caballo en el patio resbaladizo.
- ¡Ave María Purísima!
- ¡Sin pecau concebida! ¡Apíese, forastero!
Sin hacerse repetir la invitación, se descolgó pesadamente. Estaba como
pegado al apero después del traqueteo de todo un día sin parar.
- ¡Qué noche pa’ campiar sendas!
- ¡Doy gracias que topé con el rancho di’un criollo! – dijo sacudiéndose el
poncho. Tenía los pies congelados. A la leve claridad, podía ver a su
interlocutor, un hombre ya entrado en años, de voz y modales suaves, que iba
y venía llevando al ramadón las piezas de su recado.
- Dentre, mozo... dentre sin cumplius... vaya calentándose.
Cuando pisó en la galería alta y estrecha, la luz del mechero descubrió su
rostro curtido, de rasgos firmes. Al entrar, su estatura llenó de sombras el
humilde aposento.
- Ésta es m’hija.
- Gracias, don. – Y adelantándose fue a saludar a la joven.
- Haga sin cumplius, como en su casa, - lo instó el anciano -. Deje por áhi el
poncho y caliéntese.
En una conana grande había depositado ya la niña un montón de vivísimas
brasas.
Al quitarse el poncho el forastero dejó al descubierto una chaquetilla
descolorida y toscamente zurcida en varias partes.
- L’hi di’acomodar el flete y enseguida vuelvo. Mientras, usté, m’hija, prepárele
algo sustancioso ‘e comer, ¿sabe? – y salió de inmediato sin hacerle asco a la
mala noche.
- ¡Ta’ güeno esto! – Acercó sus manos a las brasas y un a agradable sensación
de bienestar le recorrió el cuerpo. Al echar un ligero vistazo a la habitación,
sus ojos, de paso, se detuvieron en el rostro de la niña, que lo miraba a su vez
de reojo, sin poder disimular la desconfianza. Era jovencita y aunque vestía con
humildad, resaltaba lo proporcionado del cuerpo. Las mejillas rosadas, los ojos
negros de criolla, el cutis que tenía la pureza de la nieve.
- ¡Qué prenda me vine a encontrar! ¡Esto me viene como anillo al dedo! –
pensó haciéndosele agua la boca al tiempo que hacía un recuento de los
meces que llevaba sin ver una pollera ni siquiera tendida a secar.
- Sírvase... – El mate le entibió las manos y la proximidad de la niña le hizo
correr cálido estremecimiento.
-¡Vale la pena perderse, si mielcitas como éstas si’han di’hallar al final! –
continuó pensando al ver que se alejaba con el mate, a tiempo que algo fuerte
como un aguardiente sentía abrasándole las venas.
- Fiera la noche, ¿no? – dijo por comentar algo.
- Ah, ah... ¿es baquiano usté?
- ¡Di’ande! Nunca corté estas sendas.
- Tatita dice que sólo un güen baquiano es capaz ‘e dar con nuestro rancho en
noches como ésta.
- O de no, la mano ‘e Dios puede acercarlo a un perdido a su salvación, ¿no le
parece? – Al clavarle sus ojos relampagueantes, descubrió que las mejillas de
la dueña de casa se habían coloreado fuertemente.
Afuera, entre un apagado roce de seda, la nieve seguía cayendo y cayendo
desde un cielo borrascoso. Un perro se sacudió repetidamente en el ramadón y
sobre eso se oyeron temblar los pasos del dueño de casa.
- Ya quedó bien seguro su flete – le aseguró restregándose con fuerza las
manos y escudriñando al forastero con sus ojos chiquitos.
- ¡Lo contento que ‘tará mi pingo con haber dau con su rancho! – ponderó
riendo bajo. Aunque faltaban las palabras, la cordialidad estaba presente en los
rostros y acercaba los corazones. El dueño de casa se desvivía por servir con
lo mejor a su huésped, y éste, entre plato y plato, y luego entre un mate y otro,
iba sintiéndose más y más ganado por la bondad de los pobladores del ranchito
de piedra. Le parecía encontrarse descargado de armas, empezando en ese
momento una vida nueva, borrada de su existencia todo carrerear angustioso,
sendas y más sendas oscuras, emboscadas, gritos de venganza y de odio, que
eran parte de su vida, a la que jugaba minuto a minuto.
- ¿Otro mate?
- Hace ya mucho que no los tomaba tan ricos... - Transcurría la noche y el
montonero liberado de su fiereza combativa, sintiendo allí un desconocido
sosiego, sentía ganas de confesarse.
- ¡Qui’hacerles! El Chaco pa’mí es como un padre. Él hace y deshace de mi
vida. A un grito d’él, áhi tiene qui’andar mi lanza buscando pecho enemigo
ande clavarse. – Y luego de un corto respiro, seguía y seguía hablando como
un borracho: - Aunque ustedes me ven metiu en semejante baile, les juro que
nunca hago mal a nadie... me tengo por hombre güeno... – Se le empalideció el
rostro moreno y la voz, entonces, le tembló ligeramente en tanto con una de
sus manos se acomodaba el bigote renegrido.
- Pero algún día m’hi de sosegar... como qui’hay Dios... Mama me lo pide
siempre ¡y ya ‘ta muy vieja la pobre! – El alma del niño que añoraba a la madre
distante con el pedazo manso del hombre, le brilló en los ojos. - Y claro... sufre
muy mucho. – El anciano estaba pendiente de sus palabras y la niña, siempre
a la distancia buscándolo de reojo, hacía las cosas rápidamente para no
perderse una coma de su conversación.
- Es una desgracia ir a la guerra teniendo atrás madre o mujer que lo llore.
Libre áhi ser el hombre mientras anda jugando su vida por defender una idea...
solita d’él, ¿no le parece? – Hablaba con voz profunda y lenta, con la fuerza del
que expresa pensamientos largamente madurados en la estación del dolor; y
entonces, una cicatriz reciente que le cruzaba la mejilla derecha, parecía
avivársele.
El dueño de casa poco dijo después de su vida de pastor serrano. Cuando la
niña se fue a dormir, acercándose más al forastero, le habló con tono
confidencial: - Es l’único que tengo en la vida. Si no la tuviera, ¡pa’qué iba a
vivir yo! Di’un año me la dejó la finada. Y ya van pa’ veinte... De lo demás no
m’importa nada... ¡sólo ella! – en el rostro una sonrisa ancha y triste le
desplisaba arrugas. – Güena y alentada es m’hija...
No dijeron más. Uno y otro se quedaron encendiendo sueño en el candil
tembloroso.
- Mañana al alba... – La gruesa voz del montonero quedó resonando en la
noche. Y al asomar el nuevo día le tomó la palabra y lo llevó con el corazón
reverdecido, sobre el pingo que se hundía hasta las ranillas en la nieve.
- ‘Ta a su entera disposición mi rancho – le había repetido el viejo al despedirlo
y llevaba en los suyos gravados los ojos de la niña, que parecían rogarle un
pronto retorno. Pero cuando subió la cuesta, divisando el rancho enmantado de
blanco, comprendió que era de hombre no volver más a “La Tinajita” si no
quería sufrir y hacer sufrir lo nunca sufrido.
***
Pero la primavera había traído pájaros nuevos y en el campamento montonero
se habían multiplicado las tonadas de amor.
Después de meses venía atravesando el campo a media tarde y al llegar a
aquel cruce de senderos, se encontró sin saber qué hacer. Muchas cosas
pasaban tumultuosamente por su corazón. Cuando echó pie a tierra, sintió que
la primavera quemaba abajo.
Por no perder la costumbre, apuró del chifle unos tragos largos; luego fumó una
chala y enseguida otro más tratando de despejar sus ideas. El recuerdo de la
serranita lo tironeaba con fuerza hacia ese rumbo.
-¡Paloma! ¡Cada vez me gustás más! – Pero pensaba a la vez que si llegaba a
aflojar por darle gusto al corazón, muchas cosas podrían suceder y tendrían su
costado doloroso: abrírsele al Chacho que había sido como un padre para él,
por ese amor que lo punzaba constantemente. Casarse con la serranita y
llevarla consigo, lo que significaría matar al viejo de pesadumbre y soledad; o
tener que dejarla quién sabe en medio de qué desolaciones si esos ideales a
los que no podría renunciar jamás, lo llevaban de nuevo a guerrear. Aquello era
para pensarlo largo, muy largo. Pero hasta ese momento todas sus
cavilaciones eran inútiles. Y cuando se declaró vencido, halló la solución: - Que
sea mi pangaré, el que disponga. – Montó y dejándole las riendas sueltas, lo
animó. Recordando tal vez los buenos morrales de maíz que el dueño del
ranchito de piedra le diera la vez anterior, decididamente el animal encaminó
sus pasos hacia “La Tinajita”.
Fue más linda esa noche todavía. La primavera le había hermoseado aún más
el rostro a la serranita, su voz sonaba más cariñosa y lucía un vestido floreado,
como otra primavera que se le ofrecía para ver y oler toda la vida.
- Lu’esperábamos – le dijo el anciano al verlo llegar tendiéndole las manos
llenas de afecto.
- Nunca podría olvidarme ‘e los güenos amigos. – Al desmontar comprendía
que allí estaba la paz, esa felicidad hogareña que desde tanto tiempo atrás
desconocía totalmente.
- M’hija también lu’esperaba – se acercó a secretearle no bien llegó. – Tal vez
con la primavera güelva, mi’anunciaba... y ya ve, justito.
Un perfume desconocido le llenó el alma: - ¿Será que me quiere ella también?
– se preguntó sobresaltado y feliz. Pero no pudo continuar escuchando sus
propios pensamientos porque ella se hacía presente alcanzándole el primer
mate.
Los ojos del hombre, que la buscaban como muertos de sed, encontraron por
fin los de la niña con su pregunta y la respuesta fue firme. Bastó el instante en
que se cruzaron las dos miradas; luego la niña bajó de inmediato la cabeza,
ruborizado el rostro. Otra vez se acusó de cobarde, de estar buscando lo que
nunca podría ser. Pero ¿cómo no mirarle el rostro gracioso, ese hechizo que le
venía del dulce mirar, de su alma que parecía asomarse a ellos?
- Soy hombre ‘e respeto – había dicho la vez anterior y ahora se escuchaba
repitiendo lo mismo.
- ¡Si mi’habrá puesto hoyos la vida pa’rodar! Pero hombre soy pa’ saber
cuerpiarlos – reflexionaba con voz profunda. Y lo hacía para escuchar mejor las
palabras que no lo dejaban flaquear. Porque los ojos de la serrana ya le habían
dado a entender que todos los senderos estaban abiertos para ella, si quería
llevarla. ¡Qué tentación! Él era un hombre, estaban en primavera, y además, su
caballo era de ancas y tenía un andar como para pasear reinas si es que se
ofrecía.
- ¡Linda condición ‘e mozo! ¡Así áhi ser el hombre qui’un día se lleve la mano ‘e
m’ija! – comentó el viejo chupando su cigarrito y los ojos se le llenaron de un
agua tibia.
Calló el montonero. Desde el fondo de sus recuerdos se alzaron otra vez entre
densa polvareda, gritos, insultos, olor a sangre y a sudor y el tropel de los
pingos desbocados huyendo enloquecidos por los montes.
- Yo nunca podré tener mi rancho... – Se lamentó dejando caer su cabeza.
- Esto pasará... – intentó consolarlo el viejo. – El Chacho ya s’irá a sosegar,
¡qué tanto!
- Pero mientras, ya ve. ¡Qué vida, caracho! Di’aquí pa’allá siempre, sin un
rancho, sin un amor... sin nada... – Repentinamente se puso de pie y abrió
grandes los ojos con la fiereza del montonero en acción. Adentro, el corazón
acorralado golpeaba como en un largo galope.
- ¡Pero mi tierra lo manda!
La voz de la serrana lo serenó: -¿Qui’acaso va tan apurau, otra vez?
- Tengo pocos días pa’ ver a mama... la pobre ‘ta solita y m’espera. – ‘Ta poco
menos que tirada allá en los llanos... Nada más qui’ un ratito la veré... nu’hay
tiempo pa’más. Si nu’hay alce pa’ nadie, ¿no le digo? ¡Di’un hilo ‘ta colgau
nuestro pellejo! Y tenimos que defenderlo de día y de noche, si no...
Jamás hasta entonces había sentido tan brutal necesidad de desahogarse. Le
parecía que en ese momento acababa de descubrir que la muerte noche y día
venía pisándole los talones.
- Pero un día siquiera podía quedarse con nosotros, ¿no le parece, tatita?
- Y... si él así lo dispone, con mucho gusto.
Pero ya estaba irguiéndose con la resolución tomada: - Son ustedes muy
buenos, pero no puedo. Tendré que marcharme y será mañana al alba...
Y el amanecer, rebosante de trinos, le tomó la palabra.
- ¿Volverá? – más que los labios, los ojos de la niña formularon ansiosos la
pregunta al despedirlo.
- Volveré – le respondió sin firmeza. Estaba como en el aire y lo demudó
enseguida la rabia pensando que había sido tan poco hombre. Se alejó al
tranco lento, mirando todas las cosas que iba dejando atrás como si alguna vez
hubieran sido suyas. El sendero bordado de verbenillas, el viejo coco
abanicando el rancho, las cabras que trepaban retozando las ásperas laderas;
cuando el caracol pedregoso lo dejó arriba, asomó la pampa rocosa con toda
su desolación y sintió como si el alma se le escapara. Detuvo el caballo y se
dio vuelta; abajo el rancho se encendía en verdes tonalidades. ¡Qué ganas tuvo
de verla a la serranita por última vez! De todas maneras ya la había perdido
para siempre. Jamás volvería a ese lugar. Por eso no pudo negarse a ese
sentimiento y se apeó. Enseguida, la vería trajinar, como todos los días, por el
patio rodeado de enredaderas y de vides que trepaban por las ramas del alto
coco. Se había empeñado en descubrirla, cuando por el sendero que
escondían los hualanes oyó resbalar piedras, como si alguien subiese
corriendo.
Y ella apareció de pronto allí, en el alto, desde donde él la buscaba ansioso.
- ¿Usté? – preguntó sofocada. Cantaban en el bajo los zorzales, aromaban las
piedras y el molle florecido ponía su corazón en toda la amplitud de la copa
para que se sirvieran de su miel a voluntad las abejas.
- ¿Se da cuenta?, se me cansó el pangaré – comentó riendo, en tanto, ya
desmontado, buscaba sediento las manos de ella.
***
Un año y medio se había ido. Quién sabe por qué, se preguntaba el montonero,
la muerte que más emboscadas le tendía, lo había respetado. Y eso que él era
siempre de los primeros en arriesgar el cuero, en salir de entrada como ciego
dando y recibiendo.
- ¡Vamos a defender nuestro suelo ‘e los intrusos hasta dejar los huesos! –
gritaba el “Chacho” que nunca se andaba con chicas y tras sus palabras, el
tropel de los cascos rebotando en la lejanía y la humareda y el fuego, el rejón
afilado, la gritería infernal iba otra vez con ellos.
¡Cuántos quedaban tirados como perros en la soledad de los campos! Y no
faltó tampoco el que acobardado por el hambre y el acoso incesante de la
muerte, huyera como enloquecido alguna noche, desertando.
Ahora que regresaba sobre campos yermos, cabizbajo, rotoso, quebradas
todas sus fuerzas por la brutal noticia que lo había alcanzado desde “Olta” se
avivaba amargamente en su memoria la desaparición de su compañero
Maidana. Quién sabe en qué montes oscuros lo había barajado la noche o qué
ideas lo condujeron a abandonar a sus jefes y amigos sin decirles una sola
palabra. Pero no, no era hombre para esto; si había sido siempre de los más
corajudos y resueltos. Ahora, en esa soledad sin orillas, lo extrañaba más que
nunca. Había sido tan buen amigo, tan de confianza, que solamente a él había
llegado a confiarle cosas de su vida, sentimientos íntimos y esperanzas que a
nadie contara. Y por cierto que aquello de la serrana escondida como un tesoro
allá por “La Tinajita”. ¡Cómo no iba a extrañarlo si había sido un amigo sin
vueltas!
- ¡Maidana...! – Al final de todo no lo tenía a él ni a su madre tampoco; ella no
había podido soportar tanto tiempo de soledad y de zozobras.
En ese andar desazonado y sin rumbo, se había levantado el recuerdo del
beso de la serranita en aquel día de despedida en el rancho faldero, cuando a
duras penas venció su intención de cargarla en ancas de su pingo llevándosela
para siempre. Ahora, como una brasa muy débil, su esperanza parecía querer
revivir, alumbrar de nuevo; y era el rostro de la donosa de “La Tinajita” la
imagen que lo acompañaba pintándole días dorados. Y así, sintiendo que su
corazón endurecido empezaba a despertar, entró a bajar la escarpada cuesta
siguiendo ese rumbo a la hora en que las estrellas empezaban a desvelarse.
Cuando divisó la lucecita del rancho, relinchó con alborozo el caballo y sintió
temblar su corazón.
Al pisar el patio, los perros lo recibieron con fiestas; le extrañó, en cambio, ver
que el dueño de casa se quedaba plantado como un poste, sin decir palabra.
Pensó que era por la emoción de verlo de nuevo, de saber que venía a cumplir
la palabra empeñada y lo apretó en un abrazo largo.
Aspiró hondamente el olor a membrillo con que el otoño endulzaba el aire.
- ¿Usté? – atinó a decir el viejo, observándolo con detenimiento a la débil luz
que escapaba de la habitación, a tiempo que se apartaba de él como si
estuviese mirando una aparición.
- Sí, sí... soy yo; aquí’toy... ya ve... he vuelto. – Intentaba con su alegría
borrarle tanta perplejidad.
- Sí, sí... me doy cuenta, pero... ¿sabe? – Se rascaba la barba el anciano, pero
continuaba permaneciendo con los ojos enormes abiertos, inmóvil, pétreo.
- ¿Y María? – preguntó sin poder sujetar más su ansiedad en tanto daba unos
pasos hacia la galería presintiendo ya algo grave.
- Oiga, no, no... ¡Atienda! – lo contuvo la voz ronca, angustiada.
- ¡Qué pasa! ¿Me quiere decir de una vez? – Era ya un rugido su voz y los
músculos tensos, nuevamente vivos, le hacían sentir todas las espinas de la
tierra que le parecía estar pisando otra vez.
- Es que... justamente, hay algo que le debo contar.
- ¡Quiero saber tan sólo dónde está María!
- Sí, sí, a eso iba. Le voy a contar... resulta qui’a poco d’irse usté, la última vez,
nos llegaron mentas ‘e su muerte.
-¿Que yo...? ¿Y quién trajo ese infundio? – Le saltaron en borbollón las
palabras, ardieron sus ojos como en lo más vivo de la batalla y hasta el pelo
largo y la barba negra y sucia parecieron encresparse por la indignación.
- Maidana... Jacinto Maidana – susurró el viejo.
- ¿Maidana? ¿Maidana mintió eso? – sintió que las manos se le convertían en
garras.
- Después qui’usté tuvo aquí l’última vez, él empezó a llegar por este rancho de
cuando en cuando.
-¿Y...? – preguntó con ansiedad.
- Él nos contó la primera vez que vino lo de su muerte. M’hija lo sintió mucho...
y resulta qui’ahora...
- Pero ella, ¿dónde está? ¡Solamente eso quiero saber ahora...!
- ¡Pa’ qué! ¡Ya no tiene remedio! Se fueron... son felices, ¿entiende? A usté le
tocó en esta güelta la parte más mala de la guerra.
- ¡Con Maidana... con Maidana se jué! – dijo con amargura.
- Sí, sí... quién iba a pensar qui’usté llegara a volver.
- Sí, tiene razón – dijo luego de una dolorida pausa. – ¡Son cosas ‘e la guerra y
en esta güelta me tocó perder!
Un aire fino y frío le silbó por los huesos y lo obligó a soltar la cabeza sobre el
pecho. Claro que se daba cuenta de lo que había pasado; cosas de querer
como nadie a su suelo nativo, de defender con uñas y dientes un ideal, al que
se había entregado por entero. Por eso estaba así, agonizando por fuera y por
dentro. ¡Claro que sí! ¡Cosas de la guerra! – pensó en tanto sentía que un gran
vacío lo iba cavando por dentro.
Como dos postes huecos, sin decir palabras, se abrazaron las sombras. Luego,
pausadamente, montó en el pangaré que fue dejando sobre las piedras el
lúgubre golpear de los cascos.
JUSTO GÓMEZ, BAQUEANO
De sobra se sabía quién era el viejo Justo Gómez. Su historia era larga y se
había desparramado por todo el norte de San Luis, corridos por los llanos de La
Rioja, ponderado alrededor de los fogones en San Juan. Era vivo y tenía más
mañas que mula zaina. Chiquitito, encogido, con el ponchito desteñido al
hombro, chupando siempre como ausente su cigarro de chala, los ojos de gato
entre las tupidas cejas, denunciaban su corazón filoso como un cuchillo.
Cuando él decía “pucha” o “miesca”, ya el bufoso estaba en su mano echando
humito. Y tan dispuesto que cuando daba a entender “ir, a tal parte” era porque
ya estaba llegando también, montado a pie o en lo que fuera. Para la baraja no
se conocía otro más peine que él, pues nunca le había de faltar la carta de
triunfo en la mano y otro no había de ser el que diera el primer manotón al
candil si el caldo se ponía espeso o el que arrojara el sorpresivo puñado de
tierra a los ojos de su oponente si lo agarraban mal pisado y las papas
quemaban.
Pero aquella vez hacía falta un baqueano, un hombre que no fuera a hacer
perder el rumbo a una tropa de hacienda muy importante que debía ser
entregada en San Juan; que supiera, además, ubicar bien las aguadas y
señalar con precisión las mejores pasturas donde llegar a la hora tal para dar
respiro a los animales y poder, luego, con gran exactitud, calcular el grado de
resistencia del arreo para que alcanzara a cruzar, sin desfallecer, la región de
desiertos, que los había1 y de muchas leguas.
Y para eso el viejo Gómez que ni pintado. Como arriero, no tanto, porque ya
pisando los setenta2, aunque enterito todavía y muy aguantador, le faltaba el
empuje necesario que el oficio exige. De tal manera fue, pues, nada más que
por baqueano que lo contrató el Capataz, aún conociéndole todas las mañas.
Tres días de marcha llevaban ya y él había demostrado que no era infundada
su fama. El calor sofocante, la sed y el cansancio traían aplastado al arreo y
más lejos se les hacía “La Botija”. La tierra reseca y floja se levantaba como
una ceniza, los emponchaba entero, se les entraba por los ojos y la boca se les
quedaba pegada en las gargantas resecándoselas.
Las botas con vino caliente y los chicles con agua, se alzaban a cada momento
con temblor de fiebre hasta las bocas y parecían clarificar los gritos: ¡Juira!
¡Juira, mañoso!
- ¡Jui, jui, jui...! ¡Güella, Mochito! – Atropellaban las mulas a los novillos que se
apartaban de las sendas borrosas y el golpeteo de los guardamontes y el
restallar de los chicotazos en el anca de los animales, les vencía la resistencia
a avanzar, a meterse en esa gris desolación de arenisca, pajonal y cielo de
plomo, que les llenaba los ojos.
Este párrafo está confuso, y probablemente incompleto. Ha sido transcripto textualmente del libro
original.
2
Idem (1)
1
- ¡Juira, novillo ‘e porra! – Y otra vez Casimiro por delanteaba con el encuentro
de su caballo a un tostado emperrado en pegar la vuelta y le dejaba llover
chicotazos en el anca sudorosa, ya charqueada por la filosa cola del rebenque.
- ¡Despacito por las piedras, muchacho! – le gritaba levantando las manos el
viejo Justo, viendo que la rabia le hacía perder los estribos a su bisoño
compañero.
- ¿Pero no lo ven al tostau ese? ¡Ya me tiene cansau! – Y el único ojo que le
había quedado en la cara flaca, le chaguaba la rabia al Casimiro.
Por un rato el novillito con la cabeza gacha, desflecando hilos de cansancio el
belfo brillante y cálido, parecía conformarse, pero a poco andar, se apartaba de
nuevo, se metía detrás de algún tronco seco o tupida ramazón y ahí se
quedaba, brava la mirada, plantado sobre las patas firmes, tirada para abajo la
cabeza amenazante, como dispuesto a morir en defensa de sus ganas de
volver a la querencia.
- ¡Afa! ¡Desgraciau! – Y desmontando el Casimiro y flexionándose como un
alambre, lo cubría de azotes y de palos.
- ¡Pacencia, Casimiro, pacencia! – Intentaba calmarlo de nuevo el viejo.
- ¡Qué pacencia ni pacencia! Este tostau tiene el uñudo en el cuerpo y yo se lo
voy a sacar a lazazo limpio. – Y cuando de nuevo estaba por empezar a repetir
golpes, el viejo Justo se descolgó pesadamente de su cabalgadura y mientras
se acercaba a las chuequeadas como loro viejo, le fue hablando
pacientemente: - Así no, muchacho... Esperáte, hom... así, mirá y aprendé.
¡No siás tan chambón! – Tocándolo despacito con el cabo del rebenque y
hablándole al tostado como si fuese un chico, lo hizo salir mansito, mansito.
- ¡Juira! ¡Juira! – Se escuchaban más adelante los gritos que iban resultando ya
inútiles para algunas bestias porque el cansancio las doblegaba haciéndolas
balar, como gritando “¡Basta!”
- Van aflojando fiero, don Justo. ¡Qui’hacemos!
- Veia... ya himos de salir d’este secadal. A eso del anochecer llegaremos a un
campo de güena pastura y agua hallaremos... descuide usté.
Siguieron la marcha, paciente, despaciosamente, aquello, a momentos, era un
solo jadeo y golpe apagado de pesuñas y a otras un mar de silencio; los jotes,
que los acompañaban, se habían quedado con el día en las ramas secas de
algún muerto algarrobo; la luna les enseñaba el rumbo ceniciento de la borrosa
huella y a su luz se veían como fantasmas acurrucados, las blancas
osamentas, ya aliviadas de su bárbara sed.
Tras poco andar, entraron en una zona boscosa, y al llegar a un gran
desplayado, el baqueano indicó un ranchito diciendo: - Ahí ‘ta el “Bebedero
viejo”, ¿lo ve?
Y así nomás fue. Los animales bebieron desesperados y tranquilizados, luego
de mordisquear un poco se echaron a descansar.
Mientras los rondines ocupaban el lugar asignado y el resto entraba a
desensillar y tender las matras para estirarse, el viejo, mirando al sur y echando
unas leñitas al fuego, les advirtió: - No se dejen cair en los cuerpos como tejos,
muchachos, que va a llegar la tormenta... ¡Y quién sabe! El diablo no duerme...
puede ser brava. – La noche, pesada, silenciosa, parecía darle la razón.
Capaz nomás qui’así sea, Justo – dijo don Loncho, un hombre con muchos
años encima, pero prudente, amigo de hablar poco y muy respetado por todos.
El cansancio que cargaba como bolsas de plomo la espalda de los hombres y
les aflojaba las piernas endurecidas, les dejaba caer por la boca el silencio
estrellado de la noche. Se oía el chirrear de las lonjas del asado, uno que otro
monosílabo y de vez en vez el paso del vino por algún garguero, quemante
como rescoldo.
- ‘Ta cansada la gente – dijo en una de esas el viejo Justo, medio atorado con
un pedazo de carne.
- ¡Cómo pa’no! – fue la respuesta de don Loncho, de cuyo rostro se había
borrado ya su sonrisa permanente. Las llamas, bailoteando, bronceaban el
rostro de los hombres que formaban la gran rueda. Más allá las mulas
pellizcaban todavía golosamente las hierbas. La hacienda, echada, rumiaba
lentamente. Uno que otro resoplido alertaba la noche y algún colcón dejaba oír
su fúnebre lenguaje desde la cerrada ramazón.
Pero aquella profunda serenidad, en un abrir y cerrar de ojos fue violentamente
barrida.
- ¡Ya se vino la tempestá! – se le oyó gritar al viejo Justo, peleándole al viento
las pilchas que le arrebataba; a la vez, sin perder el tino, se lo veía zapatear
con furia sobre las llamas del fogón, como un bailarín de malambo, que hubiera
enloquecido en su ardor por apagarlas. No hubo tiempo para más. La punta del
viento se abatió con furia sobre la alta ramazón de los árboles añosos, pasó
arrastrándose bajo como una creciente oscura de polvo y hojarasca y el
reventón intempestivo del trueno hizo espantar a los novillos que se levantaron
repentinamente como una bandada de palomas. Dando un bufido, pegaron
media vuelta las mulas; don Loncho, viendo fiero el asunto, tiró un manotón a
las riendas y no las alcanzó; perdido por perdido, ensayó otro capujón
alcanzando a prenderse de un correón. Fue en ese instante que sintió un fuerte
tirón que intentaba sujetarlo desde atrás; a la luz de un relámpago, alcanzó a
distinguir al viejo Justo, la melena al viento como penacho de coracero, que
dispuesto a escapar de aquel remolino de locura, había alcanzado a prenderse
de su ponchito y allá iban los dos, como alma que lleva el diablo, arrastrados
por la mula que huía espantada.
Como cincuenta metros habían recorrido así en la oscuridad, volando por entre
las ramas, árboles y churquis, salvando el bulto milagrosamente de troncos y
espinales, cuando en una de esas se llevaron por delante un grueso tronco de
algarrobo y ahí quedaron. No habían alcanzado a enderezarse, cuando oyeron
aproximarse un tropel horrendo. Como cuzcos acobardados se parapetaron
tras el mismo tronco, cuando balando enloquecidos, con un ruido infernal de
pesuñas y ramas que sonaban como tiros al quebrarse, pasaron los novillos en
su ciega carrera.
Todavía sintiendo temblar la tierra por aquel enloquecido aluvión, tiritándole la
barba, habló el viejo para decir:
- ¡De la que nos libramos, compañero!
- ¡Por suerte nu’himos muerto aplastau como sapos! – le respondió don Loncho
como saliendo de una pesadilla. Sabía que un milagro los había salvado.
- ¡Vino fiera la mano esta güelta!
- ¿Ti’has lastimau? – Sólo alcanzaba a distinguir el bulto del viejo.
- Un chichonazo en la frente, nada más. ¿Y vos?
- Una pelagiadura en la cara... ¡De la que nos salvamos...! Alejándose el tropel
de la hacienda seguí haciendo remecer la tierra y los bramidos, ora lastimeros
o embravecidos y el grito de los hombres llamándose unos a los otros, o dando
fuertes clamores hacían semejar aquello al purgatorio.
- ¿Y ahura qu’hacemos, Justo?
- ¿Yo? Prender un cigarrito ‘e chala, Loncho. ¿Y vos?
- Y yo... prender otro si es que me convidás... porque ya ‘toy viendo qu’hi perdiu
hasta la tabaquera – dijo sin alterarse.
Empezaban a echar humo, cuando grito va y grito viene, tanteando a lo ciego
en medio de la oscuridad, fueron reuniéndose todos los arrieros que habían
quedado a pie como ellos.
El balance del desastre daba dos bajas en hombres que habían sido pisados
por los animales y otros cuantos muy golpeados.
Tratando de conservar la serenidad, el Capataz armó de nuevo la rueda y
empezó a deshilachar sus preocupaciones.
- Güeno, muchachos... ustedes ven, ando con la yeta encima. Hi quedau sin
hacienda, hay dos hombres malamente golpiaus y además, todos estamos a
pie. Qué les parece a ustedes... ¿qué podimos hacer?
Nadie dijo nada. El silencio se hacía más pesado sobre el abatimiento. La
tormenta seguía tronando alto y se iba lejos sin dejar caer ni una sola chispa de
agua. Los rostros, gruñidos por una bailoteante llamita, hablaban de una honda
preocupación que cada hombre de cuclillas, rumiaba muy adentro. Unos se
sobaban las manos, otros algún pie torcido. Los demás, con la cabeza baja,
aspiraban como con rabia y sed el humo amargo de un cigarro de chala.
- Les pedí una opinión – insistió el Capataz echándose la vieja manta al
hombro, - el menos como el que más me puede dar la suya en esta ocasión. –
Los ojos doloridos parecían implorar.
- ¿Qué me decís, Loncho?
- Nada puedo decir, porque no soy conocedor de estos parajes. De no, con
gusto. – Y siguió chupando su cigarrito.
- ¿Vos, Justo?
- Y... yo no sé – respondió acomodándose el viejo chiripá amarillento.
- ¿Vos, Juan? ¿Tomás? – Ninguno dijo esta boca es mía.
- ¡’Ta los gauchos estos! – Les tocó el amor propio con rabia el Capataz.
Fue el viejo Justo el que sintió más vivamente el chuzazo.
- ‘Ta bien – dijo acomodándose el sombrerito. – A mí me parece que lo que
debimos hacer, es tomar mate y después dormir. Cuando aclare, juntaremos
las pilchas y buscaremos las mulas, que nu’han di’andar lejos. A más – agregó
como fatigado de tanto hablar – hagalé una promesa a la Dijunta Correa pa’que
li’arrie l’hacienda p’al norte; nosotros cortaremos deraceras con ese rumbo y a
la tarde ya la podremos juntar.
Todos se habían quedado mirándolo al viejo sin entender ni jota. No sabían si
hablaba en serio o si les estaba tomando el pelo.
- ¿Y por qué l’hacienda áhi tomar al norte y no al sur qu’es donde tiene la
querencia? – preguntó Juancho, luego de una pausa, como para ponerlo en
apuro.
Era retobado el viejo y de pulgas ariscas, así que ahí nomás se le volvió sobre
el lazo.
- A mí mi’han pediu una opinión y l’hi dau. Al que no le guste, que se calle o
que se vaya a rascar a la casa de su agüela.
- ¡’Ta bien, ‘ta bien! – apaciguó apurado el capataz que ya se veía venir otra
desgracia encima. Y agregó: - En eso de la promesa, ‘toy di’acuerdo, porque
sólo un milagro puede hacer que me junte con los animales y desde ya, perdiu
por pediu, se l’hago a la Dijunta Correa, como indica el amigo Justo. – Algunos
asintieron con la cabeza y otros torcieron la boca como diciendo: - ¡El viejo
Justo está reloco!
- Eso sí – continuó diciendo el Capataz, - me gustaría saber por qué piensa que
l’hacienda va a buscar al norte, en vez de rumbiar pa’la querencia.
Quedó mudo el aludido, luchando sin duda por vencer al indio que se estaría
muriendo de ganas de mandarlos a pasear a todos de una vez, por
desconfiados.
- Disculpe, don Justo, si es que m’hi abusau – aclaró el Capataz.
Entonces se quitó el sombrero el baqueano, dejando al aire los pelos de la
cabeza, duros, parados, se rascó medio por detrás de la oreja y después de
humedecerse los labios secos, empezó a hablar desganadamente.
- Vea, don, lueguito parará el viento sur y entonces, l’hacienda s’echará a
descansar, ¿m’entiende? Aparte del alba se levantará viento norte; entonces,
como los animales van a estar sedientos, olfatiarán como locos el agua ‘e La
Laguna Amarga, que si’halla a seis leguas di’aquí. Quiere decir que si nosotros
salimos junto con lo qui’arranquen los animales de donde s’encuentren, vamos
a poder juntarlos al atardecer y tiene que ser antes que lleguen a la laguna
pa’no dejarlos beber, porque animal que llegue a tomar d’esa agua, áhi nomás
quedará la pata dura.
Nadie dudó más. Todos parecieron acordarse, entonces, que don Justo
Gómez, siguiendo a La Chapanay o con las partidas del Chaco, no una, sino
muchísimas veces, había cruzado esos desiertos en todas direcciones.
Cuando el sol empezó a pintar, los que encontraron las mulas entraron a cortar
camino en la dirección señalada por el baqueano. Algunos hombres se
quedaron campeando sus cabalgaduras y otros dos, cargando los heridos,
emprendieron el regreso. Duro fue el andar de ese día. Otra vez quebrados
terrenos, malezales, bosques cerrados, en partes, con el peligro de los pumas
y viborones, la sed quemándoles la garganta y el desaliento y el cansancio
chamuscándoles las palabras, achicharrándoles los pensamientos.
Pasado el mediodía cortaron los primeros rastros en listas hondas que
avanzaban decididamente hacia el norte. Entonces empezó a volverles el alma
al cuerpo. No iban errados. Más allá fue uno que otro animal apareciendo como
dejaritado, con el testuz al aire, olfateando con desesperación el agua,
babeante el hocico, lastimero el balido, alargando más y más el tranco a
impulsos de su desesperante sed.
Cuando dieron alcance al primero, el milagro que estaba haciendo la Difunta
Correa se les hizo patente. De uno a uno fueron juntándolos no sin trabajo, ya
que la laguna los atraía con la promesa del agua que venteaban en el aire,
haciéndoles cambiar el rumbo.
- Hay que darles muy duro, porque van a seguir porfiando fiero. La sed los
mata, hay que dejarlo, nomás, patrón, porque al “Balde” tenimos que llegar con
l’oscurana, porque si no todos van a parar la pata.
Y entraron a ponerle fuerte, olvidados de la sed y del hambre, déle azote y grito
a las bestias, muchas de las cuales rendidas, se dejaban caer como un montón
de huesos. El tostado rebelde, que tanto lo había hecho renegar a Casimiro,
fue uno de los primeros en quedar tendido, abiertas las pupilas, enloquecido,
clamando por un poquito de agua.
Los otros, al ventear el “Balde”, llenaron el oscurecer de balidos y nerviosos
golpes de pezuñas; envueltos en un remolino de polvo, con el último aliento,
mojaron el hocico en el agua fresca que sacaban sin cesar los hombres en los
grandes noques. La tropa estaba salvada.
Y así, de “balde” en “balde”, un día alcanzaron el primer arroyo en tierras de
San Juan y poco después la hacienda era entregada a su comprador.
Cobró el importe el Capataz, pagó a sus hombres, cumplió la promesa hecha a
la “Dijuntita Correa”, llenaron sus alforjas y chifles y se dispusieron a
emprender el regreso.
Cuando pagaba la vuelta de vino del estribo, el Capataz llamó aparte a don
Loncho.
- Le quiero pedir un gran servicio, amigo.
- Usté manda, patrón.
- De los patacones cobrados, ya pagué a todos y separé pa’ los gastos ‘e la
vuelta, quiero que si’haga cargo del resto.
- ¿Yo? – le brillaron los ojos bajo las tupidas cejas.
- Sí; hagamé la gauchada. Hi visto cosas que no me gustan. Sospecho que
mi’asaltarán a la güelta. Y a usté le tengo confianza, por eso.
-Si así lu’ha dispuesto... – Y recibiendo los patacones que le alcanzaba el
patrón, los desparramó a todo lo largo y ancho de su viejo tirador.
Bien sabía el Capataz por qué lo había elegido. A más de ser hombre de
agallas, se contaban de él muchas cosas que lo hacían aparecer como
protegido de Dios o por el diablo. No era cuestión de meterse con él. Entre
otras se sabía que una noche había entrado a su rancho un individuo y que
trató de coserlo a puñaladas cuando él dormía. Sin embargo, al primer golpe
que le dio, debió arrojar el puñal con la hoja doblada como una lata, porque
ese cuerpo flaco al que había intentado ultimar, era de fierro o piedra, y no de
carne y hueso.
- Ningún puñal podrá nunca contra las palabras que digo antes de dormirme –
le habían oído comentar más de una vez a don Loncho, haciendo abrir grandes
los ojos a sus casuales oyentes.
Ya con los patacones en su poder, no se habló más de aquel asunto. Un día
habían andado por el camino de vuelta, cuando a la noche, como si los hubiera
tragado la tierra, desaparecieron el viejo Justo y uno de los muchachos
arrieros.
- Mal olor le tomo al guiso – comentó don Loncho al Capataz al enterarse de la
fuga. Será mejor que me corte solo. Si los asaltan, diga que la plata me la llevé
yo y que me la quiten si son hombres.
Y así lo hicieron.
***
Los arrieros no pudieron menos que pensar que era cierto cuando se decía de
don Loncho, que era brujo, adivino o algo por el estilo, cuando a la noche
siguiente dos individuos emponchados les cayeron encima de repente
inmovilizándolos y apretando al Capataz cuando estaban dormidos.
- ¡La plata! – les gritó uno de ellos.
- ¡No la tenimos! ¡Ya se la llevaron!
- ¿Quién?
- ¡Don Loncho se la llevó!
- ¿Pa’dónde?
- ¡No sé... se cortó solo! ¡Él se la llevó!
- ¡’Ta que l’hicieron linda! ¡Pero lu’agarraremos ande sea al viejo ese!
- ¡No vayan a hacer desatinos, por favor! – les rogó el Capataz cuando vio que
guardaban los puñales y se alejaron hechos unas fieras. Llevándoles las
alforjas y los tiradores, las sombras aquellas se hicieron perdiz en medio de la
noche oscurísima. A todos les pareció que la voz de uno de aquellos
emponchados era la del viejo don Justo.
Con los ojos bien abiertos y la mano en la cintura cerca de donde encajaba el
puñal, don Loncho dejó la oscura huella que venía siguiendo y se raleó para lo
más cerrado del bosque. Cuando llegó la noche, lo alumbraba una alegre
llamita en un desplayado y unos mates lo refrescaban. Aseguró luego la mula a
pocos pasos suyos, avivó el fuego, en el que puso algunos palos gruesos,
tendió el apero y se acostó. El sueño lo buscó enseguida; tanto zangoloteo le
traía los huesos molidos. Pero antes de caer rendido se persignó, dijo las
palabras redobladas que acostumbraba repetir todas las noches y sólo
entonces se dejó llevar por el sueño.
Sin embargo, más de una vez esa noche, los bufidos y los estirones que
pegaba del cabestro la mula, lo despertaron sobresaltado.
- ¡Noche fiera, caray! ¡Qué te pasa, petisa! – pero la mula continuaba pateando,
bufando y amusgando las orejas, como si los rondara el diablo. Durmió poco y
mal; cuando venía el alba, ensilló, arrolló el lazo y lo ató a los tientos. Al
asomar el sol, cortó el rastro de un enorme puma sobre la tierra húmeda de
rocío; se le echó encima por darse el gusto, nomás, y a pocas varas dio con un
desplayado en el que parecía el mismo “uñudo” se hubiera estado revolcando.
A más de los rastros del bicho, había otros de cristiano. Observando aquí y
allá, encontró entre los churquis una tira de tela amarillenta, descolorida, que le
pareció haber visto no hacía mucho. Ya sobre los pastos, el rastro del cristiano
y un hilo grueso de sangre que no se cortaba fue, además, lo que vio con
preocupación.
- ¡Pelea brava ha siu! – pensó entre los bufidos de la mula. - ¡Pobre hombre! –
Y sin poder arrancar todavía de su cabeza el pensamiento de quién había sido
el desgraciado que tuvo ese encuentro con puma tan bravo, continuó el viaje
de regreso al sereno andar de la mula.
Un día y una noche más anduvo sin dar con rancho alguno, hasta que por fin
llegó a Candelaria. Allí habían quedado de reunirse con el capataz y sus
compañeros, que ya lo esperaban impacientes por conocer lo que pudiera
haberle ocurrido.
- De que lo siguieron, ¡’tamos seguritos! – le repitieron.
- ¡A tiro lu’han teniu...! ¡Si lo llevaban al rastro! ¡Usté tiene un Dios aparte, don
Loncho!
- Y güeno... ya ven; cuando uno se porta bien, Dios no lo deja de la mano.
¡Otra vez l’hi sacau linda! – y sonriendo, con su sonrisa de bueno, se encogía
de hombros.
Ya en el pago, no pasó mucho tiempo sin que se supiera que el viejo Justo
había regresado poco después y que se encontraba en su rancho, medio
perdido en una isleta del monte; pero no se dejaba ver por nadie, comentaban.
– “S’esconde como un enfermo ‘e la peste” – agregaban.
Eso fue hasta que alguien, más sagaz, pudo acercarse a escondidas y no tardó
en desparramar lo que había alcanzado a ver. El viejo Justo estaba muy herido;
y no eran de puñales tales heridas, aunque algunas sobre el pecho lo
parecieran, sino de uñas afiladas, que le habían desgarrado parte del
antebrazo y le habían hecho volar limpio el párpado de un ojo. Además, se
supo, el mismo rostro del viajo tenía unos arañazos profundos, que dejaban
pensar muy bien que era el sismo mandinga el que lo había marcado a fuego
para todo el viaje.
MEMORIAS DEL GUITARRERO
Era yo un muchacho chico cuando una tarde me mandaron a buscar unas
árganas a lo del padrino Juan. Mama ‘taba segura de que no m’iba a demorar
porque tenía que cruzar un campo donde todos sabían qui’asustaban y yo
nunca m’iba a animar a volver de noche por áhi. Clavau entonces que volvería
temprano.
Cuando llegué vi atau al algarrobo grande dos caballos muy lindos, bien
aperados, tapados de sudor. Yo no los había visto nunca ni las marcas que
tenían eran de las conocidas. Tenían que ser forasteros los qui’andaban en
ellos.
Me bajé, di el mensaje, m’entregaron las árganas que iba a buscar y ya le
mandaron recuerdos a toda la familia; pero yo, a todo esto, no despegaba el
ojo ‘e las piezas, porque bulla se oía adentro y algo estaba pasando. Me quedé
un ratito haciéndome el distraído, acomodando el aperito, sacando los abrojos
‘e la cola ‘e mi Bayo, medio con ganas de irme porque la noche se me venía
encima y ya se m’empezaba a encoger el cuerito de sólo pensar que tenía que
cruzar el campo por la “Cruz del Descabezau” en medio de la oscuridá, pero
también con ganas de saber quiénes eran y qué hacían esos hombres adentro.
Esos cálculos ‘taba haciendo, cuando sonó una guitarra. ¡Qué bonito que sonó
la guasa! ¡Fue como una bocanada de aire dulce, alegre, que me llenó el alma!
Como quien no quiere la cosa, me arrimé hasta la puerta donde había ya otros
dos chicos y fue entonces cuando vi a ese hombre desconocido de larga
melena renegrida y ojos hermosos haciendo correr sus dedos, como de seda,
por las cuerdas de la guitarra. ¡Quedé como si me hubieran hecho algo de
brujería! Fue como si de pronto me hubieran llevado a otro país de maravillas
donde las cosas que veía y pensaba no eran de este mundo. Eran aromas
diferentes los que percibía, colores que nunca había visto ni imaginado,
historias nunca oídas que me hacían apurar el corazón por sentimientos
nuevos. Y aquel hombre muy blanco y de mirada ausente que la dejaba perder
en la lejanía, ahora alumbrado apenas por la luz de la vela, seguía sacando por
la boca de la guitarra voces que parecían hacerme hervir la sangre y sentía el
grito caliente que ya me reventaba la garganta.
Ni cuenta me di del tiempo que había pasado allí, cuando unos brazos
comedidos me acomodaron las árganas en el caballo y pegándole un chirlo en
el anca, me despacharon de vuelta. Nunca supe eso ni me acuerdo tampoco
en qué momento pasé por el campo embrujado. Iba prendido de las estrellas y
el cielo de la noche se me imaginaba una gigantesca guitarra que soltaba sobre
el campo su aire perfumado y lleno de sueños.
Desde entonces comencé a vivir como ausente de todas las cosas: de mama,
de mi caballo regalón, de los deberes que tenía que cumplir. Vivía soñando con
tener una guitarra. Y el día que la tuve y supe que era realmente mía, porque el
viejo Polonio me la había dado a cambio de muchos días de trabajo, sentí que
allí encontraba de nuevo, enterito, al muchacho dichoso que naciera aquella
noche, y que mi corazón estaba dentro de la guitarra en toda mi alma.
La dejaba caer mansita sobre mi pecho y empezaba a hacerle correr los dedos,
acariciándola como había visto hacer al forastero aquella noche. Yo era el
hombre y ella la tierra y el cielo y los dos nos juntábamos para cantar. Era el
pasado y todo lo por venir, todas mis esperanzas y todos mis dolores y los de
todos los hombres lo que mis dedos arrancaban como en un sueño distinto, de
sus cuerdas.
Y nos hicimos compañeros, amigos hasta la muerte y anduvimos senderos
estrellados y muchos amaneceres nos vieron todavía avivando estrellas, llena
la boca de versos, estremecido el corazón de amor.
¡Si me habrá abierto puertas la guitarra, si me habrá ganado amigos, si habrá
echo caer lágrimas escondidas a más de una buena moza!
Tengo mil cosas pa’ contar, mil versos pa’ recordar. Y los dejaré ir cayendo
despacito, de noche en noche, de esas noches claritas, cuando las estrellas
parecieran acocarse a conversar con uno.
Ahora me acuerdo que una vez dispuse ir a visitar a un primo que vivía en “El
Realito”; era un día y medio de viaje a buena marcha del caballo por zonas
poco menos que desiertas. Me puse las mejores pilchas, cargué las alforjas
con algunas cositas que podía necesitar y salí poco antes de las doce. Como
no era muy conocedor del camino, había pensado que me quedaría a hacer
noche en “El Balde de Escudero”. Anduve y anduve y ya se hacía de noche y
desde buen rato atrás que no encontraba ni un rancho pa’ preguntar por qué
mundos andaba; todos eran senderos borrados, campos desiertos y luego
montes y montes. Me disponía a tirar los cueros bajo cualquier árbol, cuando
alcancé a distinguir una luz. Llegué. Era un boliche. Me acuerdo que había tres
o cuatro hombres afirmados a un mostrador destartalado. El candil apenas
ardía. Vi que estaban tomando la vuelta y que uno de ellos era muy joven.
Saludé y apenas si me contestaron. Se acercó luego el bolichero y me
preguntó qué se me ofrecía. Le pedí alojamiento, porque ya estaba viendo que
no iba a encontrar otra cosa donde hacer noche; me dice el patrón, que era un
viejo grandote con cara de malo: “no tenemos cama ni pasto ni nada”. Le pedí
entonces algo para comer, porque venía de lejos. “No hay nada”, me contestó.
“Déme dos kilos de maíz para el caballo, por lo menos”. “Tampoco hay”, me
volvió a decir. “Bueno”, dije mirando al grupo que estaba afirmado en el
mostrador, “Ahora sí que estamos bien. Yo y mi caballo vamos a tener que
dormir al palo y a lo gallo”. Ninguno dijo ni palabra. Estaba visto que el
bolichero no quería saber nada conmigo. Me habría visto, a lo mejor, cara de
bandolero. Bastante ofendido me disponía a salir, cuando se me acercó el más
joven de los parroquianos y me alcanzó un vaso con vino invitándome a tomar.
Le di las gracias y me serví. A todo esto yo había notado mucho movimiento en
la casa; entraban al despacho mujeres y chicos, buscaban cosas y salían
apurados, se sentían pasos en las otras piezas, en la galería, en el patio
tropeles de caballos que llegaban, ruidos de muebles que cambiaban de un
lugar a otro.
Entramos a conversar con el amigo este, en un aparte, y ya me contó que
había novios en la casa y que él no era invitado porque le arrastraba el ala a
una de las niñas y que el patrón no era gustoso. En eso que estábamos,
apareció de nuevo por el despacho el dueño de casa y con cara más fiera
todavía, dirigiéndose a mí, me dijo que disculpara pero tenía que cerrar el
negocio. Me toqué el sombrero, di las buenas noches, como si nada hubiera
pasado y salí para seguir viaje. Nos quedamos conversando junto a, la puerta
con el amigo, cuando oímos un tropel entre los montes y junto con pegado,
aparecieron los novios a caballo y a todo galope entre los tiros al aire y el
alegre reventar de cuetes.
Ya vimos que se bajaban de sus cabalgaduras muchas niñas y jóvenes.
Entonces, viendo tanta alegría y bullicio, me di cuenta que era una tremenda
injusticia que yo fuera a pasar ahí cerca la noche tirado en medio ‘e los campos
teniendo mis habilidades. El asunto se había puesto lindo. La reunión se había
armado en medio del patio y, por supuesto, nos acercamos a mosquetiar con
mi amigo. En cuanto entraron los novios, ya les cantaron una canción
dedicada, acompañados por una guitarra desafinada. Me dio pena, porque los
cantores iban por un lado y la guitarra por otro. Cuando terminaron, le digo al
joven despreciado con el que estábamos del lado de afuera, “Pídase la guitarra
y yo me comprometo a hacerlo llegar hasta la misma cabecera de los novios”.
Le pegó un brinco el corazón a mi amigo y dice, “Vea, soy amigo del novio,
pero, claro, él... ahora, usté m’entiende, ¿no?” Pucha qui’había siu di’aguante
corto mi amigo. ¡Qué tanto ahora y qué mañana! Escríbale cuatro letras, dígale
que quiere darle las buenas noches y que para eso precisa una guitarra, pensé.
En eso pasó un chico a nuestro lado y le preguntó: “¿Sabís cuál es el novio?”
“¿Y no?” me contestó. Ahí nomás hice las cuatro rayas y le digo, “Andá, llevále
este papel y tomá estas monedas”. El muchacho salió saltando en una pata y
enseguida ya vi que el novio se levantaba, conseguía la guitarra y la mandaba
con un hermano de la novia. Riéndose le dice: “¿Así qui’has aprendido a
cantar?” “No”, si’atajó mi amigo. “Es este mozo que les va a dar música a los
novios”.
Era una guitarra negra, muy linda. La igualé haciéndola sonar apenas, la
acomodé sobre mi pecho con cariño y ya la pulsé; daba gusto hacerla sonar.
Era de esas guitarras que se entregan al alma del cantor y con las que pueden
decirse cosas que uno nunca pensó que fuera capaz de decir.
Cuando la tuve a punto, le digo a mi cumpa, “Ahora me la va a sostener bien
firme para poder hacerle las corridas en arpegio hasta la boca, ¿sabe?” Me
miró como si no me hubiera entendido. Los novios estaban sentados a la
cabecera, al lado de los dueños de casa y los padres del novio y más allá, otras
señoras y niñas más donosas, que daba gusto mirar.
En cuanto hicieron un poco de silencio, arranqué haciendo una escala que les
hizo abrir grandes los ojos. Algunos se pararon y otros empezaron a acercarse
para el lado de la quincha; parecían no creer en eso que estaban escuchando.
Canté el primer verso y me les largué con otro bordoneo distinto. Ya veía que
todos estaban con los ojos pintados por la emoción. “Ya me los metí en el
bolsillo a estos viejos”, pensé contento y seguí. Cuando iba por el segundo
verso ni uno solo había quedado en su lugar, tres o cuatro me sostenían la
guitarra y otros me estaban pasando la mano por el hombro. Cuando terminé
con los versos, estrujándome y medio en el aire, me pasaron hasta la cabecera
donde estaban los novios que querían conocerme; a todo esto, ardían los
cuetes y los tiros, toriaban los perros, ululaba como indiada el negraje
pasándose sus buenos tacos. Y de mi socio, ¡qué les cuento!, en medio de los
remolinos ya se había acomodado y estaba pegadito al lado de “su pior es
nada”. “Usté sí qui’aprovecha la guitarra”, me dijo el novio. “La toca desde la
clavija hasta la boca, ¡caray!” y me pasó un potrillo de vino. Nos hicieron sentar
en el sitio de preferencia y me pidieron que cantara otro verso para los dueños
de casa. “¡Qué me iba a hacer rogar!” Yo nu’era sonso de ahora. De tanto
andar los caminos había aprendido versos que pegaban justito según juera
l’ocasión. Si se trataba de un viejo al que debía conquistar, ya me largaba con
el Concierto de la calandria y el jilguero o con la Historia del muchacho de la
poca suerte o con La pluma del caburé. De modo que entré a complacerlos.
Arranqué despacito y le fui haciendo desgranar sonidos a la guitarra hasta
cerca de la boca y por la prima y la segunda.
Aquello parecía una lluvia de trinos de pajaritos, según yo me lo imaginaba. Y
mirándoles la cara de asombro, me decía: “¡Ahora están sabiendo lo que es un
criollo guitarrero!” Apenas si les di tiempo para que se aliviaran con un suspiro,
cuando con todo sentimiento que cabía en mi pecho les entoné la No llorés mi
alma. Ahí aflojó todo el orgullo del dueño de casa, que hasta entonces había
estau como empacau. No bien terminé el canto, ya si’acercó y me dijo: “¿usté
es el joven qu’esta noche me pidió alojamiento y pasto p’al caballo?” “Sí,
señor”, le contesté. “Bueno, ya tiene todo, ¿sabe? Su caballo está comiendo y
usté pase a la mesa, ésta es su casa; y vaya sabiendo que de aquí no se va a
ir hasta que no le aprendamos todos los versos que sabe”, dijo abrazándome.
“No, señor, le va a salir muy caro”, le contesté bromeando y él me respondió
pegando una risotada y dándome otro abrazo. “No importa, vamos a comer”.
Ya los cabritos estaban en la mesa y a mi compañero lo divisaba un poquito
más allá hecho un caramelo al lado de una morocha que era una flor.
En cuanto terminó la comilona, se armó el baile. ¡Estaba muy lindo aquello! Era
gente tan buena que enseguida parecía que todos nos habíamos criau juntos.
En una de esas, oí comentar en una rueda lo linda que estaba la María. Me
arrimé al socio y le pregunté cuál era la María. “Es aquella gordita que está
ahí”, me dijo. “Esa es la chica con la que yo afilo”. Ya me lamenté de mi mala
suerte. “Qué pasa”, me preguntó con apuro. “Nada”, le contesté, “sino que
estaba pensando conquistarla. Le iba a cantar un verso, pero si es la que
pretendés vos, que se vaya, total, mañana te vas del pago y chau”. Y diciendo
esto, se fue, trajo la guitarra y me la pasó. Como sabía un canto para cada
nombre de mujer, ya le canté la Despedida a María: “Adiós, María adorada /
este recuerdo te dejo / vaya triste, idolatrada / yo en un instante pensaba / no
sufrir esta pasión / pero mi fiel corazón / piensa en ti, dulce María / que sólo en
la tumba fría / te olvidará tu cantor.” Cuando terminé de cantar el último verso,
la moza, que había estado suspirando cortito, no pudo más y se cubrió los ojos
para esconder las lágrimas.
Linda fiesta fue esa que duró hasta el otro día a la noche. Nunca me voy a
olvidar. Me halagaron con todo lo que yo quería. El lunes por fin pude seguir mi
camino entre los abrazos de la gente y pedidos de que volviera cuanto antes al
“Balde de Escudero”.
Esa noche llegué a la casa de mi primo y no pensé más que en descansar. Al
otro día, cuando quiero acordar, empezó a caer gente, despacito, como quien
no quiere la cosa, de a pie, a caballo, en sulky, de uno, de a dos. Malicié que
era para esa misma noche el fandango que había preparado mi primo por mi
visita. Y esa tarde nomás se armó la farra que daba gusto. Había algunos
paisanos que tocaban la guitarra, otros que cantaban, pero yo me hacía el
desentendido, seguía sentado haciéndome el ignorante, conversando con una
tía vieja, pero eso sí, con el ojo a las criollas para ver a cuál me le iba a apuntar
más tarde. Cuando me preguntaron si sabía música, les dije que todavía no
había tenido tiempo de aprender. Me estaba reservando, porque sabía que no
bien les cantara la No llores mi alma o cualquier otro canto, ya no me iban a dar
respiro.
Cuando estaba la fiesta en lo mejor, como a eso de las diez de la noche, se
oyó un tropel por el patio, luego alguien dijo: “Son dos forasteros” y ya se oyó
que tocaban las manos. Cuando se asomó mi primo, oí una voz gruesa y
conocida que daba las buenas noches y decía: “Soy el bolichero del ‘Balde’ y
vengo porque somos muy buenos amigos con un mozo cantor que estuvo en
casa las otras noches y que ahora debe estar en esta reunión”. Era nada
menos que el bolichero que llegaba con otro amigo de él. Ya salí y dice el viejo
con la cara llena ‘e risa: “Vengo siguiéndolo, amigo, y usté disculpe, porque no
puedo olvidarme ‘e lo lindo que canta usté y quiero escucharlo cantar otra vez”.
Ahí nomás los que ‘taban presentes le capajaron las palabras y algunos se
enderezaron diciéndome: “Ah, con que no sabía la música, ¿no? Aquí lo vamos
a ver”. Y sin perder tiempo me alcanzaron la vigüela.
Antes de que me acomodara nomás, medio afirmado a la muralla, me dice el
patrón atusándose los bigotes: “cante, amigo, la No llores mi alma”; y bueno,
qué se le va a hacer, ya que estamos en el baile...
La igualé como a mí me gustaba, la hice sonar con un bordoneo especial que
tenía para hacer parar la oreja al más distraído. Fue suficiente. Cuando terminé
de cantar la primera estrofa, se levantaron todos los que estaban adentro, los
de afuera se estrecharon en la puerta y hasta los que estaban asando los
chivos sacaban la cabeza por arriba. Ya m’estaba faltando el aire cuando hice
el acorde final. Lo mismo que en boliche, todos querían saludarme, aplaudían
como con rabia y tiraban cuetes y tiros que era aquello un infierno.
Cuando pasó un poco el entrevero, se me acerca el otro mozo que había
venido con el bolichero del “Balde” y me dice entregándome un papelito: “esto
le manda María”. ¿Qué podía decirme? Si al final yo con ella había hablado
muy poco; está bien que le había dedicado un verso y había bailado una pieza
con ella, pero nada más. No hallaba qué hacer para sacarme la curiosidad,
hasta que pude escabullirme a un rinconcito para leer: “Amigo”, decía, “no he
podido olvidar sus versos ni sus palabras. Si estima en algo a su amiga, no
deje de volver por aquí, como me lo prometió. Le haré saber entonces por qué
se lo pido”. Escondí el papel y me quedé pensando en aquella linda mujer a la
que yo, sin proponérmelo, había turbado sin duda. Claro que me hubiera
gustado muchísimo conversar otra vez con ella, porque era la flor codiciada en
muchas leguas a la redonda, y más con la esperanza de merecer algo.
En ese momento me daba cuenta de que tenía razón aquella vieja cada vez
que me repetía: “Vea, mozo, cante lo que quiera y a quien quiera, pero no les
cante a las chicas mías porque ellas sufren mientras usté se divierte”.
Siguió la fiesta ardiendo por las cuatro puntas. Canté toda la noche, como me
lo pedían y, aunque quería estar alegre, aquel mensaje me había producido
una pena que no me era posible disimular; y era raro, porque pensaba y
pensaba mucho más de lo que acostumbraba hacerlo por una mujer.
Al otro día temprano el camino me esperaba y busqué sendas nuevas para
seguir, porque ya por el “Balde” no podía volver. María iba a quedarse
esperando inútilmente. También el patrón, un buen hombre al fin, y mi amigo, al
que no podía jugarle tan mala pasada. Aunque fuera por una mujer como la
que él amaba.
Quedaban atrás muchos adioses; el compromiso de volver que difícilmente
cumpliría; no me gustaba mucho repetirme. Yo era así; me hacía amigos,
despertaba amor en las mujeres, conocía lugares y parajes y me iba lejos,
enseguida, con mis sueños y mi guitarra. Ya sabía que en alguna hachada iba
a ir a parar donde tendría que darle al hacha de sol a sol para parar la olla;
pero también, que allí cerca, habría un sábado a la noche con otras manos
amigas, copas a compartir con criollos nobles que entregaban su amistad hasta
la muerte, otros ojos de mujer que se humedecerían cuando yo le dedicara una
canción de amor.
Olvidado de mis penurias, siempre con mi guitarra, la noche, el alba, la música
en el alma y versos, muchos versos nuevos, que los caminos sin fin me iban
enseñando.
LA TRAMOYA
Habíamos dejado atrás la hermosa quebrada, rica en pastos naturales y agua
manantía. El sol se alejaba hacia el poniente y la sierra lucía esplendorosa sus
tintes azulados. Veníamos en silencio; tan sólo el paso de las cabalgaduras se
dejaba escuchar; dos o tres veces intenté iniciar el diálogo, pero el viejo que
me acompañaba me había respondido tan sólo con monosílabos.
Muy de paso había oído contar que la hermosa propiedad que atravesábamos
había sido de su pertenencia en un tiempo; de ahí que viniera pensando que
ese mutismo suyo pudiera obedecer al peso de tantos recuerdos que lo
traerían conmovido.
Acabábamos de trasponerla cuando, deteniendo su cabalgadura, me dijo:
- ¿No quiere que demos un resuellito a los animales?
Detuve mi caballo de inmediato al lado de un tala corpulento. El viejo desmontó
también; tenía los ojos lacrimosos y una emoción profunda parecía dominarlo.
- ¡Viera usté lo que tengo que sufrir cada vez que paso por aquí! ¿No sabía
usté que todo esto jué de mi pertenencia? – Le respondí con vaguedad. Él,
como tratando de ganar tiempo para serenarse, le aflojó la cincha a su caballo.
- Esta hermosa propiedad qui’ha visto, jué mía y la teníamos llena de
sembrados y de animales que daba gusto ver; vivíamos en l’abundancia y
como esto nu’es todo, éramos muy felices; ¿qué más podíamos pedir? Pero...
¡cómo es la vida!
Miré su blusa pobre y desteñida, su rostro flaco avejentado por los sufrimientos,
y recordando la pobreza del rancho en que vivía y su conmovedora soledad,
quedé en suspenso.
- Baje un cojinillo y siéntese, si gusta, que le voy a contar de qué manera vine a
quedar así, como usté m’está viendo.
Obedecí; a lo lejos los zorzales se embriagaban con sus propios trinos; un
airecillo serrano jugueteaba despeinando el penacho blanco de mi anciano
compañero.
- Vivíamos en esa casa qui’usté vio al pasar, con mi mujer y diez hijos. Ya le
dije que no nos faltaba nada. Pero perdone... sí, teníamos un motivo ‘e
sufrimiento; uno de mis muchachos había nacido sordomudo; pero era tan
entendido, tan bueno y respetuoso, que a todos nos robaba el corazón... Era
locura el cariño que sentía por su madre; ¡hubiera visto usté cómo si’afligía
cuando la veía enferma o contrariada por algo! Ángel se llamaba. En ese
tiempo, - continuó diciendo – pa’ la caza del lion y otros bichos dañinos tenía
varias armas largas y ninguno había aprendido a manejarlas tan bien como
m’hijo, como Ángel. ¡Qué puntería! ¡L’hubiera visto usté bajar águilas en la
cumbre! Y no paraba en eso su habilidad. Era güen pialador y jinete como
ninguno, ya le digo. Jué pa’ese tiempo que vino a vivir al sur de nuestra
propiedá un vecino que se vino rico de la noche a la mañana. Decían
qui’andaba en tratos con un “ave negra”, tipo pueblero muy listo y lleno de
embrollos, al que no le faltaban sonsos pa’ desplumar. – Hizo una pausa en el
relato; me miró y sonrió con amargura; empezaba a comprender su dolor, toda
esa pena que adivinaba en cada una de sus palabras.
- Una mañana – continuó diciendo – ya iba a salir cerro arriba a campiar unos
animalitos, cuando oí que me decía la vieja: - Atienda, se mi’hace qu’están
hachando p’al bajo. – Era cierto; un galopar di’hachas se oía; no perdí tiempo y
montando ahí nomás, le pegué al galope a ver qué era lo que pasaba. Ese
monte del bajo, bien sabían todos, nadie podía tocarlo; yo lo tenía por sagrado
y por eso, mientras mi’acercaba, crecía mi rabia pensando que’un don Juan
di’ajuera me viniera a pisotiar lo que yo respetaba y hacía respetar.
Desde lejos ya vi que cuatro hombres estaban hachando mis árboles y
cercando al mismo tiempo con mucha prisa en mi propio campo, ¿se da
cuenta? Eché un vistazo y me volví sin llegar; ciego ‘e rabia volví a las casas
en busca de algún arma; le conté sin perder tiempo lo qui’había visto y todos
los muchachos grandes dispusieron acompañarme; eran cuatro y cargando
armas, salimos a averiguar quiénes eran los intrusos y por qué ‘taban áhi.
Llegamos en un soplo; hice quedar en un reparto del monte a mis hijos y yo me
adelanté. Entonces vi qui’al frente ‘e los hacheros estaba mi vecino dándoles
ordenes.
- ¿Por orden de quién ‘tan haciendo este cerco? – les grité mientras caminaba
hasta el lugar donde ellos estaban.
- Por la mía, don – me contestó secamente mi vecino, parado frente a sus
peones que habían dejado su trabajo parta mirar lo que pasaba.
- Me va a hacer el servicio de salir ya mismo di’aquí, - le dije con fuerza. – Una
sonrisa de burla se pintó en la cara de aquel pícaro.
Era hombre joven todavía, grandote y juerte, por eso se me quiso insolentar.
- ¿Y qué piensa hacerse respetar usté? – me dijo mirándome con insolencia.
Yo nu’estaba pa’ desafíos.
- Sí, señor, - le contesté - ¡y ya mismo me deja libre el campo! – Nu’había
terminau ‘e decir eso, cuando vi que los hacheros corrían a esconderse tras
unos algarrobos grandes que había, en tanto mi vecino hacía lo mismo tras el
anca de su caballo. Adivinando lo qu’estaba por ocurrir, me di vuelta como
picau por una víbora hacia donde habían quedau los muchachos. ¡Qué julepe!
Lo primero que vi jué a Ángel que les apuntaba con la carabina, al tiempo que
les gritaba en su lengua más confusa todavía por la rabia: - ¡Juera, guachos!
¡Juera ‘el campo! – Yo sabía bien de lo qu’era capaz cuando alguien di’ajuera
nos ofendía o quería hacernos daño, por eso, sin pensarlo dos veces, me crucé
adelante levantando los brazos y a señas pude hacerle entender que bajara la
carabina. ¡No sabe usté a lo que mi’había expuesto! Nadie dijo esta boca es
mía; haciéndose los desentendidos, di’uno por uno fueron dejando la propiedá.
- Ya ‘tará pensando qui’áhi terminó el cuento, pero no, ya verá... – Se pasó las
manos de piel dura y rugosa por la cara, como si quisiera quitarse esa máscara
de años que le ensombrecía el recuerdo y luego de alargarme la tabaquera,
continuó diciendo: - No me demoré en casa más qu’el tiempo necesario pa’
cambiarme ‘e ropa y me juí a Larca a poner la denuncia. El comisario, qu’era
un güen zorro, mi’atendió mejor que nunca y se puso a hablarme de güeyes
perdius, cosa que me llamó l’atención pero, al fin, me dije, debe ser qu’el
hombre ‘ta con la güena y nada más.
Quedamos en que lo notificaría a mi vecino y risita va y risita viene, cuando
acordé mi’había demorau más ‘e la cuenta. ¡Ya verá usté la cama que
mi’habían tendido! Cuando al tranco de mi caballo volvía a casa pensando en
todo aquello, se me cruzó en el camino un vecino que m’hizo una pregunta que
me dejó helau:
- ¿No sabís pa’ dónde va la policía a toda juria? P’al lau ‘e tu casa. – Me dio un
golpe el corazón y le clavé las espuelitas al cebruno dudando si llegaría a
tiempo. Acababa de maliciar todo. Pero jué inútil. Por más guasca que le di, lo
mismo llegué tarde. Por mi hija Jesús supe después cómo habían sucedido las
cosas. Acababan de sentarse a la mesa a l’hora ‘el almuerzo, bajo esos
nogales que todavía están en el patio y qu’era lugar pa’ todas las reuniones
familiares, cuando di’un repente, a todo galope, rayó la patrulla en la puerta ‘e
calle. ¡Mire cómo vinieron las cosas! El sinvergüenza aquel mi’había ganau de
mano en hacer la denuncia y di’acuerdo con el comisario, los milicos iban a mi
casa p’arriar a todos mis muchachos y conmigo también ande m’encontraran.
¡Y a mí ni palabra me dijo!
Como le digo, al verlos llegar, salió m’hijoJuan, mansamente, como un hombre
‘e trabajo qu’era a ver qué sucedía; si él no tenía nada que temer, por el
contrario y pa’ esto que me lo recibieron con el grito de: “¡Date preso”! No se
resistió. ¡Pa’ qué! Mi vieja, con los ojos enormemente abiertos, me contaba la
Jesús, con el corazón que se le volaba, no atinaba a nada; todos habían
quedau como mudos y paralíticos; el único que les tomó el tiempo jué Ángel.
Se ganó disimuladamente pa’ la cocina, di’áhi pasó a una pieza que tenía una
ventana que daba al patio y en unas d’esas, cuando la milicada se disponía a
arriar a todos como si fueran bandidos, Ángel, ya con el arma montada, les
pegó el grito desde la ventana: ¡Juera, juera, guachos! Como un solo hombre
todos se dieron vuelta y al ver aquello se quedaron del color de la cera.
Señorcito mío... si nu’era pa’ juguete ver a aquel muchacho con la cara
encendida como una brasa por la rabia. Jesús comprendió bien lo que ‘taba por
pasar y áhi nomás por señas y pa’ que no se arrebatara, le daba a entender
que dejara el arma, porque la mama se podía morir. Él entendía todito y ya le
dije que nada había en el mundo que quisiera más que a su madre. Lo
convenció al fin y todos lo vieron bajar el arma y quedarse ahí, afirmado, con
los brazos cruzados, brillándole de rabia los ojos; les volvió el alma al cuerpo a
los milicos y como los muchachos eran tan humildes, la vieron linda pa’ seguirla
y entonces sacaron las esposas y empezaron a engrillarlos, como si se tratara
de criminales. Mi vieja, qui’a todo esto si’había venido haciendo la dura pa’ no
gritar, qu’estaba aguantando por demás ya porque era floja ‘el corazón, al ver
aquel atropello no pudo con un sofocón y cayó como una lonja al suelo. Pegó
un grito mi hija Jesús y corrió a socorrerla, pero ya la desgraciada estaba
encima.
De nuevo hizo una pausa mi acompañante; la noche empezaba a rodearnos
con su sombra silenciosa. Luego, con voz más apagada, continuó diciendo:
¿Cómo no himos de lamentarnos de tener que pasar a veces por este mundo
desencontrado con todas las cosas, si no somos más que figuritas en manos
de alguien que nos hace ir y venir a su entera voluntá? Yo pude haber llegau a
casa un poco antes, los policías no podían haber usado los grillos porque
sabían bien que nu’éramos personas di’hacer mal a nadie, podrían haber
desarmado a Ángel, en fin muchas cosas podrían haber sucedido de otra
manera y esta historia no la hubiera tenido que contar jamás. Pero se ve que
todo estaba dispuesto así y así nomás tuvo que ser. Ángel, como l’iba diciendo,
había quedau empacau junto a la ventana mirando el cuadro aquel sin saber
qué hacer. Era un muchacho pichón todavía y para él nada resultaría
comprensible de todo ese aparato que veía. Pero cuando vio caer a su madre,
esa madre a la que él siempre besaba hasta cansarse y con la que jugaba
como si juese un niño, tal vez pensó, digo, qui’había sido muerta por aquella
gente extraña qui’había llegau a pisotiarlo todo. ¿Y qué podía hacer él? Sin
saber cómo pedir razones, sin necesitarlas tampoco ya, alzó la carabina y en
un segundo la bala jué a dar donde él había apuntado. Al llegar poco después,
‘taba el muerto en el patio y de los otros milicos no había ni rastro. Y áhi
empezó el peregrinaje. Juí con los muchachos al pueblo y nos entregamos. Yo
mismo entregué a mi pobre Ángel, señor, yo lo llevé porque pensaba que los
hombres sabrían comprender lo que le cuento y harían pronto justicia. Pero no,
no quisieron entender nada d’esto y me lo mandaron que se pudriera en una
cárcel de la ciudá. ¡Cómo! ¡Si el pobrecito nu’era pa’ eso! A él le gustaba el
campo, la libertá y sólo era feliz y podía pasar por la vida cargando su
desgracia, allí en su casa, al lau ‘e su madrecita querida. ¿Cómo iba a poder
vivir entre cuatro estrechas paredes? ¡No... No...! – Débilmente me llegaron sus
últimas palabras. La emoción lo sofocaba. Luego, en voz muy baja, agregó: Al
poco tiempo entregó su alma al Señor, sin que pudiera recibir ni siquiera el
último beso de su madrecita... y el juicio siguió adelante y la cadena ‘e
tramoyas también. Ya todo s’estaba desmoronando. Y ya ve, anduvo el tiempo
y me quedé a sufrir, solo en mi rancho, qu’es l’único que me queda, esperando
la justicia ‘e Dios qu’es la más alta y verdadera.
La noche nos había tapado. De cada árbol, de las claras estrellas que nos
iluminaban, se levantaba el recuerdo de Ángel y de su injusto calvario.
LA MUERTE LLEGA POR LA ESPALDA
- ¡Levantá, sucio! – le grita mientras le apunta firmemente con el revólver;
chispeantes los ojos en la cara crispada y barbuda.
- Vea, Díaz... – intenta alegar el otro que viste un uniforme marrón desteñido,
con jinetas que algún tiempo fueron doradas, en tanto trata de levantarse
trabajosamente sobre el camino de barro.
- ¡Nada! – lo ataja terminante. - ¡Ha llegau tu hora, Barboza! - ¡Y cómo viniste a
cáir en mis manos! – agrega torciendo la boca.
Ahora, de pie, inmóvil, lo mira desafiante, aunque sabe que todos los intentos
que haga para zafarse de esa difícil situación, serían inútiles.
Porque la crueldad del cuatrero Díaz no es simplemente cáscara. En más de
una oportunidad, borracho, le ha cortado la punta de la lengua a un caballo
vivo, nada más que por divertirse. Y en los entreveros, cuando ha despachado
a alguno, lo ha hecho con saña, como si gozara de ver cómo “se iban
lentamente”. Además, para desgracia del cabo Barboza, desde hace tiempo
que se la tiene bien jurada.
- ¡Andá largando tus cosas! – Obediente a la orden, el cabo mete las manos en
los bolsillos y saca un papel, unos pocos pesos arrugados y algunas monedas
que alcanza a Díaz.
- ¡Todo, hi dicho! – le vuelve a gritar con voz ronca que sale de su pecho de
oso.
Con resignación, de nuevo el cabo Barboza se hurga los bolsillos y no
encuentra nada. Luego de una leve vacilación, alzando los brazos, desprende
una cadenita que lleva al cuello y se la entrega junto con la medalla de oro que
sostiene.
- ¿Con que santulón el hombre? – y suelta una risotada de fumador y
alcoholista empedernido.
- ¡Ahura hincáte áhi! – sigue diciendo al recibírselas. – Te voy a dar un minuto
pa’ que encomendés tu alma a Dios... o al diablo qui’hay ser más amigo tuyo. –
Y continúa dejando caer como cascotazos su risa entrecortada.
Tal vez en ese minuto se descuide Díaz y pueda... pero no alcanza a esbozar
una sola idea que no sea dar la patada traidora o el salto felino sobre el arma
que el otro sostiene con los ojos bien abiertos. No; es imposible.
- ¡Que t’hinqués, t’hi dicho! – El cabo se larga de rodillas sobre el barro, tal
como se lo exigen, en tanto Díaz, sin dejar de apuntarle, empieza a
desenvolver el papel que le alcanzaba y a curiosear, medio de reojo, lo que en
él estaba escrito.
La alborada se deslíe, oscuramente, en una garúa insistente que forma gotas
en la fina ramazón de los árboles.
Hasta hace un momento el silencio montesino del amanecer, demorado por la
nubazón baja y cerrada, solamente había sido alertado por el monótono cantar
de un gallo, hasta que fue trizado luego por dos galopes distantes, que al
acercarse por la huella mojada, desierta y resbaladiza se volvieron
desenfrenada carrera.
- ¡Date preso, Díaz! – gritaba el de atrás con el sable en alto. Pero el
perseguido, echado hacia delante el bultazo de su cuerpo, pegada la cara a la
tabla del pescuezo de su flete, sólo atendía a exigirle más y más, hincándole
con fiereza las espuelas, sin darle alivio.
- ¡Tan luego el desgraciau de Barboza! – razonaba amargado. - ¡Tan luego el
venir a agarrarme con las manos en la masa! ¡Segurito que me va a charquiar!
– Y buscando siempre campo afuera por el callejón, exige más y más a su
caballo esperando sacarle ventaja que le permitirá llegar a un lugar donde sabe
que el monte tupido y espinoso le facilitará la huida.
- Y monta en güeno, el desgraciau, - murmura sintiendo que se le encoge el
cuero como nunca, cuando de reojo divisa que el caballo empieza a taparlo en
la alocada persecución.
- ¡Pero no se va a dar el gusto de hacerme podrir en la cárcel! ¡Antes nos
vamos a ver las caras! – Se asegura el sombrero aludo, pesado por el agua de
lluvia y guasquea con más fuerza a su caballo, tapado ya por la espuma. Saca
el revólver y piensa que cuando lo tenga bien a tiro, le vaciará el cargador. ¡Alguna vez me tenía que pasar esto por burro! – Y va a entrar a analizar cómo
no se le ocurrió que de tan repetido el juego, para alguien que tuviera la
paciencia de seguirlo, no le iba a resultar muy difícil dejarlo al descubierto.
Porque todo era simple: cuando no andaba dando un golpe “gordo” con sus
compinches, entonces, como para despuntar el vicio, robaba algún ternerito en
campo vecinos, se hacía seguir por la vaca hasta el esquinero, donde
hábilmente ayudaba a la madre a salir sin dejar rastro y de inmediato la
entregaba alguno de sus socios que lo esperaba oculto en la espesura del
monte... pero no le dan tiempo a seguir pensando, porque el golpeteo de los
cascos se le viene encima, lo obliga a pensar tan sólo en que tiene que salvar
el pellejo en ese momento y le da más y más fustazos a su cabalgadura, a la
vez que, con prudencia, lo va levantando de la boca con las riendas, porque
sabe que una costalada en ese terreno fangoso puede resultarle fatal.
El cuatrero Díaz ha olvidado desde cuándo se envició de tal manera que lo ha
llevado a hacer del robo el oscuro oficio que le permite vivir sin más trabajo que
el de aparentar una vida decente y que le ha dado, además, un prestigio de
hombre de agallas, corajudo, brutal a veces, del que hay que cuidarse, hombre
que pesa en el boliche que pise en muchas leguas a la redonda, en los que
bebe y juega, grita, manda, se desboca y se da el gusto de imponer siempre su
fuerza bruta y su prepotencia. De él nadie se ríe ni tampoco se le escapa.
Porque no hay otro más vivo que él; y eso se le ha hecho carne desde que era
muchacho. Por eso los tiene a todos, autoridades, amigos y enemigos, metidos
en un puño.
- De Díaz no ser ríe nadie – acostumbra decir pisando fuerte y atusándose el
largo bigote renegrido.
- Y ni se reirán... – finaliza diciendo siempre mientras acaricia el cabo negro de
su revólver.
Hace mucho que aprendió a jugar con taba cargada y si alguien le estorba en
sus intenciones, sabe bien cómo hacerlo a un lado de su huella. Porque es
hábil para el cuchillo, de certera puntería con el revólver y más que todo eso,
vive para “primerear” y sin asco cuando hay que “dar”. Por eso todos lo miran
con miedo o con el respeto que nace de eso mismo. Y unos y otros,
encogiéndose por dentro, siempre lo andan apantallando. Y la adulación
empieza con él, sigue con el flete y remata en la mujer. Que es, linda, moza
joven todavía, con más de un encanto, pero que fue mal ganada, y eso lo
saben todos. Se la quitó, precisamente, con una zancadilla rastrera hace años
a ese hombre de rostro fino y ojos penetrantes que ha largado tras el suyo un
caballo más seguidor que perro leonero. Un hombre que no afloja nunca ni lo
negro de la uña, que es bravo como el que más en los entreveros, difícil de
madrugar y que, para más, no le va a andar con chicas justamente por
“aquello”.
Sin embargo, no sabe que para el cabo Barboza aquella es historia pasada que
no merece ser recordada por nadie y que si espolea más y más a su flete
alazán es porque quiere darse en el gusto de cumplir una vez más con su
deber y demostrar, de paso, que su recelo de que el tal Díaz no era un
individuo de uñas cortas, no era un simple acto de venganza originado en
cuestión de polleras, sino su buen olfato de guardián del orden que hacía algo
más que tomar mate y dejar pasar el tiempo pitando en chala. Y ahora, aunque
ya lo tiene al alcance de su revólver, no le va a disparar porque quiere agarrarlo
vivo, quiere tenerlo cara a cara para ver cómo se defiende cuando él le
presente en la comisaría todas las pruebas que pacientemente le ha ido
acumulando en contra y con las que piensa pagar todas las hechas y por
hacer.
Aunque ya viene amaneciendo y sabe que eso lo favorece, no puede aflojarle a
su montado ni un instante, porque, no lejos, el bosque se espesa más y más a
orillas del callejón desde donde parten senderos escondidos que el otro conoce
como a la palma de su propia mano. No, tiene que ser allí mismo donde le dé
alcance; por eso le ajusta más las piernas a su alazán, que, respondedor hasta
la muerte, entiende lo que le están pidiendo y en cien metros ya lo tapa a su
perseguido.
- ¡Entregáte, Díaz! – Es un clarín triunfal el grito del cabo Barboza.
- ¡Tu agüela! – oye bien que le responde el cuatrero alzando el brazo
amenazador hacia atrás.
Pero ya lo tiene, lo tiene... Se pasa las manos por los ojos para quitarse el agua
de lluvia que le molesta; lo va a descolgar del caballo como a un higo, con su
sable. Busca la orilla de la huella para apareársele; ya está; lo principal está; lo
demás será fácil. El caballo de Díaz pega una costalada, pero atento, lo levanta
de un violento tirón de riendas, cuando el suyo, a la vez, en ese pedazo donde
el camino parece estar enjabonado, se le va y cae apretándole una pierna. El
sable vuela para un lado y el revólver para el otro. El cabo, mordiéndose,
intenta escapar de esa trampa; patalea y se queja el alazán, pero en el
esfuerzo resbala hacia la cuneta y aprisiona fuertemente al perseguidor. Díaz,
al darse cuenta de que algo raro ocurre, se da vuelta, observa aquello y como
una luz regresa y cae sobre el cabo Barboza. Sin perder tiempo lo ayuda a
zafarse del caballo, que, al fin, consigue también enderezarse y se sacude
violentamente a un costado, haciendo sonar las caronas.
Ahí lo tiene ahora, pálido, derrotado. Rascándose el grueso bigote, el cuatrero
lo mira pensando cuál será la manera más divertida para sacarse de encima
ese individuo y de una vez para siempre; algo que lo haga sufrir, pero que a la
vez lo lleve lentamente al desenlace, de manera que sea solamente esa idea la
que le llene la cabeza martirizándolo, pensando que paso a paso,
inexorablemente, va camino a la muerte, una muerte muy lenta, que no llega
nunca y que es él, Díaz nada menos, el que va a liberarlo de esa tortura, de
una sola manera y de una vez para todas, cuando realmente se le antoje.
- Va a ser güeno. – Se sonríe jugando con la impotencia del cabo Barboza. ¿Ya rezaste? – le pregunta. Y tras de una pausa en la que los ojos burlones no
se apartan un instante de su vencido, añade: - Levantá nomás...
- ¡Acabemos di’una vez con esto, Díaz!, - le pide rabioso el cabo en tanto
intenta incorporarse.
- ¡Mirenló al mozo que m’iba a joder a mí! ¡Cuándo...! – Y el odio parece
quemarle el rostro mofletudo, de piel endurecida de iguana y en el que brillan
como brasas sus ojos saltones.
- Te voy a despenar di’un solo balazo, pero no así, te das cuenta. Te voy a
despachar como a mí me gusta... despacito, Barboza, porque no me gusta ser
cruel. – El cabo mira cómo un hilo de agua chorrea del sombrero aludo de
Díaz. Pareciera que la madrugada va a aclarar un poco; pero no se oye ni un
ruido; el silencio ha vuelto a ser hondo, pegajoso, como ensuciado por ese
barro chirle que moja el camino. Barboza ya no espera; no tiene de quién
esperar. Y eso que el aire mojado de la primavera lo está invitando a vivir y los
pastos de la orilla llaman a retozar en ellos.
- Seguí caminando hasta donde yo te diga... andá contando... tal vez te deje
llegar hasta diez... ¡Ah! Y no se te ocurra darte vuelta, ¿no?
- Usté manda, - le responde el cabo con voz firme. Ya está todo resuelto; no
hay defensa posible. Ni una fracción de segundo le han dado para intentar, por
lo menos, zafarse de sus garras. Salieron mal las cosas. A veces la taba se da
vuelta. ¡Paciencia!, - piensa derrotado.
- ¡Andando, cabo!, - oye que le grita.
Firme el mentón y los pasos, inicia la marcha de espaldas al cuatrero sobre el
callejón barroso, donde empieza a brillar el día, húmedas las botas, sintiendo
que la llovizna le moja con su agua dulce los labios quemados.
Díaz, parado, como la sombra de un gigante en medio del camino, lo mira
alejarse pesadamente; lo dejará avanzar otro poco; le estirará la angustia;
probará qué tal anda su puntería a media distancia; mientras tanto examina
como al descuido las cosas que el cabo acaba de dejar en su poder. Ya ha
arrojado el papel, una basura sin valor, piensa. “Estos milicos son unos pobres
diablos. Y esto ni pa’ una caña alcanza”, se dice guardando en el bolsillo los
arrugados billetes. En tanto continúa mirando lo que le queda en la mano
izquierda, la derecha continúa firme apuntando a Barboza que avanza
lentamente haciendo cloquear las botas que se le pegan en el barro grumoso.
Le queda la medalla. Va a arrojarla burlón a un costado, decidido ya a hacer el
disparo, cuando alcanza a distinguir en ellas esas iniciales... sí, son las de ella,
las de su mujer cuando era soltera... le mintió entonces. Dos años atrás, como
no se la veía puesta, al preguntarle le respondió que la había perdido; le
mintió, claro que le mintió... cómo no dudó entonces que se la podía haber
regalado al canalla ése... ése que en un tiempo había sido su novio... De pronto
se empezaba a explicar con la rapidez del relámpago muchísimas cosas; fue
por eso sin duda que el Chueco Luna, que no tenía pelos en la lengua, se
había atrevido a gritarle como le gritó delante de todos, aquella palabra infame
que achica y abochorna a cualquier hombre por culpa de la mujer. Y por eso,
sin duda también, porque andaba de boca en boca, aquellas sonrisas
maliciosas de los otros cuando él se jactaba de la forma en la que lo despachó
de una sola vuelta al Chueco... estaba claro: mientras él vivía fanfarroneando
en los boliches durante el día y ocupando las noches en realizar sus fechorías,
el cabo Barboza, tranquilamente aprovechaba sus horas de pesquisa para
entenderse con sus antigua novia a la que, bien sabía, no había podido olvidar.
Y ella... ella... ¡la mosca muerta! Las venas del cuello se le habían hinchado ya
al punto de estallar y sentía endurecidos por la indignación los puños.
- ¡Juna...!
Barboza avanza. No intentará huir como un cobarde. Eso no irá a poder decir
jamás Díaz de él cuando cuente, sacando pecho en rueda de adulones,
detalles de su muerte. No. Eso nunca. Además, le está agradecido, Porque
pudo haberlo degollado ya como a un peludo. Más de una vez lo hizo con
otros. Piensa primero en su madre, luego en su mujer y una lágrima se le
confunde con las gotas que caen del cielo cuando recuerda su hija de un
puñadito de años, a la que no verá más. Se la encomienda a la Virgen de la
medallita, ésa que encontró una vez en una olvidada calleja del pueblo y de la
que no quiso separarse más diciendo que le había traído suerte.
En ese momento siente que pesan más las botas, a punto tal que le parece que
no va a poder continuar echando el tranco y las piernas como muertas. Pero
todo ya pasará... pasará... el aire fresco con la lluvia, el llamado triste de un
pájaro por las ramazones. Solamente quedará otra vez, el húmedo silencio, el
cielo plomizo, todo el cielo encima. Después, más tarde, tal vez la mañana
plena, que sembrará de diamantes las hojitas tiernas de los árboles. No hay
tiempo para más... siete... ocho... nueve... seguro que ya le hará el disparo...
apretará el gatillo... sí... sí, se oirá escapar el balazo y de inmediato sentirá un
ligero dolor, un ardor quemante, nada más en la espalda... un instante más...
se lo imagina ya cerrando un ojo para afinar la puntería... y después... el cabo
Barboza habrá terminado sus días... diez... once... – le dijo hasta diez, pero
sigue contando mecánicamente. Pero todavía no... todavía no...¡Por qué tanto!
Las sienes se le vuelan sacudidas por la sangre, más se le pegan las botas en
el barro. Está a punto de perder la serenidad... ya no da más... no puede seguir
avanzando... se le ha secado la boca... le parece que empieza a asfixiarse...
¡Pero ya! Ha sonado el disparo... ya sentirá el punzazo caliente... luego caerá,
no verá más, no sabrá de nada ya... pero no siente nada todavía a pesar de
que el estampido ha hecho volar los pájaros del monte vecino... Sigue
avanzando como un autómata... tal vez le haya errado... pero no ha oído silbar
cerca suyo la bala... no, no... ya no soporta más... cualquier cosa es mejor que
esa tortura... por eso, decididamente, dispuesto a todo, se da vuelta para
enfrentar de una vez por todas la muerte... y entonces lo ve al otro, al cuatrero
Díaz, tendido, con agujero en la sien, enterrada la cara en el barro blando, con
el revólver, humeante todavía, caído a un costado de su gigantesco cuerpo de
oso.
NOMBRAR LA TIERRA
“Entre la espada y la pared”...; a su padre le había oído repetir esa frase
muchas veces. Pero ella entonces era chica y no entendía muy bien su
significado. Ahora lo comprendía. Ahora sí sabía muy bien lo que era estar
entre la espada y la pared. Y lo sabía dolorosamente, porque ella misma se
encontraba en esa situación, sin salida posible. Necesita escapar, zafarse del
cerco que se estrechaba cada vez más y más.
Sintió que se le llenaban de lágrimas los ojos otra vez en tanto la llama de la
vela seguía bailoteando en su solo pie. Mirándola viva, movediza, se le figura
en ese momento un gnomo y absorta en esa idea, escapa con él como llevada
de la mano y llega de nuevo a la estación de la alegría.
Vuelve a aquella ventana de su casa campesina que daba a un sendero verde,
como nacido en la primavera y a un buen mozo que va cantando por él. Le
siguen sus ojos, curiosos primero por saber quién era ese forastero, ansiosos
después, deseosos de detenerlo, de conseguir la manera de hacerlo retornar
hasta su soledad de niña campesina. Piensa que de tonto se le apura el
corazón. Y en ir y venir ocupará el día, pero aquella figura y aquella linda
canción estarán presentes en la continuidad de los instantes. Se encuentra
diferente, sedienta, gozosa, esperanzada sin saber por qué, presintiendo
claridades nunca imaginadas; y cuando ese mismo sendero va entrando en la
noche, le devuelve el viajero, el mismo viajero con la misma canción y luego,
sin salir de su asombro, lo ve golpeando las manos en la misma tranquera de
su casa. Enseguida le oye hablar con su padre. Sí, es joven y buen mozo y
viene en busca de trabajo.
Se arremolinan los días y hay hojas frescas y abejas zumbadoras, canciones
enamoradas y un beso y otro y un mirarse profundamente los ojos y hasta
encontrarse con el claro arroyo del alma; un óvalo surge entre el reventar de
blancos racimos de acacias y ve la casita recién levantada, el primer árbol, el
horno, todo lo suyo. La hicieron como la hormiga, de un palito, de una simple
fibra de paja y otra, amansada con barro y mucho, muchísimo amor.
Después, su hombre fuerte, su Juan, regresando por los senderos en el linde
de la noche, con las manos doloridas, sí, pero cargadas de esperanzas.
Cuando las hachadas quedaron lejos, se hizo hachero y del acero que hería los
árboles, pasó a empuñar la reja del arado que hería la tierra; éste en cambio, le
alimentaba las semillas.
De la venta de aquellos frutos y del pasto, alcanzaba para pagar las libretas de
los proveedores y todavía sobraba para comprar un arado más, para agregar
otra lonjita de tierra a la que ya tenía, algo para los chicos y también, para que
ella luciera su misma donosura de soltera, un bonito pañuelo para la cabeza,
un lindo par de zapatos. Les bastaba en aquel tiempo nombrarse, “Juan”,
“María”, para sentir que seguían ellos, sus dos hijitos, con sus risas, con las
primeras travesuras, llenando la alegría la sucesión de los días.
Con los ojos enormemente abiertos, continúa mirando la llama de la vela que
sigue y sigue bailoteando en un solo pie.
Un gruñido la sobresalta y desde un bulto que se mueve en una silla junto a la
puerta, escucha al hombre que barbota palabras ininteligibles entre dientes,
preso en su mundo de infierno y de alcohol. Está a punto de gritar el espanto
que le ha subido como un terremoto desde las mismas entrañas, pero alcanza
a contenerse. Como si con eso fuera posible escapar de todo aquello, sopla
con fuerza la vela y queda arrinconada hacia la otra orilla de la cama,
cubriéndose los ojos con la mano, respirando apenas, queriendo no despertar
más bultos de ese mundo de pesadilla que la rodea.
Se había desvelado esa noche esperándolo, cuando oyó los cascos de dos
cabalgaduras que avanzaban hasta detenerse en la misma puerta y la bulla de
una conversación larga e incoherente. Más tarde los abrazos, la despedida
interminable, las promesas de amistad eterna y por último los pasos
tambaleantes del hombre, su Juan, la voz babosa, el fuerte vaho a alcohol.
- ¡María...! – Ella, al sentir morder su nombre, tembló hasta las lágrimas. Pero
el hombre volvió a decir María con más fuerza y de inmediato empezó a
descargar su rencor, ya sin importarle si lo escuchaban o no.
- ¡Buen canalla tu padrino, el don José ése! Como si yo no li’hubiera matau el
hambre... Me traicionó, ¿te das cuenta? ¡María...! Cuando llegué al boliche me
recibió de lo más zalamero. ¡Si será zaino! – Por un momento se calla. Con un
ojo que saca desde debajo de la colcha, lo ve afirmado a la puerta,
sosteniéndole apenas y chupando desazonado un pucho.
- Adentro ya estaban a “punto caramelo” unos cuantos y haciéndose el dormido
“El Ñato”, ¿te das cuenta, María? No sé por qué será que donde vaya me tengo
que encontrar con ese tipo. Empecé a tomar con rabia, ¿me escuchás, María?
Porque ya había dispuesto qu’esa noche uno de los dos nu’iba a salir vivo del
boliche.
- ¡Qu’hizo, Juan! ¡Diga! – soltó la pregunta enderezándose, sin poder
contenerse ya.
La miró con desprecio, como para pisotearla, y el grito áspero le dio en la cara
con la bocanada de alcohol:
- ¡Cállese, le dijo!
- ¡Juan! – gimió la mujer como perro azotado.
- ¡Mujeres! ¡Cobardes, caray! Es mejor no contarles nada. Pero conmigo nadie
juega, ¿sabís? Yo no soy barrilete ‘e nadie. Sí... áhi s’iba a ver quién era más
hombre. Y l’entramos a poner al clarete. El Ñato me buscaba la boca, pero yo
decía... esperáte nomás, negro, ya te voy a servir con agua florida y de la
güena, dejáme nomás que cargue otro kilová más. Y ya cuando me tocó
derecho, llegó como convidau a las casas, ¿sabís, María? ¡Maricas! Son
cuerudos en la casa d’ellos, pero cuando yo les muestre mi cabo negro, ¡es
mejor que s’hinquen a rezar! ¡Ya sabías, María, no ti’asustés si algún día te
vienen con la noticia de que lo hi despenau al Ñato y a sus lindos cumpas!
No sabe si se ha callado o no, pero entre sollozos se dormita. Le seguirá
oyendo hablar, sin embargo, cada vez que se despierta de nuevo, de sus
peleas, de viejos resquemores que le llenan el patio.
Nunca ha podido darse cuenta cuándo empezó su calvario. Tal vez fue para el
mismo tiempo en que se acabaron las hachadas; entonces, recuerda, lo vio
llegar ebrio por primera vez.
Otra vez lo vio llegar como perdido. Fue cuando soñaban con segar el trigo, un
día lunes, se acuerda bien y el domingo a la noche una manga de piedra barrió
con todo.
Desde entonces, cualquier cosa que le salía mal era motivo para hacer largas
estaciones al regresar en “El Tropezón” o en el boliche que viniera.
La miseria empezó a estrecharlos. Todo parecía juntarse: malas cosechas,
precios que no alcanzaban ni para pagar las semillas a veces, pero que
enriquecían a los acopiadores. Juan parecía no darse cuenta de nada, no
comprender que estaba entregando su vida a cambio de nada. Pero ella se
desesperaba viendo cómo todo el fruto de sus sueños y esfuerzos, empezaba
a escapárseles. Un arado este mes, una vaca el otro para cubrir las deudas y
así a lo largo de todo el año, sin esperanza de recuperación. Otros vecinos
huían del lugar acosados por la pobreza, pero ella se rebelaba. No era posible.
Tan sólo allá, muy de vez en cuando, Juan parecía asomar a la superficie,
escapar de ese submundo de rencores y frustración en que vivía sumido.
- María, - le dijo una tarde con su voz gruesa y lenta al hablar – me doy cuenta
que m’estoy enviciando más y más y que vamos de mal en pior. Usté ve que la
plata no nos dura en el bolsillo lo que un pollo gordo en la casa de un pobre.
Algo tendremos que hacer... por eso...
- ¿Irnos a Buenos Aires? – Quedó helada al oírle hacer la propuesta y como él
insistiera con la humildad de los que desean hacerse perdonar, empezó a
alegar en contra de tal idea.
- ¿Qué no le da pena, Juan, pensar tan sólo que tengamos que dejar tirado lo
poco que nos queda? ¿No se acuerda cuánto sacrificio nos costó hacer la
casita, regar a balde los árboles para que no se nos secaran? ¿No se acuerda
de todo eso, Juan? – El hombre callaba, se tumbaba para adentro, enmudecía.
Otro día retornaba con la idea con la misma humildad y al firme alegato de ella
le respondía: - No vamos a tirar las cosas, María, vamos a venderlas. – En
vano esperaba respuesta. Ella no agregaba palabra y como su estuviera muy
ofendida ni tan siquiera lo miraba después. Así, cada vez más, las palabras
parecían chocar contra un muro y se iban volviendo más y más escasas. Y
Juan, entonces, desaparecía por días de su casa y de todo el vecindario.
A veces, al regresar de sus largas farras, buscaba acercársele, intentaba
hablar con ella y los ojos de perro fiel del hombre la miraban como pidiéndole
perdón. En su turbación la mujer no comprendía ni quería comprender nada de
lo que él le explicaba. Y más se endurecía en su empeño, por eso desde el
alba a la noche, arañaba con rabia la tierra, quería meterse en ella, salvarla
para salvar su felicidad.
Sin embargo, más de una noche se despertó sobresaltada porque un gran
sentimiento de culpa la mortificaba sin sosiego; pero una y otra vez luchó por
desecharla, ya que no podía siquiera imaginarse viviendo lejos de su casa,
trajinando día y noche entre ómnibus y trenes veloces, entre estrépitos y
apurones, codeándose, empujándose todo el día con gente sin rostro. No
alcanzaba a imaginar todo eso sin sentirse enferma, sin pensar que sus hijos,
que todos ellos, eran amenazados por oscuros peligros.
Esa noche, oyéndolo delirar a Juan, el fantasma del miedo se le enrosca de
nuevo como una víbora devoradora en la boca del estómago; otro ronquido,
otros murmullos lóbregos del bulto que sigue tumbado en la silla la estremecen.
Sabe que ya no hay escapada posible. Así no puede continuar más. Debe
encontrar una salida, sea como sea, desde su soledad, por entre esa oscuridad
que se le ha vuelto espesa, agresiva, irrespirable.
Pasan y pasan los segundos por su cabeza como un vendaval oscuro. Cuando
ya parece decidida a consentir a favor de los ruegos de Juan. Flaquea de
nuevo y se encuentra donde estaba antes: defendiendo a muerte su idea, con
la noche que sigue pasando afuera y por su alma. Es una ciudad oscura y
tenebrosa la que se le hecha encima como un gigante monstruoso escapado
de sus cuentos de niña; tiembla de nuevo y apenas alcanza a contener el grito
cuando ya el horror va a partirle la garganta. Logra escapar y se refugia en sus
árboles, en el horizonte lleno de luz, en sus gallinas, en el patio donde juegan
todo el día sus hijos. Por un momento descansa. ¡Cómo dejar todo eso que
tanto le ha ayudado a soportar toda clase de penurias para poder seguir! Pero
allí están de nuevo los ojos de Juan, no los del borracho, sino los del hombre
bueno y guapo que es Juan. Rogándole que lo saque de ese tembladeral, que
volverá a ser el que fue si lo arranca de las aguas infectas en que ha caído. Y
de nuevo siente la tortura que la cerca, que la lleva al borde de la locura y
luego la arrastra... va dando tumbos y tumbos sobre los minutos y allá por el
alba se da cuenta que ha alcanzado esa resolución y se prende de ella como
de un hierro candente, con toda su salma, decidida a todo.
Hay otro corto remolino de días y de hojas secas, de figuras que se van
quedando inertes y a las que derriba con solo soplar.
- Juan, nos iremos de aquí.
- ¿Qué dice? – Los ojos desmesuradamente abiertos dicen más que las
palabras.
- Sí, nos iremos.
- ¡Se lo pedí tantas veces! ¡Gracias, María! Yo sé que allá todo será distinto.
Hay mucho trabajo y estaré lejos de las malas juntas; aquí no se piensa más
que en jugar y en beber.
Continúa apretando fuertemente la decisión, temerosa de que en cualquier
momento su fidelidad a la tierra la traicione.
- Sí, allá será distinto.
- Si, María, - le responde entusiasmado y es de nuevo el mismo hombre aquel
que respondía con dulzura “María”, vibrando entero cuando ella lo buscaba con
los ojos y toda su donosura diciéndole “Juan” -. Allá, - continúa -, no nos faltará
agua por lo menos... y además, usté sabe, hay mucha riqueza.
- Sí, sí... – aciente con las manos juntas, mordiéndose los labios para no
gritar... “Todo será distinto, sí, distinto, días y noches llenas de rostros
extraños, de miedos, entre ruidos y gritos y neblinas. Sí, y mucha riqueza,
muchísima riqueza, aunque siempre seguirá siendo riqueza ajena”.
Agua de ajenjo le llena la boca.
- ¡Apuráte, mamá! – los chicos le gritan en ese momento desde el molinete de
la puerta que da al patio, ese molinete que hicieron cuando la vaquita mocha se
entraba a pisotear el jardín.
- Vamos... vamos, mamá! – vuelven a llamar los niños y están contentos y
apurados por salir de una vez a tomar el tren, pero ella no; mirando las dos
piezas que han quedado vacías, el patio desierto, los árboles solitarios, se
siente a cada instante más y más desolado. Sobre su negro silencio canturrea
el agua de la acequia evocándole los días felices y aunque está haciendo lo
posible por salir, por arrancarse de allí de una vez por todas, la retiene todavía
el álamo, esa varillita que ellos plantaron el primer día que llegaron y que ahora
acaricia las nubes y sus ojos se quedan como pegados a los senderos
estrechos que la llevan a todas partes. “Ya voy”, “ya voy”, quiere gritar, pero no
puede y sigue allí clavada, sintiendo cómo va muriéndose, cómo va
derrumbándose su vida segundo tras segundo, quedándose en ese pedazo de
tierra, con todo eso que era pedazo de ellos mismos: la quintita, el ciruela, el
hornito para asar el pan. Le sudan las manos y siente sed. “María”, “María”, le
parece que la nombran los árboles, la esquina de la casa, el viejo palenque de
atar los terneros.
- ¡Mamá, que llegaremos tarde! – El grito de los chicos la arranca finalmente, le
cortan aquel cordón umbilical que la sujeta a su casa. Se afirma en un horcón
de la ramada, cierra los ojos y nombra en voz baja a su tierra por última vez,
suave, lentamente, acariciando las sílabas, despidiéndose para siempre de lo
que ya ha dejado de pertenecerle: ¡“El Duraznito”!
Dos lágrimas le hacen arden los ojos al desprenderse de su tierra. En ese
mismo momento, al dar el primer paso, siente que ya no es más que una mitad
de sí misma, la mitad que marcha en busca de Juan, de ese hombre bueno y
honesto que debe seguir estando en alguna parte de Juan, al que intentará
recuperar más allá de todos sus miedos, de ese fantasma terrible que se
levanta entre humos renegridos y ruidos de una ciudad a la que imagina cada
vez más monstruosa.
La otra mitad suya queda allí, con la frente afirmada al horcón, repitiendo como
en un rezo el nombre de la tierra querida: ¡“El Duraznito”!
ANGELES
Los tres bultitos están acurrucados junto al fogón cascarudo. La noche anda
afuera sembrando sueños encogidos de frío.
- No le vas a contar, - le ruega la más grande – Yo no robé... lu’hallé en el
recreo...
- ¡Mentira! – Al chico le brillan los grandes ojos y se pone de pie, con furia.
- ¡Te lo juro! Mi’acusaron porque sí... – Se le van a caer ya las lágrimas.
- ¡Es mío...! – La más niña alza el cuaderno resobado como baraja vieja y junto
con el lápiz entero, lo esconde tras la espalda como para defenderlo de algún
zarpazo. Las lágrimas le llenan el pozo de los ojos.
- ¿No te da lástima? – Otra vez la voz de Paula intenta ser convincente. – No
solamente a vos te gusta hacer deberes... a ella también y nunca tiene con
qué.
- ¡Qué m’importa! ¡Yo le voy a decir al papá en cuantito venga!
La Purita llora. La mayor le pasa un brazo por sobre los hombros.
- Por qué estás tan malo – añade mirándolo con resentimiento.
- ¡Qué m’impota!
- Acordáte que la mamá no te enseñó a ser así. Me vas a hacer pegar vos.
- ¡Mejor!
- ‘Ta bien, Pedrito! – Y se sienta al lado de su hermana. El niño entreabre los
labios culposos para replicar de nuevo, pero enmudece y lentamente se deja
caer sobre el rústico banco, con las piernas flojas, revuelto el cabello retinto,
arrebujándose mejor en el ponchito viejo que le cubre su desnudez. La vela
entre cierra su ojo amarillo, ganosa también de irse a dormir. En el fogón, sobre
las últimas brasas, la pava panzona bisbisea chismes antiguos. Inmerso en la
soledad de la noche, el rancho es nada.
- ¡Pedrito! – lo zamarrea enseguida la Paula. – No te durmás! ¡Ya va a llegar!
- ¡Mentira! ¡Si ni’ha llorau el choco en la puerta! – Apenas puede alzar la
cabeza pesada de sueño; los ojos vuelven a cerrársele solos.
- Ahura li’ha dau por entretenerse hasta la noche... Niña, ¡despabiláte, vos! –
Remece a su hermanita que ha dejado caer la cabeza en su falda e intenta
enderezarla.
- Ya vamos a comer el zapallito asau... ‘Ta rico... ¿Tomás el olor? – De entre la
ceniza, escapa el dulce, invitante aroma del fruto asado.
- No quiero. ¡Vamos a dormir, Paula!, - le dice la Purita. - ¡Tengo frío!
Se estremece y queda encogida, más apegada a su hermana, pidiéndole calor.
- No se duerma... yo tengo miedo... puede venir algún borracho. – Los ojos
puros, velados, buscan hacia fuera, desconfiados.
- Cuando él llegue, - continúa - , vos Pedrito, decile... a vos ti’hace caso... ¿no
vis?
El niño sacude la cabeza apenas y deja oír una especie de gruñido. – Decile –
prosigue la chica -, que no s’entretenga tanto en el boliche.
- Yo no... – refunfuña bajo el poncho.
Paula, con los ojos agrandados, queda parapetada tras el miedo. Los más
chicos, poco a poco empiezan a respirar más y más pesadamente, ya pisando
el agua liberadora del sueño. Está completamente sola. Por el agujero que
hace las veces de ventana, divisa un pedazo de cielo estrellado. Nerviosa, sin
saber qué hacer con las manos, se ajusta más el pañuelo a la cabeza.
- ¡Jesús! ¡Qué noche fría! ¡Y que no venga! – Todavía no ha llorado el perro
chico en la tranquera anunciando la llegada de él; entonces se oirá el sulky,
luego la bulla del hombre conversando con el moro y por fin, sus gritos y el
pesado arrastrar de su pierna sobre el suelo petrificado por el hielo.
Abre más grandes los ojos candorosos y siente que tiene frío en el corazón.
Esa pierna tiesa golpeando con dureza en el suelo, la impresiona, la hace
temblar, llorar silenciosamente.
Su madre le dijo que era un hombre bueno, que Purita y ella necesitaban un
padre, que por eso... su madre era blanca, donosa, tenía grandes ojos verdes,
una bondad y una guapeza... su madre... ¿Pero por qué sucedió aquello
después? No puede borrar de su memoria la noche en que el hombre, ese
hombre, apareciendo de entre las sombras, pasó el umbral y ella lo vio, alto,
grueso, un poco viejo, con un largo bigote y ojos de turbio mirar, que alzaba
una pierna trabajosamente y la arrastraba después para dar el paso.
- Paula, ¡abrazálo a tu papá! – No, no podía creer; tenía miedo. Temblaba sin
poder dominarse.
- ¡Paula! – oyó que le volvía a decir a tiempo que con la mirada le daba una
orden terminante.
Solamente entonces, cerrando los ojos para no ver eso que le daba pánico, se
le arrimó con la humildad de un cuzco dominado a azotes, pero aquel
momento, todo aquello que sucedió entonces, no había muerto, por el
contrario, había quedado vivo, vivo allí en su pecho, alzándose como un
martillo, como un árbol que se desploma de repente sobre un indefenso
insecto.
Después de un tiempo oyó decir: - Se jué a cargar el carro una tarde ‘tando
muy bebido... entonces, al caer, se clavó una espina en la rodilla y di’áhi quedo
así.
Le parece oír una pierna que se arrastra, sorda, odiosa, pisoteándole sus
cantos, sus risas, su vida toda de criatura, persiguiéndola como si ella fuese
una mujer que puede cargar con todo el peso de la casa y de la vida de todos
ellos.
Su madre le comprendía ese miedo que le andaba por los ojos; por eso
intentaba disculparse a veces, pero ella no alcanzaba a entenderle y huía
llorando a refugiarse en su rincón preferido del monte. Después llegó el niño
hijo de él. ¿Por qué lo quería tanto su madre? ¿Por qué las dejó a su hermana
y a ella, así, a un lado, como si no valieran nada? Desde lejos, Paula buscaba
con los suyos los ojos claros de su madre, como si fuese imposible todo
acercamiento, como si un tembladeral se hubiese interpuesto de repente entre
una y otra.
Sacude la cabeza; no quiere recordar así a su madre. Prefiere añorarla bajo un
paisaje lleno de cielo, de árboles florecidos y con su padre, su verdadero padre,
riendo con ellos.
Se da vuelta. La pava resopla apenas. Se levanta, da unos pasos y el vestido
se le engancha en un banco; todas las suyas son hilachas; no protesta. Se
acerca el fogón y de un fuerte soplo hace volar la flor de la ceniza, dejando el
vivo corazón de las brasas. Regresa y se siente en el cajón petizo sobre la
falda le quedan las manos como muertas. Se las mira pequeñas y lastimadas.
Desde que se la llevaron a su madre, con ella ha cumplido todo el trabajo que
realizaba la irremplazable. Si embargo, ella, desde su pequeñez de hierba,
comprende que le falta lo que a su madre la alentaba: el cariño de todos. Para
ella, en cambio, solamente hay desprecio, mentiras, malas palabras del padre,
miedo, sombra, ¿por qué? La pregunta se le vuela a un murciélago que chilla
satánicamente en la negrura del cielo. Los fantasmas que inventa la vela
parece que van abalanzársele encima.
Siente que la soledad, a la que mira como un oscuro pozo sin fondo va a
romperse en llamas en su pecho.
- ¡Pedrito! – llama buscando escapar de esos brazos infernales que intentan
llevársela.
- ¿Ah? – Abre grande los ojos el niño. Un perro llora lejos. Otros torean
gozosos en la tranquera que chirría al abrirse.
- ¡Ya viene! – exclama con susto y, poniéndose rápidamente de pie se
despereza.
- ¡Pedrito! – insiste la Paula acercándosele y bajando más la voz: - No le
cuento aquello, ¿quiere? Y dígale que me deje ir mañana a l’escuela.
- ¡Yo no! Decíle vos, ¡qué tanto! – responde de inmediato, sacando pecho,
como si fuera un hombre, como si fuese su mismo padre, al que tanto se le
parece en sus seis años.
- A usté li’hace caso... y a mí me gusta ir a l’escuela.
- Ayer juiste.
- Peru’hacía un mes que faltaba.
Ya oyen el sulky que se aproxima rodando lentamente, trayendo siempre como
atado a las ruedas el alborozo de los perros.
- Yo voy a desatar solita el sulky cuando llegue, pero decíle... decíle que no nos
pegue más a la Purita y a mí.
- Yo no... Si’ustedes se portan mal... ¡qué! – Frunce los labios y queda con la
mirada perdida sobre la débil lumbre.
- Cómo es usté, ¿no? Nosotros tanto que lo queremos, pero usté...
- Yo... – Se corta; queda pestañando seguido. El silencio se cierra otra vez.
La cocina estrecha, parece más grande y vacía. Paula se queda mirándolo. A
pesar de todo lo que les hace, Paula no se explica por qué lo quiere tanto al
niño. Tal vez porque al mirarlo halla siempre en los ojos de él aquellos de su
querida madre o tal vez porque ella lo quería tanto que siempre se desvivía
para darle todos los gustos.
- El papá me va a tráir un lápiz... mejor qu’el de la Pura.
- No le vaya a contar eso, ¿quiere?, - le ruega otra vez acercándosele.
- ¿Y qué no decís que se lo dio la Señorita?
- Sí, ella se lo dio al último... pero mi’acusaron ... yo no lo robé.
- Sí, que no...
- Si usté le cuenta, le va a creer y nos dará unos lazazos. ¡No sea así!
El sulky, rodando apenas ya llega. Los tres, como vizcachitas, se estrechan en
la puerta que da sobre el ancho patio. El viejo algarrobo seco de implorante
esqueleto, está florecido de titilantes estrellas.
- ¡Huep...! El grito grueso retumba como un trueno en la cocina en cuanto
detiene su caballo. Pesadamente se descuelga y da unos pasos
bamboleándose.
- ¿Desatamos?
- ¡No! – La respuesta es una bofeteada. - ¡Desgraciau...! – continúa. - ¡Yo le
voy a enseñar! Atau se va a quedar hasta mañana! – El moro se queda bajo la
helada que cae, estirando los ojos, esperando inútilmente que lo alivien de sus
arreos.
Entra primero que todos a la cocina y los niños le siguen antes que los perros.
- ¿Va a tomar unos matecitos?
- Mate... – dice ladeando la boca en una sonrisa despectiva – Veníme nomás
con el mate... – Añade sardónico, soltándose desde arriba sobre el banco y
dejando extendida la pierna sin flexión.
- Papá... – Pedrito se le apega zalamero.
- Me vas a engañar con el mate... – lo interrumpe. Bajo la porra enredada le
llamean los ojos alcoholizados al hombre. Paula siente que la Purita se el
apega más, tiritando como un animalito. ¿Qué estará por contar de Pedrito?
- Papá... – otra vez. Vacila un instante, un instante que abre un suspenso de
abismo; en medio de él, sigue buscándole los ojos al niño para rogarle que no
las acuse.
- ¿No me trajo un lapicito?, - prosigue, por fin. El pecho de las niñas se baja,
aliviadas de un gran suspiro.
- ¿Lápiz? ¡Hummmm! – Las palabras nacen tartajosas, pesadas y gruñe como
un cerdo.
- Quiere que...
- ¡No! – grita con toda la boca. Paula queda detenida, tiritando sobre el hilo del
llanto.
- Yo tengo qui’hablar con ustedes... mucho, muy mucho... y ustedes tienen
qui’hacer lo que yo les diga, caraspa, ¿m’entienden? – Sube el tono de la voz
hasta el último grado. Después de eso todos saben que llega la tormenta.
- Sí, papá – a penas se oye el asentimiento. Pero la violencia no cede ante esa
temblorosa ternura.
- A guascazos... sí, señor... como que me llamo Jacinto Alturria.
Los brazos que se han estado sacudiendo como cabo de hacha, se sosiegan y
dejan asentar por un momento las manos sobre la cara barbuda.
- Papá...
- ¡Cállate! – Con fuerza aparta a un lado al niño y la rabia le sube caliente por la
cara, le asalta los ojos, le tuerce la boca y lo levanta.
- Y vos, Paula, ¡has robau... has robau...! - Con el índice la encañona como
con un revólver. La niña está pálida, rígida, apretada, deformada la cara por el
miedo. La noche, afuera, sigue volcando segundos vacíos.
- Yo... yo no... – Se desfibra la voz lastimada por el llanto. La Purita, buscando
la protección de la sombra, cerca de los perros, siente que el miedo le licua los
ojos. Pedrito está de pie, mirando ansioso lo que sucede.
- La señorita mi’ha dicho... ella mi’atajó esta mañana... has robau un lápiz...
¡Decí que no...! ¡Decí que no...! – La furia le alza el brazo poderoso.
- No... Yo no... – La protesta se le deshace en la garganta.
- ¡Decí algo, ladrona de porquería! – Y la pesada mano del hombre se
descarga sobre la cabeza de la chica y va a continuar enfurecido dando golpes
cuando el grito lo detiene.
- ¡No! ¡Yo juí...! Yo saqué el lápiz, papá. – Pedrito, con los labios carnosos
temblantes, encendidos a punto de estallar los mofletes, lo enfrenta de pie,
firme, con los brazos a los costados como le han enseñado en la escuela.
El hombre gira la cabeza lentamente, como si en ese momento acabara de
enterarse de que allí hay otro hombre. La vela, como si quisiera mezquinar la
toma de un rápido estado de conciencia, se lo escamotea al chico sorbiendo su
propia lumbre.
- ¿Vos?
- Yo, papá.
- ¡Cómo! ¿Que no te compro, acaso, todo lo que ti’hace falta?
- Pero la Purita no tenía y... y a ella también le gusta escribir.
- ¿La Purita? – Todavía no puede entender.
- Sí, la Purita...
Todos los ojos, todos los corazones están clavados en él. El viejo lo mira
detenidamente, extrañado, abriendo la boca como atontado.
- ¿Qui’usté, qui’usté, m’hijo, la quiere a la Purita? – le pregunta sin terminar de
comprender.
- Y a la Paula también, - agrega con voz gruesa, plantado allí, como un torito.
Y el hombre, aquel hombre gigantesco, empieza a achicarse, a achicarse cada
vez más, a atiplársele la voz, a resumirse constreñida por la emoción.
- ‘Ta bien... ‘ta bien... vayan nomás a dormir...
- ¿Y el sulky?
- Dejen nomás... Yo lo voy a desatar. – La noche se lleva a los tres bultitos al
sueño. Sobre la tierra helada, una pierna se arrastra como acariciándola.
Después, los pasos de un caballo. Y el monólogo de siempre en la cocina con
los perros.
- Vos Gaucho y vos Pastor saben bien cómo era la finada. Y así han saliu los
hijos, ¿no ven? Ese Pedrito vale oro, ¡caray! Eso sí, claro que no debe robar.
Mañana mismo li’hablaré y m’entenderá. Claro que sí... ¡Qué corazón tiene ese
chico! No, si cuando yo digo qu’es de oro su corazón...
Y seguirá dejando caer recuerdos y recuerdos entre los ojos adormilados de los
perros y el dulce olor a zapallo asado, hasta quedarse sin noche.
LA RUBIA
Todo empezó en esta misma fonda, mi’acuerdo. Sí, es la misma. Y tal vez el
medio libro y el vaso lleno que me está esperando al alcance de la mano. Todo
está lo mismo que aquella noche, cuando llegué por primera vez. Pero mi
corazón no; mi corazón ya no es lo mismo.
Sí, mi’acuerdo que estaba en esta misma mesa, aquella noche, con mi atadito
de mi ropa al lado esperando al patrón que vendría a llevarme a la chacra.
Había llegado a ese lugar para trabajar en la cosecha y estaba seguro de que
me iba a ir bien. Como a mis amigos que todos los años volvían del sur a la
querencia luciendo pilchas nuevas y con el tirador lleno de billetes.
En eso, de un grupo que se apretaba junto a otra mesa, sacaron una guitarra;
se agrandó la rueda enseguida y aumentaron los vasos. No pasó mucho sin
que si’alegraran los muchachos; y la tristeza mezclada con la alegría, cuando
quisimos acordar, nos había juntado a todos. Y así jué como, no sé en qué
momento, la guitarra llegó a mí poder y cuando me di cuenta, ya la estaba
afinando. Era mi güena compañera y no me hice rogar. Cuando hallé el tono
justo, canté. Y mal no lo debo haber hecho porque, al terminar, los obligos y las
invitaciones de los nuevos amigos se hicieron más tupidas. Nunca juí amigo del
vino, pero sí de los que se me arrimaban con güenas intenciones. Y el Zurdo, al
que conocí en aquel momento, se me acercó como amigo y al final me
convenció y me llevó a un baile que había en su casa.
Llegamos y me quedé mosquetiando, desde la oscuridad; parecía qu’estaba
lindo. Buena música y chicas bien arregladitas había. Ya m’entusiasmé.
Enseguida nomás el Zurdo me presentó como cantor. Yo, por momentos, no
podía dejar de pensar en mis pagos y me sentía triste; era la primera vez
qui’andaba tan lejos y solo; pero la guitarra, ese patio aromado a madreselvas,
las estrellas claritas, todo hicieron que fuera cantando más y mejor en cada
vuelta. Jué entonces cuando descubrí unos ojos de mujer que me miraban
fijamente. ¡Qué ojos más hermosos! Yo quería hacerme el desentendido, tenía
que hacerme el desentendido, porque allá en el pago había dejado “mi pior es
nada”, pero esos ojos volvían a buscarme y por momentos parecían desafiarme
a que me les acercara.
- ¿Quién es? – le pregunté al Zurdo sin poder contenerme.
- La Rubia. La Rubia... Y la Rubia no era solamente unos grandes ojos negros
sino que era una jovencita en la que todo era para ver y admirar. ¡Qué mujer!
Yo no era ciego ni manco ni tenía un pelo de sonso. Por eso mi’olvidé de todo
lo demás y juí acercándomele despacito, mi’acuerdo.
- ¡Otro medio litro, don Cruz!
Aquella noche en la casa del Zurdo cuando se mi’acercó para
preguntarme si yo era la Rubia, me pareció que estaba entrando al
cielo. Porque desde que lo viera llegar al baile, tan simpático, tan
güen mozo, pensé que ese hombre tenía que ser para mí, que con él
y no con otro, tenía que compartir mi vida. Para más, contaba como
jamás oyera hacerlo. Después... jué sentirlo cerca, oírle preguntar
que cómo me llamaba, de dónde era, y “usté es la chica más bonita
que hay en el baile y me gusta... lástima que tendrá novio”. Cuando
le contesté que no, pareció quedar dicho, porque nos entendimos
desde el principio sin necesidad de decirnos una palabra más. Yo no
había sido chica de darle entrada a cualquiera, no porque la madrina
me mezquinara como a hueso ‘e santo, sino porque no había
encontrado todavía el hombre que mi corazón solicitaba. Y de
pronto, con las primeras palabras, se me aparecía ahí diciéndome:
“Lisandro, para servir a usté”, sentir que él era el hombre que estaba
esperando, entregarme a sus brazos y rogar que la noche no
terminara nunca. Después, la felicidad... Pero, ahora, desde hace un
mes, ¿qué puede haberle pasado? Sale a la calle sin decir palabra y
ya sé que no volverá en todo el día. Si pregunto a algún chico si no
lo han visto, me dirá que sí, que está en la fonda. Si digo “con quién”
me dirán siempre lo mismo: “Solo; está tomando”. ¿Qué le pasará?
Antes llegaba el sábado a la chacra y todo era una fiesta. Ahora
llega de la chacra se lava, cambia de ropa y desaparece. ¿Por qué
pudo cambiar así, Dios mío? ¡Y ésta plancha que no calienta!
- ¿No volvió el Lisandro, Rubia?
- No, todavía no. - ¿Qué le importará a la vecina? Soplaré la vela y lo
seguiré esperando. En una d’esas vuelve y mi’habla.
- ¡Otro vaso, don Cruz! – Miro por la puerta y se mi’hace que la noche viene y
se mete no sólo en los rincones de esta fonda sucia, sino que está porfiando
por entrar en mi corazón también. Lo que faltaba. Y la voz del viejo plomero
borracho que no deja de venir ninguna noche y la de la chinita esa que
escandaliza gritando ajuera, me molestan, me suenan a matraca vieja, a
piedras tiradas dentro de un tarro.
¡Sí pudiera saber por qué estoy así! Pero no entiendo. ¡Qué desagusto siento!
¡Qué rabia tan grande tengo! Y lo gracioso es que no sé por qué.
Poco a poco empecé a ver mal todo lo que me rodeaba y nada puedo hacer
por cambiar. Y por más vueltas que doy, no hallo la punta del hilo. Yo vine aquí
a trabajar, a ganarme unos pesos y a volverme a mis pagos. Allá m’esperaban.
Y de entrada que se me cruza la Rubia en el camino. No era mujer para que al
hombre al que le diera corte la dejara pasar. Y ella, justamente a mí empezó a
buscarme los ojos aquella noche. Al principio hubiera querido decirle “Déjeme
tranquilo, no me comprometa, en mi alma hay otros retratos a los que usté no
puede venir a arrancar a los tirones...” ¡Pero no! ¡Cuándo! De entrada no más
la Rubia se me había entrado como puñalada en el pecho ¡y quién la sacaba!
Todo vino hecho y derecho. Y cuando a los quince días se mi’ocurrió decirle
como por tantiarla, “¿te animarías a venirte conmigo?”, me dejó sin respiración
al contestarme “esta misma noche, si querés”. Y por eso jué que le dije, sin
pensarlo dos veces: “Mañana, entonces”.
“Mañana, entonces” – me acuerdo que me dijo aquella noche.
Y cuando me besó en la puerta del patio, cerca de la madrugada
antes de irse, estaba segura de que así nomás tendría que ser. ¿Por
qué iba a contestarle que lo pensaría, si desde que lo conocí estaba
ya dispuesta a seguirlo hasta la muerte? Mi madrina sabría
comprenderme. Había sido buena conmigo, es cierto pero yo
también con ella. Me dio el hogar que no tenía y le estoy muy
agradecida. Tal vez me mezquinó demasiado. Se olvidó que ya
tengo dieciocho años y que en las cosas del corazón sé bien lo que
debo hacer. ¿Por qué iba a negarme si me estaban ofreciendo la
felicidad que yo buscaba? La felicidad debe encontrarse, pienso yo,
junto al ser que se ama y que nos corresponde. ¿Qué me podía
importar, entonces, que solamente pudiera ofrecerme una cuja
hundida y una mesa de cajones? Mejor así. Los dos juntos íbamos a
ir haciendo todo lo que faltaba. Comprando de a poquito lo que
pudiéramos. Me dijo que sería su reina. Y yo iba a hacer de él mi
rey. Haría todo lo que le gustara para verlo siempre contento.
Cocinaré, pensaba, le tendré la ropa limpia, adornaré el cuartito y me
pondré los vestidos que a él le gustan. Y cuando vuelva los sábados
del trabajo, saldremos a pasear... y les haré dar envidia a ciertas
personas.
Después... aquella noche tan oscura, esperándolo en la puerta de
calle y, por fin los pasos de él. Ya tenía mi valijita en la mano y sobre
la cama había dejado la carta para mi madrina pidiéndole perdón.
...Ya es más de la medianoche y no vuelve. Me cambió por un vaso
inmundo de vino. ¡Si es para dejarse morir llorando!
Otro sábado a la tarde y estoy de nuevo en este rincón de la fonda, con su olor
a vino, a fiambres y con el medio litro por delante. Me busco adentro con rabia,
para saber qué diablos tengo, pero no encuentro nada. Y estoy triste y ando
todo el día como empiojado. ¡Me cache! ¡Qué distinto a los días de antes! ¡Qué
alegría cuando llegaba el sábado! Al volver de la chacra ella me esperaba en la
puerta con su vestido más lindo y sus besos. Si parece mentira que ahora
seamos los mismos... en seguida empezaba el mate y ya me traía un pedazo
de biscochuelo, de ese biscochuelo que le salía tan lindo. Después, a la
tardecita, nos arreglábamos y salíamos a pasear, ella contenta y yo orgulloso
de llevarla colgada del brazo, festejando todo lo que decía, feliz porque hasta
los más pitucos me la miraban como para comérsela. Pero no hay caso. Ahora
ya somos otros. ¿O seré yo nomás el qui’ha cambiado? Porque ya no me gusta
el trabajo, no lo aguanto al patrón de la chacra y cualquier día lo voy a mandar
al mismo diablo con madre y todo. Y lo que antes veía como al nidito donde
tenía bien guardada a mi prenda, ahora se mi’antoja como una cueva oscura y
sucia. Ya no aguanto estar ahí. Para colmo, ahora le ha dado por llorar. Y me
pregunta un montón de veces qué tengo. ¡Qué se yo! No puedo contestarle,
por eso me quedo mudo como una tapia. Y vengo a este lugar a seguir
buscando los motivos de mi rabia, pero no los encuentro... solamente descubro
esta amargura y un odio loco por todo lo que me rodea.
- ¡Otro medio, he dicho! – Y no tiemble por este sopapo que le doy a la mesa
porque si se rompe, yo se la pagaré ¡Qué si’ha pensau!
Sé que esta noche volverá más tarde que nunca y con más olor a
vino. Sé también que no me dirá una sola palabra. Sé quedará
sentado en el rincón más oscuro, con la botella de vino al lado.
Cuando me levante, se acostará. ¡Dios mío! ¿Li’habrán hecho mal a
Lisandro? Porque este que llega ahora los sábados no es ni la
sombra de aquel que me miraba y que nunca volvía a casa sin
traerme un regalito, aunque fuera una soncerita. Pero, ¿por qué esta
así? Yo no le hecho nada. Me porté siempre como una buena chica.
Y vivo esperándolo. Acomodándole la ropa arreglando el cuartito lo
mejor posible para que todo le resulte lindo al llegar. Porque lo
quiero. Si no fuese así, ya podía haber hecho como otras que
conozco. Ir alguna noche al cine con el lechero que siempre me dice
piropos o con el verdulero, que es buen mozo y quiere acariciarme la
mano cada vez que me da el vuelto. Pero yo no soy d’esas... No sé,
realmente, qué le pasa... Ahora me dan miedo sus ojos llenos de
rabia. Pero, ¿por qué? Eso quisiera saber yo. ¿Tendrá otra mujer en
la chacra? ¿O será aquí en el pueblo? Sí, debe haber otra y tengo
que saber quién es. Porque si no, voy a volverme loca.
Ahora le dio por celarme. Y no se queda callada. Y como no sabe de dónde
viene la bronca, tira palos a lo ciego. Sobre que ando con la sangre revuelta,
¡tengo que aguantarle ahora los chillidos! Y la Turca del almacén, que es una
viva, se ha dado cuenta de que algo malo le anda pasando a la Rubia, por eso
cuando voy a comprar cigarrillos, me regala pastillas y me dice “cuentelé que
yo se las di para que rabie”. Yo no se lo voy a decir, pero no faltará vecina que
le vaya con el cuento. Es lindota la Turca, pero sé que nu’es pa’ este perro ese
hueso. Además, ¿qué puede ver ella en mí, que no soy más qui’un muchacho
abandonado que ni se afeita si quiera?
¡Qué amargura tengo! Pero debo terminar con todo esto de una vez! Porque, o
voy a matar alguno o me volveré loco si no consigo calmarme. Tengo que
escapar. Con estar en la fonda tomando vino y más vino, no voy a sacar nada.
Será cuestión de que un día de estos cargue el mono al hombro y me largue
por las vías hasta donde se acaben.
Estoy mirando su camisa recién planchadita y los zapatos al lado de
la cama, como esperándolo, me da por pensar que son como una
parte de él y que por eso tienen que saber por qué sufre tanto; y por
qué hace sufrir. Porque, ¡cómo me hace sufrir, Lisandro!
Cómo podía pensar la noche que lo conocí que tan pronto me
ocurriría esto... Y aunque a veces pienso que todo esto no es más
qui’una horrible pesadilla, sin embargo no lo es, estoy bien despierta
y sufro por su abandono. Hoy no probaré bocado. No puedo comer.
Menos desde que sé de dónde puede venir mi desgracia. ¡Turca
infeliz! Y ya sé que le regala pastillas le hace bromas y le pide que
no se pierda, que vuelva. ¿Y qué puede ver la Turca en él para que
lo busque así? Pero ¿qué culpa tengo yo de que a ella le gustara el
Juan y el Juan en cambio me buscara a mí? Aunque ella debiera
saber que nunca le di corte. Si no me gustaba. ¿Y entonces?
Ya llegará la noche y estaré sola y con mis ganas de llorar otra vez.
Ahora que le acomodo la ropa, me doy cuenta que falta una camisa
y un pantalón. ¿Qué los habrá hecho? ¿Los estará llevando a otro
lado para irse después con la Turca? ¡Desgraciada! será mejor que
se cuide y que no se deje agarrar conmigo si un día llego a
encontrarla por la calle.
Así vienen las cosas. Ayer un chambón acomodó mal unas bolsas de maíz y
cuando fui a descargar la mía, se me vinieron encima desde la pila. Por suerte
que soy liviano y pude pegar un salto a lo gato, que si no me quedo encerrado
bajo las bolsas para todo el viaje. Cuando se me pasó un poco el susto, me
senté a pensar... ¿Y si me hubieran aplastado las bolsas? ¿Cuándo iban a
enterarse en mi casa de lo que me había pasado? ¡Qué golpe me dio el
corazón! Primero jué mama la que se me acercó diciéndome:
“No deje d’escribirme, m’hijo, en cuanto llegue”. Y yo que ni me había acordado
de la promesa que le hiciera entonces ni de nada de allá. Me temblaron las
piernas y me corrió un sudor frío. Anoche no pude pegar los ojos. También...
Jué pensar y pensar. Veía y mi’acordaba de tantas cosas, que me parecía
mentira las hubiera olvidado del todo en tan poco tiempo. Allí estaba la Rosarito
y yo a su lado prometiéndole palabra de casamiento para cuando volviera del
sur; y ella pagándome con un beso cada esperanza que le iba dibujando. Y
mama que nos cebaba mate debajo del algarrobo grande del patio y nos
miraba como bendiciéndonos.
Pero, ¡qué me había pasado! ¡Cómo me había olvidado de ellas así! Claro que
ahora alcanzo a comprender. Jué llegar aquella noche no pensando en otra
cosa que en volver pronto al pago, encontrarme de entrada con la Rubia y
quedar, desde ese momento, como embrujado. Nada veían mis ojos que no
fuese ella. La Rubia esperándome a toda hora, ella llenándome el alma con su
cariño ella dándome todo lo que mi corazón buscaba. Después, mi hastío, mi
rabia, sin saber por qué ni desde dónde venían... Ahora ya lo sé... era mi
corazón que no había podido olvidar lo que dejó allá, pero al que yo quería
engañar con otros cantos, arrullos y risas.
Pero anoche, después del susto, jué la voz de mama dándome los últimos
consejos, la de Rosarito diciéndome “te esperaré siempre”, entrando como por
una ranurita en mi oscuridad. ¡Como para dormir estaba! Desde ese momento
he estado como partido en dos. Uno, el que llegara al pueblo y se enloqueciera
por la Rubia. Otro, el que había salido un día de allá, de Conlara al que sentía
despierto de nuevo y el que protestaba y se avergonzaba por todo lo malo que
había hecho al olvidarlas. ¿Qué harían la Rosarito y mama sin tener una sola
noticia mía? ¿Qué pensarían? ¿Y qué dirían los vecinos que sabían que nos
íbamos a casar con la Rosarito en cuantito volviera? Y entonces, el otro pedazo
que se embravecía defendiendo a la Rubia a la que no quería perder por nada
del mundo. Y entonces, otra vez la rabia y la amargura llenándome el corazón.
¡Como para dormir andaba!
Pero ahora que sé de dónde me viene todo esto, le pongo punto final y listo.
Esto se termina ahora mismo.
- ¡Otro medio, don Zenón!
- ¿Otro más?
- ¿Y no?
- ¿Qué le pasa que li’ha dao por reírse solo?
- Y... ¿cómo le va? ¿Qué no sabía? Me vuelvo... me vuelvo al pago.
- ¿Con la paloma?
- ¿La paloma?... ¡Qué paloma ni paloma!
Vino el sábado y se jué a la fonda. Volvió a la madrugada, como
siempre. No abrió la boca para nada. Me dejó unos pesos sobre la
mesa, más que otras veces, me di cuenta después. Luego se volvió;
parecía que iba a decirme algo. Me fijé bien, tenía los ojos llenos de
lágrimas. Pero de repente dio la vuelta y se jué a trancos largos. ¡Sí
será sonso! Como si no supiera que si me decía media palabra con
cariño, ¡me l’echaba en sus brazos y lo comía a besos! Pero no...
Desde ayer que me parece oír a cada momento una voz en la cocina
o junto a la cama, por la ventana que da a la calle, que me dice:
Lisandro no vendrá más... Lisandro se va... se va para siempre.
Quiero conformarme pensando que es mentira, que no puede ser,
pero no puedo. Y me quedo llorando como una viuda. Y si se juera,
¿qué irá a ser de mí? Porque ahora, aunque sea con su rabia, viene
y sé que tendré para comer y con qué pagar la pieza. Y además
tengo la esperanza de que en cualquier momento pueda ser el
mismo di’antes. Llegará contento, le daré mate, me lo recibiré
sonriente y diciéndome cosas lindas... Luego me besará y jugando
como un chiquilín, me despeinará y pelearemos y me tirará a la
cama y me besará y besará hasta que seremos unos locos los dos,
igual, igual que antes.
Pero, ¿y si no vuelve?
Sin golpear la puerta del escritorio del patrón, entré y le dije: usté me pidió que
me quedara quince días más hasta terminar la cosecha y he cumplido. Vengo a
que me arregle la cuenta. Además quiero que me haga llegar a la estación del
pueblo, como me prometió. Me gustaría llegar a la nochecita cuando esté por
entrar el tren a la estación. Me miró como diciéndome, ¡“qué bicho lu’habrá
picau a éste”! ¡Pero a él qué l’importa!
Ahora que he dispuesto pegar la vuelta, ¡qué linda la veo a la Rosarito y cómo
se pone de contenta la carita de mama, como su estuviera adivinando que
pronto volveré a besarla!
Este sábado tampoco vino. Hace ya quince días que no pisa por
aquí. ¿Y si no lo veo más? ¿Qué podré hacer sola?
Por él dejé todo lo que tenía, amigas, madrina, ¡todo! El corazón,
como porfiando, me dice a cada rato que no lo veré más. Y todos
mis sueños son con víboras, que es traición o si no con fuego o con
agua negra de creciente. Las pocas cosas que tengo, me parecen
frías, heladas mis polleras. Y la ropa de él, abandonada allí, como si
fuera de un muerto, como queriendo decirme algo sobre él, pero sin
saber cómo hacerlo...
Solamente sirve para hacerme llorar, afuera, cae una lluvia finita
que hace más oscura la tarde. Y siento como apretado el corazón y
me pongo a llorar como un sonsa.
Llegamos a la estación cuando el tren hacía oír su pito entrando ya. Bajé mi
bagallito pobre del sulky, le di la mano al patrón y corriendo bajo la llovizna que
empapaba, trepé al vagón de segunda. Busqué un rincón para sentarme y me
eché el sombrero sobre los ojos. Mejor será que nadie me vea, pensé, así
nadie le va con el cuento. A los que se quedan, que Dios les ayude.
En eso, unos golpes dados en los vidrios de la ventanilla me hacen enderezar y
lo veo al “cara de caballo”, el vendedor de diarios que me mira con su cara de
pillo y empieza a gritar para que lo oigan los que lo acompañan, “mirálo al
Lisandro, acá va; se está haciendo la rana”. Pero cuando corrió a juntarse con
la barra, lo vi caer al tiempo que el tren se ponía en marcha. ¡Menos mal! No lo
vi más. Atrás quedaba el pueblo con la Rubia. La tarde oscurecida por la
llovizna pareció querer entrárseme al corazón y sentí de pronto un dolor como
si me lo estuvieran estrujando. ¿Qué irá a ser de ella? ¡Pobrecita! Pero... ¿por
qué no le dije que me iba? ¿Por qué dispuse dejarla así, sin decirle ni palabra?
Aunque también, si le hubiera dicho la verdad me hubiera armado un
escándalo de padre y señor mío y quién sabe cómo iba a terminar el asunto.
Tal vez hubiera tenido que ser así nomás.
El tren cruza los últimos baldíos y por todas partes la veo a la Rubia. ¡Qué
hermosa y qué buena! Como mujer me dio todo y como compañera reconozco
que se desvivió por atenderme a cuerpo de rey. ¿Por qué la abandoné así,
entonces? No, eso no es de hombre; lo que está mal, está mal. Corre el tren y
me parece que allá, con ella, está toda la vida... aquí, en cambio, es el infierno.
Soy un cobarde. ¿Por qué huyo así? No, no puedo seguir adelante; tengo que
volverme y dar la cara; me he portado como un cobarde, lo reconozco. Estuve
confundido, no sé, pero ella no se merece que le haga esto. ¿Por qué la voy a
matar de pena? No. Ahora en cuanto llegue a la primera estación, me bajo y
tomo el tren de vuelta... Ahora sí, me parece más fresca la noche, se me ha
serenado el corazón y todo parece alegrarse. En cuanto llegue el tren, alzaré
mi bagallito y bajaré.
A la luz de la vela, Virgencita, me parece que me estás mirando y
que te das cuenta de mi desesperación. Es cierto que te tuve
olvidada en el fondo del baúl y que ahora, por esto que me ha
sucedido, me acordé de vos y te he desenterrado. Perdonáme,
Virgencita, pero no tengo a nadie para que me ayude y quiero que
Lisandro vuelva pronto a mi lado.
Hacé que vuelva... hacéle saber que le voy a perdonar todo, pero
que vuelva a mi lado. Hacéle saber que nunca más seré celosa ni
egoísta, que no protestaré más porque vaya a la fonda o se junte
con sus amigos... Pero que vuelva a mi lado.
¡Traemeló, Virgencita, en cuanto aclare el día!
Está vacía esta estación de pueblo pobre. El tren se marcha y me quedo
mirando cómo se aleja. Siento una cosa rara, una pena pesada como una
piedra, que me está apretando el corazón. ¿Por qué me he bajado aquí? ¿Y mi
madre que me estará esperando en Conlara? ¿Y la Rosarito que se pasará los
días dele llorar y llorar por mi culpa? Algún fondín hallaré... Necesito tomar
unos vasos de vino para saber qué debo hacer. Ya viene el alba y no se ve ni
un alma por las calles.
Lo he soñado anoche, Virgencita... y veía cómo me lo traías de la
mano. ¿Ves cómo cada día creo más en vos? Está amaneciendo y
en cuanto abran el almacén iré a comprarte una vela para
alumbrarte. Seguro, seguro que me habrás escuchado y me lo
traerás. Ahora me secaré los ojos, arreglaré el nidito para que lo
halle limpio y luego me vestiré con lo mejor que tengo para que me
halle linda como nunca. Quiero estar bonita, muy bonita, para
cuando llegue Lisandro. ¡Qué mal que te has portado! ¡Me parece
mentira! Pero igual ya te he perdonado. Ahora borraré estas ojeras
para que no te des cuenta de lo grande que ha sido mi dolor.
Perdí la cuenta de los días que pasé en ese pueblo miserable; y también las
veces que llegué a la ventanilla de la estación a preguntar por el horario de los
trenes. A veces, cuando las ganas de ver a la Rubia me enloquecían
preguntaba de los trenes que salían para el sur. Si en cambio era la imagen de
la Rosarito la que parecía llamarme con tristeza, quería saber la hora de salida
de los trenes que iban para el norte... ni sé tampoco las veces que llegué a las
tienduchas a comprar regalos para la Rubia, cuando no eran después, collares
y telas para la Rosarito... anduve muchos días como perdido y llegué a sentir
como si las dos fuerzas que tironeaban dentro de mí fueran a despedazarse. Y
me dolía la cabeza y quería olvidarme y para eso tomaba más y más vino.
Hasta que un día me escuché, frente a la ventanilla diciendo: - A Conlara. ¿A
Conlara? – me preguntó el jefe como si dudara de que pudiera haber un pueblo
con ese nombre. – Sí, señor; a Conlara, - le respondí. Y conté la plata que
guardaba hecha un rollo en el bolsillo; apenas si me alcanzó para pagar el
boleto.
Ahora corre y corre el tren en medio de una gran polvareda. Todo el día y toda
la noche que llevo de viaje, no he hecho más que pensar en lo mismo. ¿Por
qué estoy tan seguro de que la Rosarito me estará esperando después de
haber pasado nueve meces sin tener una sola noticia mía? ¿Y si se cansó de
esperarme? ¿Y mama? ¿Por qué pienso que voy a encontrarla tan linda y tan
sana como la dejé? Y a ratos, como si me sacudieran negros remolinos, otro
montón de preguntas me salen al cruce. Y la Rubia, ¿se irá a ir con otro? ¿Con
quién? ¿Con el carnicero? ¡Pobre Rubia! En cuanto llegue a Conlara le
escribiré pidiéndole perdón. Sí, sí, lo haré aunque me cueste mucho escribir
una carta. Parece que está por amanecer y entra toda la fragancia del pago
cada vez que abren una ventanilla. ¡Conlara! No necesito que lo diga el guarda
para saber que ya vamos llegando. La alegría que hay en mi corazón, ya me lo
ha anunciado. ¡Conlara! Ya llegamos. Que sea lo que Dios quiera.
No puedo esperarlo más. Mañana debo entregar la pieza. Tantos
días y ni una sola noticia suya. Tiene que ser cierto lo que anduvo
diciendo el diariero, que se volvió al norte, a la casa de él. No tengo
a dónde ir. ¡Qué vergüenza! ¡A dónde podré ir con mi atadito de
ropa! ¿Por qué mi’habrá hecho esto Lisandro? ¿Por qué me dejó
tirada así? A alguno tiene que haberle dicho algo, por qué si no, de
dónde iba a salir el lechero diciéndome que por qué no me ponía
vestido de luto y el carnicero que me hizo llegar ese papel que rompí
sin leer. ¿Qué si’habrá pensado? Ya sé que estoy encerrada... que
me será muy difícil hallar una salida decente. Pero no daré el brazo
a torcer. No habrá de verme la Turca ni sus amigas mendigando
favores por la calle. Eso sí que no. Llevo un atadito con lo mío y
nada más. Alguien cargará con lo que dejo. Ya está bien cerrada la
puerta. Me parece que ésta es la noche más oscura que he visto en
mi vida. No se ve un alma por las calles... y como nunca, no sé en
qué rancherío aúlla tan triste un perro que pareciera estar viendo un
difunto por la calle sucia y oscura.
El bulto andrajoso, cubierto por un rebozo negro, se acercó cautelosamente
hacia la punta del mostrador y desde allí, con su mano sarmentosa, hizo una
seña.
- Ya sí’ha ido, - dijo con vos baja y ronca.
- ¿Quién? – La Turca encandilando con sus grandes ojos sombreados, se
acercó para escucharla mejor.
- Ésa... la que sabimos las dos... ya se jué...
- ¿Ah, sí! – La sonrisa le iluminó la cara. - ¿Está segura? – La vieja, con sus
ojos llenos de nubes donde se desparramaban unas lágrimas viejísimas, asintió
moviendo la cabeza despeinada.
- Yo mismo la vide salir anoche... llevaba un atadito en la mano. Y en el cuarto
ya nu’hay naides.
- ¿Y sabe adónde se fue?
- Eso nu’importa. Naides lo sabrá... Yo cumplí... ahura le toca a usté.
- ¡Pobre Rubia! – exclamó la Turca estremeciéndose. Luego caminó hasta el
cajón del mostrador, sacó un billete y disimulando, a escondidas de dos
clientes que esperaban, se lo entregó a la vieja.
Ya con el dinero en la mano, arrastrando la pollera negra, cruzó la calle que
estaba hecha un barrizal y por entre la sombra de los altos yuyos, se perdió
lentamente en la oscuridad de los baldíos.
...............................................................................................................................
- ¡Otro medio litro, don Cruz!
- ‘Ta bien; pero es el último. Ya es hora de cerrar, ¿sabe?
- ¡Hora de cerrar...! Pero ¿usté me conoce a mí o no me conoce?
- Cómo no, Lisandro, que lo conozco. Desde que vino aquí a hacer su primera
cosecha, ¿si’acuerda?
- ¡Qué no...! A más, si mi’habrá visto sentau aquí mismo tomando solito mi
medio litro en esta misma mesa mugrienta. ¿Es así o no es así?
- Sí, cómo no; así es.
- ¿Y entonces?
- ‘Ta bien, tome tranquilo. No necesita golpear tanto la mesa.
- ¿Tranquilo? ¿Es que se puede tomar tranquilo? Usté sabe que no puede
ser... hace mucho que no puede ser... años, a lo mejor.
- ‘Ta bien. Olvídese de eso. Pa’ qué recordar lo qui’hace sufrir.
- ¿Y qué l’importa, ah? Si yo le digo que mi’atienda, me tiene qui’atender. No
porque me va sucio y sin afeitar, no me va a atender. ¿O es que mi plata no
vale igual que la del rico?
- Yo nu’hi dicho eso.
- Güeno... cuando yo le digo que mi’atienda, me tiene qui’atender. ¿O no
somos amigos?
- Por supuesto, Lisandro.
- Entonces, atienda lo que qu’estoy contando y no me ponga cara di’aburrido.
- ‘Ta bien. Cuente, don Lisandro. Nu’importa que ya me sepa de memoria su
historia.
- De memoria... Jué entonces que llegué al pago con la ilusión d’encontrarla a
ella. ¡’Ta la Rosarito! ¿No le digo? ¡Cómo son las mujeres! Ya andaba
entreverada con otro. Y la mama, ¡qué le digo! Enojadísima conmigo por el
papelón qui’había hecho. ¡El papelón! ¿A qué me iba a quedar allá? ¿ No le
parece? Pa’ qué penar allá, pensé, cuando aquí la tenía a la Rubia que me
estaría esperando... ¡Qué mujer la Rubia! ¿Si’acuerda don Cruz?
- Sí, cómo no me voy a acordar... Era muy linda.
- ¡’Cha qu’es pijotero p’alabanciar! Nu’era linda... ¡Era requetelinda...! ¡Era una
preciosura! Así era la Rubia. ¡Qué mujer! ¡Flor de mujer! ¿Así es que no la vio
más?
- No, nunca más.
- ¿Qué se hizo La Rubia? Al mes justito cuando volví, ‘taba el cuarto solo. No
había ni rastros de ella. ¡Juna! ¿Qué se hizo? ¿Dónde diablos se jué? Y hace
años que la busco ya y nada. ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! ¡Otro medio,
don Cruz...! Y no me rezongue, por favor. Sólo en el vaso de vino puedo
encontrarla y aliviar mi pena... La Rubia... ¡Qué mujer...! ¡A su salú, caballero!
WOLFRAM
Pensó que se había salvado arañando. Acababa de salir de un boquerón de
sombras abierto entre un peñón y malezas donde entregara su bolsita
conteniendo wolfram a cambio de un puñado de billetes que ni tan siquiera
alcanzara a contar, cuando, como fantasmas, apenas si a dos metros, vio
avanzar cautelosamente a dos sombras.
- Son los milicos que mi’andan cuidando, - se dijo guareciéndose tras el tronco
de un grueso algarrobo. Los bultos no se detuvieron. Poco a poco oyó
amortiguarse los pasos. Era más allá de la medianoche y una leve vislumbre
dibujaba contra el cielo de borrosas estrellas los picachos que coronaban la
sierra.
- ¡Juna! – rezongó en voz baja. - ¡Por poco mi’agarran!
Cuando los vio hundirse cuesta abajo, tomó para el otro lado y prendiéndose
de churquis y yerbajos, sobre la rugosidad de los peñones, se fue dejando
caer.
Ya en el plan del bajo se sintió a salvo, pero de todas maneras, pensando en
que tal vez lo hubieran conocido o fueran a buscarlo a su propia casa
considerándolo sospechoso, apuró el regreso.
Cada día se hacía más difícil entregar el mineral; no había duda que desde un
tiempo está tarde, desconfiaban de él.
Todo esto había empezado un día, cuando en el túnel, a cientos de metros de
profundidad, entre el ruido de perforadores y el estallar ensordecedor de
dinamitas, en un alto de la tarea, le había dado por quejarse antes sus
compañeros.
- ¡Basura ‘e trabajo!
- Duro.
El agua chorreaba de los murallones negros, pringosos. La veta se abría
profunda, rica, como una gruesa y brillante yugular.
- ¡Riqueza pa’ otros! – Y con la punta del pie hizo rodar una pesada piedra de
puro mineral.
Le pareció entonces que su protesta era amplificada por las galerías abiertas
hacia uno y otro lado y cobraba más fuerza y vida sobre el ir y venir de las
zorras y el duro y silbante zumbar de los ascensores.
- ¡Riqueza pa’ otros! – Por largo rato oyó su voz que volvía de entre la oscura y
misteriosa maraña de sombras, con timbre desconocido de dolor y de odio. La
luz de las lamparillas les iluminaban los rostros graves, sudorosos, sucios por
el polvo flotante.
- ¡La tierra lo entrega, pero así también se cobra! - el otro tenía voz cansada,
débil, como si más allá de su garganta ya no quedara nada.
- Vaya, ¿no le digo? La tierra entrega sus tesoros pero tiene un gusto y se lo
da; ¿no se dio cuenta? Le gusta pitar en chala di’hombres.
Miró de nuevo a su compañero en aquella endeblez, en aquellos ojos tristes
que se oblicuaban a la luz, pensó que no quedaba en él más que el pucho de
un “chala”.
- ¿En qué ha quedau pensando? – Las palabras lo levantaron, comedidas.
- En esto... en lo que estamos dando a cambio ‘e nada... en mis pichones.
Tenía el corazón blando. Una lágrima se le fue por dentro rodando hasta la
sofocación de su alma.
Se había ilusionado en que ese trabajo en la mina le daría para tener a los
suyos sin tanta estrechez como la que habían soportado en el campo lejano,
sin agua, sin nada. Por eso había dejado un día el rancho donde naciera. Pero
se había engañado. Allá, en tanto, la casa se desmoronaba y los cercos se
cubrían de yuyos. Y aquí, todo lo mismo, con el mismo hambre y sólo segura la
multiplicación de los hijos.
Cuatro niñas y Pascualito, el muchacho que tanto se hiciera esperar. Pensando
en los ojitos llenos de gracia del niño, acordándose que ya le decía papá con
palabras frescas como recién venidas del cielo, más fuerte clavaba la piqueta,
más hondo se le iba sobre la veta. Tenía que mejorar de posición.
- ¡Pa’ qué tanto! ¡Pare! – Su compañero le contuvo el brazo. - ¡Pa’ qué hacerse
‘e mala sangre! – continuó diciendo. Estaban solos; el capataz se había
alejado. Lumbraradas saltaban aquí y allá. De pronto, el remezón del estruendo
hizo descolgar algunas piedras de la techumbre, las que tintinearon sobre los
cascos protectores.
Tras unos minutos, sobre el silencio de catástrofe, retornaron las palabras.
- ¿No ve? ¡Pa’ eso! ¡Un garrotazo di’arriba y a mano con todo el mundo!
Luego miró hacia todos lados, se inclinó azorradamente, recogió un puñado de
piedras pequeñas allí desperdigadas y como hábil escamoteador, las hizo
desaparecer por la cintura.
- ¡Pero a mí no m’embroman! ¡Eso sí que no! – continuó diciendo. Sólo
entonces comprendió que el otro lo observaba con desconcierto.
- ¿Y usté? – Con la mirada expresó el resto.
- Yo no. Nunca lu’haré, - respondió agriamente.
- ¿Cuándo va a escapar d’ese infierno, entonces? – Se chupó los labios secos.
- ¡Zoncera ‘e decencia! ¡A mí no me vengan con esas! A más qu’esto lo da la
tierra... comprenda, nu’es robar. ¿No ve? La beta gorda pa’ los gringos... pa’ mí
un puñadito ‘e polvo... ¡qué le va a hacer! – Otro estruendo le sepultó las
palabras. Lamparitas de luz amarillenta iban y venían entre la sombra húmeda,
caliente, sofocante.
- ¡Yo no lu’haré nunca, amigo!
- Cada uno sabe sus cosas... pero acuérdese ‘e lo que le digo... un puñaito que
li’hace! Tómelo como un regalo ‘e la tierra. Después había añadido: - Así di’a
poquito, ¿entiende? El recibidor viene tales y tales noches a cuales parejes. Es
hombre vivo pa’escabullir el bulto y paga bien.
- ¡Un puñaito que li’hace! – La idea quedó prendida en su cerebro. Si lo hiciera
podría volverse algún día a su rancho del campo, pero no como un vencido, no
como un muerto de hambre; podría arreglar la casita, arar con ganas y comprar
las semillas que necesitara, comprar también una vaquita para la leche y un
petiso para Pascualito. Así sería lindo. Además aspiraría allá aire puro que
aviva la llama de la vida. ¡Y a reírse entonces de la tierra honda que le gusta
pitar en chala de hombres! Soñaba despierto desde entonces, se desvelaba, le
dolía ver a su pobre mujer arruinada, haciendo milagros para repartir entre
tantas bocas hambrientas un miserable pedazo de pan.
- Un puñaito ‘e wolfram por día... lo pagan bien... haga la prueba... es fácil...! –
Y tanto machacaron esas ideas en su cabeza que llegó el momento en que
cayeron vencidos sus últimos escrúpulos. Para aliviarse de la parte de culpa
que sentía, se confesó ante su mujer. Ella se opuso al principio, pero pareció
convencida al fin.
- Cuídese mucho, ¿oye? – Desde que vinieron a la mina, ella quedaba siempre
temblando cuando su hombre salía con rumbo al túnel. Hasta que no lo veía
regresar, todo embarrado, sucio, desteñida la cara, desalentado, no podía
arrancar de su cabeza los pensamientos sombríos. Siempre sucedían
desgracias. Pero desde que lo dejó hacer su voluntad, aunque temblaba igual,
tenía por lo menos una esperanza... algún día podrían escapar de ese
tembladeral.
El hombre se daba maña para hacer pasar a la salida del pique, ese puñadito
de mineral que sacaba diariamente escondido en la vaina del cuchillo, que era
un mocho puro cabo, en la tabaquera y en otra tira de cuero como vaina larga
que ataba cuidadosamente, bien arriba, en la cara interior de una de sus
piernas. Se sentía triunfante y en cada vuelta alzaba más coraje.
- ¡No, a mí no me va a jumar la tierra! ¡Faltaba más! – Tendría para sus hijos
una vaca lechera, para su gauchito un petiso negro y para él, todo el aire del
campo que ya le andaba faltando a sus pulmones.
- ‘Ta güeno ya; déjese d’eso... lo pueden pillar, ¿entiende? – le había pedido
suplicante su compañera la noche anterior.
- ‘Ta bien... ya nu’iré más, mujer. Esta noche entregaré l’último juntau y listo... a
volar cuantito antes.
Ella no quiso creerle. Se le acercó bondadosa, limpia, anhelante.
- ¡Dígame que no m’engañará, Pascual!
- ¡Ciertito, pues! – Y había reído satisfecho alzando más en la alegría su figura
de hombre alto y fornido.
- ¡Qui’otros s’embromen aquí! – había concluido diciendo.
Cuando se hizo la noche, como en iguales circunstancias anteriores, anduvo
conversando con unos y otros para dejarse ver; después, cuando fue la hora
convenida, despistando a todos había hecho entrega de lo suyo al “turco” que
bajaba del pueblo y recibido el importe correspondiente en un rollo de billetes.
Un suspiro de alivio le expandió el pecho. Todo estaba terminando; en adelante
iba a vivir como Dios manda.
Ya le parecía verlos a todos contentos en la casita de campo; a su mujer
ordeñando, a su hijo montado en petiso zaino, a todos los demás, felices.
Apretó más el paso recordando que a su muchacho lo había visto muy decaído
durante el día. Acarició los billetes que le llenaban la mano.
Ya terminaban por fin esa vida de ratas que llevaban. Con el otro poco que
había reunido de igual manera, le alcanzaba para escapar. Lo de los milicos no
había pasado de ser un susto.
Al asomar para el alto, sobre la baranda rocosa, le llamó la atención ver la luz
encendida en el cuartucho. Se le enfrió la sangre. ¿Lo esperaban los milicos o
era que su hijo estaba más enfermo? Se acercó con cautela y antes de entrar,
se detuvo a espiar.
Su mujer estaba sola. Ya un poco más tranquilo entró.
- ¿Qué pasa m’hija? – La vela hizo aletear las sombras.
- ¡’Ta quemando muy mucho! – Junto a un montoncito de colchas viejas, la
madre velaba.
Pascual asentó su mano morena y grandota en la frente del niño y comprobó
que era cierto.
- ¡Pucha! – Se le llenaron los ojos de lágrimas.
- ¡Qué tiene, m’hijito! – El niño, al oírlo, abrió los ojos de pupila vidriosa, se
chupó los labios resecos, y volvió a caer en su territorio de sueño y fiebre.
- ¡Mire lo que l’hi tráido! – añadió mostrándole el puñado de billetes.
- Déjelo que duerma. L’hi hará bien.
El hombre se conformó. Depositó un poco de billetes bajo la almohada y
guardó el resto. Ya con las manos libres, sentado en la cama, se entretuvo en
acariciar los cabellos del niño.
- ¿Nadie vino? – preguntó tras un largo silencio.
- No... ¿qué lu’han visto? – el miedo se reflejaba en su rostro.
- No... no si’asuste. La noche siguió desgranando largos, silenciosos,
interminables minutos sobre el pecho agitado del niño.
- ¡Qui’haremos! ¡Diga! – Le temblaba la voz a la mujer, que tenía un
desconocido acento.
- Ya si’ha’i componer; esperaré un poquito.
Sin poder escapar de su ansiedad, volvió enseguida a tocarle la frente.
- ¡No; qué voy a esperar! ¡’Ta pior! Le llevaré la consulta al médico del pueblo.
- Esperesé a qui’amanezca, siquiera.
- No; puede ser tarde pa’entonces, ¿nu’entiende?
- ¿Y en qué había d’ir a esta hora?
- A pie nomás. P’al alba ‘taré de güelta. Di’allá me traerán.
Ella quiso estirar otras razones para que se demorara, pero el hombre, luego
de besar a su hijo, ganó decididamente la puerta. Cortando camino por entre la
sierra, apurando el paso más y más, no tardaría mucho.
- Mañana todo ‘tará listo – pensaba. – Con los remedios que le voy a tráir se
pondrá güenito. Y después, la casita linda, sin una piedra en el campo, la vaca
lechera, el peti...
- ¡Párate Pascual! – Desde atrás de un tapial de sombras, sobre los churquis,
dispara el grito.
- ¡Los milicos! – El corazón le manda un golpe de sangre. Un aletazo de culpa
le sube desde el inconsciente y sin dejarlo asentar reflexiones, lo hecha a todo
correr.
- ¡Que te parés, te digo! – Pero el hombre corre más y más, dando vueltas,
agachándose, esquivando el impacto que presiente.
- ¡No ti’has d’ir, maula! – Pero el hombre sigue corriendo más y más, dando
vueltas, como pretendiendo huir de su destino.
El fogonazo deja su rosa de luz, suena el disparo y el plomo certero lo
descuelga de la vida y lo deja estirado, abiertos de brazos y piernas sobre un
espinal, entre un desparramo de pensamientos felices.
***
A la mañana, todavía cabecea la madre junto a la cama del niño, y éste,
disminuida la fiebre juega con un puñado de billetes.
HOMBRE ENTRETENIDO
¡Vaya si tiene años el viejo Nacho! Pero los lleva como si nada. Más allá de los
setenta, todavía se da el gusto de dormir en medio del patio y de levantarse
junto al lucero. Toma unos amargos lentamente, luego recorre el gran patio y
abriendo los brazos como un aguilucho, pega un silbido largo y penetrante. Al
oírlo, se ponen nerviosas las cabras, vuelan alto las palomas, patos, chingolos
y chuñas, los terneros guachos se atropellan por escapar y, en fin, todo bicho
que camina para la oreja porque conoce que ese silbido de la madrugada no es
broma y que el que no obedece a este primer llamado de atención y se pone
alerta para emprender la retirada de inmediato, habrá de pasarla muy mal.
Saben que de quedarse merodeando por ahí será para vérsela con unos
perrazos que tiene el viejo, ¡que Dios me libre! Y porque lo tienen visto una
infinidad de veces también, saben que por detrás de aquéllos irá un muchacho
para quitárselas a las presas, porque de lo contrario no hay más que echar a la
olla o cuerear según sea el bicho una vez que ellos le den alcance.
Después que ha quedado el patio limpio, saca dos baldes con maíz y afrecho,
pasa a los corrales de palo a pique y allí los reparte; luego, con silbidos cortos y
suaves, en distintas escalas, va marcando diferentes llamados, a cada uno de
ellos empiezan a acercarse por grupos los animales, contentos todos y
saboreándose.
Terminada esa faena, pareciera que don Nacho ha trabajado demasiado ya,
porque luego de pasar atenta revista a sus cuadros, se sienta en un tronco
caído, como fatigado, saca su guayaca de cuero overo, arma un cigarrito,
chupa y chupa, y cuando lo arroja es porque en el mismo ha prendido otro y
sigue, sigue echando humo, envolviendo con él sus pensamientos dejándose ir.
Después, cuando la ve tecleando a la tabaquera, regresa a las casas a corto
paso, descuelga de un horcón una lonjita semisobada, la apretuja, la restrega
otro poco, saca el cuchillo que lleva a la cintura, corta un tiento finito, cose
algunas puntadas donde el recado necesita ayudándose con la lesna y se da
por satisfecho. A todo esto, sigue mateando y cuando se le termina el agua de
la pava, levanta el torzal, camina sin ningún apuro hasta donde dormita el
marchito de chacaneo y como si de pronto se le hubiera despertado una
urgencia desconocida, le dice a su mujer:
-Tengo qu’ir a buscar la vaca azulejada, que dende ayer no baja al agua.
Pero antes de irse, sale con las tijeras a la sombra del algarrobo, tusa el
macho, vuelve al ramadón, saca el apero viejo, ensilla con prolijidad, coloca los
guardamontes, vuelve al rancho y parando la nariz ñata como perro peludero,
se deleita olfateando el asado; piensa que no se puede ir todavía; ya en la
cocina, come lentamente, gustándolo, un buen pedazo de carne rociada con
abundante vino y vuelve a prendérsele a la bombilla sumido en hondas
cavilaciones; cuando quiere acordar, como ve que ya es muy sol alto, deja la
salida al campo para después de doce. Corta otra lonjita a la que afina con el
cuchillo y arregla una rienda. Luego come un locrito, siempre como si le
hubiesen comido la lengua los pájaros, sale después a la ramadita, fuma un
buen rato y mirando el solazo de fuego que cae en el patio, se tiende feliz en
una carona y ahí se queda, solito con sus pensamientos, en su propia isla
interior, como si todos los demás de la casa no existieran.
Cuando le parece que el sol ha bajado, se levanta, empieza otra vez con el
mate y sentado pierna arriba en un banquito petiso, fuma de nuevo hasta dejar
boqueando la tabaquera. Si la cebadora se cansa o se aburre, cosa que
siempre sucede porque él no abre la boca más que para chupar la bombilla,
llena de nuevo la pava y sigue cebando él. Finalmente, con las piernas
adormecidas se levanta, llega hasta el algarrobo grande, abre los brazos y
pega la misma serie de silbidos de la madrugada, se alborotan todos los
alrededores, alza la cabeza el machito que dormía ensillado su siestita, se llega
hasta el corral, abre una puerta, cierra otra, arrea algún animal hasta la
represa, los mira por arriba y por abajo, se demora deleitosamente estudiando
algún rastro, vuelve de allá, se prende de nuevo a la bombilla, arma unos
cuantos cigarritos de chala a los que fuma parsimoniosamente con la mirada
perdida en los últimos montes que se divisan a los lejos y como a todo esto el
sol ya va cayendo, desensilla el machito, lo lleva hasta la represa, le da de
beber y lo deja en libertad.
Al otro día, por fin arranca para el campo en su macho viejo en busca de la
bendita vaca azuleja y cuando lo va cruzando escucha unos pasos de mula y al
mirar, se encuentra nada menos que con su compadre.
- ¡Cómo le va, compadre!
- Y... como a los viejos, ni d’esto ni di’aquello.
- ¿La comadre, los ahijados y los chicos?
Con el saludo se pasan la guayaca de a caballo nomás y empiezan a
conversar, primero de enfermedades, de la sequía de la hacienda flaca, del
toro lindo del compadre, del caballo tal o cual, que es un mañoso y cómo vino a
aprender tales mañas, luego pasan a los terneros embichados, del daño que
anda haciendo el león y enseguida es la pregunta si no vio andar un animal,
que no era de por ahí, que tenía una marca desconocida, más o menos así y
entonces ya desmontan, uno para dibujarla con el pie medio descalzo en el
desplayadito donde están, y el otro para verla más de cerca; después siguen
con cuentos de perros cimarrones y de borracheras memorables y en eso se
acuerdan de aquella vez cuando estuvieron ocho días farreando juntos y ríen
con picardía de niños.
-¿Y si’acuerda, compadre, del Lisandro? Cuando ya nu’habíamos dejau ni
kerosén pa’tomar, buscamos la puerta y nos dimos con el Lisandro, atravesau
en el lumbral durmiendo la mona, ¿si’acuerda? Lo hicimos sacar a la rastra,
pero el bolichero dijo... y dejelón, pues, total aquí ya nu’ha quedau en qui’haga
daño... Qué güen tomador era el Lisandro, ¿no?
- Pues compadre.
- ¿Y si’acuerda qui’allá por la madrugada, contó el bolichero, despierta el
Lisandro y pide que li’abran la puerta pa’ ir a otra parte donde hubiera vino,
aguardiente o kerosén o cualquier otra cosa pa’ destorcer?
Festeja el compadre tan lindo recuerdo y de nuevo la guayaca empieza a pasar
de mano en mano. Si quedan en silencio por un momento los dos, es porque
cada uno está pensando la historia que va a acollarar con la otra en cuantito le
toque el turno.
- ¿Pero si’ha fijau, compadre cómo vienen los muchachos di’ahura? – dice ya
tomando el hilo del nuevo relato que va a hacer. – Los otros días ‘taba en lo de
don Félix y en eso ve que se están saliendo los machos del corral.
- ¡Loncho! – lo llama a uno de sus muchachos y nada. Lo llama otra vez y
nada... ¿Ve?, dice y le grita más juerte. A las cansadas, el otro como si
estuviera despertando, dice en medio del humo de la cocina: - Ou... Levantá,
andá, atajá los machos que si’han saliu. No puedo, le contesta el Loncho. ¿Y
qué ‘tais haciendo, ah? – Toy pitando; ¿Qué n’oye? - ¿No le digo? Los
muchachos di’ahura... una basura... – Y se rasca con la uña la barbilla morena.
El compadre asiente bajando la cabeza y dice como desde muy lejos. – No
valen un pucho, ¿no?
Y siguen contando cuentos y mentiritas, en contrapunto y ya cansados de estar
parados se han sentado en cuclillas, después cruzando las piernas y con las
asentaderas en el suelo más tarde, han ido corriéndose sobre la sombra de los
montes que se les iba y tras de ellos, los perros y los machitos que están con
las riendas en el suelo. Así han llegado las doce, la media tarde, la tarde y ya
cuando el aire fresco les avisa que la oración se les viene encima, dice el
compadre Nacho:
- ¡Eh, báchiro, compadre, qu’es tarde! ¡Mire! – y le señala el poniente por
donde el sol hace un rato ya que se ha ido.
- ¡Ah, ah! ¿Vamos, compadre? – y acomodándose el sombrerito sudoroso y
descolorido y fingiendo susto como los chicos raboneros cuando están a punto
de ser descubiertos, se ponen de pie. Los machitos al ver que se han
levantado, por fin, se ponen contentos, los perros se sacuden dejando la cueva
que se han hecho buscando la frescura y en el suelo queda el pucherío en una
larga lista como langosta muerta.
Regresan muertos de sed y con la guayaca seca y la lengua dolorida de tanto
menearla.
La mujer, en el rancho, que no ha hecho más que pensar en todo el día “pobre
Nacho, dónde andará con semejante sol”, al verlo llegar le sale al encuentro
con la pregunta:
- ¡Cómo si’ha entreteniu tanto, hombre!
No le contesta o contesta con un ademán vago, desmonta del machito y
avanza adormecido, encorvado, hurgando porque sí su tabaquera vacía.
- ¿Y halló la vaca? – lo sigue la mujer.
- Y güen... un rastro l’hi cortau más allá del “Pejecito”.
- ¿Rastro, dice? – Le resplandece de picardía el rostro. – Si la vaca ‘taba al lau
‘e la represa y el chico l’arrió pa’ las casas.
Se agacha un poco más para dejar pasar. Lo ha tocado fiero. En silencio sobre
el ruido de las usutas cascarudas, se acerca al cántaro descuelga el porongo y
se le prende al agua, muerto de sed. Y en tanto bebe, piensa que al fin, eso no
importa, porque ha pasado uno de sus días más felices, un día de esos que a
él más la gustan.
AMORES Y NO MATUASTOS
El rancho se hunde entre los cardos rusos y “uñas ‘e gato”. Espinas arriba y
abajo. Un viento caliente del norte bosteza sostenidamente su pereza.
Sentado en su silla petisa de cuero, chupando su cigarrito junto a la puerta que
mira al norte, el viejo, pierna arriba, se deja adormecer por sus pensamientos.
- Agüelo... pu’allá viene una.
- ¿Qué dice su chico ‘e porra? – Fastidiado sacude la mano con dureza, como
para espantar una mosca.
La criatura ha interrumpido en el patio el acarreo de tierra que llevaba en una
cadena de latas de sardina y continúa mirando a lo lejos.
- Que más allá del desplayaíto viene una, - repite pasándose las manos sucias
por el pelo lacio y largo que le adelgaza la cara sumida y paliducha.
- ¡Déjese ‘e joder! – masculla el viejo y vuelve a caer en el remolino de
pensamientos que lo arrastran.
- Vida perra ésta... y ya van... ¡qué sé yo! ¡Como cuatro días van ya que me
tienen di’aquí p’allá como maleta ‘e loco!” pero me la van a pagar, como qui’hay
Dios los Arce. ¡Trompetas! La vez que consigo agarrar una changa pa’ ganar
un rial, mi’han de robar las dos ruedas del carro petiso. ¡Qui’uña ‘e gente! Y pa’
qué buscar un rastrito siquiera... no dejan nunca ni seña. ¿Y dar cuenta a la
polecía? Güeno... es perder el tiempo... entre ellos s’entienden. ¡Basuras! Y
yu’aquí con las manos cruzadas y sin cinco. ¿Pa’ mi? Es lo de menos... me las
aguanto... no mi’hace ni la tos pasarme dos o tres días sin probar bocau... un
charquicito ‘e zapallo, un caldito con el “gustador”, ya está... me sustenta. Pero
el otro no... es delicau. Ah, no... pa’él, lo güeno, lo mejor... si no, ahí nomás
monta el picazo. Y todo por culpa ‘e la finadita que lo malcrió... De balde yo le
decía: - No li’haga en todos los gustos... es un perjudico... pero no... cada
antojo d’él, era una orden y ahí ‘ta. Y a más, el chico precisa pan, li’hacen falta
unos tragos ‘e leche... él sí, es chico todavía, ¡qué embromar! Ablandan el
corazón los güérfanos... pero ¿a quién se le puede ocurrir, carasta, asentar una
vela encendida en un tambor lleno ‘e nafta? Sólo un borracho... sólo al padre
d’él... y es claro... tenían que volar todos como una chalita con rancho y todo.
¡Y bendito sea Dios! ¡El angelito que tuvo que salvarse! ¡Qué cosas tiene la
vida! Güeno... a m’hija, la pobre, que Dios li’haya dau su santo descanso. – En
un suspirito largo se le va muy lejos el recuerdo.
- Agüelo... se viene, nomás. ¿Qu’en será, agüelo? – Como si lo levantaran
desde el fondo de un pozo, vuelve a abrir agrande los ojos y se incomoda.
- ¡Que me deje di’amolar, l’hi dicho, amigo!
- P’acá viene ... bata amarilla... a lo menos.
- Sí viene ahi llegar. Levantáte d’ese resplandor que li’ha de hacer mal.
Enseguida me va a venir con que le duele la barriga. ¿Ya puso agua en la
tinaja?
- No, agüelito.
- Eso había di’hacer más bien antes d’estar bolaceando.
- ¡Uff! Si es barro nomás lo qui’hay en la represita.
- En cualquier rato ahi llover.
- ¡Bah! Si no se levanta ni una nubecita, ¿no ve? – los ojos tristes del niño
suben hasta el cielo barrido duramente por el viento.
- ¿Pero qué sabe usté... me quiere decir?
Ya lo conoce; deja pasar y luego le pregunta:
- ¿Hago un jueguito, agüelo?
- ¿Y qué va a poné en el juego, ah?
- L’oyita petisa... – Los ojos agrandados por las orejas, se alegran como si
fuesen cierto lo que está soñando.
- Como si hubiera algo qu’echarle... Y entienda que ya l’hi dicho que se deje
d’embromar... ¡qué tantas polcas y mazurcas ralas!
El chico se coloca de espalda a la pared de adobe y se queda distante,
hurgando adentro su resentimiento. Al quedarse quieto siente que el hambre le
raspa la barriga. Las piernas débiles, morenitas y sucias, parecen viejas raíces
de algarrobo que lo están apuntalando. El viejo se acomoda mejor en la silla,
se pasa suavemente la mano por el pelo canoso y grasiento, sacude la cabeza
y vuelve a entrecerrar los ojos. El viento norte, cada vez más cargoso, le
desparrama los pensamientos, aventándole el recuerdo de sus últimos
animalitos muertos de sed, del tiempo cuando podía arar el día de punta a
punta. Vuelan los cardos, arañan el techo, algunos, corren dándose vuelta por
el patio otros, entre una polvareda cenicienta y cálida.
Los recuerdos ingratos siguen machacándole el corazón; vuelve de nuevo y se
ve llegando a la policía en ese momento, con su gran pañuelo al cuello, las
alpargatas floreadas y oliendo a agua florida, haciéndole los bajos a la chinita
del agrandau ‘e Lucero y cortando grande él también, como li’había gustau toda
la vida. ¿Qué sacaría con eso? ¡’Ta el sonso! ¿Si no digo? Novillo maniau y de
noche... Yo... yo que mi’acuesto todos los días con las gallinas... Güeno, esto
es un decir, porque gallina no me queda ni’una pa’ remedio... ni el gallo viejo...
el hambre m’hizo barrer con todo, ¡qué se va a hacer! ¿Ve? ¿Y la chinita que
no llega? Güeno, si’habrá vuelto... o habrá agarrau pa’ otro lau... ¡Mejor! – Sus
ojos chiquitos la buscan más allá de los cardales, entre la polvareda y el sol
que resquebraja la tierra, pero no la encuentran. Se acomoda el bigote y
vuelve, sin querer, a seguir espulgando esos mismos recuerdos.
Menos mal que don Ciriaco me dio una manito y el comisario se dio güelta,
gracias al voto... tendré que darle esta güelta el voto, total... Ahí ya puede
saber que todas eran matufias del los Arce... ¡Trompetas! Ellos nomás se
lu’habían comiu al novillo, ¿no les digo? Y áhi cerca me tenían escondidas las
ruedas ‘el carro petiso! Se valen de qui’uno es viejo y no tiene horcón ande
arrimarse pa’ cargarle los muertos. Por suerte que ya mañana podré entrar a
trabajar... pero... y ahura... pa’comé este día, ¿di’ande saco un rial? Porque
también hay que comer en este día... no se lo puede saltar... ¡esa es la
macana! A lo mejor si voy y lo encuentro con la buena al “Turco”, me fía una
yerbita aunque más no sea... El otro compadrón podría andar trabajando
p’ayudar con algo en vez de pasárselas pechando mostradores en los boliches
y ponderando sus grandezas... vistas en otro poder... Pero... ¿y la chinita?
¿Qué s’hizo la chinita?
- Agüelito... veya... veya... ya viene yegando ésa... – La manita negra y sucia se
alarga señalando.
- ¿Cuál, m’hijo?
- ¡Ufff! Agüelo... usté ya no ve ni cabras ensilladas. Pero véala... si viene como
una ternera asoliada.
- Se mi’hace qu’es la chinita ‘e Lucero.
- Muy aparente es... ¡Lástima nu’estar el Juan, agüelo! – Se muerde los labios y
le bailan los ojitos.
- ¡Qué va a estar ese compadrón! Salga y espántele los perros no seya que
l’hagan hilachita y la tengamos que pagar por güena.
El viento arenoso recibe los gritos del niño y los castiga lejos, sombríos,
traspasados como por una flecha de hambre tras los montes que desfallecen
más allá del rancho chupados por la sed.
- ¡Gaucho! ¡Escopeta...! ¡Tigre...! – Los ojos asustados de la muchacha se
asoman al alma del viejo.
- ¿Nu’está Juan, don Barroso?
- La ansiedad le vuelve más bonito el rostro.
- No m’hija. Pase más adelante. ¿Qué me la trái por acá?
- Resulta que... – Se retuerce las manos; tiene la cara morada; con los dientes
sostiene las dos puntas del pañuelo blanco que le cubre el cabello retinto.
Gruesas gotas de sudor le humedecen la frente joven.
- ¿Qui’anda haciendo por estos desamparos, m’hija? – Insiste quejoso.
- Resulta que... como le decía... güeno, ¡vengo juida, don! – El viejo, al oírla,
pega un salto como picado por una araña y queda en pie, tenso, sostenido por
su asombro.
- ¿Qué m’está diciendo?
- Que me vine ‘e casa; tata no quiso darme el consentimiento pa’ casarme con
Juan... y como él me dijo que s’iba a ir del todo al sus si no...
- ¿Y usté sabe ande se jue ese trompeta?
- P’al lau del pueblo agarró anoche.
- ¡Juna! ¡Pero cómo se li’ocurre venirse así nomás, m’hija! ¿No se da cuenta en
el compromiso que me pone? ¡Lo que me faltaba! – Chupa con fuerza el pucho
y las mejillas hundidas no le dejan más cosa viva que los ojos.
- Es que lo quiero a Juan, por eso... disculpe, don... A más, ya nu’es vida la que
me da tata... siempre borracho... - siempre insultando...
- ¿Y qué va a hacer aquí? Nu’hay ni en qué cáirse muerto, ¿no ve? Lo qu’el
gana no li’alcanza ni pa’ los vicios. Como p’alimenta mujer...
- Él me dijo...
- ¡Mentiras... perras mentiras, esu’es lo que li’ha dicho! Se le han encendido los
ojos por la rabia. ¿Qué no se da cuenta? Mire... asómese...
Con la mano le descubre toda la miseria que hay adentro. La muchacha pasea
la mirada por el rancho semioscuro, donde tan sólo alcanza a distinguir un
cajón sostenido por cuatro patas que hace las veces de mesa y un viejo catre
de tientos. Aprieta fuertemente los labios para no reventar en llanto y saca
fuerzas para insistir.
- Esu’es lo de menos... yu’hi de trabajar aquí en lo que sea, ¿sabe? Se afirma a
la pared sosteniendo con una mano la pollera a la que el viento quiere
arrebatársela.
- ¡Bendito sea Dios! ¡Qué bicho porfiau es la mujer! ¡Cuándo iba a tener paz,
yo! ¡Si nu’es por roto es por descosiu! Ahura l’único que falta es que venga su
tata, le dé una güena soba a usté y a mí una golpiadura ‘e mi flor. – El
pensamiento le arquea la osamenta y le echa la cabeza hacia delante, con la
mirada fija en el suelo.
- No don... si nu’está en las casas, - le dice como si hubiese encontrado la
solución.
- ¿Ve? ¡Qui’antojo! ¡Peru’hay que volver, pues!
- Yu’estaba sola con la Panchita.
- ¿Y tuvo alma pa’dejarla tirada? ¡Angelito ‘e Dios!
- Es que... ¿sabe? Yu’hi pensau que, después, si Juan quiere, la voy a tráir
también... es chica, pobrecita... qué gasto va a hacer... y a mí solamente es
pegota... Ande voy me sigue como pollito güérfano... – Dos gruesas lágrimas
se le descuelgan calientes por la mejillas.
- Claro que sí... – duro por dentro, se atusa el bigote el viejo y añade burlón con
voz pastosa: - Y después va y lo busca a su hermano, el que sigue, después al
otro, al otro y al otro y al fin a su tata también, si gusta... total, somos poquitos
por aquí, y ya ve, el rancho es grande... ¡ufff! Muy grande y la plata entra en
paladas, ¿no ve? Tenimos ‘e todo: yerba, harina, carne, galleta... ‘e todo, ¿no
le digo?
- Deme la galleta, agüelo. – Por una rotura de la pared de chorizo, desde
adentro asoman los ojos suplicantes del niño que gritan el pedido.
- ¡Cállese! ¡Si yo digo, su chico ‘e porra!
La muchacha sigue inmóvil, buscando la sombra de la pared, con una mano en
la amplia cadera saliente, brillantes sus ojos de enamorada, vistosa con su
blusa amarilla, aunque no alcanza a esconder los pies, cuyos dedos asoman
impertinentes desde las zapatillas rotas.
- Esta rama no se me va a atar, ¡carasta! – masculla de repente el viejo, tras
masticar mil pensamientos en un segundo y se levanta como disparado por un
resorte de la silla y sale al patio.
- ¿Ande va, don?
- A buscar un testigo, pa’ cuando llegue la polecía a buscarla... por qui’ha’i
venir... usté es menor de edá...
- No, don... si...
- No, no... a mí no me vengan con estos bailes – protesta alzando un brazo
yéndose a las chuequeadas.
- ¡Nu’haga eso, don! , - le suplica ella siguiéndolo hasta el patio que quema
como un horno.
- No venga con lloros, ¡yo sé bien lo qui’hago! – Y todavía rezonga sacudiendo
más fuerte el brazo como para aventar su fastidio: - Con las necesidades
qui’andamos pasando y todavía esto... una arrimada... ¡Si no digo! – Bajo el
algarrobo de rala sombra, monta en su flaco, se asegura el sombrero, le pega
unos talonazos con rabia y se aleja royendo amargos pensamientos.
- Si será... Justamente ahora que nu’hallo ni un rial pa’ comer nosotros si’ha’i
venir una allegada. ¡Juna! Juro que si llego a agarrar una gallina a tiro, aunque
sea ajena me la traigo. ¡Ya nu’es vida esto ‘e no darle nunca el gusto al diente!
Caldito y charqui... charqui y caldito... ¡jué perra! Pasteles nunca. ¡Y tanto que
si’ha golpiau uno pa’ llegar a esto!
El resentimiento y la rabia hacen que se muerdan fuertemente los labios. Va
por un sendero estrecho entre cardos, cruzando el solazo de enero. La sombra,
chiquita, se le pega al lado. El overo viejo, agacha la cabeza, la levanta
solamente cuando una matadura del lomo lo quema de dolor. Los cuatro perros
van trotando adelante. Largas las leguas, como puestas al trasluz las costillas.
El viento arrastrado, le llena los ojos al viejo y se le mete entre el bigote y la
barba rala por la boca reseca.
- La pluma esta... güena cosa había siu. Tierra irán a comer con el Juna.
- ¡Tata! ¡Ande va! – lo sujeta saliendo de entre los yuyales una voz agria y
deshilachada.
- ¿D’ande salís áhi, loco? – El overo viejo se ha detenido sin necesidad de que
lo sujeten.
- ¿Y no ve? Me pilló el día... – Y la risotada le hace brillar la cara redonda y
morena.
- ¿No sabías qui’ha llegau l’Aurora a casa? – Quiere retarlo, avergonzarlo con
sus palabras llenas de rabia.
- ¿Se vino nomás? Ah, viejo... ¡Esos son amores y no matuastos! ¡Hace roncha
su hijo ande pisa...! – Y echándose para atrás se quiebra en la cintura y suelta
un alarido interminable: - ¡Piujujuuuuuuuuuuuuu! – Se queda después inmóvil,
como para que lo miren, la cara llena de risa, petiso, con el sombrero aludo y
ceniciento tirado a la nuca, volándosele el pañuelo blanco con grandes
manchas moradas, colorados los ojos, babosa la boca y abrazando como con
cariño dos botellas de vino y sosteniendo la maleta que le cuelga del hombro,
hasta la boca de mercadería.
- ¿Y p’ande va yendo si se puede saber? – Con Juan trastabilla la pregunta.
- A buscar un testigo y después a la polecía pa’ dar cuenta d’esto.
- Pero hombre... ¡déjese ‘e macanas! Venga. – le toma las riendas del caballo y
se lo da vuelta de un solo tirón, dejándolo de cara al rancho.
- Yo nu’hallo por bien hecho esas cosas, ya lo sabís.
- Pero no s’enoje, homb... si no vamos a vivir arrimaus... nos vamos a acollarar
con cura, padrino y todo... ¿qué le parece, ah? – Y lo mira, alegres los ojos,
haciendo pie para que no lo arrastre el, viento que le infla las bombachas.
- ¡Linda l’has hecho! – se le oye la protesta al viejo, en medio de una oleada de
viento que por poco no se le va con la blusa.
- Güeno... ¡qué tantas pulgas ariscas! Los gustos son gustos dijo una vieja y...
Más vivamente resplandece todavía el aire de fiesta en la cara del muchacho: Y ahura mesmo vamos a empezar a festejar, ¿no le parece?
- ¡Como festejo te va a dar el viejo Lucero en cuantito ti’agarre! – Reniega el
viejo en voz más baja, aflojando.
- ¡Si puede... m’empresta un peso! – Y da dos saltitos de zamba para atrás,
tambaleándose. – Tome un trago y Santas Pascuas, - agrega alcanzándole una
botella. – Linda l’Aurora, ¿no? ¡Qui’ojos tiene la china! Como pa’ andar a
oscuras con ella... con esos faroles, ¿no?
El viejo ha capujando la botella y le hace unos gorgoritos como si estuviese
muerto de sed. Después, con el dorso de la mano se seca los labios y se
saborea arrugando la cara.
- Cosa linda l’Aurora... Y respondedora, ¿ah? En cuanto l’hice una señita ahí
nomás se vino con el mozo. ¡Ah, muchacho! ¿Nu’es así, tata? – Como el viejo
no le responde, insiste: - Es o nu’es...
- Cada uno sabe sus cosas, - le responde lentamente. Los tragos de vino ya lo
han dejado por dentro más blando que corazón de penca.
- Eso... Y a mí me regusta la prenda... y mi’ha respondiu... y sobre el pucho,
como se precisa. Linda l’Aurora, ¿ah? - Y tras interrogarlo insistentemente con
la mirada, apura antes de la respuesta el contenido de la botella hasta dejarla
tecleando.
- ¿Y qué llevás ahí, en la maleta? – La curiosidad del estómago salta,
olfateando con los ojos el saco de lona.
- Harina, pimienta y pasa di’uva pa’ los pasteles... ¡que si’ha créido! Ya va a
saber qué mano tiene l’Aurora pa’ los pasteles.
- ¿Y qui’acaso ya sabías que s’iba a venir la chica esa?- ¿Y no? Cuando el
viejo me la negó, l’hice creer a ella que si no se venía a vivir conmigo, m’iba a ir
pa’ siempre ‘el pago... y se vino nomás... ¡Hay que saberle la güelta a las
mujeres, viejo! Y su hijo se las sabe... muy bien se las sabe... ¿ah? Sonsito le
salió su hijo, ¿no? – Y de nuevo lo obliga con la botella. Por el garguero del
viejo pasa el vino caliente como si fuese agua manando de heladera vertiente.
- ¿Así es que va a ser con pasteles la cosa? – Una risita le sube ahora del
estómago luego de dejar vacía la botella y los ojos se le dilatan ansiosos.
- ¡Y claro! ¡Que si’ha pensau! ¿Qué soy un cualquiera? No, no, ¡caracho! ¡Con
pasteles y todo áhi ser mi’acollare, que pa’ eso el “Turco” fía!
Se le hace agua otra vez la boca al viejo pensando en semejante banquete.
- Y qué vamos a estar haciendo aquí. Vamos, nomás, entonces, pues. – Habla
ahora como si lo hubiesen descargado de muchos kilos de cansancio, y,
rejuvenecido se quiebra el ala del sombrero en cuanto el otro le da el
consentimiento con la cabeza, le encaja un talerazo al overo viejo y empieza a
medir por leguas los metros que faltan para llegar al rancho.
- ¡Linda l’Aurora! Y con pasteles... ¡Piujujuuuuuuuuuuuuu! – El grito del
muchacho se enreda entre los cardos que siguen volando con violencia
aventados por el viento norte y se desbanda sobre la dolorosa soledad del
descampado inmenso. Un perro, muy lejos, parece responderle llorando.
Antes que alcancen a pisar el patio con su promesa de fiesta, les sale al
encuentro la sombra flaca del chico, sujetándose con las dos manos las tiras
del pantalón abolsado, al que ya se lo arrebata el viento.
- ¡Se jué l’Aurora!, - les grita. No han oído bien y siguen avanzando.
- ¡L’Aurora se jué...! – insiste gritando con más fuerza el chico y entonces sí, se
detienen de sopetón y uno a otro se miran desconcertados.
- ¿Se jué? – preguntan tras un instante de duda y al unísono.
- Sí.
- ¿Ande?
- Y a la casa d’ella, pues.
- Pero... ¡cómo...! – Los ojos de Juan, que la siguen buscando asombrados por
el rancho, no comprenden.
- Dijo que pa’ pasar una vida ‘e perros acá, que más s’iba a pasar hambre allá,
junto a la Panchita... así dijo ella... ¡yo que sé...!
- ¡Perra...! – La rabia de Juan aplasta contra el suelo la botella de vino.
- ¿Se da cuenta? Si será... – razona el viejo ofendido.
- Pu’allaaaaaa va... – continúa diciendo el niño alargando las sílabas y
levantando el brazo a la altura del horizonte polvoriento. Borrándose lejos, se
ve el bultito amarillo culebreando entre los cardos.
Atrás el rancho, el charquito de la represa da las últimas boquiadas muriendo
de sed.
DONDE MUEREN LOS PAJAROS
De nuevo oyó que los niños lloraban. Sus ojos, que desde largo rato atrás
estaban perdidos divisando por el carril que se borraba en cenicientos jarillales,
se asomaron al rancho vecino, ancho, petiso, castigado por el viento. Del otro
lado del patio plomizo vio cuatro o cinco bultitos, con las manos en la boca,
apretándose los sollozos.
La madre iba y venía adentro, como si estuviese acorralada entre cuatro
paredes. Algo, que ella no alcanzaba a escuchar, les decía con voz que más
parecía un sollozo plegado al coro doliente de sus hijos. Sin pensarlo, la
“Señorita” miró el lavatorio grande donde derramaba toda el agua que le
quedaba al hacer entrega de sus vasijas. Un gran malestar le estrujó el
estómago. De nuevo se sintió fuertemente mareada.
Afuera empezaba a insinuarse ya un sol de fuego, el de todos los días, que
aplastaba los árboles y ardía los pastos. Las vainas, aún verdes, de los
algarrobos del patio, caían con el golpe seco de los pájaros muertos. Como
esos que ellos veían llegar volando en cuanto la luz dibujaba el rancho y caer a
su puerta dando el último aletazo. Tal vez adivinaban ese poquito de agua que
escondía como un tesoro y en su terrible desesperación, se lanzaban tras ella
sin tener ya más fuerza que para llegar a dejarse morir soñando con que sus
picos resecos la alcanzaban. Nunca, antes, desde que estaba en ese lugar,
había visto tales cosas. Era estremecedor verlos sobre la tierra dura y seca,
estirada como un cuero yaguané, que parecía resollar rescoldo, inmóviles,
abiertos los picos, distendidas las alas.
Sólo alguna perdiz lloraba en ese momento por los bajos desolados, pidiendo
agua inútilmente o una vaca soltaba su postrer quejumbre en algún
desplayado, abriendo desmesuradamente la boca, para quedar,
definitivamente, con los ojos dados vueltas, tras la inútil búsqueda de las
aguadas del cielo.
No recordaba la “Señorita” cuánto tiempo hacía que ya no necesitaba abrir la
puerta en el rancho para dar clases. No concurría ningún niño. Habían quedado
a pie y los que observaban el burro o el caballito, diariamente pasaban por el
callejón ayudando a sus padres a arrear la majadita de cabras o la última vaca
hasta la represa o el pozo balde distante, donde pensaban conseguir, a precio
de oro, un poco de agua para darles.
También ellos, todos los de la casa, desde muchos días atrás, venían bebiendo
el agua turbia de la represa, esa agua que se pegaba a la garganta, hacía
sentir sucio el paladar y despertaba un ansia mayor de beber y beber hasta
conseguir que se despegara esa cáscara de tierra que allí se adhería
fuertemente.
Dos días antes habían recogido en cuanta vasija fue posible hasta el último
barro con mojarras que quedaban en el corazón de la represa. La esperanza
de lluvia que vinieran alimentando, era esa rama seca que desgajara el último
viento. Se levantaban negras barras hacia el sur, anuncio fijo de lluvia en
cualquier tiempo, pero que ahora era sólo el trueno ensordecedor quebrándose
más allá de los quebrachales y el largo ulular del viento desmenuzando las
nubes en su tierra cenicienta.
Don Polonio, el dueño de casa, pasaba sobre ese suelo caliente, encorvado,
silencioso, como cerrando la marcha de un cortejo fúnebre. No le quedaban
con vida más que dos burros. Todo lo demás era un desparramo de
osamentas. Pero no podía, ni pensar siquiera, en bajar los brazos. Allí en el
rancho estaban su mujer y un montón de pichones.
Cuando al amanecer la “Señorita” escuchó golpes en la puerta, saltó de la
cama a abrir, sobresaltada, pensando en las mil cosas que la acosaban sin
tregua y en las que ya no alcanzaba a distinguir entre pesadillas nocturnas y
realidades de cada día.
Al destrancar la puerta vio sorprendida a don Polonio, de pie, con el sombrero
en la mano.
- Disculpe, “Señorita”, ¿no? Pero resulta qu’hi dispuesto llegar hasta “El
Hinojito” con los chicos a ver si consigo un poquito di’agua... Ya nu’hay nada
más que esperar, - añadió desconsolado.
Ella alcanzó a divisar en el patio a los dos burros viejos, que apenas se
sostenían en sus patas, ya atados al desvencijado carrito.
- Por eso vine a pedirle todas sus vasijas, - añadió suplicante. – Así traigo todo
lo más que pueda.
No disponía más que una jarra y un tarrito en los que guardaba el agua turbia.
Rápidamente lavo el lavatorio grande, derramó todo el contenido en él y se las
alcanzó.
-¿No tiene otra? – La cara buena del hombre le rogaba.
- No, no... es todo... Así es que... ¿Y cuándo piensa volver? – La incertidumbre
la turbaba.
- Al cair la tardecita, si Dios quiere... no puede ser di’otra laya... ¡si’tamos allá
sin un trago di’agua! – Y dándose vuelta, se alejó a paso lento, haciendo sonar
las viejas bombachas.
- ¡Que les vaya bien, don Polonio! – Lo alcanzó con un saludo en su deseo
ferviente.
Lo vio llegar al carrito, cargar cuidadosamente sus vasijas junto al barril, baldes
y tarros de su pertenencia y luego de ayudar a subir a sus hijos que andarían
entre los nueve y diez años, haciendo chasquear el rebenque, puso en marcha
los burros que salieron recostándose el uno contra el otro.
Cuando los perdió de vista tras los jarillales, quedó escuchando el traqueteo
lento que se perdía a ratos y reaparecía de pronto, limpio, sonoro, entre la luz
sofocante, como si estuvieran llegando de regreso. Caminó luego hasta el
bordo alto de la represa que pegaba con el monte virgen y desde allí intentó
todavía localizarlos, acompañarlos con el pensamiento, empujarlos. Lejos se
perdía la tolvanera. Era lo único que quedaba de ellos. Regresó por el sendero
que se estiraba esquivando churquis sobre el campo muerto. El sol ya parecía
darse vuelta arriba como una gran bola de fuego. Y el silencio del espanto
flotaba sobre todas las cosas.
Entró a su cuarto y quiso entretenerse dando vuelta cuadernos y revistas mil
veces leídas. Pero no pudo concentrarse. El drama se levantaba de cuanto
miraba o tocaba y venía a embestirla con furia. El sufrimiento de sus alumnos,
las privaciones de todo orden de sus vecinos, las pérdidas que afligían y
arruinaban a los más desamparados, las sentía castigándolos como en carne
propia.
En los tres años que llevaba de maestra en el “Rincón de la Luna”, era la
primera vez que las dificultades llegaban a extremos tales. Todos los otros
inconvenientes de aclimatación, aislamiento y pobreza, había logrado
superarlos, pero ésta le abrumaba. Ya el invierno había sido excesivamente
riguroso y los castigó con plagas despiadadas.
El recuerdo de aquellos días aumenta su sofocación. Quiere arrancárselo de la
memoria, pero viene a golpearla hasta lo más hondo, haciéndola estremecer.
La epidemia fue pavorosa; contadas personas, unas pocas elegidas pudieron
escapar; ella, entre otras cuatro o cinco en todo el vecindario. Y sin la
posibilidad de auxilio médico alguno. En el pueblo tan distante no había para
qué pensar.
Recuerda que aquella fue una noche extremadamente fría. Toda la familia de
don Polonio, incluido él, estaban en cama atacados de gripe, con altísima fiebre
y sin que tuvieran quién les arrimara un jarro con agua.
Ella había abandonado casi por completo su cuarto, que distaba unos metros,
para consagrarse a la atención de los doce o trece enfermos, cuando no era
que se hallara corriendo hacia otros vecinos para ofrecerles también su
atención.
Esa noche ya les había hecho todas las fricciones que creyó conveniente y
repartido la olla de té de yuyos que les preparara. Se disponía a retirarse a su
cuarto cuando de pronto, la madre, con desesperación, le alcanzó el niñito de
pecho que tenía a su lado, víctima de un ataque repentino que se lo llevaba.
Cuando lo recibió en brazos, se le dieron vuelta los ojitos. Asustada,
desconcertada sólo atinó a frotarle fuertemente la cara y los brazos y luego
corrió a abrigarlo con cuanto halló a mano; pero la criatura estaba rígida y sin
respiración. Del pensamiento que ya había muerto la sacó la desesperación de
la madre.
- ¡Hágale algo, por Dios, “Señorita”!
- Sí... sí, ya... – Pero no atinaba a nada. Siguió corriendo desde un rincón a otro
del rancho sobre los enfermos que estaban acostados en el suelo totalmente
aturdida.
- ¡“Señorita”! – le clamó de nuevo la mujer. Se quedó inmóvil, con el niño en
brazos, mirando hacia arriba, buscando a Dios. Y fue entonces cuando, al ver
las tortas de barro que asomaban entre las viejas cañas del techo, se acordó
del “sahumerio de las cuatro esquinas” que había oído decir recomendaban las
médicas del lugar en casos semejantes. Pero ni los cuatro palitos que indicaba
la receta había en el rancho... allí no había nada de nada. Sacudida por los
sollozos de la madre, por hacer algo, hurgó un tarrito en el que había unas
ramitas de alhucema y sin perder un instante, desnudó totalmente al niño, echó
las ramas sobre las brasas vivas del bracero, lo acercó y sosteniéndolo lo más
cerca posible de ellas, le fue dando repetidas vueltas para que recibiera el
humo sobre todas las partes del cuerpo. De inmediato lo envolvió lo mejor que
pudo y cuando pensaba en la manera de eludir las preguntas reclamantes de la
madre, sintió un sacudón violento que estremecía de pies a cabeza a la criatura
y al observarla, vio con asombro que abría los ojos. Fue de no creer; pero así lo
volvió a la vida.
¡Vaya si había sido cruel el invierno! Y ahora el verano y su sequía con las
necesidades multiplicadas, con la aflicción de todos, de las que ella participaba,
haciéndole sentir todo lo suyo, pueblo, padres, amigos, lejos, muy lejos, y ella,
allí, en medio de una salvaje soledad, en el centro de un cerco que iba
cerrándose más y más... Entonces, un grito, un grito con el estallido de toda su
desesperación, amenazaba con quebrar su garganta. Con gran esfuerzo,
diciéndose cobarde una y mil veces, lograba contenerlo, aunque sintiendo que
corría por su espina dorsal, destrozándole las vértebras.
No podía soportar esos pensamientos. Quedarse quieta, inmóvil, era dejar que
la tapara la sombra.
A media mañana de ese día, vino la mujer a pedirle un poquito de agua. Llenó
un jarro grande y se lo alcanzó.
- Vayan tomándolo de a poquito, porque se acaba... y después...
- Disculpe, “Señorita”, pero usté sabe cómo son los chicos... cuando menos
hay, más quieren... y ahi s’echan a llorar, de no...
- Es que es así la sed... yo estoy sufriendo por no tomarme el poquito que me
queda de una sola vez.
- Pero a l’oracioncita ya áhi venir él con l’agua. – Y se fue llevando entre las
dos manos el tesoro contenido en el jarro, entristecido el rostro arruinado y
sudoroso.
Para preparar el almuerzo había gastado otro poco y después de comer no
pudo sufrir sin beber unos tragos largos de esa agua, dulce, pero con fuerte
gusto a tierra.
A la tarde de nuevo cruzó el patio la madre, acompañada por sus hijos
llevando el jarro vacío.
- Discúlpeme, “Señorita”, pero ya nu’hallo qui’hacer. Usté habrá oído cómo
lloran. – Le llenó el jarro otra vez y luego, observando cómo a los cinco chicos
se les iban los ojos hacia el lavatorio, llenó un vaso y le fue dando una cantidad
igual de tragos a cada uno.
- Ya ha’i volver Polonio al cáir la tarde... y entonces sí que vamos a tomar agua
rica... porque ponderan lo linda qu’es el agua del “Hinojito”. Dios ha de querer
que vuelva cuanto antes. – Y se alejaron un poco más conformes.
El aire caldeaba la tierra y el cielo se extendía duramente gris. Algún
desesperado balido lejano, el llanto conmovedor de alguna criatura más allá de
las cañadas, era todo lo que se derrumbaba en la tarde y caía sobre los seres
sensibles con sus lanzas de desesperación.
Y después, nada más; ni el golpear de los bujes ni el traquetear de los burros ni
un grito de los niños, nada...
Instintivamente, inquieta, fue a mirar por centésima vez el agua que le
quedaba; cada vez que lo hacía, el miedo a quedarse sin una gota y que no
regresara pronto don Polonio, le exprimía el estómago. Es que, a lo sumo
habría allí dos jarros, nada más.
Acercó el rostro al agua para olerla y aspiró profundamente. ¡Qué ganas le
dieron de bebérsela toda, de terminar de una vez con esa sed que la
mortificaba y después que sucediera cualquier cosa! El llanto de los niños, que
otra vez, sin duda, eran víctimas de la misma tortura, la contuvo. ¿Y si no
regresaban con el agua esa tarde? ¿Qué harían? De nuevo estuvo al borde del
grito cuando en la imagen borrosa que le daba el agua, se vio en el rostro una
profunda marca que le dejaba el miedo.
Dando pasos apresurados, empezó a ir de uno a otro extremo de la pieza, pero
el taconeo le traía siempre el mismo pensamiento que buscaba alejar. – La
sed... esta sed... la sed de ellos... mi sed... ¡la gran sed!
Cuando el sol cayó incendiando los montes, subió de nuevo al borde de la
represa; los chicos la acompañaban. Ansiosos se le fueron los ojos para el
norte, siguiendo el sendero que culebreaba entre corpulentos árboles y
churquis agresivos.
- ¿Ya se divisan, “Señorita”?
- No distingo muy bien, pero me parece que allá lejos se mueve un bulto gris;
deben ser los burros. – Puesta en punta de pie, alargando el cuello hermoso,
mentía. No veía nada y lo peor era que, tampoco sobre ese silencio que tenía
la tersura de un cristal, la sensibilidad de una fina caja de resonancia, no se
percibiera ni un solo rumor, nada.
En tardes así, estaba acostumbrada a escuchar desde leguas los más variados
ruidos y golpes... Un hachazo, los mazazos en algún mortero, el grito de un
pastor arreando muy lejos sus cabras. Pero ahora no, no...
- ¿Ya vendrá el tatita? – Había dejado de sollozar la pequeña para hacer la
pregunta.
- No ha de tardar; segurito...
- ¡Qué rica l’agüita que nos trairá! – Y se restregaba las manitas.
Regresaron a la casa. Luego bebieron entre todos. Con desesperación
creciente, otro jarro de agua. Ya no pensaban en su hambre sino solamente en
beber. Y empezó a pesar como una cruz la sombra que se hizo noche larga,
sorprendente, hondamente callada.
Veinte veces por lo menos prendió la vela. Cada vez tenía más seca la boca,
más y más sentía hormiguearle la garganta. Hasta le pareció en un momento
que se le apuraba el corazón. Un jarro de agua tal vez le quedaba o poco
menos para beber, pero la detenía el miedo de lo que les esperaba al otro día
sin agua y más todavía, esa segura desesperación de los niños, a la que no
podía arrancar de su imaginación. Se quedaba despierta, anhelante,
escuchando con el oído de un perro. Pero todo era en vano. Cuando de nuevo
la vencía el sueño, era el carrito dado vuelta con toda el agua derramada en el
guadal lo que la hacía desesperar o, de inmediato, una gran creciente de agua
negra, aceitosa, la que llegaba violentamente, la cubría un instante y la
arrastraba luego, arrancándole ese grito horroroso que la despertaba al fin.
-¡Agua... un poco de agua!
El día amaneció igual. Al levantarse vio a los niños en la puerta, que lloraban
chupándose las manos y a la madre, yendo y viniendo, desatinadamente,
revueltos los cabellos, perdida la mirada. Corrió de inmediato a llevarles su
consuelo.
- ¡Y no llegaron, ya ve! ¡Ya nu’hallo qué pensar! – le confesó desalentada la
mujer.
- Ya llegarán. Habrán salido esta mañana de vuelta.
- Un poquito de agua, “Señorita”, - le imploró una de las criaturas, que todavía
no había terminado de vestirse.
- No le dé, “Señorita”. Pide de mañosa nomás.
Sabía que no era así. Si ella también estaba muriéndose de sed. Se acordó del
poquito de agua que se había mezquinado pensando en ellos. Por eso no
vaciló.
- Vamos a casa. – Se consolaron de inmediato. Al llegar miró ansiosa el
lavatorio, al que imaginaba casi lleno... pero la realidad estaba allí, muda,
descorazonadora.
- ¿Y se la piensa dar?
- Sí. La guardé para ellos.
- ¿Y qui’haremos si Polonio no viene?
- Ya lo pensaremos. Hay tiempo. – Sabía que no, que el momento definitivo
había llegado. Porque ¿a dónde podían recurrir, hasta dónde llegar cargando
esos pequeños que empezaban a enloquecerse ya, si todos los vecinos que
vivían cerca se habían ido corriendo por la necesidad y la sed? El puesto más
cercano, donde tal vez pudieran conseguir un poquito de agua quedaba a dos
leguas.
- ¿Un traguito, “Señorita”?
- Sí, sí... – Se había quedado pensando. Decididamente, al fin, vertió todo el
contenido en el jarro y se lo alargó.
- ¡No! – intentó contenerla la mujer. - ¿Y después? – añadió, ¿me quiere decir
qué vamos a hacer? – Los chicos abrían grandes los ojos presenciando la
escena, sin comprender.
- Si no llegan a venir pronto, ¿me quiere decir qui’haremos? – volvió a repetirle
ansiosa, como perdida, seca la boca, torpe el gesto.
El miedo las inmovilizó. Fue como si súbitamente se hubieran convertido en
bultos de piedra, expectantes, afinando el oído, pendientes de un remoto
sonido, de un ruido que les revelara el regreso de la esperanza.
- Diga, ¿ah?, - continuó diciendo la mujer.
- ¿No si’oye nada, mama?
- Nada.
- ¿Ni se ven?, - preguntó el más petiso enaltándose en puntas de pies en
dirección al ojo en la pared que hacía las veces de ventana.
- No... no...
- Beban, chicos... – y decididamente la “Señorita” le alargó el jarro al que
estaba más cerca.
- Yo último, - discutió uno – así me tomo hasta la borrita.
- ¿A todita vas a dejar que se la tomen? – La mujer, desolada, no alcanzaba a
explicarse todavía aquello.
- Déjelos. Tienen mucha sed.
- ¿Y después? – se desesperó la mujer retorciéndose las manos.
- Dios nos ha de mandar.
- Sí, sí... tiene razón, - y suspiró hondo, como aliviada.
Como cabritas sedientas los niños bebieron hasta la última gota.
- ¿Me da la raspita ‘el lavatorio?
- ¡Pero hijo! – No necesitó de la respuesta para beberse ahora con rabia, como
si ella fuese la única culpable de todo lo que estaba ocurriendo.
- Iré hasta “El Algarrobito”; ya lo he dispuesto. Cómo no me van a dar un botella
con agua, siquiera.
- ¿Si’anima? – Parecía no creerle.
- Tengo que animarme. Aquí...
- Entonces... bueno, “Señorita”... – pareció rejuvenecerse y se le alegraron los
ojos.
- Voy a buscar otra botella para que lleve dos... dos botellas, “Señorita”. Y que
vaya Leandrito a acompañarla.
No podía perder ni un segundo. Si la mañana avanzaba, le cortaría la salida o
la derrotaría muy cerca en medio del campo de guadales ardientes, en los que
parecía llamear el sol.
- Volveremos a la tardecita.
- ¡Que Dios los ayude! - Salieron con el pequeño Leandro varando las dos
botellas. Ella hubiera querido bromear, hubiera querido aparentar alegría, pero
la preocupación le cerraba todos los caminos.
- ¿Va triste, “Señorita”?
- No, no... ¿por qué?
- Porque va tan callaíta... – De nuevo intentaba disimular, pero otra vez las mil
vicisitudes de su vida de maestra campesina la acosaban y sentía desfallecer
su ánimo.
- Me ha sucedido ahora lo último ya... después de esto, si termina bien no
soportaré un día más en este lugar... – Los pasos se ahogaban en la tierra
encendida, quemante y el sudor les corría por los rostros encendidos. – Todo lo
sufrido, un poco por la necesidad de trabajar, lo más por amor a estos niños, a
esta gente tan buena, tan noble... pero no podré más, seguro que no. Cuando
escape de este momento infernal, conseguiré un caballo o, aunque sea a pie
haré las veinte leguas hasta el pueblo y me iré para no volver... ¡no volveré
jamás a esta tierra maldita...! – Y el dolor de los pensamientos le anegaba los
ojos.
- “Señorita”... me voy cansando... mire, se mi’ha empollau un pie.
- Te lo ha quemado la tierra... – Se mordió los labios. Era lo que faltaba; que no
pudieran seguir.
- ¿Nos sentamos en esta sombrita? – Accedió. Nunca había visto el cielo tan
semejante a una laja gris. En un momento le pareció que se derrumbaba
aplastándolos.
Se habían quedado sentados bajo el algarrobal de rala sombra, cada uno
escuchando el clamor de su propia sed, mojándose los labios con la punta de
la lengua, sin hallar salida, pero sus pensamientos en medio del brasero del día
que parecía llamear más y más.
- ¡“Señorita”...! – casi gritó enderezándose Leandro y levantando un dedito,
añadió: - ¡ói...!
- ¿Qué? – ella no oía nada.
- El carrito... – Aunque se puso de pie, ella seguía sin escuchar nada.
- ¡Son ellos! ¡Son ellos! – gritó el niño tras un corto silencio dando saltos.
Ya no cabía duda que era el traqueteo del carrito lo que apenas alcanzaba a
escuchar. Y sin pensarlo dos veces, dispuso emprender el regreso para dar la
buena noticia a los que esperaban en la casa y lo hicieron sin sentir el
cansancio que los llevaba aplastados. Y en la casa, todos juntos ya, quedaron
bajo el ramadón, encendidos por la algarabía.
Pero en lo mejor, la señal de regreso cesó repentinamente.
- Ya ni si’oyen – Comentó alarmado uno de los chicos.
- ¿Qué les puede haber pasau? – interrogó angustiada la mujer. Sobre el
silencio tirante no se oía zumbar ni una mosca.
Iremos a averiguarlo, - opinó la “Señorita” y todos salieron por la huella donde
todavía se veían los rastros dejados por el carro el día anterior. Más de media
legua caminaron y en un recodo del camino tuvieron la gran sorpresa que les
hizo olvidar de la sed y les llenó de alborozo primero y de pena después;
porque allí está el barril húmedo, oloroso a agua clara y las vasijas como
invitando a beber, pero también los dos burros vencidos por el cansancio,
chorreando sudor, arrodillados en el camino, gachas las cabezas, sin que
hubiera poder de Dios que los hiciera seguir. Todo cuanto intentaban para
reanimarlos, mojarles la cabeza, abanicarlos, ayudarles a enderezar, resultaba
inútil.
- ¡Animales ‘e Dios! ¡Ahura sí que no dan más! – Y ya sin poder con su
desaliento, don Polonio bajó los brazos. Afirmado al carro, contó que todo el
viaje de ida y lo mismo el regreso, había sido una sola lucha con los animales
que caían rendidos por la debilidad y la fatiga.
- Desátelos nomás, don Polonio. ¿Cómo entre todos no vamos a poder
arrastrar el carrito hasta las casas?
- Así si’hará, “Señorita” – respondió el hombre rascándose la cabeza, como si
dudara todavía. Y de inmediato unos se prendieron de las varas y otros se
prepararon para empujar de atrás como las atatangas. A la voz de mando de
don Polonio, reiniciaron la marcha esperanzados. ¡Cómo pesaba ese barril con
agua!
Llegaron al patio sudorosos, jadeantes, cuando más insoportable se hacía el
calor, con su carga preciosa. Y por fin los niños pudieron beber hasta hartarse.
- Aquí están sus vasijas, “Señorita” – Y de ese balde que le alcanzaba don
Polonio, empezó a beber con la misma ansiedad con que lo hacían los niños,
esa agua clarita, a la que imaginaba con una deliciosa frescura. Le pareció
linda de nuevo la vida, buenísima la gente, amorosos más que nunca los niños,
acogedor el árbol, alegres los senderos... y cubriéndose los ojos para ocultar
las lágrimas, sólo deseó ardientemente que lloviera de una vez para empezar
de nuevo a dar clase en su olvidada escuelita.
SOLITA
Desde que pensó en salir a juntar un poco de yuyos en la quebrada, le aletea
alegremente el corazón. Siempre le sucede lo mismo cuando se propone bajar
al pueblo.
Esa mañana, cuando todavía no despunta el sol por las cumbres, que están ahí
nomás y aun cuando hace bastante frío se ha levantado animosa como nunca.
Después de cubrirse bien la espalda con la vieja capita que tejieron sus manos
en lejanos tiempos, larga las cabras, barre a la ligera el patio, “no sea que vaya
a venir gente”, muele un puñado de maíz para su mazamorra, toma unos mates
y sale hacia “el bajo de las calagualas” a juntar tomillo y peperina. No están
lindos los yuyos porque los primeros fríos los han aplastado bastante. Pero
igual, con lo que alcanza a juntar y otro poquito que tiene de antes ya en la
casa, completa dos bolsas a las que carga en su vieja zainita.
Toma otros mates a la apurada, porque no quiere que se le haga tarde, se
peina apresuradamente, se acomoda bien la capa que en un tiempo fue negra
y llevando el animal de tiro empieza a bajar por las sendas pedregosas. Lejos,
en el valle lleno de colores, divisa el pueblo, un redondelito apenas, con la
capilla y las pocas casitas blancas luciendo entre los huertos que ya empiezan
a amarillear con la entrada del otoño.
Cruza el arroyo, que lleva su escaso caudal clarísimo, sigue por un sendero
abierto en la quebrada, vuelve otra vez a cruzar el mismo arroyo, sube, costea
el cerro áspero y agresivo y sigue siempre igual la marcha, entre el silencio al
que solamente rompen los pasos lerdos de la zainita y el silbo de uno que otro
zorzal, que por el profundo mollar parecieran andar despidiendo el otoño.
Antes era su viejo el que llevaba los yuyos al pueblo y a veces también algún
cabrito para vender; pero desde que murió, es ella la que tiene que salir a
buscar las provisiones. Cierto es que le quedaron dos hijos, pero a la chica no
se animaba a mandarla sola; además, al poco tiempo se fue a Buenos Aires
ocupada por unos veraneantes. Al principio le escribía y cuando sus conocidos
le preguntaban por ella, muy contenta les contestaba una por una las noticias
que había recibido. Después las cartas fueron escaseando, sus vecinos casi ni
le preguntaban por ella, hasta que, finalmente, no recibió ni una carta más y los
vecinos parecieron haberse olvidado de que ella tuvo una hija alguna vez.
Y el muchacho... ¡qué iba a ir al pueblo con esa misión! Era tan agrandado,
pobrecito... “¿Yo ir a llevar los yuyos al pueblo? ¡Pero no, mama, cómo piensa!,
se decía mirándola con una sonrisa burlona. En eso había salido igualito al
padre, que era tan amigo de cortar grande. Ella, mirando para otro lado de
vergüenza, solía oírle hablar al finado de sus arados de discos, cuando no
tenía más, y no sabía cómo no lo había vendido ya, que uno chiquito y muy
viejo de una reja o de sus trojes llenos de maíz, siendo que apenas había
alcanzado a cosechar unas pocas bolsas que guardaba en un rincón de la
pesebrera. Y así le había salido el hijo, flojo, embustero, amigo de las
diversiones y soñador de grandezas, nada más.
Al llegar la tarde, se ponía su trajecito viejo, acomodaba en el bolsillo el
pañuelito bordado y una lapicera igualmente vieja, que ni siquiera escribía y
decía: “Me voy a ver las chicas de ‘Los Puestos’ o de ‘El Recuerdo’ y salía.
Pensar en trabajar, nunca, hasta que la hermana le mandó el pasaje para que
se fuera a la gran ciudad. Las veces que le escribió al principio fue para
hablarle nada más que de lo hermoso que era Buenos Aires, de las peñas a
las que concurría, de las diversiones de toda clase en las que participaba. De
trabajo, nada. Mandarle plata o siquiera una encomienda con alguna ropita,
jamás. Desde hacía largo tiempo ya, también había dejado de escribirle.
Mientras desgrana sus pensamientos, sigue por la senda bajando y subiendo,
cruzando el arroyito que se enrosca a los cerros como una viborita juguetona. Y
a su costado, el estrecho sendero que la acerca lentamente al poblado. Un
viento frío que ha llegado de pronto, la obliga arrebujarse en su capita. Pero no
siente lo destemplado del tiempo, porque a medida que se acerca al pueblo, le
salta más el corazón de alegría.
Y así siempre, con la yegüita de tiro, llega atardeciendo ya, al boliche que
queda a la entrada del pueblo. Baja las dos bolsas con yuyos y entra por la
puertita del lado. Por allí los deja siempre. Luego pasa al despacho, donde la
recibe el saludo del bolichero.
- ¿Cómo le va, doña Carmelita?, - le pregunta.
- Biencito, nomás, - contesta con humildad sacudiéndose la vieja pollera y
acomodándose de nuevo la capa que le cubre la espalda.
Y mientras el dueño del pequeño almacén se pierde entre los rústicos estantes
y viejo mostrador atendiendo a los clientes que van llegando, ella busca el
rinconcito amigo de siempre y se sienta en un banquito.
Está tibiecito el ambiente, con un agradable olor a yerba y siente una gran
felicidad allí. No le importa nada de lo que sucede a su alrededor. Desde esa
esquina no le saca de encima los ojos al dueño del boliche, que va y viene
diligente detrás del mostrador.
- Muchacho parecido al padre. ¡Si es igualito al Editardo!, - piensa y el corazón
le sigue latiendo con una suave, dulce alegría.
Se acurruca más en la esquinita y queda buscando recuerdos. ¡Cuántos le trae
ese hombre! Ella era joven, no mal parecida y más de un mozo se allegaba al
rancho de sus padres buscando la oportunidad para hablarle, pero ella no
entregaba su corazón a ninguno porque no le gustaban.
Un día viajaron con su padre a Renca a pagar una promesa al Milagroso
Señor. Eran muchas horas de viaje, por eso llevaban sus provisiones para el
camino. Habían salido muy temprano en el sulky aquel día y al hacer un alto
para darle un descanso al caballo, al reparo de un algarrobo que bordeaba el
camino, acertó a pasar un amigo de su padre, con el que hacía años que no se
veían. Reconocerlo e invitarlo a hacer rueda fue una sola cosa. Y el amigo
andaba con su hijo. Y le bastó verlo a ella para pensar que ese muchacho era
el que estaba esperando su corazón. Y él, para felicidad suya, le demostró
igual entusiasmo. Poco pudieron hablar a solas en ese momento. Pero
quedaron en reunirse de nuevo en Renca. Y después de la novena, empezó
para ella una noche colorida, llena de bullicio y de movimiento, salas
iluminadas y carpas en las que los músicos no cesaban de animar el baile.
Y se dejaron llevar por el compás de la música y ella entonces escuchó las
palabras que desde chica vivía soñando le diría alguna vez el muchacho este,
al compás de la música más hermosa que pudiera conmoverle el corazón. Fue
inmensamente feliz. Cuando cerca del amanecer su padre la invitó a retirarse,
ya estaban de acuerdo en que volverían a encontrarse en “Los Papagayos”,
donde al cabo de poco tiempo habría un casamiento al que ellos estaban
invitados.
¡Cómo regresó de feliz! Daba gracias a su suerte por no haber aceptado antes
a ninguno de los candidatos que se le acercaron. ¡Este sí que era un hombre,
este sí que le llenaba de amor los ojos y el corazón!
Lo mira otra vez al bolichero y ve de nuevo en él a aquella dulce ilusión que
iluminó su vida. Los mismos ojos, la misma boca; cerrar los ojos y escucharle
hablar, es escuchar a Editardo, igual, igual. Entonces le parece que él de nuevo
ha llegado y que de nuevo de un momento a otro pronunciará suavemente su
nombre, como en aquella noche feliz.
Llevada por la ilusión anhelando deslumbrarlo, quiso entonces estar de los más
bonita para aquella noche; y pudo conseguir el vestido que mejor le sentara; su
padre le compró en el pueblo unos zapatos muy bonitos y se arregló y peinó
como para que ningún hombre dejara de sentirse atraído por su presencia
cuando hiciera su entrada en la sala de fiesta.
Y llegó el día tan esperado. Y con sus padres viajó por la tarde a “Los
Papagayos”. Desde lejos las luces anunciaban que la fiesta estaba ya en lo
mejor. Llegaron. Y ella entró a la sala con el corazón que se le volaba. ¡Ansiaba
tanto ver de nuevo a Editardo! ¡Tanto había pasado soñando y soñando con
que ésa sería la noche más feliz de su vida...!
Los dueños de casa la recibieron con cariño y le buscaron la mejor comodidad
en el grupo de sus amigas. Desde que entró lo buscaba con ansiedad. Tendría
que haber llegado ya. Sin embargo no se le veía por ninguna parte. ¿Dónde
estaría?, se preguntaba impaciente. El sueño de que Editardo la estaría
esperando en la puerta en el momento en que ella llegara, se había
desvanecido. No podía contener su gran ansiedad. ¿Acaso habría tenido algún
inconveniente para concurrir? ¡No hallaba qué pensar! Cuando aumentaba su
incertidumbre, la sacaron a bailar un vals. Fue entonces cuando entre los giros
del baile, al pasar cerca de una puerta que comunicaba con otra habitación, vio
en ella a su pretendiente atendiendo con mucha dedicación a otra niña. No
supo cómo no cayó muerta en ese momento. Una sofocación insoportable la
ahogaba y pidió ser llevada a su asiento. No supo nada más de la fiesta. En
cuanto le fue posible, le pidió a su padre que la llevara de regreso. ¡Acababan
de apuñalear a su sueño más hermoso!
Después, al poco tiempo, despechada, accedió casarse con el primero que se
acercó a solicitar su mano. Que no fue otro que aquel muchacho alabancioso
que por todo bien no tenía más que un ranchito muy pobre y una tropillita de
cabras.
Pero nunca pudo borrar de su corazón a aquel hombre tan ingrato, aunque
siempre luchó por no pensar más en él.
Pasaron años. La vida la castigó con dureza. Un día, vieja y sola ya, al llegar al
pueblito comprobó que habían abierto un boliche nuevo. Entró como por
conocer y se encontró con que, al frente del mismo, estaba un muchacho que
era igual, igual a su inolvidable Editardo.
Poco después se enteró que era precisamente, hijo de aquel hombre. Y
aunque ella se oponía, su corazón porfiaba y porfiaba por llevarla hasta ese
lugar donde él estaba y donde podía renovar, sin molestar a nadie, el sueño
más lindo de su vida con sólo quedarse ahí, mirándolo.
Por eso se sentía tan feliz de estar sentada en ese rinconcito, oyéndolo hablar,
reviviendo momentos dichosos de su vida. Y allí se olvida de todos sus
sufrimientos y es feliz y solamente ansía que él nunca sepa por qué está
sentada en ese banquito, sin ningún apuro porque la atienda, como una devota
que en silencio, puede estarse horas y horas escuchando su dulce voz interior.
Un bullicio de niños en una pieza contigua y los gritos de “¡abuela, abuela!”, le
hacen volver la cabeza a ese lugar y divisa a una anciana bien vestida; sin
poder evitarlo, piensa que pudo ser ella la mujer que está ahí rodeada por sus
nietos y por tanta comodidad. Pero por esas cosas del destino está donde está
y no tiene nada más que lo poquísimo que tiene. El destino... el destino, se
repite y dos lágrimas le humedecen los ojos. Se pasa la mano por los cabellos
como para disimularlas.
- Doña Carmelita, - la llama de pronto el bolichero. Al escucharlo, se endereza
sobresaltada. – Ya está lista su bolsita.
- Gracias m’hijo, - le dice aproximándose al mostrador. - ¿Me puso fósforos y
velas, también? - Recibe la bolsita y la encuentra pesada. - ¿Qué no mi’ha
puesto cosas de más?, - vuelve a preguntarle sonriendo. Siempre le parece
que ese hombre tan bueno le da mercadería de más por los yuyitos que le
lleva.
- ¡Qué esperanza, doña Carmelita! Su peperina es la mejor... por eso.
- Y eso que ya no puedo juntar como antes, m’hijo. A más, los veraneantes
llegan hasta muy arriba y l’arrancan a toda... ¡hacen cada estropicio...! Hay que
llegar hasta arribita ‘el cerro y mis pierna s ya no dan más...
- ‘Ta bien doña Carmelita... Vaya tranquila, nomás, antes de que se li’haga la
noche. Adiós. Que le vaya bien.
- ¡Gracias, m’hijo! ¡Que Dios me lu’ayude!, - dice humildemente pasándose una
mano por la cara como si quisiera desplisarse las arrugas.
Cuando sale a la calle se da cuenta que falta poco para que se entre el sol.
Carga en el viejo aperito su bolsa con provisiones, se acomoda bien la capita
porque el viento está más fuerte y frío y otra vez, con la yegüita de tiro,
empieza a desandar el largo camino.
- ¡Vamos, zainita! – Pasa cerca del algarrobo viejo, parada de carreros y de
arrieros y no bien deja atrás las últimas casas del pueblo, cruza el arroyo por
primera vez, detiene la marcha, arrima el animal al bordito y sube. El viento
helado la obliga a encogerse; su ropa vieja no la abriga nada ya. Continúa la
marcha. La yegüita no necesita que la animen ni que le enseñen la senda.
Contenta vuelve a la querencia a un paso lento pero parejo, que no variará
hasta llegar. Y ella, entre el arroyo que cruza, la cuestita que sube, el arroyo
otra vez que se destrenza y la colina, las laderitas pastosas y la sierra al frente
que se acerca en el anochecer con su mole oscura y gigantesca, va renovando
los sueños de su corazón, aquella vieja historia que él se empeña en hacer
revivir una y otra vez, haciéndola olvidar del frío y del hambre que le aguijonea
el estómago.
Llega a su rancho en el alto con el sendero totalmente borrado por la noche.
Están vivas, cristalinas las estrellas. Baja la bolsita, desensilla y suelta la
yegua. Se acerca al corral de las cabras, las cuenta, ve que no falta ninguna y
cierra la puerta. Pero el perro pastor no está. Desde la noche anterior que lo ha
notado inquieto. Se le ha acercado dos veces gimiendo, como pidiéndole
permiso para alejarse. Sale para el lado del bordo y lo llama a gritos: - ¡Sultán!
¡Sultán! – Espera un momento, pero el perro no aparece. Le grita con fuerzas
hacia el bajo y tan sólo le responde el silencio. Resignada, levanta la bolsa,
entra en su piecita por cuyas ranuras silba el viento, prende la vela y se sienta
en su vieja silla de cuero.
-¡Tan solita qu’estoy, Dios mío!, - dice mirando las viejas paredes desnudas, su
cama hundida, el aparadorcito, la vieja caja de cuero y en el esquinero, la
Virgencita, que es todo cuanto tiene.
De la bolsita va sacando cada cosa y las deposita en la mesa, lentamente.
Levanta una vela y los fósforos, se acerca al rinconcito de la Virgen y reza
pidiéndole protección para sus hijos, pide por todos sus vecinos, también le
ruega para que le cuide la yegüita y el Sultán, para que le aumente el número
de cabras, por su salud, por el pan de cada día... y pide, pide... En la cascadita
de la añosa huerta el agua le hace coro con sus letanías dolorosas de toda la
vida.
Luego, con las manos juntas y apretadas, chupada la boca, entrecerrados los
ojos, se queda largo rato pensando todo lo que le ha sucedido esa tarde y en
las cosas que tiene el destino. Ella, allí, rodeada por la soledad y allá, otra
mujer que bien pudo ser ella acompañada por la alegría de vivir con sus nietos
y rodeada de felicidad.
No quiere pensar más y se levanta; se dirige a la puerta en el mismo momento
en que llega el Sultán. Al verla el perro se detiene con la cabeza gacha y la
cola llena de culpa entre las piernas, sin dejar de acezar.
- ¿Estas son horas de venir? – lo reprende. - ¡Pícaro! Ya sé de dónde venís. –
Mueve el perro la cola y desahoga su alegría por saberse perdonado, en cortos
gañidos.
- ¡Pícaro! ¡Andá al corral! – Y sale el perro contento, a los saltos y ella se queda
mirándolo hasta que se pierde en la noche. El viento de la sierra la azota, pero
no lo siente; sigue como perdida en ese mar de recuerdos que se avivan cada
vez que va al pueblo, con la mirada en la montaña que se levanta como un
gigante oscuro y al elevar los ojos a las estrellas, le parece reconocer a las
mismas que en un tiempo lejano alumbraron su felicidad.
En “Los Papagayos”, antes de cerrar la puerta del boliche, el hombre mira
cómo el invierno, traído por el fuerte viento sur, se hecha cruelmente sobre las
amarillentas huertas.
Cierra, apaga la luz del despacho y pasa a la habitación donde ya lo espera la
mesa tendida.
- ¡Noche fiera!, - dice en tanto se sirve un vaso de vino. - ¡Pobre del pajarito
que quedó lejos del nido esta noche!
Su mujer lo escucha sin decir palabra en tanto seca unos vasos; no halla por
donde empezar para quitarse una vieja preocupación que tiene. Desde la otra
habitación llegan las voces de los niños a los que la abuela intenta hacer
dormir.
La mujer da unas vueltas por la habitación y por fin, suspendiendo sus tareas,
se decide a hablar:
- ¿Vino doña Carmelita?
- Sí, ¿Qué no la viste?, - le responde probando de nuevo el vino.
- Me pareció haberla visto, pero no estaba muy segura. Como vi unas ramitas
peladas de peperina en el patio, pensé que ella las había traído.
- ¡Pobrecita! ¡Es lo poco que puede traer ya!
- Sí, pero vos lo mismo le das la bolsa llena de provisiones. Para limosna me
parece mucho ya, ¿no?
- No, no es limosna... cómo te puedo decir... se trata de una ayuda... sí, una
ayuda.
- ¿Ayuda?, - pregunta ella deteniéndose para escucharlo mejor.
- Perdonáme; creo que hice mal en no decírtelo antes. Pero como no me gusta
verte disgustada te voy a contar ahora por qué lo hago.
- ¡Más vale tarde que nunca! – comenta la mujer componiendo un poco la car.
- Sucede que cuando mi padre, con el que supimos ser muy compañeros,
s’enteró que yo pensaba poner mi bolichito aquí me dijo que le parecía recordar
que por estos lugares vivía doña Carmelita y que estaba muy pobre. Me contó
que ella había sido una buena chica y que él se había portado muy mal con ella
en su tiempo de joven. “Y aunque al poco tiempo me arrepentí de mi acción”,
me dijo, “ya era tarde. Carmelita si’había casau con otro. Nu’había nada
qui’hacerle ya”, me dijo. “Tal vez lu’hizo por despecho” y agregó después:
“si’alguna vez llega a verla y nota que anda muy necesitada, le pido que
li’arrime una ayudita como a usté le sea posible. Ella se lo merece; jué una
chica muy güena y yo un ingrato...” Así mi’habló, mi’acuerdo bien. Y eso es lo
que hago cuando doña Carmelita viene por aquí. Me parece que de la manera
en que lo hago estoy ayudando a pagar una gran deuda de amor.
La luz de la lámpara dejó ver cómo la mujer había recuperado totalmente la
serenidad; él, en tanto, mirando el vaso de vino y con el recuerdo de su padre,
oyendo el viento castigar afuera con furia, se había quedado pensando en
“esas cosas que tiene el destino”.
SENDERO ABAJO
Lo sorprendió la noche lejos de la casa. Cuando quiso acordar, los zorzales
habían enmudecido y los cerros enormes se le vinieron encima con su cerrazón
de sombras. Le había sido imposible regresar cuanto antes como se había
propuesto. Al oscurecer, cuando quedó sin posibilidades por falta de luz, de
seguir construyendo la pirca, buscó las cabras para regresar, comprobó que
faltaban cinco. Como sabía que el puma rondaba cerca desde hacía unas
noches, no pudo abandonarlas a su suerte, por más apurado que estuviera. Y
hasta que logró encontrarlas entre piedras, bajos oscuros pajonales, se le fue
como una hora más. ¡Tan luego en el día en que se había propuesto no
demorarse!
Mientras la cabra madrina puntea batiendo el cencerro, no puede alejar de su
mente los pensamientos que perturban su paz.
Dos años han pasado ya que ese puesto cimbreño de su padre, del que nadie
quería hacerse cargo porque quedaba tan distante, cerro arriba, perdido en la
soledad y el aislamiento, sin vecinos cerca ni buenas sendas.
Pero él lo pidió porque se sentía fuerte, capaz y con muchas ganas de trabajar.
Además, las ilusiones las había compartido desde novios con María y al
casarse, no les pareció difícil hacerlas realidad. Agrandaron la casita, pusieron
muchas plantas, limpiaron bien el “ojo de agua” para tenerla en abundancia y
araron cada pedacito de tierra negra que fueron descubriendo. Pero hasta
entonces nada le había resultado favorable. Las heladas, los vientos
endemoniados que bajaban desde las cumbres, la peste en los animales. Pero
entre ellos se apoyaban y así sostenían su sueño. La tremenda soledad que a
veces los calaba profundamente la combatían trabajando más y soñando. Si la
tierra no daba frutos, por lo menos el jardín de sus sueños no dejaba de
poblarse más y mejor. Y era el hijo, el sueño del hijo el que mejor florecía en
sus corazones y el que los fortalecía en los momentos más difíciles. Cuando él
llegara, todo resultaría posible; no había más soledad en “Las Peñas” ni habría
cabida para una sola pena.
Y el tiempo se había acercado y todo parecía estar ya al alcance de la mano.
Ella era empeñosa e infatigable y parecía dejar parte de su vida en cada
semilla que enterraba, en cada raíz que sus manos dejaban bajo tierra. Por
eso, cuando él le propuso llevarla anticipadamente al pueblo para que no
corriera riesgo alguno en el momento feliz que esperaban, ella se negó.
- ¿Por qué? ¿No ves que estoy bien? ¿Cómo te voy a dejar solo tanto tiempo?
Si falta mucho todavía.
- Pero es que...
- No importa... nada me va a pasar.
- María... para una mayor tranquilidad...
- Hay tiempo, te digo. Yo te avisaré cuando esté cerca.
- Que no sea muy tarde nomás.
Desde hacía una semana que la encontraba decaída y una señal de
preocupación adivinaba en sus ojos.
- ¿Cómo estás?
- Bien, bien... – le respondió.
- Pero, es que veo...
- Si no juera así, te lo diría. – Y siguió haciendo las mil cosas de la casa,
atendiendo la lechera, separando las cabras, cuidando la huertita.
Desde entonces trató de no alejarse mucho de las casas y dejó cosas sin hacer
en el pueblo para que ella no quedara sola. Cierto era que a María no le había
preocupado quedarse un día entero y la noche cuando fue preciso, sin la
presencia de él, porque nunca tenía miedo.
- ¿Quién va a llegar por aquí? – decía. – Ni los cucos si’animan a arrimarse. Y
entonces, ¿a qué le voy a tener miedo? – Cierto que jamás se había acercado
un alma por aquel paraje. Nunca pasaba nadie. Y vecinos no conocía ninguno,
porque no los había.
- ¡Qué valiente que es María! – pensaba. – Una mujer como yo quería... una
mujer así... – y repasaba toda la belleza que encontraba en ella, su sencillez, la
sinceridad, ese modo tan suyo de mirar, su manera de estar siempre contenta
y manifestar su felicidad por las pequeñas cosas que la rodeaban. Era muy
poco lo que tenían en bienes, pero tal vez por compartirlos con quien amaban,
parecía alcanzarla para gozar plenamente de la vida.
- María... qué buena es... ¡y qué hermosa!
Se el había adelantado mucho la cencerrera, que ya llegaba a la casas. A
deshoras, es cierto, y tan luego en ese día que se había propuesto volver más
temprano preocupado porque la había encontrado pálida y decaída al
levantarse. Pero igual le había cebado el mate de la madrugada y luego de
prepararle la alforja para que pasara el día afuera, se la había entregado
despidiéndolo con un beso.
- No se demore...
- A la tardecita ya ‘taré de vuelta.
La cabra puntera redobla el trote y hace repicar a fiesta el cencerro llenando de
gloria las honduras de la noche. Ya divisa, al transponer la última lomada, la
lucecita de su casa. Se alegra el corazón, más cuando el Guardián, el perro
que deja para acompañar a María, lo envuelve con sus fiestas y cortos aullidos.
Pero llega al corral y ella no sale a recibirlo, como es su costumbre. No ve
tampoco ningún movimiento en el interior de las piezas. ¿Qué puede estar
haciendo? Porque María nunca se queda quieta.
Preocupado, cierra apresuradamente la puerta del corral y avanza a pasos
largos haciendo sonar las ushutas.
Entra ansioso a la piecita y la encuentra tirada en la cama, sobre la colcha. Se
ha puesto el vestido nuevo, ese que se hiciera hacer últimamente, amplio y
cómodo.
- ¿Qué le pasa?, - le pregunta asustado.
- ¿Por qué si’a demorau?, - le responde la joven tratando de enderezarse con
dificultad.
- Las cabras... se me perdieron y... – La encuentra muy pálida, casi blanca.
- ¿Qué tiene? ¿’Ta muy enferma?
- No amanecí bien esta mañana... m’hi sentiu muy descompuesta todo el día.
- Nu’haberme dicho.
- Pensé que ya pasaría.
- ¿Y ahora? – Los ojos se le han agrandado y le tiemblan las manos
ligeramente. Sabe que no puede esperar ayuda de nadie. Nadie pasa por esos
cerrizales escabrosos, nadie llega por ese lugar.
- Podía buscar el caballo. Nos iríamos al pueblo – dice ella con voz quejosa.
- ¿Así? ¿Estando usté así? Además, ni la Morita que es mansa, anda cerca.
¿Quiere que li’haga un tecito? – Mira hacia todos lados. No sabe por dónde
empezar ni para qué. Se siente perdido.
- No, no. No mi’hacen nada. Ya hi’tomau. La voz es dolorosa. Él comprende
que está haciendo un gran esfuerzo para disimular el dolor, aunque no lo
consigue. Le mira el rostro, que de fresco y lozano se le ha vuelto ajado y
ceniciento y le encuentra los ojos sin la luz que los hace tan hermosos. La
lamparita agranda contra la pared su sombra y pinta las pocas cosas que la
pieza guarda.
- M’ire caminando, entonces. Vamos ya, ¿quiere?
- No, es que no podrá. ¡Cómo va a ir así!
- Siquiera hasta lo del maestro.
- ¿Le parece que podrá? – La mujer se endereza con dificultad. Se pone de pie
y tambaleándose da dos pasos y se apoya en él.
- Estoy muy mariada... pero vamos, ¿quiere?
- Hasta lo del maestro... – Ahora es él el que levanta esa esperanza. No será la
primera vez que el maestro ha puesto una inyección a tiempo.
- Yo la llevaré... la llevaré alzando.
- Como sea. Vamos, pero ya mismo, ¿quiere? – le ruega.
Sale al corredorcito, se quita las ushutas a los tirones y se calza las alpargatas.
Ella lo espera apoyada en la puerta, con el vestido nuevo y con las manos en el
vientre, como acariciando al hijo soñado.
El hombre vuelve nervioso, entra a la pieza, levanta su mantita, sopla la
lámpara y pone el candado a la puerta.
Cubriéndole la espalda con la manta y con sumo cuidado, como si se tratara de
algo muy frágil, la levanta en sus brazos fuertes.
- Vamos, - le dice.
- Que Dios nos ayude – musita apenas la mujer.
Siente que los brazos de ella le acarician el cuello. No, no pesa tanto. Eso sí, le
parece oír que respira con alguna dificultad. Avanza a pasos cortos. No se
habitúa todavía a distinguir la senda a la débil claridad de la noche. Antes de
cruzar el arroyo, que por suerte no lleva más que un hilo de agua, da la orden
de volverse al Guardián, que lo ha seguido.
Y empieza a descender. La senda se estrecha y subiendo y bajando se abre
entre los peñones agresivos y peligrosas profundidades. Nada oye. Apenas si
lejos, el susurro del agua entre las piedras, la respiración fatigada de ella,
alguna piedra que resbala al abismo a su paso y un lejano alikuko que deja oír
su grito hueco y agorero.
- ¿Va bien?
- Sí. ¿No se cansó todavía?
- No. ¡Qué me voy a cansar! – Es cierto; no está cansado. Pero cada vez le
parece que María pesa más. Ahora distingue mejor el sendero y se descuelga
en las bajadas resbalosas con mayor seguridad. Un atajacaminos empieza a
acompañarlos. Vuela bajo, adelante y se asienta a esperarlo.
Cuando van llegando de nuevo, alza el vuelo suave y rasante siempre sobre el
sendero que van recorriendo.
Al pasar por “Las Tres Cascadas”, recuerda las veces que en algunas tardes,
vinieron a tomar mate y a gozar de tanta belleza.
- “Las Tres Cascadas”...
- ¡Qué hermosura! El rumor de la caída del agua y el olor a tomillo y peperina le
avivan a ella también aquellos momentos dichosos.
- ¿Cómo se siente?
Por un momento no le da respuesta. Luego dice:
- No sé qué contestarle...
- La verdá...
- ‘Toy mal... siento que me asfixio. Siento...
- ¿Quiere descansar un ratito?
- No, no... Si usté nu’está muy cansado, sigamos, ¿quiere? Llegando a lo del
maestro... está cansado, es cierto, muy cansado; pero no puede desoír ese
ruego.
- Sí, el señor maestreo... – Mira el cielo. Las estrellas parecen refrescarle al
alma. El murmullo lejano, grave, de las cascadas, le llega como un coro
doloroso de rezadoras.
- Dios... hacé que pueda llegar pronto a lo del maestro. ¡Hacé que él la salve...!
– Siente que un sollozo le estrangula el corazón. ¡Cómo quisiera poder rezar!
¡Cómo quisiera echarse a llorar en ese instante mismo! Se detiene un minuto,
apenas para cambiarla de posición, para acomodarle la manta, porque ha
refrescado mucho, para estirar el brazo derecho que se le ha adormecido y
continúa andando. El sendero sigue siempre igual. Duro, torvo, agresivo,
encajado entre los cerros afilados, que le muestran su negro perfil y al costado
la senda que se estrecha traidora en desfiladero. Pero él la conoce de
memoria. Claro que jamás pensó recorrerla a tal hora y de esa manera. Así
llevando carga tan doliente, que desde que empezó, hace un buen rato ya, no
deja de quejarse.
Apura el paso y siente, lo que nunca, que se le van los pies, que tiene las
piernas muy flojas. Es que trabajó mucho ese día, trabajó sin descanso. Y
ahora es, además, el miedo el que lo hace aflojar por entero. Pero no. Tiene
que ser fuerte. Debe seguir y seguir. Ahí, en sus brazos, lleva todo lo suyo. La
mujer y su hijo. Ese hijo que les daba fuerzas para enfrentar la soledad y todos
los infortunios que habían sufrido en ese rincón cerrero.
Respira hondo y va queriendo recordar todo lo que proyectaba hacer para
cuando él llegara.
- Ya se ve la luz del pueblo, María. Ya no estamos tan lejos. En cuantito
lleguemos se pondrá bien. – Ella nada le responde. Ha dejado de quejarse.
Pero la oye respirar muy cerca de su oído.
- Ya cuando vuelva, ¿sabe? Me pondré a hacerle la cunita. Porque no se
puede apurar tanto ese pícaro. Me dará tiempo, ¿no es cierto, María?
El silencio; y sus pasos otra vez. Y la noche. Ya el atajacaminos se quedó
lejos, cansado de acompañarlos. Le parece, a veces, que sus pasos retumban
lejos, hondos, en las holladas profundas.
No le contesta. Sintiendo de nuevo como muerto el brazo, la cambia de
posición y sigue la marcha. Ahora hay arbustos a la vera del sendero, que van
en aumento a medida que descienden. Achaparrados y duros espinillos le
raspan sin piedad los brazos y lo estrechan los tabaquillos y hualanes. Siente
seca la boca y le parece que le arden los ojos y la frente. Pareciera que las
zampas, arrastrándose, quisieran arrebatarle la carga, que cada vez pesa más
y más.
- Tengo que seguir... debo seguir... – Cada vez siente más débiles las piernas y
la desesperación por llegar lo ahueca y siente que está cavando torvamente en
su interior. Solamente escucha sus pasos torpes, lentos, vacilantes, como si
fuesen un borracho. Ya no intenta ningún diálogo. Desde hace rato que la
escucha respirar con mucha dificultad; y más se asusta y trata de alargar
cuanto puede el debilitado paso. Ya no es tanto lo que falta; por eso exige un
esfuerzo más. Sigue. Ya no quedan estrellas. El cielo se ha cargado con unas
nubes oscuras, densas. No se divisa una luz, fuera de las del pueblo que se
borronean a lo lejos y en lo más bajo. Ni una luz para la esperanza, piensa.
Para poder decir, “¡ahí, ya falta poco, vamos!”
Para sus ojos en ese momento, todo es un borrón de tinta negra. El pueblo...
Desde ese alto ya solían divisarlo clarito cuando bajaban temprano desde el
cerro. La iglesia, el puñado de casitas blancas bien distribuidas alrededor de la
plaza. ¡Qué lindos eran esos amaneceres cuando venían los dos alegremente
soñando, ansiando llegar para ver a los amigos, para hacer las pequeñas
compras!
Ahora nada. Desde ese punto ya se enancha el sendero. Ya han quedado atrás
las torrenteras tumultuosas, los desmoronamientos sobrecogedores de piedras
ariscas. Cuando haya doblado esa curva, ya podrá decir que ha llegado.
Entre las sombras alcanza a distinguir, a la distancia, el álamo de la casa del
maestro. ¡Por fin...! Le dirá: “maestro... maestro... hágame una gauchada. La
María, ¿sabe?” Y él ya estará de pie a esa hora y le sanará a su María con una
inyección milagrosa, de esas que él conoce. Siente que un hálito de esperanza
le altea en el corazón. Y sonríe. Porque se acuerda lo que le sucedió al
maestro, no hace mucho y que el propio gringo contara el caso.
Habían tenido la fiesta de la cooperadora, de la que él era el tesorero, según
dijera y a eso de las cuatro de la mañana fue a golpear la puerta del maestro.
- ¿Quién es?
- ¡Maestro! – que le grita el gringo. - ¿Sabe que erramos la cuenta? - No
importa qué le respondió, tal vez con sueño todavía. – Es lo mismo, mañana
recontamos el dinero y arreglamos. – No, maestro, es la Gina, ¿sabe? Ya no
espera más. Y el maestreo no tuvo más que atar el sulky y llevar a la Gina al
pueblo para que diera otro varón a la patria. Otra cuenta había sido la
equivocada y no la de la cooperadora.
¿Por qué con él no podrá pasar lo mismo? ¿Por qué el maestro no va a poder
aliviarla? Después de ahí, al pueblo, hay un paso. Y el médico hará lo demás.
Otra vez siente que sus fuerzas no dan más. Sus piernas apenas si lo
sostienen y la boca se le ha resecado. Pero continúa la marcha. No puede
quedarse faltando tan poco. Si lo hiciera, tal vez fuesen esos mismos minutos
los que ella necesita para seguir viviendo, gracias a las manos buenas del
maestro. Nunca, ni la carga más pesada ni el árbol más duro han logrado
rendirlo por cansancio. Nadie podrá decir, que cuando se jugaba la visa de la
mujer que amaba, la abandonó por agotamiento. No, no puede ser. Sigue. Ya
la senda se ha hecho acogedora y algunas estrellas lo acompañan. Ya
llegarán. No, no puede quedarse. Respira hondo y se siente animado. De
pronto, presta mayor atención. Por un momento se ha olvidado de ella. Aguza
el oído porque le parece que no respira. Luego le parece percibir en el cuerpo
de ella un ligero estremecimiento. Se detiene. De la muñeca de la cual la
sostiene corre la mano hasta la pequeñita de ella y entra a temblar. Está fría...
le pega el oído al pecho y no percibe un solo latido... ¡Ya no... Ya no...! Llenos
los ojos de lágrimas, reanuda la marcha como un autómata. Se detiene de
nuevo y se deja caer sobre una gran piedra. La acuesta cuidadosamente en
sus piernas, le acomoda el vestido nuevo y pega su rostro largamente al de
ella.
- ¡María! – El álamo de la casa del maestro está a quinientos metros. Ya no
llegará a tiempo. Largo rato queda sumido en su dolor. Cuando alza de nuevo
los ojos y distingue con claridad las formas del álamo con el que ha soñado
durante toda su marcha, ya se oye diciendo al llegar:
- Maestro... por favor, présteme la pala más afilada.
Alza los ojos al alba que ya viene y descubre una estrella grande, luminosa y a
su lado, una pequeñita que apenas alumbra.
- ¡María! – Cuando se seca los ojos divisa el pueblo al que la alborada lenta
con su iglesita y su puñado de casas en el canto estridente de los gallos.
Allá, a un costado del caserío, duerme calladamente el cementerio.
*** FIN ***
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