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corazones sin rumbo
BRUNATRUFFA
Corazones sin Rumbo
T e x t o
e x t r a í d o d e l
“ M a n i f i e s t o ”
T r u f f a + C a b e z a s
M a d r i d 1 9 9 2
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l i b r o
CORAZONES SIN RUMBO
Cabezas Truffa.
Me dio ayer tarde, para matar el tiempo, la idea de revolver cosas
antiguas, y en el fondo de un cajón de la mesa, con otros cien objetos
que dormían el sueño del olvido, hallé, dentro de un sobre, marfileño
ya por la pátina de los años, un retrato tuyo: una vieja fotografía
iluminada, con tierna y expansiva dedicatoria al dorso, ¿La recuerdas?
¡Como no! Por muy rápidamente que pretendamos escribir la vida, hay
líneas en la cartulina de los retratos y en el corazón de las mujeres
que no se borran nunca.
Yo la recordé en seguida. Bien es verdad que yo soy un pobre
hombre que siente como ninguno la melancolía de las cosas que
fueron. Como a Pigmalión, me encanta recrearme a diario en mi obra y
es mi mayor placer, cuando a solas me veo, hojear el poema de mi
vida, el viejo poema de mis muertos amores. Por eso un retrato, un
lazo descolorido, una carta arrugada, una flor seca, tienen para mí
más encanto y me despiertan emociones más vivas que todos los
dramas de Shakespeare.
Me complace resucitar viejos recuerdos. Con anhelo de egiptólogo
que descifra el enigma de un pápiro, me agrada revivir historias de
otros días, y aunque no soy filósofo, afortunadamente, aunque tomo
las cosas conforme son, sin preocuparme nunca del porqué son así,
en estas viejas historias de amores me gusta profundizar hondo, muy
hondo, meterme en las almas y adivinar los secretos, las exquisitas
intimidades de las mujeres que he querido.
Tú eres, de todas, la que más he querido. Imagina, pues, qué pasaría
ayer por mí cuando saqué del sobre marfileño tu fotografía iluminada.
Te he querido mucho. Bien sabes que no lo digo para granjearme
benevolencias tuyas, a las cuales no aspiro ya.. Por ventura o por
desgracia, más por desgracia que por ventura, pasaron para siempre,
que es tarea inútil apuntalar ruinas y renovar amores. L nuestro acabó
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porque tenía que acabar, y demos todavía gracias porque terminó a
tiempo, cuando el hielo del hastío no se había aún apoderado de
nosotros. Por eso nuestra separación, aunque dolorosa, ¿Qué
separación de amantes no lo es?, no fue desesperada. Nos queríamos
tanto, éramos tan jóvenes, tan inocentes, tan sentimentales y tan
felices, que no pudo pasar por nuestra frente ni la sospecha sólo de
que con el tiempo se envejece y se olvida. Nosotros no creíamos en el
tiempo. Por eso, aunque el tiempo ha pasado, y ha pasado tantas
cosas y se ha renovado tantas veces la primavera en mi alma y han
brotado en ella tantas flores de amor, el recuerdo del tuyo ha
persistido siempre, persiste y persistirá y el día que yo muera, si
muero lúcido, mi último pensamiento será para ti. Porque tú eres, de
todas las mujeres la que más he querido; porque tú eres la única de
quien no conservo una sola emoción desagradable; la única a quién
conocí siempre enamorada y joven a quien no vi marchitarse las rosas
de su cara y envejecer su corazón.
Ahora comprenderás por qué sentí ayer tarde una emoción tan honda
cuando saqué del sobre marfileño tu fotografía iluminada.
Amigos oficiosos, de esos que creen que todas las nuevas, por el
hecho de ser nuevas, han de ser agradables, de tarde en tarde me las
traen de ti. Por ellos sé que vives dichosa, que tienes un marido y que
te ama y te respeto, y unos chiquillos rubios que te llaman mamá. Sé
que en la calma apacible de tu pueblo los años resbalan sobre ti
tranquilos y agradables; sé que eres muy hermosa y que eres muy
buena y eres muy feliz. ¿Feliz? Sí; yo sé que eres feliz.
Acaso algún día, estos días seremos del otoño, cuando del brazo de
tu marido, rodeada de tus chiquillos rubios bajas a la estación a ver
pasar “el tren de Madrid”, tus ojos recorren las ventanillas de los
coches buscando con ansia el encuentro de otros ojos queridos;
acaso cuando el tren ha partido resbalando sobre los rieles y es sólo
una sombra que se desvanece en la lejanía, una lágrima empaña tus
pupilas y un suspiro se escapa de tus labios y un punto de tristeza te
oprime el corazón; pero esto es instantáneo, pasajero, fugaz como el
tren que cruzó; se que enseguida vuelves a recoger la santa calma, y
otra vez tranquila, contenta, satisfecha de la vida y de ti regresas al
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pueblo colgada del brazo de tu marido rodeada de tus chiquillos
rubios que te llaman mamá.
Porque sé todo esto, porque tengo la convicción de todo esto, a pesar
de que te quiero tanto, nunca he tenido valor para meterme en uno
de los coches del “tren de Madrid” que pasa por tu pueblo; he tenido
miedo que al asomarme a la ventanilla buscando el encuentro de
otros ojos queridos no hallara los tuyos. Esto me habría hecho mucho
daño; me habría parecido que me faltabas a una cita. Pero aún me
habría hecho más daño lo contrario. Porque con franqueza, con
lealtad: ¿Tengo derecho a turbar tu reposo? ¿Tengo derecho a
manchar con mi presencia la diafanidad de tu vida? No. Yo sé que no.
Y todavía sé más. Sé muchas cosas que no sabía cuando te amaba;
sé que con el tiempo se envejece y se olvida. Yo guardo de ti una
impresión muy grata; no la quiero perder; no estoy tan sobrado de
ilusiones que me pueda permitir el lujo de buscarme a sabiendas
desengaños. No quiero saber cómo eres, sino cómo has sido. Quiero,
siempre que te recuerde, gozar la emoción intensa, honda, que ayer
tarde sentí cuando saqué del sobre marfileño tu fotografía iluminada.
Sobre la mesa, esperando la mano que corrija, tengo unas largas tiras
de papel impreso: son las pruebas de un libro; una historia de amores
o varias historias de amor, no lo sé a punto cierto.
Las escribió X. Tú que conociste a X, que como yo alcanzaste la
fortuna de llamarle amigo; tú que sabes cuanto valía aquel hombre
soñador, sentimental, vicioso y exquisito, verás cuando leas estas
páginas, que leal sinceridad alienta en ellas. Algunas, sin embargo, te
desconcertarán. Aunque tú no seas- en buena hora sea dicho- una
profesional de la literatura, sabes demasiado cuánto me maravilló
siempre tu buen gusto, el tacto discretísimo con que aciertas a
separar el oro de la escoria. Sin esto del buen gusto pudiera haber
exceso, yo diría que el tuyo es excesivo.
Sí; estoy seguro que muchas de estas páginas te desconcertarán. Te
costará mucho trabajo comprender cómo un hombre que escribe tan
pulcro, tan diáfano, tan limpio, puede ser al mismo tiempo bárbaro,
pedestre, incorrecto y ramplón. Y puesta ya en la corriente resbaladiza
de la duda y del afán curioso de querer indagar el porqué de ésta y
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otras muchas sinrazones que en el libro has de ver, acaso llegues a la
definitiva conclusión de que la culpa es mía. No me defenderé. Es
más: reconozco leal y paladinamente que en el fondo te sobra razón.
Desde el momento que eché sobre mí voluntario y gustoso, la
responsabilidad de la publicación de estas cuartillas, justo es también
que me haga solidario de cuantos vicios y errores hay en ellas.
Pero…oye; aquí para los dos…guarda el secreto; no lo digas a nadie:
escribir bien es muy fácil. Quiero decir que la materialidad de escribir,
de coordinar una frase, pulir un período, redondear un párrafo,
sustituir un gerundio, escoger un adjetivo, borrar una asonancia, evitar
una cacofonía, huir de una sinalefa, truncar una cosa tan difícil que no
pueda lograrse con un poco de estudio y de constancia. Sin
presunción te digo que si me lo hubiese propuesto, si hubiera tenido
un verdadero empeño, decidido y grande, con pasar sobre ellas el
rasero implacable de la Gramática les habría dejado tan pulidas que
acaso sirvieran algún día de escalinata para la Academia. Más
¿habrían ganado algo con ello? ¿no habrían perdido acaso, con esta
labor hecha a destiempo, en frío, sinceridad, frescura, lozanía, el
perfume exquisito de su ingenuidad? Ingenuidad, amenidad,
sinceridad, emoción; he aquí el secreto, el gran secreto de lo que no
se aprende.
Pero además ¿ por qué ha de ser la belleza la `perfección y no el
contraste? ¿habría nada más insoportable que una obra
perfectamente bella? ¿Y qué es la belleza? ¿Y qué la perfección? ¿Lo
sabe alguien? ¡Bah! Preceptos, reglas, fórmulas…,ríete de todo eso.
Nada hay en el mundo inmutable ni fijo. El agua es arroyo manso, y
río caudaloso, y torrente devastador, y mar profundo, y lluvia
bienhechora, y sin embargo, siempre es agua; como el arte es arte ya
se deslice plácido y humilde, ya se encrespe iracundo, ya se desborde
de pasiones, ya se derrame sobre la muchedumbre con la lluvia
fecunda u bienhechora de la bondad y del bien. Y lo que te digo de
las palabras, aplícalo igualmente a las ideas. No te indignes
demasiado si hallas en este libro páginas bochornosas. En las tardes
más hermosas de la primavera hay ráfagas terribles que desgarran los
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árboles, chubascos formidables que deshojan las flores. Cuando el
nublado pasa queda la tarde más diáfana y más limpia.
Vayan, pues, estas cuartillas tal como van, sin aliños, afeites ni
retoques. De este modo, si otro mérito no tuvieran- que sí le tienen-,
siempre les quedaría el de la naturalidad y sencillez.
-¿Con qué te lavas la cara
Que siempre tan linda estás?
Me lavo con agua clara,
Y dios pone lo demás.
Literatura a chorro libre, así broto y así debe correr, dejémosla que
corra. Turbia o limpia, manso arroyo, torrente devastador o lluvia
bienhechora, el agua siempre es agua.
Y nada más, alma del alma mía, nada más. Sé feliz; sigue viviendo tu
vida dichosa en la calma apacible de tu pueblo con tu marido que te
adora y tus chiquillos rubios que te llaman mamá. Yo seguiré
consumiendo la inutilidad de la mía en este Madrid de mis fatigas y de
mis amores, malgastando las pocas energías que me quedan, entre el
periódico y el teatro, estas dos grandes labores antiliterarias y
embrutecedoras que dan para comer. En arte no hay más que dos
géneros supremos y definitivos: la poesía lírica y el poema sinfónico.
Todo lo demás es trabajo material, labor de noria, dominio de técnica,
lo deleznable y lo mezquino. Acaso la novela sea un término medio.
Yo haría novela si pudiera. Pero no puedo. Vivo con tal intensidad las
mías, que no me queda tiempo para escribir las otras.
Yo sé que este libro llegará a tus manos. Yo sé que tú lees todos mis
libros. Solo deseo, pues que cuando llegue, cuando con él te
encierres a solas en el retiro perfumado de tu gabinete y vayas poco a
poco con la hoja afilada del cuchillo desflorando su secreto página
tras página , halles en una de ellas una emoción intensa y honda, tan
intensa y honda como la que ayer tarde sentí yo cuando saqué del
sobre marfileño tu fotografía iluminada.
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Rodrigo Cabezas / Bruna Trufa / Pedro Mata . Madrid 1954
Instalación “ Corazones sin Rumbo” Extremadura 1992
Diseño Estructural Instalación: Raúl Pey.
UNA CONFUSIÓN COTIDIANA.
BRUNA TRUFFA . Una Confusión Cotidiana . Madrid 1954
Recuerdo aquel momento como una amable y fría tarde de invierno,
en que observando con detención su autorretrato, de colores
chirriantes y opacos, de reducido formato; percibí una extraña
sensación en el interior de ese cuadro semi en penumbra; sabor que
se podría describir como un presentimiento de derrumbe, avalancha o
desmoronamiento a consecuencia de observar con desesperación y
deseo aquella imagen que evocaba en mi memoria tantos recuerdos.
Fue como presenciar a la distancia una feroz estampida, fija contenida
en aquel reducido espacio de cuatro vértices que formaban un
mundo. Por un mundo. Por un momento, también las cuatro paredes
que conformaban mi entorno, se abatieron; y mi paisaje cambió; alcé
la mirada y observé un horizonte diferente, un mar ante mis ojos, y en
la lejanía, una ola sostenida a punto de reventar, que se arrastra,
llevándose consigo, todo lo que se cruza en su paso, y con ello,
también a mí. Fue como asomarse al borde de un acantilado, pararse
de cara al vacío y arrojarse uno en el; saber que una sola mala pisada
nos puede hacer caer y caer lentamente, sintiendo que nada se
detiene, que todo sigue su rumbo, que la vida es un pasar vertiginoso
que deja atrás la memoria. He sentido tristeza, pero me he sentido
viva. Intuyo el derrumbe en la tierra, lo presiento en el mundo, en la
historia; también lo he reconocido ahí, en su pintura. Ella habla de eso,
en ella me reconozco. Posee una atmósfera que “asfixia”, que no tiene
“aire” , es seca; en la que habitan y conviven sus personajes a los que
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acoge intimamente. Unas imágenes sostenidas en el grito, en el
aullido de la vida que no espera.
Vivimos en un suelo inestable, convulso y caprichoso, la tierra zumba y
vive. Se siente, ve que se desgarra, se desmorona, como en aquellos
continentes nuevos y frágiles que se gestan por la “fuerza del
quiebre”. El viene de aquellos parajes quebrados, su tierra se
transformaba, mutaba mientras él crecía sumergido en ese mundo, su
vida, su interior.
No hay solución, porque no problema hay
DEPAYSEMENT
La pose reconcentrada de una bordadora, y la extrañeza de esta
disposición, posibilitan en B el desarraigo necesario para explorar este
desierto.
De la mano de un hacer intruso, B, penetra en la pintura, y
cuidadosamente hilvana sus imágenes; fragmentos que a la manera
de un rompecabezas, prefiguran un cuerpo visible solo en el
entrecruzamiento, en el límite, en la promiscuidad del contacto que
genera, la convivencia de formas de representación que evocan
mundos distantes. Viaje, que es a la vez, territorio imposible de habitar
y sin embargo objeto del más arrebatador deseo.
Silencio, y no por eso calma es lo que traen las imágenes de B. Su
fractura, a la vez evidencia; el límite y la pasión por desdoblarse en
una multiplicidad de rumores, susurros, ensoñaciones, intensidades
de “sentido”, dispuestas de forma tal que su organización permite, la
caricia de la mirada por sobre la superficie de esa piel que se
construye en la repetición obsesiva y en la sospechosa pincelada de
B, tejido que “soporta” el encuentro de cada una de esas imágenes;
puntadas depositadas con precisión en el contorno, que hacen visible
lo incompleto.
Rodrigo Cabezas. Depaysement. España 1954
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